¡¡¡La niña que esperó al Rey de Inglaterra bajo la lluvia de César Benedicto Callejas ya está disponible!!!

Gracias al esfuerzo de la editorial Universo de Libros, «La niña que esperó bajo la lluvia al rey de Inglaterra» ya está disponible. Gracias a quienes nos acompañaron en la odisea de su creación y publicación, gracias a nuestros lectores y amigos; para todos ustedes, la palabra luminosa de la ofrenda: ¡Gracias!

Cinco mujeres enfrentadas a su destino que, contra todo y contra todos, se hicieron cargo de su mundo y transformaron el de su derredor; artistas, activistas; valientes todas contribuyeron a un mundo de igualdad, vivieron destierro y también gloria, encontraron amor y fundaron familias, pero más allá de todo, fueron dueñas de sí mismas.

Lupe Vélez, Alice Liddell, Yoyes,Miriam Makeba y Audrey Hepburn y sus redefiniciones del mundo que hoy vivimos.

Editorial Universo de Libros pone a su disposición la siguiente dirección electrónica para compra con entrega en su domicilio, envío incluido:

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«Proyecto beneficiado por el Sistema de apoyos a la creación y a proyectos culturales (FONCA) «

Cómo nació el mito de Alicia en el país de las maravillas

Alicia en el País de las Maravillas es una de las narraciones infantiles más complejas y enigmáticas que se hayan escrito; aunque es verdad que Disney reconstruyó la imagen de la rubia y desaprensiva niña cuya curiosidad e imprudencia la llevan a correr aventuras descabelladas y algunas veces peligrosas y angustiosas, el hecho es que el libro gozó de un éxito inmediato y junto con Peter Pan representa la impronta victoriana en nuestra idea adulta de la infancia. Los niños como se los narra en ambos libros no existen ya – si es que alguna vez lo hicieron – y es probable que los mejores retratos infantiles de la época consten en textos frecuentados por adultos, como aquel terrible Oliver Twist de Dickens y no en los libros de Carroll o de Barrie. Ello queda claro en Alice Liddell que muy pronto tuvo que aprender a ser no sólo ella misma sino también la otra Alice, la del País de las Maravillas.

De cualquier forma, Alicia es un libro complejo, posiblemente ninguna novela expresamente escrita para niños ha despertado tanto interés entre el público de todas las edades; de hecho, la misma idea de la literatura infantil se ha transformado a lo largo de los siglos; libros que originalmente fueron escritos para un público adulto fueron reinterpretados para niños; Julio Verne jamás pensó en sus libros como obras dedicadas al entretenimiento infantil y si consideramos que nuestra propia percepción de la infancia se ha modificado a lo largo del tiempo, es natural que podamos comprender cómo las novelas de Verne dejaron de expresar los conflictos humanos y sociales de su tiempo, sus prejuicios coloniales y su fe ciega e inocente en la ciencia, para exponer las aventuras que inflamaron la imaginación de los más jóvenes durante las siguientes generaciones.

Desde que Alicia fue dada a la imprenta se convirtió en un éxito editorial. En octubre de 1863, Dodgson se entrevistó con Alexander MacMillan para ofrecerle el manuscrito de la novela. El editor quedó fascinado con la narrativa y la imaginación del texto, lo aceptó de inmediato y así comenzó una relación que devino larga y productiva entre el autor y el editor.

Como Carroll resultara un autor excesivamente puntilloso, el libro no pudo ser publicado sino hasta 1865; ahora sabemos que hubieron al menos dos títulos que la novela pudo tener: “Alice Among the Fairies” y “Alice’s Golden Hour”.

La primera edición se agotó de inmediato y gozó de la buena opinión de dos eminentes nombres que entonces y después, acicatearon su éxito: la Reina Victoria y Oscar Wilde. Desde entonces y hasta el día de hoy, la novela no ha dejado de publicarse y ha sido traducida a 176 idiomas. Otro de los factores que definieron su éxito fueron las ilustraciones de John Terniel. El ilustrador había cobrado fama como dibujante jefe en la revista de sátira política “Punch”, así como por sus ilustraciones para cierta edición de las Fábulas de Esopo.

Para diciembre de 1865, agotada la primera edición, MacMillan comenzó a vender la segunda aprovechando la temporada navideña; si para esta época vender 2,000 copias en seis meses es un auténtico prodigio editorial, a finales del siglo XIX resultaba sencillamente estremecedor. Aquella segunda edición cruzó el océano y vio la luz en Nueva York en las imprentas de Appleton & Co.; a partir de ese momento el libro recorrió una vertiginosa carrera para convertirse en uno de los principales mitos culturales de occidente. Entre 1869 y 1872, MacMillan colocó las primeras traducciones europeas: al francés, al alemán y al italiano; en tanto se traducía la novela Carroll escribía su “Carta a los pequeños lectores” que se incorporaría a las ediciones posteriores a la muerte del autor. En ese mismo año, Carroll publicó “Al otro lado del espejo”, secuela de la Alice. Toda vez que las ventas de la novela seguían constantes y era necesario no dejar que vinieran a menos en un contexto de mercado limitado, MacMillan se le ocurrió pedirle a Carroll el mismo manuscrito que el autor le había obsequiado a Alice Liddell en 1864 y para 1886 se hizo una edición facsimilar.

En 1887 una nueva edición revisada se convirtió en el texto canónico y es la que hasta ahora se puede encontrar en las librerías de todo el mundo; en ese mismo año llegó al mercado la primera de las innúmeras ediciones populares.

La vida del libro ha sido, desde siempre muy intensa, ha cambiado, se ha transformado y como una versión inversa del Cronos mitológico, la creatura terminó por devorar a sus padres: a su autor y a la niña que tuvo que cargar con la fama de haberla inspirado. Una de las primeras transformaciones del libro fue una versión simplificada para niños pequeños que llevó el nombre de “The nursery Alice”.

En 1898 Dodgson falleció. Cierto es que ninguno de sus demás libros alcanzó la fama de Alice y muchos fueron cayendo en el olvido; sin embargo, para 1907, cuando el libro entró a dominio público y muchos editores pudieron servirse de él, su inmortalidad ya estaba garantizada; por ejemplo el típico vestido azul de Alicia no apareció sino hasta la edición de 1911 cuando Harry G. Theaker coloreó los tradicionales grabados de Tenniel, quien murió en 1914. La primera edición en español es bastante tardía y apareció en 1927 en Madrid.

Alice Liddell y Leopoldo… un desamor de maravillas

En 1872 fue aceptado en el College que dirigía el padre de Alice Liddell, la niña-amiga de Lewis Carroll que inspiró «Alicia en el País de las Maravillas», el hijo menor de la Reina Victoria, el príncipe Leopoldo; muy pronto el ilustre estudiante mostró interés personalísimo en la hija del Dean; desde luego, tanto la madre como Lorina comenzaron a fomentar el interés de Leopoldo por Alice. Para las mujeres de la familia Liddell la milagrosa aparición del Príncipe representaba la cumbre final en el ascenso social; su apellido no era despreciable, pero carecía de blasones; si bien la fama de su padre les abría las puertas de los salones de la intelectualidad y el arte, no les autorizaba el acceso a lo más selecto de la sociedad;  la personalidad de Alice, siendo muy conocida y no habiendo en ella – como decía Alfonso Reyes “señal reprendedera” -, no dejaba de asociarse a manifestaciones tan dispares que ponían siempre en peligro su equilibrio y buena imagen; por ejemplo, en la época que el Príncipe Leopoldo cortejaba a Miss Liddell se publicó una rara novela “Dombey and Son” en la que la aventurera Alice era prostituta y su madre la regenteaba.

Desde luego, los proyectos matrimoniales para Alice no pudieron cumplirse; por un lado, la enorme presión de las familias reales europeas que acostumbraban sellar sus alianzas políticas con enlaces conyugales, hacía vano cualquier intento por emparentar a los Liddell con la familia imperial; por el otro, una vez que se esparció la noticia, las revistas y periódicos no dejaron de aprovechar una nota que reunía los elementos indispensables para vender grandes cantidades de ejemplares; la anécdota del personaje fantástico, curioso e irreverente, unido en matrimonio con el encantador príncipe, hijo de la hosca reina de corazones no tenía desperdicio.

Leopoldo, por su parte, tuvo una historia también literaria que contar; además de ser hijo de quien era – lo cual no resultaba poco – fue el octavo de los nueve hijos de la Emperatriz, desde su nacimiento y hasta su prematura muerte fue construyendo la imagen romántica del príncipe de encantamiento. Las crónicas médicas de Inglaterra lo señalan como el primer niño en la historia que nació de un parto sin dolor, al momento de darlo a luz, la reina recibió de su médico, el Dr. John Snow, una dosis de cloroformo, ese hecho señaló desde la cuna a Leopold como una figura especial en su familia y en el reino y al médico le valió su ingreso a la nobleza.

Conforme la tradición y en la mejor escuela de la narrativa fantástica, fue bautizado en la Capilla Privada del Palacio de Buckingham y recibió el nombre de su tío abuelo Leopold I de Bélgica, suegro del malogrado Maximiliano de México y a quien Conrad retrató en su “Corazon de las tinieblas” como un monarca brutal y ambicioso, retrato que Francis Ford Coppola reconstruyó en 1979, en su célebre “Apocalypse Now”. El príncipe fue bautizado por John Bird Summer, Arzobispo de Canterbury, sus padrinos fueron el rey Jorge V y Augusta de Sajonia – Weimar – Einsenach, entonces princesa de Prusia y que andando el tiempo y las peripecias de la historia sería reina de Prusia y Emperatriz de Alemania y Ernesto I de Hohenlohe – Landsburg cuyo único mérito fue haber desposado a la hermanastra de la Reina Victoria. Para añadir dramatismo a la escena , como dice Thomas de Quincey en su “Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes”, Leopoldo había heredado de su madre la hemofilia que en su época era considerada como una absurda pero inequívoca muestra de auténtica y ancestral nobleza y aristocracia; ello, desde luego, no exento de consecuencias. El príncipe creció rodeado de excesiva protección y mimos exagerados aún para un miembro de la casa imperial y si a eso se añade la completa imposibilidad – dado su lugar en la línea de sucesión al trono -, de convertirse en rey de Inglaterra, lo hacían aparecer ante los ojos de su augusta madre como un eterno niño y un dulce objeto de cuidados sin fin.

Para la madre de Liddell no había oportunidad mejor; sin embargo, adicionalmente dos fuerzas opuestas pero concurrentes harían imposible el sueño de Mrs. Liddell en el que Alice, por cierto, no parecía especialmente interesada; por un lado, desde que Leopold tuvo derecho a usar pantalones largos su objetivo fue hacer todo lo posible, dentro de las rígidas reglas de la familia real, para escapar de la dulce tiranía de su nada democrática madre; en ese sentido se entiende la presencia del príncipe en el Christ – Church College, donde obtuvo un doctorado en derecho común y también que no se dedicara al foro ni a la academia como a la Emperatriz le hubiera gustado; parte también de esta lucha materno – filial, fue el gusto por los viajes que Leopold tuvo a lo largo de su breve vida y aunque quiso trasladar su intento de independencia a un campo profesional en el que la reina estaba sólo muy lejanamente interesada – como el mecenazgo y la cultura -, su carrera aunque triunfante, – fue Presidente de la Real Sociedad de literatura en 1878 y Vicepresidente de la Real Sociedad de las Artes en 1879 -, tampoco podía impresionar mucho tratándose del preferido de la Reina Victoria que, además, era su secretario privado.

De este modo, Leopold supo que la única manera de salir de la tutela de su madre era casándose. Desde luego, pretextando su enfermedad, la reina se encargó de elegir a las candidatas idóneas para contraer matrimonio con Leopoldo; una de ellas fue Daisy Maynard, una mujer célebre en la sociedad londinense de su tiempo tanto por su belleza como por su fortuna – había heredado de su tío Enrique, Tercer Vizconde de Mynard, una enorme riqueza; pero lo era también por sus rocambolescas historias – se decía que era amante del Rey Jorge VII y que ella misma era nieta del Rey Carlos II que había sido padre de Blanche Fiztroy – madre de Daisy – y de Bárbara Villiers, una de las amantes de sus hijos; aunque a la reina, esos pecadillos le parecían detalles muy menores y al contrario, hacían de la pretendiente una nuera fácil de manejar, a Leopold le parecía una carga demasiado pesada y argumentó estar enamorado de otra mujer aunque nunca reveló su nombre; con la finalidad de hacer más apetecible el matrimonio de Leopold, la reina dotó a su hijo con los títulos de Duque de Albany, Conde de Clarence y Barón de Arktow, creando para él tanto un patrimonio como un linaje propios; finalmente, concertó su matrimonio con la princesa Elena Federica Augusta de Waldeck – Prymont, doblemente noble pues era hija de Jorge Victor príncipe de Waldeck – Prymont, Alemania y de Elena de Nassau, princesa de los Países Bajos, de hecho su sobrina sería la reina Guillermina, hija de de Emma, hermana de Elena y del rey Guillermo III de los Países Bajos, ni más ni menos.

Alice Liddell no figuró nunca en los planes de la reina Victoria ni fue considerada una candidata viable a los ojos de la familia imperial, aunque la reina supiera de ella, de sus antecedentes familiares y de su relación con la otra Alice de cuyas aventuras, bien se sabe, era muy aficionada. Seguramente ni Mrs. Liddell ni Alice pudieron enterarse de los manejos de la corte, aunque también es cierto que la primera hija de Leopold se llamó Alice y que heredó el título de Duquesa de Albany. Esta tercera Alice no alcanzó a conocer a su padre que murió cuando ella apenas contaba un año de edad.

Aunque Alice y Leopold cultivaron cierta amistad, para ella no pasaría de una buena compañía y él no hizo nada para que fuera de otro modo; sin embargo, el malestar de Carroll por aquella relación no pasó desapercibido y eso, aunado al atractivo escándalo fue suficiente para que Alice Liddell buscara amores más convencionales; para la sumamente estable y aburrida comunidad de Oxford, un revuelo de esta naturaleza podía ser tan vivificante como perturbador; hacía el final del capítulo de Leopold en la vida de Alice, un estudiante de la Universidad dio a conocer una pequeña parodia en la que destacaba la futilidad de Alice Liddell, la ambición de su madre y la impotencia de Leopold frente a la furia de la reina de corazones; Carroll estaba representado por los extraños juegos de palabras y los non-sense con los que el autor de la otra Alice, paliaba sus obsesiones.

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