ConFabularios, el Club de Lectura: Durante junio, Aura de Carlos Fuentes

Durante junio, ConFabularios se reune para leer, platicar y compartir Aura, de Carlos Fuentes. Dos sesiones via Zoom en el mes, los viernes 11 y 25 a las 19:00. Al suscribirse reciba la guía de lectura y en cada sesión el vídeo de la misma. Acompáñenos a socializar la lectura, a recuperar estos instantes de nuestra identidad y nuestra cultura y a experimentar el enorme placer de leer y compartir la lectura.

Aura en ConFabularios

Curso Taller Derecho y literatura, dos narrativas encontradas. Abril 28 a Junio 30, 2021.

Acompáñenos a explorar las raíces de la narrativa en el mundo del derecho; lo que se ha escrito sobre el drama humano enfrentado a la ley, la influencia del literatura en la formación de las normas; los grandes juicios a través de la mirada de los escritores y la narrativa desde la óptica de los tribunales.

  • 10 sesiones vía zoom, miércoles 22:00 a 23:00 horas de la Ciudad de México.
  • Cada semana material exclusivo y video de la sesión.
  • Taller creativo y publicación de trabajos realizados.
  • Atención personal permanente.
  • Pago único: $1,200.00
  • Opciones de descuento a académicos y estudiantes UNAM, UIA y ULSA

Informes e inscripciones:

  • Mediante mensaje en este blog.
  • Al WhatsApp: 5530488751
  • Al correo: cesarbc70@yahoo.con

Curso-Taller: El arte de viajar a través de la lectura. Abril 8 – Junio 10. Jueves: 22:00 – 23:00 hrs

Acompáñenos en un viaje literario visitando: Buenos Aires, Ciudad de México, La Habana, Nueva York, Madrid, Londres, París, Moscú y Tokio. Cada una en distintas épocas y estilos; con su encanto, historia y alrededores. Una ciudad una sesión.

Abril 8 a junio 10, 2021

Diez sesiones vía Zoom. Todos los jueves de 22:00 a 23:00 (Tiempo de la Ciudad de México)

Cada semana recibe material exclusivo y la grabación de la sesión para no perder ningún momento del diálogo.

Publicación en el Blog Cisterna de Sol del material trabajado.

Guías para conformar una visión de viajero, los grandes libros escritos sobre las ciudades visitadas, sus autores y sus mejores momentos históricos.

Repertorios bibliográficos para crear un ambiente evocador y una experiencia abierta al gusto y el placer de la lectura.

Costo: $1,200.00 mn

Inscripciones: Deja un mensaje en este Blog, en el WhatsApp del blog: 5530488751 o en el correo cesarbc70@yahoo.com

En el Estudio de Eduardo Ruiz Healy, una charla con César Benedicto Callejas

Acompáñenos a la charla con Eduardo Ruiz Healy: literatura, sociedad, reflexión amable en este horario:

_*Grupo Formula_*

Sábado 28 de noviembre / 20

Transmisión y Cobertura Programa

_*”En el Estudio de Eduardo ”_*

Con César Callejas

Abogado y Escritor

_*20:00 a 21:00 hrs_*

_*Radio_*

970 AM y

la Cadena Nacional

103.3 FM

_*20:30 a 21:30 hrs_*

_*Telefórmula_*

Canal 354 de Dish,

157 de Sky

121 de IZZI,

85 de Cablecom ,

161 por TotalPlay y

153 de Megacable

En los Estados Unidos

Comcast- por Xfinity Latino

Spectrum – por Latino View.

Las citas de los viernes: Rayuela de Julio Cortázar

Démonos cita los viernes para citar. Descansando la pluma y la lectura, estas perlas rescatadas de la experiencia lectora. Hoy, ofrecemos, hasta donde vamos, recolecciones de Rayuela que me he puesto a releer, en una tercera ocasión que me devuelve fresco un libro eterno. Que ustedes lo disfruten.

De Rayuela, Edición conmemorativa de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española. España. 2019.

El argentino que se hizo querer de todos. Gabriel García Márquez.

En alguna parte de La vuelta al día en ochenta mundos un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse…

El argentino que se hizo querer de todos. Gabriel García Márquez.

Yo había leído Bestiario, su primer libro de cuentos, en un hotel de lance de Barranquilla donde dormía por un peso con cincuenta centavos, entre peloteros mal pagados y putas felices, y desde la primera página me di cuenta de que aquel era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande…

El argentino que se hizo querer de todos. Gabriel García Márquez.

Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del Boulevard Saint-Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón…

La trompeta de Deyá. Mario Vargas Llosa

Pensé en un verso de Vallejo – «español de puro bestia» -…

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

Se vivía en una atmósfera radical, en el mejor sentido de la palabra, un radicalismo implacable que compartían viejos como Bertrand Russell. Los principios eran entonces letra viva y no como hoy, reliquias a exhumar. La palabra causa tenía un aura sagrada.

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

Las utopías reglamentadas se vuelven siempre pesadillas. Un viaje, a veces rápido, desde los sueños a los malos sueños, y de allí a los pésimos sueños.

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

Cuando Rayuela fue publicada en Buenos Aires en 1963, Julio Cortázar tenía entonces cincuenta años, con lo que podemos decir que la novela más experimental, novedosa y provocadora que se escribió en los tiempos del boom fue la obra de alguien que a los ojos adolescentes de mi generación era ya mayor. La novela juvenil de un señor que aparentaba ser joven. O no dejaba de ser joven.

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

Los guerrilleros en sus escondites leían Rayuela y leían La ciudad y los perros, el boom extendía su onda expansiva hasta las catacumbas e inflamaba a su modo las hogueras; un primo mío comandante guerrillero se puso por seudónimo «Aureliano», por Aureliano Buendía, y otro que era campesino vino a llamarse directamente Macondo porque lo copió del nombre de una cantina, así trabaja la patafísica. A nadie hubiera extrañado ver a un Ixca Cienfuegos con el fusil en la mano porque todos andábamos en busca de la región más transparente del aire.

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

¿Por qué un guerrillero habría de leer Rayuela? Porque Ravuela, insisto, fue un libro para jóvenes, un libro de iniciación. Para construir, ya se sabe, es necesario primero destruir, ir a fondo en el cuestionamiento, insistir en las preguntas. Incesantes preguntas. La conducta, hoy tan extraña, de un escritor con creencias, y capaz de defenderlas, aun a riesgo de parecer ingenuo frente a la majestad no siempre benévola de los sistemas políticos, o frente a quienes prefieren atrincherarse en la neutralidad, a cubierta de todo riesgo.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 1

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la Rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 1

Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, razón de los matadores de brújulas.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 2

La Maga había aparecido una tarde en la Rue du Cherche-Midi, cuando subía a mi pieza de la Rue de la Tombe Issoire traía siempre una flor, una tarjeta Klee o Miró, y si no tenía dinero elegía una hoja de plátano en el parque.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 2

No estábamos enamorados, hacíamos el amor con un virtuosismo desapegado y crítico, pero después caíamos en silencios terribles y la espuma de los vasos de cerveza se iba poniendo como estopa, se entibiaba y contraía mientras nos mirábamos y sentíamos que eso era el tiempo.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 2

Demasiado tarde, siempre, porque aunque hiciéramos tantas veces el amor la felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este placer, un aire como de unicornio o isla, una caída interminable en la inmovilidad.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 4

-Imposible explicarte-decía Etienne-. Esto es el Meccano número siete y vos apenas estás en el dos. La Maga se quedaba triste, juntaba una hojita al borde de la vereda y hablaba con ella un rato, se la paseaba por la palma de la mano, la acostaba de espaldas o boca abajo, la peinaba, terminaba por quitarle la pulpa y dejar al descubierto las nervaduras, un delicado fantasma verde se iba dibujando contra su piel. Etienne se la arrebataba con un movimiento brusco y la ponía contra la luz. Por cosas así la admiraban, un poco avergonzados de haber sido tan brutos con ella, y la Maga aprovechaba para pedir otro medio litro y si era posible algunas papas fritas.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 71

De una manera u otra todos la buscan, todos quieren abrir la puerta para ir a jugar. Y no por el Edén, no tanto por el Edén en sí, sino solamente por dejar a espalda los aviones a chorro, la cara de Nikita o de Dwight de Charles o de Francisco, el despertar a campanilla, el ajustarse a termómetro y ventosa, la jubilación a patadas en el culo (cuarenta años de fruncir el traste para que duela menos, pero lo mismo duele, lo mismo duele, lo mismo la punta del zapato entra cada vez un poco más, a cada patada desfonda un momentito más el pobre culo del cajero o del subteniente o del profesor de literatura o de la enfermera), y decíamos que el homo sapiens no busca la puerta para entrar en el reino milenario (aunque no estaría nada mal, nada mal realmente) sino solamente para poder cerrarla a su espalda y menear el culo como un perro contento sabiendo que el zapato de la puta vida se quedó atrás, reventándose contra la puerta cerrada, y que se puede ir aflojando con un suspiro el pobre botón del culo, enderezarse empezar a caminar entre las florcitas del jardín y sentarse a mirar una nube nada más cinco mil años, o veinte mil, si es posible y si nadie se enoja y si hay una chance quedarse en el jardín mirando las florcitas.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 71

Y no que el mundo haya de convertirse en una pesadilla orwelliana o huxleyana; será mucho peor, será un mundo delicioso, a la medida de sus habitantes, sin ningún mosquito, sin ningún analfabeto, con gallinas de enorme tamaño y probablemente dieciocho patas, exquisitas todas ellas, con cuartos de baño telecomandados, agua de distintos colores según el día de la semana, una delicada atención del servicio nacional de higiene, con televisión en cada cuarto, por ejemplo grandes paisajes tropicales para los habitantes de Reikiavik, vistas de siglos para los de La Habana, compensaciones sutiles que conformarán todas las rebeldías…

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 7

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar…

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 7

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos…Ponerme en forma con Alisa ha sido una experiencia genial. Siempre me quedaba con la sensación de haber tenido un entrenamiento completo. Le agradezco mucho su ayuda y sus consejos. Sin duda, recomendaría este lugar. ¡Gracias, Alisa!

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 68

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia…

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 13

Por mas que le gustara el jazz Oliveira nunca entraría en el juego como Ronald, para él sería bueno o malo, hot o cool, blanco o negro, antiguo o moderno, Chicago o New Orleans, nunca el jazz, nunca eso que ahora eran Satchmo, Ronald y Babs, Baby don’t you play me cheap because I look so meek, y después la llamarada de la trompeta, el falo amarillo rompiendo el aire y gozando con avances y retrocesos y hacia el final tres notas ascendentes, hipnóticamente de oro puro, una perfecta pausa donde todo el swing del mundo palpitaba en un instante intolerable, y entonces la eyaculación de un sobreagudo resbalando y cayendo como un cohete en la noche sexual, la mano de Ronald acariciando el cuello de Babs y la crepitación de la púa mientras el disco seguía girando y el silencio que había en toda música verdadera se desarrimaba lentamente de las paredes, salía de debajo del diván, se despegaba como labios o capullos.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 13

Por mas que le gustara el jazz Oliveira nunca entraría en el juego como Ronald, para él sería bueno o malo, hot o cool, blanco o negro, antiguo o moderno, Chicago o New Orleans, nunca el jazz, nunca eso que ahora eran Satchmo, Ronald y Babs, Baby don’t you play me cheap because I look so meek, y después la llamarada de la trompeta, el falo amarillo rompiendo el aire y gozando con avances y retrocesos y hacia el final tres notas ascendentes, hipnóticamente de oro puro, una perfecta pausa donde todo el swing del mundo palpitaba en un instante intolerable, y entonces la eyaculación de un sobreagudo resbalando y cayendo como un cohete en la noche sexual, la mano de Ronald acariciando el cuello de Babs y la crepitación de la púa mientras el disco seguía girando y el silencio que había en toda música verdadera se desarrimaba lentamente de las paredes, salía de debajo del diván, se despegaba como labios o capullos.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 117

Un niño de diez y otro de once años que habían matado a sus compañeros fueron condenados a muerte, y el de diez ahorcado. ¿Por qué? Porque sabía la diferencia que hay entre lo que está bien y lo que está mal. Lo había aprendido en la escuela dominical.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 15

En Montevideo no había tiempo, entonces-dijo la Maga-. Vivíamos muy cerca del río, en una casa grandísima con un patio. Yo tenía siempre trece años, me acuerdo tan bien. Un cielo azul, trece años, la maestra de quinto grado era bizca. Un día me enamoré de un chico rubio que vendía diarios en la plaza. Tenía una manera de decir «dário» que me hacía sentir como un hueco aquí… Usaba pantalones largos pero no tenía más de doce años.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 17

Con muchachas que prefieren bailar mientras escuchan Star Dust o When your man is going to put you down, huelen despacito y dulcemente a perfume y a piel y a calor, se dejan besar cuando es tarde y alguien ha puesto The blues with a feeling y casi no se baila, solamente se está de pie, balanceándose, y todo es turbio y sucio y canalla y cada hombre quisiera arrancar esos corpiños tibios mientras las manos acarician una espalda y las muchachas tienen la boca entreabierta y se van dando al miedo delicioso y a la noche, entonces sube una trompeta poseyéndolas por todos los hombres, tomándolas con una sola frase caliente las deja caer como una planta cortada entre los brazos de los compañeros, y hay una inmóvil carrera, un salto al aire de la noche, sobre la ciudad, hasta que un piano minucioso las devuelve a sí mismas, exhaustas y reconciliadas y todavía vírgenes hasta el sábado siguiente…

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 17

Que un hombre es más que un hombre y siempre menos que un hombre, másque un hombre porque encierra eso que el jazz alude y solaya y hasta anticipa, y menos que un hombre porque de esa libertad ha hecho un juego estético o moral, un tablero de ajedrez donde se reserva ser el alfil o el caballo, una definición de libertad que se enseña en las escuelas, precisamente en las escuelas donde jamás se ha enseñado y jamás se enseñará a los niños el primer compás de un ragtime y la primera frase de un blues, etcétera, etcétera.

El libro nuestro de cada martes: Un día en la vida de un editor de Jorge Herralde

De verdad que me gustaría conocer a Jorge Herralde, digo, si alguien habla así de su oficio, vale la pena. Tengo ante mí un libro de esos que antes les llamábamos misceláneos y que ahora son menos frecuentes; aquellos que son el cajón del sastre y este es de uno ejemplar; se trata del homenaje a Herralde y a Anagrama. Trae un poco de todo, historia de la casa, entrevistas, anécdotas, en fin una declaración de amor por el arte editorial y también por la vida y la lectura.

Trasciende el paso de los días heroicos de Anagrama a finales de la dictadura de Franco, lo trasciende porque hoy no hay un lector de verdad en lengua española que no tenga ejemplares de la editorial en su casa y para algunos, esa editorial nos ha deparado momentos memorables. Pienso ahora que lo que Porrúa fue en mi adolesciencia – Bendita una y mil veces la singular “Sepan cuantos…” – lo es ahora para mi Anagrama ha sido fuente de encuentros que me han marcado y siempre que entro a una librería voy directo a su anaquel a ver que me tienen preparado.

Porque resulta que, en ocasiones hay una especie de ley del espejo, lo que es importante para nosotros puede serlo también para el editor, después de todo, el autor, el editor y el lector son colaboradores en la gran aventura de leer; pero resulta que por ejemplo, si Highsmith y Kennedy Toole son algunas de mis insignias lectoras, son también insignias de esa editorial.

Y claro que, sin ambagues ni medias tintas, claro que sueño con que algún día pueda figurar en la lista de autores de Anagrama. Dicho así porque me gustan sus libros, porque algunas de mis principales lecturas y de mis lecturas adultas han pasado por ahí… pienso, así nomás, en el libro más importante en mi vida de lector: Bella del Señor de Albert Cohen, pero también es la casa editora que me reveló a algunos de mis autores ahora preferidos, como Joseph Rothy su Leyenda del Santo Bebedor.

Pero no es Herralde sólo el editor, es el lector fiero y el viajero infatigable, el amigo de los escritores y el competidor inteligente de los editores; el visitante de México y, sobre todo, el creador de libros.

No se puede perder este libro de Herralde, porque más que sus memorias encontrará el lector, trazas de las suyas propias.

Jorge Herralde habla sobre el libro

https://m.youtube.com/watch?v=6L8ftgUUScA

Algo s sobre el libro

https://www.efe.com/efe/espana/cultura/jorge-herralde-el-ultimo-mohicano-hace-balance-de-50-anos-editor/10005-3935551

80 aniversario de la Capilla Alfonsina. Palabras de César Benedicto Callejas en la ceremonia conmemorativa

Gracias a la generosidad del Instituto Nacional de Bellas Artes y del Dr. Javier Garciadiego, director de la Capilla Alfonsina, la ceremonia fue de una entrañable belleza, a nuestros amigos y lectores que no pudieron asistir o deseen conservarlas, mis palabras en esa ocasión

El taller literario de la Capilla Alfonsina Crónica de un espacio entrañable

En el año 1987 la Colonia Condesa de la Ciudad de México aún estaba superando sus heridas del terremoto que dos años antes había causado estragos y que a la postre, iba a modificar su identidad para siempre; yo había comenzado mis estudios de preparatoria en la Universidad La Salle, a unos pasos de la Capilla Alfonsina; en aquellos días iban a reunirse una serie de hechos y circunstancias que terminarían, ahora lo sé, por formar mi identidad. Para aquella época ya era yo un lector casi enfermizo; los días de -Verne y Salgari habían terminado y su sitio lo ocupaban Jaime Sabines, Mario Benedetti, Ernesto Cardenal y Federico García Lorca que paliaban y alentaban mis pasiones de aquellos días; con ellos el otro Olimpo, el de la narrativa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Debo reconocer que los prejuicios ideológicos que entonces exhibía como méritos ganados en la construcción de mi personalidad, me habían hecho privarme de la Capote y de Faulkner.

Había entonces, cuando murió Jorge Luis Borges, en 1986, una explosión de su literatura a la que yo me sumé con pasión, sus páginas me llenaban las horas, sus libros engordaban mi famélica estantería; con las páginas transcurridas caí en cuenta de un nombre que aparecía, no con frecuencia aunque sí con toda admiración; Borges, que reservaba sus elogios para Beowulf, para Shelley y para Shakespeare, se refería a Alfonso Reyes ponderándolo mejor que a Ortega y Gasset, lamentaba que no le hubieran dado el Nobel porque eso habría honrado al premio; ¿quién era aquel hombre? Cuando leí:

El vago azar o las precisas leyes,

Que rigen este sueño, el universo,

Me permitieron compartir un terso

Trecho del curso con Alfonso Reyes.

Supo bien aquel arte que ninguno

Supo del todo, ni Simbad ni Ulises,

Que es pasar de un país a otros países

Y estar íntegramente en cada uno.

Supe que era preciso leer a Reyes. En los años aquellos se volvió para mí una especie de íntimo santo y seña, establecí una relación con el autor, con el personaje, de la que no es momento de hablar ahora. Cuando conocí a Alicia Reyes mi vocación de escritor aún era temerosa, y mi pasión reyesiana apenas comenzaba; por pura aventura escolar fue entonces que por primera vez vi mi nombre revolotear impreso circulando más allá de mi voluntad, la primera vez que vi a un desconocido leyendo una página de mi pluma – aunque no le dije nada – y supe que tenía que ser escritor, que no importaba lo que tuviera que hacer pero tendría que escribir y publicar. Entonces aparecieron los anuncios azules sobre fondo blanco, indicaban la ubicación de la Capilla Alfonsina y para mí, que me había fugado de una clase aburridísima, no podía significar otra cosa que una revelación.

Alfonso Reyes solía identificar a la Capilla cono un barco en el que el mezzanine, donde está su escritorio, era el puente, ahí mismo está la cama en la que en la madrigada del 27 de diciembre de 1959 don Alfonso partiría para siempre; el buque se había quedado sin capitán pero no sin tripulación. El diario de don Alfonso se prolongaría todavía unos días escrito por su hijo, doña Manuela todavía daría muestras de su inefable lealtad terminando las ediciones pendientes, dando cuerpo a los inéditos y procurando la integridad del acervo; pero la Capilla seguía siendo la residencia familiar y la conservación se tormaba complicada, más aún cuando la obra de don Alfonso de por sí inmensa daba muestras de no agotarse y la creación de los nuevos estudios de la obra de Reyes y la presencia de sus autores se tornaba cada día más demandante; en 1965 fallece doña Manuela y Alfonso hijo continúa sus gestiones hasta que Luis Echeverría, mediante decreto del 13 de junio de 1972, transfirió al patrimonio nacional la Capilla con el archivo de don Alfonso, sus efectos personales y sus colecciones de libros y arte; Alicia Reyes asumió desde ese momento la dirección del nuevo Centro de Estudios Literarios; desde el primer instante se asumió que la formación de nuevos escritores sería una de las misiones que la Capilla debía cumplir.

La idea de comenzar un taller literario en la Capilla pudo tener su origen. En el auge que los talleres tenían entonces, desde el punto de vista de Alfonso Reyes, la función del aprendizaje como escritor partía del propio ejercicio de la escritura pero también del encuentro con la comunidad de los escritores.

De entre todos los jóvenes y autores noveles que se le aproximaban, Reyes tenía su selección peculiar y buscaba para ellos la publicación aquellos trabajos que le parecían listos para darse a la estampa; así, por ejemplo, Reyes apoyó a la Revista Mexicana de Literatura, aquella de Emmanuel Carballo y Carlos Fuentes; esta mística de la amistad permeaba el quehacer de Reyes y era su forma de relacionarse con las generaciones distintas de la suya; Huberto Batis no olvida la primera vez que don Alfonso le recibió en la Capilla, le pagó la tarifa del taxi y después de un diálogo jesuítico le puso en contacto con Antonio Alatorre; a la muerte de Reyes, la continuación de su diario muestra como esa conjura de buenas voluntades siguió operando; Francisco Monterde se hizo cargo de las pruebas de A campo traviesa, Emmanuel Carballo de los artículos de y sobre Reyes en México en la Cultura, también de la formación de la Historia documental de mis libros para el tomo XVIII de las obras completas; así, aquellos discípulos, jóvenes seguidores de Reyes, formaron una pequeña legión, pero no una escuela, no un cenáculo.

En vida de Alfonso Reyes la Capilla fue su hogar y su centro de operaciones, de ahí irradiaba su organización informal de ayudas literarias, ahí se alimentaban, a veces no sólo metafóricamente, los talentos que don Alfonso había decidido acoger; en el largo interregno que inició con su muerte y terminó con la fundación del Centro de Estudios Literarios, los esfuerzos se iban en conservación de la casa como en la revisión de ediciones pendientes y en la preparación para la divulgación de los inéditos que todavía iban apareciendo y la edición de ese monumento al que llamamos Obras Completas y como el propio don Alfonso no había dejado ningún modelo didáctico o algún grupo que practicara algo parecido, las redes de los reyesianos fueron moviéndose de la mejor manera en que podían para lograr el efecto que el ausente hubiera deseado; un nuevo modelo aparecía mientras tanto en el horizonte, para el momento en que se funda el Centro, el movimiento de los talleres literarios conocía un auge importante.

En 1951, Juan José Arreola reunió en la casa ubicada en la Calle del Río de la Plata, número 8, el que sería el primer taller literario en México; su receta, como lo recuerda Teresa Jiménez en su reseña sobre los talleres literarios en México, sigue siendo vigente, se requerían:

Una persona capaz de dirigir el taller y un grupo de jóvenes que sean capaces de modestia, humildad y que no tengan mala fe en contra de los demás; que examinen los textos con honradez y que estén dispuestos a exponerse a la crítica… pero esto no siempre se encuentra.

Al taller de Arreola se acercaron José Agustín, Jorge Arturo Ojeda y René Avilés Fabila, entre otros; su progenie fue generosa y fijó el canon de trabajo de los nuevos talleres que habrían de sucederle, otra de las características impuestas por el modelo de Arreola respondía a dar salida a los trabajos destacados que se producían en el taller, en mayo de 1964, publicó por primera vez la revista “Mester”, a la que Huberto Batis añadiría el mote de “de Arreolería”.

Así cuando se establece la Capilla como Centro de Estudios Literarios bajo la dirección de Alicia Reyes, el movimiento de los talleres literarios está en auge; en 1967, Julieta Campos, Juan Bañuelos y Salvador Elizondo organizaron los talleres literarios de la UNAM; en 1974, San Luis Potosí dispuso, con el patrocinio del INBA, del primer taller fuera de la Ciudad de México. En 1978 el Primer Encuentro Nacional de Talleres Literarios de la Casa del Lago, dio cuenta de la existencia de más o menos doscientos talleres literarios de todo tipo diseminados por todo el país. En su nueva etapa, la Capilla debía contar con su propio taller literario.

El taller de Alicia Reyes fue, durante décadas, una institución; sin embargo, éste no fue el primero de los talleres creados para la Capilla. Entre 1973 y 1974 se fueron organizando una serie de talleres literarios que el INBA estableció para el recién Creado Centro de Estudios; se trataba de talleres restringidos a los que se ingresaba por concurso y que disponía de una beca anual para los beneficiarios; el ejercicio, según parece se llevó a cabo por dos ocasiones; Marco Antonio Campos, recuerda que la creación de los talleres se debe a Óscar Oliva, entonces director de Literatura en Bellas Artes; al frente del taller de poseía estaba Hernán Lavín Cerda, del de ensayo Jaime Labastida y del de narrativa, Tito Monterroso; aquellos talleres hicieron generación pese a su brevedad. Campos recuerda entre sus compañeros talleristas a Guillermo Samperio, Bernardo Ruiz y Luis Chumacero. Aquel primer diseño era más bien un programa para atletas de alto rendimiento, sus coordinadores eran escritores de renombre y los participantes atravesaron por un riguroso proceso de selección; Juan Villoro fue también alumno de aquellos legendarios talleres y en varias ocasiones se ha referido a las enseñanzas de Monterroso; de aquellos talleres hay que recordar también la presencia de Carlos Chimal. Monterroso tuvo que dejar el taller en manos de Miguel Donoso Pareja que luego tuvo que partir para San Luis Potosí para abrir el primer taller literario en el interior de la República; así, hacia 1975, inicia la era del taller literario de Alicia Reyes.

Alicia, la Dra. Reyes o Tikis, de acuerdo con lo que autorizara la cercanía del afecto, pensó su taller como una extensión de la actividad difusora de la Capilla del mismo modo en que don Alfonso se había dado al patronazgo de San Pascual Bailón, los participantes del taller recibían esta peculiar forma de formación literaria con los ejemplos y lecturas de la obra de Alfonso Reyes, de este modo se lograban tanto el efecto didáctico como la difusión de la obra de don Alfonso; de aquellos primeros participantes, por ejemplo Héctor Perea destacaría como conocedor y divulgador de la obra, demostró su adhesión a la imagen de Reyes y su conocimiento del hombre y la obra con la magnífica museografía que ahora caracteriza a la Capilla y Pura López Colomé con una obra literaria de largo aliento.

Pero para acercarnos al final hay que regresar a los anuncios azules; los recuerdo con claridad, tenían el mismo tono con que están pintados los pasamanos tubulares de la Capilla, daban la indicación para llegar al inmueble, aquellos letreros sobrevivieron al terremoto de 1985 y con el tiempo fueron retirados; los había observado varias veces, sabía ya que la Capilla era la casa de Alfonso Reyes, había comenzado a leer su obra, pero no sabía más que eso, hoy, a poco más de treinta años de distancia, lo único que no puedo recordar de mi primera visita a la Capilla es el día de la semana en que ocurrió; sólo puedo conjeturar que no pudo ser el martes, porque fue en la mañana y ese día es en el que se reúne el taller.

En aquellos días los estudiantes de la preparatoria de la Universidad La Salle podíamos salir con entera libertad de la escuela; administrando mis asistencias podía invertir mi tiempo entre las clases que menos me interesaban, los paseos a la biblioteca, las lecturas de café y, luego, las visitas a la Capilla Alfonsina; fue poco antes del verano de 1988, la primera vez que me atreví a entrar en la Capilla; aún hoy, después de tantos años, no puedo olvidar el golpe que para mi conciencia y para mis sentidos, representó aquella visita, la sensación de paz, de agrado, de pertenencia que experimenté; era como si la vida hubiera reservado para mi un espacio de maravilla; aquella vez no estaba Alicia, lo sé no porque preguntara por ella, sino porque recorrí toda la Capilla y no la vi por ninguna parte; la siguiente y otras más la saludé con un tímido “buenos días”, lanzado hasta el escritorio en que ella estaba, ese escritorio que aún está ahí, que luego supe había utilizado don Alfonso y que hoy corresponde, con toda dignidad a Javier Garciadiego; no fue sino hasta la tercera o cuarta visita, cuando estaba leyendo, y puedo recordar con precisión el libro porque luego anoté en mi ejemplar de Queremos tanto a Glenda, una frase que decía “Hoy conocí a Alicia Reyes, nieta de Alfonso Reyes”. Amable, afectuosa, me dijo que ya eran varias las veces que me veía en la Capilla, desde luego entré en pánico, a esa edad me causó angustia que me preguntara que hacía por ahí y al no tener una respuesta válida me pidieran que no incordiara sin causa; pero la pregunta nunca llegó; lo que hizo fue preguntarme si había leído a Alfonso Reyes, como si me hubieran cuestionado el catecismo, le recité los títulos que había leído y hasta tuve el atrevimiento de decir cuanto me había gustado la Visión de Anáhuac y el Sol de Monterrey; ahora, al escribir estas notas pienso en que no podía haber elegido nada más común ni más básico en la obra de Reyes pero que, tal vez, fuera esa simple sinceridad lo que me franqueó las puertas de uno de los lugares que resultarían más importantes en mi vida. Me ofreció una visita guiada a la Capilla y al final, casi para despedirme, me aventuré a decirle que escribía poesía, me pidió que seleccionara dos de mis mejores trabajos y que si quería me presentara, con seis copias de cada uno, a su taller de creación literaria. Ese momento fue uno de los que nos cambian la vida.

Alicia Reyes resultó ser la mejor maestra que se pudiera desear, dulce y comprensiva, atenta y solidaria pero implacable en sus juicios literarios, seleccionaba a sus alumnos tratando de ver en ellos al escritor que aspiraban a ser; los forzaba a encontrar su voz y cuando lo juzgaba pertinente los ayudaba a encontrar espacios para que vieran su trabajo publicado; su didáctica no se basaba en su propia obra sino en la de Alfonso Reyes; obligaba a trabajar los textos una y mil veces, yo veía desmoronarse mis poemas hasta quedar en los cinco o diez versos en los que ella había descubierto el poema oculto en la hojarasca; poco después, invité a participar en el taller a Pablo Raphael, muchos años más tarde hizo de la Capilla escenario de una parte de su novela Clipperton y a David Grinberg, ambos amigos y compañeros de vida, conocí en el ejercicio del taller a Pável Granados y a Alejandro Malo.

Así llegó el día en el que Alicia me ordenó que me quedara unos minutos después del taller y me pidió que eligiera dos poemas para publicar, uno para Periódico de Poesía y otro para Papel de Literatura que entonces publicaba la Coordinación de Literatura de Bellas Artes, los poemas se publicaron y es algo que aún no termino de agradecerle.

Nunca pude separarme de la Capilla, ha estado en el centro de mi vida desde aquellos días en que, como decía don Alfonso, “nos salvamos o nos condenamos y de los que llevamos siempre lágrimas en los ojos”, por eso nunca he dejado de ser un orgulloso discípulo de Alicia Reyes, ni ella jamás dejó de presentarme como su alumno.

Un día tuve que dar el paso que muchos no se permiten: abandonar el taller, que es tanto como cortarse el cordón umbilical, pero aún así era parte del taller, parte de la Capilla; nuevas voces se formaron desde entonces, entre ellos Arturo Sodoma,. Isaías Espinoza, María Elena Maldonado y Gabriela Puente entre muchos otros.

De nuevo, un verano, el de 1996, Alicia me llamó por teléfono y me ordenó que me presentara en la Capilla a la mañana siguiente, tenía algo para mí; en efecto, era una tarjeta de visita con una recomendación de mi trabajo para que se la llevara a Emmanuel Carballo; a Emmanuel lo había visto alguna vez en al Capilla, pero para mi era una leyenda; las indicaciones de Alicia eran precisas, llamar a Carballo y pedirle una cita, ella ya lo había puesto en antecedentes; al amanecer cumplí la instrucción y cuando oí la voz de Emmanuel al teléfono me di cuenta de lo que estaba sucediendo; me dio cita al día siguiente a las seis de la tarde, me acompañó mi esposa y lo que yo pensé sería una visita de diez minutos, se convirtió en una de las tardes más memorables y alucinantes de mi vida y que terminó con una cena en la cocina, la revisión de mis poemas que le llevaba – lleva lo mejor que tengas me había ordenado Alicia – y la selección de dos; se levantó de la mesa y nos pidió que lo disculpara, volvió unos minutos después con una de sus tarjetas de visita y me preguntó como firmaba mis trabajos; le dije mi nombre completo, “demasiado largo” acotó, “de eso no se acuerda nadie”; escribió en la tarjeta mi me la entregó; decía: “Te presento a César Benedicto Callejas, le he dicho que si quiere entrar al mundo de las letras tiene que conocer a Huberto Batis”. Me indicó que se la llevara con los dos poemas que había elegido. De nuevo repetí el ritual, sólo que Batis no me contestó la llamada, lo hizo su secretaria en unomásuno; me dio cita para la semana siguiente; Batis me recibió puntual y me preguntó poro Alicia y por Carballo; luego de las breves palabras de cortesía me preguntó qué le llevaba, le entregué la nota de Emmanuel y mis dos poemas. Los leyó y me dijo: “Salen el sábado”. Le agradecí y me pidió que nos hiciéramos una foto juntos; con su sonrisa inolvidable comentó que le gustaban hacerse fotografías con los nuevos escritores y entonces, por primera vez en mi vida, sentí que era un escritor de verdad. De eso se trataba en realidad el taller de Alicia Reyes en su deslumbrante reino de la Capilla Alfonsina.

Del Paso, memoria que denuncia

En Hablando de, a unos días de su partida, Cisterna de Sol ofrece una reflexión sobre Fernando del Paso

En la semana hizo mucho frío como aviso de un invierno que se anuncia riguroso; el tictac del reloj de nuestro tiempo político y social se aceleró de nuevo, hay debate y no siempre de la mejor manera, el compás de la espera y de la expectativa hicieron resonar en nuestros oídos una palabra que no resulta agradable para nadie, salvo para quienes parecen promoverla: “polarización”. En ese ambiente fue que recibimos la noticia, casi en tiempo real, de que Fernando del Paso había muerto.

En la literatura nacional hay frases que no se olvidan, párrafos que no me atrevería a llamar memorables, que es apreciarlos en poco, sino fundacionales; por ejemplo, el arranque de la novela monumental “Noticias del Imperio”. La leí en 1994 y todavía, de pronto, me viene a la memoria la voz enloquecida de la Emperatriz Carlota, recitando sus títulos reales e imaginarios, ese larguísimo, enorme párrafo, donde da cuenta del mundo y de la historia que la llevó a terminar sus días bebiendo agua en las fuentes de Roma. Aquel libro, alegato por la República y sus virtudes, es también un memorial de sus avatares y penas, es una de las piedras sobre las que hemos construido la memoria de nuestra identidad; hay mucho de Juárez y la restauración en la manera en que nos asumimos dentro de la vida política y de cómo nos presentamos frente al mundo. Del Paso había atinado a denunciar las tentaciones de ese pequeño vicio, que no siempre es venal, al que llamamos “malinchismo”, nuestra frívola pasión por los oropeles y también, esa constante histórica que defiende la raíz, nuestra vocación por la libertad, nuestra capacidad de sufrimiento y también de rebeldía.

Del Paso aparecía con un doble rostro, sus grandes novelas “José Trigo”, “Palinuro de México” y “Noticias del Imperio”, no son fáciles ni ligeras, son auténticas batallas entre el escritor y la palabra y también entre el lector y el libro. Pero había también el otro Del Paso, el de los colores en la vestimenta, el de las bromas certeras y simpáticas, el de los libros de cocina y el omnipresente escritor que pasaba haciendo la cultura y recordándonos quiénes somos y cuál es nuestra vocación.

“José Trigo” es un libro que debe intentar leerse, su prosa dura de pelar esconde una reflexión sobre las condiciones que eran urgentes en 1950 y que lo siguen siendo para nuestra vergüenza; los campamentos de los ferrocarrileros son la metáfora de una sociedad que no alcanza a desarrollarse que tiene huecos y cuentas pendientes y cómo no, si en medio del debate sobre el nuevo aeropuerto, si queríamos uno de primer mundo o nos apañamos la realidad con lo que tenemos, los habitantes de la Ciudad de México estábamos batallando para llevar agua en baldes a nuestras casas. En eso me pone a pensar siempre Del Paso, en la revisión de nuestras prioridades, en el esfuerzo constante por mantener la identidad y elegir el destino que me parece, pasa por lograr una mayor igualdad en un marco de legalidad y de justicia y esa, creo, es la única raíz verdadera de la paz.

Del Paso hacía literatura de verdad, quiero decir, auténticamente literaria, de palabras y no de efectos visuales para competir con la televisión o el cine; cervantista hasta el último momento, comenzó su discurso de recepción del premio Cervantes con la descripción del día en que le fue anunciada la distinción, “la del alba sería…” inicia, como en el Quijote y esos guiños de palabras que denunciaban una cultura enorme, eran su forma de cercanía; aquel discurso no fue bien recibido, denunciaba la situación de violencia, deterioro y violación a los derechos humanos que padecemos en México; los puristas pusieron el grito en el cielo alegando que debía restringirse al punto literario pues por eso lo habían premiado, que no era el lugar ni el momento; pero, es que ¿cuándo es entonces el lugar y el momento?, en ese discurso, también, hizo profesión de su pasión por la lengua española, nuestra conexión con un mundo más grande, más allá de nuestros horizontes, una ruta, un universo, nunca una frontera.

Cuando se presentó “José Trigo”, en 1962, Carlos Fuentes ofreció “La muerte de Artemio Cruz” y un año después José Emilio Pacheco su primer poemario “Los elementos de la noche” y su primer libro de cuentos “El viento distante”. Todos ellos se han marchado y no es que vivamos en una suerte de orfandad cultural respecto de esa generación que termina de retirarse, pero me temo que no sé si hemos aprendido a debatir con su estatura, con las razones y con el peso del conocimiento y la sensibilidad o vamos a tratarnos a cacerolazos y memes; si no hemos aprendido de esas novelas y esos libros que nuestra necesidad pasa por reconstruir nuestro tejido social desde abajo, desde muy abajo, para aspirar a tener más en mejores condiciones para todos.

Adiós y gracias, Fernando del Paso. Yo me quedo con esta cita de “Palinuro”, “un día la besé en francés. Ella se limitó a bostezar en sueco. Yo la odié un poco en inglés y le hice un ademán obsceno en italiano. Ella fue al baño y dio un portazo en ruso. Cuando salió, yo le guiñé un ojo en chino y ella me sacó la lengua en sánscrito. Acabamos haciendo el amor en esperanto…”, así quisiera que nos apoderáramos del mundo, desde nuestra mexicanidad, pacífica pero no conservadora, serena pero no pasiva, culta pero no excluyente, como las letras de Fernando del Paso.

César Benedicto Callejas.

Escritor. Investigador SNI

@cesarbc70

El libro nuestro de cada martes: Aquellos años del Boom de Xavi Ayén

Ellos fueron los superhéroes de mi adolescencia; escritores que no sólo hacían novelas maravillosas sino que tenían vidas de asombro. Ellos fueron mis maestros y mis guías, mis educadores sentimentales, mis mentores estéticos, mis ideales políticos. Ellos fueron los que nos enseñaron a los latinoamericanos que éramos una cultura de cuerpo entero con suficiente tamaño para medirnos con cualquiera. Ellos eran los del Boom.

Xavi Ayén, escribe una historia de este fenómeno literario que se lee como una rica novela o como un buen anecdotario, pero contextualiza y dimensiona. El boom no fue una corriente literaria – que va de Carlos Fuentes al Gabo o de Cortázar a Vargas Llosa – fue sí una estrategia editorial, pero sobre todo una feliz coincidencia histórica y literaria y un estallido de voz y conciencia.

Se trata de un auténtico tabique de esos que ya no se hacen, un libro gordo gordo, como para presumir que se está leyendo, vaya; pero que se lee con una ligereza que da gusto. Se lee como una novela de aventuras, que si el Galo volvió o no de Acapulco porque lo había asaltado la primera frase de Cien años de Soledad, que si la voz de Cortázar o los trajes impecables de Carlos Fuentes y, en medio de todos, enorme, gigantesca, inteligente, hábil y sensible, la Mamá Grande, la Balcells. Modelo de agente literaria que en México nadie ha alcanzado a dibujar y ni siquiera a emular.

Si es usted un amante de la literatura, no se lo pierda y si no lo es, no hay mejor manera de aprender el tiempo en que salíamos de las dictaduras, desde España hasta Argentina; el tiempo en que la literatura latinoamericana le entró de lleno a los escaparates con sus colegas españoles y franceses y salió victoriosa; ellos, los padres literarios de los que ahora tomamos la pluma.

Algo más sobre el libro:

https://elpais.com/cultura/2014/06/23/babelia/1403536045_503649.html

Algo más sobre el boom según el Gran Cronopio

 

Alfonso Reyes llega a Brasil. Las primeras impresiones

 

  1. Acto Primero: Alfonso Reyes y su encuentro con el Brasil.

Alfonso Reyes pasó fuera del país una gran parte de su vida; nació en 1887 y murió en 1957, salió de México en 1913 y volvió hasta 1936, esto es, de sus setenta años de vida, veintitrés los puso al servicio de la diplomacia mexicana. Prestó sus servicios diplomáticos en España, Francia, Argentina y Brasil; de esos años aparecen varias constantes, no sólo en cuanto se refiere a su eficacia y a su atingencia, sino a cierto patrón personal; siempre le cuesta trabajo dejar el lugar donde se encuentra y siempre, al poco tiempo, se encuentra en su nueva sede como en su casa; podríamos decir de él, que en tal sentido, hizo del mundo su hogar. La llegada al Brasil, para Reyes, fue en extremo difícil, primero, por la intensidad literaria de su periodo argentino; Reyes había sido embajador de México en la Argentina de 1927, cuando sale de París en calidad de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario y llega a Buenos Aires ya nombrado Embajador extraordinario y plenipotenciario al elevarse la categoría de la misión diplomática en el país sudamericano, hasta 1930, cuando la elección de Pascual Ortíz Rubio como Presidente de la República, deja vacante la Embajada en Brasil y la proximidad de Reyes con Genaro Estrada, entonces Secretario de Relaciones Exteriores, lo hacen elegible para ocupar el antiguo cargo del presidente electo. Sin duda, uno de los periodos literarios más intensos de Reyes fue el de la Argentina, ahí se relaciona con Borges, con Victoria Ocampo y con Juana de Ibarbourou y si su trabajo diplomático es importante todavía lo es más el literario; asimismo, Argentina vivía entonces una época de auge en la que Reyes participa con fruición, así que su llegada al Brasil no está rodeada sino de pesar y de desconcierto; por otra parte, Reyes había tenido una visión más que general del Brasil y no era especialista ni en sus letras ni en su vida social o cultural, así que su arribo a la América lusitana no parecía presagiar la importancia personal, política y diplomática que a la postre tuvo. Si tenemos por cierto que la embajada en Argentina fue la más intensa en su carácter literario, la del Brasil lo sería en el sentido vivencial y político.

Alfonso Reyes llegó a Rio de Janeiro, entonces capital del Brasil, el domingo 6 de abril de 1930; apuntó ese día en su diario:

Río de Janeiro, (domingo) 6 de abril 1930.- Llegamos. Encuentro al casa de la embajada deplorable, inservible, y va a ser difícil explicarlo, porque esto fue lo que escogió el presidente Ortíz Rubio cuando era embajador aquí! El encargado de negocios, Ha. de Ha. (Pablo Herrera de Huerta) y su familia hacen lo posible todo el tiempo por comunicarme su negro pesimismo sobre cuanto hay en esta tierra. Resultado: on m´a flanqué une neurasthénie atroce. No sé que haer. Estoy desconcertado y triste. Con deseo de abandonar hasta la carrera. Echo de menos mis cosas de Buenos Aires. Mi diablito. Mi vida. Tengo que dominarme. Quisiera irme a México… He empezado a desempacar, y las fotos de Buenos aires y mis amigos de allá, conforme van apareciendo, me reconfortan. Inmensa tristeza.

Y si esa primera sensación personal no fuera suficiente, la de la sociedad brasileña y del mundo al que intentaba incorporarse, no parecía mejor, en su entrada del diario, del 10 de abril siguiente, escribe: “Mundo demasiado colonial donde todavía la gente no sabe vivir y las casas son malas. Desconcertante soledad en la que me encuentro…” y tres días después: “Los horrores de la instalación. Abandono y soledad de los primeros días…”, no será sino hasta el 25 de abril en que el escritor y el diplomático, se den cuenta de lo irreversible de la misión y se dispongan a conquistar su momento: “Mis papeles en su sitio. Mis libros en guardia. Mi pluma alerta. Adelante otra vez…” Con el tiempo, el embajador empezará a tejer su red de relaciones y se incorporará con éxito en la vida del país que lo acoge; entrará a la vida política a través del mundo de la cultura y se percatará, pronto, de la difícil situación política que enfrenta el Brasil en su momento, así como la intensidad de su vida cultural y la influencia de las corrientes de pensamiento en el desarrollo de los hechos políticos. Una de las cosas que más desesperan al nuevo embajador es la lentitud de la vida en su nuevo hogar; nadie parece darse prisa y, acostumbrado a una actividad generalmente frenética, el ritmo del Brasil le parece provincial y tedioso, tanto que no será sino un mes después de su llegada, el 6 de mayo, que puede presentar credenciales al presidente del Brasil, doctor Washington Luís; no tenemos evidencia de una amistad profunda entre ambos personajes, sin embargo, la corriente de confianza y simpatía debe haberse producido entre ellos de manera bastante rápida pues, como se verá, será en Alfonso Reyes y la embajada de México, en la que el presidente Luís ponga su confianza para el resguardo de su esposa y su familia cuando sea haga necesario ante la revolución de Getúlio Vargas.

Unos meses después, Reyes se encuentra perfectamente relacionado con el ambiente diplomático, cultural y político del Brasil; ha conocido a Graça Aranha, patriarca entonces de las letras brasileñas cuyo nacionalismo, él mismo lo reconoce, ha abrevado de las literaturas rusa y mexicana; en septiembre, el día once, llegarán a bordo del Western Prince, el secretario Rafael Fuentes Jr., su esposa y su hijo; ese pequeño que llega al Brasil, es Carlos Fuentes, que luego, al pasar de los años, dirá con razón, haber aprendido las primeras letras en las rodillas de Alfonso Reyes. Con un equipo renovado, ya interesado en ese mundo que no conocía, la predisposición de Reyes para con el Brasil se ha extinguido para dejar lugar a nuevas redes de amistad y a su típica curiosidad infinita.

Podríamos decir que el periodo de incorporación de Alfonso Reyes a la vida brasileña, terminará al iniciarse la revolución encabezada por Getúlio Vargas, entonces presidente del estado federado de Rio Grande do Sul; la primera percepción del momento es descrita por Reyes de manera más o menos circunstancial, sin el avisoramiento del golpe de Estado que finalmente ocurriría apenas unos días después:

Rio, (lunes) 6 octubre 1930.- Pasó en el César Pedro Sainz, con quien traté mis obras en CIAP, los clásicos de América de P(edro). H(enriquez). U(reña). y yo, y mi representación de dicha editorial ante América. Desde el 3 hay revolución en Brasil.

 

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Aller au delà de nos limites à travers le monde. J'en suis capable, pourquoi pas toi? Pourquoi pas nous? Ensemble nous sommes invincibles "Je suis femme and i can".

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En el soñador vida y sueño coinciden

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Letras en el mar.

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En cada edición proponemos una palabra para indagar sus posibles significados desde distintas áreas.

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