Las citas de los viernes: La locura del Quijote

Nuestra breve ruta se acerca al final, en los infiernos creativos, de la locura, una de sus cumbres más excelsas, la locura del Quijote, que ustedes disfruten estas perlas:

Porque ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá el antiguo legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de conceptos y falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes? Pues ¿qué, cuando citan la Divina Escritura? No dirán que son unos Santos Tomases y otros doctores de la Iglesia; guardando en esto un decoro tan ingenioso, que en un renglón han pintado un enamorado distraído, y en otro hacen un sermoncico cristiano, que es un contento y un regalo oílle y leelle. De todo esto ha de carecer mi libro, porque no tengo qué acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé que autores sigo en él, para ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras del A, B, C, comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoilo y Zeuxis, aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro. también ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos;: aunque si yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos, yo sé que los darían, y tales, que no les igualasen los de aquellos que tienen más nombre en nuestra España…

“Díjole como ya le había dicho que en aquel castillo no había capilla, y para lo que restaba de hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armado caballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él tenía noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo se podía hacer; y que ya había cumplido con lo que tocaba al velar las armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más que él había estado más de cuatro. Todo se lo creyó Don Quijote… Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro donde asentaba la paja y cebada que daba a los harrieros, y con un cabo de vela que le traía un muchacho y con las dos ya dichas doncellas, se vino a donde Don Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo en su manual (como que decía alguna devota oración), en mitad de la leyenda alzó la mano y dióle sobre el cuello un buen golpe, y tras él, con su mesma espada, un gentil espaldarazo, siempre murmurando entre dientes, como que rezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción; porque no fue menester poca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias pero las proezas que ya habían visto el novel caballero las tenía la risa a raya…”

“En este tiempo solicitó Don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien (si es que este título se puede dar al que es pobre), pero de muy poca sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió que el pobre villano se determinó de salirse con él y servirle de escudero. Decíale, entre otras cosas, Don Quijote que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque tal vez le podía suceder aventura que ganase en quítame de allá esas pajas alguna ínsula, y le dejase a él por gobernador della. Con esas promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, dejó su mujer y hijos y asentó por escudero de su vecino…”

Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el Cura:
Parece cosa de misterio esta; porque según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen deste; y así me parece que como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos sin excusa alguna, condenar al fuego.
No, señor – dijo el Barbero -; que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar…
Este es -respondió el Barbero – Don Olivante de Laura.
El autor de ese libro -dijo el Cura fue el mesmo que compuso a jardín de flores, y, en verdad, que no sepa determinar cuál de los dos libros es más verdadero, o, por decir mejor, menos mentiroso; solo sé decir que este irá al corral, por disparatado y arrogante.
La Galatea, de Miguel de Cervantes – dijo el Barbero.
Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de bueno invención; propone algo, y no concluye nada; es menester esperar la segunda parte que promete, quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada.
Señor compadre, que me place respondió el Barbero-. y aquí vienen tres, todos juntos: La Araucana de don Alonso de Ercilla; La Austríada, de Juan Rufo, jurado de Córdoba, y el Monserrate, de Cristóbal de Virués, poeta valenciano…

La selfie de Narciso

 

Cualquier día, a cualquier hora, cualquiera de nosotros se hace un autorretrato, una selfie, dicen mis hijos; ocurre todo el tiempo. Por la noche, antes de la lectura, mi atención sucumbe ante la curiosidad de entrar al “Facebook” para ver como marcha el mundo; el informativo de la red social advierte sobre el caos en que policías, manifestantes, ladrones y hasta perros callejeros han convertido la urbe; me asomo a la calle y no pasa nada. Lo que queremos es mirar cuántos asentimientos hemos colectado, cuanta gente ha comentado nuestras ideas y qué frases nos podemos apropiar para hacérselas decir a Óscar Wilde, a Miguel de Cervantes o, en última instancia, a Paulo Coelho. Por último, una mirada al Twiter y ahí si ya hemos perdido todo sentido de la realidad; académicos reputados con frases colosales como “es mejor estar vivo que muerto” o “sabía usted que en México muy poca gente lee”, incluso diminutos amos del lenguaje haciendo malabares para generar un mensaje radical, ácido e incisivo en sólo ciento cuarenta caracteres y ya estamos perdidos, hemos recibido un golpe del que nos tomará algunas horas reponernos: nadie se ha dignado repetir – retuitear – nuestro sabio concepto del día.

Tomémoslo con humor. Alguna vez leí en el Facebook, que esa página nos hace sentir populares, el tweeter nos hace sentir inteligentes y el Instagram nos hace sentir artistas y me lo creo, porque hemos generado un mundo en el que el mercado ya no nos basta, no nos es suficiente que la mano invisible haga justicia y ponga orden sino que además, queremos que nos acaricie y nos apapache. Hemos provocado, en medio de la gran soledad de nuestro tiempo, el paliativo ideal para nuestro maltrecho narcisismo: la sobreinformación y la facilidad para crear nosotros mismos nuestros contenidos y divulgarlos. Si en la misma medida hubiéramos creado conciencia crítica y contrastes de información, no andaríamos tan perdidos como para creernos y divulgar que el Secretario General de las Naciones Unidas puede exigir la renuncia del Presidente de la República, que Malala se echó a llorar con las travesuras del mexicano intrépido o que vendrán siete días de obscuridad por causas que la NASA se niega a revelar. Al final del día, no es eso lo que queremos, a lo que aspiramos no es a ser informados, sino a que nos reconozcan y que en un segundo de gloria debida a la suerte, nos volvamos “trending” por un chiste pirata pero bien contado.

Este es nuestro tiempo del Narciso que se mira en la selfie y ya no en el lago, ahora con la ventaja de que no puede ahogarse en su propio dispositivo móvil. Para mi generación, aquella de quienes nacimos en la década de 1970 tal vez ya no haya remedio y la infatuación en la que vivimos con nuestro talento recién descubierto y admirado, nos dure para siempre; pero algo podrá hacerse con los nativos de la era tecnológica, apostar por su capacidad de discernimiento porque, a pesar de todo, la de asombro no ha mermado sino que aumenta con el dominio de tecnologías que nos permiten libertades que antes nunca hubiéramos soñado. De alguna manera, la educación debe crear la idea de que las redes sociales son escaparates gigantes, llamativos y sumamente útiles, pero que no son oráculos ni profetas sibilinos; de alguna manera podrían ellos volver, sin pena pero con gloria, no creyéndoselas todas, pero dialogando con muchas culturas, acentos e ideas diversas. En fin, mientras tanto, ya veremos si estas líneas alcanzan a merecer un “like” del amable lector.

Nueva temporada del Círculo de Literatura Iberoamericana en El Péndulo Polanco con César Callejas

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Gracias a la generosidad de El Péndulo Polanco, iniciamos una nueva temporada del Círculo de Lectura «Un viaje al interior de la Literatura Mexicana e Iberoamericana». Diez sesiones a partir del 31 de agosto. Todos los jueves de 18.00 a 20.00. No se pierda este descanso para leer, reflexionar y platicar sobre nuestras letras desde la colonia hasta nuestros días.

  • Recomendaciones
  • Historia de la literatura
  • Lectura guiada
  • Comparación con las artes de cada época

Cada alumno recibirá un ejemplar del libro de ensayos «Cisterna de Sol» de César Benedicto Callejas.

No falte.

INSCRIPCIONES ABIERTAS en la caja de El Péndulo Polanco. Más información con Gabriela Hernández al tel. 5281.6569 ext. 150 y al correo electrónico: gabriela.hernandez@pendulo.com

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La utopía como viaje

Utopías son también, en ese sentido, los libros de viajes — reales o imaginarios —, como ocurre con el ciclo del descubrimiento y conquista de América; lo son, igualmente, los diálogos caballerescos escritos entre el Renacimiento y los años previos al movimiento de la ilustración. En la medida en que nuevos acontecimientos sociales, políticos y culturales fueron transformando el rostro de las sociedades, nuevos elementos fueron aportándose a las utopías; sin embargo, son esas mismas transformaciones las que van imponiendo nuevas necesidades y exigiendo nuevas soluciones a los autores utopistas que, a fin de cuentas, son una especie de catalizador y de expositor de las nuevas necesidades.

Si aquel cuadro básico de elementos de las utopías parecía completo para el Renacimiento, la exposición de la cultura europea a otras civilizaciones, como las americanas o las asiáticas, implicaron el conocimiento de otras formas de asumir la vida cotidiana; es verdad que siempre hubo diferencias entre unas y otras organizaciones sociales al interior de Europa, pero las distinciones lo eran de grado y nunca tan radicales como fue el enfrentamiento con el conocimiento de lo asiático y lo americano. De este modo, lo que parecía fatal e inconmovible, como las costumbres y valores, se convirtió en materia de debate, y el diseño de las sociedades posibles hace de las utopías renacentistas, hasta entonces inalcanzables por naturaleza, proyectos de ingeniería social y política de muy largo aliento, pero también de factibilidad posible. Otras formas de expresión, como el discurso político y la novela, enriquecen la manifestación de ideas utopistas, pero sobre todo, incrementan significativamente el flujo de información y la retroalimentación entre la sociedad y el autor, entre el escritor y el lector; a estos nuevos modelos corresponden el Gargantúa de Rabelais y El Quijote de Cervantes y los Ensayos de Montaigne.

Tal vez por su encuentro privilegiado con la nueva realidad americana, España innova en el pensamiento utopista. Cervantes, con El Quijote, lanza la utopía al régimen de lo individual, del sujeto generador de cambios, espejo de deficiencias y bondades y, sobre todo, juzgador último de las instituciones en que vive. Si bien es cierto que la presencia de los sujetos en las utopías que, por regla general son colectivas, es a veces despreciable, alcanza en El Quijote, una dimensión sobrehumana; sobre todo, porque confirma y completa la separación con las utopías que preconizaban el retorno a la naturaleza como modelo ideal e instaura la posibilidad de vivir conforme a las ideas, es decir, en la cultura por oposición a la vida natural. Esta asunción de fueros por el individuo lo convierte en un diseñador de la realidad, de las transformaciones y de las instituciones; si bien la locura del Quijote está inspirada en la idea de que el mundo como se aprecia en tiempo presente es erróneo e incorrecto, el que se piensa ya en futuro o como sustitución de la realidad, es superior y se puede vivir conforme a él tal y como suponen los enunciados de la norma jurídica.

Miguel de Unamuno explica esta antinomia que fundamentará las reflexiones en torno al idealismo y a la acción del individuo en su entorno desde el siglo XVII en adelante. Al tratar del encuentro, casi diríamos contrato de vasallaje entre Sancho y el Quijote, dice Unamuno en el que, posiblemente, sea el mejor análisis escrito en castellano en torno a la obra de Cervantes:

Ya tenemos en campaña a Sancho el bueno, que dejando mujer e hijos, como pedía Cristo a los que quisieran seguirle, “se asentó por escudero de su vecino”. Ya está completado Don Quijote. Necesitaba a Sancho. Necesitábalo para hablar, esto es, para pensar en voz alta y sin rebozo, para oírse a sí mismo y para y para oír el rechazo vivo de su voz en el mundo. Sancho fue su coro, la humanidad toda para él. Y en cabeza de Sancho ama a la humanidad toda.

De esta disensión con la realidad no se separarán en adelante las utopías. Se trata pues, de una de las transformaciones más importantes respecto del modelo planteado por los padres fundadores del género. Si en la utopía renacentista el modelo ideal era más bien contemplativo y si en ella, como en las posteriores, su contenido nace de las angustias y anhelos de la sociedad real, después del Quijote, la utopía es enemiga abierta de la realidad y propone un modelo a seguir en sustitución del que se tiene; a más de ello, el modelo sugerido no tiene siquiera que ser racional, se basta a sí mismo en su justificación y sólo requiere ser mejor, más digno, mas cierto y aún mas hermoso; pero no es por necesidad, obra de una racionalidad acertada. Las sociedades, por su parte se identifican con este tipo de utopías — lo que no sucedía ni podía suceder con el modelo renacentista —, porque las utopías posteriores al siglo XVII, buscarán llegar al individuo de todos los días y explicar a quienes toman las decisiones colectivas, el ser y la razón de aquellos a quienes gobiernan.

El Quijote vio la luz en 1605, apenas unos años después de que en la práctica se hubiera concluido el proceso de conquista de América; este dato es significativo, porque da fin al ciclo de pensamiento en torno al buen salvaje. Después del descubrimiento y la conquista, los excesos y la burocratización habían terminado por dar muerte a la sensación de tierra virgen y esperanzada que predominaba en torno al encuentro de los dos mundos. América, sin embargo, había nacido para la utopía, es decir, para lograr aquello que en Europa ya no era posible; una sociedad nueva, sin los vicios ni las corrupciones de occidente, había tenido como protagonista al hombre natural, al buen salvaje. Éste personaje mítico, cuya inocencia se basaba en la ignorancia y cuya bondad se fundaba en el contacto íntimo con la naturaleza, debía dejar su sitio por el del colonizador, el del constructor de la nueva realidad; al momento en que Cervantes da a la prensa su novela, las cosas se han transformado y lo que ve don Quijote está fuera de todo tiempo y lugar, porque se trata de un reclamo de lo universal sobre lo particular; el predominio, en fin, de la idea sobre el impulso de la naturaleza. No volveremos a ver, en adelante, a nadie que desee volver a la edad de oro, sino más bien de construir una nueva ya partir de la sociedad vigente, ya arrasándola desde sus raíces para establecer el nuevo orden del mundo.

En América Latina, este impulso es todavía más notable. La idea de la cultura como creación del mundo y la negación de los impulsos naturales como determinación de la bondad social están presentes incluso en las utopías con tendencias más indigenistas. El sentimiento de naturaleza resulta, a los ojos de los autores americanistas de suyo eurocentrista, pues consiste en volver a un pasado que le fue adjudicado a América pero que nunca constó en su imaginario colectivo.

Si bien América Latina se inventa a sí misma de manera permanente, lo hace buscando su propia cultura y su propia identidad. Construyendo siempre, edificando a través de ensayos y errores; al contrario de lo que sucede en culturas políticas como los Estados Unidos, donde la suma de la voluntad popular y la racionalidad de las normas le da sentido y permanencia, en América Latina todo se reduce a la forma de racionalizar el ser de cada pueblo y el ser del continente; negar la naturaleza, la determinación biológica del ser para instaurarla como razón última universalmente aceptada es la tarea de las utopías de la región.

Tras los pasos de Alfonso Reyes en Madrid. 100 años después. Quinta Jornada

Quinta jornada. Noviembre 11, miércoles.

La cuestión catalana sigue sin impresionar al gran público madrileño; anoche el noticiero asturiano fue omiso en el tema – aunque dieron las noticias internacionales en bable – tampoco el servicio de información gallego parece dar mucha importancia al impasse que vive el embrión de la República catalana o del Reino Unido de España y Cataluña.

La edición de hoy de El País, da cuenta del fracaso de Artur Mas para dirigir el proceso soberanista; los días transcurren y no hay investidura de un presidente del Parlament; el supuesto apoyo que todos los partidos habían ofrecido a Mas no ha quedado sino en curiosos jugueteos políticos, el gobierno central se detiene promoviendo una moción constitucional para detener cualquier intento cesesionista, incluso se ordena a los Mossos que denuncien cualquier asomo de delitos de sedición. Para los observadores que no tenemos intereses en los hechos, las cosas van pareciendo claras: todo ha sido una especie de carnaval desaprensivo para no tocar los temas profundos de la vida institucional catalana como la corrupción; además, como latinoamericanos tenemos claro que las secesiones y las independencias no se tramitan en los tribunales constitucionales y es claro que Cataluña no desea tanto su independencia como para llegar a los extremos; el rey por su parte no ha dado pinta de estar enterado. La prensa nacional ha llamado a todo esto: independencia, pan y circo.

El día ha comenzado temprano, hoy es la cita que ha aguardado por semanas, el momento de mi homenaje de gratitud al autor que más he leído, al que más debo no sólo en mi formación intelectual sino, sobre todo, como ser humano: Alfonso Reyes.

Cada vez que  volvemos a algunos de nuestros escritores más queridos le rendimos un homenaje a su presencia y a su transcendencia en nuestra vida; pero en muy raras ocasiones podemos hacer una ofrenda de gratitud a quienes, mediante su literatura nos han hecho la vida más llevadera, los sueños más intensos y los amores más delectables. Eso es lo que me propuse hacer desde que Pablo Raphael, en su misterioso primer mensaje me anunció la posibilidad de participar en el coloquio eso y no más que eso es lo que quise hacer desde que abrí los ojos por la mañana.

Apenas al despertar, Alejandro Pascal, uno de esos amigos queridos que se encuentran a la edad en la que uno no cree que podrían ya hallarse, nos ha llamado para encontrarnos; desde luego, mi estado de ansiedad requiere de un pequeño paseo antes del desayuno; Alejandro que es generoso siempre, ha accedido y nuestros pasos nos llevan, guiados por cierta inercia, como debe ser, al barrio de las letras. Después de una buena tasa de chocolate en Lhardi, las monjas de clausura que guardan la tumba de Cervantes me dicen que no se puede visitar la última morada de nuestro padre sino de 9:00 a 9:30, así que seguimos de frente, doblando esquinas y siguiendo rutas sin sentido, me acompañan mi mujer y mi amigo, se los agradeceré después porque en este momento soy una pésima compañía. Creo buscar los pasos de Reyes, andados hace cien años, busco sus lugares y sus instantes como si su obra y su memoria por partes iguales fueron placas fotográficas abandonadas al azar en los rincones de esta ciudad, su hogar adoptivo; tal vez lo que busco sea algo más, el paso de las letras por mi conciencia, marcas de sus placeres y las cicatrices de sus ideas, la herencia de una República que no pudo ser; así, de pronto, la efigie de Federico García Lorca nos sale al paso, no me atrevería a decir que se trata de una escultura excepcional, ni siquiera sobresaliente, pero tiene, sin duda una particular capacidad de evocación o tal vez sea que la efigie de Federico no resulta sencilla de retratar y no hay monumento suyo en el mundo que alcance a captar su sutileza que de tan liviana resulta enorme; en todo caso, ahí estaba Federico – el poeta que me abrió los ojos a la belleza de mi idioma – con su sonrisa traviesa de niño rico y una paloma en las manos; no pude evitar, en una situación así volver a actuar de una manera descortés y poco sondeada con quienes amablemente me acompañaban, pero tampoco podía evitar detenerme frene al poeta – el autor al que nunca he podido llamar por sus apellidos sino simplemente, Federico – y recordar los primeros versos que leí de él y que me subyugaron para siempre:

Quisiera estar en tus labios

para apagarme en la nieve

de tus dientes…

Al girar a mi derecha el cuadro del prodigio se completa, en el Teatro Español de la plaza, presidido por una foto monumental de la diva casi olvidada, campea el nombre de Margarita Xirgú. Desde niño, nunca he dejado la absurda práctica de considerar los hechos como presagios del futuro cercano: la fortuna de un personaje en el libro que estoy leyendo puede significar que tendré suerte en la primera cita del día; si mis hijos aciertan la frase correcta al despedirse por la mañana significa que encontraré aquello que llevo meses buscando o que encuentre de pronto lo que había renunciado a buscar  hace semanas, un beso puede así, ser el mejor de los presagios; de ese modo, en presencia de dos buenos y entrañables amigos de don Alfonso no podía pensar sino que el día estaría cerca de mi idea de una jornada memorable.

El día de la raza de 1922, como aún entonces de le llamaba  al 12 de octubre, Alfonso Reyes pronunció el discurso en nombre del cuerpo diplomático; por la tarde, la compañía teatral de Margarita Xirgú interpretó un acto de “La niña de Gómez Arias” de Calderón. Esta suerte de coincidencias, de proximidades y colaboraciones durante décadas forjaron una amistad tan larga como profunda. Federico García Lorca, por su parte, representó para Reyes no un amigo cercano, pues en realidad no lo fue, pero sí fue mucho más que eso, una especie de tenue fortaleza en el idioma, la señal de una renovación vital y en un ser humano esplendoroso. Fue en aquellos años del primer Madrid reyesiano que Juan Ramón Jiménez y don Alfonso publicaron Índice en la que Federico hacía sus primeras armas junto a Pedro Salinas, Antonio Espina, José Bergamín, Jorge Guillén, Dámaso Alonso y Gerardo Diego entre otros. Reyes admiró siempre en Federico su infinita capacidad para construir nuevos símbolos y para renovar los existentes, como Doña Rosita la soltera o el idioma de las flores. Por eso, tras su asesinato compuso la cantata ante su tumba:

Madre de luto, suelta tus coronas

sobre la fiel desolación de España

sacudido rosal, zarza entre lumbres.

De pronto, la cariñosa mano de mi esposa me vuelve a la realidad y reemprendemos el camino al Ritz, al desandar lo caminado voy recuperando mi cuerpo, voy regresando al mundo de los vivos, a girones, la literatura se me va desprendiendo de la piel;  recuerdo, al cruzar frente a las cortes, a la Emperatriz de Lavaréis de Jorge Hernández, a quien parece voy a conocer esta tarde. Con mi tropa, no diré que alegre, sino apenas ensimismada,he vuelto al hotel a tomar un fantástico desayuno y he aquí que he vuelto a ser yo entre los míos; mientras el café termina de dar de sí sus últimas partículas de vida, aparece, con la fresca de las once de la mañana Pablo Raphael, con su sonrisa casi infantil que da cuenta de los casi treinta años que ya dura nuestra amistad, me cae de pronto la memoria de una tarde en la casa familiar de los Raphael, el sol cayendo sobre la Bahía de Santiago en Manzanillo, cuando nos pensamos como escritores y nos llamamos por primera vez con la manera que lo hicieron otros viejos amigos, José Vasconcelos y Alfonso Reyes: “hermano mayor y menor”. No he tenido más remedio que desayunar de nuevo y Pablo nos dice que tenemos que ir a nuestra embajada a finiquitar algunos detalles burocráticos, volvemos una vez más a caminar la carrera de San Jerónimo y la plática en la oficina de Pablo fluye con ligereza y alegría, me obsequia con un libro fotográfico de los años de don Alfonso en Madrid. Entre tanto nos ha llegado la hora de comer, nos detenemos en un café cercano a la Embajada y cuando el carillón suena, nos indica que hay que prepararse; ya sólo Adriana y yo caminamos al hotel y me preparo.

Hubiera querido ir andando, pero quiero llegar un poco antes y ella no quiere que arribe perlado de sudor, así que nos llaman un taxi, minutos después estamos a las puertas de la Casa de América; nos hacemos las fotos rituales, nos reciben con afabilidad, somos por primero y me acomete el mismo terror que a todos los que participamos en actos como éste: ¿llegará alguien más?

Aunque hay unos cuantos adelantados y puntualmente personal de la Embajada; en los primeros cinco minutos la sala, impresionante por su arte, está llena hasta la mitad, mi querida amiga Raquel Sánchez, recién casada con el entrañable don Ricardo Ruiz de la Serna, ya llegó. Al final del acto la sala estará llena en su totalidad y habrá llegado también Ricardo.

Palabras de la embajadora Lajos que hacen que los mexicanos nos sintamos orgullosos de nuestra representación, palabras de Pablo que me introducen a la charla y entonces, ha llegado el momento.

Detrás de mí las banderas de México y de España me hacen pensar en que podría haber sido que las dos banderas que están ahí podrían ser tricolores; con este pensamiento que me ha tomado por asalto comienzo mi lectura. Hablo de Reyes y de cómo el exilio convirtió al hijo de familia en un adulto, de cómo el hombre y la necesidad trasformaron al personaje de la provinciana escena cultural mexicana en un auténtico escritor; de cómo el hombre aprendió a diferenciar entre la vocación y el oficio; de la manera en que la generosidad y la amistad españolas que acogieron a do nAlfonso en sus momentos de mayor penuria tuvieron tanto significado para las dos repúblicas y par quienes quedaron huérfanos de la española. Conforme avanzo en mi lectura me doy cuenta que no es de Reyes de quien estoy hablando sino que a través de su modelo, estoy dando cuenta de mi ideal de hombre de letras; cuando dejo atrás los datos históricos y me adentro en la personalidad del escritor, descubro en su pasión por la vida, en su nunca oculta lealtad por los placeres me doy cuenta, en un chispazo de conciencia, del profundo placer que me causa hacer lo que estoy haciendo, de que en realidad Serrat tiene razón cuando dice que “de vez en cuando al vida afina con un pincel, se nos eriza la piel y faltan palabras para nombrar lo que ofrece a los que saben usarla”.

Para que pueda cumplir los tiempos, para no perder la pista y no me olvide que estoy hablando para un público y no pensando en voz alta, Adriana me hace una seña discreta que tenemos convenida desde hace veinte años y que significa que estamos cerca de los límites; justa y oportuna me pone en camino de terminar mi texto y digo, por el placer de decirlo ahí y en ese momento:

Mar adentro de la frente,

por dondequiera que voy,

aunque haya nubes cerradas,

¡Oh cuánto me pesa el sol!

¡Oh cuánto me duele adentro

esa cisterna de sol

que viaja conmigo!

Cuando salí de mi casa

con mi bastón y mi hato

le dije a mi corazón:

– ¡ya llevas sol para rato!-

Es tesoro – y no se acaba

no se me acaba – y lo gasto.

Traigo tanto sol adentro

que ya tanto sol me cansa.

Yo no conocí en mi infancia

sombra, sino resolana.

Las conferencias se suceden, se aparece la imagen de don Alfonso, nos despedimos en la puerta de la casa de Pablo luego de conocer a su hija. Volvemos caminando al hotel, estoy dulcemente satisfecho. Un día entrañable para guardar todo el resto de la vida.

El libro nuestro de cada martes: «El concierto de los peces», de Haldór Laxness

Siempre que pienso en viajes viene a mi memoria la figura de un gran viajero, pero sobre todo, de un gran narrador de mundos: Alfonso Reyes. Ver es narrar también, porque el que viaja y admira, si no comunica, no ha hecho ni la mitad de la travesía; pero otros autores – y aún el mismo Reyes -, demuestran que se puede y se debe, diría Cervantes, viajar a otras culturas más allá del periplo físico para entrar a sus tradiciones y sus formas de ver el universo, a sus sentimientos y a los aromas, no como son sino como ahí, en ese lugar ignoto, se perciben. Aproximarse a la literatura de culturas enteramente diversas de nuestro ámbito tradicional es abrir puertas y ventanas a mundos diversos. Probemos pues con Islandia.

Haldór Laxness es uno de los mayores escritores de su diminuta y gigantesca isla. Su patria es cuna de las grandes sagas del pasado, un pueblo de gente civilizada y de una cultura fina y elegante tan ligada a la naturaleza como al uso del arte y de la inteligencia. Su libro «El concierto de los peces» es también una saga, doméstica y pequeñita, pero profunda y sabia. Se trata de la compañía del lector por la vida de un niño que ha quedado expósito y que, sin embargo, pese a todo, logra imponerse frente a los hados del destino que, desde luego,  no eran favorables.

La historia no pareciera ser muy complicada y, en realidad, la anécdota no lo es, porque la grandeza de la literatura de Laxness está, como sólo sucede con los auténticos escritores, no sólo en lo que dice, sino en la deliciosa manera en que lo dice. Vamos, para decir que alguien madruga para esperar un barco, basta y sobra el estilo de García Márquez… «El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo…»

http://shop.turnerlibros.com/Ent/Products/ProductDetail.aspx?ID=192

El libro nuestro de cada martes: «Bella del Señor», de Albert Cohen

Siempre que me preguntan por los libros que más me han gustado, irremediablemente pienso en una respuesta incorrecta, que me hayan gustado muchísimos, pero sin duda el libro más importante de mi vida es «Bella del Señor», de Albert Cohen. Imaginemos la suma de una época: los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial y los primeros años de la contienda; una aproximación al mundo judío y a su contacto con un planeta en transformación; sumemos una historia de amor profunda y dolorosa todo ello con personajes que retratan lo más íntimo de la condición humana. Una especie de Proust, algo que no dista tanto de Balzac o de Zola pero que, al mismo tiempo es también un tanto de Cervantes y de Goethe. Una obra única que nos aproxima a las profundidades del ser humano.

Parte de una serie que en su conjunto, revela un enorme mosaico al que bien podríamos llamar «La condición humana»; la saga está integrada por: «Solal», «Comeclavos», Los esforzados» y «Bella del Señor».

http://www.anagrama-ed.es/titulo/PN_100

http://www.anagrama-ed.es/titulo/CM_435

http://www.anagrama-ed.es/titulo/PN_421

http://www.anagrama-ed.es/titulo/PN_161

En 2012, Glenio Bonder ofreció la versión cinematográfica de la novela con Natalia Vodianova como Arianne y Jonathan Rhys Meyers como Solal; aunque los resultados no son tan deseables como hubiéramos querido, un enorme acierto es lograr la imagen que muy probablemente Cohen imaginó para sus personajes.

Para más información sobre la película: http://www.imdb.com/title/tt0810772/

Los cortos, o como decimos ahora, el tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=oMJZDaLMtZA

MNEMÓSINE DEL MANZANARES. LAS MUSAS DEL CASTELLANO

La poesía es una de las funciones propias del idioma. Alfonso Reyes la compara con la lucha entre Jacob y el ángel. Al igual que en la mítica batalla, el hombre se enfrenta a la entidad divina, se aproxima y retrocede, a veces parece vencer, otras el espíritu impone su primado sobre la carne. El poeta, avanzado en un grado sobre la realidad, a fuerza del impulso lírico, debe luchar a fin de ponerle linderos, de encaminarlo para hacerlo inteligible – en el verso – a la asamblea de los que hablan su lengua.

Jacob vence al ángel, triunfa en su intento. Sin embargo, eso no es todo, porque quien vence así no puede seguir siendo el mismo. Después de la batalla, dijo el ángel a Jacob, ¿Cuál es tu nombre?, y él respondió, Jacob. Entonces, el ángel replicó: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido. Al cambiar su nombre, Jacob ha trocado también el principio que ordena su naturaleza. También Jorge Luis Borges, en su segunda aproximación al Golem, nos recuerda que si como dice el griego en el Cratilo, el nombre es arquetipo de la cosa, en la palabra rosa está la rosa, y todo el Nilo en la palabra Nilo.

La palabra, es un compendio del ser de las cosas, la más íntima manifestación del ser en el mundo. La poesía, lucha mítica dentro del idioma, es el afianzarse de la voz sobre el etéreo mundo de la idea y la pura abstracción del espíritu. Si en las manifestaciones de la narrativa podemos acercarnos a la historia del ser de nuestra lengua, manifiesto en la acción, a través de la poesía nos aproximamos al ser de la lengua en diálogo consigo misma, a ese diálogo interior que nos remite a los orígenes.

El castellano es fruto de un diálogo sumamente complejo, que dura más de mil años, que ha cruzado dos océanos, el más trascendente mar de la historia occidental; sus voces vienen, por lo menos, de cuatro continentes. La progenie de la Mnemósine del Manzanares es pues, muy rica. Vox populi, nuestras musas son diez – excedemos ya con una a las clásicas -, son en realidad una extensa familia, hijas de las memorias que como hispanoparlantes hemos heredado.

Nuestras antiguas musas de la España prerromana, corresponden a las vetustas tribus que habitaron las montañas y valles que hallaron en su Hesperia los romanos, podemos conocerlas por sus epónimos, Vasconia, Asturies, Carpetana, Vaccea, Tarraconensis y Bética; de ellas nos queda el resabio de lo muy español, digamos, la fiesta brava, su degustar la sangre – que entre otras cosas, casa bien con sus parientas nativas de nuestra América -, nos dejaron voces sabrosas, crujientes y ásperas: ardilla, bruja, urraca, garrapata, sabandija o gazapo. Pero de ellas no persisten hasta hoy monumentos, sino leyendas, especialmente de heroísmo y arrojo, tan preciadas para nuestros pueblos.

Numancia, tan repetida en nuestras letras, viene a ser su suma, hace decir Cervantes a España, en su Cerco de Numancia:

Estos tan mucho temidos romanos

que buscan de vencer cien mil caminos,

rehuyendo venir más a las manos

con los pocos valientes numantinos,

¡oh, si saliesen sus intentos vanos

y fuesen sus quimeras desatinos,

que esta pequeña tierra de Numancia

sacase de su pérdida ganancia!

De aquella primera generación de nuestras musas europeas, debemos mencionar a la Grecia y a la Roma paganas. De aquí que en legítimo derecho el castellano sea hija de las nueve musas clásicas, y desde luego, de Mnemósine, su madre.

Cualquiera sabe que hubo un día en que todos los caminos llevaban a Roma, de ese momento data nuestro remoto ingreso a occidente, el cimiento – y la simiente – occidentales fueron sembradas en España, y conjuntamente con nuestra lengua madre, el latín vulgar, adoptamos otra forma de entender las relaciones políticas y sociales, el Imperio, que rehecho en la España dorada nos será traído a América. El Imperium constituyó un elemento fundamental de nuestra cultura, en Roma, como hoy entre nosotros, significó un cierto poder mágico, devenido no de los dioses del Foro, sino de los tutelares, de los antepasados divinizados. Importaba la facultad, primero del monarca, luego del pueblo y el senado – Senatus Populus Que Romanus, las siglas SPQR de los manípulos – y por último del César, de guiar los destinos de Roma en su acción civilizadora sobre el mundo bárbaro, el mundo de aquellos cuyo lenguaje no puede ser entendido. España, cuando fue ya la España discernible, se arrogó el imperium evangelizador.

Grecia. Es ya proverbial el triunfo de la cultura griega sobre el vencedor romano. Cuando los romanos conquistaron la futura tierra de emperadores, santos y juristas, eran ya romanos helenizados que habían trocado sus dioses primitivos por los del Olimpo, de Ares a Marte, de Afrodita a Venus y de Poseidón a Neptuno, hay un largo viaje en la transformación del modo de mirar y entender el Cosmos. Esa nueva comprensión es la que daría sustrato a lo que hoy conocemos como castellano.

Al igual que nosotros, hispanoparlantes, nuestros antepasados romanos supieron el valor de su idioma, y de su poesía, dice Propercio en su poema a Cintia:

No me admirarás entonces como a humilde poeta,

No podrán callar ante nuestro sepulcro:

Del fuego nuestro magno poeta, yaces.

Guárdate de, con tu orgullo, condenar nuestros cantos:

el amor que tarda crece con gran usura.

Nativas de esta América nuestra, pertenecen a esa primera generación nuestras musas prehispánicas, acaso las más tercas en su supervivencia, son las que nos llegan más mediatizadas y transformadas por el diálogo con su familia política; de ellas heredamos el gusto por los colores y las texturas, la osadía de combinar rosas y azules en un desconcierto armonizado, nos heredaron palabras complicadamente musicales: nene, tlapalería, chile, chocolate, nagual y papalote; de ellas nuestra afición por la justicia sangrante y dolorosa -compás de la vindicta pública – de ellas, en fin, la raíz picante que hace de nuestra comida un dulce martirio enchilado.

A veces, volteamos el rostro para mirar esas musas morenas, con ánimo de anticuario o de franciscano evangelista; es más fácil hallarlas tierra adentro de nosotros mismos, nos han dejado mucho de lo que hoy es nuestro modo de ver el mundo, esa cierta melancolía que a veces parece no querer terminar, si en el siglo XV, el rey poeta decía:

Yo Netzahualcóyotl lo  pregunto:

¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?

No para siempre en la tierra:

sólo un poco aquí.

Aunque sea de jade se quiebra,

aunque sea de oro se rompe,

aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.

No para siempre en la tierra:

sólo un poco aquí.

 

Los otomíes de hoy siguen cantando, con su voz dulce que casi logramos apagar:

 

El río pasa, pasa:

El viento pasa, pasa:

     nunca cesa.

La vida pasa:

     nunca regresa.

Algunos de nuestros abuelos, hijos de una nueva generación de musas en España, cruzaron el mar Mediterráneo por Gibraltar y se adentraron en las tierras de la ya caída Roma, hicieron la guerra a los confundidos reinos cristianos, sentaron sus reales en Granada y Córdoba, dieron luz y color a las tierras de Al Andaluz y empujaron el nacimiento de nuestra lengua. Los moros, los musulmanes, fijaron en España uno de los primeros reinos de tolerancia de los que se tenga memoria, sus musas tienen nombres dulcísimos y musicales, ellas se nombran ya en el romance viejo; Aixa, Fátima y Marién.

Después de cruzar el Mediterráneo, de sur a norte, y para aposentarse en la Europa Española, los musulmanes consumaron un violento matrimonio para luego dar a luz una progenie fabulosa. De nuevo consistencia y atinada coincidencia, pues al final del mundo árabe en España, apenas unos días después, la recién nacida España, cruzará el océano, esta vez de oriente a occidente para que en iguales circunstancias se consumara una nueva unión, también dadora de progenies inimaginables, nuestra Hispanoamérica.

De nuestras musas arábigas heredamos, paradoja histórica, a nuestros antepasados griegos que habíamos perdido, ellos pusieron en lenguas, entonces legibles, a Aristóteles y a Platón; de ellas heredamos el café y el ajedrez, dos elementos ahora entendidos en occidente, ellas nos obsequiaron con la nota particularísima de nuestra lengua castellana, lo que da dulzura a nuestro común patrimonio, los deliciosos arabismos, y aprendimos pues el tierno goce de palabras como albaricoque, alcábala, ojalá, Guadalajara, Guadalupe, alcohol y almohada. De ahí el muecín y el almojarife, de ahí la soñada Granada, que se abre roja con el verso de Federico García Lorca.

La presencia árabe en España es, indudablemente presencia de alto contenido poético, prueba de ello es su importancia dentro del romance, algunos profundamente enraizados en su origen islámico:

 

¡Abenámar, Abenámar

moro de la morería,

el día que tu naciste

grandes señales había!

Estaba la mar en calma,

la luna estaba crecida:

no debe decir mentira.

 

El pueblo judío engarzó algunas de las más hermosas joyas de nuestra cultura y es parte de los movimientos que comenzaron a dar forma reconocible a nuestro idioma, así, el primer poema escrito en una lengua  a la que bien podemos llamar castellano, lo escribió el poeta judío sefaradí, don Shem Tov de Carrión.

Queda el agua olorosa, rosada, que más vale.

Este pequeño y sutil poema, en nuestra lengua y que data de alrededor de 1350, es ahora de autor conocido, no como las jarchas, tonadillas anónimas, auténticas voces populares sino obra de mano y talento poéticos, del autor judío que usa el castellano como herramienta literaria. Nuestra herencia judía consta en ideas filosóficas tan hondas como la cosmogonía, o la idea del tiempo lineal, es decir, como la historia que un día comenzó con la creación y algún día terminará – fin de los tiempos – por oposición a la idea del tiempo como una repetición infinita de los ciclos, vengan a cuento los cinco soles aztecas. Pero es todavía más clara en el folclor popular, en los consejos de las abuelas y en los “dichos” del pueblo, tan profunda que se quedó a vivir en la música vernácula. Existe una romanza sefaradí que dice igual que un son huasteco, la una se le podía oír en España hasta el siglo XV, en Grecia antes de las atrocidades nazis y se le puede oír hoy en un barrio jerosolimitano, la otra se le puede escuchar en los estados de Hidalgo, San Luis Potosí, Veracruz y Tamaulipas.

A la una yo nací,

a las dos me engrandecí

-en México se dice crecí-

a las tres tomí amante,

-acá decimos me enamoré-

-se diga, me casé-

alma, vida y corazón.

Aunque no se conozcan y aparentemente no tengan razones para conocerse, hay hermanos que cantan y sienten el mismo son, cruzando un mar y un océano, a miles de kilómetros de distancia, pertenecen a dos Estados distintos, tienen historias irreconocibles en la superficie, rezan a Dios de dos maneras diversas.

Vivo sin vivir en mí,

y tan alta vida espero

que muero porque no muero.

La generalidad de nuestra herencia se contiene, mucho, en las frases que anteceden y en su autora. Por una parte, la más patente de las musas que legítimamente nos pertenece es la de la España Católica, nuestra madre conflictiva, la que nos da la mayoría de los códigos de lectura de la identidad y también aquella de la que es necesario liberarse constantemente, ya como arrebato de joven virilidad, ya como prueba de mayoría de edad, o sencillamente, por liberación del tedio. Me ha gustado entender la historia de la hispanidad como una larga conquista del diálogo y la tolerancia, con sus altas y bajas – y a veces con sus rupturas inverosímiles – como una vocación al magisterio y a la universalidad.

Nuestra herencia cristiana no es, fundamentalmente, la de un cristianismo sin adjetivos; no es  el cristianismo acremente crítico del nórdico protestante, no es el de la límpida y diáfana ortodoxia romana, nuestra herencia no dice ama y haz lo que quieras como San Agustín, sino muero porque no muero como Santa Teresa de Ávila. El nuestro, es un catolicismo que dice:

No me mueve mi Dios, para quererte,

el cielo que me tienes prometido;

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de adorarte.

Muéveme, en fin, tu amor, en tal manera

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

Y esto es ya poesía novohispana, del mejor Guevara, porque en conjunción con las musas judías, árabes y mesoamericanas, nuestro catolicismo protesta y llora porque es pasional y sensual, maternal y amatorio. Aquí se aparece la Virgen Morena – sublime milagro, si se cree, o magnífico sincretismo – pero que por su símbolo excede al pensamiento racional y discursivo. América y España son tierra propiedad de las vírgenes madres que llorosas y serenas velan el sueño de sus pequeños hijos, al tiempo que son la tierra donde se adora al Dios niño, porque nosotros somos también el pueblo que le vela su sueño a Dios, que lo arrulla para que no llore – y en verdad que tiene razones para llorar – y lo vestimos, porque en su majestad, en tierras de San Pascual Bailón, el Niño Dios ha nacido, como todos los infantes, desnudito y con hambre.

Señora Santa Ana,

¿Porqué llora el niño?

Por una manzana

que se le ha perdido.

Tal vez la imagen más prístina de nuestro cristianismo, inconforme y ortodoxo, honesto e hipócrita, caritativo y torturado, místico y sensual, no sea la de Fray Luis de Guevara, ni la de San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Avila, sino el de nuestra musa novohispana, Sor Juana Inés de la Cruz.

Detente, sombra de mi bien esquivo,

imagen del hechizo que más quiero,

bella ilusión por quien alegre muero,

dulce ficción por quien penosa vivo.

 

Entre la quema de judas, el traidor deicida, el secarle las lágrimas a la virgen y arrullar al recién nacido niño Dios, se mueve la dialéctica que tortura nuestra a veces fementida hispanidad, de un lado la intolerancia, el dolor y el ostracismo, del otro el diálogo, la dulzura, la sensualidad y la universalidad. Aquí está nuestro diálogo íntimo, entre Torquemada y Quiroga, entre Vitoria y Sepúlveda, entre Santiago Matamoros y la Guadalupana. Pero basta, una última musa nos llama con la macumba y el tambor.

Cachimba, guarapo, conga y samba suenan al ritmo sabroso de nuestra América, igual que la música que acaricia la piel y luego, en un frenético contrapunto se transforma en un canto de sensualidad y erotismo, porque esas voces – nuestras – sus ritmos y esas armonías también, como el castellano, cruzaron el océano, pero no en la lengua de conquistadores sino de otros conquistados, voces sin imperio de los negros cautivos del África, que llegaron sin las cadenas de sus portadores vendidos como esclavos.

A nuestra musa africana le atribuimos prendas dulces e inequívocas, cualquiera sabe del africano – y de sus nietos el antillano y el costeño – lo magnífico que es su ritmo y su cualidad para la danza, cualquiera gustoso, admira la perfección de sus cuerpos. A ellos corresponden la fuerza, la sexualidad y sus potencias, la fertilidad, la docilidad, pero también la brutal capacidad de vengarse, y me parece son ellos el dulce pariente de la familia, del cual poco se habla, pero del que se admira el corazón y el gusto hasta en la manera como se ata el cordón de los zapatos.

El castellano fue, desde su contacto con estos pueblos, sensible a su ritmo y su cadencia, prueba de ello son estas coplas a ritmo africano, del siglo XVIII:

Al cuchumbé

de las doncellas,

ellas conmigo

y yo con ellas.

Por aquí paso la muerte

con su aguja y su dedal

preguntando ‘e casa en casa:

¿hay trapos que remendar?

Esta, es una somera imagen de la genealogía de las musas que nos dicen cómo hablar, y en ello nos explican la forma en que vemos el mundo. Conforme a su naturaleza siguen recreándose y recordándose inacabablemente, a lo largo de los siglos han estado en diálogo con familias con las cuales comparten algunos parientes, con las inglesas, las italianas, las francesas, y las más cercanas, las portuguesas. La poesía, retrato fiel de la conciencia, da cuenta de ello y lo manifiesta en su enriquecimiento.

Cuando se piensa en el pasado, en un ejercicio más profundo que la mera historiografía, se hace un recuento de los símbolos y las imágenes que hacen legible la realidad, ése es el fenómeno por el cual el hecho puede hacerse mensaje. De ahí que la verdadera carta de pertenencia no sea la nacionalidad, y menos la ciudadanía, sino la lengua y la cultura, como diría Renan, las glorias y los remordimientos compartidos.

Así se organiza la mesa de todos, el mito y el subconsciente colectivo, y volviendo a Reyes, evidencia que la única forma de ser universal es ser un auténtico hombre de la aldea.

Texto y pretexto del Quijote: De caballeros y caballerías.

Leer el Quijote, con ojos de abogado, de historiador o simplemente de interesado en la sociedad y en las instituciones de su tiempo no es novedad, mucho se ha escrito desde esa óptica, lo que ahora nos ocupa es, más bien, entender cómo Cervantes retrata esas instituciones y cómo ellas influyeron en la creación del Quijote.

Conviene comenzar por la institución que anima el espíritu general de la obra, los caballeros andantes y la Orden de Caballería, pues en efecto ambas instituciones existieron con mucha fuerza y durante cientos de años, baste decir que aún hoy, cuando queremos hacer notar la personalidad de un hombre íntegro, elegante o bien educado, decimos de él ser un caballero.

Recordemos la iniciación de Don Quijote en la Orden de Caballería:

“Díjole como ya le había dicho que en aquel castillo no había capilla, y para lo que restaba de hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armado caballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él tenía noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo se podía hacer; y que ya había cumplido con lo que tocaba al velar las armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más que él había estado más de cuatro. Todo se lo creyó Don Quijote… Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro donde asentaba la paja y cebada que daba a los harrieros, y con un cabo de vela que le traía un muchacho y con las dos ya dichas doncellas, se vino a donde Don Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo en su manual (como que decía alguna devota oración), en mitad de la leyenda alzó la mano y dióle sobre el cuello un buen golpe, y tras él, con su mesma espada, un gentil espaldarazo, siempre murmurando entre dientes, como que rezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción; porque no fue menester poca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias pero las proezas que ya habían visto el novel caballero las tenía la risa a raya…”

Este momento resulta, como diría Valle Inclán, un auténtico esperpento, algo que a fuerza de ser patético termina estallando la carcajada. Cervantes planea ese efecto tan bien logrado; por un lado, Don Quijote cree en realidad que está siendo iniciado en su soñada orden, mientras que para los demás no es sino una cruel farsa a costa del inocente trastornado, cuya única culpa es haber caído entre aquellos atorrantes, únicamente el ventero parece mostrar un poco de piedad por el loco, acaso un elemental sentimiento de humanidad, y aunque si se presta al juego, lo hace solamente para desembarazarse del incómodo huésped, procura que éste no sea maltratado más allá de los límites que autoriza la broma. Es el ventero quien, al contrastar con Don Quijote, da la nota cómico-dramática al episodio.

Pero, ¿quienes fueron realmente los caballeros andantes?, ¿qué la orden de caballería?. Ambas preguntas tienen respuestas suficientemente fundadas y documentadas.

Por principio, en la Edad Media se conoció como caballeros a cierta calidad de hombres que por su origen, su relación de clientes, al modo romano, con un señor feudal, y en ocasiones ciertamente escasas, por su propio esfuerzo, estaban capacitados y equipados para cumplir el deber cívico fundamental de su tiempo, el ejercicio de las armas.

El origen de la palabra es de profunda raíz. “Cuando los nombra, el latín de los textos emplea la palabra miles, que significa guerrero, pero, bajo este vocablo, se advierte, latinizado, un término del lenguaje hablado, caballarios, caballero…”, la evolución del lenguaje y la literatura hicieron lo demás, pues de la palabra miles, del latín culto, derivan nuestras voces militar, milicia y mílite, mientras que del latín vulgar caballarios, devienen las palabras caballero, en castellano y chévalier, en francés. Esto resulta de especial significado, pues el trato que la literatura, la cultura general y la memoria colectiva le dieron al término caballero, lo dotó de un aura particular de leyenda, casi de magia y humanamente más cercano que la voz militar. En otras palabras, no es esencial que un militar sea gentil con las damas, apasionado o creyente de dios, como resulta elemental para el caballero; así como no se espera de este último que sea disciplinado, ciegamente obediente con sus superiores.

La institución de la caballería fue un nexo que unía fuertemente, sus iniciaciones estaban dotadas de importantes y precisos ritos: los aspirantes se reunían en la fortaleza de su señor y durante el denominado “tiempo de prueba”, se sometían a ejercicios, entrenamientos y adiestramiento en el uso de armas, todo ello ligado a experiencias religiosas rayanas en la mística, particularmente cuando las herejías dejaban sentir su presencia. A la fortaleza acudían también cuando se trataba del “grito del Castillo”, es decir, el llamado de su señor cuando era inminente el riesgo de sus dominios.

La ceremonia de iniciación que refiere Cervantes es una reelaboración literaria de las ceremonias tardías de la caballería, pues en sus inicios, las cosas eran mucho más sencillas. Cuando el aspirante llegaba a la edad adulta, entre los trece y los dieciséis años, según la región y a los veintiuno en los países nórdicos, se les consideraba caballeros del castillo y confiaban su cuerpo al jefe de la fortaleza, a través de formas muy simples, “mediante gestos, algunos de los cuales como las manos dadas y tomadas, expresaban la entrega de sí, mientras que otro de ellos, el beso, signo de paz, anudaba la recíproca fidelidad. mediante estos ritos se daba por concluido una suerte de tratado, que unía a los contrayentes por un vínculo que podía confundirse con los de parentesco”.

Sin embargo, ser caballero no significaba únicamente pertenecer a una élite reunida para el servicio de las armas, a una fraternidad idealizada o a un grupo de defensores de los valores culturales de su feudo, de occidente y de la fe. El feudalismo, en el siglo XI, establece sus rasgos generales en Europa, salvo en España, donde el feudalismo detentará siempre particularidades que lo hicieron sui generis. A partir de entonces, los Señores, que detentaban el poder público heredado de las fragmentarias instituciones romanas que ni los bárbaros, ni la decadencia lograron desaparecer del todo, expanden su dominio hacia el ámbito de lo privado.

Ya habíamos observado que la pertenencia a la orden de caballería se sellaba mediante un pacto inter pares, de contenido civil y político, pero de ningún modo de trabajo, pues la lealtad nace del mutuo reconocimiento y del mutuo compromiso, pero nunca de la subordinación; civil y privado también, pues el caballero acude libremente en favor de su Señor, por la palabra y la confianza empeñadas, sin que medie el deber jurídico o el imperium al modo romano, en otras palabras, porque las medidas de estas instituciones son, por un lado, la justicia conmutativa y no la distributiva, y por el otro las relaciones de coordinación y no las de supra a subordinación.

En tal estado de cosas los Señores buscaron ampliar su cuota de poder, saliendo de los márgenes de la mera política para asimilar el ámbito de su jefatura territorial a una primitiva forma del latifundismo, basado en una economía precapitalista, fundamentada en la acumulación de bienes no productivos desligados de la inversión y sólo indirectamente relacionados con la actividad productiva, de ahí que la fuente de la riqueza en el feudalismo primitivo fuera la exacción de bienes, servicios y en ocasiones metales, acuñados o no, a los habitantes y transeúntes del feudo, tanto de los hombres libres, aún no organizados en burgos y ciudades libres, cuando no se trataba de caballeros, como de hombres no libres, siervos, gleba o esclavos. Esto se traduce en que los caballeros se constituyeran como un grupo privilegiado socialmente, dada la ficción jurídica del parentesco con el Señor, políticamente dado su manejo del monopolio de la fuerza armada, y económicamente por estar exentos del pago de tributos a que estaba sometido el pueblo llano.

Esta última característica trajo consigo que los miembros de las órdenes de caballería acumularan numerosos bienes que atesoraban, constituyendo verdaderos depósitos de bienes, pero no de capital, pues abocados a sus funciones militares no pudieron dedicarse a actividades mercantiles ni productivas, su fundamental pacto de lealtad impidió las revueltas internas y las luchas por el poder entre miembros de diferentes clases, y éste fue el germen de su decadencia fatal, pues con el advenimiento del Renacimiento y su sociedad burguesa, se vieron incapaces de adaptarse a un mundo que detentaba nuevos valores. Una prueba de ello es que los primeros en romper estos pactos de lealtad, los Capeto, hijos de Hugo, fundaron la primera monarquía nacional de la historia en Francia, cuyo nombre es una consigna. Francia toma su nombre “de la expresión, terra francorum” la tierra reservada a los “francos”, o sea, a los hombres libres…”. Desde luego la libertad de estos francos no era sino un grado nominal.

Como puede apreciarse, la conformación de la sociedad medieval se caracteriza, principalmente por su rígida estructura y su inmovilidad. El ascenso y caída de los caballeros son la mejor ilustración de este fenómeno histórico, sin embargo, y sin que alcancen a constituir una auténtica ruptura, en defensa de la privacía del individuo, alentados por la experiencia de la soledad, tema recurrente durante el medioevo, surgen los caballeros andantes, o errantes, de los que la figura caricaturizada de don Quijote es un retrato muy aproximado.

La literatura caballeresca y la existencia de los caballeros andantes son un contrapunto en el largo concierto medieval, contrapunto que, evidentemente Cervantes alcanzó a escuchar, “no hay que olvidar que las canciones épicas y las novelas se componían sobre todo, para ofrecer una compensación onírica a las frustraciones que maduraban en el seno del ámbito privado feudal, pues bien sabido es hasta qué punto reprimía las aspiraciones de la persona a la Libertad: estas obras escenifican en un plano imaginario aquello de lo que en el plano real se veían privados los jóvenes que componían la parte más receptiva del auditorio, puesto que exaltaba la expansión del individuo y celebraban su liberación de todas las constricciones.

El caballero andante se sale de lo cotidiano, a diferencia de otros, no está adscrito a un solo señor o a una fortaleza exclusiva, sino iban de un lado a otro, por voluntad propia y no por locura.

Es sumamente difícil saber cuál es el motor que lleva al escritor a realizar una determinada obra, lo que es seguro es que ninguna obra de arte obedece, en su creación, a una sola y definitiva causa, se ha hablado, aquí, y en muchos trabajos, sobre la intención de Cervantes de cerrar el expediente de la novela caballeresca, y es posible que así halla sido; sin embargo, es factible también que ha Cervantes no se le hubiera escapado la importante función que la novela de caballerías tuvo en su momento, y la trascendencia que tuvo en la conformación del espíritu individual, cuyo primado vivimos desde el Renacimiento.

Rotas las férreas estructuras medievales y comenzada la construcción del imperio de la persona, Cervantes pudo destacar la obsolescencia de la literatura caballeresca como elemento evasivo y superador de la realidad, pero le añade un nuevo elemento que retrata la tensión espiritual y social más importante de sus días, la acción del individuo frente a la sociedad, la libertad contra el orden y el ideal y los principios contra los valores comúnmente aceptados, y al efecto ofrece una nueva y sustituta forma literaria: la novela.

Por eso, Don Quijote viene a constituirse como el arquetipo del hombre que busca liberarse, y al mismo tiempo es la imagen, cruda y ridícula, del conflicto entre el hombre y la sociedad.

Bajo estas luces podemos entender de mejor manera la relación civil y consensual que unió a Sancho y a Don Quijote en sus múltiples aventuras. Dice Cervantes:

“En este tiempo solicitó Don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien (si es que este título se puede dar al que es pobre), pero de muy poca sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió que el pobre villano se determinó de salirse con él y servirle de escudero. Decíale, entre otras cosas, Don Quijote que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque tal vez le podía suceder aventura que ganase en quítame de allá esas pajas alguna ínsula, y le dejase a él por gobernador della. Con esas promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, dejó su mujer y hijos y asentó por escudero de su vecino…”

A parte de la relación humana y afectiva que unirá a Sancho y a Don Quijote, a la cual me referiré brevemente hacia el final de este trabajo, Sancho y Don Quijote se han unido mediante un pacto de lealtad caballeresca, y la promesa de una ínsula añade a la relación el elemento del vasallaje.

La forma en que Sancho y don Quijote se avienen recuerda lo que antiguamente se conoció como el homenaje, “la vinculación personal con el Rey o el Señor se concreta en la institución del homenaje, palabra que significa “ser hombre de otro hombre”, como el conde lo es del rey, o el vasallo del señor”.

La institución del homenaje parece, más bien, importada de Francia a España, de ahí su predominio en Aragón, mientras que las formas más propias de España no eran de este inmixtio manum, sino el besamanos, que, siguiendo a Claudio Sánchez Albornoz, parecía heredada de la forma de contratar la commendatio o patrocinio en la época romana. Este rito se encuentra consignado en las Partidas: “Vasallo se puede fazer un ome de otro, segund la antigua costumbre de España en esta manera: otorgándose por vassallo de aquel que lo recibe, e besándole la mano por reconocimiento de Señorío. (Partida IV, 25,4).”

La relación del vasallaje, siendo profunda, a diferencia de la caballería, no genera siempre relaciones de parentesco, es decir, si bien todo caballero es vasallo de algún Señor, no todo aquel que estaba sujeto a una relación de vasallaje era necesariamente un caballero. Así, don Quijote es un caballero andante, libre, sin adscripción fija a fortaleza alguna, pero vasallo por gratitud y lealtad con el ventero manchego que lo ha iniciado; Sancho, quien también está sujeto al vasallaje, respecto de su Señor, don Quijote, no es en modo alguno caballero, mas la promesa que le ha hecho su señor, convierte este simple homenaje en un auténtico homenaje feudal.

Al ofrecer don Quijote una ínsula a Sancho, no hace sino cumplir con una de las importantes costumbres medievales. Los señores debían otorgar a sus vasallos algunas concesiones de tierra en beneficio, prestimonia, o bien cubrían esta obligación a través de la entrega de bienes o metal acuñado, donativa, stipendia o soldata, así lo establecen las Partidas de Alfonso X, el Sabio, en la Partida IV, 25, 1: “Vasallos son aquellos que reciben honra, o bien fecho de los señores, assi como cavallería, o tierra o dineros, por servicio señalado que les ayan fazer”.

Aparentemente, las ligas del vasallaje se dan únicamente entre nobles, al menos en la mayor parte de Europa, pero en España, y esto explica mucho de la forma en que pudo realizarse la reconquista y esclarece el sentido del libro cumbre de Cervantes; los vasallos podían ser no sólo los nobles, infanzones o hidalgos, sino también algunos villanos. Esta institución que floreció especialmente en León y Castilla, conjuntamente con las tradiciones municipalistas y de la encomienda, dan la nota de diversidad de la edad media española respecto de otras regiones. La aceptación de los villanos y la formación de la hidalguía, instauró en España la noción de la nobleza abierta, la que se adquiere o se pierde, y ello mantuvo móvil la sociedad española, facultándola para hazañas tales como la ya mencionada reconquista.

No sería Sancho el primer villano en aparecer en la literatura con tan altas prendas, a uno de estos casos se refiere Gonzalo de Berceo en su “Vida de Santo Domingo de Silos”, apenas del siglo XIII:

 

“Un caballero era, natural de Llantada,

caballero de precio, de fazienda granada,

exió con su sennor que le daba soldada,

por guerrear moros, entrar de cabalgada”

 

La liberalidad de las instituciones del vasallaje en España llegó al punto, desconocido en otros sitios, de que el pacto pudiera ser disuelto por voluntad de las partes, especialmente del vasallo, de ahí los recurrentes temores de Sancho en cuanto a que su señor hallara mejor escudero. En las regiones de la Europa occidental y central, la mesnada, o grupo de caballeros vasallos de un señor, era indisoluble. Las únicas condiciones eran que el vasallo “Despedido”, en efecto se despidiese de su Señor antes de adoptar uno nuevo, asimismo, no podía herir o matar a su antiguo señor, como lo mandaron las Partidas: “por razón de la caballería que recivió, o del bien fecho quel fizo, e por el vasallaje que ovo con él. (Partida IV, 25, 8).”

Resulta aún mas peculiar la situación de la nobleza en la Edad media española, situación que puede resumirse en la institución de la hidalguía, y desde luego, no se olvida que don Quijote era precisamente, un hidalgo.

Contrastando con lo establecido en otros lugares de Europa, y en su totalidad al advenimiento del poder absoluto de los reyes, la nobleza española en la edad media no era un privilegio, sino un estatuto legal en razón de la función que sus miembros desarrollaban en la sociedad. La palabra noble designa, desde el Siglo X, tanto al hombre libre dedicado a las armas como al rico, y a diferencia del señorío feudal, no guarda relación alguna con la posesión de la tierra, ésa es precisamente la institución de la hidalguía.

Este estatuto jurídico estuvo consignado en las Partidas, de las cuales, la Ley 2, Tit. XXI, part. II, señalaba que la elección de los defensores de la comunidad debía recaer en personas idóneas al efecto, esto es, que fuesen fuertes, diestros en el uso de las armas y habituados a las brutalidades de la guerra, y añade: “esta forma de elección se usó por mucho tiempo, pero observándose que los electos no tenían vergüenza, y olvidando sus obligaciones, en vez de vencer a sus enemigos, ellos eran los vencidos, se estableció que los que se hubiesen de elegir fuesen hombres de buen linaje, y que tuviesen algunos bienes, por cuya razón se les llamó: Fijosdalgo.”

Saltan a la vista particularidades importantes, el hecho de pertenecer a un buen linaje no señala la posibilidad de heredar los títulos, además la obligación de poseer vienes no exige la opulencia, pero al interpretar la nota explicativa de la norma, se entiende que el rasgo distintivo de la nobleza es su forma de vida, digamos un estilo, pues no puede el noble dedicarse a trabajos serviles, aquéllos que se prestan a cambio de un salario, lo cual desde luego incluye al comercio, pues su oficio es el de las armas en defensa de su comunidad. Esta función está marcada por un código de buena conducta, cuyo valor principal es la lealtad; la traición podía traer consigo incluso la muerte. Este código caballeresco sostiene valores como la ya mencionada lealtad, además del desprecio por el peligro, la fidelidad a los juramentos y a la palabra empeñada, la protección de los débiles, la persecución de los malhechores y la generosidad para con el prójimo.

TEXTO Y PRETEXTO DEL QUIJOTE: De libros y bibliotecas

Antes de novelar, o quizá novelando desde luego, y nosotros lectores ya sumidos en la maravilla de la trama – también como personajes -, Cervantes se permite un breve diálogo con el lector, hombre curioso y justo, a quien no conoce, para relevarlo de aceptar la disculpa que los autores solían ofrecer al público como introducción a la obra. Se interpretaba como un rasgo de humildad del escritor, la más de las veces fingida y protocolar, o si se quería ver así, como una abierta demanda de benevolencia.

Aparentemente, la primera preocupación del futuro autor, novelista en potencia, a punto de vaciarse en acto, son sus pocas letras y escasas influencias, con lo cual su historia se verá privada de los adornos que la usanza requería para los libros que se publicaban en el siglo XVII, dice Cervantes, autor y personaje, uno y dual:

 Porque ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá el antiguo legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de conceptos y falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes? Pues ¿qué, cuando citan la Divina Escritura? No dirán que son unos Santos Tomases y otros doctores de la Iglesia; guardando en esto un decoro tan ingenioso, que en un renglón han pintado un enamorado distraído, y en otro hacen un sermoncico cristiano, que es un contento y un regalo oílle y leelle. De todo esto ha de carecer mi libro, porque no tengo qué acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé que autores sigo en él, para ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras del A, B, C, comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoilo y Zeuxis, aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro. también ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos;:  aunque si yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos, yo sé que los darían, y tales, que no les igualasen los de aquellos que tienen más nombre en nuestra España…

Estas afectadas costumbres literarias habían entrado en cuestionamiento para tiempos de Cervantes. En 1627, en los Sueños, Francisco de Quevedo la emprendía contra las dedicatorias, mediante una muy particular:

 Habiendo considerado que todos dedican sus libros con dos fines que pocas veces se apartan: el uno, de que la tal persona ayude a la impresión con su bendita limosna; el otro, de que ampare la obra de los murmuradores; y considerando (por haber sido yo murmurador muchos años) que esto no sirve para tener dos en quien murmurar: del necio, que se persuade que hay autoridad de que los maldicientes hagan caso; y del presumido, que paga con su dinero esta lisonja; me he determinado a escribille a trochimoche, y a dedicarle a tontas y a locas, y suceda lo que sucediere. Quien lo compra y murmura, primero hace burla de sí, que gastó mal el dinero, que del autor se le hizo gastar mal.

Cervantes, autor y personaje de su obra, sabe que el tiempo que vive es diferente al tiempo pasado. Sabe, en especial, que no escribe para el núcleo íntimo de los medievales lectores de mansucritos, sino que está prevenido de la crítica y le sabe que será leído por el gran público. En efecto, para 1605, Europa, y en menor escala América, presenta una de las más importantes revoluciones del mundo moderno, la incorporación de la sociedades occidentales a la cultura de lo escrito.

En el siglo XVII, se escribe para un gran público y para una crítica casi tan desarrollada como la que ahora conocemos. A partir del siglo XVI, la alfabetización avanza, se presenta una circulación más abundante de lo escrito; avance en la producción y en la lectura. Comienza la difusión de la lectura en silencio, institución socialmente desconocida en la edad media; esta relación particular entre el lector y el libro, permitió un nexo solitario con el texto, casi un secreto, dentro de la vida privada.

Parece posible dimensionar la expansión de la cultura de lo escrito en las sociedades occidentales. Algunos historiadores contemporáneos lo han intentado, siguiendo y registrando el incremento de personas que pudieron firmar actas notariales, parroquiales y judiciales; sin embargo, estas evidencias deben apreciarse en su justa medida, se trata de indicadores globales y no de datos precisos.

Roger Chartier, en su estudio sobre las prácticas de lo escrito, encontró que:

 En Castilla la Nueva, en la jurisdicción del Tribunal de la Inquisición de Toledo, en donde los testigos y los acusados – de los que ocho de cada diez son varones y uno de cada dos, un personaje de mayor o menor importancia -, entre 1515 y 1600, firman en el 49% de los casos, bien o mal; entre 1651 y 1700, el 54%, y entre 1751 y 1817, el 76%. Estos porcentajes por la propia composición de la muestra, no pueden indicar una cifra global de firmantes válida para toda la población castellana, pero su incremento señala un adelantamiento continuo y regular de la alfabetización.

De hecho, y a diferencia de lo que hubiere sucedido, al menos cien años antes, el Quijote no fue escrito para una élite diminuta, ni para su atesoramiento en bibliotecas fortificadas, sino para un público lector que, es lógico suponer, se encontraba ya, más o menos definido en su carácter y composición.

No importa. El valor fundamental del párrafo del Quijote que acabamos de leer, no está en la evidencia de las costumbres literarias de su tiempo, sino en su humano hablar de buen amigo. Ahí se queda, cercano, sin alardes efectistas, como una advertencia constante contra los advenedizos de la cultura, siempre listos para encantar, o encantarse, con la falsa erudición.

Ante la expansión de la cultura de lo escrito, resulta natural el incremento en la posesión de libros en propiedad. Un mayor número de personas con capacidad de lectura, sumado a la mayor actividad de impresores y libreros, significó que, por primera vez, el hombre común pudiera hacerse de una biblioteca personal, asentada en su domicilio y dedicada a su uso particular. Una fuente histórica de primera mano son los archivos notariales que comprenden los inventarios de las propiedades dadas en herencia o legado, por ejemplo, lo encontrado por Chartier, “en Valencia (España), en donde entre 1474 y 1550, el libro aparece en un inventario de cada tres.”

No es extraordinario que Alonso Quijano tuviera una biblioteca, lo extraordinario, es el retrato de una realidad social que era, cada vez, más frecuente encontrar. El episodio de la biblioteca de Alonso Quijano es un mensaje lanzado al acaso de un lector posible, pero con destinatario y remitente definidos. La invención se roza, durante un instante, con la realidad. Imaginemos a un abogado de principios del l600, regresa a su hogar luego de la jornada, entra a su biblioteca y toma su última adquisición; ¿qué encuentra? a uno de sus pares al que se le seca el seso, a fuerza de leer, en los libros, gran cantidad de disparates. Ese roce, un breve instante, se estira hasta la perpetuidad, el personaje y la historia nos hablan en tercera persona del presente, aún hoy.

Pero, ¿qué tan rica era la biblioteca de Alonso Quijano?, ¿a quién quiso retratar Cervantes en base al breve inventario de sus estanterías?

En favor de la novelística, Cervantes conjunta en su Quijote los elementos que conforman al personaje perfecto. Trazado de una pieza en su exterior, la quema de los libros es una radiografía espiritual e intelectual, veamos:

 Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el Cura:

Parece cosa de misterio esta; porque según  he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen deste; y así me parece que como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos sin excusa alguna, condenar al fuego.

No, señor – dijo el Barbero -; que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar…

Este es -respondió el Barbero – Don Olivante de Laura.

El autor de ese libro -dijo el Cura fue el mesmo que compuso a jardín de flores, y, en verdad, que no sepa determinar cuál de los dos libros es más verdadero, o, por decir mejor, menos mentiroso; solo sé decir que este irá al corral, por disparatado y arrogante.

La Galatea, de Miguel de Cervantes – dijo el Barbero.

Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de bueno invención; propone algo, y no concluye nada; es menester esperar la segunda parte que promete, quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada.

Señor compadre, que me place respondió el Barbero-. y aquí vienen tres, todos juntos: La Araucana de don Alonso de Ercilla; La Austríada, de Juan Rufo, jurado de Córdoba, y el Monserrate, de Cristóbal de Virués, poeta valenciano…

 En ninguna otra ocasión estaremos tan cerca de la biblioteca. El Quijote es una novela que se desarrolla extramuros, acaso se puede apreciar a Proust por oposición, como en un negativo fotográfico, siempre puertas adentro de las entrañas del personaje; aun cuando el Quijote y Sancho sean hospedados o convidados, la historia continúa en campo abierto, allá en la fuerza centrífuga de las reflexiones y locuras del Quijote, y siempre, en las mil y una ramificaciones que nacen del dicho y el hecho de los personajes, a veces, al modo de la novela bizantina.

La forma conocemos el contenido de la biblioteca aumenta el patetismo de la locura de Quijano, despierta la solidaridad para con el loco, que malherido – nosotros lo sabemos -, se aproxima a casa, para ver reducida a cenizas su querida biblioteca; y hasta para con los libros, que son juzgados en juicio sumarísimo, por haber causado daños a su amo, y en donde la mayoría son condenados a la hoguera, los últimos por economía procesal se diría y por pereza de personajes y narrador, los absueltos de la quema son condenados a prisión, ya en casa del Cura o en casa del Barbero, pero ninguno será destinado de nuevo a su legítimo dueño.

El Ingenioso Hidalgo, al llegar a su casa, ya sin los libros, y hasta con el recinto de la biblioteca, que en aquellos tiempos era mejor conocida como librería, tapiada y embozada con muros, se defiende con aquello que nuestros modernos psicólogos llaman un mecanismo de defensa, y que siempre conocimos en la institución social del “disimulo”, tan explotado por la picaresca. Don Quijote, ya armado caballero andante, no puede creer que alguien fuera tan impío como para destruir una biblioteca, entonces ¿quién cometería semejante incuria?, sin duda nadie cercano, el ama y la sobrina son sus seres más queridos, el Cura y el Barbero sus amigos más cercanos; su razonada locura lo lleva a pensar que la desgracia se debe a su nuevo estado; los cánones señalan que todo caballero debe tener enemigos naturales y sobrenaturales, de ahí que lo más coherente sea que su odiado enemigo, el encantador Frestón – a quien, si observamos con cuidado, nunca ha visto – fuera el responsable de la mágica desaparición.

¿De qué calidad era la biblioteca de Alonso Quijano?, tómese en cuenta que estamos en presencia de un documento extraordinario, la crítica de la literatura de su tiempo por Miguel de Cervantes.

El primero entre los salvados es “Los cuatro de Amadís de Gaula”, apreciado por ser el primero de los libros de caballerías y por su calidad literaria. En realidad, el Amadís de Gaula es todo un ciclo caballeresco, en España, Francia, Alemania, Italia e Inglaterra circularon muchos libros bajo el nombre y tema del Amadís, incluso Bernal Díaz del Castillo se refiere a él con reverencia, cuando refiere que la Gran Tenochtitlan parecía aquellas cosas de encantamiento de que habla el libro del Amadís. El auténtico título de este libro es, simplemente “Amadís de Gaula”, el añadido de los cuatro se debe a las cuatro partes de que se compone, era éste un libro de bastante buen tamaño, “cuatrocientas páginas en folio de apretadísima letra a dos columnas…”. Resulta de particular importancia este libro porque reúne los arquetipos de los personajes propios de los libros de caballerías que enseñorearían desde la invención de la imprenta hasta bien entrado el siglo XVI, con cuyo siglo también decayeron. La forma en que Don Quijote se refiere a Dulcinea recuerda siempre a la forma en que Amadís habla de la “sin par Oriana”, hija del rey Lisuarte de la Gran Bretaña. Las aventuras de Amadís se repetirán en todo el ciclo de la literatura caballeresca española y europea en general, combates contra leones, como el de Sarmadán, recuérdese la liberación de los leones por el ingenioso hidalgo, las batallas contra los gigantes, en el caso del de Gaula, Madanfabul y Ardán Canileo, la liberación de damas, princesas y reinas, como Madásima y Briolanja, a la primera de las cuales Amadís obsequia con el gobierno de la ínsula Mongaza y el castillo de Lago Ferviente. Es decir, el Amadís, pese a su alambicada literatura es, sin dudarlo, la más acabada de las obras de su género por ser compendio de todas y obra fundacional. De su calidad, nos dice Nueda, “que la Real Academia lo incluye en su Diccionario de Autoridades y Juan de Valdés dice de él, en su Diálogo de la Lengua, “que deben leerle  todos los que quieran aprender el castellano”.

La continuación del Amadís es Las sergas de Esplandián, que al contrario del primero, que es anónimo, está firmado por Garci-Ordónez de Montalvo, regidor de Medina del Campo, que no por descender de buen padre fue perdonado del fuego, y en efecto, su calidad es en mucho inferior al esforzado caballero Amadís de Gaula.

Del segundo libro, éste condenado al fuego, Don Olivante de Laura, no tenemos referencias directas, pues sus ejemplares son sumamente raros. Nota curiosa, pues si bien Cervantes lo señala como un tonel, diversas relaciones indirectas nos dicen, como señala Alfonso Reyes, que no debió ser un texto de gran volumen, así lo indica Reyes, “y dicen mis autoridades, en efecto, que el Don Olivante, publicado en 1564, sólo merece recordarse en la larga serie de libros de caballería porque Cervantes le hizo el honor de mencionarlo. Aunque, eso no, no es “tonel”, ni cosa que lo valga, sino un volumen bastante moderado para tratarse de libro en folio; en total 506 páginas.”.

Por su volumen, es factible que si Cervantes citaba de memoria lo confundiera con el Palmerín de Olivante, como afirman Francisco Rodríguez Marín y el propio Reyes, quien señala, “«Palmerín de Olivante» impreso mucho antes en Venecia, y que siendo octavo, abulta mucho con sus 900 y tantas páginas.”

Si bien, Don Olivante de Laura no es rescatable, su autor sí lo es, Antonio de Torquemada, autor también del Jardín de Flores Curiosas, más ridículo que el propio Don Olivante, a decir del juicio de Cervantes, y del magnífico libro Los Coloquios Satíricos.

El Jardín de flores alcanzó varias ediciones en poco tiempo, Salamanca 1570, Zaragoza 1571, Leyden 1573 y una nueva en Salamanca en 1577. Así pues, Torquemada debió ser un autor bien conocido por Cervantes, aunque aparentemente, no tan estimado. Resulta que, en su orden de creación y aparición, Antonio de Torquemada escribió primero, Los Coloquios Satíricos, luego, Don Olivante de Laura, y por último, ya póstumo y al cuidado de sus hijos, El Jardín de Flores Curiosas. El primero de sus libros reúne la satírica y la novelística, no tan mordaz como los modelos satíricos de su época, es un costumbrista bueno y prudente. Los siguientes títulos fueron marcando el amaneramiento y la decadencia en el tema y el estilo, Jardín de Flores es una novela que quiere ser filosófica, o al menos de opinión, pues se basa en las conversaciones de dos amigos, Luis y Bernardo, ideas que no pasan de curiosas y ridículas noticias.

La decadencia literaria de Torquemada parece ilustrar el proceso de pérdida de la razón en Don Quijote, no como moraleja o simple ejemplificación, sino como un proceso real y factible entre cuyos afectados se encuentra uno de los autores considerados en el Quijote y leído en su tiempo.

Lo más simpático de este asunto es que, como piensa Menéndez y Pelayo, la mayor influencia de Cervantes en su obra de vejez, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, no es otra que la del Jardín. Menéndez y Pelayo consideró en su Cultura Literaria de Miguel de Cervantes, de 1905, que “mucho más personal hay en la obra de la vejez de Cervantes, en el Persiles, cuyo valor estético no ha sido rectamente apreciado aún y que contiene en la segunda mitad algunas de las mejores páginas que escribió su autor. Pero hasta que pone el pie en terreno conocido y recobra todas sus ventajas, los personajes desfilan ante nosotros como legión de sombras, moviéndose entre las nieblas de una geografía desatinada y fantástica, que parece aprendida en libros tales como El Jardín de Flores Curiosas, de Antonio de Torquemada”. Del mismo parecer es don Américo Castro, como lo manifiesta en su libro El pensamiento de Cervantes.

Aparentemente existe alguna contradicción entre el hecho de que el libro de Torquemada sea dado al fuego y luego resulte ser la influencia más clara en una de las mejores obras de Cervantes. No hay tal, en el Quijote tanto el Don Olivante como El Jardín de Flores, cumplen con la misión de ilustrar el proceso del desquiciamiento del juicio y el estilo, pero también significa a la literatura que privaba en los tiempos de Cervantes, entre los hombres que realizaron el momento de esplendor de España, ya hemos dicho que al llegar a la capital azteca, Bernal Díaz del Castillo – acaso junto con Cortés, el más letrado de los conquistadores – se acuerda del Amadís de Gaula, Colón, en su diario recuerda las lecturas de la Imago Mundi, del Cardenal Aliaco, libro no menos ridículo y disparatado que sus compañeros.

La mención de la Galatea del propio Cervantes es una de las muchas veces en que el autor se menciona a sí mismo en su magistral libro, este recurso, ahora tan utilizado en las letras, el teatro y el cine, se conoce actualmente como “guiño al lector”, indudablemente fue Cervantes uno de sus precursores. Más aún, como dice Fuentes, “Cervantes, como don Quijote, es leído por los personajes de la novela Quijote, libro sin origen autoral y casi sin destino, agonizante apenas nace, reanimado por los papeles del historiador arábigo Cide Hamete Benengeli, que son vertidos al castellano por un anónimo traductor morisco y que serán objeto de la versión apócrifa de Avellaneda… Puntos suspensivos. El círculo de las lecturas se reinicia. Cervantes, autor de Borges; Borges, autor de Pierre Ménard; Pierre Ménard, autor del Quijote.”

Cervantes siempre le profesó un particular afecto a La Galatea, pues como él mismo indica, la escribió “cuando había salido apenas de los límites de la juventud”, tal vez eso fuera suficiente para justificar la presencia de esta obra en el Quijote, sin embargo, el tema y la estructura de la Galatea, la hacen idónea para ser bien vista en la biblioteca de Alonso Quijano.

La Galatea constituye una de las obras más acabadas del género bucólico pastoril que inicia con Dafnis y Cloe de Longo, en la Roma clásica, entre los antecedentes principales de esta obra de Cervantes habría que mencionar La Arcadia de Sannazzaro y las Dianas, la de Montemayor y la de Gil Polo.

Es cierto que la novela pastoril no alcanzó las dimensiones de otros géneros, narrativos y poéticos; esto puede deberse al amaneramiento y afectación a que se prestan su tema y sus personajes, hoy como ayer, resulta inverosímil que dos pastores se entretengan discurriendo temas de filosofía clásica, cualquiera sabe, como lo sabían en Roma, en la Edad Media y en el Renacimiento, que ningún pastor logra sus conquistas amorosas recitando sonetos perfectos. Ahí radica la perdición a que los autores condenaron sus propias obras, forzando el género que trabajaban hasta el límite de lo descabellado, este ejemplo sigue vigente, en especial para algunas corrientes de vanguardia.

Sin embargo, es falso que ninguna de las obras de este género pueda ser considerada como trabajo mayor; primero, porque constituyen una parte importante dentro de la evolución estética de occidente, el largo e inocente lamento por la naturaleza perdida, y segundo, porque, en efecto, existen algunas de ellas que son muestra de buen trabajo literario y de perfección en su género, entre las primeras, la propia Galatea, entre las segundas Dafnis y Cloe, aquélla no sólo porque su autor fuera ya una garantía, sino porque hace un logrado intento por alejarse de los lugares comunes que ya habían dejado maltrecho al género; ésta porque al ser la primera, se encuentra libre de afectaciones y excesos.

De este modo, la inclusión de la Galatea en el Quijote, obedece al ejercicio de técnica y estilo que Cervantes impulsa, al afecto que el autor le tiene a este trabajo juvenil y a la calidad del mismo; sin embargo, al igual que el Quijote, en general cierra el ciclo de la literatura caballeresca, llevándola hasta sus últimos límites, también tiene el mismo efecto con la novela bucólica y pastoril, a través de idéntico mecanismo de caricatura y agotamiento; esta vez, de manera sutil, Cervantes deja ver los andamiajes en esta ocasión, puestos sobre aviso de la importancia de La Galatea, que dicho sea de paso, no resulta tan bien tratada en el juicio crítico del propio autor, podemos describir con mayor claridad la influencia de esta obra en los pasajes pastoriles del Quijote, y en la manera que el disparate y la afectación han terminado por agotar el género.

 

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