El compás de las letras: diez encuentros entre literatura y música

  • Octubre 25 a Diciembre 27
  • Diez sesiones vía zoom
  • Grabación de las sesiones
  • Publicación de trabajos de los participantes
  • Material audiovisual para cada sesión
  • Una visita desde la música isabelina en la obra de Shakesperare, el poema sinfónico, el enorme mundo de la ópera, el Jazz de Cortázar y el Rock de los Beatniks y de la literatura de la Onda; el camino de Proust y Nietszche en la música y el cine, la música y la literatura.
  • Costo: 1,200 pesos (Mx)
  • Inf. Whatsapp: 5535154057
El compás de las letras

Las citas de los viernes: Rayuela de Julio Cortázar

Démonos cita los viernes para citar. Descansando la pluma y la lectura, estas perlas rescatadas de la experiencia lectora. Hoy, ofrecemos, hasta donde vamos, recolecciones de Rayuela que me he puesto a releer, en una tercera ocasión que me devuelve fresco un libro eterno. Que ustedes lo disfruten.

De Rayuela, Edición conmemorativa de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española. España. 2019.

El argentino que se hizo querer de todos. Gabriel García Márquez.

En alguna parte de La vuelta al día en ochenta mundos un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse…

El argentino que se hizo querer de todos. Gabriel García Márquez.

Yo había leído Bestiario, su primer libro de cuentos, en un hotel de lance de Barranquilla donde dormía por un peso con cincuenta centavos, entre peloteros mal pagados y putas felices, y desde la primera página me di cuenta de que aquel era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande…

El argentino que se hizo querer de todos. Gabriel García Márquez.

Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del Boulevard Saint-Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón…

La trompeta de Deyá. Mario Vargas Llosa

Pensé en un verso de Vallejo – «español de puro bestia» -…

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

Se vivía en una atmósfera radical, en el mejor sentido de la palabra, un radicalismo implacable que compartían viejos como Bertrand Russell. Los principios eran entonces letra viva y no como hoy, reliquias a exhumar. La palabra causa tenía un aura sagrada.

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

Las utopías reglamentadas se vuelven siempre pesadillas. Un viaje, a veces rápido, desde los sueños a los malos sueños, y de allí a los pésimos sueños.

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

Cuando Rayuela fue publicada en Buenos Aires en 1963, Julio Cortázar tenía entonces cincuenta años, con lo que podemos decir que la novela más experimental, novedosa y provocadora que se escribió en los tiempos del boom fue la obra de alguien que a los ojos adolescentes de mi generación era ya mayor. La novela juvenil de un señor que aparentaba ser joven. O no dejaba de ser joven.

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

Los guerrilleros en sus escondites leían Rayuela y leían La ciudad y los perros, el boom extendía su onda expansiva hasta las catacumbas e inflamaba a su modo las hogueras; un primo mío comandante guerrillero se puso por seudónimo «Aureliano», por Aureliano Buendía, y otro que era campesino vino a llamarse directamente Macondo porque lo copió del nombre de una cantina, así trabaja la patafísica. A nadie hubiera extrañado ver a un Ixca Cienfuegos con el fusil en la mano porque todos andábamos en busca de la región más transparente del aire.

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

¿Por qué un guerrillero habría de leer Rayuela? Porque Ravuela, insisto, fue un libro para jóvenes, un libro de iniciación. Para construir, ya se sabe, es necesario primero destruir, ir a fondo en el cuestionamiento, insistir en las preguntas. Incesantes preguntas. La conducta, hoy tan extraña, de un escritor con creencias, y capaz de defenderlas, aun a riesgo de parecer ingenuo frente a la majestad no siempre benévola de los sistemas políticos, o frente a quienes prefieren atrincherarse en la neutralidad, a cubierta de todo riesgo.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 1

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la Rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 1

Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, razón de los matadores de brújulas.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 2

La Maga había aparecido una tarde en la Rue du Cherche-Midi, cuando subía a mi pieza de la Rue de la Tombe Issoire traía siempre una flor, una tarjeta Klee o Miró, y si no tenía dinero elegía una hoja de plátano en el parque.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 2

No estábamos enamorados, hacíamos el amor con un virtuosismo desapegado y crítico, pero después caíamos en silencios terribles y la espuma de los vasos de cerveza se iba poniendo como estopa, se entibiaba y contraía mientras nos mirábamos y sentíamos que eso era el tiempo.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 2

Demasiado tarde, siempre, porque aunque hiciéramos tantas veces el amor la felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este placer, un aire como de unicornio o isla, una caída interminable en la inmovilidad.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 4

-Imposible explicarte-decía Etienne-. Esto es el Meccano número siete y vos apenas estás en el dos. La Maga se quedaba triste, juntaba una hojita al borde de la vereda y hablaba con ella un rato, se la paseaba por la palma de la mano, la acostaba de espaldas o boca abajo, la peinaba, terminaba por quitarle la pulpa y dejar al descubierto las nervaduras, un delicado fantasma verde se iba dibujando contra su piel. Etienne se la arrebataba con un movimiento brusco y la ponía contra la luz. Por cosas así la admiraban, un poco avergonzados de haber sido tan brutos con ella, y la Maga aprovechaba para pedir otro medio litro y si era posible algunas papas fritas.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 71

De una manera u otra todos la buscan, todos quieren abrir la puerta para ir a jugar. Y no por el Edén, no tanto por el Edén en sí, sino solamente por dejar a espalda los aviones a chorro, la cara de Nikita o de Dwight de Charles o de Francisco, el despertar a campanilla, el ajustarse a termómetro y ventosa, la jubilación a patadas en el culo (cuarenta años de fruncir el traste para que duela menos, pero lo mismo duele, lo mismo duele, lo mismo la punta del zapato entra cada vez un poco más, a cada patada desfonda un momentito más el pobre culo del cajero o del subteniente o del profesor de literatura o de la enfermera), y decíamos que el homo sapiens no busca la puerta para entrar en el reino milenario (aunque no estaría nada mal, nada mal realmente) sino solamente para poder cerrarla a su espalda y menear el culo como un perro contento sabiendo que el zapato de la puta vida se quedó atrás, reventándose contra la puerta cerrada, y que se puede ir aflojando con un suspiro el pobre botón del culo, enderezarse empezar a caminar entre las florcitas del jardín y sentarse a mirar una nube nada más cinco mil años, o veinte mil, si es posible y si nadie se enoja y si hay una chance quedarse en el jardín mirando las florcitas.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 71

Y no que el mundo haya de convertirse en una pesadilla orwelliana o huxleyana; será mucho peor, será un mundo delicioso, a la medida de sus habitantes, sin ningún mosquito, sin ningún analfabeto, con gallinas de enorme tamaño y probablemente dieciocho patas, exquisitas todas ellas, con cuartos de baño telecomandados, agua de distintos colores según el día de la semana, una delicada atención del servicio nacional de higiene, con televisión en cada cuarto, por ejemplo grandes paisajes tropicales para los habitantes de Reikiavik, vistas de siglos para los de La Habana, compensaciones sutiles que conformarán todas las rebeldías…

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 7

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar…

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 7

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos…Ponerme en forma con Alisa ha sido una experiencia genial. Siempre me quedaba con la sensación de haber tenido un entrenamiento completo. Le agradezco mucho su ayuda y sus consejos. Sin duda, recomendaría este lugar. ¡Gracias, Alisa!

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 68

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia…

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 13

Por mas que le gustara el jazz Oliveira nunca entraría en el juego como Ronald, para él sería bueno o malo, hot o cool, blanco o negro, antiguo o moderno, Chicago o New Orleans, nunca el jazz, nunca eso que ahora eran Satchmo, Ronald y Babs, Baby don’t you play me cheap because I look so meek, y después la llamarada de la trompeta, el falo amarillo rompiendo el aire y gozando con avances y retrocesos y hacia el final tres notas ascendentes, hipnóticamente de oro puro, una perfecta pausa donde todo el swing del mundo palpitaba en un instante intolerable, y entonces la eyaculación de un sobreagudo resbalando y cayendo como un cohete en la noche sexual, la mano de Ronald acariciando el cuello de Babs y la crepitación de la púa mientras el disco seguía girando y el silencio que había en toda música verdadera se desarrimaba lentamente de las paredes, salía de debajo del diván, se despegaba como labios o capullos.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 13

Por mas que le gustara el jazz Oliveira nunca entraría en el juego como Ronald, para él sería bueno o malo, hot o cool, blanco o negro, antiguo o moderno, Chicago o New Orleans, nunca el jazz, nunca eso que ahora eran Satchmo, Ronald y Babs, Baby don’t you play me cheap because I look so meek, y después la llamarada de la trompeta, el falo amarillo rompiendo el aire y gozando con avances y retrocesos y hacia el final tres notas ascendentes, hipnóticamente de oro puro, una perfecta pausa donde todo el swing del mundo palpitaba en un instante intolerable, y entonces la eyaculación de un sobreagudo resbalando y cayendo como un cohete en la noche sexual, la mano de Ronald acariciando el cuello de Babs y la crepitación de la púa mientras el disco seguía girando y el silencio que había en toda música verdadera se desarrimaba lentamente de las paredes, salía de debajo del diván, se despegaba como labios o capullos.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 117

Un niño de diez y otro de once años que habían matado a sus compañeros fueron condenados a muerte, y el de diez ahorcado. ¿Por qué? Porque sabía la diferencia que hay entre lo que está bien y lo que está mal. Lo había aprendido en la escuela dominical.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 15

En Montevideo no había tiempo, entonces-dijo la Maga-. Vivíamos muy cerca del río, en una casa grandísima con un patio. Yo tenía siempre trece años, me acuerdo tan bien. Un cielo azul, trece años, la maestra de quinto grado era bizca. Un día me enamoré de un chico rubio que vendía diarios en la plaza. Tenía una manera de decir «dário» que me hacía sentir como un hueco aquí… Usaba pantalones largos pero no tenía más de doce años.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 17

Con muchachas que prefieren bailar mientras escuchan Star Dust o When your man is going to put you down, huelen despacito y dulcemente a perfume y a piel y a calor, se dejan besar cuando es tarde y alguien ha puesto The blues with a feeling y casi no se baila, solamente se está de pie, balanceándose, y todo es turbio y sucio y canalla y cada hombre quisiera arrancar esos corpiños tibios mientras las manos acarician una espalda y las muchachas tienen la boca entreabierta y se van dando al miedo delicioso y a la noche, entonces sube una trompeta poseyéndolas por todos los hombres, tomándolas con una sola frase caliente las deja caer como una planta cortada entre los brazos de los compañeros, y hay una inmóvil carrera, un salto al aire de la noche, sobre la ciudad, hasta que un piano minucioso las devuelve a sí mismas, exhaustas y reconciliadas y todavía vírgenes hasta el sábado siguiente…

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 17

Que un hombre es más que un hombre y siempre menos que un hombre, másque un hombre porque encierra eso que el jazz alude y solaya y hasta anticipa, y menos que un hombre porque de esa libertad ha hecho un juego estético o moral, un tablero de ajedrez donde se reserva ser el alfil o el caballo, una definición de libertad que se enseña en las escuelas, precisamente en las escuelas donde jamás se ha enseñado y jamás se enseñará a los niños el primer compás de un ragtime y la primera frase de un blues, etcétera, etcétera.

El rincón de la bibliografía: José Lezama Lima

Lezama Lima cumple hoy 108 años, sus letras fueron precursoras, avanzada, reconocimiento y apertura a los momentos del Boom y de la literatura contemporánea. Para honrar su memoria, su bibliografía en Cisterna de Sol:

Paradiso

https://www.alianzaeditorial.es/libro.php?id=2810608&id_col=100500&id_subcol=100501

Oppiano Licario 

https://www.nexos.com.mx/?p=3217

Muerte de Narciso

https://www.ocultalit.com/poesia/lezama-lima-muerte-narciso/

Enemigo rumor

http://culturacubana.net/4-1-2-2-2-enemigo-rumor-texto-publicado-en-1941-por-jose-lezama-lima-1910-1976/

Aventuras sigilosas

http://culturacubana.net/4-1-2-2-3-aventuras-sigilosas-1945-de-jose-lezama-lima-1910-1976/

La fijeza

https://www.festivaldepoesiademedellin.org/es/Festival/24/News/44.html

Dador 

http://culturacubana.net/4-1-2-2-6-dador-obra-poetica-publicada-en-1960-por-jose-lezama-lima-1910-1976/

Fragmentos a su imán

https://www.proceso.com.mx/124222/fragmentos-a-su-iman

Coloquio con Juan Ramón Jiménez

http://yoandynombrar.blogspot.com/2010/08/coloquio-con-uan-ramon-imenez1.html

Arístides Fernández

http://www.penultimosdias.com/2013/01/22/un-texto-inedito-de-lezama-lima-sobre-aristides-fernandez/

Analecta del reloj

http://culturacubana.net/4-1-2-2-12-analecta-del-reloj-obra-publicada-en-1953-por-jose-lezama-lima-1910-1976/

La expresión americana

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/para-una-teora-de-la-cultura–la-expresin-americana-de-jos-lezama-lima-0/html/ff2fb646-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.htm

Tratados en La Habana 

http://culturacubana.net/4-1-2-2-14-tratados-en-la-habana-1958-de-jose-lezama-lima-1910-1976/

Las imágenes posibles

http://barricadaletrahispanic.blogspot.com/2011/08/las-imagenes-posibles-jose-lezama-lima.html

La cantidad hechizada

http://www.revistavisperas.com/lezamalima/

Órbita de Lezama Lima

https://www.march.es/bibliotecas/repositorio-cortazar/ficha.aspx?p0=cortazar%3A233

Poesía completa

https://elpais.com/cultura/2016/11/30/babelia/1480528250_213547.html

Introducción a los vasos órficos

https://books.google.com.mx/books/about/Introducción_a_los_vasos_órficos.html?id=VmpkAQAACAAJ&redir_esc=y

Las eras imaginarias 

https://core.ac.uk/download/pdf/16359612.pdf

Imagen y posibilidad

http://www.rebelion.org/hemeroteca/cuba/030726lezama.htm

Relatos

https://www.alianzaeditorial.es/libro.php?id=90227&id_col=100500&id_subcol=100501

Escritos de Estética

http://revistaseug.ugr.es/index.php/letral/article/view/3606

Lezama Lima da una mirada a su novela Paradiso:

El libro nuestro de cada martes: Aquellos años del Boom de Xavi Ayén

Ellos fueron los superhéroes de mi adolescencia; escritores que no sólo hacían novelas maravillosas sino que tenían vidas de asombro. Ellos fueron mis maestros y mis guías, mis educadores sentimentales, mis mentores estéticos, mis ideales políticos. Ellos fueron los que nos enseñaron a los latinoamericanos que éramos una cultura de cuerpo entero con suficiente tamaño para medirnos con cualquiera. Ellos eran los del Boom.

Xavi Ayén, escribe una historia de este fenómeno literario que se lee como una rica novela o como un buen anecdotario, pero contextualiza y dimensiona. El boom no fue una corriente literaria – que va de Carlos Fuentes al Gabo o de Cortázar a Vargas Llosa – fue sí una estrategia editorial, pero sobre todo una feliz coincidencia histórica y literaria y un estallido de voz y conciencia.

Se trata de un auténtico tabique de esos que ya no se hacen, un libro gordo gordo, como para presumir que se está leyendo, vaya; pero que se lee con una ligereza que da gusto. Se lee como una novela de aventuras, que si el Galo volvió o no de Acapulco porque lo había asaltado la primera frase de Cien años de Soledad, que si la voz de Cortázar o los trajes impecables de Carlos Fuentes y, en medio de todos, enorme, gigantesca, inteligente, hábil y sensible, la Mamá Grande, la Balcells. Modelo de agente literaria que en México nadie ha alcanzado a dibujar y ni siquiera a emular.

Si es usted un amante de la literatura, no se lo pierda y si no lo es, no hay mejor manera de aprender el tiempo en que salíamos de las dictaduras, desde España hasta Argentina; el tiempo en que la literatura latinoamericana le entró de lleno a los escaparates con sus colegas españoles y franceses y salió victoriosa; ellos, los padres literarios de los que ahora tomamos la pluma.

Algo más sobre el libro:

https://elpais.com/cultura/2014/06/23/babelia/1403536045_503649.html

Algo más sobre el boom según el Gran Cronopio

 

El libro nuestro de cada martes: Tres lindas cubanas de Gonzalo Celorio

Para los mexicanos Cuba es una fascinación, un misterio y una vocación; emparentadas desde el nacimiento hemos compartido de todo, desde flujos migratorios hasta encuentros y desencuentros históricos. En la Era Colonial fuimos, ambas naciones la puerta de acceso de Europa al Nuevo Continente, durante las guerras de independencia ambos países nos mostramos solidarios y aunque cada Nación con sus avatares y sus desventuras alcanzamos la libertad en momentos distintos, esa relación deja más que claro aquel principio que indica que la relación entre los gobiernos no coincide siempre con la relación entre lo spueblos.
Para decirlo de otra manera, entre Cuba y México hay un romance que lleva ya varios siglos; nos encontramos a la orilla del mar, en la literaetura,particularmente en la poesía, en el cine, en la música, sobre todo en la música. Y desde luego, a los mexicanos nos gusta la cubanía, hombres y mujeres sentimos una atracción natural por el ritmo y la alegría que cura un poco nuestra solemnidad de altiplano. Pero Cuba encierra también misterios, particularmente después de la Revolución es mucho lo que se dice, muchas las leyendas y son pocos los privilegiados que han podido observar y vivir de primera mano aquel universo.
Para mi generación, que creció arrullada por los cantos en memoria del Ché,  por ejemplo, la Revolución tenía un no sé qué de romance épico, la imaginería de los barbudos luchando en la Sierra Maestra, la presencia en Santa Clara, la figura de Fidel triunfante con una paloma en el hombro; luego la historia hizo su trabajo de desencanto y desencuento, no siempre objetivo y no siempre veraz, pero Cuba seguía ahí, presente y gozando siempre de nuestro cariño, de nuestraesperanza de los helados Coppelia, de Varadero, de Hemingway.
Posiblemente Gonzalo Celorio sea uno de los más importantes «cubanólogos» denuestro país, lo es por derecho desde luego, por origen y también por ímpetu; talvez por eso uno de los libros que mejor retratan, con más sabor y con impecable prosa aquel sentimiento de la cubanía que nos enamora y nos acoge sea «TresLindas Cubanas».

Los libros autobiográficos o semi autobiográficos siempre nos toman con reserva, es decir, la autobiografía esconde en el fondo también una justificación y los seres humanos solemos necesitarlas; pero Celorio toma distancia y narra una auténtica ficción del mundo real en la que el principal personaje no es el apellido Celorio, sino ese intercambio enorme, dulce y permanente entre México y Cuba. Los libros que ambos pueblos nos hemos escrito y la forma en que nos hemos leído.
Se trata pues de un catálogo hermoso de sentimientos sobre Cuba, de visiones sobre la isla y sobre su historia, pero ante todo, es la historia de unahumanidad a la que las fronteras le vienen sobrando cuando lo que importa escorrer tras el corazón y el ensueño.

Algo sobre el libro:

https://www.planetadelibros.com/libro-tres-lindas-cubanas/88687

Viajero al Microscopio: De París a Ginebra dos argentinos en busca de lector

 

Cuenta la leyenda que Erasmo de Rotterdam solía viajar con su biblioteca embarcada en un carromato que lo seguía a donde quiera que iba; Quevedo, inmortalizó en un poema la fidelidad de la compañía que proveen los libros: “Retirado en la paz de estos desiertos/ con pocos, pero doctos libros juntos/ vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a  los muertos”.

Viajar en compañía de un libro es siempre una opción emotiva e inteligente; dispone de enormes ventajas, no gastará dinero en compras absurdas e innecesarias, no discutirá por la calidad o el servicio de nuestro restaurante favorito, no exigirá una sala más en un infinito museo en el que ya gastamos cuatro horas cuando la calle reclama nuestra presencia; será paciente, comprensivo, alentador y evocador. Pero en esa infinita bondad, tendrá, al menos una exigencia, que uno acepte, sin remedio que su presencia se infiltre, silenciosa y constante en la forma que vemos el lugar que visitamos y tiña de su color, para siempre, el recuerdo de ese viaje. Elegir un libro como compañero de travesía no es una elección que deba tomarse a la ligera.

Ginebra, hacia 1998, era un hervidero de diplomáticos, organismos no gubernamentales, y burócratas de las mas variopintas profesiones. Yo, entre los de esa última especie, iniciaba una carrera como enviado del gobierno mexicano a la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual; tenía entonces 27 años una imaginación febril y una ansia lectora ya afianzada y de la que todavía no puedo ni quiero escapar.

Cuando me notificaron que debía hacer mi primer viaje a Ginebra, luego de recibir instrucciones precisas, de recoger el material donde constaban las partes medulares de lo que debía hacer, de aquellas otras que podría hacer solo si era necesario y de las que nunca, por ningún motivo podría hacer o decir, mi principal preocupación era elegir un libro para aquel viaje. La elección no era fácil.

En mi imaginación me veía como un misterioso emisario latinoamericano dispuesto a exponer mi vida para defender nuestras revoluciones frente al embate reaccionario del imperialismo yanqui; lamentablemente la cortina de hierro se había venido abajo casi diez años antes y mi Mata-Hari cubana no tuvo la gentileza de aparecer. Me imaginé como un valiente enviado del gobierno mexicano encargado de rescatar cuantas víctimas de las dictaduras, fascismos, guerras e invasiones necesitaran el abrigo generoso de la República que me honraba en representar y que mi augustos predecesores habían salvado en tiempos de la Segunda Guerra Mundial; sin embargo para mi decepción, no había conflictos candentes en el mundo y el único que se me acercó para solicitarme auxilio fue un colega nicaragüense que me pidió prestados cinco francos para el transporte porque esa mañana había olvidado el monedero en el hotel y no quería repetir la hazaña de volver andando hasta su habitación. Esta romántica pero imprecisa lógica tal vez habría sido útil para escribir una novela, pero no para elegir a un compañero para este tipo de viaje; de haberla seguido había elegido, “El pasajero de Frankfurt”, de Agatha Christie; tal vez, “La Tempestad”, de Manuel de Prada o alguna clásica como “¿Arde París?” de Le Carré y Collins, pero preferí dejarme llevar por otros instintos.

Antes y después de la estancia en Ginebra estaría  unos días en Paris, debía hacer no una sino dos elecciones, la suiza era un acertijo pero la financiera no admitía dudas, me hice acompañar de “Rayuela” de Julio Cortázar.

Tomé mi viejo ejemplar de “Rayuela”, la mítica edición de Alfaguara que nos acompañó a los lectores cortazareanos de la década de 1980; aún lo conservo y contiene tanto mis subrayados  originales como los apuntes de aquel viaje.  De las dos lecturas posibles que ofrece Julio Cortázar para sus libros, elegí, desde luego la mas larga, el acento no lo puse ni en Oliveira ni en la Maga; para esos días yo ya había renunciado a ser Oliveira y mi mujer superaba a la Maga y no tenía tantas manías. El acento debía ir en el personaje principal: la ciudad; con la ruta previamente diseñada y armado con mi volumen, comencé a andar desde el Quai de Conti para cruzar el Pont des Arts, límpido entonces antes de que algún  humorista neurótico con visas de turista de guía mínima comenzara a arruinarlo con un candado alentando a miles de imitadores; me esperaban las vitrinas de la sala egipcia del museo de Louvre y más adelante me detuve en el barrio de Les Halles, ocupe un lugar en Le Chien qui fume y leí presa de un frenesí que no pude detener sino hasta garrapatear algunas notas en los márgenes del libro, la Rue Dauphine, la de la Huchette, la plaza de Nôtre Dame, la Rue Sommerard, hogar de Oliveira, cada cansancio un café y un par de capítulos; Rue Valette  -la de los primeros amores -, la Monje, hogar de la Maga, y el reposo en el kiosko a unos pasos de la fuente de Médicis en el Luxemburgo, acompañando al cigarrillo con el París-Mente, la sempiterna bebida esmeralda hecha de jarabe de menta y agua mineral; la Rue Monsieur le Prince ya casi agotado pues embebido en un mundo que habiendo nacido ficticio se tornaba real a cada paso que daba, el Carrefour de L’ Odéon en el corazón de Saint Germain y la noche parisina me había ya emboscado con su peculiares encuentros hacia un gran final por la Rue de  Tournon sin encontrar las huellas de Berte Tiepat, me acerco al final, Rue Madame, tierra de escritores, para culminar en Sévres-Babylone; recojó el día en Closerie de Lilas, el queso de Brie y la copa de Médoc. He cumplido con Cortázar, Mañana será Ginebra.

La elección de un libro apto para ir a Ginebra no había sido sencilla; desfilaron opciones, pensé en la poesía de Blaise Cendrars, pero me remitía más a París que a Ginebra; en Rousseau, invocado y desechado ambos por obvios motivos. La respuesta vino de pronto y el feliz resultado fue producto de un accidente prodigioso.

Jorge Luis Borges estuvo muy ligado a la ciudad de Ginebra a todo lo largo de su vida; ahí llegó en 1914 buscando refugio en una Europa ya envuelta en la Gran Guerra, acompañando a su padre en la búsqueda de una cura para su propia ceguera; ahí cursó sus estudios secundarios en el liceo Jean-Calvin, que aún existe y funciona y cuyo tejado es inconfundible. Volvió a Ginebra en 1986, ya enfermo de cáncer y casado con María Kodama, para morir en la ciudad de su adolescencia. Sus restos reposan en el cementerio de Plain-Palais y su tumba es por sí misma, un acertijo literario y  anglosajón que, sin duda, hubiera probado.

La  lápida que señala el lugar de reposo del maestro es la señal de uno de sus mejores cuentos: Ulrica. En su parte frontal se lee, “De Urica para Javier Otálora”, los protagonistas del cuento y al mismo tiempo, una dedicatoria de Kodama para Borges, en la parte posterior, una cita en anglosajón, tomada de la saga Volsunga, que sirve de epígrafe en Ulrica.

Visitar la tumba era uno de mis principales objetivos en la ciudad. Si ya había cumplido con el seguimiento puntual de los pasos de Cortázar optar por Borges me parecía una necesidad imperiosa, me decidí por “El libro de arena”, que entonces aún no había leído.

En los ratos libres de las maratónicas sesiones de trabajo que muy lejos estaban del imaginario que me había construido, avanzaba en el libro, dando saltos entre los lugares donde podía retirarme a beber un café, fumar un cigarrillo y leer; entre los cafés y restaurantes del Plain-Palais, los otros de la Rue de Mont Blanc y los de la plaza del Palacio de Justicia, me enamoré de una ciudad que no dispone de muchos admiradores pero sí de fieles fanáticos de la relojería y defensores acérrimos de su tranquilidad, a la que  muchos llaman aburrimiento, de ahí que una muy querida colega brasileña solía decir que los funerales en Río  eran más divertidos que los carnavales de Ginebra; pero a mi me pareció una ciudad íntima aunque cosmopolita, austera gracias a la pureza de su lujo y sobre todo, uno de los lugares más favorecedores  para un amante en la lectura y de los libros. Andando así, sin mapa ni rumbo fijo, el viernes que las dependencias de la ONU cierran sus puertas temprano me encontré en un cementerio hermoso y sin otro sobreviviente más que yo, en ese momento, dentro del tomo borgiano me encontraba leyendo “Ulrica”; ahí tuve la revelación que sólo me ha sido concedida en dos ocasiones más, en Barcelona y en Madrid. De pronto me di cuenta que estaba leyendo justo en el lugar, precisamente en el mismo sitio donde sucedían los hechos que Borges narraba en su historia y me sucedió lo que Homero narra en la Odisea: “Blando sopor se apoderó de mi”. Porque si en el París de Rayuela todo acontece puertas afuera de la novela; si la literatura se ha comido el mundo; “Ulrica” operaba al revés; es el libro el que crea la realidad, cifrada en la tumba y en el lugar donde se encuentra.

En 1975, Borges publicó en la editorial Emecé, el libro de Arena, esta serie de relatos reflejan un autor en la plenitud de su obra; con un perfecto dominio de su arte y con un control absoluto de la imaginación; según el autor se trata de su mejor libro y aunque muchos lectores avalamos esa opinión, la critica se divide y algunos proclaman a “Ficciones” como el mejor de sus trabajos; en un fenómeno común, para Gabriel García Márquez, su mejor libro era “El amor en los tiempos del cólera” y no “Cien años de Soledad”.

No requerí pues, de artificios colosales para sentirme el sagaz diplomático que nunca fui y el artero espía que nunca pude ser; supe al fin que esa ciudad de intriga y refugio estaba construida en mi imaginación cultivada con el amor de los libros que nos prepara la vista para recibir las imágenes que la vida nos tiene reservadas.

Siguiendo los pasos de Alfonso Reyes en Madrid. Crónica de viaje

Convocatoria.

Hace algunas semanas Pablo Raphael me envió un mensaje, escueto cool todos los suyos, pero que era de esos que uno espera toda la vida aunque no sepa que está aguardándola cada día de cada año. Me invitaba a participar en un coloquio a celebrarse en Cada América, sobre el Centenario del exilio de Alfonso Reyes en España. Si estaba interesado debía decírselo para que entrara en detalles.

La pregunta parecía incluso un poco obscena por varias razones, era como preguntarle al creyente, luego de una vida de santidad, si le interesaba de ventas entrar al paraíso para que San Pedro buscara la llave correcta. No había nada que pensar y aunque respondí de inmediato, fiel a su personalidad, a Pablo le tomó sus buenos ocho días entrar en detalles; a mi, esa tregua representó la oportunidad de replantearme mi relación con Alfonso Reyes, revisar sus días en Madrid y hacerme a la idea de que algo muy deseado estaba por sucederme.

Si me interesaba era una pregunta pueril, al menos por tres razones: por venir de Pablo, por tratarse de Reyes y por situarse en Madrid.

Que la invitación viniera de Pablo representaba el cumplimiento de un sueño difuso pero común. Con Pablo Raphael me une una amistad muy honda, larga ya de mucho más que la mitad de nuestras vidas y que desde que nos conocimos estuvo marcada por la literatura y por la presencia de Alfonso Reyes. Recuerdo que desde siempre, lo que ambos queríamos era escribir; hablábamos de ello en los cálidos inviernos en su casa familiar en Manzanillo y tuvimos en conjunto con otros amigos, una revista con presupuesto, tiraje y éxito limitados; ambos probamos suerte por primera vez juntos en el taller literario de Alicia Reyes y juntos nos vimos, cada quien por su cuenta, publicar nuestros primeros libros.

Cuando Pablo entró en detalles sobre la invitación, la claridad meridiana de un sueño que amenazaba con cumplirse era razón suficiente para hacer cualquier cosa con tal de estar ahí. Después de leer su siguiente mensaje me acordé de Truman Capote recordando a Santa Teresa de Ávila: “se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las que son ignoradas”.

Que se tratara sobre Alfonso Reyes era más que un sueño, era un compromiso conmigo mismo. Para un lector hay distintas categorías de autores: los que no gustan y de los que se huye como de la mala suerte: los gacetilleros de la amargura, los poetastros del desengaño perpetuo y los ingeniosos narradores del lugar común; le siguen aquellos cuyos nombres fueron olvidados, no necesariamente por faltas en su talento y cuyas palabras se integraron al sustrato de nuestra cultura, aquellas sensaciones, datos y expresiones cuyo origen olvidamos pero que están ahí cuando es necesario echarles mano; en seguida, los autores que nos gustan, recordamos sus nombres y a cuya obra recurrimos con gusto y confianza, autores de uno o más textos que no sólo soportaron la prueba de la lectura sino que se quedaron como parte de la grata compañías de la que sólo pueden gozar los auténticos lectora; después, nuestro Olimpo particular compuesto por los autores que más nos significan y que nos han señalado como parte de su tribu lectora; a ellos no los elegimos, se nos imponen y nos marcan, contemplamos sus obras, las conocemos y cazamos cualquier novedad editorial que sale al mercado, incluso repitiendo libros si alguna nueva edición así lo amerita, los volvemos a leer en tomos completos o en pequeños fragmentos, los recordamos como a buenos amigos. En la cima, celosamente guardada por valladares hechos de admiración y afecto, está nuestro autor, nuestro guía, aquel ala no sólo leemos sino al que estudiamos y respetamos, indagamos sobre su vida, nos adentramos en su pensamiento y en algunos aspectos lo tomamos como ejemplo; no acontece con todos los lectores, pero cuando pasa se está en presencia de una extrañísima relación que va de la filiación a la amistad, de la fascinación al diálogo y de ahí al pensamiento crítico. Esa es mi relación con Alfonso Reyes. Lo descubrí a los dieciocho años, me lo presentó Jorge Luis Borges y ha cumplido en mi vida el papel que difícilmente habría desempeñado alguien vivo; por eso, la convocatoria de Pablo Raphael se me presentó como un deber moral de gratitud.

Que el coloquio fuera a celebrarse en Madrid cerraba el círculo y me dejaba sin salvación ni recurso. Los viajeros somos un clan sumamente extraño, a diferencia de los turistas que constituyen una secta de culto a lo prefabricado, no nos atenemos a lo que las listas dicen ni nos calen mucho las estrellas y los tenedores más allá de la más elemental función orientadora; así, construimos nuestras preferencias por razones más bien cronópicas, como diría Cortázar, y que están más relacionadas con la satisfacción y dicha que nos ha deparado la literatura, el arte, el cine o el amor. En mi caso personalísimo, que no significa apenas algo, salvo que es mío, diría que en mi mundo de recuerdos y anhelos por volver, por encima de muchas otras ciudades que mi memoria atesora y a las que retornaría con gusto, están dos lugares que cifran mi sitio en el mundo además de mi hogar: Madrid y París.

De mi propia Ciudad no diré nada ahora porque es mi padre y mi madre, mi hijo y mi hija, mi mujer y mi caverna con toda su grandeza y con toda su miseria. Madrid y parís me han deparado momentos cruciales en mi vida, me han enseñado cuanto sé del nómada placer de vivir, una he sentido la sensualidad de la belleza ni la majestuosidad de la historia como en París, en ningún otro lugar – salvo en Madrid – he disfrutado de la contradicción de los lugares más íntimos y secretos a un paso de las regiones irónicas del imaginario occidental, pero hay una diferencia fundamental, en París me siento como en mi casa y en Madrid estoy en casa; es verdad, no en mi hogar, no en donde reposan mis dioses tutelares, per sí donde viven mis ensueños de lector, mis esperanzas de escritor y la poderosa suma de mi España que es también mi pasado remoto, mi presente idiomático y mi frente de batalla republicano, mi museo favorito, el del Prado, y la mesa dulce de mis churros con el espeso chocolate. Es cierto, mis gustos son irracionales pero es que así son los gustos que nos son causas sino enamoramientos; ahí está la Almudena con la que tengo una relación personalísima a tal grado que si tuviera que elegir una religión me mantendría alerta del catolicismo pero me haría almudentista; ahí está mi Carrera de Jerónimos, mi Retiro y mi Café Gijón. Ahí está, linda y bonita, dulce y un tanto hosca, la ciudad que no sé seis la que más me gusta, pero sí la que mas quiero y ahí estaba Pablo invitándome a hablar sobre don Alfonso, en esa circunstancia, ¿podría haber hecho yo alguna cosa distinta?

Me acordé entonces de una frase de Reyes sobre Madrid, Ciudad que amó como a ninguna:

En el paisaje fino y exquisito de Madrid, el Manzanares, a la hora del crepúsculo, haciendo al peinar las jarcias, un órgano de agua casi silencioso, pone un centelleo de plata.

Creo con fe verdadera que la literatura salva

Nada se puede hacer fuera de la convicción; todo lo que se realiza sin convicción está condenado a desaparecer, a evaporarse; en sus preceptos de fe, Maimónides labra un enunciado maravilloso: “Creo con fe verdadera…”, esa es la única verdad posible, la que se cree con fe verdadera; sólo con fe, irracional, iracunda y metafísica. Yo creo con fe verdadera que la literatura salva.

No son pocas las veces en que llegamos a casa, fatigados, sucios, sudorosos, pestilentes de tabaco, café o alcohol, pensamos entonces que todo en nuestra vida ha sido un error lamentable; nos percatamos que no tenemos ni la más remota idea de cómo nos hemos venido a meter en el berenjenal en el que se ha convertido nuestra vida; nos reciben los niños, nos abraza nuestra mujer y entonces comenzamos a hacer algunas concesiones a nuestra idea apocalíptica – no todo ha sido un error, pero sí una buena parte -, y así, cuando todos se han dormido, nos aproximamos al libro, lo abrimos, y leemos. Creo con fe verdadera que la literatura salva.

La literatura no necesita panegíricos, no requiere ayuda; la necesitan quienes no se avienen a salvarse por la literatura. Al entrar en contacto con el texto, nos salvamos de nuestros miedos, dimensionamos nuestros problemas, encontramos consejo y aprendemos de la vida; pero sobre todo, gozamos. Uno lee porque es placentero, porque es casi opiáceo, porque es sublime y dulce, porque es entretenido y porque al final del día, justifica todo aquello que parece un error, lo pone en la dimensión de la historia que vivimos y vamos construyendo; leer es el principio del placer, del reconocimiento en el otro, en los otros, en las vidas que no vivimos y en el tiempo que no transcurre para nosotros. Creo con fe verdadera que la literatura salva.

Borges, ya se sabe, decía aquello de que estaba orgulloso de lo que había leído, puede ser y hasta me parece legítimo. Sin embargo, ¿quién está orgulloso de respirar?, se lee por necesidad vital, igual que se respira o se come, igual que se bebe y se necesita al sol; tal vez cuando se lee tanto cuanto leyó Borges se alcance el orgullo, mientras tanto – a nivel de cancha digamos -, en este mundo del día a día, más que orgullo hay enamoramiento, hay delicia y placer, reverencia y afecto por los libros que algo nos han dicho y que algo representan en nuestra vida, en la Vida, así con mayúsculas y en la vida de lectores. Como si fueran marcas en la existencia, estaciones en nuestra línea del tiempo y, siguiendo el ejemplo de la cronología japonesa, pudiéramos designar épocas de nuestra vida como la Era Cortázar, la Era Borges, la Era Kadaré o la Era Alfonso Reyes. Creo con fe verdadera que la literatura salva.

Creo con fe verdadera que la literatura salva; que cada autor tiene el privilegio de lo que podríamos llamar “la oportunidad de la expresión” que va más allá de la originalidad y consiste en el instante único en que da a la luz palabras inéditas y transforma su narración o su idea en algo más de lo que a simple vista a queridos decir y, del mismo modo, cada libro para el lector, constituye “la oportunidad de la audición” y que resulta de una compleja red de causas y azares por la que el lector sabe y siente que el autor escribió las palabras para que justo ese lector elegido, las leyera en el momento preciso. Creo con fe verdadera que la literatura salva.

Creo en fin, que la literatura me ha salvado, para siempre o por minutos; que me ha dado más de lo que esperaba y que ha merecido, como pequeño el doble efecto por el que se puede medir la potencia de un libro: los segundos de silencio que suceden al cerrar la última página y en el cual el universo se detiene y, además, el caudal de letras que hace manar uno o dos días de leída su última palabra y que quedan derramadas para siempre en el alma.

Imagginación

Meditación Divertida con Maggie

Disappearing Thoughts

clicks and clips

Tablaturas de mis pasos

Unas cuantas palabras y fotos para los lugares que me hacen feliz.

NOUS LES FEMMES

Aller au delà de nos limites à travers le monde. J'en suis capable, pourquoi pas toi? Pourquoi pas nous? Ensemble nous sommes invincibles "Je suis femme and i can".

Rosie Blog

A garden of wild thoughts. Feeling thoughts and dilemmas

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Polisemia Revista cultural

En cada edición proponemos una palabra para indagar sus posibles significados desde distintas áreas.

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