80 aniversario de la Capilla Alfonsina. Palabras de César Benedicto Callejas en la ceremonia conmemorativa

Gracias a la generosidad del Instituto Nacional de Bellas Artes y del Dr. Javier Garciadiego, director de la Capilla Alfonsina, la ceremonia fue de una entrañable belleza, a nuestros amigos y lectores que no pudieron asistir o deseen conservarlas, mis palabras en esa ocasión

El taller literario de la Capilla Alfonsina Crónica de un espacio entrañable

En el año 1987 la Colonia Condesa de la Ciudad de México aún estaba superando sus heridas del terremoto que dos años antes había causado estragos y que a la postre, iba a modificar su identidad para siempre; yo había comenzado mis estudios de preparatoria en la Universidad La Salle, a unos pasos de la Capilla Alfonsina; en aquellos días iban a reunirse una serie de hechos y circunstancias que terminarían, ahora lo sé, por formar mi identidad. Para aquella época ya era yo un lector casi enfermizo; los días de -Verne y Salgari habían terminado y su sitio lo ocupaban Jaime Sabines, Mario Benedetti, Ernesto Cardenal y Federico García Lorca que paliaban y alentaban mis pasiones de aquellos días; con ellos el otro Olimpo, el de la narrativa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Debo reconocer que los prejuicios ideológicos que entonces exhibía como méritos ganados en la construcción de mi personalidad, me habían hecho privarme de la Capote y de Faulkner.

Había entonces, cuando murió Jorge Luis Borges, en 1986, una explosión de su literatura a la que yo me sumé con pasión, sus páginas me llenaban las horas, sus libros engordaban mi famélica estantería; con las páginas transcurridas caí en cuenta de un nombre que aparecía, no con frecuencia aunque sí con toda admiración; Borges, que reservaba sus elogios para Beowulf, para Shelley y para Shakespeare, se refería a Alfonso Reyes ponderándolo mejor que a Ortega y Gasset, lamentaba que no le hubieran dado el Nobel porque eso habría honrado al premio; ¿quién era aquel hombre? Cuando leí:

El vago azar o las precisas leyes,

Que rigen este sueño, el universo,

Me permitieron compartir un terso

Trecho del curso con Alfonso Reyes.

Supo bien aquel arte que ninguno

Supo del todo, ni Simbad ni Ulises,

Que es pasar de un país a otros países

Y estar íntegramente en cada uno.

Supe que era preciso leer a Reyes. En los años aquellos se volvió para mí una especie de íntimo santo y seña, establecí una relación con el autor, con el personaje, de la que no es momento de hablar ahora. Cuando conocí a Alicia Reyes mi vocación de escritor aún era temerosa, y mi pasión reyesiana apenas comenzaba; por pura aventura escolar fue entonces que por primera vez vi mi nombre revolotear impreso circulando más allá de mi voluntad, la primera vez que vi a un desconocido leyendo una página de mi pluma – aunque no le dije nada – y supe que tenía que ser escritor, que no importaba lo que tuviera que hacer pero tendría que escribir y publicar. Entonces aparecieron los anuncios azules sobre fondo blanco, indicaban la ubicación de la Capilla Alfonsina y para mí, que me había fugado de una clase aburridísima, no podía significar otra cosa que una revelación.

Alfonso Reyes solía identificar a la Capilla cono un barco en el que el mezzanine, donde está su escritorio, era el puente, ahí mismo está la cama en la que en la madrigada del 27 de diciembre de 1959 don Alfonso partiría para siempre; el buque se había quedado sin capitán pero no sin tripulación. El diario de don Alfonso se prolongaría todavía unos días escrito por su hijo, doña Manuela todavía daría muestras de su inefable lealtad terminando las ediciones pendientes, dando cuerpo a los inéditos y procurando la integridad del acervo; pero la Capilla seguía siendo la residencia familiar y la conservación se tormaba complicada, más aún cuando la obra de don Alfonso de por sí inmensa daba muestras de no agotarse y la creación de los nuevos estudios de la obra de Reyes y la presencia de sus autores se tornaba cada día más demandante; en 1965 fallece doña Manuela y Alfonso hijo continúa sus gestiones hasta que Luis Echeverría, mediante decreto del 13 de junio de 1972, transfirió al patrimonio nacional la Capilla con el archivo de don Alfonso, sus efectos personales y sus colecciones de libros y arte; Alicia Reyes asumió desde ese momento la dirección del nuevo Centro de Estudios Literarios; desde el primer instante se asumió que la formación de nuevos escritores sería una de las misiones que la Capilla debía cumplir.

La idea de comenzar un taller literario en la Capilla pudo tener su origen. En el auge que los talleres tenían entonces, desde el punto de vista de Alfonso Reyes, la función del aprendizaje como escritor partía del propio ejercicio de la escritura pero también del encuentro con la comunidad de los escritores.

De entre todos los jóvenes y autores noveles que se le aproximaban, Reyes tenía su selección peculiar y buscaba para ellos la publicación aquellos trabajos que le parecían listos para darse a la estampa; así, por ejemplo, Reyes apoyó a la Revista Mexicana de Literatura, aquella de Emmanuel Carballo y Carlos Fuentes; esta mística de la amistad permeaba el quehacer de Reyes y era su forma de relacionarse con las generaciones distintas de la suya; Huberto Batis no olvida la primera vez que don Alfonso le recibió en la Capilla, le pagó la tarifa del taxi y después de un diálogo jesuítico le puso en contacto con Antonio Alatorre; a la muerte de Reyes, la continuación de su diario muestra como esa conjura de buenas voluntades siguió operando; Francisco Monterde se hizo cargo de las pruebas de A campo traviesa, Emmanuel Carballo de los artículos de y sobre Reyes en México en la Cultura, también de la formación de la Historia documental de mis libros para el tomo XVIII de las obras completas; así, aquellos discípulos, jóvenes seguidores de Reyes, formaron una pequeña legión, pero no una escuela, no un cenáculo.

En vida de Alfonso Reyes la Capilla fue su hogar y su centro de operaciones, de ahí irradiaba su organización informal de ayudas literarias, ahí se alimentaban, a veces no sólo metafóricamente, los talentos que don Alfonso había decidido acoger; en el largo interregno que inició con su muerte y terminó con la fundación del Centro de Estudios Literarios, los esfuerzos se iban en conservación de la casa como en la revisión de ediciones pendientes y en la preparación para la divulgación de los inéditos que todavía iban apareciendo y la edición de ese monumento al que llamamos Obras Completas y como el propio don Alfonso no había dejado ningún modelo didáctico o algún grupo que practicara algo parecido, las redes de los reyesianos fueron moviéndose de la mejor manera en que podían para lograr el efecto que el ausente hubiera deseado; un nuevo modelo aparecía mientras tanto en el horizonte, para el momento en que se funda el Centro, el movimiento de los talleres literarios conocía un auge importante.

En 1951, Juan José Arreola reunió en la casa ubicada en la Calle del Río de la Plata, número 8, el que sería el primer taller literario en México; su receta, como lo recuerda Teresa Jiménez en su reseña sobre los talleres literarios en México, sigue siendo vigente, se requerían:

Una persona capaz de dirigir el taller y un grupo de jóvenes que sean capaces de modestia, humildad y que no tengan mala fe en contra de los demás; que examinen los textos con honradez y que estén dispuestos a exponerse a la crítica… pero esto no siempre se encuentra.

Al taller de Arreola se acercaron José Agustín, Jorge Arturo Ojeda y René Avilés Fabila, entre otros; su progenie fue generosa y fijó el canon de trabajo de los nuevos talleres que habrían de sucederle, otra de las características impuestas por el modelo de Arreola respondía a dar salida a los trabajos destacados que se producían en el taller, en mayo de 1964, publicó por primera vez la revista “Mester”, a la que Huberto Batis añadiría el mote de “de Arreolería”.

Así cuando se establece la Capilla como Centro de Estudios Literarios bajo la dirección de Alicia Reyes, el movimiento de los talleres literarios está en auge; en 1967, Julieta Campos, Juan Bañuelos y Salvador Elizondo organizaron los talleres literarios de la UNAM; en 1974, San Luis Potosí dispuso, con el patrocinio del INBA, del primer taller fuera de la Ciudad de México. En 1978 el Primer Encuentro Nacional de Talleres Literarios de la Casa del Lago, dio cuenta de la existencia de más o menos doscientos talleres literarios de todo tipo diseminados por todo el país. En su nueva etapa, la Capilla debía contar con su propio taller literario.

El taller de Alicia Reyes fue, durante décadas, una institución; sin embargo, éste no fue el primero de los talleres creados para la Capilla. Entre 1973 y 1974 se fueron organizando una serie de talleres literarios que el INBA estableció para el recién Creado Centro de Estudios; se trataba de talleres restringidos a los que se ingresaba por concurso y que disponía de una beca anual para los beneficiarios; el ejercicio, según parece se llevó a cabo por dos ocasiones; Marco Antonio Campos, recuerda que la creación de los talleres se debe a Óscar Oliva, entonces director de Literatura en Bellas Artes; al frente del taller de poseía estaba Hernán Lavín Cerda, del de ensayo Jaime Labastida y del de narrativa, Tito Monterroso; aquellos talleres hicieron generación pese a su brevedad. Campos recuerda entre sus compañeros talleristas a Guillermo Samperio, Bernardo Ruiz y Luis Chumacero. Aquel primer diseño era más bien un programa para atletas de alto rendimiento, sus coordinadores eran escritores de renombre y los participantes atravesaron por un riguroso proceso de selección; Juan Villoro fue también alumno de aquellos legendarios talleres y en varias ocasiones se ha referido a las enseñanzas de Monterroso; de aquellos talleres hay que recordar también la presencia de Carlos Chimal. Monterroso tuvo que dejar el taller en manos de Miguel Donoso Pareja que luego tuvo que partir para San Luis Potosí para abrir el primer taller literario en el interior de la República; así, hacia 1975, inicia la era del taller literario de Alicia Reyes.

Alicia, la Dra. Reyes o Tikis, de acuerdo con lo que autorizara la cercanía del afecto, pensó su taller como una extensión de la actividad difusora de la Capilla del mismo modo en que don Alfonso se había dado al patronazgo de San Pascual Bailón, los participantes del taller recibían esta peculiar forma de formación literaria con los ejemplos y lecturas de la obra de Alfonso Reyes, de este modo se lograban tanto el efecto didáctico como la difusión de la obra de don Alfonso; de aquellos primeros participantes, por ejemplo Héctor Perea destacaría como conocedor y divulgador de la obra, demostró su adhesión a la imagen de Reyes y su conocimiento del hombre y la obra con la magnífica museografía que ahora caracteriza a la Capilla y Pura López Colomé con una obra literaria de largo aliento.

Pero para acercarnos al final hay que regresar a los anuncios azules; los recuerdo con claridad, tenían el mismo tono con que están pintados los pasamanos tubulares de la Capilla, daban la indicación para llegar al inmueble, aquellos letreros sobrevivieron al terremoto de 1985 y con el tiempo fueron retirados; los había observado varias veces, sabía ya que la Capilla era la casa de Alfonso Reyes, había comenzado a leer su obra, pero no sabía más que eso, hoy, a poco más de treinta años de distancia, lo único que no puedo recordar de mi primera visita a la Capilla es el día de la semana en que ocurrió; sólo puedo conjeturar que no pudo ser el martes, porque fue en la mañana y ese día es en el que se reúne el taller.

En aquellos días los estudiantes de la preparatoria de la Universidad La Salle podíamos salir con entera libertad de la escuela; administrando mis asistencias podía invertir mi tiempo entre las clases que menos me interesaban, los paseos a la biblioteca, las lecturas de café y, luego, las visitas a la Capilla Alfonsina; fue poco antes del verano de 1988, la primera vez que me atreví a entrar en la Capilla; aún hoy, después de tantos años, no puedo olvidar el golpe que para mi conciencia y para mis sentidos, representó aquella visita, la sensación de paz, de agrado, de pertenencia que experimenté; era como si la vida hubiera reservado para mi un espacio de maravilla; aquella vez no estaba Alicia, lo sé no porque preguntara por ella, sino porque recorrí toda la Capilla y no la vi por ninguna parte; la siguiente y otras más la saludé con un tímido “buenos días”, lanzado hasta el escritorio en que ella estaba, ese escritorio que aún está ahí, que luego supe había utilizado don Alfonso y que hoy corresponde, con toda dignidad a Javier Garciadiego; no fue sino hasta la tercera o cuarta visita, cuando estaba leyendo, y puedo recordar con precisión el libro porque luego anoté en mi ejemplar de Queremos tanto a Glenda, una frase que decía “Hoy conocí a Alicia Reyes, nieta de Alfonso Reyes”. Amable, afectuosa, me dijo que ya eran varias las veces que me veía en la Capilla, desde luego entré en pánico, a esa edad me causó angustia que me preguntara que hacía por ahí y al no tener una respuesta válida me pidieran que no incordiara sin causa; pero la pregunta nunca llegó; lo que hizo fue preguntarme si había leído a Alfonso Reyes, como si me hubieran cuestionado el catecismo, le recité los títulos que había leído y hasta tuve el atrevimiento de decir cuanto me había gustado la Visión de Anáhuac y el Sol de Monterrey; ahora, al escribir estas notas pienso en que no podía haber elegido nada más común ni más básico en la obra de Reyes pero que, tal vez, fuera esa simple sinceridad lo que me franqueó las puertas de uno de los lugares que resultarían más importantes en mi vida. Me ofreció una visita guiada a la Capilla y al final, casi para despedirme, me aventuré a decirle que escribía poesía, me pidió que seleccionara dos de mis mejores trabajos y que si quería me presentara, con seis copias de cada uno, a su taller de creación literaria. Ese momento fue uno de los que nos cambian la vida.

Alicia Reyes resultó ser la mejor maestra que se pudiera desear, dulce y comprensiva, atenta y solidaria pero implacable en sus juicios literarios, seleccionaba a sus alumnos tratando de ver en ellos al escritor que aspiraban a ser; los forzaba a encontrar su voz y cuando lo juzgaba pertinente los ayudaba a encontrar espacios para que vieran su trabajo publicado; su didáctica no se basaba en su propia obra sino en la de Alfonso Reyes; obligaba a trabajar los textos una y mil veces, yo veía desmoronarse mis poemas hasta quedar en los cinco o diez versos en los que ella había descubierto el poema oculto en la hojarasca; poco después, invité a participar en el taller a Pablo Raphael, muchos años más tarde hizo de la Capilla escenario de una parte de su novela Clipperton y a David Grinberg, ambos amigos y compañeros de vida, conocí en el ejercicio del taller a Pável Granados y a Alejandro Malo.

Así llegó el día en el que Alicia me ordenó que me quedara unos minutos después del taller y me pidió que eligiera dos poemas para publicar, uno para Periódico de Poesía y otro para Papel de Literatura que entonces publicaba la Coordinación de Literatura de Bellas Artes, los poemas se publicaron y es algo que aún no termino de agradecerle.

Nunca pude separarme de la Capilla, ha estado en el centro de mi vida desde aquellos días en que, como decía don Alfonso, “nos salvamos o nos condenamos y de los que llevamos siempre lágrimas en los ojos”, por eso nunca he dejado de ser un orgulloso discípulo de Alicia Reyes, ni ella jamás dejó de presentarme como su alumno.

Un día tuve que dar el paso que muchos no se permiten: abandonar el taller, que es tanto como cortarse el cordón umbilical, pero aún así era parte del taller, parte de la Capilla; nuevas voces se formaron desde entonces, entre ellos Arturo Sodoma,. Isaías Espinoza, María Elena Maldonado y Gabriela Puente entre muchos otros.

De nuevo, un verano, el de 1996, Alicia me llamó por teléfono y me ordenó que me presentara en la Capilla a la mañana siguiente, tenía algo para mí; en efecto, era una tarjeta de visita con una recomendación de mi trabajo para que se la llevara a Emmanuel Carballo; a Emmanuel lo había visto alguna vez en al Capilla, pero para mi era una leyenda; las indicaciones de Alicia eran precisas, llamar a Carballo y pedirle una cita, ella ya lo había puesto en antecedentes; al amanecer cumplí la instrucción y cuando oí la voz de Emmanuel al teléfono me di cuenta de lo que estaba sucediendo; me dio cita al día siguiente a las seis de la tarde, me acompañó mi esposa y lo que yo pensé sería una visita de diez minutos, se convirtió en una de las tardes más memorables y alucinantes de mi vida y que terminó con una cena en la cocina, la revisión de mis poemas que le llevaba – lleva lo mejor que tengas me había ordenado Alicia – y la selección de dos; se levantó de la mesa y nos pidió que lo disculpara, volvió unos minutos después con una de sus tarjetas de visita y me preguntó como firmaba mis trabajos; le dije mi nombre completo, “demasiado largo” acotó, “de eso no se acuerda nadie”; escribió en la tarjeta mi me la entregó; decía: “Te presento a César Benedicto Callejas, le he dicho que si quiere entrar al mundo de las letras tiene que conocer a Huberto Batis”. Me indicó que se la llevara con los dos poemas que había elegido. De nuevo repetí el ritual, sólo que Batis no me contestó la llamada, lo hizo su secretaria en unomásuno; me dio cita para la semana siguiente; Batis me recibió puntual y me preguntó poro Alicia y por Carballo; luego de las breves palabras de cortesía me preguntó qué le llevaba, le entregué la nota de Emmanuel y mis dos poemas. Los leyó y me dijo: “Salen el sábado”. Le agradecí y me pidió que nos hiciéramos una foto juntos; con su sonrisa inolvidable comentó que le gustaban hacerse fotografías con los nuevos escritores y entonces, por primera vez en mi vida, sentí que era un escritor de verdad. De eso se trataba en realidad el taller de Alicia Reyes en su deslumbrante reino de la Capilla Alfonsina.

Domingo de Citas: Los mejores libros de Federico García Lorca para libre descarga

Ayer conmemoramos el asesinato de Federico García Lorca. Como cada año, la persistencia de la memoria, la voluntad de la palabra frente a la fuerza de la violencia y la infinita capacidad de vivir que proporciona el arte nos recordaron la enorme figura del dulce poeta de Fuentevaqueros.

La obra de Federico García Lorca ha entrado a dominio público, para conmemorar su vida, su obra y su legado, ofrecemos sus mejores libros – a juicio estrictamente personal – para su libre descarga:

  1.  Juego y teoría del duende
  2. Amor de don Perlimplín
  3. Bodas de sangre
  4. Canciones Espanolas Antiguas
  5. Diálogos
  6. El público
  7. Así que pasen cinco años
  8. El lenguaje de las flores
  9. Romancero gitano
  10. La zapatera prodigiosa
  11. Libro de poemas
  12. Llanto por Ignacio Sánchez Mejías
  13. Los títeres de cachiporra
  14. Mariana Pineda
  15. Poema del cante jondo
  16. Poeta en Nueva YorkYerma
  17. Bibliografía completa

La voz de papel. Los minutos de Ulises, de César Benedicto Callejas. Cinco minutos de lectura

Comparta el placer de la lectura, un fragmento de la novela Los Minutos de Ulises, sobre el sentimiento de Alfonso Reyes respecto de la Guerra Civil Española.

Acompáñenos a la presentación de la Novela el próximo día 12 de octubre de 2016, Palacio de Bellas Artes, Sala Adamo Boari, a las 19.00

 

Alfonso Reyes frente a la muerte de Federico (Fragmento de Los Minutos de Ulises)

Mírame bien Alfonso, no soy la muerte, ni siquiera soy tu conciencia, soy apenas la sombra de lo que fuiste y que aspira, por un segundo antes de la marcha final, a reconstruir tu rostro; mira en mis ojos los tuyos a los que el único rostro que les queda es la memoria; mira en su confesión a Octavio Paz que sufre y se lamenta porque en Japón apenas si ha tenido tiempo para conocer unos cuantos orientales con pretensiones occidentales y muchos blancos obtusos que no alcanzan a percibir que, dentro de toda la parafernalia de la reconstrucción, se esconde un pueblo sutil y un espíritu tan fuerte que ha sido capaz de legar al mundo el Konjaku Monogatari. Octavio, el nieto de Irineo, cuya virtud oculta sería volver los ojos a su tierra para construir la identidad de un género de hombre que en México apenas existía: el intelectual, el literato, el escritor decidido a vivir de su pluma, a dignificar su tarea y a decir lo que jamás otros hubieran dicho antes; siempre preocupado por sus ediciones, como hombre que se jugaba en ello su destino, daba un profundo aire profesional a tus amigables gestiones por ayudarlo. Sin duda estos son otros tiempos, Alfonso, menos románticos, donde los hombres de la palabra pueden dedicarse a su vocación sin necesidad de disimularla o complementarla; haber hecho posible este tiempo que no verás, es también parte de tu orgullo.

Pero entonces Alfonso, cómo combatir la rabia dueña del gobierno argentino, cómo afirmarte, cómo hacer tuyo el tiempo de la batalla que aun sin triunfar era ya el de tu victoria; tu momento vino unos días después, cuando a nombre de América Latina, hablaste en la Reunión del Instituto Internacional de Cooperación Intelectual de la Sociedad de las Naciones; te propusiste decir a la hispanidad que se batía a muerte en la Península, que no estaba sola; que hoy, como siempre que Europa perdía el rumbo, América estaba presente para mantener viva la esperanza; presentaste el cuadro de la inteligencia americana como una visión de la vida y una acción en la vida; exhibiste sin pudor y sin vergüenza el alma desnuda de tu continente y en ello, no puedes negarlo, expusiste también tu ser de escritor y de hombre; no como un satélite de la cultura sajona de América, ni como un apéndice de España, sino como americano, como un individuo completo en sí mismo, entero en su percepción del mundo y en el concepto de su propia realidad pero con un drama interior basado en las fatalidades propias del americano: ser hombre, haber llegado tarde al banquete de la cultura europea, ser americano y la de pertenecer sin remedio al orbe de lo hispano; pero también, con una vocación inherente a su propio ser, la de realizar el sueño que el descubrimiento de América provocó en los pensadores de Europa: el sueño de la utopía, de la república feliz. No podía eso ser suficiente Alfonso, lo sabías, no podías quedarte en la cómoda ribera de las declaraciones y los manifiestos, era preciso pasar a la acción, hacer algo que fuera más que palabras, palabras de las que habías sido amigo en ocasiones, en otras liberador y en unas cuantas, auténtico domador; palabras que si no estaban acompañadas de cambios en la realidad venían a ser una auténtica farsa y en tal sentido, no retrato de la vida sino caricatura de la muerte. Como nunca antes, abrazaste con todo celo y con toda pasión tu vocación diplomática a la que habías servido y honrado desde que el destino y la fatalidad habían querido llevarte fuera de la patria. Te empeñaste en que Argentina y el mundo supieran que México, su pueblo, su gobierno y sus intelectuales estaban del lado de la República y que harían todo cuanto estuviera en sus manos por asistir a España en su hora fatal y que llegado el momento y si fuera necesario, salvar del terror y de la muerte a cuanto español fuera posible. Cumpliste difundiendo el discurso de Cárdenas; cumpliste con no guardar silencio, siendo valiente en un país donde el gobierno no podía considerar amables tus palabras, pero que algunos argentinos tomaron como muestras de la libertad y de la dignidad que su propio gobierno se había empeñado en robarles; por eso te secundaron e hicieron eco de tu voz. Recuerda Alfonso, a quienes, en un arranque de valor que rayaba en la imprudencia, dieron una muestra de adhesión a la política mexicana a través del acto celebrado en Córdoba en noviembre de 1936; a su organizador Don Gregorio Bermann, apenas un mes después de encabezar aquella reunión le privaron de su cargo como profesor universitario; aún así, no pudieron evitar que el 14 de abril siguiente, se festejara el Sexto Aniversario de la República Española en el Luna Park, con la asistencia de cincuenta mil simpatizantes de la causa republicana y cuando bajo la sombra y la mirada de los retratos enormes y magníficos de Miaja, Azaña y Federico García Lorca y te atreviste a hablar como hombre libre, recordando al Cid…

Ha habido sombras,

pero ya amanece.

Aprisa cantan los gallos

y quieren quebrar los albores.

Esos versos Alfonso, te persiguieron días y días, como si invocándolos pudieras atraer la luz y la esperanza a las tierras españolas; fueron creciendo y abarcando todo tu corazón, congestionaron la ruta que va de tu alma a tu inteligencia para salir en las letras de tu Cantata en la Tumba de Federico García Lorca, que el público presenció por primera vez en el Teatro Smart de Buenos Aires en la cálida tarde del 23 de diciembre; entonces, como en aquella noche memorable en Luna Park, resonaron los himnos de Argentina, de México y de la República española; esa noche, mientras la compañía de Margarita Xirgú escenificaba y Alberto Contreras decía…

Madre de luto, suelta tus coronas

sobre la fiel desolación de España.

Ascuas los ojos, muerte los colmillos,

bufa en fiestas de fango el jabalí de Adonis,

mientras en el torrente de picas y caballos

se oye venir el grito de los campeadores:

¡Aprisa cantan los gallos

y quieren quebrar los albores!

Lloraste la muerte de Federico, la muerte de la España libre y el ocaso de la tradición liberal española; lloraste al poeta asesinado, con la convicción de quien pierde a un hermano y más que eso, con la desolación de quien ha visto a muchos hombres despojados el sagrado derecho de morir en su casa. Sin embargo, el dolor no bastaba, no era suficiente ni siquiera para sí mismo; preso junto a tu corazón en la jaula férrea de tu costillar también doliente, clamaba por salir, por manifestarse abandonando tu ser y transfiriendo al mundo el penar por todas las atrocidades cometidas. Para hacer visible el dolor, para presentarlo reconocible había que infundirle espíritu de belleza, dejar que esa larva de sentimientos, enfrentados a través de la evocación y la palabra pudiera llegar a los otros en su más prístino carácter; abusar de la palabra, despojarle de su inocencia oral, de su esencia de habla y coloquio para situarla, en la contingencia de la elección libre, en palabra escrita, en voz elegida, en texto que no podía dejar de presentarse  sino como producto del abuso violento; así cubrirías de palabras el dolor, para hacerle un traje que le diera la dignidad necesaria para la asamblea de lo humano y no se pudiera percibir disperso o incoherente como el amasijo de carne, vestidos y sangre que desfilaba impúdico ante todos los hombres de tu tiempo. Tu condición de individuo libre y de escritor te impelía a comunicar la experiencia pura; ni siquiera en un afán de belleza, eso ya vendría luego como producto del oficio, sino como una emanación de tu humedad espiritual que la lógica no alcanza a entender y que la metafísica no alcanza a dominar. Lucha desigual si alguna vez hubo alguna, ni siquiera David estuvo en tal desventaja frente a Goliat pues, aunque él no lo supiera, la roca en su honda ya estaba tocada por la voluntad de Dios y se había convertido en instrumento de su preferencia por Israel; en tanto tú, poeta y hombre, testigo impotente de las matanzas del Duero y de Teruel, no sólo te quedabas dejado de la mano de Dios, sino que aún lo desafiabas y lo retabas emulando su papel monopólico de creador, creando tu también ritmos y voces, metáforas, ideas y también personajes que al contacto con la vista cobraban existencia autónoma como auténticos seres vivientes; acaso con menos privilegios que el Creador, con muy limitados, apenas nimios alcances y sin tener siquiera la certeza de que cada palabra escrita pudiera encontrar al lector al que estaba destinada desde antes de ser puesta en papel y tinta; pero en esa contingencia, en esa debilidad también estaba oculta la eternidad y la fortaleza; nunca jamás, mientras hubiera un solo ser humano con capacidad para traducir y comprender las letras que juntas forman El Quijote habría dos lecturas iguales, jamás tu Alonso Quijano sería igual al de Unamuno ni al de Paul Verlaine y así vivirías en un eterno renacer, en un continuo renovarte, en un amanecer perpetuo mientras hubiera humanidad. Batalla disímbola encadenada a las perpetuas reglas del drama y de la lírica; impasible oficio de contar y narrar hechos, sentimientos y razones donde el sentimiento no se basta a sí mismo y donde el corazón poco vale si no se le sabe poner en movimiento con astucia.

No murió con Federico, Mariana Pineda, pero ya no estaría él para cantarla y aunque las piedras de Granada ya tuvieran un doble motivo para llorar no impedirían que una a una fueran cayendo las plazas de España en manos de los intolerantes y los alucinados, de aquellos que no podían estar destinados a la vida porque al tiempo en que exaltaban la muerte condenaban la inteligencia. De ningún modo se podía confundir la emoción poética con la poesía que es su ejecución verbal, como no se puede confundir el ardor de la pasión con el ser amado ni el ansia de libertad con el ejercicio de la liberación y la legítima defensa frente a la opresión. La emoción es previa en el poeta y se repite con aproximaciones y desengaños en el alma del que lee, el poema queda destinado para siempre al limbo amoroso que se mantiene entre las dos personas el Padre y el Hijo, como el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida y que habló por los profetas, y que está hecho, como Él de logos, de verbo, de palabras. Lucha interminable, destino que igual que el horizonte, avanza varias millas cuando creemos haberlo alcanzado; lucha tenaz y silenciosa, a veces llena de temores, otras exultante de valor y alegría y no pocas veces clandestina; acaso similar al exilio interior de todos los que no pudieron subir a los barcos con destino a la libertad, acaso parecida a la lucha interior que trajeron consigo Gaos y Gallegos Rocafull, como la que trajo a flor de piel León Felipe y que terminó dando muerte a Stefan Sweig y a su esposa; destino cruel y al mismo tiempo generoso de ir creando para siempre el lenguaje, de crear como decía Paul Valéry, el lenguaje dentro del lenguaje, de pronunciar lo impronunciable y reducir a símbolos fonéticos lo que no tiene palabras para designarlo; luchando cuerpo a cuerpo, como Jacob contra el ángel, para salir transfigurado al límite de cambiar el nombre si a pesar de todo, aún del poeta mismo, resulta haber combatido con Dios y contra los hombres y haber vencido.

Todos sabían que España había sido derrotada por sus fantasmas y por la ansiedad destructora de los dictadores. Los diarios y las revistas, la radio y los cinematógrafos daban a conocer los pueblos destruidos y las hordas de mutilados caminando sin más rumbo que huir de la desgracia; pero lo tuyo no sería la denuncia, aquello no era lo importante, tantos y tantos habían sabido y sin embargo habían callado, era necesario cantar el drama interior de la España derruida y del mundo amenazado; si acaso algún dato alcanzaba subrepticio a escapar de tu pluma en buena hora pudiera ser consecuente con tu pensamiento, pero había que hacer oír el llanto de miles y miles, la multitud de los clamores individuales y el martirio de Federico, el abandono de Unamuno y la traición sufrida por Azaña; para que a fin de cuentas pudieras lograr la liberación de lo que tanto tiempo había estado preso en tu alma, en la de España, en la de cada hombre y cada mujer relacionado con esta épica de la dignidad. Liberación, ni siquiera libertad, porque para expresarse, la palabra tiene que sujetarse a las leyes más difíciles, leyes internas sin un límite material que las demarque, inventando y creando de continuo su propia carrera de obstáculos…

Es más difícil andar que ir con andaderas; correr, más que andar; y más todavía volar que correr, para el hombre mortal, se entiende, y aún más que volar, evaporarse. La evaporación, sumo sacrificio, imagen casi de la plegaria, incienso; ley la más sublime entre todas, como verdadera transmutación. Liberación, no libertad: exigencia suma que a sí misma se impone cánones, sin necesidad práctica alguna. Esta Poesía Pura es la Servidumbre Voluntaria.

Mientras se asesinaba y se huía de España, tuviste el valor de entrar por los laberintos y matar monstruos; para salir a la calle en medio de la desesperanza y la desolación, sin dar ni deber explicaciones, esclavizándote sólo a tus íntimas cadenas y haciendo propio el llanto de un pueblo que sin dudarlo, también era el tuyo. Así terminó tu misión diplomática en Argentina. Abandonaste aquel país, esa vez para siempre, el 28 de diciembre, no fueron las despedidas que te prodigaron lo que más recuerdas, sino una carta de don Américo Castro en la que te agradecía, con la fuerza y la dulzura más castizas que pudieras recordar: “todo lo que usted y su país hacen por mi España, que Dios se lo pague y nosotros lo veamos”.

La muerte de los poetas

Rafael Alberti, decía sobre las palabras y la guerra, “qué dolor de papeles que ha de barrer el viento, qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua”, porque en el fondo la guerra se hace contra las palabras, contra las razones y los argumentos; los totalitarismos, los autoritarismos y las guerras que son la suma de ambos extremos aún cuando ésta se cause o se dirija desde una democracia. La guerra no es nunca un método ni una estrategia, la guerra se vuelve un fin en sí mismo, una especie de monstruo viviente que toma su propia fuerza y que su propia espiral de odio y destrucción con lógica – si es que puede llamarse de esa manera – independiente de los contendientes y de los resultados; Edmund Blunden, el poeta inglés asesinado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, decía que ningún ejército habría ganado la guerra ni podría ganarla, que la guerra había ganado.

Por eso son particularmente dolorosas las muertes de los poetas en los conflictos bélicos, porque si no es a ellos, a quién podríamos dirigirnos en busca de belleza en medio de la destrucción, a quien implorarle las palabras que nos hablen de la memoria antes de la sangre y el fuego, a quién pedirle que sueñe la esperanza del mundo que vendrá cuando se levanten las ciudades desde las ruinas de los bombardeos y los campos barridos de napalm puedan de nuevo dar frutos.

La insurrección franquista se llevó a Miguel Hernández y a Federico García Lorca, a Antonio Machado, eso sin contar a los muchos que tuvieron que morir fuera de su patria; las dictaduras latinoamericanas se ensañaron con los poetas, mataron de tristeza a Neruda y de bala a Victor Jara; la Primera Guerra mundial se llevó a Edward Thomas, A Rupert Brooke, a Isaac Rosenberg, a Wilfred Owen, a Francis Ledwige, a Julian Grenfell, a Charles Sorley y a T. E. Hulme; el estalinismo, en una sola noche alucinante asesinó a las más diáfanas plumas en lengua yiddish de la Unión Soviética; Markish, Hofstein, Fefer, Kvitko, Bergelson, Zuskin, Talmy, Vatenberg y Emilia Teumin; pero si algún gran enemigo tiene la palabra es sin duda el fascismo, el propio fenómeno nazi es un enorme silencio para oprimir la palabra, dede la pequeña cronista Anne Frank, hasta Frans hessel, Max Jacob, Janusz Korczak, Arno Nadel, Irene Nemirovsky, Gruno Schulz asesinado a tiros en plena calle, David Vogel, todos ellos muertos en campos de exterminio o en salas de tortura o fusilados a media calle, ellos más los que no pudieron con los estigmas de la violencia y la segregación se suicidaron por las huellas implacables de sus verdugos, como Walter Benjamin, Primo Levi, Ernst Weiss y Stefan Zweig.

Ningún poeta canta la grandeza de la guerra ni la belleza del combate; al contrario, cantan lo que se ha perdido: las tardes de sol y esperanza y el retorno de la amada; los valores por los que vale la pena apostarlo y aún perderlo todo: la libertad y la justicia, por ejemplo, pero no los campos sembrados de muertos infértiles; los poetas no cantan la destrucción sino la vida, por eso resplandece el libro de Remarque, “Sin novedad en el frente”, como el alegato contra el belicismo y el derecho de los hombres a vivir y morir en paz.

Acaso sea que tanto la guerra de España contra el fascismo y la rebelión, así como la defensa de la cultura occidental frente al totalitarismo encarnado en los Nazis; las revoluciones latinoamericanas contra sus férreas y violentas dictaduras, las guerras contra el colonialismo europeo, enfrentaban valores y formas de visualizar el honor y por eso, a la distancia centenaria y casi centenaria, aprendimos a leer su épica y a visualizar su enormidad heroica, perdemos de vista que en el fondo todo conflicto armado es una vergüenza enorme, una pérdida absoluta y la negación de nuestra razón como especie civilizada.

Volvamos al lamento de Alberti frente a la crueldad y el desamparo de la guerra, a su visión del mundo vuelto al revés dejando mostrar sus hás horrendas costuras, a Alberti decir, como todos los poetas que no vieron el final de los conflictos que los volvieron víctimas: “Siento esta noche heridas de muerte las palabras”.

Tras los pasos de Alfonso Reyes en Madrid. 100 años después. Quinta Jornada

Quinta jornada. Noviembre 11, miércoles.

La cuestión catalana sigue sin impresionar al gran público madrileño; anoche el noticiero asturiano fue omiso en el tema – aunque dieron las noticias internacionales en bable – tampoco el servicio de información gallego parece dar mucha importancia al impasse que vive el embrión de la República catalana o del Reino Unido de España y Cataluña.

La edición de hoy de El País, da cuenta del fracaso de Artur Mas para dirigir el proceso soberanista; los días transcurren y no hay investidura de un presidente del Parlament; el supuesto apoyo que todos los partidos habían ofrecido a Mas no ha quedado sino en curiosos jugueteos políticos, el gobierno central se detiene promoviendo una moción constitucional para detener cualquier intento cesesionista, incluso se ordena a los Mossos que denuncien cualquier asomo de delitos de sedición. Para los observadores que no tenemos intereses en los hechos, las cosas van pareciendo claras: todo ha sido una especie de carnaval desaprensivo para no tocar los temas profundos de la vida institucional catalana como la corrupción; además, como latinoamericanos tenemos claro que las secesiones y las independencias no se tramitan en los tribunales constitucionales y es claro que Cataluña no desea tanto su independencia como para llegar a los extremos; el rey por su parte no ha dado pinta de estar enterado. La prensa nacional ha llamado a todo esto: independencia, pan y circo.

El día ha comenzado temprano, hoy es la cita que ha aguardado por semanas, el momento de mi homenaje de gratitud al autor que más he leído, al que más debo no sólo en mi formación intelectual sino, sobre todo, como ser humano: Alfonso Reyes.

Cada vez que  volvemos a algunos de nuestros escritores más queridos le rendimos un homenaje a su presencia y a su transcendencia en nuestra vida; pero en muy raras ocasiones podemos hacer una ofrenda de gratitud a quienes, mediante su literatura nos han hecho la vida más llevadera, los sueños más intensos y los amores más delectables. Eso es lo que me propuse hacer desde que Pablo Raphael, en su misterioso primer mensaje me anunció la posibilidad de participar en el coloquio eso y no más que eso es lo que quise hacer desde que abrí los ojos por la mañana.

Apenas al despertar, Alejandro Pascal, uno de esos amigos queridos que se encuentran a la edad en la que uno no cree que podrían ya hallarse, nos ha llamado para encontrarnos; desde luego, mi estado de ansiedad requiere de un pequeño paseo antes del desayuno; Alejandro que es generoso siempre, ha accedido y nuestros pasos nos llevan, guiados por cierta inercia, como debe ser, al barrio de las letras. Después de una buena tasa de chocolate en Lhardi, las monjas de clausura que guardan la tumba de Cervantes me dicen que no se puede visitar la última morada de nuestro padre sino de 9:00 a 9:30, así que seguimos de frente, doblando esquinas y siguiendo rutas sin sentido, me acompañan mi mujer y mi amigo, se los agradeceré después porque en este momento soy una pésima compañía. Creo buscar los pasos de Reyes, andados hace cien años, busco sus lugares y sus instantes como si su obra y su memoria por partes iguales fueron placas fotográficas abandonadas al azar en los rincones de esta ciudad, su hogar adoptivo; tal vez lo que busco sea algo más, el paso de las letras por mi conciencia, marcas de sus placeres y las cicatrices de sus ideas, la herencia de una República que no pudo ser; así, de pronto, la efigie de Federico García Lorca nos sale al paso, no me atrevería a decir que se trata de una escultura excepcional, ni siquiera sobresaliente, pero tiene, sin duda una particular capacidad de evocación o tal vez sea que la efigie de Federico no resulta sencilla de retratar y no hay monumento suyo en el mundo que alcance a captar su sutileza que de tan liviana resulta enorme; en todo caso, ahí estaba Federico – el poeta que me abrió los ojos a la belleza de mi idioma – con su sonrisa traviesa de niño rico y una paloma en las manos; no pude evitar, en una situación así volver a actuar de una manera descortés y poco sondeada con quienes amablemente me acompañaban, pero tampoco podía evitar detenerme frene al poeta – el autor al que nunca he podido llamar por sus apellidos sino simplemente, Federico – y recordar los primeros versos que leí de él y que me subyugaron para siempre:

Quisiera estar en tus labios

para apagarme en la nieve

de tus dientes…

Al girar a mi derecha el cuadro del prodigio se completa, en el Teatro Español de la plaza, presidido por una foto monumental de la diva casi olvidada, campea el nombre de Margarita Xirgú. Desde niño, nunca he dejado la absurda práctica de considerar los hechos como presagios del futuro cercano: la fortuna de un personaje en el libro que estoy leyendo puede significar que tendré suerte en la primera cita del día; si mis hijos aciertan la frase correcta al despedirse por la mañana significa que encontraré aquello que llevo meses buscando o que encuentre de pronto lo que había renunciado a buscar  hace semanas, un beso puede así, ser el mejor de los presagios; de ese modo, en presencia de dos buenos y entrañables amigos de don Alfonso no podía pensar sino que el día estaría cerca de mi idea de una jornada memorable.

El día de la raza de 1922, como aún entonces de le llamaba  al 12 de octubre, Alfonso Reyes pronunció el discurso en nombre del cuerpo diplomático; por la tarde, la compañía teatral de Margarita Xirgú interpretó un acto de “La niña de Gómez Arias” de Calderón. Esta suerte de coincidencias, de proximidades y colaboraciones durante décadas forjaron una amistad tan larga como profunda. Federico García Lorca, por su parte, representó para Reyes no un amigo cercano, pues en realidad no lo fue, pero sí fue mucho más que eso, una especie de tenue fortaleza en el idioma, la señal de una renovación vital y en un ser humano esplendoroso. Fue en aquellos años del primer Madrid reyesiano que Juan Ramón Jiménez y don Alfonso publicaron Índice en la que Federico hacía sus primeras armas junto a Pedro Salinas, Antonio Espina, José Bergamín, Jorge Guillén, Dámaso Alonso y Gerardo Diego entre otros. Reyes admiró siempre en Federico su infinita capacidad para construir nuevos símbolos y para renovar los existentes, como Doña Rosita la soltera o el idioma de las flores. Por eso, tras su asesinato compuso la cantata ante su tumba:

Madre de luto, suelta tus coronas

sobre la fiel desolación de España

sacudido rosal, zarza entre lumbres.

De pronto, la cariñosa mano de mi esposa me vuelve a la realidad y reemprendemos el camino al Ritz, al desandar lo caminado voy recuperando mi cuerpo, voy regresando al mundo de los vivos, a girones, la literatura se me va desprendiendo de la piel;  recuerdo, al cruzar frente a las cortes, a la Emperatriz de Lavaréis de Jorge Hernández, a quien parece voy a conocer esta tarde. Con mi tropa, no diré que alegre, sino apenas ensimismada,he vuelto al hotel a tomar un fantástico desayuno y he aquí que he vuelto a ser yo entre los míos; mientras el café termina de dar de sí sus últimas partículas de vida, aparece, con la fresca de las once de la mañana Pablo Raphael, con su sonrisa casi infantil que da cuenta de los casi treinta años que ya dura nuestra amistad, me cae de pronto la memoria de una tarde en la casa familiar de los Raphael, el sol cayendo sobre la Bahía de Santiago en Manzanillo, cuando nos pensamos como escritores y nos llamamos por primera vez con la manera que lo hicieron otros viejos amigos, José Vasconcelos y Alfonso Reyes: “hermano mayor y menor”. No he tenido más remedio que desayunar de nuevo y Pablo nos dice que tenemos que ir a nuestra embajada a finiquitar algunos detalles burocráticos, volvemos una vez más a caminar la carrera de San Jerónimo y la plática en la oficina de Pablo fluye con ligereza y alegría, me obsequia con un libro fotográfico de los años de don Alfonso en Madrid. Entre tanto nos ha llegado la hora de comer, nos detenemos en un café cercano a la Embajada y cuando el carillón suena, nos indica que hay que prepararse; ya sólo Adriana y yo caminamos al hotel y me preparo.

Hubiera querido ir andando, pero quiero llegar un poco antes y ella no quiere que arribe perlado de sudor, así que nos llaman un taxi, minutos después estamos a las puertas de la Casa de América; nos hacemos las fotos rituales, nos reciben con afabilidad, somos por primero y me acomete el mismo terror que a todos los que participamos en actos como éste: ¿llegará alguien más?

Aunque hay unos cuantos adelantados y puntualmente personal de la Embajada; en los primeros cinco minutos la sala, impresionante por su arte, está llena hasta la mitad, mi querida amiga Raquel Sánchez, recién casada con el entrañable don Ricardo Ruiz de la Serna, ya llegó. Al final del acto la sala estará llena en su totalidad y habrá llegado también Ricardo.

Palabras de la embajadora Lajos que hacen que los mexicanos nos sintamos orgullosos de nuestra representación, palabras de Pablo que me introducen a la charla y entonces, ha llegado el momento.

Detrás de mí las banderas de México y de España me hacen pensar en que podría haber sido que las dos banderas que están ahí podrían ser tricolores; con este pensamiento que me ha tomado por asalto comienzo mi lectura. Hablo de Reyes y de cómo el exilio convirtió al hijo de familia en un adulto, de cómo el hombre y la necesidad trasformaron al personaje de la provinciana escena cultural mexicana en un auténtico escritor; de cómo el hombre aprendió a diferenciar entre la vocación y el oficio; de la manera en que la generosidad y la amistad españolas que acogieron a do nAlfonso en sus momentos de mayor penuria tuvieron tanto significado para las dos repúblicas y par quienes quedaron huérfanos de la española. Conforme avanzo en mi lectura me doy cuenta que no es de Reyes de quien estoy hablando sino que a través de su modelo, estoy dando cuenta de mi ideal de hombre de letras; cuando dejo atrás los datos históricos y me adentro en la personalidad del escritor, descubro en su pasión por la vida, en su nunca oculta lealtad por los placeres me doy cuenta, en un chispazo de conciencia, del profundo placer que me causa hacer lo que estoy haciendo, de que en realidad Serrat tiene razón cuando dice que “de vez en cuando al vida afina con un pincel, se nos eriza la piel y faltan palabras para nombrar lo que ofrece a los que saben usarla”.

Para que pueda cumplir los tiempos, para no perder la pista y no me olvide que estoy hablando para un público y no pensando en voz alta, Adriana me hace una seña discreta que tenemos convenida desde hace veinte años y que significa que estamos cerca de los límites; justa y oportuna me pone en camino de terminar mi texto y digo, por el placer de decirlo ahí y en ese momento:

Mar adentro de la frente,

por dondequiera que voy,

aunque haya nubes cerradas,

¡Oh cuánto me pesa el sol!

¡Oh cuánto me duele adentro

esa cisterna de sol

que viaja conmigo!

Cuando salí de mi casa

con mi bastón y mi hato

le dije a mi corazón:

– ¡ya llevas sol para rato!-

Es tesoro – y no se acaba

no se me acaba – y lo gasto.

Traigo tanto sol adentro

que ya tanto sol me cansa.

Yo no conocí en mi infancia

sombra, sino resolana.

Las conferencias se suceden, se aparece la imagen de don Alfonso, nos despedimos en la puerta de la casa de Pablo luego de conocer a su hija. Volvemos caminando al hotel, estoy dulcemente satisfecho. Un día entrañable para guardar todo el resto de la vida.

Tras los pasos de Alfonso Reyes en Madrid. 100 años después. Segunda Jornada

Segunda jornada. Noviembre 8, 2015.

El día de la Almudena es fiesta en Madrid. Hoy, la virgen se da un paseo desde la muralla en donde milagrosamente un día como hoy fue descubierta, hasta Plaza Mayor repitiendo el camino que emprendió en la fecha de su vuelta a la vida. Anoche hubo celebración por todo Madrid de modo que si los madrileños son de suyo trasnochadores y malos madrugadores, en un día como hoy las diez de la mañana ofrecen todavía un tiempo fresco, de calles semidesiertas antes de que, como se espera, la ciudad se transfigure por la tarde cuando las multitudes salgan al paseo y a la compra dominical.

Antes de acudir al Prado es necesario un ritual previo, hay que acudir a Lhardy, restaurante de tradición, en el que no hay desayunos, ni churros siquiera, pero la bollería es soberbia y su chocolate tan rico, potente y espeso que apenas un grado más lo haría un plato de ternera. En ese restaurante, durante una reunión del Ayuntamiento de Madrid, Alfonso Reyes pronunció su ofrecimiento heroico:

Cuando un día, cierto acto municipal yo me declaré, invocando la memoria de Ruiz de Alarcón, “un voluntario en Madrid…”

Y fue ahí mismo, en su salón que era ya famoso en el reinado de Alfonso XII, que tuvo días de gloria durante la era republicana, resistió los amargos días de la guerra y el asedio y, después de unos años de castigo durante el afianzamiento de la dictadura, con el tiempo fue recuperando su antiguo esplendor; Reyes fue despedido al final de su misión diplomática, en una comida celebrada el 12 de abril de 1924, a la una y media – recordaría siempre Reyes – a la que convocaron Eduardo Gómez de Baquero, Francisco de Icaza, Azorín, Enrique Díez Canedo, José María Chacón y Calvo, Manuel Azaña, Ramón Gómez de la Serna, Melchor Fernández Almagro, Antonio Marchamar, Edgar Neville y Cipriano Rivas Cheriff y a la que asistieron amigos, compañeros de prensa, cuerpo diplomático y algunos políticos republicanos, el conde de Romanones con un mensaje de Alfonso XIII, Luis G. Urbina, Eduardo Marquina, Eugenio D’Ors, José Ortega y Gasset y Jean Cassou de paso por la ciudad. Lhardy es uno de esos rincones de Madrid que sólo puedo evocar en referencia a Don Alfonso, es para mí el restaurante de su despedida, como Salamanca es su barrio de residencia.

Volvemos sobre nuestros pasos; apenas cruzamos la pala de Canalejas, se mira en la proximidad el Prado de los Jerónimos; descendiendo la carrera, calle angosta pero elegante, el augusto edificio de las cortes enfrente de la embajada de México y la Plaza de las Cortes, se logra una vista privilegiada; ahí sucedieron hechos históricos, algunos vergonzosos como el ridículo conato de golpe de Estado de Tejero, otros gloriosos como la instalación de los leones fundidos con el metal de los cañones arrebatados al enemigo en las guerras de África; en fin, un universo de memorias que adornan un paseo en el que se experimenta el peso de una devenir que es el de nuestra cultura. Pasos más adelante se divisa el Hotel Palace y enfrente el carillón de la aseguradora que da vida y recuerdo a este rincón luminoso de España; como escasos pájaros escapados de sus jaulas, se escuchan unos cuantos vocablos en inglés y en francés sobrehilando el océano de los cien acentos de la hispanidad. En la glorieta de Neptuno, la cuesta se ha vuelto loma y a la memoria acude la imagen del dios de los mares protegidos con sacos terreros y privado de su tridente soportando heroico y firme el asedio de Madrid en los peores días de la guerra; la esquina del Museo Thyssen es uno de los vértices de la encrucijada que ahí se forma, quien da vuelta a la izquierda alcanza las salas prodigiosas del museo, quien a la derecha se dirigirá a la estación de Atocha y quien siga adelante encontrará de nuevo el Ritz y el Prado, desde ahí la vista se corona con la cúpula del hotel y la aguja de la Iglesia de los Jerónimos.

En la esquina del Ritz ya se encuentra en uno de los espacios privilegiados de la ciudad; enfrente del Museo del Prado, una pequeña plaza donde gobierna un monumento a Goya, desde ahí, tornando la mirada a la derecha se descubre la dulce pendiente que da nombre a este rincón del mundo y más arriba, la señorial casona que alberga la Academia de la Lengua y la Iglesia donde la tradición impone sean proclamados los reyes de España que desde hace setecientos años carecen de corona. Del otro lado del edificio del museo se encuentra el Jardín Botánico, donde Alfonso Reyes rindió un peculiar homenaje a Mallarmé; más allá del jardín termina el Prado con la Cuesta de Moyano, hogar de los libreros de ocasión. Durante los años de su estancia en Madrid, don Alfonso dispensó muchas horas a este lugar que, para mí, es una de las capitales de la geografía de mi memoria y mi corazón.

Desde su llegada a Madrid, Reyes hizo del Prado uno de sus lugares predilectos y lo convirtió en parte central de su vida familiar e íntima; en sus diarios no son pocas las alusiones que hace de sus paseos en el museo y no sólo para admirar los cuadros sino como lugar de reflexión, espacio abierto para estimularan nostalgia o tomar decisiones, para matar la soledad, pensar en sus letras y hasta como calefacción. Hoy, cuando las puertas de acceso al museo han cambiado – no dejo de sentir cierta melancolía cuando recuerdo que aún utilicé las históricas puertas que miraban al Jardín Botánico -, entramos por el lucidor nuevo acceso cuyo moderno diseño contrasta con el edificio clásico pero no rompe su unidad; ahí están la librería y la tienda, los servicios modernos y la cafetería bañada de sol; cruzando la puerta se abre el paraíso de quienes amamos el arte y para quienes pensamos que gran parte de la historia de México está congregada en España.

Reyes no sólo utilizó el Prado en términos espirituales sino también en los más prácticos y mundanos que puedan imaginarse; en su era pie pobreza lo usó para darse calor, por ejemplo, él mismo lo recuerda:

La sensación de penuria se acentuaba con el frío. Para defenderme, aprendí a cubrirme el pecho y la espalda con papel de periódico, y descubrí que un rato junto a la boca de calefacción en el Museo del Prado me daba calor para un par de horas.

Cuando llegó a España, don Alfonso estaba huyendo de la Primera Guerra Mundial y del desempleo en que lo había dejado la cesantía de todo el personal diplomático mexicano que decretó el Presidente Carranza en el año de 1914. En Madrid, el que había sido hijo de familia rica e influyente, caído ya en desgracia por la participación de su padre en el golpe de Estado contra Madero, aprendió a ganarse la vida con la pluma, a escribir la nota diaria del periódico mientras investigaba para el Centro de Estudios Históricos bajo la dirección de Menéndez Pidal en el viejo núcleo de Madrid de los Austrias que hoy mismo buscamos y hallamos antes de la hora de la comida en la que honramos a los dioses tutelares de Reyes: la amistad, al reencontrarnos con la familia de Catalina Alba, amiga ya de muchas décadas.

Mientras paseaba por la tienda de los recuerdos y las reproducciones del museo me acorde que Reyes había inventado, para entretener a su hijo y a los de otros refugiados mexicanos, un jueguito que ahora se vende por diez euros en la tienda del museo; se basa en sustituir las tradicionales tarjetas del juego que en México llamamos “memoria”, por postales de los cuadros del Prado, lo que ahora es un recurso común para iniciar a los nos en el mundo del arte, en manos de don Alfonso eran la demostración que el ingenio no tiene límites para un padre que desea divertir y educar a sus hijos aún con el más pobre presupuesto. El juego de don Alfonso no se limitaba a la exhibición de las tarjetas; su objetivo principal era la escena, en compañía de Martín Luis Guzmán y de Antonio Acevedo hacían reproducciones escénicas de las pinturas donde, por ejemplo, Reyes era el Condeduque de Olivares, Acevedo su caballo y Martín Luis el fondo de la escena; años después en la Residencia de Estudiantes, Federico García Lorca jugaría una macabra variante del entretenimiento; en compañía de Luis Buñuel y de Salvador Dalí que lo llevaban, Federico actuaba su muerte y lograba que Dalí saliera huyendo pues afirmaba que García Lorca era capaz de simular su propia descomposición. El día de hoy frente al retrato de Olivares, debo confesar, me fue imposible imaginar a Martín Luis haciendo el papel de floresta y menos a Federico pudriéndose en una mesa de la Residencia.

Desde luego, Reyes tenía sus obras favoritas en el Museo; al visitarlas uno puede enterarse de como el escritor apreciaba la realidad; Alfonso huía de los cuadros obscuros y dramáticos y entra siempre por una puerta de luz como se entra en esta especie de paraíso. Ahí están las majas de Goya, el Jardín de las delicias, los bufones de Velásquez y las Meninas; ahí está lo que don Alfonso llamó la vulgaridad consentida y que no es otra cosa que la alegría popular manifiesta en el entierro de la sardina.

Rematamos el día paseando por el Madrid de los Austrias; por sus callejuelas que tanto frecuentó Reyes, por los cafés donde pasó el tiempo en compañía de Unamuno y de Valle Inclán, por el Café de San Ginés, en cuya esquina decía Alfonso, don Ramón ebrio de mariguana esperaba que su casa viniera a por él como un barco; atracamos en un café de la Plaza Mayor puesta ya muy guapa para la fiesta de la Almudena; me he surtido de gorras en la histórica casa Yustas en donde Reyes decía que, antes de la guerra, campeaba un anuncio que rezaba: “sombreros para hombres de paja”; ahí mismo en una mesa similar a la de los cambistas de la Edad Media he comprado cinco monedas de la era republicana que me tenían guardadas desde 1939 y que tardíamente viajarán rumbo a México a reunirse con otros recuerdos en el exilio.

La ciudad se me va confundiendo con las letras de Reyes y a cada paso me toman por asalto citas, ideas, versos y anécdotas, como esta sobre el arte, el Museo del Prado y su no siempre bien querida monarquía española:

Cuando el Rey Leopoldo de Bélgica visitó España, paseaba por el Museo del Pardo en compañía del Rey Alfonso y del Duque de Alba. El Rey, que era travieso, se detuvo ante la maja desnuda de Goya y le dijo a Leopoldo: “la abuela del duque”. El duque se la guardó. Cuando llegaron a la familia del Rey Carlos IV pintada por Goya, se detuvo ante la espantosa bruja con chiqueadores, reina entonces y protectora del favorito Godoy y dijo: “la abuela del Rey”. Entre la puta y la bruja, la duda no era posible.

Mañana, tal vez, Aranjuez.

MNEMÓSINE DEL MANZANARES. LAS MUSAS DEL CASTELLANO

La poesía es una de las funciones propias del idioma. Alfonso Reyes la compara con la lucha entre Jacob y el ángel. Al igual que en la mítica batalla, el hombre se enfrenta a la entidad divina, se aproxima y retrocede, a veces parece vencer, otras el espíritu impone su primado sobre la carne. El poeta, avanzado en un grado sobre la realidad, a fuerza del impulso lírico, debe luchar a fin de ponerle linderos, de encaminarlo para hacerlo inteligible – en el verso – a la asamblea de los que hablan su lengua.

Jacob vence al ángel, triunfa en su intento. Sin embargo, eso no es todo, porque quien vence así no puede seguir siendo el mismo. Después de la batalla, dijo el ángel a Jacob, ¿Cuál es tu nombre?, y él respondió, Jacob. Entonces, el ángel replicó: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido. Al cambiar su nombre, Jacob ha trocado también el principio que ordena su naturaleza. También Jorge Luis Borges, en su segunda aproximación al Golem, nos recuerda que si como dice el griego en el Cratilo, el nombre es arquetipo de la cosa, en la palabra rosa está la rosa, y todo el Nilo en la palabra Nilo.

La palabra, es un compendio del ser de las cosas, la más íntima manifestación del ser en el mundo. La poesía, lucha mítica dentro del idioma, es el afianzarse de la voz sobre el etéreo mundo de la idea y la pura abstracción del espíritu. Si en las manifestaciones de la narrativa podemos acercarnos a la historia del ser de nuestra lengua, manifiesto en la acción, a través de la poesía nos aproximamos al ser de la lengua en diálogo consigo misma, a ese diálogo interior que nos remite a los orígenes.

El castellano es fruto de un diálogo sumamente complejo, que dura más de mil años, que ha cruzado dos océanos, el más trascendente mar de la historia occidental; sus voces vienen, por lo menos, de cuatro continentes. La progenie de la Mnemósine del Manzanares es pues, muy rica. Vox populi, nuestras musas son diez – excedemos ya con una a las clásicas -, son en realidad una extensa familia, hijas de las memorias que como hispanoparlantes hemos heredado.

Nuestras antiguas musas de la España prerromana, corresponden a las vetustas tribus que habitaron las montañas y valles que hallaron en su Hesperia los romanos, podemos conocerlas por sus epónimos, Vasconia, Asturies, Carpetana, Vaccea, Tarraconensis y Bética; de ellas nos queda el resabio de lo muy español, digamos, la fiesta brava, su degustar la sangre – que entre otras cosas, casa bien con sus parientas nativas de nuestra América -, nos dejaron voces sabrosas, crujientes y ásperas: ardilla, bruja, urraca, garrapata, sabandija o gazapo. Pero de ellas no persisten hasta hoy monumentos, sino leyendas, especialmente de heroísmo y arrojo, tan preciadas para nuestros pueblos.

Numancia, tan repetida en nuestras letras, viene a ser su suma, hace decir Cervantes a España, en su Cerco de Numancia:

Estos tan mucho temidos romanos

que buscan de vencer cien mil caminos,

rehuyendo venir más a las manos

con los pocos valientes numantinos,

¡oh, si saliesen sus intentos vanos

y fuesen sus quimeras desatinos,

que esta pequeña tierra de Numancia

sacase de su pérdida ganancia!

De aquella primera generación de nuestras musas europeas, debemos mencionar a la Grecia y a la Roma paganas. De aquí que en legítimo derecho el castellano sea hija de las nueve musas clásicas, y desde luego, de Mnemósine, su madre.

Cualquiera sabe que hubo un día en que todos los caminos llevaban a Roma, de ese momento data nuestro remoto ingreso a occidente, el cimiento – y la simiente – occidentales fueron sembradas en España, y conjuntamente con nuestra lengua madre, el latín vulgar, adoptamos otra forma de entender las relaciones políticas y sociales, el Imperio, que rehecho en la España dorada nos será traído a América. El Imperium constituyó un elemento fundamental de nuestra cultura, en Roma, como hoy entre nosotros, significó un cierto poder mágico, devenido no de los dioses del Foro, sino de los tutelares, de los antepasados divinizados. Importaba la facultad, primero del monarca, luego del pueblo y el senado – Senatus Populus Que Romanus, las siglas SPQR de los manípulos – y por último del César, de guiar los destinos de Roma en su acción civilizadora sobre el mundo bárbaro, el mundo de aquellos cuyo lenguaje no puede ser entendido. España, cuando fue ya la España discernible, se arrogó el imperium evangelizador.

Grecia. Es ya proverbial el triunfo de la cultura griega sobre el vencedor romano. Cuando los romanos conquistaron la futura tierra de emperadores, santos y juristas, eran ya romanos helenizados que habían trocado sus dioses primitivos por los del Olimpo, de Ares a Marte, de Afrodita a Venus y de Poseidón a Neptuno, hay un largo viaje en la transformación del modo de mirar y entender el Cosmos. Esa nueva comprensión es la que daría sustrato a lo que hoy conocemos como castellano.

Al igual que nosotros, hispanoparlantes, nuestros antepasados romanos supieron el valor de su idioma, y de su poesía, dice Propercio en su poema a Cintia:

No me admirarás entonces como a humilde poeta,

No podrán callar ante nuestro sepulcro:

Del fuego nuestro magno poeta, yaces.

Guárdate de, con tu orgullo, condenar nuestros cantos:

el amor que tarda crece con gran usura.

Nativas de esta América nuestra, pertenecen a esa primera generación nuestras musas prehispánicas, acaso las más tercas en su supervivencia, son las que nos llegan más mediatizadas y transformadas por el diálogo con su familia política; de ellas heredamos el gusto por los colores y las texturas, la osadía de combinar rosas y azules en un desconcierto armonizado, nos heredaron palabras complicadamente musicales: nene, tlapalería, chile, chocolate, nagual y papalote; de ellas nuestra afición por la justicia sangrante y dolorosa -compás de la vindicta pública – de ellas, en fin, la raíz picante que hace de nuestra comida un dulce martirio enchilado.

A veces, volteamos el rostro para mirar esas musas morenas, con ánimo de anticuario o de franciscano evangelista; es más fácil hallarlas tierra adentro de nosotros mismos, nos han dejado mucho de lo que hoy es nuestro modo de ver el mundo, esa cierta melancolía que a veces parece no querer terminar, si en el siglo XV, el rey poeta decía:

Yo Netzahualcóyotl lo  pregunto:

¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?

No para siempre en la tierra:

sólo un poco aquí.

Aunque sea de jade se quiebra,

aunque sea de oro se rompe,

aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.

No para siempre en la tierra:

sólo un poco aquí.

 

Los otomíes de hoy siguen cantando, con su voz dulce que casi logramos apagar:

 

El río pasa, pasa:

El viento pasa, pasa:

     nunca cesa.

La vida pasa:

     nunca regresa.

Algunos de nuestros abuelos, hijos de una nueva generación de musas en España, cruzaron el mar Mediterráneo por Gibraltar y se adentraron en las tierras de la ya caída Roma, hicieron la guerra a los confundidos reinos cristianos, sentaron sus reales en Granada y Córdoba, dieron luz y color a las tierras de Al Andaluz y empujaron el nacimiento de nuestra lengua. Los moros, los musulmanes, fijaron en España uno de los primeros reinos de tolerancia de los que se tenga memoria, sus musas tienen nombres dulcísimos y musicales, ellas se nombran ya en el romance viejo; Aixa, Fátima y Marién.

Después de cruzar el Mediterráneo, de sur a norte, y para aposentarse en la Europa Española, los musulmanes consumaron un violento matrimonio para luego dar a luz una progenie fabulosa. De nuevo consistencia y atinada coincidencia, pues al final del mundo árabe en España, apenas unos días después, la recién nacida España, cruzará el océano, esta vez de oriente a occidente para que en iguales circunstancias se consumara una nueva unión, también dadora de progenies inimaginables, nuestra Hispanoamérica.

De nuestras musas arábigas heredamos, paradoja histórica, a nuestros antepasados griegos que habíamos perdido, ellos pusieron en lenguas, entonces legibles, a Aristóteles y a Platón; de ellas heredamos el café y el ajedrez, dos elementos ahora entendidos en occidente, ellas nos obsequiaron con la nota particularísima de nuestra lengua castellana, lo que da dulzura a nuestro común patrimonio, los deliciosos arabismos, y aprendimos pues el tierno goce de palabras como albaricoque, alcábala, ojalá, Guadalajara, Guadalupe, alcohol y almohada. De ahí el muecín y el almojarife, de ahí la soñada Granada, que se abre roja con el verso de Federico García Lorca.

La presencia árabe en España es, indudablemente presencia de alto contenido poético, prueba de ello es su importancia dentro del romance, algunos profundamente enraizados en su origen islámico:

 

¡Abenámar, Abenámar

moro de la morería,

el día que tu naciste

grandes señales había!

Estaba la mar en calma,

la luna estaba crecida:

no debe decir mentira.

 

El pueblo judío engarzó algunas de las más hermosas joyas de nuestra cultura y es parte de los movimientos que comenzaron a dar forma reconocible a nuestro idioma, así, el primer poema escrito en una lengua  a la que bien podemos llamar castellano, lo escribió el poeta judío sefaradí, don Shem Tov de Carrión.

Queda el agua olorosa, rosada, que más vale.

Este pequeño y sutil poema, en nuestra lengua y que data de alrededor de 1350, es ahora de autor conocido, no como las jarchas, tonadillas anónimas, auténticas voces populares sino obra de mano y talento poéticos, del autor judío que usa el castellano como herramienta literaria. Nuestra herencia judía consta en ideas filosóficas tan hondas como la cosmogonía, o la idea del tiempo lineal, es decir, como la historia que un día comenzó con la creación y algún día terminará – fin de los tiempos – por oposición a la idea del tiempo como una repetición infinita de los ciclos, vengan a cuento los cinco soles aztecas. Pero es todavía más clara en el folclor popular, en los consejos de las abuelas y en los “dichos” del pueblo, tan profunda que se quedó a vivir en la música vernácula. Existe una romanza sefaradí que dice igual que un son huasteco, la una se le podía oír en España hasta el siglo XV, en Grecia antes de las atrocidades nazis y se le puede oír hoy en un barrio jerosolimitano, la otra se le puede escuchar en los estados de Hidalgo, San Luis Potosí, Veracruz y Tamaulipas.

A la una yo nací,

a las dos me engrandecí

-en México se dice crecí-

a las tres tomí amante,

-acá decimos me enamoré-

-se diga, me casé-

alma, vida y corazón.

Aunque no se conozcan y aparentemente no tengan razones para conocerse, hay hermanos que cantan y sienten el mismo son, cruzando un mar y un océano, a miles de kilómetros de distancia, pertenecen a dos Estados distintos, tienen historias irreconocibles en la superficie, rezan a Dios de dos maneras diversas.

Vivo sin vivir en mí,

y tan alta vida espero

que muero porque no muero.

La generalidad de nuestra herencia se contiene, mucho, en las frases que anteceden y en su autora. Por una parte, la más patente de las musas que legítimamente nos pertenece es la de la España Católica, nuestra madre conflictiva, la que nos da la mayoría de los códigos de lectura de la identidad y también aquella de la que es necesario liberarse constantemente, ya como arrebato de joven virilidad, ya como prueba de mayoría de edad, o sencillamente, por liberación del tedio. Me ha gustado entender la historia de la hispanidad como una larga conquista del diálogo y la tolerancia, con sus altas y bajas – y a veces con sus rupturas inverosímiles – como una vocación al magisterio y a la universalidad.

Nuestra herencia cristiana no es, fundamentalmente, la de un cristianismo sin adjetivos; no es  el cristianismo acremente crítico del nórdico protestante, no es el de la límpida y diáfana ortodoxia romana, nuestra herencia no dice ama y haz lo que quieras como San Agustín, sino muero porque no muero como Santa Teresa de Ávila. El nuestro, es un catolicismo que dice:

No me mueve mi Dios, para quererte,

el cielo que me tienes prometido;

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de adorarte.

Muéveme, en fin, tu amor, en tal manera

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

Y esto es ya poesía novohispana, del mejor Guevara, porque en conjunción con las musas judías, árabes y mesoamericanas, nuestro catolicismo protesta y llora porque es pasional y sensual, maternal y amatorio. Aquí se aparece la Virgen Morena – sublime milagro, si se cree, o magnífico sincretismo – pero que por su símbolo excede al pensamiento racional y discursivo. América y España son tierra propiedad de las vírgenes madres que llorosas y serenas velan el sueño de sus pequeños hijos, al tiempo que son la tierra donde se adora al Dios niño, porque nosotros somos también el pueblo que le vela su sueño a Dios, que lo arrulla para que no llore – y en verdad que tiene razones para llorar – y lo vestimos, porque en su majestad, en tierras de San Pascual Bailón, el Niño Dios ha nacido, como todos los infantes, desnudito y con hambre.

Señora Santa Ana,

¿Porqué llora el niño?

Por una manzana

que se le ha perdido.

Tal vez la imagen más prístina de nuestro cristianismo, inconforme y ortodoxo, honesto e hipócrita, caritativo y torturado, místico y sensual, no sea la de Fray Luis de Guevara, ni la de San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Avila, sino el de nuestra musa novohispana, Sor Juana Inés de la Cruz.

Detente, sombra de mi bien esquivo,

imagen del hechizo que más quiero,

bella ilusión por quien alegre muero,

dulce ficción por quien penosa vivo.

 

Entre la quema de judas, el traidor deicida, el secarle las lágrimas a la virgen y arrullar al recién nacido niño Dios, se mueve la dialéctica que tortura nuestra a veces fementida hispanidad, de un lado la intolerancia, el dolor y el ostracismo, del otro el diálogo, la dulzura, la sensualidad y la universalidad. Aquí está nuestro diálogo íntimo, entre Torquemada y Quiroga, entre Vitoria y Sepúlveda, entre Santiago Matamoros y la Guadalupana. Pero basta, una última musa nos llama con la macumba y el tambor.

Cachimba, guarapo, conga y samba suenan al ritmo sabroso de nuestra América, igual que la música que acaricia la piel y luego, en un frenético contrapunto se transforma en un canto de sensualidad y erotismo, porque esas voces – nuestras – sus ritmos y esas armonías también, como el castellano, cruzaron el océano, pero no en la lengua de conquistadores sino de otros conquistados, voces sin imperio de los negros cautivos del África, que llegaron sin las cadenas de sus portadores vendidos como esclavos.

A nuestra musa africana le atribuimos prendas dulces e inequívocas, cualquiera sabe del africano – y de sus nietos el antillano y el costeño – lo magnífico que es su ritmo y su cualidad para la danza, cualquiera gustoso, admira la perfección de sus cuerpos. A ellos corresponden la fuerza, la sexualidad y sus potencias, la fertilidad, la docilidad, pero también la brutal capacidad de vengarse, y me parece son ellos el dulce pariente de la familia, del cual poco se habla, pero del que se admira el corazón y el gusto hasta en la manera como se ata el cordón de los zapatos.

El castellano fue, desde su contacto con estos pueblos, sensible a su ritmo y su cadencia, prueba de ello son estas coplas a ritmo africano, del siglo XVIII:

Al cuchumbé

de las doncellas,

ellas conmigo

y yo con ellas.

Por aquí paso la muerte

con su aguja y su dedal

preguntando ‘e casa en casa:

¿hay trapos que remendar?

Esta, es una somera imagen de la genealogía de las musas que nos dicen cómo hablar, y en ello nos explican la forma en que vemos el mundo. Conforme a su naturaleza siguen recreándose y recordándose inacabablemente, a lo largo de los siglos han estado en diálogo con familias con las cuales comparten algunos parientes, con las inglesas, las italianas, las francesas, y las más cercanas, las portuguesas. La poesía, retrato fiel de la conciencia, da cuenta de ello y lo manifiesta en su enriquecimiento.

Cuando se piensa en el pasado, en un ejercicio más profundo que la mera historiografía, se hace un recuento de los símbolos y las imágenes que hacen legible la realidad, ése es el fenómeno por el cual el hecho puede hacerse mensaje. De ahí que la verdadera carta de pertenencia no sea la nacionalidad, y menos la ciudadanía, sino la lengua y la cultura, como diría Renan, las glorias y los remordimientos compartidos.

Así se organiza la mesa de todos, el mito y el subconsciente colectivo, y volviendo a Reyes, evidencia que la única forma de ser universal es ser un auténtico hombre de la aldea.

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