De cómo el Partenón perdió sus esculturas

El siglo XVIII el de las luces, comenzaba a apagar sus bujías, nuevas maneras de pensar se enseñoreaban por el mundo y donde Francia había querido instalar a Europa como corazón del mundo por la razón, la ciencia y el arte, Inglaterra propuso el tiempo de los nuevos imperios a través de la conquista de los mercados y la explotación colonial; en ese empeño nació una especie peculiar, el coleccionista con ínfulas intelectuales pero motivaciones económicas, hay una mutación interesante entre Vivant Denon -el ojo de Napoleón – y Thomas Bruce – Séptimo Conde de Elgin -. Ambos tomaron como piezas de caza lo mejor de las culturas que sus amos conquistaron; Denon acompañó a los ejércitos imperiales como un soldado armado de plumas y papel, sus presas iban directo a embellecer París y a enriquecer el Louvre; Elgin tomó cuanto pudo para engrosar su fortuna y sólo una operación comercial permitió que las esculturas del Partenón fueran a parar al Museo Británico, algo que su gobierno no planeó y que careció de interés para el peculiar diplomático hasta que los reveses económicos se conjugaron con la oportunidad.

Thomas Bruce tenía treinta y tes años cuando el rey Jorge III lo nombró embajador ante el Imperio Otomano; Byron tenía entonces once años y Grecia llevaba cuatrocientos años bajo el dominio de la Sublime Puerta. Elgin, aunque gozaba de validos ante del rey de Inglaterra, con dificultad diríamos que también disfrutaba de la confianza del monarca y aunque el imperio Otomano era una fuerza política considerable, los británicos tenían puestos sus ojos en el incómodo Bonaparte por lo que la embajada en Estambul no formaba parte de la agenda principal del Rey Jorge; así, quien presentó sus respetos ante Selim III que gobernaba el Islam desde Irak hasta el norte de África, desde el sur del Danubio hasta el archipiélago griego y la Anatolia entera, distaba mucho de hombres como Cottington, Crowe, Parish o Johnston; pero era hábil y logró hacerse con la gratitud o que otros habían labrado en favor de Inglaterra.

Napoleón había invadido Egipto un año antes, venciendo a los mamelucos – vasallos del Sultán – en la batalla de las Pirámides, aquella en la que acuñó la célebre frase “desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos nos contemplan” y aunque venció no fueron los oficios del embajador los que lo retuvieron largo tiempo en las riberas del Nilo, sino el poder de Nelson; en cambio Elgin cosechaba los éxitos de su compatriota en la Sublime Puerta; querido y mimado por la familia del Sultán, lo veían como el representante de un gobierno para el que había buenas razones de guardar gratitud.

Desde cien años antes, viajeros, aventureros, intelectuales, diplomáticos y militares habían sentido la llamada romántica sobre la belleza clásica y habían llevado a diversos países de Europa las presas de un largo expolio sin control ninguno; así que Elgin se dedicó – con un séquito de artistas con magníficas credenciales – a recorrer Grecia para constituir una formidable colección particular; su itinerario comenzó en donde suponía debía estar Troya, aunque el emplazamiento supuesto por Elgin, distaba mucho del lugar que unas décadas después descubriría Schliemann; ahí, como hipotética prueba, el embajador encontró dos relieves en mármol que antes un francés, Choiseul Gouffier no había logrado adquirir, lo que resultó suficiente para que el pueblo los obsequiara al inglés. Entusiasmado por la facilidad de su éxito extendió una fina red de adulación y sobornos hasta que obtuvo un firman del Sultán – una especie de decreto imperial inapelable – con la finalidad de que se le permitiera el ingreso a la Acrópolis de Atenas y a otros monumentos; hoy, ese decreto está perdido aunque sabemos que fue ignorado, en el más olímpico de los sentidos, pues la ciudad se preparaba para un nuevo asedio francés que nunca tuvo lugar; parece que Elgin estuvo a punto de rendirse pero que la ambición de su mujer y de sus suegros – curioso aliciente que hizo de Maximiliano emperador de México – lo llevaron a insistir ante la corte de Estambul para obtener, mediante las artes que la experiencia ya había consagrado, un nuevo firman que le permitiera ya no hacer moldes de las esculturas sino llevarlas fuera del Imperio. En realidad el ansiado decreto nunca llegó, pero una nueva andanada de regalos y sobornos le permitieron hacer pasar como un firman del Sultán lo que en era una simple carta de recomendación firmada por un alto funcionario del imperio pero no por el soberano; el documento había sido otorgado por Maimmakam Seyid Abdullah Pasha, ministro del Gran Visir; el firman era un documento en el que se combinaban elementos jurídicos, políticos y religiosos, en ese sentido debía comenzar por las invocaciones necesarias a Dios y estar sellado y firmado por el Sultán en persona; todos esos elementos faltan en el documento con el que Elgin legitimó su robo; aunque el texto original se ha perdido, la traducción al inglés que el diplomático ofreció al Parlamento como prueba de la legalidad de su colección es bien conocida. La carta dirigida al Cadí de Atenas lo introduce como representante de Inglaterra ante la Sublime Puerta y lo muestra como un amigo muy conocido en las cortes europeas que desea ampliar su conocimiento sobre las antigüedades griegas y en particular sobre las obras de arte que subsistían en Atenas; que se hacía acompañar de ocho artistas ingleses para copiar todo cuanto quisieran en la Acrópolis, incluso realizar excavaciones en busca de piezas olvidadas, contemplarlas, medirlas, copiarlas y estudiarlas a voluntad, todo ello como una deferencia a su persona y como un deber de hospitalidad con su aliado británico, en cambio, ni una sola palabra de la que pudiera inferirse que las piezas pudieran ser desmontadas y menos aún que se aceptara llevarlas fuera del territorio griego u otomano; es más, la carta está redactada a modo de una amable petición – cuidado que el Sultán no necesitaba, pero del que un ministro no podía prescindir – . Elgin como buen corsario, basado en su dudoso documento, ablandó voluntades y aún se valió de la intimidación presionando al nuevo Disdar – Guardián de la Acrópolis – cuyo viejo padre había muerto poco antes, para llevarse cuanto pudo de las esculturas que adornaban el Partenón. El expolio de la Acrópolis tomó tres años y hubiera sido peor todavía si no se hubiera firmado la paz con los franceses y el Conde no hubiera sido retirado de la embajada.

Cuatrocientos ciudadanos griegos tuvieron que  trabajar en el despojo, desmontar las piezas, embalarlas y llevarlas hasta el puerto para su embarque; abandonaban Grecia – tal vez para siempre – las esculturas del frontón oriental, el antepecho del sagrado templo de Atenea Niké, una de las Cariátides del Erecteion, casi la totalidad de las Panateneas y quince metopas. Doscientas cajas realizaron el camino de Eneas y recalaron unas semanas en Roma, cuando trataron de hacer el camino del imperio desde la capital hasta Londres tuvieron que hacerlo sin su amo que, hecho prisionero en Francia durante dos años, enfrentó cargos de espionaje; los agentes del emperador no podían perdonarle habérseles adelantado en el secuestro de las piezas y aunque trataron de incautarlas aquello hubiera sido imposible porque estaban sumergidas en el Mediterráneo cerca de la isla de Khytira, lugar de culto de Afrodita, la isla que es mecida por las olas y que mana leche y miel, la misma que el barroco imaginó como sede de todos los placeres ilícitos y a la que Watteau dedicó una de sus mejores obras; Afrodita y sus ninfas que proveían de placeres a quienes habitaban la isla trataron de hacer lo que los mortales no pudieron, aunque sólo lo lograron por un tiempo, pues las ciento noventa y seis cajas que un naufragio había enviado al fondo del mar fueron encontradas cuando Elgin fue puesto en libertad en 1807. A partir de ese momento las piezas fueron llegando a Londres donde el antiguo diplomático acondicionó un museo privado; cuando estuvieron todas reunidas, hacia 1812, Elgin las trasladó a su solar familiar en Escocia, donde languidecieron durante algunos años; contra lo que el corsario pensaba, las esculturas no fueron recibidas en la Gran Bretaña como una posesión ansiada y valiosa, como la que los franceses prodigaban a las grandes adquisiciones de Napoléon, por el contrario, se vio asediado por quienes señalaban la ilegalidad del despojo y quienes se negaban a reconocer su calidad y autenticidad, argumentado, con crasa ignorancia, que no eran griegas ni obras de Fidias, sino romanas de la época de Adriano.

Grecia de mujeres y diosas

Ten siempre en la mente a Ítaca

Kavafis

Medea, hija de Eetes, el Rey de Cólquide y de la ninfa Idía, hija de Océano; Circe, hija de Helios, titán preolímpico, y de la océanida Perseis, hermana de Eetes, tía de Medea, hermana también de Pasifae; Calipso, hija de Atlas, que se apoderó de Ulises al que sedujo y agasajó por siete años Y al que no pudo poseer para siempre, porque el tuvo constante en mente a Itaca. María Amalia Merkouris, nieta de Spyros y Stamatis Merkoúris, artista de talento, exiliada durante la dictadura, parlamentaria, ministra de cultura y precursora de la devolución de las esculturas del Partenón de Atenas; ella como Ulises siempre tuvo en la mente a Itaca. Todas ellas mujeres de una cultura tan antigua como la civilización; todas ellas imbatibles, dueñas de si mismas, todas ellas constructoras de la grandeza de Grecia.

La historia de María Amalia Mercury, Melina Mercury para el mundo, comenzó hace 2500 años. Pericles, el rodeado de gloria, había vencido a los persas a los 26 años; a los 54 había acumulado todo el poder de Atenas reunión toda la riqueza para crear las obras más opulentas de la cultura occidental. La cuna de todo lo que consideramos hermoso; los Propíleos, la Acrópolis de Atenas, la escultura de Atenea Promacos Y de entre de ellos, el Partenón. El templo en un exvoto, el agradecimiento de su pueblo por una victoria que parecía imposible; el combate, más que dos pueblos, de dos maneras de comprender la vida del universo; aquella montaña que domina Atenas es, así, la lámpara votiva no de la antigua Grecia sino de toda nuestra cultura.

En el año 447 a. C., Pericles hizo traer del monte Pentélico, a kilómetros de distancia Noreste de Atenas Y al sureste del maratón, Y donde, aún hoy se tiene un precioso mármol blanco con el que se restaura el Acrópolis. Su materiales de una blancura uniforme tan perfecta que luce dorada cuando el sol poniente le ilumine, desde tiempo inmemoriales fue consagrado a crear el arte de imperecedera belleza; nuestra propina de perfección humana hermana de aquellos 2170m², se elevan en nuestro imaginario colectivo desde los  once metros de sus columnas. A las órdenes del político y militar estuvieron los más grandes artistas de su época, los arquitectos Ictinio y Calícrates, arquitectos cuyo trabajo es hoy, como entonces, nuestro modelo de armonía y perfecta proporción; Fidias, epónimo de los escultores, creador de los frisos y capiteles, de miles de estatuas y, de entre ellas, la colosal imagen de Atenea Partenos, con sus trece metros en marfil y oro que más de dos milenios después, desaparecida para siempre, es la idea que conservamos de la belleza y la riqueza.

La propia concepción del centro ceremonial es la semilla de la idea occidental de cultura y civilización, toda la belleza puesta servicio de lo que podemos llamar los bienes superiores, aquellos que solo en común se desean y solo en común se alcanzan, aquellos que consideramos sagrados pero que son tan frágiles que merecen todo nuestro cuidado y protección, nos queremos hacer constar emolumentos inscripciones, en leyes y novelas, los que creemos necesarios de generación en generación desde hace miles de años. El templo principal estaba consagrado al más querido de sus valores, aquel que nos permite admirar, contemplar y comprender todos los demás, la inteligencia. La colina de Acrópolis, la ciudad toda y su templo eran en el hogar de Atenea Partenos, la pura, la virgen; la principal de sus advocaciones.

Los occidentales tenemos una peculiar relación con inteligencia, la adoramos y admiramos, también la tenemos y a veces la repudiamos pero siempre consideramos como una de las características que nos hacen humanos; casi podríamos afirmar que procuramos cierto cariño pues vemos en ella la gracia de la contemplación, la sabiduría de la adaptación Y el poder de acción. La representación de Atenea es una muestra de cómo los occidentales nos relacionamos con el pensamiento; es de la escultura griega de donde nace la concepción occidental del arte en tres dimensiones, rompió la rigidez e inmovilidad del canon egipcio y babilónico; en su ciudad – nos recuerda Alfonso Reyes – Atenea abre los ojos y “arriesgó un discreto paso con el pie izquierdo y ensayó una sonrisa”; al decir que inteligencia nos sonríe queremos decir tanto como que podemos dominar el universo. La historia de la diosa es terrible nos lleva hasta antes de comenzar el camino por el cual las mujeres perdieron la parte del poder y comenzaron la larguísima noche la cual se perciben ya los albores pero que aún termina; para los griegos la inteligencia es una mujer.

Atenea era la hija de Zeus, el más grande poderoso de todos los dioses, la gente de su primera esposa, Metis – la prudencia pero también la intriga, digamos, las funciones más primitivas del pensamiento – a la que el padre de los dioses devoró mientras gestaba a su hija. Llegado el tiempo del alumbramiento el padre comenzó experimentar atroces dolores de cabeza que lo haría sentir un pequeño esbozo de la condición humana, por lo que tuvo que pedir a Hefestos que partiera su frente con una hacha de donde nació la diosa adulta y con arreos guerreros. Atenea era una diosa armada, reverenciada y querida dulcemente por su pueblo; Homero le llama Palas – la joven – la ojizarca que es también ojos de búho y miles de años después – también lo trae a cuento Alfonso Reyes – Ruskin la invoca diciendo “una Atenea en el cielo, una Atenea en la tierra y una Atenea en el corazón”. Se trata de la deidad a la que se debe toda protección en cada momento, no es diosa de la guerra – porque la guerra por sí misma es irracional Y aunque lo sabemos desde hace milenios la seguimos practicando – pero siempre esta vestida como una guerrera y jamás se la puede ver sin su casco, su lanza y su escudo porque la inteligencia nos protege. Atenea es la batalladora que administra las presas ganadas en batalla, a ella recurre su padre, según la Ilíada, para expulsar a Ares como una metáfora del poder superior de la razón sobre la fuerza. Los atenienses amaban a Atenea porque, para ganarse patronazgo de la ciudad la diosa del regaló uno de los dones más preciados para aquel pueblo y para nuestra cultura: el olivo, del cual tomamos el amargo placer del aceituna, el aceite que es óleo de consagrar y el ramo que es símbolo universal de la paz y la gloria. A diferencia de otros dioses Atenea se conduele de los humanos, los entiende y goza de su compañía por eso desciende del Olimpo en amable coloquio con Aquiles Y Diómedes y guarda especial cariño por Ulises al que acompaña, en forma de golondrina, en la matanza de los pretendientes e impone silencio a las tropas para que presten atención a su arenga. Como guerrera comprensiva, su templo en Egea era casa de refugio político y en Éfeso hospicio para los esclavos heridos.

Andando los siglos el Partenón no conservo su carácter sagrado y aún hoy, cuando los dioses se han marchado, la Acrópolis y su templo principal siguen cubiertos por un aura solemne y devocional que hemos guardado lo más profundo de nuestro corazón; en 394 Teodosio declara el cristianismo como religión oficial del imperio, en consecuencia suprimió los Juegos Olímpicos de tradición milenaria, arrasó el oráculo de Delfos y prohibió el culto en los templos paganos; el Partenón entra en una primera aunque breve etapa de abandono, las manos del buen pueblo de Atenas, sin embargo, se niegan a olvidar su casa y procura su cuidado, carece ya de culto pero se conserva intacto; el furor cristiano, por otra parte, acometa contra el arte y la belleza del templo y muchas de sus obras son destruidas o robadas; de aquella época es la última noticia que se tiene de la colosal escultura de Atenea Partenos

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