Las citas de los viernes: Gran Cabaret de David Grossman, ed. Lumen

Para comenzar el fin de semana, una selección de los mejores momentos de esta magnífica novela que nos cuestiona sobre el destino de los niños que una vez fuimos. Que ustedes lo disfruten.

Gran cabaret, de David Grossman, Editorial Lumen.

Soy el primer hombre de la historia con depresión posparto. Cinco veces he caído en la depresión posparto. En realidad han sido cuatro, porque unos fueron gemelos. Aunque sí, pensándolo mejor, sí han sido cinco veces, si contamos la depresión posparto que tuve al nacer yo.

Has venido, dicen sus ojos, mira lo que el tiempo nos ha hecho, aquí estoy, no tengas piedad de mí.

¿Por qué se habrá empeñado en hacerme venir? ;Para qué habrá necesitado invitar a un adversario, me pregunto yo, si él ya se basta a sí mismo?

Y de repente, unas risitas ahogadas: parece un niño en el sillón de un gigante. Me doy cuenta de que algunos se cuidan mucho de reírse abiertamente y que además le rehúyen la mirada, como si temieran meterse en un lío entrometiéndose en alguna cuenta pendiente que el hombre pueda tener consigo mismo. Quizá sean conscientes, como yo, de que les habría gustado. Poco a poco sus botas se alzan, mostrándonos los tacones, altos, algo femeninos. Las risitas aumentan, encadenadas, hasta que de algún modo ya se han metido en esa cuenta pendiente del hombre más de lo que una risotada general inunda la sala.

Procuré tranquilizarme. Hace tres años, que por repetidos ataques de ira como este, perdí mi puesto de trabajo, así que, todavía al teléfono pensé: qué habré perdido en esta ocasión?

Lo oía respirar. Sentí a Tamara encogerse dentro de mí. Estás lleno de odio, me dijo. De lo que estoy lleno es de añoranza, pensé, ¿no te das cuenta? Estoy envenenado de añoranza.

Gracias a sus preguntas empecé a ser consciente de poseer un raro tesoro: experiencia en la vida; que mi existencia, que hasta entonces había vivido como un fastidio de vertiginosos viajes, constantes traslados de casa y de cambios de colegio, de idiomas y de rostros, había sido, en realidad, una enorme aventura.

Y siempre, cuando nos despedíamos, revoloteaban entre nosotros unas posibilidades que ninguno de los dos se atrevía a formular en voz alta, como si todavía no confiáramos en que nuestra frágil amistad pudiera resistir la realidad, de manera que dejábamos en el aire preguntas como: ¿y si quedamos porque sí, sin que tenga que ser al salir de la clase de matemáticas?; ¿ si vamos al cine? ;Vamos a tu casa?

En honor a la verdad se ha tratado de un casi imperceptible movimiento de cabeza, aunque también se me ha escapado un pequeño guiño, el guiño que siempre nos hacíamos ella y yo, incluso cuando reñíamos, dos chispas volando de un ojo al otro, la chispa -yo que ella llevaba dentro y la chispa- ella que llevo yo.

Nada, que no. Habéis visto alguna vez reírse a un izquierdista? Os apuesto lo que queráis a que no, que no se ríe ni cuando está solo, y eso que normalmente está solo, pero por lo que sea nada les hace gracia. No los entiendo…

Con mi padre no podía jugar, y en nuestra casa, por si todavía no lo habéis captado, éramos monoteístas: solo existía él; solo contaba su voluntad, y si te atrevías a chistar, se quitaba la correa y ¡zas! Azota el aire con con la mano, los tendones del cuello se le tensan y el rostro se la deforma en una mueca que refleja pavor y odio. Solo los labios sonríen, o intentan esbozar una sonrisa. Por un momento veo a un niño pequeño, el niño pequeño que conocí o, mejor dicho, que no conocí. A medida que pasa el rato me doy cuenta de que no lo conocí en absoluto menudo actor, Dios mío, qué bien sabía actuar ya entonces y qué terrible esfuerzo tuvo que hacer para aparentar aquella amistad conmigo!- un niño atrapado entre espada y la pared con un padre que lo azotaba con la conca del cinturón.

Cada vez entienden menos cuál es su papel en esta actuación en la que participan a supesar. No me cabe la menor duda de que hace ya rato que se habrían levantado para marcharse, o que lo habrían echado a él del escenario a abucheos, si no fuera por la tentación a la que tantísimo nos cuesta resistirnos, la tentación de asomarnos al infierno de los demás.

Nosotros solo nos teníamos a los tres, padre-madre-hijo, y cuando estábamos allí junto al camión, la verdad es que me entró muchísimo miedo, no sé, era como si algo no me cuadrara, como una premonición, no lo sé bien, pero tuve muchísimo miedo de dejarlos allí solos, el uno con el otro…

Hubo en todo aquello, sin embargo, cierto engaño por mi parte, una especie de trampa de la que jamás he llegado a entender sus recovecos. La artimaña del empleo de una ganzúa. Noté que revivía de nuevo al Dóvaleh de antes para servirme de él en aquel momento con Liora y dejarlo fluir por mi garganta, aunque con sangre fría más espantosa, porque sabía perfectamente que después de aquello volvería a borrarlo de mi vida.

Ahora ha adoptado un aire paternal, ven conmigo, muchacho, que el coche te está esperando, y al que solo le falta decirme gracias por habernos escogido, muchacho, porque somos muy conscientes de que podías haber escogido cualquiera otra de nuestras bases para quedarte huérfano…

Se queda callado un momento, sonriéndole a un recuerdo lejano, puede que a la imagen de sus padres preparándole el petate. Se da una palmada en el muslo se ríe, ¡se ríe! Con una risa normal, desde dentro, muy distinta de su risa profesional, tan venenosa y falsa. Ahora se ríe como una persona sencilla, lo que provoса que al instante, entre el público, unos cuantos se rían con él, como yo, ¿por qué no?, aunque no sea más que por apoyarlo en uno de los pocos momentos en los que ha tenido piedad de sí mismo.

Dóvaleh tiene que dar tres vueltas enteras al escenario para que le vuelva el alma al cuerpo, y durante el tiempo que tarda en hacerlo me veo repentinamente acometido por un dolor que no parece de este mundo: si por lo menos me hubiera quedado un hijo de ella, pienso por enésima vez, aunque en esta ocasión me duele muchísimo más pensarlo, como si me clavaran algo en un lugar mucho más recóndito de mí; un niño que me recordara a ella en algún detalle, por pequeño que fuera, un hoyuelo de la mejilla, un gesto de la boca. Nada más. Juro que no necesitaría más que eso.

En su vida había ido a un partido, porque le parecía una pérdida de tiempo. ¿Para qué hay que jugar noventa minutos si con veinte basta? ;Por qué no terminar el partido al primer gol? Pero se le había metido en la cabeza que como yo era pequeñito y debilucho, si tenía conocimientos de fútbol, los chicos me respetarían, me protegerían, no me pegarían demasiado. Así funcionaba su mente, siempre movida por algún interés oculto, una mente al acecho, nunca sabías del todo cómo tratarlo ni si estaba contigo o contra ti. Y creo que así me educó también, creyendo que al fin y al cabo todo el mundo hace sus cuentas, porque ese era su mantra en la vida, la esencia que mi padre le dejó en herencia a su hijito.

El libro nuestro de cada martes: El bigote de Emmanuel Carrère

Siempre acudo a Carrère sabiendo que me dará un libro con un reto, el de su humor negro, el de su trama profunda; siempre me encuentro con desafíos y abro diálogo con el autor. Cuando me encontré con «El bigote» no imaginé lo que estaba por suceder. Esto es la renovación del suspense, del thriller psicológico, del terror.

Kafka del siglo XXI, nos lleva de la mano a través del humor, de la broma intencionada, de esos recovecos a los que nuestra realidad de hoy – precisamente la de hoy con coronavirus y post verdad incluidos – a los que creemos estar acostumbrados; pero su personaje es cualquiera de nosotros ya el hombre del bigote, ya la mujer del hombre del bigote. Su mundo se disgrega, hace aquellas cosas sin razón que hacemos todos y que creemos que no tienen consecuencias pero que en él van tomando significados profundos.

La negación del mundo, de un mundo que queremos mejorar o corregir imaginando pero que se resiste y nos da vueltas sobre nosotros mismos.

Adoré siempre de Agatha Christie los finales inesperados, pero Carrère ha dado un nuevo sentido a este punto. Un libro para volver y volver, para sufrirlo hasta domarlo.

Un libro para no perderse.

Algo más sobre el libro:

https://elpais.com/cultura/2014/09/10/babelia/1410368869_527240.html

En 2005, Carrère dirigió la versión cinematográfica de la novela, protagonizada por Vincent Lindon y Emmanuelle Devos, aquí el trailer:

El libro nuestro de cada martes: Los años de peregrinación del chico sin color de Haruki Murakami

Después de mucho tiempo me vuelvo a encontrar con Murakami; volver a un autor después de un largo periodo es siempre una experiencia reconfortante, como encontrar a un amigo al que hace mucho no se ve; hay pláticas pendientes, temas olvidados y el afecto que se renueva. Así me ha sucedido.

Pasa con Murakami que, al cabo de los muchos libros, aprende su lenguaje; sus toques de surrealismo contemporáneo, el valor de lo espiritual, el peso de los temas y la ductilidad de la realidad; sus modos de allanar la conciencia del lector, como el diálogo con la música o los referentes culturales, lo meten a uno en la espiral en la que le gusta entretenernos buscando una verdad que nunca es evidente.

Volver a Murakami con «Los años de peregrinación del chico sin color» ha sido una fortuna, se trata de uno de sus libros menos extensos, más sinceros; su trato de la amistad la búsqueda lo sitúanos en un Tokio que no existe más que en su imaginación y ahora en la nuestra, su lenguaje es más sabio y sencillo, su trato del tema sexual más cómodo y más sincero y aquí me tienen, resolviendo el misterio de un personaje que nunca ha tenido el color que requiere para completar su vida.

No hay que perderlo y hay que abordarlo con fruición, con el gusto de encontrar en Murakami a uno de los narradores puente entre oriente y occidente en esto que es de lo mejor que la globalización nos ha dejado.

Algo más sobre el libro:

Los años de peregrinación del chico sin color

Una crítica interesante sobre el libro:

 

La música del libro:

 

Tras los pasos de Alfonso Reyes en Madrid. 100 años después. Tercera Jornada

Tercera jornada. Noviembre 9, lunes.

Hubiéramos querido ir hoy a Aranjuez, será mañana. Los lunes, como en gran número de las ciudades del mundo, los museos cierran sus puertas; tanto para dar descanso a sus trabajadores como para realizar tareas que aún cuando no están a la vista, son absolutamente indispensables.

Una curiosa conjunción de coincidencias nos pusieron en camino al museo Thyssen-Bornemisza; primero, porque  era el único abierto en Madrid; además, de 12.00 a 16.00 horas era gratuito por cortesía de una tarjeta de crédito y, tercero por la cantidad de amigos de don Alfonso cuyos pasos no pueden seguirse en Madrid pues son más visibles en Buenos Aires, en Río de Janeiro o en París; pensando en ellos nos venía como regalo darnos una vuelta par visitar a los amigos franceses de don Alfonso. Desde luego, Reyes no podía haber conocido el Thyssen que abrió sus puertas apenas en 1992; sin embargo, el museo como una casa simbólica, alberga el paso de una buena parte de sus amigos de la época parisina.

La relación de Alfonso Reyes con la plástica es importante, comienza desde México a través de Julio Ruelas y principalmente de Diego Rivera, amigo de toda la vida con quien compartió el amargo pan del exilio; fueron muchos los artistas con los que Reyes cultivó su amistad, aún en condiciones muy difíciles; Alfonso Reyes pudo sostener afectos y amistades más allá del paso del tiempo y de las circunstancias como la de una de las primera s mujeres de Diego: Angelina Beloff.

Para el escritor la convivencia con los pintores significaba participar de una existencia más combativa y arriesgada de lo que su docta condición de escritor le permitía y su prudente papel de diplomático le autorizaba; el mundo de los pintores, particularmente en París, era la oportunidad de participar en pequeñas batallas que resultaban graciosa para un hombre que poco antes había dormido acompañado de un fusil, había sido exiliado político y estado en presencia de un general golpista, ebrio y reconocido por sus excesos asesinos; tal vez a muy pocos como él podía aplicarse el título de la magnífica novela de Hemingway, “París era una fiesta”.

El rostro de la amistad de Reyes con los pintores tenía nombre: Diego Rivera; en aquella época el regiomontano veía al guanajuatense no como el monstruo sagrado de la plástica fundacional en México, ni como el azote dude la burguesía internacional y de sus buenas conciencias, sino como el gigantón dulce y sonriente que retrató Amedeo Modigliani, aquel Rivera de entonces era el mismo que expuso por primera vez en Madrid y que Reyes nunca olvidaría:

Cuando el mexicano Diego Rivera expuso en Madrid cuadros cubistas, hubo que pedirle que, al menos por respeto de policía, no exhibiera en el escaparate sus pinturas. Cierto retrato que estuvo expuesto en la callecita del Carmen por milagro no provoca un motín. ¿Dioses! ¿Por qué no lo provocó?, ¡Sus amigos lo deseábamos tanto! Adoro la bravura de Diego Rivera. Él muerde, al pintar, la materia misma; y a veces, por amarla tanto tanto, la incrusta en la masa de sus colores, como aquellos primitivos catalanes y aragoneses que ponían metal en sus figuras. Pintar así es, mas bien, desentrañar la plástica del mundo, hundirse en la fuerza de la forma, acaso intentar una nueva solución al problema del conocimiento.

Aquel Diego había llegado a Madrid como una bomba desmadejada y ocurrente que gozaba, como lo hizo siempre y más a su retorno a México, de escandalizar a las buenas conciencias; muestra de aquel tiempo queda aún en los muros de la Capilla Alfonsina de México, bajo la adveración de la célebre “Plaza de toros” que prácticamente acompañó a don Alfonso toda la vida. Rivera, además fue un puente entre Reyes y Picasso; o tal vez resulte más propio decir que fue el escritor quien sirvió de vaso comunicante entre ambos pintores; no es casual si se considera que los tres huyeron del manierismo y el retoque hacia las fértiles tierras de la sencillez genial; el escritor caminaba así entre los pintores a los que se sumaba Juan Gris, cuya casa sigue siendo para mi una especie de faro en mis andares madrileños, uno de esos puntos de referencia diminutos pero certeros; ubicada detrás de Puerta del Sol, a unos pasos de la Calle Salud que guarda para siempre el secreto del asombro azorado de mis primeras visitas y convive con una sidrería asturiana magnífica y en toda regla que hoy, como hace doscientos años, ofrece un rarísimo y delicioso licor de violetas.

En París, Reyes cultivó la amistad de los cubistas y de los surrealistas, de Cocteau y e Picasso, si con “La Cena” se había adelantado al movimiento surrealista, el cubismo lo toma por asalto y más que su expresión plástica, su capacidad para convocar el genio de su tiempo; ese ambiente creativo lo hizo transitar entre el cine, el teatro, la literatura y el arte; sin embargo, esas experiencias no se quedan para el goce y el crecimiento personal, sino como un camino para servir a sus amigos y para construir indelebles puentes de comunicación con los demás, será cerca del final de su vida cuando se ponga de manifiesto su enorme capacidad para crear redes de amistad y colaboración.

Esa capacidad, por ejemplo, le permitió servir de salvoconducto y auxilio entre el furor de Rivera y la disciplina casi militar de las vanguardias francesas. Recordaba Ryes que cuando Rivera presentó su primera exposición en París y estaba a punto de partir hacia Madrid, se suscitó un malentendido entre los dos pintores; esto debido a que Will, la dueña de la galería donde exponía el mexicano se había expresado en el texto de la invitación, en términos poco amables sobre Picasso; al español aquello lo tenía enfurecido mientras que al mexicano lo había hecho presa de una angustia sin descanso, tanto por no saber como podía reaccionar si Picasso lo encaraba o si trataba de sabotear la exposición como por el riesgo eque, en ambos casos, corría la carrera del aún incipiente genio frente al poder del semidiós que ya entonces era el malagueño. Alfonso echó mano de sus amistades, de su proverbial don de gentes y logró aproximar a los pintores y los puso en camino de una relación duradera, el punto en que solemos atribuir a Diego aquella frase que nos gusta tanto a sus seguidores: “nunca he creído en Dios, pero creo en Picasso”.

En París, en aquel París cubista, el regiomontano circulaba en encuentros e ideas entre Waldo Frank y Guillaume Apollinaire y, de hecho, para don Alfonso, aquella ciudad será siempre cubista:

Mi imagen de Paris, con la moda de aquellos días, es cubista. Cierro los ojos, y miro un París fragmentario, dispuso en diminutos planos que no encajan unos en otros: como dividido y entrevisto por las cuatro patas de la Torre Eiffel…

Y arriba, una danza de chimeneas, y abajo, avenidas, bulevares, calles, callejas, callejones, callejuelas, escaleras, subidas, bajadas, puentes, túneles…

En aquel mundo que abría el universo a Reyes, estuvo plagado de encuentros y proyectos comunes; así Ángel Zárraga introdujo a Reyes en la amistad de Fujita, el fantástico pintor japonés que igual que Bonnard – pero desde el otro lado del mundo – trató de hermanar las tradiciones pictóricas oriental y europea y que realizó magníficos retratos de Reyes y de doña manuela su esposa; también fue Zárraga quien lo presentó con Ilya Ehrenburg que entonces escribía su peculiar “Julio Jurenito” en el que, bien visto, pueden encontrarse algunas pistas de la presencia de Alfonso. En fin, que e toda esta pléyade hay constancia en las primeras plantas del Thyssen, pero en realidad, a quien buscaba es a una mujer: Kikí de Montparnasse.

Kikí pasó a la historia por su exótica belleza, algo gruesa y bárbara para los gustos actuales y, si se me permite, también para los gustos más acuciosos que luego iría tomando en términos femeninos don Alfonso; también por haber sido la principal modelo de Man Ray; sobre ella, diecisiete años después de conocerla, don Alfonso escribiría líneas surrealistas maravillosas:

De niño, me picoteaban las urracas porque les andaba en los nidos, y los pavos reales, porque los imitaba el lenguaje sin saber bien lo que decía. Después he equivocado los sobres de las cartas, y nadie me lo había querido advertir. En París, Kikí me ha seguido desnuda hasta media calle, y yo sin saberlo. Me ha pasado de todo.

La modelo ejerció una potente fascinación sobre Reyes a lo largo de toda su vida y aunque no tenemos constancia dique entre ellos hubiera hechos de sábanas, no resulta descabellado pensar que así haya sido. No a todas las mujeres con las que se relacionó – que no fueron pocas – las imaginó desnudas durante décadas; con su nombre bautizó a una gatita que le regaló as hijo y de la que decía que su única gracia era “llamarse igual que la inmortal y llorada model Mode Montparnasse”, de su Kikí contaba una anécdota que la relacionaba nada menos que con Miguel de Unamuno:

La Closerie des Lilas es todo un monumento de la poesía y evoca el crepúsculo del Simbolismo. En la Coupole, se trazaba el nuevo mapa del mundo, entre estudiantes y desterrados políticos: Lenin y su época. Y cuando Unamuno escapó a París, de la isla donde lo tenía confinado el Directorio Militar, siempre convidaba a los espías encargados de vigilarlo, que pasaban en su compañía muy buenos ratos. El Jockey vio nacer el suprarrealismo por los días en que el barrio artístico de Montparnasse, heredero del Quartier Latin ya estaba invadido de “vikingos” y cuando Kikí, grande hija de Chatillon-sur-Seine, cantaba sus aires marineros.

Su descripción, por otra parte, coincide con la que hace Fargue del traslado de la intelectualidad y del ambiente, desde Montmartre al Latin y de ahí a Montparnasse.

A Kikí la hemos  encontrado, de hecho, como si ella reclamara su lugar en las memorias de Reyes; así, se nos mostró de frente, con su peinado a lo garrón, en todo su glamour, envuelta en pieles y con un cigarrillo pendiente de sus labios rojos granate; la mano sutil ayuda a arroparía mientras sus ojos entornados dan cuenta de su personalidad. Se trata de una acuarela de Kees van Dongen pintada entre 1922 y 1924, pero no puede decirse de ella que hubiere perdido en nada la belleza que contempló don Alfonso. Muy cerca de ella otro retrato, casi inacabado, de la autoría de Modigliani, la muestra en el tiempo en que el escritor y la modelo cruzaron sus caminos; si el primero triunfa en fidelidad, el segundo predomina en intención pues parece haber sido dibujado con estrellas y haber captado la etérea y perpetua esencia de la mujer; habida cuenta de la relación entre Reyes, Modigliani, Rivera y Kikí, no puedo sino dejar de imaginar que el propio Reyes conocía la existencia de ese cuadro y me atrevo pensar que él mismo habría sido un buen instigador de su creación.

Hoy no ha podido ser, tal vez sea mañana que nos demos una vuelta por Aranjuez. El miércoles será ya más difícil porque comienza el coloquio y continuará el jueves. De nos er posible Aranjuez, esperará hasta el viernes, si no es que Burgos o Toledo se nos presentan como opciones más apetitosas.

Siguiendo los pasos de Alfonso Reyes en Madrid. Crónica de viaje

Convocatoria.

Hace algunas semanas Pablo Raphael me envió un mensaje, escueto cool todos los suyos, pero que era de esos que uno espera toda la vida aunque no sepa que está aguardándola cada día de cada año. Me invitaba a participar en un coloquio a celebrarse en Cada América, sobre el Centenario del exilio de Alfonso Reyes en España. Si estaba interesado debía decírselo para que entrara en detalles.

La pregunta parecía incluso un poco obscena por varias razones, era como preguntarle al creyente, luego de una vida de santidad, si le interesaba de ventas entrar al paraíso para que San Pedro buscara la llave correcta. No había nada que pensar y aunque respondí de inmediato, fiel a su personalidad, a Pablo le tomó sus buenos ocho días entrar en detalles; a mi, esa tregua representó la oportunidad de replantearme mi relación con Alfonso Reyes, revisar sus días en Madrid y hacerme a la idea de que algo muy deseado estaba por sucederme.

Si me interesaba era una pregunta pueril, al menos por tres razones: por venir de Pablo, por tratarse de Reyes y por situarse en Madrid.

Que la invitación viniera de Pablo representaba el cumplimiento de un sueño difuso pero común. Con Pablo Raphael me une una amistad muy honda, larga ya de mucho más que la mitad de nuestras vidas y que desde que nos conocimos estuvo marcada por la literatura y por la presencia de Alfonso Reyes. Recuerdo que desde siempre, lo que ambos queríamos era escribir; hablábamos de ello en los cálidos inviernos en su casa familiar en Manzanillo y tuvimos en conjunto con otros amigos, una revista con presupuesto, tiraje y éxito limitados; ambos probamos suerte por primera vez juntos en el taller literario de Alicia Reyes y juntos nos vimos, cada quien por su cuenta, publicar nuestros primeros libros.

Cuando Pablo entró en detalles sobre la invitación, la claridad meridiana de un sueño que amenazaba con cumplirse era razón suficiente para hacer cualquier cosa con tal de estar ahí. Después de leer su siguiente mensaje me acordé de Truman Capote recordando a Santa Teresa de Ávila: “se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las que son ignoradas”.

Que se tratara sobre Alfonso Reyes era más que un sueño, era un compromiso conmigo mismo. Para un lector hay distintas categorías de autores: los que no gustan y de los que se huye como de la mala suerte: los gacetilleros de la amargura, los poetastros del desengaño perpetuo y los ingeniosos narradores del lugar común; le siguen aquellos cuyos nombres fueron olvidados, no necesariamente por faltas en su talento y cuyas palabras se integraron al sustrato de nuestra cultura, aquellas sensaciones, datos y expresiones cuyo origen olvidamos pero que están ahí cuando es necesario echarles mano; en seguida, los autores que nos gustan, recordamos sus nombres y a cuya obra recurrimos con gusto y confianza, autores de uno o más textos que no sólo soportaron la prueba de la lectura sino que se quedaron como parte de la grata compañías de la que sólo pueden gozar los auténticos lectora; después, nuestro Olimpo particular compuesto por los autores que más nos significan y que nos han señalado como parte de su tribu lectora; a ellos no los elegimos, se nos imponen y nos marcan, contemplamos sus obras, las conocemos y cazamos cualquier novedad editorial que sale al mercado, incluso repitiendo libros si alguna nueva edición así lo amerita, los volvemos a leer en tomos completos o en pequeños fragmentos, los recordamos como a buenos amigos. En la cima, celosamente guardada por valladares hechos de admiración y afecto, está nuestro autor, nuestro guía, aquel ala no sólo leemos sino al que estudiamos y respetamos, indagamos sobre su vida, nos adentramos en su pensamiento y en algunos aspectos lo tomamos como ejemplo; no acontece con todos los lectores, pero cuando pasa se está en presencia de una extrañísima relación que va de la filiación a la amistad, de la fascinación al diálogo y de ahí al pensamiento crítico. Esa es mi relación con Alfonso Reyes. Lo descubrí a los dieciocho años, me lo presentó Jorge Luis Borges y ha cumplido en mi vida el papel que difícilmente habría desempeñado alguien vivo; por eso, la convocatoria de Pablo Raphael se me presentó como un deber moral de gratitud.

Que el coloquio fuera a celebrarse en Madrid cerraba el círculo y me dejaba sin salvación ni recurso. Los viajeros somos un clan sumamente extraño, a diferencia de los turistas que constituyen una secta de culto a lo prefabricado, no nos atenemos a lo que las listas dicen ni nos calen mucho las estrellas y los tenedores más allá de la más elemental función orientadora; así, construimos nuestras preferencias por razones más bien cronópicas, como diría Cortázar, y que están más relacionadas con la satisfacción y dicha que nos ha deparado la literatura, el arte, el cine o el amor. En mi caso personalísimo, que no significa apenas algo, salvo que es mío, diría que en mi mundo de recuerdos y anhelos por volver, por encima de muchas otras ciudades que mi memoria atesora y a las que retornaría con gusto, están dos lugares que cifran mi sitio en el mundo además de mi hogar: Madrid y París.

De mi propia Ciudad no diré nada ahora porque es mi padre y mi madre, mi hijo y mi hija, mi mujer y mi caverna con toda su grandeza y con toda su miseria. Madrid y parís me han deparado momentos cruciales en mi vida, me han enseñado cuanto sé del nómada placer de vivir, una he sentido la sensualidad de la belleza ni la majestuosidad de la historia como en París, en ningún otro lugar – salvo en Madrid – he disfrutado de la contradicción de los lugares más íntimos y secretos a un paso de las regiones irónicas del imaginario occidental, pero hay una diferencia fundamental, en París me siento como en mi casa y en Madrid estoy en casa; es verdad, no en mi hogar, no en donde reposan mis dioses tutelares, per sí donde viven mis ensueños de lector, mis esperanzas de escritor y la poderosa suma de mi España que es también mi pasado remoto, mi presente idiomático y mi frente de batalla republicano, mi museo favorito, el del Prado, y la mesa dulce de mis churros con el espeso chocolate. Es cierto, mis gustos son irracionales pero es que así son los gustos que nos son causas sino enamoramientos; ahí está la Almudena con la que tengo una relación personalísima a tal grado que si tuviera que elegir una religión me mantendría alerta del catolicismo pero me haría almudentista; ahí está mi Carrera de Jerónimos, mi Retiro y mi Café Gijón. Ahí está, linda y bonita, dulce y un tanto hosca, la ciudad que no sé seis la que más me gusta, pero sí la que mas quiero y ahí estaba Pablo invitándome a hablar sobre don Alfonso, en esa circunstancia, ¿podría haber hecho yo alguna cosa distinta?

Me acordé entonces de una frase de Reyes sobre Madrid, Ciudad que amó como a ninguna:

En el paisaje fino y exquisito de Madrid, el Manzanares, a la hora del crepúsculo, haciendo al peinar las jarcias, un órgano de agua casi silencioso, pone un centelleo de plata.

El libro nuestro de cada martes: El último encuentro, de Sándor Márai

Hay libros que no son sólo eso, son puertas y ventanas; la poeta Zeli Dekovic, dice que también hay libros espejo, los hay sin duda. Sin embargo, me refiero a los libros que son puertas a universos enteros, aquellos cuyos autores han dejado una obra que puede apreciarse como un enorme mosaico, autores como García Márquez, por ejemplo o como Joseph Roth, para hablar de otros ámbitos. Para mí, la puerta de entrada al universo de Sándor Márai fue, El último encuentro.

La amistad es una de las relaciones más complejas; exenta por lo general de deseo, implica la igualdad como presupuesto pero también se abre al juego del poder, la codependencia y una enorme gama de sentimientos encontrados; su longevidad, mucho muy superior a la pasión amorosa, justifica cambios de carácter y aun ajustes de cuentas que son impensables en otro contexto.

El último encuentro es la narración de un tiempo ido, el final del Imperio Austrohúngaro, la muerte del siglo XIX, y el inicio de una serie de transformaciones que no quedarían resueltas sino con el holocausto, la bomba atómica y el mundo de la guerra fría.

Aventúrese por las letras de Márai, será un viaje que no querrá terminar y del que no podrá salir indemne.

Lee «El profeta mudo», de Joseph Roth. Lea ud. «El último amigo», de Tahar Ben Jelloun

Pocos sentimientos despiertan la pasión serena de la amistad; uno no es humano sino hasta que encuentra un amigo. Amistad quiere decirlo todo, de tal manera que la mejor forma de estudiar el pasado de una persona es explorando, como hacen los geólogos con los estratos de la tierra, cómo han entrado y salido de su vida sus amigos. Aristóteles decía que la amistad es el amor perfecto porque está privado de la pulsión sexual; a mi me parece que la vida vale la pena ser vivida sólo por la grata experiencia de la amistad que nos explica y que nos fortalece, que nos anima y nos revitaliza, por esos instantes en que hemos confiado y esperado, en los que hemos fortalecido y hemos sostenido a otro sólo por el gusto de ser nuestro amigo. En fin, pienso en mis amigos, en los de ayer y en los de hoy, en los de siempre, en los que no siempre están pero a los que basta invocar, aún con el pensamiento, para que estén presentes de mil maneras distintas.

«El último amigo» de Ben Jelloun es un canto, a dos voces y un coro, sobre el encuentro y la pasión de una amistad casi perfecta, es la historia del Marruecos de la segunda mitad del siglo XX y del amargo drama de la migración. Se aproxima mucho a lo que uno consideraría un libro ideal. Disfrute su lectura y sírvase de nuestro fraseario.

Solía decir: “Las palabras no mienten jamás, son los hombres los que mienten, yo soy como las palabras”. Y, riéndose de su ocurrencia, Mamed sacaba del bolsillo un cigarrillo de tabaco negro y se metía en los váteres del liceo a fumárselo a escondidas.

Un día me enseñó una página de una revista de historia en la que se decía que más de la mitad de los habitantes de Fez eran de origen hebreo. La prueba, añadía riendo, es que todos los apellidos que empiezan por Ben son judíos, de los que llegaron de Al-Andalus y se convirtieron al Islam. ¡Mira que suerte tienes! Eres judío sin tener que llevar la kipa, tienes su mentalidad, su inteligencia y, en realidad, eres musulmán como yo. Tú ganas en los dos frentes y, lo que es más, no tienes que pasar por los apuros por lo s que pasan los judíos. Es normal que os envidiemos, pero eres mi amigo, no tienes más que cambiar tu forma de vestir y ser menos tacaño.

El tiempo era su hermosura.

En su opinión, era un problema de moral, de culpabilidad, la sensación de haber cometido una falta o pecado. No, no era eso, yo estaba herido porque vi lo que nunca hubiera debido ver: a una mujer desdentada, limpiándose los muslos con una manopla húmeda y raída, mientras que me volvía si a poner los pantalones pensando que acababa de vivir un momento de una tristeza infinita. Intento consolarme. Me acompañó a casa y nos pasamos la tarde oyendo la radio. Yo tenía ganas de llorar. Al día siguiente, muy temprano, nos fuimos al hamam de la calle Uad Ahardán.

Compartíamos cosas, intercambiábamos opiniones y éramos felices. Era imposible pensar en tomar una decisión importante sin ponernos de acuerdo tras discutirla a fondo. Curiosamente, no hablábamos nunca de la amistad. Fue la envidia de algunos compañeros del liceo la que nos reveló la importancia de ese vínculo.

Mamed me miró como para preguntarme mi opinión y asentí con un gesto. Nuestras firmas quedaron estampadas en la parte inferior de una hoja con encabezamiento del Ministerio de Justicia. De todas formas, el rey ni siquiera estaba al corriente de que existiéramos. Daba igual que le pidiéramos clemencia o la mano de su hija: ¡no existíamos!

Ciudad cautivadora que te apresa, que te amarra con cuerdas la tronco de un eucalipto, con cuerdas gastadas, olvidadas en el muelle del puerto por algún marinero distraído, te acosa y te persigue, te obsesiona como una pasión que nunca se acaba, y, entonces, hablas de ella, y crees que sin ella la vida será amarga, necesitas saber que pasa en ella convencido de que no ocurre nada esencial. Tánger es como un encuentro ambiguo, inquieto, clandestino, una historia que esconde otras historias, una confesión que oculta la verdad, un aire de familia que te envenena la existencia en cuanto te alejas y sientes que la necesitas sin saber por qué. Eso es Tánger, la ciudad que vio nacer nuestra amistad y que lleva en su seno el instinto de la traición…

Están jodidos; no quiero parecerme a ellos, así que he decidido venir a mi tierra al menos dos veces al año, tengo que conseguir un equilibrio entre el país de la democracia ideal y el de la corrupción generalizada, entre el país de la justicia y el de los chanchullos, entre la sociedad del individuo y la invasión familiar, en una palabra, he decidido hacer malabarismos que consisten en no perder el alma y a la vez aprovecharme de los logros de la democracia, aunque tampoco tenemos que olvidar que, por tanta sencillez y disponibilidad, los hombres políticos perdieron a un gran lider, Olof Palme, asesinado al salir del cine… ¿Te imaginas en nuestro país a un primer ministro yendo al cine como un ciudadano más? En nuestra tierra, un simple subsecretario de Estado para la Artesanía no da un paso sin motoristas y guardaespaldas; se paraliza el tráfico, suenan las sirenas a todo volumen, sin la mínima consideración por los transeúntes, los ciudadanos.

Era imposible saber cuál de los dos tenía más ascendiente sobre el otro. Nos completábamos, nos necesitábamos, y nos lo decíamos sintiéndonos casi orgullosos de ello. Yo también prefería una amistad elegida que la fraternidad impuesta, pues aunque no tenía nada que reprochar a mi hermano mayor, nunca ha sido mi amigo.

Somos unas víctimas perfectas; qué más da que se nos pongan duros o no, a dónde vamos a ir con nuestros penes excitados, empalmados como astas, no tenemos ganas de nada, he olvidado ya qué es un cuerpo de mujer, que es el deseo, el placer y todo lo demás, lo malo es que no sabemos cuándo saldremos de aquí ni si nos soltarán algún día, eso es la tortura, te dejan a oscuras, no dicen nada, te dejan en barbecho, es penoso, pero hay que resistir, debes resistir y yo también, si no, estarán satisfechos de vernos vencidos, acabados, deshechos.

Era hija de un primo lejano de ellos, y estaba en Tánger pasando unos días de vacaciones. Su belleza me intrigaba. Era una mujer callada y muy observadora. Tenía una forma turbadora de mirar las cosas y a las personas: las desnudaba.

Alí era de esos hombres que no consiguen ocultar lo que les turba, lo que les hace daño. En cuanto lo veía, sabía lo que me iba a decir. Si alguna vez me equivocaba, nunca era en algo esencial. Su capacidad para entrar en mi vida, en mi mundo y en mi imaginario me fascinaba y me inquietaba. Esa forma superior de inteligencia es temible. Lo envidiaba. Con el tiempo, su intuición llegó a perturbarme. Éramos dos libros abiertos frente a frente. Nos habíamos vuelto transparentes el uno para el otro. En el fondo de mi mismo, no me gustaba esta situación.

Los había tenido que dejar un tiempo en Tánger, y me preocupaba, pues sentía que cada vez le debía más favores a mi amigo, y eso nunca es bueno para la amistad.

Necesidad de hablar, de contárselo a alguien. Alí sería el último en enterarse. Dejaría todo y vendría a ocuparse de mi. leería en sus ojos el avance de mi enfermedad. Su rostro se convertiría en un espejo despiadado. Nos conocíamos demasiado para arriesgarme a semejante violencia. Él no era un actor capaz de disimular, mentir, fingir. No, no le diré nada.

Se me ocurrió esta idea en el momento en que lo vi todo negro, cuando aún no había tomado conciencia de que la muerte estaba en la vida y dique mi desaparición no debía ser motivo para castigar a los demás.

Te debo una aclaración. Ahora, con esta carta, saldo mi deuda contigo. Nuestra amistad ha sido una hermosa aventura. No se acaba con la muerte. Forma parte de ti, de ti que estás vivo. Mohamed.

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