Conferencia: Escribir y sobrevivir en América Latina en el Tecnológico de Antioquia, Colombia

Si no tuvo oportunidad, disfrute de esta charla sobre el arte de escribir y sobrevivir en América Latina, gracias a la generosidad de Carolina Moreno y al Tecnológico de Antioquia, Colombia.

¿cómo vivir y sobrevivir escribiendo en América Latina?

Las citas de los viernes: Rayuela de Julio Cortázar

Démonos cita los viernes para citar. Descansando la pluma y la lectura, estas perlas rescatadas de la experiencia lectora. Hoy, ofrecemos, hasta donde vamos, recolecciones de Rayuela que me he puesto a releer, en una tercera ocasión que me devuelve fresco un libro eterno. Que ustedes lo disfruten.

De Rayuela, Edición conmemorativa de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española. España. 2019.

El argentino que se hizo querer de todos. Gabriel García Márquez.

En alguna parte de La vuelta al día en ochenta mundos un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse…

El argentino que se hizo querer de todos. Gabriel García Márquez.

Yo había leído Bestiario, su primer libro de cuentos, en un hotel de lance de Barranquilla donde dormía por un peso con cincuenta centavos, entre peloteros mal pagados y putas felices, y desde la primera página me di cuenta de que aquel era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande…

El argentino que se hizo querer de todos. Gabriel García Márquez.

Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del Boulevard Saint-Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón…

La trompeta de Deyá. Mario Vargas Llosa

Pensé en un verso de Vallejo – «español de puro bestia» -…

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

Se vivía en una atmósfera radical, en el mejor sentido de la palabra, un radicalismo implacable que compartían viejos como Bertrand Russell. Los principios eran entonces letra viva y no como hoy, reliquias a exhumar. La palabra causa tenía un aura sagrada.

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

Las utopías reglamentadas se vuelven siempre pesadillas. Un viaje, a veces rápido, desde los sueños a los malos sueños, y de allí a los pésimos sueños.

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

Cuando Rayuela fue publicada en Buenos Aires en 1963, Julio Cortázar tenía entonces cincuenta años, con lo que podemos decir que la novela más experimental, novedosa y provocadora que se escribió en los tiempos del boom fue la obra de alguien que a los ojos adolescentes de mi generación era ya mayor. La novela juvenil de un señor que aparentaba ser joven. O no dejaba de ser joven.

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

Los guerrilleros en sus escondites leían Rayuela y leían La ciudad y los perros, el boom extendía su onda expansiva hasta las catacumbas e inflamaba a su modo las hogueras; un primo mío comandante guerrillero se puso por seudónimo «Aureliano», por Aureliano Buendía, y otro que era campesino vino a llamarse directamente Macondo porque lo copió del nombre de una cantina, así trabaja la patafísica. A nadie hubiera extrañado ver a un Ixca Cienfuegos con el fusil en la mano porque todos andábamos en busca de la región más transparente del aire.

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

¿Por qué un guerrillero habría de leer Rayuela? Porque Ravuela, insisto, fue un libro para jóvenes, un libro de iniciación. Para construir, ya se sabe, es necesario primero destruir, ir a fondo en el cuestionamiento, insistir en las preguntas. Incesantes preguntas. La conducta, hoy tan extraña, de un escritor con creencias, y capaz de defenderlas, aun a riesgo de parecer ingenuo frente a la majestad no siempre benévola de los sistemas políticos, o frente a quienes prefieren atrincherarse en la neutralidad, a cubierta de todo riesgo.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 1

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la Rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 1

Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, razón de los matadores de brújulas.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 2

La Maga había aparecido una tarde en la Rue du Cherche-Midi, cuando subía a mi pieza de la Rue de la Tombe Issoire traía siempre una flor, una tarjeta Klee o Miró, y si no tenía dinero elegía una hoja de plátano en el parque.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 2

No estábamos enamorados, hacíamos el amor con un virtuosismo desapegado y crítico, pero después caíamos en silencios terribles y la espuma de los vasos de cerveza se iba poniendo como estopa, se entibiaba y contraía mientras nos mirábamos y sentíamos que eso era el tiempo.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 2

Demasiado tarde, siempre, porque aunque hiciéramos tantas veces el amor la felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este placer, un aire como de unicornio o isla, una caída interminable en la inmovilidad.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 4

-Imposible explicarte-decía Etienne-. Esto es el Meccano número siete y vos apenas estás en el dos. La Maga se quedaba triste, juntaba una hojita al borde de la vereda y hablaba con ella un rato, se la paseaba por la palma de la mano, la acostaba de espaldas o boca abajo, la peinaba, terminaba por quitarle la pulpa y dejar al descubierto las nervaduras, un delicado fantasma verde se iba dibujando contra su piel. Etienne se la arrebataba con un movimiento brusco y la ponía contra la luz. Por cosas así la admiraban, un poco avergonzados de haber sido tan brutos con ella, y la Maga aprovechaba para pedir otro medio litro y si era posible algunas papas fritas.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 71

De una manera u otra todos la buscan, todos quieren abrir la puerta para ir a jugar. Y no por el Edén, no tanto por el Edén en sí, sino solamente por dejar a espalda los aviones a chorro, la cara de Nikita o de Dwight de Charles o de Francisco, el despertar a campanilla, el ajustarse a termómetro y ventosa, la jubilación a patadas en el culo (cuarenta años de fruncir el traste para que duela menos, pero lo mismo duele, lo mismo duele, lo mismo la punta del zapato entra cada vez un poco más, a cada patada desfonda un momentito más el pobre culo del cajero o del subteniente o del profesor de literatura o de la enfermera), y decíamos que el homo sapiens no busca la puerta para entrar en el reino milenario (aunque no estaría nada mal, nada mal realmente) sino solamente para poder cerrarla a su espalda y menear el culo como un perro contento sabiendo que el zapato de la puta vida se quedó atrás, reventándose contra la puerta cerrada, y que se puede ir aflojando con un suspiro el pobre botón del culo, enderezarse empezar a caminar entre las florcitas del jardín y sentarse a mirar una nube nada más cinco mil años, o veinte mil, si es posible y si nadie se enoja y si hay una chance quedarse en el jardín mirando las florcitas.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 71

Y no que el mundo haya de convertirse en una pesadilla orwelliana o huxleyana; será mucho peor, será un mundo delicioso, a la medida de sus habitantes, sin ningún mosquito, sin ningún analfabeto, con gallinas de enorme tamaño y probablemente dieciocho patas, exquisitas todas ellas, con cuartos de baño telecomandados, agua de distintos colores según el día de la semana, una delicada atención del servicio nacional de higiene, con televisión en cada cuarto, por ejemplo grandes paisajes tropicales para los habitantes de Reikiavik, vistas de siglos para los de La Habana, compensaciones sutiles que conformarán todas las rebeldías…

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 7

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar…

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 7

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos…Ponerme en forma con Alisa ha sido una experiencia genial. Siempre me quedaba con la sensación de haber tenido un entrenamiento completo. Le agradezco mucho su ayuda y sus consejos. Sin duda, recomendaría este lugar. ¡Gracias, Alisa!

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 68

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia…

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 13

Por mas que le gustara el jazz Oliveira nunca entraría en el juego como Ronald, para él sería bueno o malo, hot o cool, blanco o negro, antiguo o moderno, Chicago o New Orleans, nunca el jazz, nunca eso que ahora eran Satchmo, Ronald y Babs, Baby don’t you play me cheap because I look so meek, y después la llamarada de la trompeta, el falo amarillo rompiendo el aire y gozando con avances y retrocesos y hacia el final tres notas ascendentes, hipnóticamente de oro puro, una perfecta pausa donde todo el swing del mundo palpitaba en un instante intolerable, y entonces la eyaculación de un sobreagudo resbalando y cayendo como un cohete en la noche sexual, la mano de Ronald acariciando el cuello de Babs y la crepitación de la púa mientras el disco seguía girando y el silencio que había en toda música verdadera se desarrimaba lentamente de las paredes, salía de debajo del diván, se despegaba como labios o capullos.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 13

Por mas que le gustara el jazz Oliveira nunca entraría en el juego como Ronald, para él sería bueno o malo, hot o cool, blanco o negro, antiguo o moderno, Chicago o New Orleans, nunca el jazz, nunca eso que ahora eran Satchmo, Ronald y Babs, Baby don’t you play me cheap because I look so meek, y después la llamarada de la trompeta, el falo amarillo rompiendo el aire y gozando con avances y retrocesos y hacia el final tres notas ascendentes, hipnóticamente de oro puro, una perfecta pausa donde todo el swing del mundo palpitaba en un instante intolerable, y entonces la eyaculación de un sobreagudo resbalando y cayendo como un cohete en la noche sexual, la mano de Ronald acariciando el cuello de Babs y la crepitación de la púa mientras el disco seguía girando y el silencio que había en toda música verdadera se desarrimaba lentamente de las paredes, salía de debajo del diván, se despegaba como labios o capullos.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 117

Un niño de diez y otro de once años que habían matado a sus compañeros fueron condenados a muerte, y el de diez ahorcado. ¿Por qué? Porque sabía la diferencia que hay entre lo que está bien y lo que está mal. Lo había aprendido en la escuela dominical.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 15

En Montevideo no había tiempo, entonces-dijo la Maga-. Vivíamos muy cerca del río, en una casa grandísima con un patio. Yo tenía siempre trece años, me acuerdo tan bien. Un cielo azul, trece años, la maestra de quinto grado era bizca. Un día me enamoré de un chico rubio que vendía diarios en la plaza. Tenía una manera de decir «dário» que me hacía sentir como un hueco aquí… Usaba pantalones largos pero no tenía más de doce años.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 17

Con muchachas que prefieren bailar mientras escuchan Star Dust o When your man is going to put you down, huelen despacito y dulcemente a perfume y a piel y a calor, se dejan besar cuando es tarde y alguien ha puesto The blues with a feeling y casi no se baila, solamente se está de pie, balanceándose, y todo es turbio y sucio y canalla y cada hombre quisiera arrancar esos corpiños tibios mientras las manos acarician una espalda y las muchachas tienen la boca entreabierta y se van dando al miedo delicioso y a la noche, entonces sube una trompeta poseyéndolas por todos los hombres, tomándolas con una sola frase caliente las deja caer como una planta cortada entre los brazos de los compañeros, y hay una inmóvil carrera, un salto al aire de la noche, sobre la ciudad, hasta que un piano minucioso las devuelve a sí mismas, exhaustas y reconciliadas y todavía vírgenes hasta el sábado siguiente…

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 17

Que un hombre es más que un hombre y siempre menos que un hombre, másque un hombre porque encierra eso que el jazz alude y solaya y hasta anticipa, y menos que un hombre porque de esa libertad ha hecho un juego estético o moral, un tablero de ajedrez donde se reserva ser el alfil o el caballo, una definición de libertad que se enseña en las escuelas, precisamente en las escuelas donde jamás se ha enseñado y jamás se enseñará a los niños el primer compás de un ragtime y la primera frase de un blues, etcétera, etcétera.

El libro nuestro de cada martes: Aquellos años del Boom de Xavi Ayén

Ellos fueron los superhéroes de mi adolescencia; escritores que no sólo hacían novelas maravillosas sino que tenían vidas de asombro. Ellos fueron mis maestros y mis guías, mis educadores sentimentales, mis mentores estéticos, mis ideales políticos. Ellos fueron los que nos enseñaron a los latinoamericanos que éramos una cultura de cuerpo entero con suficiente tamaño para medirnos con cualquiera. Ellos eran los del Boom.

Xavi Ayén, escribe una historia de este fenómeno literario que se lee como una rica novela o como un buen anecdotario, pero contextualiza y dimensiona. El boom no fue una corriente literaria – que va de Carlos Fuentes al Gabo o de Cortázar a Vargas Llosa – fue sí una estrategia editorial, pero sobre todo una feliz coincidencia histórica y literaria y un estallido de voz y conciencia.

Se trata de un auténtico tabique de esos que ya no se hacen, un libro gordo gordo, como para presumir que se está leyendo, vaya; pero que se lee con una ligereza que da gusto. Se lee como una novela de aventuras, que si el Galo volvió o no de Acapulco porque lo había asaltado la primera frase de Cien años de Soledad, que si la voz de Cortázar o los trajes impecables de Carlos Fuentes y, en medio de todos, enorme, gigantesca, inteligente, hábil y sensible, la Mamá Grande, la Balcells. Modelo de agente literaria que en México nadie ha alcanzado a dibujar y ni siquiera a emular.

Si es usted un amante de la literatura, no se lo pierda y si no lo es, no hay mejor manera de aprender el tiempo en que salíamos de las dictaduras, desde España hasta Argentina; el tiempo en que la literatura latinoamericana le entró de lleno a los escaparates con sus colegas españoles y franceses y salió victoriosa; ellos, los padres literarios de los que ahora tomamos la pluma.

Algo más sobre el libro:

https://elpais.com/cultura/2014/06/23/babelia/1403536045_503649.html

Algo más sobre el boom según el Gran Cronopio

 

Viajero al Microscopio: De París a Ginebra dos argentinos en busca de lector

 

Cuenta la leyenda que Erasmo de Rotterdam solía viajar con su biblioteca embarcada en un carromato que lo seguía a donde quiera que iba; Quevedo, inmortalizó en un poema la fidelidad de la compañía que proveen los libros: “Retirado en la paz de estos desiertos/ con pocos, pero doctos libros juntos/ vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a  los muertos”.

Viajar en compañía de un libro es siempre una opción emotiva e inteligente; dispone de enormes ventajas, no gastará dinero en compras absurdas e innecesarias, no discutirá por la calidad o el servicio de nuestro restaurante favorito, no exigirá una sala más en un infinito museo en el que ya gastamos cuatro horas cuando la calle reclama nuestra presencia; será paciente, comprensivo, alentador y evocador. Pero en esa infinita bondad, tendrá, al menos una exigencia, que uno acepte, sin remedio que su presencia se infiltre, silenciosa y constante en la forma que vemos el lugar que visitamos y tiña de su color, para siempre, el recuerdo de ese viaje. Elegir un libro como compañero de travesía no es una elección que deba tomarse a la ligera.

Ginebra, hacia 1998, era un hervidero de diplomáticos, organismos no gubernamentales, y burócratas de las mas variopintas profesiones. Yo, entre los de esa última especie, iniciaba una carrera como enviado del gobierno mexicano a la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual; tenía entonces 27 años una imaginación febril y una ansia lectora ya afianzada y de la que todavía no puedo ni quiero escapar.

Cuando me notificaron que debía hacer mi primer viaje a Ginebra, luego de recibir instrucciones precisas, de recoger el material donde constaban las partes medulares de lo que debía hacer, de aquellas otras que podría hacer solo si era necesario y de las que nunca, por ningún motivo podría hacer o decir, mi principal preocupación era elegir un libro para aquel viaje. La elección no era fácil.

En mi imaginación me veía como un misterioso emisario latinoamericano dispuesto a exponer mi vida para defender nuestras revoluciones frente al embate reaccionario del imperialismo yanqui; lamentablemente la cortina de hierro se había venido abajo casi diez años antes y mi Mata-Hari cubana no tuvo la gentileza de aparecer. Me imaginé como un valiente enviado del gobierno mexicano encargado de rescatar cuantas víctimas de las dictaduras, fascismos, guerras e invasiones necesitaran el abrigo generoso de la República que me honraba en representar y que mi augustos predecesores habían salvado en tiempos de la Segunda Guerra Mundial; sin embargo para mi decepción, no había conflictos candentes en el mundo y el único que se me acercó para solicitarme auxilio fue un colega nicaragüense que me pidió prestados cinco francos para el transporte porque esa mañana había olvidado el monedero en el hotel y no quería repetir la hazaña de volver andando hasta su habitación. Esta romántica pero imprecisa lógica tal vez habría sido útil para escribir una novela, pero no para elegir a un compañero para este tipo de viaje; de haberla seguido había elegido, “El pasajero de Frankfurt”, de Agatha Christie; tal vez, “La Tempestad”, de Manuel de Prada o alguna clásica como “¿Arde París?” de Le Carré y Collins, pero preferí dejarme llevar por otros instintos.

Antes y después de la estancia en Ginebra estaría  unos días en Paris, debía hacer no una sino dos elecciones, la suiza era un acertijo pero la financiera no admitía dudas, me hice acompañar de “Rayuela” de Julio Cortázar.

Tomé mi viejo ejemplar de “Rayuela”, la mítica edición de Alfaguara que nos acompañó a los lectores cortazareanos de la década de 1980; aún lo conservo y contiene tanto mis subrayados  originales como los apuntes de aquel viaje.  De las dos lecturas posibles que ofrece Julio Cortázar para sus libros, elegí, desde luego la mas larga, el acento no lo puse ni en Oliveira ni en la Maga; para esos días yo ya había renunciado a ser Oliveira y mi mujer superaba a la Maga y no tenía tantas manías. El acento debía ir en el personaje principal: la ciudad; con la ruta previamente diseñada y armado con mi volumen, comencé a andar desde el Quai de Conti para cruzar el Pont des Arts, límpido entonces antes de que algún  humorista neurótico con visas de turista de guía mínima comenzara a arruinarlo con un candado alentando a miles de imitadores; me esperaban las vitrinas de la sala egipcia del museo de Louvre y más adelante me detuve en el barrio de Les Halles, ocupe un lugar en Le Chien qui fume y leí presa de un frenesí que no pude detener sino hasta garrapatear algunas notas en los márgenes del libro, la Rue Dauphine, la de la Huchette, la plaza de Nôtre Dame, la Rue Sommerard, hogar de Oliveira, cada cansancio un café y un par de capítulos; Rue Valette  -la de los primeros amores -, la Monje, hogar de la Maga, y el reposo en el kiosko a unos pasos de la fuente de Médicis en el Luxemburgo, acompañando al cigarrillo con el París-Mente, la sempiterna bebida esmeralda hecha de jarabe de menta y agua mineral; la Rue Monsieur le Prince ya casi agotado pues embebido en un mundo que habiendo nacido ficticio se tornaba real a cada paso que daba, el Carrefour de L’ Odéon en el corazón de Saint Germain y la noche parisina me había ya emboscado con su peculiares encuentros hacia un gran final por la Rue de  Tournon sin encontrar las huellas de Berte Tiepat, me acerco al final, Rue Madame, tierra de escritores, para culminar en Sévres-Babylone; recojó el día en Closerie de Lilas, el queso de Brie y la copa de Médoc. He cumplido con Cortázar, Mañana será Ginebra.

La elección de un libro apto para ir a Ginebra no había sido sencilla; desfilaron opciones, pensé en la poesía de Blaise Cendrars, pero me remitía más a París que a Ginebra; en Rousseau, invocado y desechado ambos por obvios motivos. La respuesta vino de pronto y el feliz resultado fue producto de un accidente prodigioso.

Jorge Luis Borges estuvo muy ligado a la ciudad de Ginebra a todo lo largo de su vida; ahí llegó en 1914 buscando refugio en una Europa ya envuelta en la Gran Guerra, acompañando a su padre en la búsqueda de una cura para su propia ceguera; ahí cursó sus estudios secundarios en el liceo Jean-Calvin, que aún existe y funciona y cuyo tejado es inconfundible. Volvió a Ginebra en 1986, ya enfermo de cáncer y casado con María Kodama, para morir en la ciudad de su adolescencia. Sus restos reposan en el cementerio de Plain-Palais y su tumba es por sí misma, un acertijo literario y  anglosajón que, sin duda, hubiera probado.

La  lápida que señala el lugar de reposo del maestro es la señal de uno de sus mejores cuentos: Ulrica. En su parte frontal se lee, “De Urica para Javier Otálora”, los protagonistas del cuento y al mismo tiempo, una dedicatoria de Kodama para Borges, en la parte posterior, una cita en anglosajón, tomada de la saga Volsunga, que sirve de epígrafe en Ulrica.

Visitar la tumba era uno de mis principales objetivos en la ciudad. Si ya había cumplido con el seguimiento puntual de los pasos de Cortázar optar por Borges me parecía una necesidad imperiosa, me decidí por “El libro de arena”, que entonces aún no había leído.

En los ratos libres de las maratónicas sesiones de trabajo que muy lejos estaban del imaginario que me había construido, avanzaba en el libro, dando saltos entre los lugares donde podía retirarme a beber un café, fumar un cigarrillo y leer; entre los cafés y restaurantes del Plain-Palais, los otros de la Rue de Mont Blanc y los de la plaza del Palacio de Justicia, me enamoré de una ciudad que no dispone de muchos admiradores pero sí de fieles fanáticos de la relojería y defensores acérrimos de su tranquilidad, a la que  muchos llaman aburrimiento, de ahí que una muy querida colega brasileña solía decir que los funerales en Río  eran más divertidos que los carnavales de Ginebra; pero a mi me pareció una ciudad íntima aunque cosmopolita, austera gracias a la pureza de su lujo y sobre todo, uno de los lugares más favorecedores  para un amante en la lectura y de los libros. Andando así, sin mapa ni rumbo fijo, el viernes que las dependencias de la ONU cierran sus puertas temprano me encontré en un cementerio hermoso y sin otro sobreviviente más que yo, en ese momento, dentro del tomo borgiano me encontraba leyendo “Ulrica”; ahí tuve la revelación que sólo me ha sido concedida en dos ocasiones más, en Barcelona y en Madrid. De pronto me di cuenta que estaba leyendo justo en el lugar, precisamente en el mismo sitio donde sucedían los hechos que Borges narraba en su historia y me sucedió lo que Homero narra en la Odisea: “Blando sopor se apoderó de mi”. Porque si en el París de Rayuela todo acontece puertas afuera de la novela; si la literatura se ha comido el mundo; “Ulrica” operaba al revés; es el libro el que crea la realidad, cifrada en la tumba y en el lugar donde se encuentra.

En 1975, Borges publicó en la editorial Emecé, el libro de Arena, esta serie de relatos reflejan un autor en la plenitud de su obra; con un perfecto dominio de su arte y con un control absoluto de la imaginación; según el autor se trata de su mejor libro y aunque muchos lectores avalamos esa opinión, la critica se divide y algunos proclaman a “Ficciones” como el mejor de sus trabajos; en un fenómeno común, para Gabriel García Márquez, su mejor libro era “El amor en los tiempos del cólera” y no “Cien años de Soledad”.

No requerí pues, de artificios colosales para sentirme el sagaz diplomático que nunca fui y el artero espía que nunca pude ser; supe al fin que esa ciudad de intriga y refugio estaba construida en mi imaginación cultivada con el amor de los libros que nos prepara la vista para recibir las imágenes que la vida nos tiene reservadas.

El libro nuestro de cada martes: El último encuentro, de Sándor Márai

Hay libros que no son sólo eso, son puertas y ventanas; la poeta Zeli Dekovic, dice que también hay libros espejo, los hay sin duda. Sin embargo, me refiero a los libros que son puertas a universos enteros, aquellos cuyos autores han dejado una obra que puede apreciarse como un enorme mosaico, autores como García Márquez, por ejemplo o como Joseph Roth, para hablar de otros ámbitos. Para mí, la puerta de entrada al universo de Sándor Márai fue, El último encuentro.

La amistad es una de las relaciones más complejas; exenta por lo general de deseo, implica la igualdad como presupuesto pero también se abre al juego del poder, la codependencia y una enorme gama de sentimientos encontrados; su longevidad, mucho muy superior a la pasión amorosa, justifica cambios de carácter y aun ajustes de cuentas que son impensables en otro contexto.

El último encuentro es la narración de un tiempo ido, el final del Imperio Austrohúngaro, la muerte del siglo XIX, y el inicio de una serie de transformaciones que no quedarían resueltas sino con el holocausto, la bomba atómica y el mundo de la guerra fría.

Aventúrese por las letras de Márai, será un viaje que no querrá terminar y del que no podrá salir indemne.

El libro nuestro de cada martes: «El concierto de los peces», de Haldór Laxness

Siempre que pienso en viajes viene a mi memoria la figura de un gran viajero, pero sobre todo, de un gran narrador de mundos: Alfonso Reyes. Ver es narrar también, porque el que viaja y admira, si no comunica, no ha hecho ni la mitad de la travesía; pero otros autores – y aún el mismo Reyes -, demuestran que se puede y se debe, diría Cervantes, viajar a otras culturas más allá del periplo físico para entrar a sus tradiciones y sus formas de ver el universo, a sus sentimientos y a los aromas, no como son sino como ahí, en ese lugar ignoto, se perciben. Aproximarse a la literatura de culturas enteramente diversas de nuestro ámbito tradicional es abrir puertas y ventanas a mundos diversos. Probemos pues con Islandia.

Haldór Laxness es uno de los mayores escritores de su diminuta y gigantesca isla. Su patria es cuna de las grandes sagas del pasado, un pueblo de gente civilizada y de una cultura fina y elegante tan ligada a la naturaleza como al uso del arte y de la inteligencia. Su libro «El concierto de los peces» es también una saga, doméstica y pequeñita, pero profunda y sabia. Se trata de la compañía del lector por la vida de un niño que ha quedado expósito y que, sin embargo, pese a todo, logra imponerse frente a los hados del destino que, desde luego,  no eran favorables.

La historia no pareciera ser muy complicada y, en realidad, la anécdota no lo es, porque la grandeza de la literatura de Laxness está, como sólo sucede con los auténticos escritores, no sólo en lo que dice, sino en la deliciosa manera en que lo dice. Vamos, para decir que alguien madruga para esperar un barco, basta y sobra el estilo de García Márquez… «El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo…»

http://shop.turnerlibros.com/Ent/Products/ProductDetail.aspx?ID=192

El libro nuestro de cada martes: «Yo no vengo a decir un discurso», de Gabriel Garcia Márquez.

Con ocasión del primer aniversario luctuoso del fantástico Gabo, una recordacion de sus mejores discursos en las ocasiones más diversas, una magnifica forma de aproximarse al pensamiento del ciudadano, del estudiante y del latinoamericano. Disfrute, una vez mas, del célebre discurso del Premio Nobel, auténtica carta de identidad de nuestro continente. 

El lector parroquial

Uno no es nadie salvo las cosas que recuerda y las personas que la suerte le permite conocer;las primeras por cuanto forman nuestra conciencia y nuestra percepción del mundo, las segundas, porque nos permiten abrir los ojos frente a la grandeza de los demás y, desde nuestra limitación aspirar a seguir el ejemplo de quienes nos precedieron.

No podemos vanagloriarnos de la gente grande que, como cometas, coincidieron en nuestro cielo, porque no depende de nosotros y, aunque podemos embelesarnos con la belleza de la luna, ella no puede enorgullecerse de su fulgor porque depende del sol que brilla con luz propia; del mismo modo, poco podemos presumir de nuestros logros porque son, en gran parte, el reflejo de nuestros maestros y ejemplos. Emmanuel Carballo me enseñó el valor del lema de Alfonso Reyes: entre todos, lo sabemos todo.

 

El día que Emmanuel Carballo falleció, los lectores seguíamos bajo la sombra de la partida de García Márquez; su funeral coincidió con el homenaje que rindió Bellas Artes al Gabo, y Carballo fue despedido con demasiada discreción. Muchos no lo sabían, pero acababa de partir un hombre grande, muy grande; no lo sabían porque realizó por décadas un trabajo feroz y entregado, pero silencioso y sedimentario: la crítica y la difusión de la literatura. Fue una luna fantástica como la de su tierra, Guadalajara, que diseminó la luz del sol y lo hizo con espectacular belleza.

Tengo una profunda deuda de gratitud con Emmanuel, de él aprendí cómo en Alfonso Reyes la bondad es una función de la literatura; una deuda de gratitud muy profunda, aquella que no se paga ni con la memoria, aquella que se tiene por quien confía en uno mucho antes de que uno mismo pueda confiar en sus propias fuerzas. Cuando supe de su partida, revisé mis viejos papeles y me encontré con una notita que me dio para que la entregara a Huberto Bátiz en propia mano, la nota dice, entre otras cosas: Maestro: … Si quieres entrar en el mundo de las letras debes conocer a Bátiz – le dije. Te lo envío y te mando un abrazo, Emmanuel; acompañaban a esa nota mis primeros artículos. El 19 de mayo, esa pequeña carta cumplirá veinte años.

Para muchos, Carballo fue el gran maestro y el impulsor desinteresado; para todos quienes leemos en español, Emmanuel fue un guía y un facilitador impresionante; por su pluma pasaron todos los grandes de nuestra literatura, nos ayudó a entenderlos y a leerlos desde la óptica no sólo informada sino también sensible de la crítica. De él mismo, decía que su lectura era parroquiana, que se dedicaba a las letras hispanoamericanas porque ya muchos se dedicaban a Joyce, y nos trajo a la mesa de lectura el sentido de las novelas de Carlos Fuentes, la renovación de Villaurrutia, la presencia constante de Alfonso Reyes, cuyo cultivo y admiración no hicieron sino mantenerlo vigente en el gusto y la conciencia de miles de lectores.

Por coincidencia, tres días antes de su partida, había comprado en Palacio de Bellas Artes el que sería el último de sus libros, que lleva el título premonitorioPárrafos para un libro que no publicaré nunca; y aunque mi experiencia personal de contacto con Carballo no sea ni muestra estadística ni ejemplo de nada, si son de agradecer el reguero de frases y presentes que me quedaron de las charlas que sostuvimos, sobre todo porque al igual que a mi, a miles de lectores nos dejó una concepción clara y profunda de la literatura en español y una muy seria y alegre visión de la vida; que es necesario escribir bien, se publique o no y se trate de una novela o un recado de cocina, que hay que leer por gusto y sólo por gusto, que la literatura no es telegrama y que no tiene porqué mandar mensajes pues se basta a si misma, que no hay mejor ejemplo que los hombres del renacimiento a los que todo les interesaba y, sobre todo, que hay un enorme mundo allá fuera pero que para vivir bien y nutrirse generosamente, nos basta la cocina de nuestro propio idioma que posee todas las exquisiteces.

En su casa tenía dos escritorios, en uno escribía sobre el siglo XIX y en otro sobre el XX y esa fue tal vez su mayor lección: que para describir nuestro presente es completamente necesario tener un buen observatorio desde el pasado.

Anatomía de la biblioteca

A veces pienso en los libros que duermen en mi biblioteca y que nunca mis ojos volverán a despertar; aquellos que algún día leí y que, con los años, me han acompañado de casa en casa, que han estado ahí siempre, esperando a que vuelva a abrir sus páginas; pienso en ellos no con nostalgia ni con tristeza, sino con ese sentido de perplejidad que nos ha llevado a más de uno a pensar para qué se quiere una biblioteca, o mejor aún, que tan sano es ese insaciable vicio de desear más libros, de acumularlos como tesoros, si es que ello tiene sentido.

Pienso en mi ejemplar, viejo casi como yo mismo, de Auto de fe, de Elías Canetti y el otro día, cuando leía Tela de Seboya, de Miriam Moscona y su tío recordaba su amistad infantil con Canetti, busqué el ejemplar y lo ojee, solo para recordar que ahí está, que ahí estará y, como mío que es, tiene mi ex libris que canta “viva mi dueño”. Tal vez sea la última vez, y la próxima que ese ejemplar de Bruguera, comprado en una librería de usado en Donceles, vuelva a ver la luz, lo haga en presencia de los ojos enormes de mi hija o de los ojos siempre asombrados de mi hijo. Pero ahí estará, porque las bibliotecas sólo tienen sentido si uno entiende que no se hacen para uno sino para los que vienen; las bibliotecas sólo se comprenden cuando se asemejan a continentes que, para recorrerlos, hace falta más de una vida.

Libros hay en esa colección que esperaron décadas para ser leídos; alguno que compré cuando era niño y pensaba que podía leerlo todo, Los cuatro viajes del almirante y su testamento, de Cristóbal Colón, en aquella mítica colección Austral que con Sepan cuántos… hicieron las delicias de mi era de lector paupérrimo atenido a las propinas de mis padres, tuvo la paciencia de esperarme 30 años hasta que lo leí fascinado y lo usé para mi tesis doctoral; las bibliotecas son así, depósitos de anhelos y de fantasías, de aventuras y reflexiones. Ninguna pregunta es más absurda que inquirir ¿los has leído todos?, como si la biblioteca fuera un tiradero de los libros usados; al contrario, la biblioteca es una apuesta, por textos, por palabras y por ideas, por cosas sin sentido y por otras que tienen el sentido de nuestras vidas; libros hay también que no fueron escritos para nosotros, otros que cayeron en nuestras manos en un momento equivocado como los amores a destiempo que esperan y pueden morir esperando el instante adecuado. Desde que escribí la última cita del libro de Colón, no lo he vuelto a abrir y no sé para cuando.

Yo no tuve la ventaja de heredar una biblioteca, había en mi hogar de infancia algunas colecciones que no tuve la fortuna de traerme a casa cuando fundé mi propio solar; salvo una, heroica y enorme, leída y releída una y mil veces aunque nunca por completo, la segunda edición, la verde, la de cinco tomos del México a través de los siglos, que mi padre me regaló cuando obtuve la licenciatura. A ellos vuelvo con frecuencia porque entre sus páginas se esconden recados, notas, boletos, de etapas remotas de mi vida. La biblioteca es también un enorme y gigantesco archivero que guarda las sombras de los tiempos idos, de sus espacios y sus aromas, cada tomo de ella nos recuerda el momento en que lo compramos, lo robamos o nos lo regalaron, el ánimo con que lo leímos, el mundo en que vivíamos y la gente que nos rodeaba, por eso pienso en los libros que no he vuelto a abrir por temor al retorno de días difíciles o doloridos, ahí están aquellos Doce cuentos peregrinos, de García Márquez, que no he vuelto a abrir para no encontrarme la página horrenda que dice al margen, hoy asesinaron a Colosio; por eso pienso en otros más que abro a veces, siempre con reverencia porque se sitúan en momentos que, con los años, se han vuelto sagrados, como el viejo ejemplar que también me regaló mi padre, que consiguió quién sabe en que botadero misterioso porque, con el mundo de tiempo que, en aquellos primeros años de la licenciatura, tenía para todo y sobre todo para leer y para vivir, no había encontrado ninguna librería que guardara un ejemplar de ese libro agotado, a ese Mila 18, de León Uris, también de editorial Bruguera, me aproximo con reverencia y gratitud, tanto porque guarda las memorias de mi encuentro emocionado con un componente entrañable de mi vida: el judaísmo, como porque entre sus páginas reposan los mensajitos que en alfabeto griego me enviaba con Lorena Mereles, cuando las clases no satisfacían nuestra curiosidad.

Libros así, en los que pienso con añoranza y que recuerdo de tiempo en tiempo, por que la biblioteca no es un banco de información, sino un cofre de tesoros humanos; de ahí que siempre mire emocionado, con infinito amor, libros que ya no leería porque hoy soy otro, pero que entonces fueron los docentes de mi educación sentimental, la colección completa de libros de Gibrán Khalil Gibrán que editaba Pomaire y que nos llegaban de la Argentina con pastas azules y cremas iluminando los dibujos del propio poeta, todos ellos dedicados por mi madre que me regalaba cada sábado un libro si es que el de la semana anterior ya había sido leído; tal vez no los leería de nuevo porque ese dulce lenguaje poético ya no es el que ahora leo, pero que se han transformado en el monumento diminuto y afectuoso de cómo el cariño de mis padres me hizo lector; ahí están, subrayados, los párrafos de los que extraía palabras, frases y versos para mis primeras no muy exitosas cartas amorosas; ahí están El loco, El errante, ahora protegidas sus pastas míticas con encuadernados holandeses, y el recuerdo de las adolescentes que recibieron de mi pluma las letras ajenas.

Por eso son inmortales las bibliotecas; por eso nada puede sustituirlas, porque son el recuento de la vida y aunque no tengamos nunca el tiempo para revisitarlas por completo y muchos libros hayan de guardar silencio por décadas y acaso por vidas enteras, se quedan ahí resguardando nuestros secretos y obsesiones, las cosas que a nadie diríamos y de las que guardamos el rubor, la fortaleza, la picarezca y a veces la vergüenza; ahí está y no he vuelto a ver desde hace décadas mi ejemplar de Memorias de Fanny Hill, de aquellas ediciones de EDESA, que venían con una sencilla pasta dura con letras doradas, en hojas blanquísimas poco aptas para la lectura y en cuyas páginas figuraban brincos, tipos y saltos que ahora sé son errores editoriales, esos cuyo precio era accesible a todos y que traían también cubiertas decoradas con dibujos de mediano gusto, libros deliciosos inencontrables en otras editoriales, ese mi Fanny Hill que acompañó mis tormentosos días de despertar sexual y que para comprarlo tuve que disfrazar de otro texto para no pasar semejante vergüenza frente a la cajera de un supermercado.

Tesoro inmenso compuesto pequeños tesoros llenos de recuerdos, ediciones firmadas por autores o por amigos entrañables que uno guarda mejor que todo aquello que más deseamos y por lo que daríamos lo que tenemos; aquel mis Días enmascarados,  de Carlos Fuentes firmado por el autor y dedicado a María Luisa Elio y a Jomi García Ascot; aquel otro Fuentes, mi Aura, que dice A César, lo abraza, Carlos Fuentes, y que fue el mismo que en la edición de ERA, leí por primera vez y que elegí para el día en que pude, hablar por primera vez, con el escritor que fue mi primera pasión lectora. Dedicados de José Saramago, de Ernesto Cardenal en recuerdo de un encuentro entrañable; libros que retratan nuestros mejores días, encontrados con el primer compromiso y con los ideales, aquel Un libro levemente odioso, que me trajo Carlos Dada desde El Salvador, cuando Dada era mi carnal Carlitos y antes de que se convirtiera en el periodista que ahora tanto admiro.

Es cierto que ahora, con los viajes y el espacio, con el tema del ahorro y la seducción de la tecnología, he adquirido ya algunas decenas de libros digitales, es verdad que disfruto de su lectura y agradezco cuando no tengo que cargar la antigua maletita de libros que me acompañaba; y sin embargo, ellos no son la biblioteca, son apenas archivos de libros, la biblioteca es otra cosa; para emularlos, para poderles imponer el ex libris, he recurrido a un truco de escapismo, a una charada apenas creíble, imprimir sus portadas en cartulinas media carta y archivarlas en una caja que puede ser puesta en los libreros.

Que la biblioteca me haya echado de casa en dos ocasiones no quiere decir nada sino que he vivido; que cada día me prometa que no compraré más libros mientras no termine los que tengo pendiente y aunque me jure volver a los frugales días en que no tenía libros por leer sino que los compraba como quien compra el alimento cuando tiene hambre, seguiré honrando mi biblioteca porque no es mía, porque es también de mis hijos y que la visitan y la quieren, por que ya es de mis nietos que todavía no nacen y que será de miles cuando el destino ordene que sus integrantes se vean separados como aquel Los hombres que dispersó la danza, que me regaló don Andrés Henestrosa y que luego ya no me pudo firmar porque después de la comilona en que lo conocí lo había vencido el sueño de su vejez.

Pienso así en todos esos mis viejos amigos, que me han hecho la vida, que me la han cambiado y transformado, que me esperan todas las noches y que aguardan mudos durante años para aparecer, jocundos, cuando mi mano vuelve a tocarlos. Esos, mis libros, en sus estanterías de madera construidas con encanto y con ilusión; esos, los que me han hecho vivir más que la vida, ahí Bella del Señor, de Albert Cohen, que con En busca del tiempo perdido, me hicieron entrar en la vida adulta. Esa es pues mi biblioteca, corazón de mi hogar y de mi tiempo. Pienso en los libros que he leído y que viven conmigo y que acaso, tal vez nunca más, vuelva a posar en ellos mis ojos.

 

El ruido de Juan Gabriel Vázquez o La literatura como exorcismo

A Ana Laura Jaso, con gratitud

Pienso en aquel país que alguna vez tuvimos, uno que servía de hogar a los perseguidos de otras naciones entonces menos afortunadas; uno en el que aún la capital tenía, al menos, algunos pequeños rincones de reservas provinciales y, recuerdo aún mejor y con mayor intensidad, el tiempo en que el miedo era algo que le sucedía a los demás pueblos y del que, ¡oh inocentes de nosotros!, pensábamos que era algo por lo que ya habíamos pasado alguna vez y que no podría repetirse.

Entonces, en aquel país hoy desdibujado, luido, pálido ya de evocaciones, la violencia se contemplaba cono ráfagas de crueles imágenes proyectadas en las pantallas de las televisiones, siempre en horarios nocturnos; en Nicaragua, la revolución que no por gloriosa y fecunda dejaba de ser el horrendo cuadro de Managua bombardeada y los innúmeros cadáveres apilados en las camionetas de la guardia somocista; en Chile y Argentina, el cuadro atroz de los rudos militares cazando a los disidentes en el interior de sus casas; la violencia era un avión secuestrado en el que morían los desdichados que no tenían la gracia celestial de gozar de un pasaporte mexicano, porque México era entonces el pueblo amigo, lleno de gente que todo el mundo adoraba y, en nuestra alegre imaginación, jurábamos que un pasaporte mexicano era una especie de salvoconducto en el mundo, avalado por un enorme e indefinible capital de buenas voluntad cultivado por muchas generaciones; la violencia era un niño embozado arrojando piedras a una  tanqueta israelí, o una familia judía muerta en un atentado en París; la violencia se llamaba Colombia y se apellidaba Escobar Gaviria y, en tanto, nosotros, inocentes e ignorantes, incubábamos el huevo de la serpiente a la que apenas le bastó la imprudencia, la impericia y la tontería de un gobierno, para montarse en las alas de la noche y adueñarse de este país que somos y que hoy suspira por aquel otro que fuimos. Ellos no crearon la violencia, mas la alentaron y no supieron luego controlarla; «tontos entontecidos de su propia tontería», como decía Unamuno del dictador Primo de Rivera, le llamaron guerra a lo que debieron llamar, acaso, acción policial; dividieron al país en buenos y malos, sin discutir con nadie sus propios parámetros y criterios; así, cuando el voto los arrojó al lugar de donde habían venido, su rostro, al que ellos mismos habían maquillado de héroe quedó, a buen título de León Felipe, convertido en el payaso de las bofetadas, más patético que épico y más ridículo que marcial; quedó sólo e incomprendido, vacío ya de poder y por lo tanto también de su argumento.

Descubrimos así, con la más cruel de las lecciones, que la violencia no nos habitaba pero sí nos ocurría, que miles habrían de morir por la ambición de unos cuantos y por la inepcia de otros pocos; aprendimos así, que la violencia quedaría como la marca de Caín en toda una generación y que nosotros, los mexicanos nunca habíamos sido el pueblo bendito de la paz, sino apenas los suplicantes en la lista de espera de un fenómeno que ya se gestaba en el continente y que no supimos o no quisimos leer oportunamente.

Si es verdad, como firmemente lo creo, que una buena novela demuestra su potencias en sus primeras frases, «El ruido de las cosas al caer», de Juan Gabriel Vázquez, convierte esa afirmación en una especie de axioma literario:

 

«Los primeros hipopótamos, un macho del color de las perlas negras y tonelada y media de peso, cayó muerto a mediados de 2009. Había escapado dos años atrás del antiguo zoológico de Pablo Escobar en el Valle del Magdalena, y en ese tiempo de libertad había destruido cultivos, invadido abrevaderos, atemorizado a los pescadores y llegado a atacar a los sementales de una hacienda ganadera.»

 

El hipopótamo de Pablo Escobar, cuya caza fue seguida por los televidentes colombianos, se convirtió muy pronto en un símbolo de la fuerza destructiva del poder del narco, pero lo fue también de los desaforados y surrealistas extremos de su riqueza y poder. Inasible en su desmedida proporción, el joven, ahora adulto, que creció en el miedo de los años duros de Cali, Medellín y Bogotá, asiste a la cacería del hipopótamo para descubrir, como ya lo hemos hecho también los mexicanos de principios del siglo XXI, que la violencia no es algo que pasa, sino algo que nos pasa; que le ocurre a la sociedad pero que, en esencia, nos ocurre a todos, a cada uno, aún a quienes tienen la fortuna de no haber sido tocados por las balas o de no conocer de cerca a alguien que no vivió para rememorar los años terribles. Vázquez sabe también, como hoy lo sabemos los mexicanos, que no se puede vivir con algo así a cuestas, que de alguna manera hay que expulsarlo, hacerlo objeto y lanzarlo lejos, porque se da cuenta, como nos dimos cuenta nosotros, que la tragedia; así, simple y llana, no existe, pues cada tragedia es nuestra tragedia y que cada demonio engendra nuestra propia pesadilla. Juan Gabriel Vázquez saldrá así, fabulando, recordando a través de la memoria de su yo ficticio, a enfrentar aquel tiempo terrible para poder seguir habitando su tiempo y su espacio.

Desde antiguo, la nuestra ha sido una región habitada por fantasmas; los tememos y, al mismo tiempo, los procuramos y los necesitamos; pueblan nuestras mitologías y también nuestras esperanzas, se regocijan en nuestra historia y nos amenazan con nuestro futuro; ellos, los fantasmas que se hacen texto con las letras de Rulfo, son los mismos que celebramos el dos de noviembre y los mismos que se pasean por el Palacio de Justicia de Bogotá, por la Plaza de las Tres Culturas, por el Cuartel de Moncada y por el Palacio de la Moneda. A ellos, a nuestros fantasmas, llenos del terror atávico de la muerte violenta, debemos buena parte de nuestra forma de ver el mundo, de interpretarlo como la morada transitoria a la que, sin embargo tanto amamos.

En 1981, Gabriel García Márquez publicó su Crónica de una muerte anunciada, fiel retrato de la violencia gratuita en el continente, de la violencia como lenguaje y como sinsentido, comienza también con no de los arranques más memorables de la novelística iberoamericana y universal:

 

«El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros. «Siempre soñaba con árboles», me dijo Plácida Linero, su madre, evocando 27 años después los pormenores de aquel lunes ingrato. «La semana anterior había soñado que iba solo en un avión de papel de estaño que volaba sin tropezar por entre los almendros», me dijo. Tenía una reputación muy bien ganada de interprete certera de los sueños ajenos, siempre que se los contaran en ayunas, pero no había advertido ningún augurio aciago en esos dos sueños de su hijo, ni en los otros sueños con árboles que él le había contado en las mañanas que precedieron a su muerte.»

 

Aquella violencia ancestral, hasta inocente a veces, gratuita y proclamada es sólo una de las caras de la violencia en nuestro continente; la violencia propia de la resistencia y la revolución es otra de sus manifestaciones una, por cierto, a la que guardamos reverencia y respeto y a la que generalmente recordamos con un sentimiento de melancólica heroicidad; pero la violencia a la que nos vimos expuestos después, a la de la guerra que no lo es, a la de la ambición desaforada y carente de toda causa, a esa no podremos acostumbrarnos ni llamarla nuestra, ni siquiera como llamamos a nuestras enfermedades y a nuestras malformaciones; pero había que nombrarla, decirla y encararla para comprenderla y recordarla como todo aquello que no debió haber sido y que, sin embargo, está y se quedará en nuestra memoria y en nuestro imaginario por generaciones; de ahí que Vázquez tenga que ensayar otro arranque en la misma novela:

 

«El día de su muerte, a comienzos de 1996, Ricardo Laverde había pasado la mañana caminando por las aceras estrechas de La Candelaria, en el centro de Bogotá, entre casas viejas con tejas de barro cocido y placas de mármol que reseñan para nadie momentos históricos, y a eso de la una llegó a los billares de la calle 14, dispuesto a jugar un par de chicos con los clientes habituales. No parecía nervioso ni perturbado cuando empezó a jugar: usó el mismo taco y la misma mesa de siempre, la que había más cerca de la pared del fondo, debajo del televisor encendido pero mudo. Completó tres chicos, aunque no recuerdo cuántos ganó y cuántos perdió, porque esa tarde no jugué con él, sino en la mesa de al lado.»

 

Ahítos de noticias, de espeluznantes escenas que se vuelven cotidianas y gracias a las cuales los ríos de sangre ya no asustan ni a los niños y la grandilocuencia de las cabezas abandonadas en los basureros ya no estremecen sino suenan como la estática que antes escuchábamos cuando la programación de las televisoras no cubría las 24 horas y también descansaba como lo hace todo cuanto vive, Vázquez no quiere hacer crónica ni reportaje, aspira a algo más, a ejercer con la literatura el exorcismo de esa realidad que no escogimos y que jamás hubiéramos deseado; quiere sacar del fondo del dolor la fábula y no la moraleja; al contrario, las magníficas piezas de periodismo que engendró la violencia, se cuentan en género literario aparte, esas ilustran, muestran la realidad a través del matiz, más o menos afortunado, del estilo que las engendra. si bien es cierto que el periodismo aspira a explicar, también lo es que su función, en estos tiempos de inmediatez e imagen, es más bien ilustrar y que para las explicaciones más profundas, es necesario volver, una y otra vez, a la literatura. Por eso, García Márquez puede transitar con elegancia y soltura entre la novela y la crónica periodística, porque en cada caso tiene algo distinto que decir, véase, por ejemplo, la forma en que comienza «Noticia de un secuestro»:

 

«Antes de entrar en el automóvil miró por encima del hombro para estar segura de que nadie la acechaba. Eran las siete y cinco de la noche en Bogotá. Había oscurecido una hora antes, el Parque Nacional estaba mal iluminado y los árboles sin hojas tenían un perfil fantasmal contra el cielo turbio y triste, pero no había a la vista nada que temer. Maruja se sentó detrás del chofer, a pesar de su rango, porque siempre le “pareció el puesto más cómodo». Beatriz subió por la otra puerta y se sentó a su derecha. Tenían casi una hora de retraso en la rutina diaria, y ambas se veían cansadas después de una tarde soporífera con tres reuniones ejecutivas. Sobre todo Maruja, que la noche anterior había tenido fiesta en su casa y no pudo dormir más de tres horas. Estiró las piernas entumecidas, cerró los ojos con la cabeza apoyada en el espaldar, y dio la orden de rutina: -A la casa, por favor.»

 

Pero para el esfuerzo que Vázquez se ha planteado la crónica no le es suficiente, no quiere decir lo qué pasó, o no solamente quiere contar lo que sucedió; hay más, mucho más, necesita experimentar el recuerdo de lo pasado y glorificar la carne mediante el sacrificio, es decir, hacer holocausto de las memorias para salvaguardar la vida. El tiempo de la violencia es también el tiempo del amor; en cierto sentido, la posibilidad de morir acelera el ritmo de la existencia, los niños e hacen jóvenes muy pronto y los ancianos entran en la eternidad aún antes de muertos; el riesgo de morir a manos de desconocidos, la amenaza de la bomba y el atentado, llevan a forzar la existencia más allá de sus límites y a vivir, segundo a segundo, con la promesa y la esperanza que habrá, al final de esos sesenta fatigosos instantes, un minuto más para estar con quien se ama; en los “Anagramas de Varsovia”, Richard Zimler, dibuja la breve existencia de un niño en el Gueto de esa ciudad y crea, en torno a la sobrevivencia y la amenaza constante, una corte de diminutos adultos con las preocupaciones que, en condiciones normales, un pequeño no conocerá sino hasta muchos años después; la violencia cataliza la existencia, es cierto, pero al mismo tiempo forza el sabor agridulce de la existencia e impide la reproducción de la esperanza, el amor en los tiempos de la violencia es siempre un amor desesperado, loco, que busca sin hallar y que no encuentra reposo sino narcótico; de ahí también, que Vázquez tenga, todavía, que proponer un tercer arranque de novela, completando el retablo barroco de su novela:

 

«Allí, de pie sobre una tarima de madera, frente a filas y filas de muchachitos imberbes y desorientados y niñas impresionables de ojos constantemente abiertos, recibí mis primeras lecciones sobre la naturaleza del poder… La vida, en esas épocas que ahora me parecen pertenecer a otro, estaba llena de posibilidades. También las posibilidades, constaté después, pertenecían a otro; se fueron extinguiendo imperceptiblemente, como la marea que se retira, hasta dejarme con lo que ahora soy.»

 

Porque, ¿quién se atrevería a decir que es el mismo después de la exposición, individual o colectiva, a la violencia? Esa sensación de vivir en un mundo sucio, olvidado, polvoriento, donde cada golpe se vuelve anónimo y donde las amenazas van perdiendo sentido porque todos resultamos amenazados en general y no es la intención de otro, sino la mala fortuna la que ejercita el misterioso mecanismo de la muerte o la mutilación. El escritor se rebela contra ese pasado, es necesario decir lo inenarrable para, a partir de la soledad y la noche de las palabras, se pueda volver a la luz, no a la prístina, sino a la reinventada, para llenar de colorido el mundo que se vio invadido por la guerra, el narcotráfico, la trata de personas, la amenaza, el secuestro y todas las variaciones del miedo. Después de esos años, se es veterano del mundo de la violencia y, entonces, uno sabe y se da cuenta que hubo algo en el pasado – como en nuestro presente – que no funcionó correctamente, que alguien, en algún lugar, cometió un error imperdonable y que se llevó con el todo lo bueno que habíamos tenido y que hubiéramos podido tener y, sin embargo, pese a todo seguimos vivos y buscando, como si a la vuelta de la esquina la fórmula secreta fuera a revelarse, como si de pronto, así, de la nada, alguien pudiera acercársenos al oído y decir pausadamente: tranquilo, ya ha pasado. Ese es el reclamo de los personajes de Vázquez, su imperiosa necesidad de vivir existencias normales en un ámbito donde lo anormal es la regla:

 

«Me refiero a los errores de verdad. Yammara, eso es una vaina que usted no conoce todavía. Y mejor. Aproveche, Yammara, aproveche mientras pueda: uno es feliz hasta que la caga de cierta forma, luego no hay manera de recuperar lo que uno era antes.»

 

Y así es, en nuestra sociedad, en nuestro momento histórico, alguien, en algún lugar la cagó de cierta forma y todos quedamos invadidos de su pasmo. La violencia al interior de las ciudades no puede ser sino un error, alguien que la caga y que no puede enmendar su equivocación, luego de lo cual no hay manera de recuperar lo que uno era antes; porque la violencia es absurda, es ontológicamente imposible y, sin embargo, está ahí, rompiendo todo lo bueno, ensuciando todo lo limpio, reduciendo al odio la incapacidad y al rencor la falta de entendimiento; porque además, todos resultamos ser víctimas tanto porque la tragedia colectiva no existe hasta en tanto no se apodera de cada uno de los miembros de la colectividad como porque no se comunica y el dolor como la pena son exclusivos e íntimos. No se sufre por otro, pero se puede expresar el dolor para manifestar un pálido reflejo de la turbación y la confusión, pero el dolor no puede transminarse; es cierto, uno puede ejercer la compasión y abrirse al dolor ajeno, pero no es posible obsequiar con la pena, apenas y se puede dejar que el otro penetre nuestro espacio de sufrimiento para sufrir juntos, de ahí el sentido de la condolencia. A Ricardo Laverde le ha sido todo arrebatado, la vida, los sueños, la infancia de su hija, la vida de su mujer y es a través de los recuerdos de la hija y de la caja negra de un avión que se estrella cerca de Cali, que el escritor, que no los personajes, pueden revivir los años podridos para hacerlos reverdecer en una especie de esperanza construida a pulso.

 

«Y cuando empezó a sonar el Nocturno, cuando una voz que no supe identificar – un barítono que rozaba el melodrama – leyó ese primer verso que todo colombiano ha dicho en voz alta alguna vez, me di cuenta que Ricardo Laverde estaba llorando. Una noche toda llena de perfumes, decía el barítono sobre un fondo de piano, y a pocos pasos de mí Ricardo Laverde, que no estaba oyendo los versos que oía yo, se pasaba el dorso de la mano por los ojos, luego la manga entera. De murmullos y de música de alas.  Los hombros de Ricardo Laverde comenzaron a sacudirse; bajó la cabeza, juntó las manos como quien reza. Y tu sombra, fina y lánguida, decía Silva en la voz del barítono melodramático. Y mi sombra, por los rayos de la luna proyectada. Yo no sabía si mirar o no a Laverde, si dejarlo solo con su pena o ir a preguntarle qué le ocurría.»

 

Porque al final, el mayor de los absurdos, es que quienes compartimos las sociedades sometidas al miedo y a la violencia, terminamos por crear dos mundos antagónicos en los que dividimos al universo que nos rodea; en uno están los malos, los perversos, los violentos, en fin, los otros; en el nuestro están los buenos, los que sufren, las víctimas, sus amigos, sus familias y sus testigos, conforme el espectro de la violencia, alimentado por nuestros miedos, crece, el mundo de los malos se hace cada vez más grande y el de los buenos se va haciendo diminuto, en el primero caben todos porque nunca se sabe en qué andan metidos o qué intenciones tengan y todos se vuelven potencialmente peligrosos; en el segundo nos vamos quedando solos, con unos pocos amigos, con unos pocos familiares, a los amigos incluso los vamos relegando a un limbo hipotético porque si no los consideramos malos y no podemos considerarlos así, no queremos compartir su suerte si es que acaso cayera en ellos la desgracia. Yammara y Laverde recibirán juntos el bautizo de sangre y fuego, aquél sobrevivirá y éste será muerto por sicarios anónimos. La compasión será una planta de raigambre pequeña y débil, una planta de muy lento crecimiento, porque debe nacer en la tierra dura del rencor y la venganza; el perdón, en ese momento, es todavía más lento y todavía más arduo.

 

«Me alegré de que hubiera muerto: le deseé como contraprestación por mi propio dolor, una muerte dolorosa. Entre las neblinas de mi conciencia entrecortada respondí con monosílabos a las preguntas de mis padres. ¿Lo conociste en los billares? Sí. ¿Nunca supiste qué hacía, si estaba metido en cosas raras? No. ¿Por qué lo mataron? No sé. ¿Por qué lo mataron, Antonio? No sé, no sé. Antonio, ¿por qué lo mataron? No sé, no sé, no sé. La pregunta se repetía con insistencia y mi respuesta siempre era la misma, y pronto fue evidente que la pregunta no necesitaba respuesta: era más bien un lamento.»

 

Ese lamento es el de la exclusión final de nuestro mundo, antes integral y completo, ahora dividido; la violencia nos expulsa de los lugares que frecuentamos, los que nos traen recuerdos, los que nos hacen sentido; el miedo nos va reduciendo a los espacios íntimos de la casa, a las esquinas que son nuestro refugio y la plaza pública, el lugar de todos, donde otrora se dialogaba y se pensaba con otros, se vuelve el espacio de nadie donde no importa nada y ya nada puede ser dicho; los que pasamos la infancia y la adolescencia antes del estallido de la violencia, recordamos con una añoranza que ya parece no del siglo XX, sino decimonónica, la forma en que ocupábamos los espacios y la manera en que la ciudad era nuestra, yo mismo me recuerdo de once años caminando curioso la ciudad y darme cuenta, de pronto, que desde Lomas de Sotelo había caminado hasta llegar al último piso de la Torre Latinoamericana; ahora, nos refugiamos, desconfiamos, los que pueden evitan el transporte público y los que necesariamente deben usarlo lo hacen en silencio y prevenidos todo el tiempo; si Alfonso Reyes se quejaba de la manera en que los hombres de mediados del siglo XX habían destruido la región más transparente del aire y se dolía diciendo “¿Qué habéis hecho de mi alto valle metafísico?”, nosotros, los de entonces, diría Neruda, nos preguntamos, ¿qué habéis hecho de mi ciudad infantil de brazos abiertos? Ese es uno de los peores daños, aprender el miedo de la ciudad; precisamente a nosotros, los hombres, los que inventamos las ciudades para sentirnos más seguros y más protegidos, nosotros somos los que ahora aprendimos a temerla. Recuperar la paz es, entonces, recuperar el espacio de todos y para todos.

 

«No volví a la calle 14, ya no digamos a los billares (dejé de jugar del todo: mantenerme de pie durante demasiado tiempo empeoraba el dolor de pierna hasta hacerlo insoportable). Así perdí una parte de la ciudad; o, por mejor decirlo, una parte de mi ciudad me fue robada. Imaginé una ciudad en que las calles, las aceras, se van cerrando poco a poco para nosotros, como las habitaciones de la casa en el cuento de Cortázar, hasta acabar por expulsarnos. “Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a vivir sin pensar”, dice el hermano en el cuento aquel después de que la presencia misteriosa se ha tomado otra parte de la casa. Y añade: “Se puede vivir sin pensar”. Es cierto: se puede. Después que la calle 14 me fuera robada – y después de largas terapias, soportar mareos y estómagos destrozados por la medicación – comencé a aborrecer la ciudad, a tenerle miedo, a sentirme amenazado por ella. El mundo me pareció un lugar cerrado, o mi vida una vida emparedada; el médico me hablaba de mi miedo de salir a la calle, me arrojaba la palabra agorafobia como si fuera un objeto delicado que no hay que dejar caer, y para mí era difícil explicarle que justo lo contrario, una claustrofobia violenta, era lo que me atormentaba.»

 

Al final del día, no nos queda sino la memoria y el perdón, la reconstrucción del mundo pese a todos y pese a todo; es Ciudad Juárez montando espectáculos culturales en sus parques, es Cuernavaca manteniendo viva su eterna primavera; es Acapulco suplicando por nuevos turistas y somos todos, contemplando como reconstruimos nuestras vidas, como nos sumamos el profundo “no más”; asumiéndonos y viviéndonos como sujetos a los que la mala fortuna los arrojó en una época que no pudimos controlar y en una circunstancia, donde otros, muy arriba y muy lejos, la cagaron tan profundamente, que dejaron destartalado un país que por décadas había querido construirse. En la literatura, en cambio, ocurre como en lo profundo de la personalidad individual y de la moral colectiva, nos sabemos juntos en este barco en el que todavía confiamos, pero lo hacemos por esa suerte de solidaridad que sienten los que juntos peligran, esa sensación terrible de saber que nos salvamos o perecemos, pero todos. Y así, lo sabe Juan Gabriel Vázquez, solo así se conjura la violencia:

 

«La experiencia, eso que llamamos experiencia, no es el inventario de nuestros dolores, sino la simpatía aprendida hacia los dolores ajenos.»

 

Imagginación

Meditación Divertida con Maggie

Disappearing Thoughts

clicks and clips

Tablaturas de mis pasos

Unas cuantas palabras y fotos para los lugares que me hacen feliz.

NOUS LES FEMMES

Aller au delà de nos limites à travers le monde. J'en suis capable, pourquoi pas toi? Pourquoi pas nous? Ensemble nous sommes invincibles "Je suis femme and i can".

Rosie Blog

A garden of wild thoughts. Feeling thoughts and dilemmas

Un Loco Anda Suelto

Entra en mi mente...déjame entrar en la tuya...

umaverma12

Inner-peace is necessary to overcome of all the pain.

El Rincón de Suenminoe

En el soñador vida y sueño coinciden

La poesía, eso decían

Como plasmar la idea natural.

Cynthia Briones

Letras en el mar.

Polisemia Revista cultural

En cada edición proponemos una palabra para indagar sus posibles significados desde distintas áreas.

www.casasgredos.com

Alojamientos rurales en Avila y Provincia. Tlf.920206204/ 685886664

A %d blogueros les gusta esto: