El vals del minuto: Los círculos de lectura

Los clubes de lectura, los círculos literarios, las capillas y toda forma de reunión para socializar la lectura son el corazón de la literatura occidental

Los círculos de lectura y la cultura occidental

En el Estudio de Eduardo Ruiz Healy, una charla con César Benedicto Callejas

Acompáñenos a la charla con Eduardo Ruiz Healy: literatura, sociedad, reflexión amable en este horario:

_*Grupo Formula_*

Sábado 28 de noviembre / 20

Transmisión y Cobertura Programa

_*”En el Estudio de Eduardo ”_*

Con César Callejas

Abogado y Escritor

_*20:00 a 21:00 hrs_*

_*Radio_*

970 AM y

la Cadena Nacional

103.3 FM

_*20:30 a 21:30 hrs_*

_*Telefórmula_*

Canal 354 de Dish,

157 de Sky

121 de IZZI,

85 de Cablecom ,

161 por TotalPlay y

153 de Megacable

En los Estados Unidos

Comcast- por Xfinity Latino

Spectrum – por Latino View.

Visión de Anáhuac, palabras de César Benedicto Callejas en la presentación del Prólogo de Javier Garciadiego a la Edición del Colegio Nacional

Si no tuvo oportunidad de acompañarnos, aquí, las palabras que pronuncié ayer en la presentación del Prólogo de Javier Garciadiego a la Edición del Colegio Nacional de Visión de Anáhuac de Alfonso Reyes

PROLOGO DE JAVIER GARCIADIEGO A LA VISIÓN DE ANÁHUAC DE ALFONSO REYES

César Benedicto Callejas

Capilla Alfonsina

Enero 29, 2020

Es ya una grata costumbre que siempre que me invitan a la Capilla, tenga mucho que agradecer. El día de hoy, desde luego, a la generosidad de la Secretaría de Cultura, del Colegio Nacional y del Instituto Nacional de Bellas Artes y en particular, a don Javier Garcíadiego a quien desde luego debo mucho de cuanto se sobre Reyes.

Durante décadas, muchos años, acaso desde el centenario del natalicio de Reyes, en el ya lejano 1989, los alfonsistas discurrimos como una especie de secta solitaria, un grupo reducido y al parecer condenado a rendir culto a un autor mencionado por todos, conocido por muchos, pero leído por muy pocos, da cuenta de ello que junto a las monumentales obras completas, el ejercicio editorial de las obras de don Alfonso no parecían elevarse y en realidad se trataba de trabajos casi siempre académicos y de circulación muy reducida. El hecho estaba ahí, con los años, esos Alfonsistas recondujeron sus trabajos hacia un contacto con los lectores, una especie de revitalización de la obra de don Alfonso fue gestándose y hoy nos encontramos en lo que bien podríamos llamar un renacimiento de la obra de Alfonso Reyes.

Este capítulo tiene, como es natural muchos protagonistas, en varios rincones del mundo; me limitaré sólo a hacer referencia a los trabajos minuciosos de Alberto Enríquez Perea; a los de museografía y difusión de Héctor Perea y a los de la revalorización del canon Alfonsino de don Adolfo Castañón; en Monterrey la labor de diálogo y apertura de Minerva Margarita Villarreal, de querida memoria y al selecto y bien hecho trabajo editorial de Celso José Garza, Antonio Ramos Revillas y José Javier Villarreal, en la creación de las ediciones individuales y de sus trabajos críticos y, en España, la labor que realizó Pablo Raphael, curiosamente también en torno a la Visión de Anáhuac, desde el instituto de Cultura México – España. Son muchos los que todavía habría que mencionar, como la Cátedra Alfonso Reyes de Monterrey la propia en Cuernavaca, incluso quienes hemos novelado en torno a la vida y la obra de nuestro autor.

Sin embargo, sería inapropiado y poco justo dejar de mencionar que uno de los epicentros de este renacimiento se sitúa en la Capilla Alfonsina con la llegada de Garciadiego como su Director; después de las décadas de labor ingente y generosa de nuestra querida Alicia Reyes, de llorada y dulce memoria, la Capilla encontró un director que ha tenido el ingenio y la paciencia de insuflarle vida y actividad. Hoy una buena muestra es la serie de actividades Alfonsinas que aquí se realizan, el diálogo abierto entre la exposición en el Museo Nacional de Antropología, la edición de la Visión de Anáhuac prologada por don Javier y esta presentación. De eso, de este renacer es justo de lo que estamos hablando hoy.

Presenta Garcíadiego un texto al que llama, acaso por su tendencia guardar mesura y eludir los protagonismos: “Prologo” y me parece que ese el único punto en que algo falla, no se trata de un prólogo. Veamos, el diccionario de la Academia propone cuatro acepciones para la palabra prólogo; descartemos la cuarta por obviedad, “discurso que en el teatro griego y latino, y también en el moderno, precede al poema dramático…”, tampoco la segunda nos conviene: “aquello que sirve como de exordio o principio para ejecutar una cosa…”; pero la primera “texto preliminar de un libro, escrito por el autor o por otra persona, que sirve de introducción a su lectura…” o la tercera: “primera parte de una obra, en la que se refieren hechos anteriores a los recogidos en ella o reflexiones relacionadas con su tema central”, tampoco satisfacen, porque si bien es cierto que el texto de Garcíadiego sirve al de Reyes e introduce en su lectura, en realidad es algo más que esa introducción y también algo más que la referencia a los hechos anteriores relacionados con su tema central. Vale más, me parece, en este caso ofrecer al público lector, la Visión de Anáhuac con un estudio preliminar de don Javier.

Sin duda contaminado por la afición reyesiana de saltar entre géneros, a no atenerse a la comunidad expresiva de ninguno y encontrar en todos las herramientas necesarias para mejor decir lo que se piensa, don Javier discurre entre el trabajo de divulgación y el documento académico, sin duda un afortunado acierto es acumular las citas a pie de página al final del estudio, de modo que encontramos un auténtico arsenal documental informativo que no estorba en la lectura de aquel otro documento, el de divulgación. Esta es la puerta por la que debe entrar el lector de la Visión de Anáhuac, tanto el avezado como el novato, por el de la invitación curiosa, amable. Garciadiego sabe cómo atraer, poniendo pequeños cebos para el cazador de novedades, de peculiaridades y también de hechos contundentes.

Debo reconocer, sin duda, mi coincidencia con el autor del llamado prólogo, en el hecho de que la Visión de Anáhuac es un libro de profundo sentido vivencial para Alfonso Reyes, es una vuelta a las imprentas después de años torturados de ausencia, es también el canto del exiliado en su encuentro con el país que no existe ya más que en su memoria y al que ya no podrá más volver, al menos no en la forma en que lo ha recordado, como decía Françoise Sagan, “la admiración es amor congelado”, en esa admiración congela Reyes el amor por una tierra que cambia mientras el se busca la vida en el Madrid donde no le quedan más que tres armas: la palabra, la pluma y sus amistades.

Paso a paso, tal vez sin proponérselo, don Javier va escribiendo una pequeña novela cuyo protagonista es el libro, lo narra desde su génesis hasta el día de hoy, su batallar para ver la luz, la forma en que fue madurando dentro del gusto y la difusión y el estallido de su carácter como símbolo cultural de nuestra cultura, lo señala con acierto el autor del estudio preliminar: el Huapango de Moncayo, el mural de la escalinata de Palacio Nacional y la Visión de Anáhuac. Pero es precisamente esta superposición de dos modelos de discurrir, la erudita y la vivencial, la que dan carácter al trabajo de Garcíadiego, revela muchos puntos en los que discurren los debates sobre la Visión de Anáhuac, como el origen del celebérrimo epígrafe: Viajero has llegado a la región mas transparente del aire (como dicen mis hijos, si no lo digo, reviento) o su inclusión como título de la novela de Carlos Fuentes; pero sobre todo, revela la forma en que el texto fue modificado en su lectura y presencia a través del diálogo con la comunidad intelectual, los editores y los lectores; debo agradecer cumplidamente haber incluido en su texto la nota sobre la presencia de la frase en la película de Arau, Calzonzin Inspector, sobre los Supermachos de Rius y que me permití referir en un artículo sobre la Visión que generosamente publicó la Universidad Autónoma de Nuevo León: muchas gracias.

Pero además, es afortunado don Javier, su texto consta en una edición pequeña, bien armada, editada con encanto, algo que me hizo recordar uno de los aforismos de Gracián: “pretendo formar con un libro enano un varón gigante”. Me parece, que este renacimiento de la lectura Alfonsina sólo puede andar por ese camino, libros accesibles y bonitos, que inviten a la lectura y, hay que decirlo, al descubrimiento de Alfonso Reyes.

Apuntaré, por otra parte, una coincidencia más, como percibe don Javier, Reyes va mucho más allá de los juegos de las coincidencias curiosas y se empeña en demostrar la existencia de un alma común en el lejano pasado de México y el alma nutricia española, pero que no puede confundirse con ninguna y que existe con carácter propio y como respuesta a un particular sentido histórico; de ahí que el final de la Visión pueda ser considerado como la credencial de identidad de las letras alfonsinas y también una de las miradas más profundas del sentido de lo mexicano, más lejana de Vasconcelos y más cercana a Octavio Paz y a Carlos Fuentes, es decir, más distante de su generación y más próxima a la de sus discípulos. Termina Reyes la Visión de Anáhuac diciendo:

Cualquiera que sea la doctrina histórica que se profese (y no soy de los que sueñan en perpetuaciones absurdas de la tradición indígena, y ni siquiera fío demasiado en perpetuaciones de la española), nos une con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa; esfuerzo que es la base bruta de la historia. Nos une también la comunidad, mucho más profunda, de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural. El choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra, engendra un alma común.

Celebro el carácter contemporáneo del estudio de Garciadiego, me llama la atención su encadenamiento con la reciente novela de Enrique Serna, “El vendedor de Silencio”, sobre la relación entre Alfonso Reyes y Carlos Denegri; en tal sentido da una mirada sobre la presencia de Reyes en la vida cultural contemporánea. Y a todo esto, me queda claro, hace evidente la atemporalidad de la Visión; porque en el fondo, sobre lo que disertan tanto Reyes como Garciadiego, es sobre la identidad nacional, sobre los asideros de la realidad sobre la que podamos fincar un rostro en un mundo cada vez más complejo

Garciadiego, insisto, no prologa, emprende una reelectura de Reyes podría en un intento por redimensionar su expresión y sus motivos para abrir nuevos diálogos transgeneracionales. Por ejemplo si donde la lectura y la interpretación de la Visión de Anáhuac explora el punto historiográfico, el manejo de las fuentes o la construcción de la narrativa complementa con una exploración vivencias no sólo como discurso poético del imperio azteca minutos antes de su extinción, sino como la mirada de un exiliado en la dulce y cruel tarea de recuperar lo más preciado del mundo que ha tenido que abandonar y de que no sabe si algún día podrá volver a habitar; si pudiéramos dedicarnos a compartir el goce de un elenco tan profundo de sensaciones, sentimientos e ideas podríamos vislumbrar muchos de los elementos que poblarán sus páginas hasta el final de sus días.

Sin duda, uno de los libros más celebrados de Alfonso Reyes es Visión de Anáhuac; una búsqueda simple de los registros de ISBN arrojan tan sólo en lengua española, más de veinte ediciones en los últimos diez años, ello también descontando los formatos sonoros y digitales; desde luego, se trata de un libro vigente, con vida propia más allá de las obras completas y que se presenta como uno de los pilares sobre los que habitualmente se construyen las antologías reyesianas. Sin embargo, los análisis más comunes que sobre él se escriben separan al lector cotidiano del académico y versan, en especial sobre aspectos geográficos e historiográficos que se encuentran como apostillas a un texto que, de origen, constituye una ensoñación de exiliado referente al paraíso perdido. Romper estas inercias es el reto que asumió don Javier en su texto y no dudo en afirmar que lo logró con gran fortuna.

Muchas gracias.

Misión cumplida

Hace ya ochenta años una rebelión militar detuvo el avance de la democracia y de la tradición liberal española; siglos de esfuerzos, de cultivo de la inteligencia, la libertad y el pensamiento que habían desembocado en la proclamación de la Segunda República española. Hace ochenta años, hombres libres de todo el mundo acudieron en masa a defender el gobierno le- gítimo de un paìs que avanzaba, con dificultades y resistencias, en la transformación de una sociedad que reconocía la igualdad del hombre y la mujer, que entraba en la laicidad y procu- raba el bienestar de los trabajadores, hombres como Hemingway, como Silvestre Revueltas o George Orwell; hace ochenta años, los fascismos ensayaron en una tierra sacudida por la re- belión, sus armas y sus políticas de guerra de exterminio. Hace ochenta años ya, el mundo contempló impávido cómo se exterminaba un gobierno emanado de las urnas, con un orden constitucional impecable, pero ninguno pareció entender que lo que estaban presenciando era el preludio a la insania que vendría con el nombre de Segunda Guerra Mundial.

Hace ochenta años, miles de hombres y mujeres defendieron su patria, su Estado y su legalidad; lo tenían todo: ley, razón y justicia y, sin embargo, fueron derrotados. Aquello signifi- caba una crisis mundial de valores, ya la justicia no estaría del lado de la razón ni de la legali- dad, estaría a favor de los fuertes y los asesinos; hace ochenta años España, la España de la legalidad y la democracia se vio sola, abandonada en medio de su desgracia, por todos, salvo por México.

Hace ochenta años, varias decenas de niños llegaron a Morelia para salvarse de la des- trucción, la persecución y la muerte; ellos fundaron una raíz de vida en su nuevo país, se que- daron y prosperaron. Hace ochenta años un barco, el Sinaia, llegó a Veracruz y trajo en sus cubiertas y en sus entrañas, vidas de mujeres, niños y hombres que habían sido salvados por un gobierno amigo, el del México de Lázaro Cárdenas, que ofreció la paz que no obtendrían en su tierra. Hace ochenta años ya que los republicanos cumplieron la misión de defender su paìs y su legalidad y que no fueron derrotados por los rebeldes sino por una confabulación interna- cional de la que no podían defenderse; ellos resistieron en Madrid, en Barcelona y en Alicante; ellos cruzaron el Ebro y aunque fueron rechazados no lo abandonaron; ellos se hicieron leyen- da; con sus contradicciones, tan humanas como la libertad, dijeron al mundo que la verdad y la justicia podían ser derrotadas pero no exterminadas y con ese bagaje cruzaron el mar y lle- garon a nuestros país. Hace ochenta años el presidente Azaña había exigido como condición del final de la guerra: paz, piedad y perdón; nada de ello lo tendría de los suyos, pero un pue- blo y un gobierno amigo les dieron eso y más, algo que se encuentra rara vez entre los hom- bres: comprensión, compasión y fraternidad, ese gobierno fue el de Lázaro Cárdenas y ese pueblo es el nuestro.

En la patria que muchos pensaron era provisional y se volvió permanente, cumplieron nuevas misiones: en fábricas y hogares, en el día a día, en colonias como la Tabacalera o en ciudades como Pachuca o Villahermosa, familias completas del cotidiano que renovaron nues- tra identidad y alentaron el diálogo con nosotros mismos, cumplieron la misión de integrarse, de enriquecernos y de permanecer; otros cumplieron la misión de escribir la literatura que ya no sería ni española ni mexicana propiamente dichas, sino nuestra, de la lengua española, Aub, Garfias, León Felipe, escribieron mucho y magníficamente, otros se abocaron a las uni- versidades, a la Nacional y a las de los estados, al Colegio de México; unos más investigaron en medicina y salvaron vidas o crearon sistemas de salud donde no los había, otros construye- ron obras imperecederas como buena parte de la Ciudad Universitaria o el Palacio de los De- portes; ellos cumplieron su misión en un país que no había sido suyo pero que se convirtió en su hogar, en su mausoleo y en la tierra de su reposo y su transtierro; ellos, en fin, los que pare- cían haber sido derrotados, al cabo de ochenta años resultaron vencedores porque su memo- ria es esclarecida y cultivada, porque su recuerdo pervive en sus hijos, sus nietos y biznietos, en los que se educaron a la vera de sus enseñanzas. Ellos cumplieron así otra de sus misio- nes.

Hoy, a ochenta años, cuando muchos de ellos se han marchado para siempre, volvie- ron a cumplir la que tal vez sea la última de sus misiones, después de las tensiones diplomáticas entre España y México, en la fecha del aniversario del Sinaia y en ocasión del Exilio Repu- blicano Español en el muro de honor de la Cámara de Diputados, se convirtieron en símbolo de la amistad y la hermandad entre ambos países, su testimonio y su vida se convirtieron en puente de fraternidad, en encuentro ya no amargo y ni siquiera nostálgico, sino pleno de vida y esperanza; ese día España dijo gracias a México y México dijo viva España. Los republicanos así, han cumplido la misión que la historia les había guardado. A ellos, de corazón, muchas gracias.

80 aniversario de la Capilla Alfonsina. Palabras de César Benedicto Callejas en la ceremonia conmemorativa

Gracias a la generosidad del Instituto Nacional de Bellas Artes y del Dr. Javier Garciadiego, director de la Capilla Alfonsina, la ceremonia fue de una entrañable belleza, a nuestros amigos y lectores que no pudieron asistir o deseen conservarlas, mis palabras en esa ocasión

El taller literario de la Capilla Alfonsina Crónica de un espacio entrañable

En el año 1987 la Colonia Condesa de la Ciudad de México aún estaba superando sus heridas del terremoto que dos años antes había causado estragos y que a la postre, iba a modificar su identidad para siempre; yo había comenzado mis estudios de preparatoria en la Universidad La Salle, a unos pasos de la Capilla Alfonsina; en aquellos días iban a reunirse una serie de hechos y circunstancias que terminarían, ahora lo sé, por formar mi identidad. Para aquella época ya era yo un lector casi enfermizo; los días de -Verne y Salgari habían terminado y su sitio lo ocupaban Jaime Sabines, Mario Benedetti, Ernesto Cardenal y Federico García Lorca que paliaban y alentaban mis pasiones de aquellos días; con ellos el otro Olimpo, el de la narrativa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Debo reconocer que los prejuicios ideológicos que entonces exhibía como méritos ganados en la construcción de mi personalidad, me habían hecho privarme de la Capote y de Faulkner.

Había entonces, cuando murió Jorge Luis Borges, en 1986, una explosión de su literatura a la que yo me sumé con pasión, sus páginas me llenaban las horas, sus libros engordaban mi famélica estantería; con las páginas transcurridas caí en cuenta de un nombre que aparecía, no con frecuencia aunque sí con toda admiración; Borges, que reservaba sus elogios para Beowulf, para Shelley y para Shakespeare, se refería a Alfonso Reyes ponderándolo mejor que a Ortega y Gasset, lamentaba que no le hubieran dado el Nobel porque eso habría honrado al premio; ¿quién era aquel hombre? Cuando leí:

El vago azar o las precisas leyes,

Que rigen este sueño, el universo,

Me permitieron compartir un terso

Trecho del curso con Alfonso Reyes.

Supo bien aquel arte que ninguno

Supo del todo, ni Simbad ni Ulises,

Que es pasar de un país a otros países

Y estar íntegramente en cada uno.

Supe que era preciso leer a Reyes. En los años aquellos se volvió para mí una especie de íntimo santo y seña, establecí una relación con el autor, con el personaje, de la que no es momento de hablar ahora. Cuando conocí a Alicia Reyes mi vocación de escritor aún era temerosa, y mi pasión reyesiana apenas comenzaba; por pura aventura escolar fue entonces que por primera vez vi mi nombre revolotear impreso circulando más allá de mi voluntad, la primera vez que vi a un desconocido leyendo una página de mi pluma – aunque no le dije nada – y supe que tenía que ser escritor, que no importaba lo que tuviera que hacer pero tendría que escribir y publicar. Entonces aparecieron los anuncios azules sobre fondo blanco, indicaban la ubicación de la Capilla Alfonsina y para mí, que me había fugado de una clase aburridísima, no podía significar otra cosa que una revelación.

Alfonso Reyes solía identificar a la Capilla cono un barco en el que el mezzanine, donde está su escritorio, era el puente, ahí mismo está la cama en la que en la madrigada del 27 de diciembre de 1959 don Alfonso partiría para siempre; el buque se había quedado sin capitán pero no sin tripulación. El diario de don Alfonso se prolongaría todavía unos días escrito por su hijo, doña Manuela todavía daría muestras de su inefable lealtad terminando las ediciones pendientes, dando cuerpo a los inéditos y procurando la integridad del acervo; pero la Capilla seguía siendo la residencia familiar y la conservación se tormaba complicada, más aún cuando la obra de don Alfonso de por sí inmensa daba muestras de no agotarse y la creación de los nuevos estudios de la obra de Reyes y la presencia de sus autores se tornaba cada día más demandante; en 1965 fallece doña Manuela y Alfonso hijo continúa sus gestiones hasta que Luis Echeverría, mediante decreto del 13 de junio de 1972, transfirió al patrimonio nacional la Capilla con el archivo de don Alfonso, sus efectos personales y sus colecciones de libros y arte; Alicia Reyes asumió desde ese momento la dirección del nuevo Centro de Estudios Literarios; desde el primer instante se asumió que la formación de nuevos escritores sería una de las misiones que la Capilla debía cumplir.

La idea de comenzar un taller literario en la Capilla pudo tener su origen. En el auge que los talleres tenían entonces, desde el punto de vista de Alfonso Reyes, la función del aprendizaje como escritor partía del propio ejercicio de la escritura pero también del encuentro con la comunidad de los escritores.

De entre todos los jóvenes y autores noveles que se le aproximaban, Reyes tenía su selección peculiar y buscaba para ellos la publicación aquellos trabajos que le parecían listos para darse a la estampa; así, por ejemplo, Reyes apoyó a la Revista Mexicana de Literatura, aquella de Emmanuel Carballo y Carlos Fuentes; esta mística de la amistad permeaba el quehacer de Reyes y era su forma de relacionarse con las generaciones distintas de la suya; Huberto Batis no olvida la primera vez que don Alfonso le recibió en la Capilla, le pagó la tarifa del taxi y después de un diálogo jesuítico le puso en contacto con Antonio Alatorre; a la muerte de Reyes, la continuación de su diario muestra como esa conjura de buenas voluntades siguió operando; Francisco Monterde se hizo cargo de las pruebas de A campo traviesa, Emmanuel Carballo de los artículos de y sobre Reyes en México en la Cultura, también de la formación de la Historia documental de mis libros para el tomo XVIII de las obras completas; así, aquellos discípulos, jóvenes seguidores de Reyes, formaron una pequeña legión, pero no una escuela, no un cenáculo.

En vida de Alfonso Reyes la Capilla fue su hogar y su centro de operaciones, de ahí irradiaba su organización informal de ayudas literarias, ahí se alimentaban, a veces no sólo metafóricamente, los talentos que don Alfonso había decidido acoger; en el largo interregno que inició con su muerte y terminó con la fundación del Centro de Estudios Literarios, los esfuerzos se iban en conservación de la casa como en la revisión de ediciones pendientes y en la preparación para la divulgación de los inéditos que todavía iban apareciendo y la edición de ese monumento al que llamamos Obras Completas y como el propio don Alfonso no había dejado ningún modelo didáctico o algún grupo que practicara algo parecido, las redes de los reyesianos fueron moviéndose de la mejor manera en que podían para lograr el efecto que el ausente hubiera deseado; un nuevo modelo aparecía mientras tanto en el horizonte, para el momento en que se funda el Centro, el movimiento de los talleres literarios conocía un auge importante.

En 1951, Juan José Arreola reunió en la casa ubicada en la Calle del Río de la Plata, número 8, el que sería el primer taller literario en México; su receta, como lo recuerda Teresa Jiménez en su reseña sobre los talleres literarios en México, sigue siendo vigente, se requerían:

Una persona capaz de dirigir el taller y un grupo de jóvenes que sean capaces de modestia, humildad y que no tengan mala fe en contra de los demás; que examinen los textos con honradez y que estén dispuestos a exponerse a la crítica… pero esto no siempre se encuentra.

Al taller de Arreola se acercaron José Agustín, Jorge Arturo Ojeda y René Avilés Fabila, entre otros; su progenie fue generosa y fijó el canon de trabajo de los nuevos talleres que habrían de sucederle, otra de las características impuestas por el modelo de Arreola respondía a dar salida a los trabajos destacados que se producían en el taller, en mayo de 1964, publicó por primera vez la revista “Mester”, a la que Huberto Batis añadiría el mote de “de Arreolería”.

Así cuando se establece la Capilla como Centro de Estudios Literarios bajo la dirección de Alicia Reyes, el movimiento de los talleres literarios está en auge; en 1967, Julieta Campos, Juan Bañuelos y Salvador Elizondo organizaron los talleres literarios de la UNAM; en 1974, San Luis Potosí dispuso, con el patrocinio del INBA, del primer taller fuera de la Ciudad de México. En 1978 el Primer Encuentro Nacional de Talleres Literarios de la Casa del Lago, dio cuenta de la existencia de más o menos doscientos talleres literarios de todo tipo diseminados por todo el país. En su nueva etapa, la Capilla debía contar con su propio taller literario.

El taller de Alicia Reyes fue, durante décadas, una institución; sin embargo, éste no fue el primero de los talleres creados para la Capilla. Entre 1973 y 1974 se fueron organizando una serie de talleres literarios que el INBA estableció para el recién Creado Centro de Estudios; se trataba de talleres restringidos a los que se ingresaba por concurso y que disponía de una beca anual para los beneficiarios; el ejercicio, según parece se llevó a cabo por dos ocasiones; Marco Antonio Campos, recuerda que la creación de los talleres se debe a Óscar Oliva, entonces director de Literatura en Bellas Artes; al frente del taller de poseía estaba Hernán Lavín Cerda, del de ensayo Jaime Labastida y del de narrativa, Tito Monterroso; aquellos talleres hicieron generación pese a su brevedad. Campos recuerda entre sus compañeros talleristas a Guillermo Samperio, Bernardo Ruiz y Luis Chumacero. Aquel primer diseño era más bien un programa para atletas de alto rendimiento, sus coordinadores eran escritores de renombre y los participantes atravesaron por un riguroso proceso de selección; Juan Villoro fue también alumno de aquellos legendarios talleres y en varias ocasiones se ha referido a las enseñanzas de Monterroso; de aquellos talleres hay que recordar también la presencia de Carlos Chimal. Monterroso tuvo que dejar el taller en manos de Miguel Donoso Pareja que luego tuvo que partir para San Luis Potosí para abrir el primer taller literario en el interior de la República; así, hacia 1975, inicia la era del taller literario de Alicia Reyes.

Alicia, la Dra. Reyes o Tikis, de acuerdo con lo que autorizara la cercanía del afecto, pensó su taller como una extensión de la actividad difusora de la Capilla del mismo modo en que don Alfonso se había dado al patronazgo de San Pascual Bailón, los participantes del taller recibían esta peculiar forma de formación literaria con los ejemplos y lecturas de la obra de Alfonso Reyes, de este modo se lograban tanto el efecto didáctico como la difusión de la obra de don Alfonso; de aquellos primeros participantes, por ejemplo Héctor Perea destacaría como conocedor y divulgador de la obra, demostró su adhesión a la imagen de Reyes y su conocimiento del hombre y la obra con la magnífica museografía que ahora caracteriza a la Capilla y Pura López Colomé con una obra literaria de largo aliento.

Pero para acercarnos al final hay que regresar a los anuncios azules; los recuerdo con claridad, tenían el mismo tono con que están pintados los pasamanos tubulares de la Capilla, daban la indicación para llegar al inmueble, aquellos letreros sobrevivieron al terremoto de 1985 y con el tiempo fueron retirados; los había observado varias veces, sabía ya que la Capilla era la casa de Alfonso Reyes, había comenzado a leer su obra, pero no sabía más que eso, hoy, a poco más de treinta años de distancia, lo único que no puedo recordar de mi primera visita a la Capilla es el día de la semana en que ocurrió; sólo puedo conjeturar que no pudo ser el martes, porque fue en la mañana y ese día es en el que se reúne el taller.

En aquellos días los estudiantes de la preparatoria de la Universidad La Salle podíamos salir con entera libertad de la escuela; administrando mis asistencias podía invertir mi tiempo entre las clases que menos me interesaban, los paseos a la biblioteca, las lecturas de café y, luego, las visitas a la Capilla Alfonsina; fue poco antes del verano de 1988, la primera vez que me atreví a entrar en la Capilla; aún hoy, después de tantos años, no puedo olvidar el golpe que para mi conciencia y para mis sentidos, representó aquella visita, la sensación de paz, de agrado, de pertenencia que experimenté; era como si la vida hubiera reservado para mi un espacio de maravilla; aquella vez no estaba Alicia, lo sé no porque preguntara por ella, sino porque recorrí toda la Capilla y no la vi por ninguna parte; la siguiente y otras más la saludé con un tímido “buenos días”, lanzado hasta el escritorio en que ella estaba, ese escritorio que aún está ahí, que luego supe había utilizado don Alfonso y que hoy corresponde, con toda dignidad a Javier Garciadiego; no fue sino hasta la tercera o cuarta visita, cuando estaba leyendo, y puedo recordar con precisión el libro porque luego anoté en mi ejemplar de Queremos tanto a Glenda, una frase que decía “Hoy conocí a Alicia Reyes, nieta de Alfonso Reyes”. Amable, afectuosa, me dijo que ya eran varias las veces que me veía en la Capilla, desde luego entré en pánico, a esa edad me causó angustia que me preguntara que hacía por ahí y al no tener una respuesta válida me pidieran que no incordiara sin causa; pero la pregunta nunca llegó; lo que hizo fue preguntarme si había leído a Alfonso Reyes, como si me hubieran cuestionado el catecismo, le recité los títulos que había leído y hasta tuve el atrevimiento de decir cuanto me había gustado la Visión de Anáhuac y el Sol de Monterrey; ahora, al escribir estas notas pienso en que no podía haber elegido nada más común ni más básico en la obra de Reyes pero que, tal vez, fuera esa simple sinceridad lo que me franqueó las puertas de uno de los lugares que resultarían más importantes en mi vida. Me ofreció una visita guiada a la Capilla y al final, casi para despedirme, me aventuré a decirle que escribía poesía, me pidió que seleccionara dos de mis mejores trabajos y que si quería me presentara, con seis copias de cada uno, a su taller de creación literaria. Ese momento fue uno de los que nos cambian la vida.

Alicia Reyes resultó ser la mejor maestra que se pudiera desear, dulce y comprensiva, atenta y solidaria pero implacable en sus juicios literarios, seleccionaba a sus alumnos tratando de ver en ellos al escritor que aspiraban a ser; los forzaba a encontrar su voz y cuando lo juzgaba pertinente los ayudaba a encontrar espacios para que vieran su trabajo publicado; su didáctica no se basaba en su propia obra sino en la de Alfonso Reyes; obligaba a trabajar los textos una y mil veces, yo veía desmoronarse mis poemas hasta quedar en los cinco o diez versos en los que ella había descubierto el poema oculto en la hojarasca; poco después, invité a participar en el taller a Pablo Raphael, muchos años más tarde hizo de la Capilla escenario de una parte de su novela Clipperton y a David Grinberg, ambos amigos y compañeros de vida, conocí en el ejercicio del taller a Pável Granados y a Alejandro Malo.

Así llegó el día en el que Alicia me ordenó que me quedara unos minutos después del taller y me pidió que eligiera dos poemas para publicar, uno para Periódico de Poesía y otro para Papel de Literatura que entonces publicaba la Coordinación de Literatura de Bellas Artes, los poemas se publicaron y es algo que aún no termino de agradecerle.

Nunca pude separarme de la Capilla, ha estado en el centro de mi vida desde aquellos días en que, como decía don Alfonso, “nos salvamos o nos condenamos y de los que llevamos siempre lágrimas en los ojos”, por eso nunca he dejado de ser un orgulloso discípulo de Alicia Reyes, ni ella jamás dejó de presentarme como su alumno.

Un día tuve que dar el paso que muchos no se permiten: abandonar el taller, que es tanto como cortarse el cordón umbilical, pero aún así era parte del taller, parte de la Capilla; nuevas voces se formaron desde entonces, entre ellos Arturo Sodoma,. Isaías Espinoza, María Elena Maldonado y Gabriela Puente entre muchos otros.

De nuevo, un verano, el de 1996, Alicia me llamó por teléfono y me ordenó que me presentara en la Capilla a la mañana siguiente, tenía algo para mí; en efecto, era una tarjeta de visita con una recomendación de mi trabajo para que se la llevara a Emmanuel Carballo; a Emmanuel lo había visto alguna vez en al Capilla, pero para mi era una leyenda; las indicaciones de Alicia eran precisas, llamar a Carballo y pedirle una cita, ella ya lo había puesto en antecedentes; al amanecer cumplí la instrucción y cuando oí la voz de Emmanuel al teléfono me di cuenta de lo que estaba sucediendo; me dio cita al día siguiente a las seis de la tarde, me acompañó mi esposa y lo que yo pensé sería una visita de diez minutos, se convirtió en una de las tardes más memorables y alucinantes de mi vida y que terminó con una cena en la cocina, la revisión de mis poemas que le llevaba – lleva lo mejor que tengas me había ordenado Alicia – y la selección de dos; se levantó de la mesa y nos pidió que lo disculpara, volvió unos minutos después con una de sus tarjetas de visita y me preguntó como firmaba mis trabajos; le dije mi nombre completo, “demasiado largo” acotó, “de eso no se acuerda nadie”; escribió en la tarjeta mi me la entregó; decía: “Te presento a César Benedicto Callejas, le he dicho que si quiere entrar al mundo de las letras tiene que conocer a Huberto Batis”. Me indicó que se la llevara con los dos poemas que había elegido. De nuevo repetí el ritual, sólo que Batis no me contestó la llamada, lo hizo su secretaria en unomásuno; me dio cita para la semana siguiente; Batis me recibió puntual y me preguntó poro Alicia y por Carballo; luego de las breves palabras de cortesía me preguntó qué le llevaba, le entregué la nota de Emmanuel y mis dos poemas. Los leyó y me dijo: “Salen el sábado”. Le agradecí y me pidió que nos hiciéramos una foto juntos; con su sonrisa inolvidable comentó que le gustaban hacerse fotografías con los nuevos escritores y entonces, por primera vez en mi vida, sentí que era un escritor de verdad. De eso se trataba en realidad el taller de Alicia Reyes en su deslumbrante reino de la Capilla Alfonsina.

80 años de la Capilla Alfonsina

Acompáñenos a celebrar los 80 años de la Capilla Alfonsina, un lugar emblemático de la literatura Iberoamericana.

La cita es hoy 26 de junio a las 19:00 horas en la Capilla Alfonsina, Benjamín Hill 122, Colonia Condesa.

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Presentación de los volúmenes III y IV del Diario de Alfonso Reyes

Gracias a la generosidad de la Capilla Alfonsina, Alberto Enríquez Perea y César Benedicto Callejas presentaremos los volúmenes III y IV del Diario de Alfonso Reyes.

Acompáñenos a charlar sobre los años más productivos e interesantes de la vida de Reyes a través de su propia visión.

La cita es en la Capilla Alfonsina: Benjamín Hill 122, Col. Condesa. El miércoles 25 de abril a las 19:00.

No falte, una velada llena de poesía, memorias, Brasil, España y literatura.

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Palabras en el homenaje a Alicia Reyes por César Benedicto Callejas

Justo en el momento en que la tierra volvió a enfrentarse con nosotros, a demostrarnos nuestro verdadero tamaño; en ese instante, gracias a la generosidad de la Secretaría de Cultura, de la Capilla Alfonsina y de Javier Garciadiego, rendíamos homenaje a Alicia Reyes, esto es lo que estaba diciendo en el momento que comenzó a temblar:

HOMENAJE DE LA CAPILLA ALFONSINA A ALICIA REYES.

SEPTIEMBRE 19, 2017.

Una vez por semana, durante muchos años, crucé aquella puerta azorado y feliz, nervioso y no pocas veces asustado, la mayoría de ellas con un legajo en la mano que tenía  mi más reciente obra y sus respectivas copias para los colegas del taller; la misma mesa que hoy nos sirve de Presidium era gobernada por una mujer enérgica, amable pero firme que escuchaba con atención, preguntaba la opinión del taller y luego emitía su propio dictamen; ese era el momento central de la semana, el punto en el que concurrían mis anhelos durante muchos años , de aquellos que, como Alfonso Reyes decía, nos condenan o nos salvan pero de los que siempre guardamos alguna lágrima.

De aquellos días me queda todo, el aroma que esta edificio todavía tiene, la luz y la memoria, pero sobre todo, el deseo y la necesidad inmensa de escribir y en ello, la manera de hacerlo que le debo a mi maestra Alicia Reyes.

Alicia presidía este país de maravillas, metáfora recurrente lo sé, pero también certera, mis pasos me trajeron como el peregrino que busca agua y tiene la fortuna de encontrar una fuete; veámoslo así, en ese momento en que uno sale de la adolescencia y que necesita liderazgos que le den sentido a aquellos últimos días de la primera década de existencia – ahora lo sé – no podía tener mejor fortuna que encontrar a la Dra. Reyes.

No conozco persona más generosa, no hay nada que no deseara compartir y cuando la recuerdo ahora, cuando paso por capilla, vengo a ella, o estoy en la biblioteca de mi casa, ella me sonríe, la oigo musitar una melodía, tararear en voz muy bajita como le gusta hacer cuando está contenta; y el tiempo se me cae de las manos como agua fresca porque son muchos, miles, los momentos que este lugar y la presencia de nuestra querida Tikis, han ido marcando los surcos de mi rostro.

Era la mejor maestra que uno pudiera desear, implacable pero dulce, atenta pero seria, nada escapaba a sus lecturas y la misma generosidad tenia para el reproche como para el aplauso, de ella aprendí que el poema es siempre apenas un par de versos encerrados en varias capas de palabras que los protegen; de ella aprendí que en el ensayo cuenta tanto la idea como la manera en que se le viste y se presenta y que en la narrativa nada valen personajes sin acciones y acciones sin pensamientos. Los apuntes de aquellos días de taller que compartí con Pablo Raphael y Con David Grinberg siguen conmigo y no han dejado de ser materia de estudio y reflexión, un recordatorio de que quien no escribir es siempre intentar la página más clara, la más contundente, a sabiendas que el propósito es imposible.

Yo había leído a Reyes antes de venir por primera vez a la Capilla, me lo había recomendado Jorge Luis Borges a quien leía yo con fruición en aquellos tiempos posteriores al terremoto y anteriores a mi ingreso a la Universidad; desde la primera página de mi encuentro con Reyes el deslumbramiento ha quedado hasta el día de hoy; lo sigo leyendo, busco sus páginas para aprender, también para divertirme y recurro a su vida y a su pensamiento como a un consejero y aun viejo amigo más experimentado. Pero, desde luego, la dimensión de Alfonso Reyes no podía adquirirla sino de las manos de Alicia.

La devoción y el cuidado de Alicia para con la obra de don Alfonso puede ser considerada como un modelo tanto de voluntad contra la burocracia y el olvido, como un ejemplo de devoción filial pero sobre todo, como un acto civilizatorio. Alicia se cuidó de que nada se perdiera, que la obra de Reyes encontrara finalmente acogida en ese barco enorme que son las obras completas y cuando todo ese universo de letras pudo quedar fijo y a la vista, impulsó las ediciones de los títulos individuales insuflando nueva vida a los textos y poniéndolos en las manos de los nuevos lectores.

Y la Capilla que era su hogar como lo era de todos los que aquí pasabamos las horas del aprendizaje y el recuerdo; cada rincón está lleno de pensamientos que se me fueron fugando durante tres décadas, cada uno guarda sensaciones que aquí viví y que integraron mi vocabulario sentimental y mi galería de ideas selectas; y Alicia que no esperaba que llegara la partida de dinero para hacer aquel pequeño arreglo, la reparación mayor que no podía esperar; Alicia que borraba con un estilo singular la distancia entre un recinto público y la que seguía siendo la casa de don Alfonso a la que uno siempre estaba invitado. Y ella siempre, aguardando a sus alumnos, y ella siempre hablando del abuelo y ella en la memoria, en el corazón, en las letras que ha escrito y las que ha inspirado y ella siempre derrochando ese tesoro que no se acaba, que no se le acaba y que lo gasta, porque tiene tanto sol adentro que hemos podido vivir muchas décadas al alcance de su caricia.

Muchas gracias

Palabras de Eduardo Luis Feher en la presentación de Los Minutos de Ulises. Capilla Alfonsina.

Gracias a la generosidad de don Eduardo Luis Feher, si no pudo acompañarlos o desea conservarlas, les ofrecemos sus palabras leídas en la Presentación de la novela Los Minutos de Ulises.

“LOS MINUTOS DE ULISES”

NUEVO LIBRO DE CÉSAR BENEDICTO CALLEJAS

EDUARDO LUIS FEHER

Antes de comentar el espléndido volumen que hoy nos convoca, deseo relatar lo siguiente: a principios de 1959, año en que ingresé como alumno a la Facultad de Derecho, vi anunciada una conferencia de Don Alfonso Reyes en la entonces  pequeña Escuela de Ciencias Políticas cuyo edificio estaba anexo a mi citada Facultad.

Don Alfonso, al ver cierto alboroto entre los estudiantes asistentes que estaban platicando entre si, dijo en voz alta :

-¿Ya saben la anécdota de Demóstenes y el burro?

De inmediato se hizo un silencio sepulcral y continuó relatando :

Demóstenes , el mejor orador de Grecia, fue interrumpido por la presencia cercana al ágora, de un señor quien llevaba enlazado a un burro. Desde luego, la atención del público se desvió, del orador hacia el señor y el burro.

Y agregó Demóstenes : les voy a poner un acertijo que quiero que ustedes resuelvan; hace días le pedí al dueño del burro-ese mismo que acaba de pasar- que me alquilara la acémila para viajar de Atenas a otra ciudad cercana con el propietario como conductor, a lo que accedió después de que convenimos ambos en el precio.

Habiendo avanzado los tres-yo como jinete- agregó Demóstenes, el sol era tan intenso que descansamos un rato. No había nada que nos diera sombra, solo el desierto.

Así, le pedí al dueño del burro que me permitiera sentarme y cubrirme con la sombra del citado animal.

El dueño contestó negativamente : te alquilé el burro, no su sombra.

¿Tenía derecho Demóstenes a gozar de la sombra del burro?

Ese es al acertijo…

Volviendo al texto “Los minutos de Ulises”, puedo afirmar,  sin temor a equivocarme, que es una obra escrita con sensibilidad y elegancia, con originalidad y buen gusto.

En este largo e imaginario texto, César penetra en la esencia de Don Alfonso descubriendo en cada instante facetas de su vida, en un torbellino de imágenes claras que pintan de cuerpo entero a este indudable gigante de las letras y la cultura.

El mismo don Alfonso lo señaló un día :

“Quiero que la literatura sea una cabal explicación, y por mi parte, no distingo entre mi vida y mis letras. ¿No decía Goethe : todas mi obras son fragmentos de una confesión general?”

Confesión laica, al agregar, en sus propias palabras “el fin de la creación literaria es iluminar el corazón de todos los hombres, en lo que tienen de meramente humano”

Si la vida-como se afirma- está hecha de instantes, esta obra reúne esos instantes espectaculares envueltos en el fino dejo humorístico que sin duda tomaba carta de ciudadanía en Don Alfonso…el mismo reflexionaba:

“Hay que interesarse por las anécdotas. Lo menos que hacen es divertirnos. Nos ayudan a vivir, a olvidar por unos instantes. ¿hay mayor piedad? Hay que interesarse por los recuerdos, harina que da nuestro molino.”

“Los minutos de Ulises” del talentoso César Benedicto Callejas es un libro entrañable, diferente, impactante, transparente, sin menoscabo de la elegancia de su prosa y lo atractivo y singular de su tratamiento e inusual temática.

Un instante que atrapa nuestro autor y que lo decide todo, convirtiéndolo  en casi doscientas páginas de magia literaria.

Finalmente, ofrezco como epílogo a estas breves palabras lo que Borges le dedicó a Reyes en un breve poema que lo dice todo :

“Reyes : la indescifrable Providencia

Que administra lo pródigo y lo parco

Nos dio a unos el sector y el arco

Pero a ti la total circunferencia”

Palabras del autor en la presentación de los Minutos de Ulises. Capilla Alfonsina.

A quienes pudieron acompañarnos nuestro agradecimiento; a quienes la lluvia o el tiempo no se los permitió, nuestra invitación para próximas ocasiones y para todos el texto leído anoche en la Capilla Alfonsina. Muchas gracias

Presentación de “Los minutos de Ulises” en la Capilla Alfonsina.

Agosto 18, 2017.

César Benedicto Callejas

Decía don Alfonso Reyes en su Crítica en la Edad Ateniense que mucho sabemos sobre las Gracias, pero generalmente se nos escapa el que signifiquen “los espíritus de los deseos cumplidos”, casi como cuando damos las gracias por un favor; así pues, Gracias a todos ustedes que, con su presencia, colman el aire de la Capilla de espíritus de deseos cumplidos.

Gracias a don Javier Garciadiego, amigo desde hace muchos años y ahora, para fortuna nuestra y de la memoria de don Alfonso, Director de la Capilla Alfonsina.

Gracias a doña Tatiana Nogueira, amiga muy querida, editora, que ha tenido siempre la bondad y la generosidad de acompañarme cada que un libro se me escapa de las manos.

Gracias a don Alberto Enríquez Perea, por su atenta lectura, por el diálogo continuado durante veinte años en torno a Reyes, a la República española, a su exilio, nuestras familias y todo lo que hace la vida llevadera.

Gracias a don Eduardo Luis Féher, que no ha podido estar presente – en este mismo instante está siendo honrado por la Secretaría de Educación Pública por su labor de décadas como maestro y promotor cultural – por su amistad sincera y su amable cultura, pero que nos acompaña a través del texto que ha preparado para la ocasión.

Gracias a la Universidad Autónoma de Nuevo León, a don Celso José Garza Acuña y a don Antonio Ramos Revillas; que adoptaron este libro como cosa suya y dando muestra de la hospitalidad regiomontana hicieron de su casa una a la que ahora también puedo llamar mía.

Gracias a Adriana Salmerón, mi esposa, porque sin su paciencia infinita este libro nunca hubiera visto la luz.

Gracias a Alicia Reyes, que en su retiro en Francia sabe de esta ocasión y la celebra con nosotros; gracias muy profundas, enormes a ella, porque fue quien me inoculó el germen de la literatura y me contó los últimos minutos de don Alfonso, sembrando así la semilla de esta novela harán ya unos buenos treinta años.

Gracias en fin, a todos ustedes, espíritus de los deseos cumplidos. Gracias por su presencia.

Una vez he sentido el estupor de estar dentro de una novela; en Barcelona con “L’Espoir”de Malraux; en un café de la Rambla de Cataluña leía cómo las fuerzas anarquistas desfilaban hacia el frente y cruzaban una intersección de calles que era justo el sitio donde me encontraba en ese momento. Hay pocas sensaciones así. Ahora, debo sumar esta. No es habitual que se presente un libro justo en el lugar donde ocurren los hechos que narra, pero si como dicen los sabios hindúes, no hay coincidencias, sino complicadísimas combinaciones de causas que ensamblan la maquinaria del tiempo, me limitaré a pensar que hoy, juntos, rendimos a don Alfonso un testimonio de gratitud por cuanto escribió, por cuanto vivió y por la manera en que buscó, como él decía, el alma nacional.

Decía hace apenas unos segundos que harán ya treinta años que Alicia Reyes me contó cómo transcurrieron los últimos minutos de don Alfonso, atacado de daño cardíaco, en la cama que está allá arriba; cómo lo habían asistido Alfonso hijo e Ignacio Chávez. Reyes se había mudado de habitación unos meses antes para poder dormir dentro de la biblioteca y tener a unos cuantos pasos el escritorio. Era natural que entonces, como hoy, me preguntara que pensamientos habría abrigado Reyes en esos momentos finales. Yo tenía entonces, al momento de escuchar aquellas memorias, apenas dieciséis años, quería – como sigo queriendo – ser escritor, pero no sabía lo que Alfonso Reyes y su literatura iban a significar en mi vida.

Otra ocasión Alicia me contó cómo don Alfonso comparaba la capilla con un barco y se veía como el piloto en su puente, que se reclinaba sobre la barandilla que da frente al escritorio, cubriendo la herrería con su saco y parecía volar para entretener a su nieta. Desde luego que si para Borges esto sería una especie menor del paraíso, para Reyes resultaría natural que fuera un barco, símbolo inmortal de las travesías. Y así, acumulando lecturas, hechos y memorias, un día supe que debía contarlo; pero no contarlo como una biografía académica, no desmontar a don Alfonso en un taller, ni disectarlo como un especimen; si algo he aprendido de Reyes es que ese raro fenómeno al que llamamos literatura es mucho más que la colección de textos que por algunas razones – algunas justas y otras fortuitas – han soportado el paso del tiempo; que la literatura se relaciona más bien, con ambientes, épocas, circunstancias e individuos vivos, que tienen en común haber dejado sangrar su existencia a través de la tinta; si algo he aprendido de don Alfonso es que la literatura no sustituye la vida, pero la hace más colorida, más disfrutable, mas apetecible y más habitable.

Quise así encontrarme con el Alfonso Reyes que escribió algunos de los textos que por misteriosos caminos estaban destinados a engarzarse en mi memoria y en mi corazón; diré todavía más, hace unos años, mi hija Almudena me ayudó a diseñar el Ex-Libris de mi biblioteca, como es natural había que elegir como elementos aquellos que definieran al propietario de los libros, así, un barco, una princesa domando un dragón, un escudo de la República española y el lema que Reyes hizo suyo y he tomado como divisa que contrarreste excesos “Inter omnes omnia scimus”, esto es “Entre todos lo sabemos todo” acompañado de una nota expresamente reyesiana “Viva mi dueño”.

Ese era el Reyes que quise retratar; el que sufrió exilio pero en él se hizo hombre y aprendió a vivir de su pluma; el que disfrutó París y Madrid y los hizo su hogar como lo era Monterrey porque más que ciudadano del mundo se sabía heredero de todo cuanto la historia de occidente nos ha legado; quise mostrar en su recordación final a un don Alfonso enamoradizo hasta el grado de meterse en problemas, amante fiel de la vida y de sus placeres; un hombre descendido de los monumentos encontrado en la calle, cubriendo su pecho y espalda con periódico y aprovechando la calefacción del Museo del Prado para soportar con su liviano abrigo el frío madrileño; el Alfonso que ofrecía disculpas a los mendigos de la Gran Vía cuando le pedían una moneda que él entonces no poseía. El mismo que añoraba su casa en la Rua das laranjeiras donde los pájaros aprendían a cantar en español.

Así, lo que he querido crear y sólo los lectores sabrán si he logrado, es traer de nuevo a la existencia a un hombre que, como decía Borges, quiso vivir más que la propia vida. En el centro de esa reconstrucción están desde luego los hechos y sobre todo los textos, conforme se va acercando la hora final sus textos se van apoderando de su memoria y su propio viaje vital se confunde con el retorno de Ulises a Ítaca; ese descomponerse la personalidad es sin duda un volver a la tierra paterna, al abrazo cariñoso de la madre y al tiempo que fue antes de que naciera.

Durante muchas décadas, antes de que autores como don Alberto y don Javier recuperaran conflictos humanos, sueños y esperanzas de Reyes, la literatura de don Alfonso se fue convirtiendo en parte del devocionario cívico nacional; para 1989, año de su centenario – nunca podré olvidar cómo canal 13 terminaba sus transmisiones durante todo ese año con una emisión de El Sol de Monterrey con imágenes de don Alfonso -, el autor se había convertido en uno de esos escritores más citados que leídos; en 1974, año en que se filmó “Calzonzin inspector”, de Alfonso Arau, en el minuto 47:26, hay un diálogo que arranca una carcajada enorme por el efecto de contraste de una frase literaria en el entorno paupérrimo de una cárcel municipal. Calzonzin, en su visita al municipio de San Garabato, es llevado casi a la fuerza a supervisar la prisión local. Los presos son fingidos y sus aplausos comprados con pan; para recibirlo, el secretario de don Perpetuo del Rosal, presidente municipal durante 30 años, el letrado Gedeon Prieto, emprende el siguiente discurso:

Gedeon Prieto.- Estos aplausos le murmuran: Viajero, has llegado a la región más transparente del aire, San Garabato, donde decir constitución es decir gobierno y donde decir gobierno es decir constitución.

(Juan Calzonzin se dirige a los presos)

Juan Calzonzin.- Queridos colegas…

Así, la frase insignia de Reyes, se convirtió en sinónimo del discurso cívico oficial de los actos públicos. Estoy convencido que hoy leemos más a don Alfonso que antes; que el esfuerzo de editar los libros individuales, algo en lo que mucho tiene que ver tanto el Fondo de Cultura Económica como la Universidad Autónoma de Nuevo León, están contribuyendo a que descubramos a don Alfonso y volvamos a hacerlo nuestro.

Yo, por mi parte, no he querido sino dar muestra de mi gratitud al escritor que llenó mi años de juventud de la mejor literatura que podía encontrar, que me dio claves para entender el mundo, que me vacunó contra la excesiva erudición – el que era erudito como el que más – a través de una dosis de mundanidad que es necesaria para no perder el equilibrio y que me demostró que es posible ser fiel a la vocación pese a todo.

Pero siento ya que don Alfonso se me acerca y me dice al oído aquello que escribió en La experiencia literaria: “Acércate a los que te llaman, pero retírate a tiempo y da las gracias, porque es preferible cerrar la boca antes de que tus oyentes comiencen a abrirla, a bostezar y a contar las páginas de tu discurso.”

Muchas gracias.

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