El libro nuestro de cada martes: Cubantropía de Iván de la Nuez. Ed. Periférica

Pertenezco a una generación partida, rota en cierto sentido, aquella que vio caer el Muro de Berlín para presenciar cómo se desvanecían los sueños que habían animado a mis padres y a mis abuelos pero que no encontró en el mundo prometido toda la esperanza que se aguardaba; soy de lo que llamaron la generación X, como equis, como cualquier cosa; la misma que ahora, confundida y agobiada se da esperanzas en un mundo que, otra vez hay que reconstruir. Iván de la Nuez nos ofrece en «Cubantropía», editada por Ed. Periférica, una mirada desde dentro de la Isla de los cronopios o bien el infierno verde, como quiera que se deseara verlo; un viaje a aquellos años que causaron el mundo que ahora, tento nos cuesta entender.

Algo más sobre el libro: https://ipi-ufv.com/cubantropia/

Una conversación con Iván de la Nuez

El rincón de la bibliografía: Feliz cumpleaños Vicki Baum

 

Olvidada a veces, Vicki Baum, la emperatriz del Best Seller, borra la frontera entre la literatura de consumo y la literatura de culto. Su obra retrata el mundo que fue alrededor de las guerras mundiales. Un homenaje de Cisterna de Sol. Que ustedes lo disfruten.

Shangai Hotel 

http://quilu-vamosaleer.blogspot.com/2013/07/shanghai-hotel.html

Grand Hotel 

http://www.abretelibro.com/foro/viewtopic.php?t=41839

Accidente sin consecuencias 

http://quelibroleo.hola.com/accidente-sin-consecuencias

Hotel Berlín 1943

http://www.lecturalia.com/libro/37528/grand-hotelhttp://www.lecturalia.com/libro/37528/grand-hotel

Entreacto 

https://www.librote.com/libro/46759/entreacto

Vidas sin misterio

http://www.entrelineaslibros.uy/Producto/3043/retrato_de_hollywood_vidas_sin_misterio_vicki_baum

Sentencia secreta

https://www.goodreads.com/book/show/11721349-sentencia-secreta

Cita en París

http://quelibroleo.hola.com/cita-en-paris-1

Hipoteca sobre la vida

https://www.casadellibro.com/libro-hipoteca-sobre-la-vida/mkt0003499394/4875394

El lago de las damas

http://quelibroleo.hola.com/el-lago-de-las-damas

El ángel sin cabeza

http://www.lecturalia.com/libro/37521/el-angel-sin-cabeza

Amor y muerte en Bali

http://quelibroleo.hola.com/amor-y-muerte-en-bali

Retorno al amanecer

https://www.librote.com/libro/40098/retorno-al-amanecer

Una noche en el trópico

http://www.elaleph.com/libro-usado/Una-noche-en-el-tropico-de-Vicki-Baum/6649651/

La carrera de Doris Hart

https://www.goodreads.com/book/show/40056163-la-carrera-de-doris-hart

Vuelo fatal

http://pasionaloslibros.blogspot.com/2014/01/novelas-antiguas-vuelo-fatal.html

Autobiografía de Viki Baum

https://loff.it/society/efemerides/vicki-baum-la-austriaca-que-conto-la-vida-en-un-hotel-de-berlin-268045/

Bailarina

https://www.librote.com/libro/46286/bailarina

El último día

https://www.libros-antiguos-alcana.com/vicki-baum/el-ultimo-dia/libro

Tienda central

https://www.goodreads.com/book/show/35053412-tienda-central

Los contrabandistas

https://www.libros-antiguos-alcana.com/vicki-baum/los-contrabandistas/libro

Un interesante vídeo sobre su obra más celebrada (en inglés): Grand Hotel

Los crímenes de Max Aub o la litertatura como revancha

A veces me pregunto si, en realidad, Max Aub existió alguna vez; si existió, como existir así, físicamente y fue quien dijo ser y escribió todo cuanto fue publicado bajo su nombre. Me lo pregunto porque Aub vivió una vida tan novelesca que no es fácil imaginarla pero además, como una especie de alfabético Rey Midas, convertía en literatura todo cuanto sus manos tocaban; con más patrias que vidas, con más huídas que esperanzas, Max Aub es el arquetipo del primer exiliado, el que sale de su hogar para afincarse en otro sin jamás convertirse del todo a su nuevo espacio; tal vez por eso Aub construye una república íntima a través de las letras, de su narrativa pero, sobre todo, a partir de un dominio, casi mágico, de la palabra y de una imaginación indomable. En el mundo existe todo cuanto por su pluma fue creado: un pintor catalán imposible, un cuervo parlante y memorioso, asesinos de todas las raleas y con independencia de cada uno de ellos, un lenguaje popular que quiere ser mexicano y que de tan natural nunca se escuchó en las calles. Diría que se trata de magia pura pero sería inexacto, se trata más bien de un extraño caso de totalidad literaria, como si en un recurso inusitado Aub se hubiera escrito a sí mismo para poner orden en un mundo que se lo negaba.

De un tiempo a la fecha nos hemos atiborrado de ingentes dosis de violencia, no sólo la que lamentablemente ocurre en las calles de las ciudades de todo el mundo, sino aún de la magnificada por el espectáculo y por las necesidades del imperio de la imagen. Se acabó, acaso para siempre, aquella antigua violencia casi gratuita que sin dejar de ser drama y sin parecer hermosa y menos aún heroica era al menos digerible; me refiero al asesinato narrado con la afilada pluma del cronista de la nota roja, al homicidio disparatado pero con en causas sin duda humanas o mejor aún, apenas domésticas, como éste que se inventa Aub en sus “Crímenes ejemplares”:

Entro en aquel preciso momento. Había esperado la ocasión desde hacía un mes. Ya la tenía acorralada, ya estaba vencida, dispuesta a entregarse. Me besó y aquel sombrío imbécil, con su cara de idiota, su sonrisa de pan dulce, su facultad de meter la pata cada  día, entró en la recámara, preguntando con su voz se falsete, creyendo hacer gracia:

  • ¿No hay nadie en la casa?

Para matarlo. el primer impulso es siempre el bueno.

Es que no hay derecho, ese flujo violentísimo que termina en asesinato no es premeditado sino que irrumpe cuando alguien presume que será privado del deseo que justamente anhela, pero ni siquiera ese extremo se cumple, es la irrupción del bobo en el momento menos adecuado el que rompe la inspiración y lo conduce a la muerte; es esta la violencia con la que no contamos porque no le tememos sino que, por el contrario, idolatramos la visión de lo dramático, no sólo como noticia sino también como ficción; en cambio, hemos generado un temor cerval por las palabras. No hay escándalo en los decapitados de la semana, no hay quien lleve la cuenta de los desaparecidos o se acuerde de la última matanza callejera o escolar en los Estados Unidos, pero que no se atreva nadie a usar horrendos vocablos como negro, tullido, huérfano, puto o enano porque entonces nos cae encima la colección más fina y selecta de denostaciones que han alcanzado la autorización de lo políticamente correcto: fascista, hereje, corrupto y hasta recuerdo con risas alguna vez que alguien que no era amable me llamó en la calle “insolidario”. Al contrario, Aub no le teme a las palabras y así doma los monstruos de la violencia reduciéndolos con vocablos sinceros; de hecho, en una serie de finísimos crímenes ortográficos y tipográficos recuerda a alguien que “no se repuso nunca de la primera impresión”.

Después de dos guerras Aub sabe que la violencia es siempre gratuita y exenta de sentido, es más, quisiera pensar que la considera un acto de donación de quien puede darlo ¿no asegura por ahí en otro de sus crímenes ejemplares que “lo maté porque bebí lo justo para hacerlo”?

Aub retrata el instante preciso del asesinato y nunca se rebaja con crímenes vulgares y tristes como el secuestro, el fraude o el robo; el asesinato siempre porque es el único que tiene verdaderas dimensiones literarias más allá de la anécdota; del mismo modo opera De Quincey en su “Del asesinato considerado como una de las bellas artes” la dimensión ejemplar de los crímenes de Aub puede ser medida por lo que omite, por lo que esconde, más allá de lo que narra:

¡Cómo iba a permitir que se acostara con una mujer a la que le habían trasplantado el corazón de María!

En serio, hay cosas que no se pueden tolerar en auténtica decencia y eso de pensar que un corazón amado – o tal vez muy odiado – bombea desesperado la sangre de un orgasmo de cuerpos que nada tienen que ver con la memoria del amor – o del desprecio -, traspasa todo frontera humana; añádase toda la secuela de hechos que llevaron hasta la donación del corazón, súmese la pasión del ahora homicida que siguió el rastro del corazón de María. Aub lo sabe y el lector también, hay cosas que no se deben permitir pues irrumpen en la buena marcha del universo: “Era tan feo el pobre, que cada vez que me lo encontraba, parecía un insulto. Todo tiene su límite”.

La lectura de Aub nos devuelve a un estado de barbarie primigenia, a un momento en que los estereotipos se codeaban con el mundo y en el que los sentimientos aún no estaban descafeinados ni tenían que pasar por los filtros de los amaneramientos, las modas y el kitsch tecnológico que, lejos de construir puentes de paso, se fueron convirtiendo en máscaras de lo que nadie se atreve a decir; Aub, contra lo que pudiera pensarse, no está amargado ni guarda un odio secreto contra la humanidad, pero su desencanto de los hombres requiere de una válvula de salida en la que nadie resulte herido sino por el juego de las palabras, “esta bastardilla tan romana, y esta inglesa tan redondilla”. En el prólogo a sus “Crímenes ejemplares”, hace un llamado a aquel su tiempo que ya desde entonces, como ahora, amenazaba deslucido y decepcionado:

No vamos a ninguna parte, el gran ideal es, ahora, la mediocridad; vencer los impulsos. En la supuesta dignidad de castrarse han muerto muchos de los mejores.

Ni Aub ni nadie en su medianamente sano juicio pretende un mundo de hombradas y bofetones pero sí, como cuentan los abuelos, vivir en un mundo como el de antaño en el que al ladrón se le llama ladrón y al cobarde según su nombre; el propio Max lo reconoce “esta fe de erratas tan atea…”, en algún momento, sin pretender un tratado histórico, me parece que después de la caída del Muro de Berlín, cambiamos las grandes cosas, los sentimientos elevados, por la grandilocuencia y la vociferación; a nadie le interesa Teresa de Calcuta si no aparece en CNN en vivo – es una lástima que ello no sea ya posible – y resulta que un grupo de ciudadanos investigando sobre la desigualdad en México tenga que conformarse con las migajas de la audiencia cuando lo que vende es hablar de las pifias del Presidente Peña aún cuando ninguna de ellas sea importante o siquiera comprobable, al punto tal que hasta el más avezado tiene dificultades para diferenciar entre lo importante y lo urgente, entre lo real y lo aparente, entre la seriedad y la broma. Una de las notas suicidas más conmovedoras que se han escrito no la realizó alguien que tuviera la más mínima intención de quitarse la vida, es decir, se trata de una nota falsa, o si se prefiere, de una carta ejemplificativa, sólo por si se ofrece:

No se culpe a nadie de mi muerte. Me suicido porque de no hacerlo, seguramente, con el tiempo, te olvidaría. Y no quiero.

Como si nos faltaran causas para apostarlo todo. Desde la segunda posguerra comenzaron a menudear las pequeñas causas, aquellas que no requieren de mayor esfuerzo, que necesitan apenas una sonrisa complaciente o unas cuantas horas de voluntariado militante, sin mucho riesgo y que reportan, en el corto plazo, una sensación gratificante que transita ligera entre la dulce tranquilidad de estar a la moda y la heroica percepción  – que no requiere explicación lógica ninguna – de estar, sin saber cómo ni cuando, transformando el mundo. Desde luego, Aub no podía saber que esta “capitis diminutio” de la militancia iba a volverse patéticamente endémica para el Siglo XXI en la que basta un botón de “me gusta” o una reproducción de texto o imagen para que un inocente sujeto pueda tranquilizar su alma revolucionaria participando de la transformación final del mudo, en su espiritualización y finalmente, en su conversión en el edén terrenal que todos deseamos. En fin, una burda estafa en la que participan recolectores de basuras contaminantes, antitaurinos violentos, salvadores de perros a contrapelo de la salud pública, veganos combativos, ágiles comentaristas de la inmediatez política  e ingeniosos denunciantes de las más obscuras conspiraciones. Para Aub, que ha tenido que huir de Francia y de España, que ha vivido la experiencia concentracionaria y la derrota a manos del fascismo, sabe que sólo las grandes causas merecen tal nombre, que las otras sólo son parte del oficio de vivir. Como lo dice en otro de sus crímenes: “A mí, mi papá me dijo que no me dejara… y no me dejé”.

Aub no quiso hacer de su literatura un réquiem por el mundo que pudo haber sido, no se permitió tampoco que su experiencia vital convirtiera sus letras en un cúmulo de lamentaciones  y si, a veces, el dolor o la amargura traslucen, como en su “Gallina ciega”, ello no es sino el fruto de su condición humana. Para evitarlo recurre a un artilugio pocas veces utilizado con tanta profusión: transformar toda la existencia en recurso literario, no hay transacción ni claudicación posible, no es la literatura la que se cuela a través de las grietas de la realidad sino que, de alguna manera, es la existencia la que se incorpora al mundo de lo escrito, como si la actividad creativa justificara todo exilio y toda guerra, como si cada día vivido no tuviera más razón de ser que convertirse en material para nuevos libros y no sólo eso, sino que aún lo celebra en sus crímenes que de tan crueles pueden pasar por sencillas travesuras privadas de cualquier sordidez: “Mató a su madre para poder escribir una novela. No doy detalles: léanla”.

Cuando dice “se suicidó porque no le salía lo que debía salirle”, sabe que para el escritor, vivir es acumular y resguardar para luego volver a la vida a través de la creación para que en el transcurso de los años las cosas, más o menos, salgan como debieran salir. Con casi certeza – cuando se habla de Aub hay que guardar siempre un “casi” que nos salve del posible error -, podríamos decir que la ligereza de sus letras, es apenas una sencillez aparente pues encierra una voluntad de vivir que se impone y se transmite con la potencia de las renuncias y de las postergaciones, del mucho aguantar y del mucho hacer; los micro cuentos de Aub son momentos capturados de realidades mucho más complejas:

Yo no tengo voluntad. Ninguna. Me dejo influir por lo primero que veo. A mí me convencen en seguida. Basta que lo haga otro. El mató a su mujer, yo a la mía. La culpa es del periódico que lo contó con tantos detalles.

El autor sabe que a grandes males grandes remedios: “Le olía el aliento. Ella misma dijo que no tenía remedio”, así que pluma – o como se podría decir puñal – en mano, arremete contra las pequeñas y grandes desgracias de la vida, contra las miserias que nos impiden tomar del árbol la fruta que deseamos, sin más razón que la pura mala suerte: “¿Tengo la culpa de ser invertido? Y el no tenía porqué no serlo”, faltaba más, que tanto es tantito digo yo, y es que las denuncias aubianas versan sobre aquello que, como don Máx ha descubierto, corresponden a todos los hombres, aquellos desencantos de la realidad que sólo pueden saldarse de tajo, con la gotita simpática de sangre en la punta del cuchillo y la sonrisa socarrona en la boca: “¡Yo quería un hijo, señor. A la cuarta hembra, me la eché”; pues no hay derecho, insisto, como si no pudiera uno esperar del mundo algo mejor de lo que el destino nos ha deparado; desde luego que el exiliado lo comprende aún mejor y desde una luz más meridiana; es decir, ¿cómo aceptar que la razón y la justicia sea derrotada por la mendacidad, la ambición y la locura?, ¿porqué abandonar, por ejemplo, la España de la esperanza, la libertad y la igualdad para dejar en el gobierno, la plaza y la taberna, la mano de la dictadura, del oprobio y de los soplones?, en el mundo no hay justicia, de verdad, pero qué se le va a hacer, hay que seguir viviendo y no hay mejor venganza que seguir aguantando pese a todo o, más bien, gracias a todo aquello que lo ha lanzado a la calle de la existencia; así, tiene el derecho de reclamar la recuperación del orden en el cosmos.

Para eso son sus crímenes; él, un autor de lo más pacífico, un funcionario cultural eficiente y un magnífico abuelo, ajusta cuentas de la única manera en que puede y sabe, imaginando, descubriendo y construyendo escenarios y situaciones en las que el entorno se hace literatura y de esa manera aplaca los demonios del mundo; de qué otra forma podría reducir a la sumisión sus frustraciones y también las nuestras:

Estaba leyéndole el segundo acto. La escena entre Emilia y Fernando es la mejor: de eso no puede caber ninguna duda, todos los que conocen mi drama están de acuerdo. ¡Aquel imbécil se moría de sueño! No podía con su alma. A pierna suelta, se le iba la morra al pecho como un badajo. En seguida volvía a levantar los ojos haciendo como que seguía la intriga con gran interés, para volver a trasponerse, camino de quedar como un tronco. Para ayudarle le descabecé de un puñetazo; como dicen que algún Hércules mató bueyes. De pronto me salió de adentro esa fuerza desconocida. Me asombró.

Los crímenes, como diminutas joyas narrativas exhiben esa fuerza asombrosa que Aub detentó sólo en la imaginación pero que funciona como un poderoso aliciente para quien los lee, como si de pronto, de la nada, alguien hubiera escuchado sus plegarias de lector afligido y diera en el clavo de sus más ocultos y hondos deseos: “¡Que se declare en huelga ahora!”, clama el asesino de cuya historia apenas conocemos conclusión por un lamentable gesto de victoria. ¿Quién ha dado la voz triunfante?, ¿el patrón harto de amenazas?, ¿el obrero disidente?, ¿el líder sindical que ya ha pactado?, ¿la madre o la mujer del obrero temerosa de perder el sustento? Ahí radica la fuerza y la potencia de la narrativa de Aub, capaz de romper en pedacitos diminutos la lucha de clases y convertir sólo uno de esos fragmentos en una gema: “¡adivinen jóvenes, ya que son tan listos!” A veces a don Max se le escapan algunas discretas lágrimas, unas cuantas y pequeñas vocecitas de exiliado y de derrotado, unas pocas, apenas las suficientes como para reclamar su lugar en el mundo y hacernos saber que sigue vivo y a duras penas batallando, que ha permanecido insumiso y que, pese a la realidad sigue clamando sus convicciones, pues sabe que sólo el silencio será capaz de vencerlo: “Me suicido para que hablen de mí”, para qué, si no, se hubiera tomado la molestia de montar ese colosal invento que fue Jusep Torres Campalans, sino para que se hablara de él, de Aub, y no sólo de él mismo, sino de toda la España peregrina por la tierra anhelante del retorno, una España burlona e irredenta que seguía en pie de guerra ya no con los fusiles y los cañones, sino con las plumas y los pinceles, pues nunca estuvo cansada de cantar su pena y su esperanza: “condenado a galeras de por vida, jamás vio una página impresa”.

 

En sus crímenes tipográficos la metáfora se vuelve aún más alucinante y el dominio de la lengua todavía más demoledor, él sabe que “aunque parezca falso no se puede ser ¡ay! al mismo tiempo itálico y romano”, por eso se ve obligado a tomar partido permanentemente, de Aub pueden decirse muchas cosas pero nunca que fuera tibio o indiferente; se goza de su paso por el mundo aunque como en Alfonso Reyes, ese paso tuviera como motor los empellones de la historia; afirma, con razón que “los blancos y las negritas hacen buenas mestizas”; él mismo declara: “negrita y cursiva ¡cómo me gustaba!” Para cada violencia Aub tiene una respuesta y una venganza, una solución expresiva que resume en pequeñas erupciones verbales el objeto de su rebeldía: “le llamaban el Cursivo porque era bastardo”. Y no es que el autor se asuma como vengador del mundo sino que apenas quiere oponer al desorden histórico que constituye la violencia un contraveneno hecho de inofensiva hiel literaria:

Me quemó duro con su cigarrillo. Yo no digo que lo hiciera con mala intención. Pero el dolor es el mismo. Me quemó, me dolió, me cegué, lo maté. No tuve – yo, tampoco – intención de hacerlo. Pero tenía aquella botella a mano.

Como quien dice, o mejor aún, como dice Aub, “a tanto punto aparte, murió sangrado”; eso es precisamente lo que quiere evitar: morir sangrado de palabras por decir, de textos entrampados y nunca escritos, de puntos aparte que cierran párrafos por crear; asume, en ese sentido, su propia misión y se desentiende de ese mundo absurdo de la realidad para imponer el de su literatura, sujeto a la peculiar lógica de los sueños y las pesadillas, de los desquites, los ajustes de cuentas y las bromas intencionadas; un mundo donde cuenta lo que se dice y vale lo que se escribe pero que cierra los ojos a lo que pasa y ha pasado pues viene ya podrido de antemano:

Salimos a cazar patos silvestres. Me agazapé en el trollo. ¿Qué me empujó a apuntar aquel hombre rechonchito y ridículo con sombrero tirolés, con pluma y todo?

Tal vez la respuesta la dé el propio Aub en otra de sus notas suicidas: “Me suicido por ver la cara que pondrá Lupe, su mamá y el lechero”.

Una de las lecciones más difíciles de aprender es lidiar con las imperfecciones del mundo, a convivir con la frustración y a elevarse sobre las pequeñas miserias que en su conjunto llamamos condición humana: la burda sensación de estaba cuando descubrimos que nuestros más grandes esfuerzos no han sido suficientes, que no ha bastado tener la razón o exhibir la buena fe; el sentimiento de ridículo que experimentamos cuando tenemos que descubrir que la ayuda que hemos recibido no sólo no era desinteresada sino también era inútil, que nuestros profesionales eran más bien ineficientes mercachifles del regateo y que, a fin de cuentas, aquel tesoro que tanto anhelábamos era sólo hojalata y cartón piedra; que, en términos llanos, pusimos circo y nos crecieron los enanos. Shakespeare lo expresó con mayor elegancia aunque no con más precisión que Max Aub.

Dice el bardo inmortal de Avon:

Pues quien soportaría los latigazos e insultos del tiempo, la injusticia del opresor, el desprecio del orgulloso, el dolor penetrante de un amor despreciado, la tardanza dela ley, la insolencia del poder y los insultos que el mérito paciente recibe del indigno cuando él mismo podría desquitarse de ellos con un puñal.

En cambio, el fantástico fabulador de Segorbe declara:

Le pedí el Excelsior y me trajo El Popular. Le pedí Delicados y me trajo Chesterfield. Le pedí cerveza clara y me la trajo negra.

La sangre y la cerveza revueltas, por el suelo, no son buena combinación.

A la chingada se dice en México, a tomar por saco, en España y en magnífico español escribe Aub: “Después de todo, nada. Me mando al demonio, voy”. Pues digo yo con Serrat, “sería fantástico que todo fuera como está mandado y que no mande nadie”, pero ya se ve que es mucho pedir que los maestros enseñen de modo tal que los niños aprendan y no se anden por las ramas buscando complejos, síndromes, deficitarios surtidos y demás lindezas que los libren de su incompetencia; que el gobierno haga lo que debe sin echar la culpa a los ciudadanos por que le han estropeado las jardineras con la manifestación; pero todo eso es la burda fantasía del creyente pues he aquí y Aub lo sabe, que si nada es lo que parece y nada marcha como debiera, entonces porqué no cobrar venganza en el mundo de la literatura donde todo se puede y donde todo es como su autor ha querido, vaya, si hasta el viejo Lenin lo decía: “si la realidad no se adapta a la teoría, peor para la realidad”, y Aub es un hombre de izquierdas y se lo toma muy en serio; de ahí, por ejemplo:

La única duda que tuve fue a quién me cargaba: si al linotipista o al director. Escogí al segundo, por más sonado. Lo que va de una jota a un joto.

De este modo, Max Aub se alza, desde su inocencia, a la categoría que cualquier autor anhela, se convierte en un demiurgo que reordena el cosmos, casi como un nuevo Mesías que tampoco trae la paz sino la espada; sus denuncias aunque irónicas y risueñas, en lo profundo son terribles clamores que traen aparejada la más primitiva de las venganzas, la de la revancha simple, pura y llana, sin complicaciones ni marcos teóricos, frontal y a la mala, justo como enseñan los mejores cánones de la calle, el campo y el barrio, a lo macho, como se solía decir en el México de antaño. Esa revancha tan infantil como olímpica pone las cosas en su sitio, desface entuertos como el Quijote, castiga al culpable y compensa al ofendido:

Me debía dinero. Prometió pagármelo hace dos meses, la semana pasada, ayer. De eso dependía que llevara a Irene a Acapulco, sólo ahí podía acostarme con ella. Se lo había prestado para dos días, sólo para dos días…

Hay escritores así, para nuestra fortuna, aunque no sean muchos, esos que con sencillez y diáfana sinceridad nos devuelven la parcela de dignidad que el siglo se empeña en quitarnos, aquellos que dicen por nosotros:

La culpa fue de aquel maldito tango…

Viajero al microscopio: Fumando espero

En su novela Neuromante, de 1984, William Gibson, acuñó la palabra ciberespacio; imaginó mundos fabulosos en los que el sueño y la realidad se mezclaban, en la que la interacción entre máquinas y personas ocurría en lugares fabulosos, en la red virtual y más allá de las estrellas; imaginó transportes vertiginosos en los que sus personajes viajaban para encontrarse con su destino.  Lo que no pudo imaginar en que en esos mundos del mañana, en esos rincones de absoluta libertad, no se pudiera fumar. Yo todavía no me lo creo.

Soy fumador, quiero obviar toda discusión sobre la maldad intrínseca del tabaco, tampoco quiero discutir sobre la idoneidad de las reglas que protegen a quienes no fuman; por mi parte, me atengo a los hechos, al mundo como es y a los cada vez más reducidos espacios de que disponemos quienes queremos, todavía, ejercitar el delicioso arte del tabaco. Comparto la suerte de miles de viajeros fumadores que apresurados dan las últimas caladas al cigarrillo antes de instalarse en las entrañas de la bestia por algunas horas; los mismos que bajan azorados del avión y antes de preguntar por el equipaje indagan el lugar reservado para los fumadores; esos, para los que la conquista de la ciudad inicia en una zona reservada o en la acera del aeropuerto, tomando impulso al calor de la brasa del cigarrillo para entrar a sangre y fuego en la satisfacción de su curiosidad.

Los menos jóvenes aún recuerdan los tiempos, ahora míticos, del final del siglo XX, que en los aviones había filas para fumadores; en algunas naves que aún surcan el cielo quedan, como muestras arqueológicas, inútiles ceniceros, huellas de hermosos tiempos pasados; mis hijos, que no vieron aquellos días, se preguntan por el destino de esas inútiles cajitas y hasta llegan a deducir que son compartimientos para guardar el medicamento de quienes sufren de mareos.

Establecidas las primeras restricciones, durante poco tiempo, tan poco que sólo algunos cuantos lo vivimos, algunas aerolíneas dispusieron en la cola del avión de una pequeña habitación casi cerrada, en la que los fumadores podíamos concurrir a saciar nuestro apetito de humo.  El resultado no podía ser más infame para fumadores y para abstemios. Confinados, como especie acorralada, los consumidores perdimos la cortesía a que nos obligaba la estancia compartida con los demás y nos alentaba, rodeados de nuestros iguales, a fumar el doble y el triple lo que habitualmente acostumbrábamos; el humo, así multiplicado y confinado, se desparramaba del deficiente encierro y como una marejada, desagradable aún para el más empedernido de los fumadores, invadía la cabina y generaba así, más quejas de las que hubiera querido evitar. La experiencia de fumar también era lamentable, el fumador satisface una adicción, es decir, una necesidad; pero también un enorme placer, aquellos cuartos improvisados, en los que la densidad de la población era absurda, recordaban más bien un tugurio de los bajos fondos patibularios de la época de los gángsters, que un idílico salón fumador de la era victoriana.

Luego vino la era dela prohibición absoluta. Andando los meses algunos aeropuertos se apiadaron del triste destino de la especie perseguida y crearon, con más ni menos fortuna, reservaciones para satisfacer sus anhelos.

El aeropuerto de Barajas en Madrid, fue un pionero en las zonas reservadas pero con tan mal tino que su área de fumadores incitaba más a la risa que a disfrutar un buen ducado; se trataba de un corralito, sin puertas, muros o ventanas, que pusieran límites al humo frente al aire común; se encontraba frente a las bandas transportadoras de equipaje. La experiencia fue tan mala que nunca más volví a buscar ahí un lugar para fumar  y retome la decadente práctica de fumar mientras aguardaba el taxi.

La práctica se generalizó de acuerdo a la imaginación, presupuesto y patrocinio de cada puerto aéreo; es cierto que  aún quedan en el mundo algunos paraísos que como Xanadú o Shangri-La; están aislados y sólo son accesibles para algunos privilegiados; así, por ejemplo en el aeropuerto regional de Loja, Ecuador, en donde coinciden las fuentes del Amazonas y el nacimiento de los Andes, en un claro de la Cordillera, entre un circo de fantásticas montañas, están fijos en la pared los señalamientos de no fumar, pero a nadie parece preocuparle; la cantidad de fumadores invita a degustar unos peculiares cigarrillos liados en mano que se expanden en la cafetería del aeropuerto que más bien se parece a uno de aquellos restaurantes familiares que por décadas animaron los barrios de la ciudad de México. Después del cigarrillo, el viajero se acerca a un funcionario y le pregunta que, dada la niebla que decora la pista, si cree que el avión saldrá a tiempo rumbo a Quito; con una cara de serenidad andina, el funcionarios responde: -pues si el avión no sale en cuarenta y tres minutos no saldrá hasta mañana; presa de un pánico incipiente el viajero pregunta la razón y el funcionario con más flema que un ministro británico, luego de consultar su almanaque contesta: -porque la pista no tiene luces y es el tiempo que nos queda de  luz de día. Quince minutos después, entre una bruma que apenas permite ver las líneas amarillas de la pista, el viajero aborda su avión en los últimos instantes de esplendor solar para llegar a tiempo a su cita en Quito.

Aeropuertos como el de México no conceden el privilegio de los espacios reservados, tampoco el de Tocumén en Panamá; aunque tengo el vago recuerdo de que, en alguna esquina casi oculta del área comercial de la sala de espera de la terminal dos del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, existió un mitológico espacio de tolerancia, sin indicación alguna y que el tiempo extinguió.

Zonas reservadas hay de muchos tipos; existen los cubos confinados cuyo mejor ejemplo es la sutiliza y la elegancia que provee el aeropuerto Charles de Gaulle de París, cuyos cristales con calcomanías que imitan biselados que dibujan un tupido bosque y en cuyo interior cómodos sillones y anaqueles repletos de revistas para todos los gustos, hacen más placentero el tabaco, protegen a los no fumadores y hacen más grata la espera; me atrevo a decir que son la élite de las reservaciones para los de mi especie y sólo son superados por aquellos aeropuertos que ofrecen cafeterías para fumadores.

Heathrow, en Londres, también tiene cabinas de fumadores, sin el encanto del de París, tienen en cambio un artilugio que los fumadores conocemos bien y que nos funciona igual que los monigotes de ropa vieja inútilmente tratan de asustar a los cuervos, o los policías de cartón en los cruces de las carreteras de Ohio para disuadir a los traileros de violar los reglamentos; lejos de ahuyentarnos nos causan una amarga sonrisa; el vicio es eso, una mala inclinación a la que no se renuncia, al menos no con facilidad, y el placer es algo similar, una inclinación sublime a la que esta prohibido abandonar; la cabina inglesa de fumadores carece de mobiliario –hay que disuadir al fumador- no importa, el gusto esta en la aspiración, no en el reposo-, los ceniceros son industriales, rebosan de colillas y cenizas en faraónicas pirámides –hay que castigar al fumador- pero tampoco importa, los fumadores inveterados hemos desarrollado nuestra actividad en lugares más sórdidos aún, en el locutorio de una cárcel o a las puertas de un refugio antimisiles en Sederot, a unos metros de la franja de Gaza; unos cuantos cientos de colillas amontonadas no nos desaniman perp eso sí, la eficiente higiene británica no se hace esperar, gigantescos aspiradores no dejan huella del olor del tabaco quemado, lo cual se agradece y es que si el francés ama las libertades y más que ellas el placer; el inglés, insular al fin, deviene estoico y no puede vivir sin reverenciar las normas.

El aeropuerto de Frankfurt tiene también un reducto cerrado para fumadores, está patrocinado por la marca de tabaco que fumo desde los veinte años –fumador tardío según las estadísticas- lo que produce, la extraña sensación que hemos desarrollado en occidente y a la que llamamos “lealtad de marca” y que se parece mucho a cierto sentimiento, si bien artificial, de comunidad; fuera de eso, además de pulcritud y funcionalidad, ese espacio carece de cualesquiera otras señas particulares.

Un área rara, entre la pecera del fumador y la cafetería libre de restricciones, es la habitación de fumar del aeropuerto de Washington D.C.; sin encanto, como olvidada de otros tiempos en una terminal de lo más moderno: ahí, sin embargo, el viajero deja escapar una risa ineludible cuando cierra la puerta, se deja caer en la austera butaca y se da cuenta que el espacio que ahora ocupa está a cargo del heroico departamento de bomberos del distrito de Columbia.

El viajero encuentra su legítimo paraíso en las cafeterías libres de restricciones; la primera de ellas, escondida en lo más profundo del aeropuerto de Quito, Ecuador; carece de ventanas, tiene muebles suficientemente cómodos y modernos, y está patrocinada por una marca de refrescos vituperada pero consumida por casi todos los seres humanos del planeta. Expende un café delicioso y en la compra de una cajetilla de cigarrillos obsequia con una cajita de cerillos de madera que se conserva de puro gusto. A miles de kilómetros de ahí, en la ciudad de Atlanta, Estados Unidos, el aeropuerto es una urbe por sí mismo; dispone de una sórdida cafetería como arrancada de una película de Tarantino; un rincón oculto tras de una puerta anónima y sólo le faltan las escupideras en el suelo, el forzudo con chaleco de piel y los brazos íntegramente tatuados y un buen pleito a sillazos para completar el estereotipo; dispone sin embargo, de tres encantos magníficos; dos para la memoria y uno permanente; el último es una estupenda vista sobre las pistas de los aviones mercantes, resulta fascinante el lento movimiento de esas ballenas que se enfilan, como en una migración prehistórica a las pistas, donde, dotadas de una gracilidad inimaginable abandonan su condición cetácea para volverse gigantescas bestias voladoras con sus vientres repletos de riqueza; de las dos primeras, una es apenas un guiño que escapa del turista para impactar al viajero: una bellísima chica mexicana, que no tiene cigarrillos pero cuya sonrisa le garantiza que podrá fumar gratis cuantos quiera, viene de Islandia y se dirige a Berlín, ha dado ese gigantesco rodeo porque los recursos de su año sabático preuniversitario no son ilimitados y está dispuesta a cazar las ofertas más descabelladas con tal de seguir conociendo el mundo; el viajero reconoce de inmediato a uno de los miembros más jóvenes de su tribu y luego de compartir el tercer cigarro con ella, sin dejar señas ni coordenadas, se despiden y desean suerte porque el avión que lo llevará de vuelta a casa esta próximo a partir; el último de los tres encantos es histórico y ha ocurrido simultáneamente con el anterior, los soldados que el presidente Obama prometió traer de vuelta a sus hogares regresaron por fin. El viajero habría pensado en el alegre retorno de los soldados que habían dejado hijos incógnitos y novias hermosas en París, Berlín o Roma al final de la Segunda Guerra Mundial, pero con lo que se encuentra es con fantasmales soldados –hombres y mujeres-, con su impecable uniforme de faena y rostros en los que la sonrisa se niega a aparecer y el tedio y aburrimiento ahuyenta el sentimiento de gloria y orgullo que parece no han conquistado.

El último y mejor de todos los espacios fumadores es una pequeña y muy completa cafetería en el aeropuerto Václav Havel de Praga; sencillo con claridad meridiana, con un bar bien aprovisionado de buenos sándwiches y bebidas y un delicioso café –anunciado como colombiano- de calidad mucho más que suficiente, grandes ventanales a pie de pista por los que se dejan ver rápidos e incesantes , pequeños aviones para vuelos domésticos y sobre todo, la dulce sensación de estar, con enorme nostalgia, en un viejo restaurante,  de aquellos que eran comunes cuando las libertades aún eran prioritarias y resultaba natural fumar un cigarrillo acompañando al café; es ahí donde, como dice la canción, fumando espero.

La Nino de Said o la literatura como opulencia

Un día Jorge Luis Borges descubrió el poder de su concepción del mundo contemplándose a sí mismo junto al lago de Ginebra; un misterioso musulmán después de buscar por el mundo, encontró, exhausto y casi destruido, el tesoro que le aguardaba, justo debajo de la fuente de su casa; Colón halló su paso a la eternidad ente las páginas del Milione, como Alonso Quijano en las novelas de caballería. Muchos son los que se han salvado descubriendo enormes misterios en los libros, muchos otros se han  perdido irremediablemente y sin embargo, en común tienen ambas especies de nombres, haber sido tocados por la riqueza fantástica de las letras; es decir por su opulencia.

La literatura puede enriquecer a los lectores, porque es en sí misma aquello que los economistas llaman la súper abundancia, la fortuna sin límites, la ambrosía interminable, esto es: la opulencia. De ella el lector toma lo que desea, lo que requiere, eso que su corazón anhela y que su deseo aguarda, los minutos de gloria y los instantes de terror, las horas de reposo y las noches de placer.

Solo llegando se puede esclarecer el misterio de la literatura que es, así mismo, el más profundo misterio de la existencia. ¿Cómo es que podemos vernos retratados en las letras que hablan de los otros? ¿Cómo es que llegamos a depender tanto de las palabras de alguien más, al grado de buscarlas por años, de esperarlas pacientemente y devorarlas inclementes cuando las tenemos a mano?, ¿Cómo es que, finalmente, nos volvemos lectores? Porque aspiramos a esa abundancia interminable que, en términos de tiempo llamamos eternidad y en magnitud denominamos opulencia.

El derroche del verbo y la imagen, aún en la obra sencilla y escueta, se relaciona con la capacidad de las letras de decirlo y crearlo todo, de recrear lo que una vez existió y de dar al mundo lo que todavía no ha sido. En la literatura coexiste y se armoniza el cosmos, lo que fue, lo que es y lo que algún día será, con absoluta independencia de su realidad palpable. Encontramos fascinación en la literatura porque es, ya lo dijo  Alfonso  Reyes, el refugio de los pecadores, o como bien lo dijo Wilde, la sujeción a todas las tentaciones.

El niño y el hombre se vuelven lectores porque sólo en la lectura satisfacen su natural ansia de eternidad, y conjuran su innato y atávico terror por la miseria; nadie puede sentirse ni saberse más rico que el lector, porque puede ser dueño, amo y señor del universo que las palabras crean y los libros resguardan.

El mismo fenómeno que ocurre a los sujetos, acontece a las culturas y a las naciones; éstas resguardan el capital inmenso de su literatura porque en ella se encuentran las claves para la construcción de su identidad y sus destinos; opulentas pues, son las obras que sostienen el edificio de las culturas de las que sólo pueden trascender aquellas que proporcionan la dulce sensación de tenerlo todo; ese es el secreto de las larguísima vida del Quijote; de la Odisea y de las Mil y una Noches. Su presencia en el deseo universal  de existir siempre; esa es, también la prueba definitiva de la literatura, más allá de los premios, de la critica y de las necesidades del mercado librero; la independencia de la obra respecto de su autor y el camino del libro hacia la inmortalidad.

Mi infancia lectora se acunó en las abundantes líneas de las Mil y una noches; quienes así se acogen a la lectura no pueden sino padecer eternamente la sed de las palabras infinitas, construidas en las noches de vacío y en la inmensidad de los desiertos, moldeadas de belleza exótica, de fascinación mística y de una fantasía abundante y tan bien labrada que hace palidecer de vergüenza a las ordas desafortunadas de duendes, magos, elfos y demás híbridos que combinan la mala digestión de las mitologías celta, germánica, griega y romana, caídas en la maltrecha marmita de la Edad Media.

Desde las montañas y enormidades del Asia Central hasta las desembocaduras de los paternales Tigris y Éufrates, desde el fondo oriental del Mediterráneo hasta la península  arábiga, se extiende ese mundo que nos fascina y que nunca acabamos de comprender del todo; que nos inspira y nos asusta; que hemos querido domar y que, al mismo tiempo nos somete por su violencia y su potente erotismo; un mundo al que nos rendimos por sus letras y su arte, un universo en fin, suspendido para siempre en la res nullius que se forma entre Asia y Europa, entre Oriente y Occidente, y que Kurban Said supone ser una voluntad más allá de la fatalidad geográfica. En su maravillosa novela Alí y Nino, ante la incógnita del profesor ruso en la secuela de Bakú, la pequeña multitud de niños georgianos, azeríes, armenios, judíos y musulmanes, se rehusa  a ser europea.

Algunos estudiosos piensan que la región situada al Sur de la Cordillera del Cáucaso pertenece a Asia, pero otros opinan que estas tierras han de considerarse Europa, especialmente si se tiene en cuenta su desarrollo cultural. Así que, niños, el que nuestra ciudad haya de pertenecer a la avanzada Europa o a la atrasada Asia, va a depender en parte de cómo os comportáis vosotros… Perdone profesor, pero es que preferimos quedarnos en Asia…

Esta ruptura de la fatalidad geográfica, constituye el símbolo de un universo de practicas y valores que son un misterio para el alma occidental; el nuestro es un reino de este mundo, aquél lo es de éste y de un universo de belleza y goce que acaso hayamos perdido en occidente para siempre. Si para nosotros la pertenencia a la civilización representa el acceso a satisfactores que se traducen en niveles de bienestar y modernidad, allá son otros los códigos que permiten vivir en una realidad enriquecida por el intercambio de culturas. Frente al enorme misterio del amor, el hombre aparece desnudo, armado solo por su capacidad de amar y su ingente necesidad de belleza. Alí, musulmán, hombre del desierto, describe así su encuentro con el objeto de su adoración, esto es, con la razón de su existencia:

Mi prima Aixa me saludó. Me introduje por la puerta del jardín, Aixa iba de la mano de Nino Kipiani, y Nino Kipiani era la chica más guapa del mundo. Cuando les conté mis batallas geográficas, la chica más guapa del mundo torció la nariz más bonita del mundo y dijo: “Alí Kan, mira que eres tonto. Gracias a Dios estamos en Europa. Si estuviéramos en Asia yo hace tiempo que llevaría velo y no me podrías ver… En la ciudad abrieron los cines e instalaron líneas de teléfonos, y Nino Kipiani seguía siendo la chica más guapa del mundo.

Esa capacidad de caer subyugado ante el amor y ante la belleza es la que permite a Sherezada salvar su vida y la de las otras vírgenes; además, crea el cosmos de las narraciones que luego habrían de poblar todos los imaginarios. Ahí, como en la literatura, no existen los mundos sencillos, todo es misterio y milagro inefable, aún en occidente la simpleza en la literatura es un complejo artificio que hace pasar por transparente y fácil aquello que, en realidad es opaco y complicado. Incluso el autor de Alí y Nino resulta parte de un denso misterio.

Publicada por primera vez en 1937, en Viena, por la Baronesa Elfriede Ehrenfels, pronto aparecieron indicios de que el nombre Kurban Said, ocultaba al escritor azerí Lev Nussimbaum que también solía firmar su literatura como Essad Bey, disfraces ambos, de un judío autor de novelas éxito en su tiempo y que lo mismo había huido de las guerras centroasiáticas que escapado de Azerbaiyán por miedo a la persecución soviética y hasta interpretado jazz en un Berlín rebosante de nazis furibundos. Sin embargo, en la propia Bakú, fantástica capital de Azerbaiyán, se tiene por autor de Alí y Nino, a Yusif Vazir Chamanzaminli, nacionalista azerí abatido por los soviéticos; para hacer aún más denso el velo del misterio, una contradicción aparece entre la obra de Vazir y Alí y Nino; mientras que la literatura del escritor azerí es un himno patriótico sobre la pureza y la grandeza de un pueblo, la obra de Said es un canto por el encuentro y la tolerancia, un poema sobre la sumisión de los prejuicios ante la potencia incontenible de la pasión y la belleza.

Sin embargo, la tradición, la crítica y la lupa histórica de investigadores como Tom Reiss, han descubierto que de la pluma original de Vazir solo se transmitieron el espíritu general de la obra y algunos fragmentos fundamentales y que luego, de alguna manera todavía por aclarar, aquellos textos en manos Nussimbaum –esto es Kurban Said y Essad Bey- más lo que puedo tomar de otras obras análogas del georgiano Grigol Robakidze, y aún de su propia actividad creativa, se convirtieron en el libro que hoy conocemos y atribuimos a un escritor inexistente: Kurban Said.

Un libro así, no puede explicarse sino como el depósito del alma de varios pueblos encontrados en un momento histórico dramático para todos ellos y que sus personajes son, más que arquetipos, símbolos de la cosmovisión de la compleja sociedad de ese universo próximo a la extinción de su forma pero inmortal en su espíritu.

Se trata pues de un texto nacido de la potencia vital; resulta sumamente extraño que un texto tan retocado, tan llevado y traído por tantas manos, devenga en una unidad literaria tan compacta y de una fuerza expresiva tan contundente, pero es así porque la práctica de la literatura colectiva parece ser parte de la manera en que aquellos pueblos entienden la creación artística; así nacieron el Corán y la Biblia, las Mil y Una Noches y así fue sembrada la semilla de aquella fuente de vida como Serrat llama al Mediterráneo.

La opulencia de la literatura termina por hacer añicos nuestra percepción occidental ascética de la vida, nuestra hipócrita negación del derroche y nuestra atormentada relación con los placeres. Nuestra propia percepción de lo que es o no civilizado, nuestros esfuerzos constantes, no siempre victoriosos por alcanzar la concordia y la tolerancia se enfrentan, y casi diría se estrellan, entre un abigarrado tapiz donde todos los colores son posibles y aún, en aquellos extremos que nos resultan incomprensibles y hasta injustificables; como su raro concepto del honor, la venganza familiar o la condición de la mujer.  Estudiando para poder terminar sus cursos en la escuela rusa donde ha sido matriculado, el noble Alí se pregunta por el sentido aquello que los occidentales llamamos progreso.

Un diván bajo, dos pequeños escabeles con incrustaciones de madreperla, multitud de blandos almohadones, y, en medio de todo, molestísimos y absurdos, los libros del saber occidental: química, latín, física, trigonometría… nimiedades inventadas por los bárbaros para ocultar su barbarie…

Aunque el noble Alí Kan se le olvida que el álgebra es un invento árabe y no occidental, no pasa desapercibido que los occidentales también hemos desarrollado nuestras propias vías a la felicidad, al placer y que tampoco para el Oriente próximo y para el Asia Central son desconocidas las contradicciones del placer y los martirios de la belleza. El reclamo de Alí es en contra de la intransigencia del eurocentrismo que nos hace creer que no hay mundo civilizado fuera de las fronteras de las lenguas romances y anglosajonas. Pero aún así, son ellos, los maestros de la opulencia y los amos de la literatura del derroche, los que han mordido el fruto prohibido de la ambición como la conocemos en occidente, nuestra extraña pasión por la fuerza  impersonal caracterizada por el dinero y el poderío político y militar, por lo que se preguntan amargamente:

El tío enmudeció se estaba haciendo de noche. Su nombre era como un pájaro flaco y viejo. Se incorporo y tosió con tos de anciano y dijo con fervor: “Y sin embargo, aunque nosotros hacemos todo lo que nuestro dios nos exige y los europeos no hacen nada de lo que les exige su Dios, su poder y su fuerza crecen si cesar, mientras que los nuestros disminuyen. ¿Alguien sabe porque será?”

No hay respuesta dentro del pensamiento mágico del anciano que no alcanza a comprender el revuelto instante histórico que le ha correspondido vivir y es esa incapacidad de comprender aquel otro mundo que le avasalla, lo que terminara por destruir su entorno y sus instituciones, pero no podrá aniquilar su cultura. La respuesta es, en cambio, un desbordamiento de metáforas que nos hacen sentir, aun en los momentos mas terribles, que caminamos entre nubes y que sobre nuestras cabezas se cierne un dosel tejido de flores, que frente a nuestra mirada se extiende una ciudad de la que dice Said, con la más delicada de las metáforas: En el interior de las murallas las casas eran estrechas y curvas como el sonido de los sables orientales.

Es esa la perfección a la que se aspira en la literatura, el vaciado final de las ideas para escribir la belleza de las palabras por sí mismas; opulencia definitiva por la que las voces recuperan el sentido mágico que tenían cuando nació la literatura. Porque Alí y Nino respira magia, esa torcedura inefable de la realidad cuyas causas y mecanismos se nos escapan dejándonos anonadados frente al despliegue de su hermosura que tiene su cima en el supremo misterio que es rostro de Nino:

Nino tenía la piel clara y unos grandes, brillantes, obscuros y risueños ojos caucasianos tras sus suaves y largas pestañas. Solo las georgianas tienen estos ojos llenos de dulce alegría. Nadie más. Las europeas no. Las asiáticas tampoco. Finas cejas en forma de media luna y perfil de virgen María. Me puse triste. El símil me afligía. Con la de comparaciones posibles para un hombre de oriente. Pero a estas mujeres solo se las pueda comprender en la Miriam Cristiana, símbolo de un mundo ajeno e incomprensible.

La literatura avanza más allá del lugar en el que la ciencia y la filosofía se detienen, describe lo inenarrable y a través del misterio de la belleza, habla de lo inasible y aún de lo incomprensible, desdice a Wittgenstein que supone que de aquello de lo que no se puede hablar es mejor no decir nada y permite que León Felipe haga llorar violín aún luego que Adorno adujera que después de Auschwitz no podía ya escribirse poesía.

Porque literatura es precisamente riqueza infinita en el misterio caudaloso de las palabras, construye realidades y ordena el universo sobre las sombras de sus más diminutos indicios; al conocer la tierra originaria de Nino, dice Alí, presa de un asombro contenido: llevan armas colgadas a la cintura iban envueltos en un silencia tenebroso. Quizá este silencio encierra el recuerdo de hazañas criminales, quizás no encierre nada en absoluto. De ahí pues, que sólo en una cultura así puedan generarse libros como éste, que sólo en lugares en donde la inútil belleza de la poesía sea más valorada y más celebrada que el pago de los impuestos, donde la belleza tenga valor intrínseco más allá del objeto en que se posa; conforme a la tradición oriental Alí describe lugares fabulosos en los que el milagro ha dejado su lugar a lo cotidiano como muestra de lo prodigioso:

En casi todos los pueblos del Karabaj hay cantores locales que cantan sus canciones por los palacios y cabañas. Pero hay tres pueblos donde sólo viven poetas, y como muestra de la gran consideración que Oriente tiene por la poesía, desde hace años están exentos de todos los tributos e impuestos a los señores feudales. Tas Kenda es uno de esos pueblos.

Hay también un fuerte condicionante en esta literatura  dulce y tremenda: la enormidad de los espacios y la abrumadora serenidad de su naturaleza crea una cultura lo mismo contemplativa que introspectiva, una civilización en la que la contraposición entre lo austero, casi ascético y el lujo plagado de abundancia, constituye el contrapunto de una vida arrebatada y sensible que tiene sus polos en el café y en la batalla, en el harén y en la cabalgata, en el desierto y la montaña.

A diferencia de occidente, donde el mundo es casi siempre escenario, en oriente el ámbito es siempre lenguaje pleno de significado y sólo por excepción aparece como foro o como espacio; el mundo esta en diálogo permanente con el hombre porque a diferencia de nosotros(occidentales)que aprendimos a leer el mundo, el hombre de  oriente nunca perdió la práctica de escucharlo; tal vez no sea aventurado pensar en el haiku japonés como hijo de esta misma estirpe; así, de Natsume Soseki:

 

Sobre la montaña florida

Sueltan los caballos

En el cielo otoñal.

 Sin embargo pese a las apariencias, pese a lo que nos gusta pensar como occidentales que apenas comprenden al oriente,  allá  tampoco hay alianza entre el hombre y la naturaleza, pero en aquel mundo transmediterráneo; la guerra del hombre contra la naturaleza, es la misma que se tiene con un enemigo largamente conocido, con desconfianza sí, pero también con lealtad, con respeto pero también con pasión y esa peculiar relación del sujeto con su entorno genera una literatura extremadamente rica en escenarios pero siempre al servicio de profundas pasiones:

Dadiani me miró pensativo. “Usted tiene alma de hombre del desierto”, dijo, “quizá haya una única forma verdadera de clasificar a los hombres: hombres del bosque y hombres del desierto. La seca borrachera oriental procede del desierto, donde el viento caliente y la arena caliente embriagan a los hombres donde el mundo es sencillo… el bosque esta lleno de preguntas. Solo el desierto no pregunta nada y no promete nada. Pero el fuego del alma procede del bosque. El hombre del desierto, me hago cargo, tiene un solo sentimiento y conoce una sola verdad, que lo absorbe. El hombre del bosque tiene muchas caras. Los fanáticos vienen del desierto; los creadores, del bosque.

Bien pudiera ser esta la diferencia principal entre oriente y occidente, por eso en occidente el texto puede ser sublime, pero no sagrado, mientras que en oriente aún la poesía más llana y hasta las piedras pueden ser sagradas aunque sean absolutamente simples. En el comercio de palabras e ideas, gracias a oriente en nuestro hemisferio unas cuantas palabras y unos pocos textos han llegado a este momento sacramental;pero, mientras que para la literatura asiática lo sagrado es lo vivo y actúa de manera cotidiana, entre la gente de este lado del Cáucaso y del Mediterráneo, sacralizar algo lo mata irremisiblemente, pues aunque lo vivo para nosotros puede ser adorado,sólo lo muerto e intocable puede ser sagrado.

Esta distinta noción de lo sagrado, extiende aquella clasificación general para los humanos, a los lectores y desde luego, a los autores. El lector y el autor asiático escribe como un acto de adoración a la belleza, pero no lo separa del mando ni la inmoviliza en un altar, sino que la toca, la posee y la vuelve literatura, esto es, lenguaje articulado; el lector y el autor occidental deslizan las palabras, las desentrañan y las momifican luego de haber extraído de ellas su poder y su mensaje; así, ya muertas y embalsamadas pueden tomarse objetos de culto aunque no puedan jamás retomar a su existencia previa de palabras vivas y actuantes, al menos hasta que la varita mágica del tiempo las toque y las transforme en monumentos, criptas y aún en colosales y memorables necrópolis.

Las palabras se salvan no solo por lo que dicen, sino también por lo que no pueden decir y por la belleza que ocultan. El núcleo de la literatura oriental, aquello que bien podríamos llamar su corazón, radica en su culto por la belleza y la pasión que desata, asunto frente al cual todos los demás se supeditan y así, el ojo asiático capta la belleza en la batalla y también en la desgracia, como en Said que cuenta la belleza patética y cruel del camello y compone cantos enteros al aroma de los jazmines. Nunca faltan las palabras ni sobran los adjetivos, antes bien, se levantan sobre su propia estatura y hasta los símbolos cívicos y las cualidades morales parten del puerto de la pasión y la belleza, generosa y desbordada, para conquistar el mundo:

El año de la Hégira de 637 murió en el castillo de Kabadia el sultán Aledín Kaikubad. El trono de los selyúcidas paso a Jayasedín Kaikosru. Este se casó con la hija de un príncipe georgiano, y su amor por la cristiana de Georgia era tan grande que mando que en las monedas se grabara la imagen de ella junto a la suya. Entonces llegaron los sabios y piadosos y dijeron: “el sultán no puede incumplir las leyes de Dios. Su intención es un pecado”.  El poderoso estaba lleno de rabia. Llamó a los sabios y dijo así: “No quiero incumplir las leyes sagradas que Dios me ha impuesto observar. De modo que sea así: el león de larga melena que lleva una daga en la zarpa, ese soy yo. El sol, que nace sobre mi cabeza, es la mujer de mi amor. Que sea ley. “Desde entonces el león y el sol son los símbolos de Persia. Y los sabios dicen: no hay  mujer tan bella como las de Georgia.

Fue ley y lo siguió siendo en Persia y luego en Irán, hasta que la revolución islámica destruyó los viejos símbolos e impuso una estética monástica que, por lo bajo y muy adentro de su espíritu anhelaba y envidiaba a tal grado la belleza que terminó proscribiéndola. En efecto, el león y el sol fueron para Persia – Irán, símbolo de identidad y señal de su propia contradicción y tragedia; lo fue desde la dinastía selyucida del siglo VII y lo siguió siendo hasta la dinastía Pahlaví derribada por la revolución islámica de finales de la década de 1970. Cuando el símbolo milenario fue sustituido por el emblema que representa el creciente, el nombre de Dios y el tulipán que es símbolo de la sangre derramada por los mártires; esta transformación simbólica significó un cambio de fondo en la auto imagen de oriente y su presencia en el mundo.

Durante siglos ambos polos se han atraído y han comerciado con sedas, especias, tecnología y también con sangre, ideas y palabras; la mutua atracción se vuelve una tentación constante, unas veces repelida y condenada y otras más voluptuosamente aceptada. Como si entre ambos mundos quisiéramos completar el universo, como si fuera posible salir al encuentro del otro y volver indemne, el hecho es que siempre que pensamos el mundo en términos de feliz intercambio y de dialogo abierto no sólo somos más fieles a nosotros mismos, sino que volvemos a casa, como Ulises, cargados de inmensos tesoros. Nino es el símbolo de nuestro miedo a lo desconocido y de nuestra insaciable sed de encuentro, de nuestra curiosidad infinita:

Le cogí la mano: “¿Qué es lo que quieres Nino?” “Ay”, dijo, “que tonta soy Alí Kan. Quiero que te gusten las calles anchas y los bosques verdes, quiero que entiendas más del amor, que no te apegues a los muros deshechos de una ciudad asiática. Paso un miedo constante: a que dentro de diez años te vuelvas devoto y astuto, a que pases el tiempo en tus tierras de Guilán y a que un día te levantes y me digas: “Nino, tú sólo eres un pedazo de tierra”. “Dímelo tú, ¿porqué me quieres Alí Kan?”

Porque esa misma abundancia de la literatura cuenta para la felicidad como para la desgracia y opera para nosotros como un bálsamo pero también como una maldición que nos ahuyenta sin perder su hechizo; en la medida que nuestros propios códigos culturales nos impiden conocer a cabalidad el significado de todo aquello que da sentido a la vida en Oriente, nos atrae la demencia de su agresividad y nos cautiva la pasión con la que ese mundo se vuelca sobre sí mismo, aunque le temamos.

El amor de Nino y de Alí es un amor difícil pero posible, a veces turbio pero siempre potente, un amor que florece a ratos a pesar de sus protagonistas sometidos a la inmensa prisión que representa el peso de tantas tradiciones encontradas. Ellos son la metáfora de aquel nudo de pueblos, lenguas y naciones, ellos son la encarnación de cómo la fuerza del espíritu humano, su necesidad de amor y de belleza subsiste aún en la más compleja coyuntura histórica, aún en el desencuentro más difícil que pudiéramos imaginar:

De pronto oímos unos gritos salvajes. Miramos por la ventana y vimos a un derviche harapiento que se tiraba bajo los cascos del caballo y entonces, el cónsul señaló con la mano y dijo asombrado: “¿No es ese…? No terminó la frase. Miré en la dirección de su dedo y vi en medio de esos locos a un persa con la túnica desgarrada que se golpeaba el pecho y se fustigaba la espalda con una cadena. ¡Y ese hombre eras tú, Alí Kan! Sentí vergüenza de ser tu esposa, la esposa de un fanático salvaje. Seguí todos tus movimientos, sintiendo la mirada compasiva del cónsul. Creo que después tomamos té o comimos algo, ya no me acuerdo. Me costaba trabajo mantenerme en pie, pues vi de repente el abismo que nos separa. Alí Kan, el joven Huseín ha destruido nuestra felicidad. Te veo como un salvaje entre salvajes supersticioso y nunca más te podré ver de otra manera…

Pero es la necesidad de amar, de entrega, de goce, la que habría de sobreponerse a ese impactante e incomprensible hecho que es la conmemoración de la Ashura, festividad terrible, celebrada el décimo día del mes de muharram, para conmemorar el asesinato de Huseín, sucesor de Mahoma, sayyid ish-shuhada, señor de los mártires y que se conmemora entre los devotos chiítas con una procesión de flagelantes cuyas escenas de violencia pueden resultar incomprensibles para el observador, como pueden serlo las crucifixiones reales en Filipinas durante Semana Santa.

Azerbaiyán sobrevivirá al mandato británico, a la invasión otomana y al dominio soviético; las etnias torturadas y enfrentadas seguirán habitando el mismo espacio y construyendo un mundo peculiar de expresión. Nino y Alí habrán así  vencido a la muerte en una literatura que nos arranca una lágrima en medio de la sonrisa.

Se levantó temprano, saltó por encima de mi y corrió a la habitación de al lado. Tardó mucho en lavarse, chapoteó en el agua y no me dejo entrar… Después salió si mirarme a los ojos. En la mano llevaba un cuenquito con ungüento. Me lo frotó en la espalda, con conciencia de culpa. “Tendrías que haberme pegado Alí Kan”, dijo con voz de niña buena. “No podía, me había pasado el día pegándome a mi mismo, y no me quedaban ya fuerzas”…

El Hitler de Vermes o la literatura como esperpento

Uno de los sucesos en el mundo literario durante 2013, fue la aparición de “Ha vuelto”, de Timur Vermes; su anécdota parece ingeniosa: un día de 2010, Adolf Hitler despierta en un parque de Berlín, se sacude las hojas que lo han cubierto desde 1945 y se lanza a tratar de ubicarse en el tiempo y el espacio. Al principio, supone haber dormido unos minutos, conforme pasan los días, experimenta la necesidad de comer y se relaciona con el mundo, Hitler se da cuenta que el imperio de los Mil Años ha fracasado; sus andanzas lo llevan hasta la televisión donde ocupa el lugar de cómico político y emprende, de nuevo, la conquista de la conciencia alemana.

Al principio, uno se entusiasma con la broma, y cómo no, si no es para menos, siempre reducimos a la carcajada nuestros temores para hacerlos domeñables, para no sucumbir de pasmo ante su sombra; los juegos de palabras, los desencuentros del sujeto congelado desde la primera mitad del siglo XX, nos arrancan la sonrisa por más que se trate de Hitler; así, el otrora dictador, se mira en el espejo de la prensa:

El espejo tenía un marco de color naranja. Para más seguridad llevaba escrito encima “Der Spiegel”, o sea, “El espejo”, como si no viera claramente lo que era. Estaba metido por abajo, en una tercera parte, entre varias revistas. Me miré en él.

Tiene cara de Adolf Hitler. – Exacto – dije.

Nos entusiasma su esfuerzo por mantener viva su imagen de líder, no se aterra de su pasado ni se oculta; antes bien, se presenta siempre sin tapujos, exhibiendo y dándose a conocer como el Führer; así retoma de la realidad aquellos aspectos que todavía le parecen útil para los errores del pasado, sin mayor esfuerzo se da cuenta de cuánto ha avanzado la sociedad liberal en el dominio de los ciudadanos y de aquellos elementos que a buen recaudo podrían haber sido potenciados en bien del Tercer Reich, así, sobre la prensa alemana, dice:

No hablaban mucho, compraban tabaco, el periódico de la mañana; muy solicitado, en especial por la gente mayor, era sobre todo uno llamado Bild, yo supuse que era porque el editor empleaba de preferencia una letra enorme para que las personas con vista cansada pudieran informarse. Una idea excelente, tuve que admitir para mis adentros, en eso ni siquiera había pensado el diligente Goebbels: con esa medida habríamos provocado sin duda aún más entusiasmo en esos grupos de población.

Vermes, lo muestra como un tipo ágil, inteligente, buen político y con una increíble capacidad de adaptación, y compartimos su farsa, la celebramos a cada página en que vamos entendiendo los mecanismos de sobrevivencia que le permitirán al dictador volver al tiempo anterior a su primer intento de golpe de Estado; juega si no con la inocencia de la gente, sí con esa especie de buena voluntad que rige entre la gente civilizada, se vale de los espacios de obscuridad o penumbra para irse construyendo un espacio de trabajo y un lugar en la vida política de esa sociedad de la que sólo comprende cuán cobarde se ha vuelto, cuán blanda se ha tornado y, a fin de cuentas, lo laxa y ridícula que aparece frente a los ojos de una ideología de viejo cuño. Auscultado sobre su situación ciudadana, es decir, sobre sus antecedentes próximos y los elementos básicos de su pertenencia social: domicilio, teléfono, pasaporte, etcétera, Hitler responde con circunloquios que no lo descalifican, pero aumentan el aura de su poder desde la penumbra. Cuando le preguntan sobre el lugar donde vive, no le basta sino referirse, con verdad a su propia situación peculiar:

No, humm, cómo le diría: el contacto ha quedado de alguna forma, hummmm…, interrumpido.

¿Le han prohibido el contacto?

Ni yo mismo sé explicármelo – dije -, pero seguramente es algo de esa índole.

Cielos, pues no da usted esa impresión – dijo con cierta reserva -. ¿Qué barbaridades ha hecho?

No lo sé – dije ateniéndome a la verdad -, no puedo recordar el periodo intermedio.

A mi no me parece una usted una persona violenta – dijo con aire pensativo

Es aquí donde una lucecita amarilla se prende en nuestras conciencias; está bueno de gracias, hay algo que no marcha, la sabiduría popular lo diría de otra manera: “entre broma y broma, la verdad se asoma”. La sonrisa se nos hiela porque, sin notarlo, estamos siendo expuestos a nuestros peores defectos, los que nos vienen por herencia de la inmediatez informativa, por la velocidad de los procesos y nuestra ausencia crítica frente a un mundo cada vez más cómodo; el Hitler redivivo se lo explica así: “Por eso ha sido, en definitiva, la conciencia de mi caudillaje, mi misión como Führer, la que me ha sacado de mi infructuosa búsqueda de explicaciones”.  Y es que sus chistes, bien celebrados y algunos impecables en el juego de palabras, nos sitúan como objeto de nuestra propia carcajada, respecto del lavado de su propio uniforme, dice el Führer: “Pero oiga, le habrán entregado su uniforme para entonces, ¿no? – quizá esta misma tarde – la tranquilicé -, porque es una limpieza relámpago. A l oírlo, le entró un ataque de risa”. De muchas maneras, la explicación de Hannah Arendt ha calado hondo en nuestra conciencia: los genocidas no son tipos malos, son simples burócratas eficientes, porque tememos aceptar que frente a la banalidad del mal, se alza la credibilidad del mal y callamos por respeto, cosas que podemos decir respetuosamente.

En la medida que adoptamos los nuevos eufemismos, que nos negamos a aceptar la realidad como viene y tenemos que asumirla maquillada, pasteurizada y descafeinada; en esa misma medida en que nos desgarramos las vestiduras por un espectáculo de tauromaquia – al que nadie está obligado a asistir – y no decimos nada frente a los casi tres mil huérfanos que dejó la guerra del narco y que nadie quiere adoptar, en esa medida aceptamos los presupuestos del nuevo Hitler, que sabe que el liderazgo al que se debe ha de ser completamente amnésico, que no importan ni los hechos ni los datos duros, sino aceptar responsablidades, dar respuestas inmediatas y asumir en su propia persona las responsabilidades inherentes a su carácter providencial. Vamos destruyendo con temor y aspirando a la seguridad, los espacios de las libertades ciudadanas, nos aterramos si se habla de feminicidio, pero celebramos alegremente la publicidad machista que, después de todo, no es más que chacota y broma, cosa pasajera y sin sentido, cuando en realidad es una mancha en la conciencia. Porque estamos perdiendo cosmovisión y noción de destino, el Hitler del siglo XXI, lo dice:

En general, sin embargo, se notaba en seguida que ese Wizgür no sólo no tenía una cosmovisión comparable a la del nacionalsocialismo, sino que no tenía ninguna. Y sin una cosmovisión firme, en la moderna industria recreativa no hay, por supuesto, la menor perspectiva de éxito, y tampoco, a la larga, un derecho a la existencia. El resto lo regula la historia. O la cuota de pantalla.

Hemos quemado innumerables horas hombre para capacitar a nuestros líderes, los queremos con flamantes doctorados y con una carpeta enorme de datos conocidos y por conocer, pero nos hemos olvidado de los políticos en el tenor de los titulares de la conciencia colectiva, hemos perdido la fe en la representación, pero no porque ella sea mala o imposible, sino porque casi no encontramos a nadie que sea digno de ella, aún después de las elecciones. Es ahí donde se cuela la sombra del hombre del bigotito, él lo ofrece todo, nos ofrece liberarnos de nuestras dudas y nuestras penalidades, nos exige apenas renunciar al caos que convive con la democracia, para dejar en sus manos la providencial presencia de quien tiene las respuestas y nos lleva a buen puerto, sólo mediante sus esfuerzos y su contacto absoluto con la divinidad encarnada en el destino. Respecto a los políticos de su tiempo, dice el Führer convertido en mass media star:

Pienso a modo de ejemplo, en ese ministro liberal de origen asiático. Ese hombre interrumpió su especialización en medicina para meterse a politicastro, y entonces uno sólo puede preguntarse: ¿y para qué? Bueno, si en lugar de eso hubiera dicho que primero se dedica a terminar su especialización, para después ejercer la medicina durante diez o veinte años a razón de cincuenta, sesenta horas semanales, para más tarde, acrisolado y por la dura realidad, formarse poco a poco una opinión y, una vez afirmada ésta, hacer de ella una cosmovisión, a fin de poder empezar luego, con la conciencia tranquila, un trabajo político razonable, entonces la cosa, si venían a añadirse circunstancias favorables, seguramente habría sido aceptable. Pero ese muchachito pertenece a esa nueva y horrible remesa que piensa: primero nos metemos en política, y las ideas irán afirmándose por el camino de un modo u otro. Y así sale la cosa, en efecto.

La vocación del político ha dejado su lugar por la del profesional ávido de éxito, generalmente económico; no es toda la culpa de esa casta que hemos construido en tiempos recientes; es también nuestra en el sentido de que no queremos participar si no es siendo estridentes y poco efectivos, dejando de ser inteligentes para ser espectaculares, un tema educativo sin duda. Seguimos avanzando en la lectura,  la luz amarilla se torna roja y nos damos cuenta de que no estamos en presencia de una broma sino de una tragedia en ciernes; algo ya se ha torcido cuando Hitler se rehusa a hablar de los judíos porque no es un tema alegre; vaya, por que a nadie le interesa oír hablar de dramas y cosas desagradables, apenas nos contentamos con parecer medianamente informados; apelando a la conciencia individual, al dolor personalísimo, queremos aparecer como paladines humanitarios, pero dejamos de fondo el problema sin resolver, dejamos que el huevo de la serpiente se sigan incubando, pero ponemos un foco tibio para que la propia serpiente no muera de frío. En otras palabras, nos pintamos de colores tolerantes pero seguimos temiendo que los homosexuales se apoderen del mundo; aceptamos cualquier religión, pero nos repugnan los ateos y seguimos pensando que existe algo así como la conspiración judeomasónica universal; apenas una pobre gacetillera, mercader del mal gusto, se aprovecha de la acogida de la televisión nacional, para que no hablemos de su calidad informativa, ni siquiera del sagrado derecho de no sintonizar su programa, pero nos desgañitamos exigiendo la pronta expulsión de la extranjera. De nuevo, un tema educativo se nos presenta de manera acuciante:

Es siempre un procedimiento poco serio el de mostrar cosas aisladas de escasa importancia que dan pequeños toques desagradables a la empresa. Hay por ejemplo una gran autopista que transporta miles de millones de mercancías, relevantes para la economía nacional, y siempre se encuentra al borde del camino un lindo conejillo que tiembla de miedo. Se construye un canal que naturalmente se encuentra a algún que otro pequeño labrador que ha de retirarse y que derrama amargas lágrimas. Pero por eso yo no puedo dejar de lado el futuro del pueblo. Y cuando se ha comprendido que millones de judíos – sí, tantísimos había en aquel entonces -, que millones de judíos deben ser exterminados, entonces, como es natural, siempre hay alguno ante el que el alemán sencillo y compasivo piensa: oh, bueno, tan horrible no era ese judío, a ese o a aquel otro judío se los habría podido seguir aguantando unos años más. Para un periódico así es facilísimo apelar a la faceta sentimental de la gente. Es lo de siempre: todo el mundo está convencido de que hay que combatir a las ratas, pero cuando hay que poner manos a la obra se tiene gran compasión por la rata aislada. Bien entendido: se tiene sólo compasión, no el deseo de quedarse con la rata.

Una buena tarde, cómicamente, un grupo de neonazis propinan una paliza al Führer acusándolo de rata judía, traidor y todos los epítetos que bien conocemos al día de hoy por cuanto el espectáculo de la legislatura nos ha llenado de vendepatrias, hijueputas, emisarios del pasado y demás fantasmagóricas locuras; al final, nada le ha sentado mejor al viejo estadista convertido en cómico de televisión, es ya un mártir; la paliza no lo deja completamente fuera de combate, pero lo recluye en el hospital por una temporada, donde recibe el afecto y el apoyo de todas las fuerzas políticas alemanas; de ahí en adelante un solo paso al liderazgo de la nueva Alemania que ya ha dibujado en su conciencia.

Me presentan a mi y se inspiran en los carteles de antaño. De ese modo llaman más la atención que con todos esos caracteres de imprenta de hoy, por muy sofisticados que sean, dice Sawatszki, y tiene razón. También ha propuesto una nueva divisa, que campea al pie de todos los carteles como elemento de unión. Evoca viejos méritos, viejas dudas, y tiene además un aire entre humorístico y conciliador con el que se puede ganar para el bando propio a los votantes de esos Piratas y de otros grupos jóvenes. El eslogan reza así: “no todo fue malo”. Con eso se puede trabajar.

El dolor de Sontag, o la literatura como sufrimiento

En un mundo plagado de imágenes choco de frente con un libro prodigioso: “Frente al dolor de los demás”, de Susan Sontag; me sumerjo de pronto en la manera en que las sociedades modernas hacemos frente al terror que se disipa y se afirma a través de fotografías constantes que nos impactan y al mismo tiempo nos hacen insensibles; me encuentro con un razonamiento que, sin quererlo ni comerlo, me remite a dos realidades lejanas, nuestro propio tiempo mexicano y el tiempo del guetto de Varsovia.

Sontag afirma que frente al dolor de los demás, una imagen – una fotografía -, lo hace más real; el dolor se hace presente cuando la fotografía rehace su existencia frente a nosotros e incluso, con cierta calidad de imágenes, éstas se vuelven iconos de la pena y el sufrimiento – la foto del combatiente republicano cayendo frente a la cámara de Capa, por ejemplo -. En este tiempo atormentado en el que somos bombardeados por imágenes, en que la propia idea de la visión digitalizada ha devaluado lo que antes era motivo de conservación, estar presente ante el dolor ajeno es la única manera de hacerlo real. Pero es la imagen del niño con las manos en alto, en el Gueto de Varsovia, la que reclama mi memoria y me visita entre pensamientos. Obsesionado por esa imagen Dan Porat investigó hasta donde pudo la identidad de los personajes de la fotografía, ubicó el lugar preciso, al nazi que apunta al chico, el rostro de quienes acompañaban al niño, pero pese a que algunos han tratado de reivindicar su personalidad, de él, no pudo averiguar nada; eso lo convirtió en el símbolo del dolor y el miedo de un niño frente a la guerra. Presenciar así el sufrimiento es hacerlo real y permanente.

Sin embargo, dice también Sontag, que la imagen repetida hasta el hastío deja de hacer real el sufrimiento para hacerlo ficticio. Pasamos, en un momento que no pude ser determinado con precisión, de la existencia a la fantasía, del dolor al espectáculo. Pensemos en la manera en que se vivió el espectáculo de las guerras del Golfo; teledirigidas, producida en horarios estelares; la escritora norteamericana, recuerda a una amiga en Sarajevo que vio por televisión como los ejércitos serbios se acercaban a la ciudad, pero que como estaban todavía a 300km y había visto noticias al respecto todo el día, al saberlo simplemente cambió de canal como si estuviera en París o en Berlín; porque al final del día, el dolor se ha vuelto espectáculo.

Hace unos meses, viendo la televisión con mi familia, apareció en pantalla la dantesca escena de unos cadáveres de ejecutados abandonados en una playa; mi hija de nueve años me pregunta: ¿Qué les pasa?, queriendo proteger lo que considero la inocencia de una niña, le contesto: Son unos señores dormidos, a lo que la nena contesta: Papá, ¡pero si están muertos! Hemos llegado al punto en que dimos muerte a la moraleja; Borges decía, siguiendo a Kipling, que el autor puede elegir la anécdota, pero no la moraleja; ni el argentino ni el inglés tenían idea de que llegaríamos al punto en que la moraleja devendría superflua, ofensiva y hasta ridícula, que no nos quedaría sino el instante del dolor congelado en la imagen del aficionado o del profesional para hacer real un sufrimiento que, de otro modo, se perderían para siempre, como sucedió por siglos en que el mundo también fue habitable.

¿Cómo recuperar la sensibilidad?, ¿es que perdimos la inocencia frente a la imagen para siempre?; el hecho es que ni la autocensura y menos la censura pública, pueden refrenar el hambre y el mercado de la imagen; pero si intentamos a través de la educación, de la seriedad en los medios y del oficio de los gobernantes, tal vez podamos llegar al equilibrio, no en la afluencia de imágenes, sino en la visión crítica con que las abordamos, en la mirada inocente de nuestros hijos y, sobre todo, en la cualidad más lesionada por esta lluvia de dolor ajeno, la capacidad de entender y asumir el dolor ajeno, si no como propio, sí como sujetos en posibilidad de sufrir violencia; ya lo decía Maimónides, de todo encontraréis entre los hombres, menos compasión.

 

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