Visión de Anáhuac, palabras de César Benedicto Callejas en la presentación del Prólogo de Javier Garciadiego a la Edición del Colegio Nacional

Si no tuvo oportunidad de acompañarnos, aquí, las palabras que pronuncié ayer en la presentación del Prólogo de Javier Garciadiego a la Edición del Colegio Nacional de Visión de Anáhuac de Alfonso Reyes

PROLOGO DE JAVIER GARCIADIEGO A LA VISIÓN DE ANÁHUAC DE ALFONSO REYES

César Benedicto Callejas

Capilla Alfonsina

Enero 29, 2020

Es ya una grata costumbre que siempre que me invitan a la Capilla, tenga mucho que agradecer. El día de hoy, desde luego, a la generosidad de la Secretaría de Cultura, del Colegio Nacional y del Instituto Nacional de Bellas Artes y en particular, a don Javier Garcíadiego a quien desde luego debo mucho de cuanto se sobre Reyes.

Durante décadas, muchos años, acaso desde el centenario del natalicio de Reyes, en el ya lejano 1989, los alfonsistas discurrimos como una especie de secta solitaria, un grupo reducido y al parecer condenado a rendir culto a un autor mencionado por todos, conocido por muchos, pero leído por muy pocos, da cuenta de ello que junto a las monumentales obras completas, el ejercicio editorial de las obras de don Alfonso no parecían elevarse y en realidad se trataba de trabajos casi siempre académicos y de circulación muy reducida. El hecho estaba ahí, con los años, esos Alfonsistas recondujeron sus trabajos hacia un contacto con los lectores, una especie de revitalización de la obra de don Alfonso fue gestándose y hoy nos encontramos en lo que bien podríamos llamar un renacimiento de la obra de Alfonso Reyes.

Este capítulo tiene, como es natural muchos protagonistas, en varios rincones del mundo; me limitaré sólo a hacer referencia a los trabajos minuciosos de Alberto Enríquez Perea; a los de museografía y difusión de Héctor Perea y a los de la revalorización del canon Alfonsino de don Adolfo Castañón; en Monterrey la labor de diálogo y apertura de Minerva Margarita Villarreal, de querida memoria y al selecto y bien hecho trabajo editorial de Celso José Garza, Antonio Ramos Revillas y José Javier Villarreal, en la creación de las ediciones individuales y de sus trabajos críticos y, en España, la labor que realizó Pablo Raphael, curiosamente también en torno a la Visión de Anáhuac, desde el instituto de Cultura México – España. Son muchos los que todavía habría que mencionar, como la Cátedra Alfonso Reyes de Monterrey la propia en Cuernavaca, incluso quienes hemos novelado en torno a la vida y la obra de nuestro autor.

Sin embargo, sería inapropiado y poco justo dejar de mencionar que uno de los epicentros de este renacimiento se sitúa en la Capilla Alfonsina con la llegada de Garciadiego como su Director; después de las décadas de labor ingente y generosa de nuestra querida Alicia Reyes, de llorada y dulce memoria, la Capilla encontró un director que ha tenido el ingenio y la paciencia de insuflarle vida y actividad. Hoy una buena muestra es la serie de actividades Alfonsinas que aquí se realizan, el diálogo abierto entre la exposición en el Museo Nacional de Antropología, la edición de la Visión de Anáhuac prologada por don Javier y esta presentación. De eso, de este renacer es justo de lo que estamos hablando hoy.

Presenta Garcíadiego un texto al que llama, acaso por su tendencia guardar mesura y eludir los protagonismos: “Prologo” y me parece que ese el único punto en que algo falla, no se trata de un prólogo. Veamos, el diccionario de la Academia propone cuatro acepciones para la palabra prólogo; descartemos la cuarta por obviedad, “discurso que en el teatro griego y latino, y también en el moderno, precede al poema dramático…”, tampoco la segunda nos conviene: “aquello que sirve como de exordio o principio para ejecutar una cosa…”; pero la primera “texto preliminar de un libro, escrito por el autor o por otra persona, que sirve de introducción a su lectura…” o la tercera: “primera parte de una obra, en la que se refieren hechos anteriores a los recogidos en ella o reflexiones relacionadas con su tema central”, tampoco satisfacen, porque si bien es cierto que el texto de Garcíadiego sirve al de Reyes e introduce en su lectura, en realidad es algo más que esa introducción y también algo más que la referencia a los hechos anteriores relacionados con su tema central. Vale más, me parece, en este caso ofrecer al público lector, la Visión de Anáhuac con un estudio preliminar de don Javier.

Sin duda contaminado por la afición reyesiana de saltar entre géneros, a no atenerse a la comunidad expresiva de ninguno y encontrar en todos las herramientas necesarias para mejor decir lo que se piensa, don Javier discurre entre el trabajo de divulgación y el documento académico, sin duda un afortunado acierto es acumular las citas a pie de página al final del estudio, de modo que encontramos un auténtico arsenal documental informativo que no estorba en la lectura de aquel otro documento, el de divulgación. Esta es la puerta por la que debe entrar el lector de la Visión de Anáhuac, tanto el avezado como el novato, por el de la invitación curiosa, amable. Garciadiego sabe cómo atraer, poniendo pequeños cebos para el cazador de novedades, de peculiaridades y también de hechos contundentes.

Debo reconocer, sin duda, mi coincidencia con el autor del llamado prólogo, en el hecho de que la Visión de Anáhuac es un libro de profundo sentido vivencial para Alfonso Reyes, es una vuelta a las imprentas después de años torturados de ausencia, es también el canto del exiliado en su encuentro con el país que no existe ya más que en su memoria y al que ya no podrá más volver, al menos no en la forma en que lo ha recordado, como decía Françoise Sagan, “la admiración es amor congelado”, en esa admiración congela Reyes el amor por una tierra que cambia mientras el se busca la vida en el Madrid donde no le quedan más que tres armas: la palabra, la pluma y sus amistades.

Paso a paso, tal vez sin proponérselo, don Javier va escribiendo una pequeña novela cuyo protagonista es el libro, lo narra desde su génesis hasta el día de hoy, su batallar para ver la luz, la forma en que fue madurando dentro del gusto y la difusión y el estallido de su carácter como símbolo cultural de nuestra cultura, lo señala con acierto el autor del estudio preliminar: el Huapango de Moncayo, el mural de la escalinata de Palacio Nacional y la Visión de Anáhuac. Pero es precisamente esta superposición de dos modelos de discurrir, la erudita y la vivencial, la que dan carácter al trabajo de Garcíadiego, revela muchos puntos en los que discurren los debates sobre la Visión de Anáhuac, como el origen del celebérrimo epígrafe: Viajero has llegado a la región mas transparente del aire (como dicen mis hijos, si no lo digo, reviento) o su inclusión como título de la novela de Carlos Fuentes; pero sobre todo, revela la forma en que el texto fue modificado en su lectura y presencia a través del diálogo con la comunidad intelectual, los editores y los lectores; debo agradecer cumplidamente haber incluido en su texto la nota sobre la presencia de la frase en la película de Arau, Calzonzin Inspector, sobre los Supermachos de Rius y que me permití referir en un artículo sobre la Visión que generosamente publicó la Universidad Autónoma de Nuevo León: muchas gracias.

Pero además, es afortunado don Javier, su texto consta en una edición pequeña, bien armada, editada con encanto, algo que me hizo recordar uno de los aforismos de Gracián: “pretendo formar con un libro enano un varón gigante”. Me parece, que este renacimiento de la lectura Alfonsina sólo puede andar por ese camino, libros accesibles y bonitos, que inviten a la lectura y, hay que decirlo, al descubrimiento de Alfonso Reyes.

Apuntaré, por otra parte, una coincidencia más, como percibe don Javier, Reyes va mucho más allá de los juegos de las coincidencias curiosas y se empeña en demostrar la existencia de un alma común en el lejano pasado de México y el alma nutricia española, pero que no puede confundirse con ninguna y que existe con carácter propio y como respuesta a un particular sentido histórico; de ahí que el final de la Visión pueda ser considerado como la credencial de identidad de las letras alfonsinas y también una de las miradas más profundas del sentido de lo mexicano, más lejana de Vasconcelos y más cercana a Octavio Paz y a Carlos Fuentes, es decir, más distante de su generación y más próxima a la de sus discípulos. Termina Reyes la Visión de Anáhuac diciendo:

Cualquiera que sea la doctrina histórica que se profese (y no soy de los que sueñan en perpetuaciones absurdas de la tradición indígena, y ni siquiera fío demasiado en perpetuaciones de la española), nos une con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa; esfuerzo que es la base bruta de la historia. Nos une también la comunidad, mucho más profunda, de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural. El choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra, engendra un alma común.

Celebro el carácter contemporáneo del estudio de Garciadiego, me llama la atención su encadenamiento con la reciente novela de Enrique Serna, “El vendedor de Silencio”, sobre la relación entre Alfonso Reyes y Carlos Denegri; en tal sentido da una mirada sobre la presencia de Reyes en la vida cultural contemporánea. Y a todo esto, me queda claro, hace evidente la atemporalidad de la Visión; porque en el fondo, sobre lo que disertan tanto Reyes como Garciadiego, es sobre la identidad nacional, sobre los asideros de la realidad sobre la que podamos fincar un rostro en un mundo cada vez más complejo

Garciadiego, insisto, no prologa, emprende una reelectura de Reyes podría en un intento por redimensionar su expresión y sus motivos para abrir nuevos diálogos transgeneracionales. Por ejemplo si donde la lectura y la interpretación de la Visión de Anáhuac explora el punto historiográfico, el manejo de las fuentes o la construcción de la narrativa complementa con una exploración vivencias no sólo como discurso poético del imperio azteca minutos antes de su extinción, sino como la mirada de un exiliado en la dulce y cruel tarea de recuperar lo más preciado del mundo que ha tenido que abandonar y de que no sabe si algún día podrá volver a habitar; si pudiéramos dedicarnos a compartir el goce de un elenco tan profundo de sensaciones, sentimientos e ideas podríamos vislumbrar muchos de los elementos que poblarán sus páginas hasta el final de sus días.

Sin duda, uno de los libros más celebrados de Alfonso Reyes es Visión de Anáhuac; una búsqueda simple de los registros de ISBN arrojan tan sólo en lengua española, más de veinte ediciones en los últimos diez años, ello también descontando los formatos sonoros y digitales; desde luego, se trata de un libro vigente, con vida propia más allá de las obras completas y que se presenta como uno de los pilares sobre los que habitualmente se construyen las antologías reyesianas. Sin embargo, los análisis más comunes que sobre él se escriben separan al lector cotidiano del académico y versan, en especial sobre aspectos geográficos e historiográficos que se encuentran como apostillas a un texto que, de origen, constituye una ensoñación de exiliado referente al paraíso perdido. Romper estas inercias es el reto que asumió don Javier en su texto y no dudo en afirmar que lo logró con gran fortuna.

Muchas gracias.

Palabras en el homenaje a Alicia Reyes por César Benedicto Callejas

Justo en el momento en que la tierra volvió a enfrentarse con nosotros, a demostrarnos nuestro verdadero tamaño; en ese instante, gracias a la generosidad de la Secretaría de Cultura, de la Capilla Alfonsina y de Javier Garciadiego, rendíamos homenaje a Alicia Reyes, esto es lo que estaba diciendo en el momento que comenzó a temblar:

HOMENAJE DE LA CAPILLA ALFONSINA A ALICIA REYES.

SEPTIEMBRE 19, 2017.

Una vez por semana, durante muchos años, crucé aquella puerta azorado y feliz, nervioso y no pocas veces asustado, la mayoría de ellas con un legajo en la mano que tenía  mi más reciente obra y sus respectivas copias para los colegas del taller; la misma mesa que hoy nos sirve de Presidium era gobernada por una mujer enérgica, amable pero firme que escuchaba con atención, preguntaba la opinión del taller y luego emitía su propio dictamen; ese era el momento central de la semana, el punto en el que concurrían mis anhelos durante muchos años , de aquellos que, como Alfonso Reyes decía, nos condenan o nos salvan pero de los que siempre guardamos alguna lágrima.

De aquellos días me queda todo, el aroma que esta edificio todavía tiene, la luz y la memoria, pero sobre todo, el deseo y la necesidad inmensa de escribir y en ello, la manera de hacerlo que le debo a mi maestra Alicia Reyes.

Alicia presidía este país de maravillas, metáfora recurrente lo sé, pero también certera, mis pasos me trajeron como el peregrino que busca agua y tiene la fortuna de encontrar una fuete; veámoslo así, en ese momento en que uno sale de la adolescencia y que necesita liderazgos que le den sentido a aquellos últimos días de la primera década de existencia – ahora lo sé – no podía tener mejor fortuna que encontrar a la Dra. Reyes.

No conozco persona más generosa, no hay nada que no deseara compartir y cuando la recuerdo ahora, cuando paso por capilla, vengo a ella, o estoy en la biblioteca de mi casa, ella me sonríe, la oigo musitar una melodía, tararear en voz muy bajita como le gusta hacer cuando está contenta; y el tiempo se me cae de las manos como agua fresca porque son muchos, miles, los momentos que este lugar y la presencia de nuestra querida Tikis, han ido marcando los surcos de mi rostro.

Era la mejor maestra que uno pudiera desear, implacable pero dulce, atenta pero seria, nada escapaba a sus lecturas y la misma generosidad tenia para el reproche como para el aplauso, de ella aprendí que el poema es siempre apenas un par de versos encerrados en varias capas de palabras que los protegen; de ella aprendí que en el ensayo cuenta tanto la idea como la manera en que se le viste y se presenta y que en la narrativa nada valen personajes sin acciones y acciones sin pensamientos. Los apuntes de aquellos días de taller que compartí con Pablo Raphael y Con David Grinberg siguen conmigo y no han dejado de ser materia de estudio y reflexión, un recordatorio de que quien no escribir es siempre intentar la página más clara, la más contundente, a sabiendas que el propósito es imposible.

Yo había leído a Reyes antes de venir por primera vez a la Capilla, me lo había recomendado Jorge Luis Borges a quien leía yo con fruición en aquellos tiempos posteriores al terremoto y anteriores a mi ingreso a la Universidad; desde la primera página de mi encuentro con Reyes el deslumbramiento ha quedado hasta el día de hoy; lo sigo leyendo, busco sus páginas para aprender, también para divertirme y recurro a su vida y a su pensamiento como a un consejero y aun viejo amigo más experimentado. Pero, desde luego, la dimensión de Alfonso Reyes no podía adquirirla sino de las manos de Alicia.

La devoción y el cuidado de Alicia para con la obra de don Alfonso puede ser considerada como un modelo tanto de voluntad contra la burocracia y el olvido, como un ejemplo de devoción filial pero sobre todo, como un acto civilizatorio. Alicia se cuidó de que nada se perdiera, que la obra de Reyes encontrara finalmente acogida en ese barco enorme que son las obras completas y cuando todo ese universo de letras pudo quedar fijo y a la vista, impulsó las ediciones de los títulos individuales insuflando nueva vida a los textos y poniéndolos en las manos de los nuevos lectores.

Y la Capilla que era su hogar como lo era de todos los que aquí pasabamos las horas del aprendizaje y el recuerdo; cada rincón está lleno de pensamientos que se me fueron fugando durante tres décadas, cada uno guarda sensaciones que aquí viví y que integraron mi vocabulario sentimental y mi galería de ideas selectas; y Alicia que no esperaba que llegara la partida de dinero para hacer aquel pequeño arreglo, la reparación mayor que no podía esperar; Alicia que borraba con un estilo singular la distancia entre un recinto público y la que seguía siendo la casa de don Alfonso a la que uno siempre estaba invitado. Y ella siempre, aguardando a sus alumnos, y ella siempre hablando del abuelo y ella en la memoria, en el corazón, en las letras que ha escrito y las que ha inspirado y ella siempre derrochando ese tesoro que no se acaba, que no se le acaba y que lo gasta, porque tiene tanto sol adentro que hemos podido vivir muchas décadas al alcance de su caricia.

Muchas gracias

Alfonso Reyes y Carlos Fuentes en la Región más Transparente

En la entrada de su diario correspondiente al domingo 17 de febrero de 1957; Reyes apunta:

Muy molesto con las raras notitas de Fedro Guillén, hasta hoy tan mi amigo, en El Nacional, suplemento. Viene a verme Juan Rejano, a petición mía y aunque ya no dirige el suplemento, me ofrece charlar discreta y amistosamente con Guillén para averiguar qué le pasa, y me trae su poemita “La respuesta” en memoria de Antonio Machado, y una novelita de su esposa Luisa Carnés, Juan Caballero.

Fedro Guillén se refiere al epígrafe de Reyes exponiendo cierto velado debate sobre su autoría; es notorio que a don Alfonso, como en la mayor parte de sus reacciones frente a la críticas de esa naturaleza, le duele la incomprensión de sus letras y aspira a una lectura más simple, límpida y sincera de su obra:

Fedro Guillén escribió lo siguiente: “En nota anterior hablábamos de la frase “Viajero, has llegado a la región más transparente del aire”, que en parte, utilizará Carlos Fuentes para su próxima novela. Al afirmar que dicha frase no pertenece a Alfonso Reyes, como se cree, bueno sería añadir que tampoco el maestro mexicano se la ha atribuido. (Por cierto, con el gusto de siempre recibimos una felicitación de año de don Alfonso Reyes con unos hermosos latines de Cicerón)” (Fedro Guillén, La cultura en México, suplemento semanario de El Nacional, 2ª época, núm. 516. 17 de febrero de 1957.

Una de las peculiaridades de don Alfonso en relación con el conjunto de so obra es su cuidado constante; no sólo como creador y como coadyuvante en su edición, sino también a su lectura, crítica, difusión y trascendencia. Por la mañana Reyes ha leído el artículo de Guillén, ese mismo día ha llamado a Rejano y para el anochecer ha dado cuenta de los hechos; es posible que si se hubiera tratado de otro texto, don Alfonso habría sido más indulgente o incluso menos atingente, pero como individuo, a lo largo de toda su vida, dará muestras de su especial afecto por la Visión de Anáhuac.

Después de todo, tanto la frase como el texto remiten a Don Alfonso a un tiempo y a un lugar mucho mejor. En 1911, Reyes publicó “El paisaje en la poesía mexicana del siglo XIX”, en aquel ensayo, el entonces joven Alfonso se refirió por primera vez al epígrafe y a su relación con Humboldt:

Ya el barón de Humboldt – el grande viajero que ha sancionado con su nombre el orgullo de la Nueva España, hombre clásico y universal como los que criaba el Renacimiento y que conservó, hasta en su siglo, la antigua manera de aprender la sabiduría viajando y de escribir tan sólo sobre recuerdos y meditaciones de la propia vida – señalaba, en su Ensayo político, la grande reverberación de los rayos solares producida por nuestra enorme masa de cordilleras y la alta planicie que es, en extensión y en altura, la mayor del mundo.

Así nosotros, como los griegos que tan estimosamente elogiaban, por inscripciones grabadas a las puertas de sus ciudades, las bondades de la tierra y su clima, y a éste le llamaban “el predilecto de los dioses”, pudiéramos, sin hipérbole, escribir a la entrada de nuestra alta llanura central: – Caminante: has llegado a la región más propicia para vagar libre del espíritu. Caminante: has llegado a la región más transparente del aire.

Cuatro años después, en Madrid, Reyes recupera la frase, la purifica y la dota de sencilla elegancia, como recuperando para sí un mundo, un espacio y un tiempo dorados antes de que la vorágine del destino y de la historia lo lanzaran más allá del océano y de su privilegiado entorno familiar. De muchas formas, la Visión de Anáhuac abría las puertas del recuerdo y del bienestar a Reyes, marcaba su equilibrio y lo retornaba a cierta edad de la inocencia en que todo estaba aún por escribir.

Si bien es cierto que la Visión no es el primer libro de Reyes, también lo es que sí se trata de la primera de sus obras maestras. De la importancia y trascendencia de libro no puede dudarse, como tampoco puede omitirse la singular relación entre el famoso epígrafe reyesiano y la novela de Carlos Fuentes “La región más transparente” que constituye el mayor homenaje a Reyes y a su texto, pero también la voz disonante y el mayor distractor para su fama.

Fedro Guillén había anunciado la novela de Carlos Fuentes pues ésta había aparecido de modo fragmentario, en cuentos y adelantos, en la Revista de Literatura mexicana, entre los años de 1955 y 1956, publicación entonces dirigida por Emmanuel Carballo y el propio Fuentes; desde luego, no es casualidad entonces que ambos coincidieran en la entrega a su amigo y maestro un ejemplar de “La Región más transparente”. Reyes recoge ese momento en la anotación de su diario correspondiente al 29 de marzo de 1958:

Reunión matinal en casa de Cuadernos americanos… a las 5 pm, estoy esperando a Carballo con su primer boceto de entrevista. Llegó con el fotógrafo Salazar. Algo hicimos: poco, porque me desazonó la perra Lady que rasguño con un colmillo a la pobre Laurita de Carballo. Nada serio. Carlitos Fuentes me trae su libro “La región más transparente”.

Como revelaron en su momento Javier Garciadiego en su “Alfonso Reyes y Carlos Fuentes, una amistad literaria” y Emmanuel Carballo en su “Protagonistas de la literatura mexicana”; la publicación de la novela significó una desavenencia literaria, estética, que no personal ni emocional entre Reyes y Fuentes:

Sin embargo, el propio Carlos Fuentes develó el misterio al confesar haber recibido una carta “fulminante” de Reyes en la que le decía que “La región más transparente le había parecido “una porquería”, de una “vulgaridad espantosa”; en síntesis “un insulto a la literatura”.

En el desafortunado evento se cumple cierto patrón en cuanto a la reacción de Reyes respecto de la crítica; conforme a su costumbre, don Alfonso no zanja las dificultades de manera pública sino, preferentemente, en el ámbito más estrictamente privado; reacciona sólo cuando está en presencia de lo que puede considerar un malentendido respecto de su obra o cuando siente que el ataque es personal mucho más allá de lo estrictamente literario; por último, sus respuestas son casi siempre desahogos emocionales y son más fuertes cuando ocurren en torno a ciertas obras respecto de las cuales experimenta un particular afecto. En el caso de Carlos Fuentes se agudizan dos aspectos peculiares; por un lado, el libro de que se trata del famoso epígrafe, pues Reyes sabe que para el joven escritor esa novela representa un certificado de madurez y le cuesta mucho trabajo que su frase icónica diera nombre a un libro que no puede ser más distante de sus propia idea de la literatura; por el otro, el tratarse de Carlos Fuentes a quien quiere entrañablemente y a quien une una amistad y una devoción que bien podemos llamar transgeneracional pues ha iniciado con el padre de Fuentes y que abre sus brazos afectuosos desde la infancia de Carlos.

Garciadiego ofrece otra cauda de razones:

El desencuentro puede ser resumido en pocos renglones: sucedió que algunos periodistas y críticos intentaron enfrentarlos, afirmando que Fuentes desafiaba a Reyes al titular su novela con una famosa frase de éste, a lo que Fuentes respondió que don Alfonso hablaba de un México pasado y que él daba “el contraste con el México de sus días”. La respuesta satisfizo a Reyes, quien se había referido al paisaje físico del Valle de México que encontraron los conquistadores españoles, mientras que la novela de Fuentes se refería “al ambiente humano del México contemporáneo”. Sin embargo, ciertamente lamentó haberle permitido “bautizarla con mis palabras”, pues – señaló – no faltarán los lectores críticos y “malévolos” que supongan que el joven escritor había intentado “lanzarme un sarcasmo”. Don Alfonso, reflejando su muy diferente concepción de la literatura, le dijo: “yo hubiera preferido que no empañaras mi frase, aplicándola a un asunto tan turbio”. Tal parece que la solicitud para titular su libro fue verbal y que Fuentes no quiso hacer del reclamo personal una controversia pública.

Para la fecha de publicación de la novela de Fuentes, Reyes estaba perfectamente consciente de que su amada región más transparente había quedado reducida a esporádicas resurrecciones unas cuantas veces al año; incluso, para 1940, aunque publicada en “Ancorajes” en 1948, Reyes había escrito “La Palinodia del Polvo”, especie de actualización dolorosa de su propio mito fundacional:

¿Es esta la región más transparente del aire? ¿Qué habéis hecho, entonces, de mi alto valle metafísico? ¿Porqué ser empaña, porqué se amarillece? Corren sobre él como fuegos fatuos los remolinos de tierra. Caen sobre él los mantos de sepia que roban profundidad al paisaje y precipitan en un solo plano espectral lejanías y cercanías, dando a sus rasgos y colores la irrealidad de una calcomanía grotesca, de una estampa vieja artificial, de una hoja prematuramente marchita.

Desde la Visión, Reyes sabe que ese mundo ideal que ha dibujado está condenado a desaparecer; que debe mantenerse en la guarda y fidelidad de la memoria literaria porque , desde el primer momento de la aparición humana en el Valle, se inició su largo proceso de destrucción con el pretexto de la obra civilizatoria; ya en 1915 decía Reyes: “cuando los creadores del desierto acaban su obra irrumpe el espanto social”.

Con una especie de mirada profética, don Alfonso sabe que la desecación de los lagos no puede sino redundar en la destrucción de ese ámbito privilegiado para la reflexión y el ensueño; casi  es tanto como decir que el México de don Alfonso joven – entendido como solar paterno, como hogar prístino – debía desaparecer en la medida que el propio autor y sus amigos fueran mudando sus conciencias, sus circunstancias y sus tiempos. De ningún modo Reyes se aferra a su pasado, ni al México que abandonó y que sabe no volverá:

Abarca la desecación del valle desde el año de 1449 hasta el año de 1900. Tres razas han trabajado en ella, y casi tres civilizaciones – que poco hay en común entre el organismo virreinal y la prodigiosa ficción policial que nos dio treinta años de paz augusta.

De Nezahualcóyotl al segundo Luis de Velasco, y de éste a Porfirio Díaz, parece correr la consigna de secar la tierra. Nuestro siglo nos encontró todavía echando la última palada y abriendo la última zanja.

Podríamos decir que, como continuación de este párrafo, Reyes escribirá en la Palinodia un ciclo de construcción – destrucción cuyo corolario ya parece en ése último texto y que don Alfonso no pudo ver, el terremoto de 1985, relacionado en su magnitud con la propia desecación de los lagos:

¡Oh desecadores de lagos, taladores de bosques! ¡Cercenadores de pulmones, rompedores de espejos mágicos! Y cuando las montañas de andesita se vengan abajo, en el derrumbe paulatino del circo que nos guarece y ampara, veréis cómo, sorbido en el negro embudo giratorio, tromba de basura, nuestro valle mismo desaparece.

Así, para afrontar el mañana, la soledad y la distancia, acuñó su propio talismán y lo formó de los temas que iría desarrollando a lo largo de toda su obra. Diseñó para sí un código cifrado de afectos que anclaban en el único lugar seguro, el entorno físico, pues la experiencia, no pocas veces amarga, le había enseñado lo frágil y vano que es poner en manos de hombre la esperanza del retorno y más aún si esos hombres tienen como oficio la política.

A final de cuentas, en ese ciclo místico y literario de creación – destrucción del Valle del Anáhuac y de su retrato en lengua española, aparecen dos capítulos separados por más de cuatro décadas: la Visión de Anáhuac y La región más transparente; también apareen dos protagonistas separados por una generación: Alfonso Reyes y Carlos Fuentes.

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