Curso taller: Diez libros censurados y prohibidos

Una revisión de los libros perseguidos, torturados, olvidados y sometidos. Un viaje a lo profundo del odio y la incomprensión; del miedo a la liberación, un curso para enfrentar nuestros miedos y fantasmas.

10 sesiones vía zoom

Grabación de las sesiones y material exclusivo cada semana

Publicación de los ensayos de los participantes

Sesiones los miércoles a las 22:00 hora CDMX

Julio 14 a Septiembre 22

Costo: 1,200.00 mx

Informes e inscripciones: Whatsapp.- 5530488751, e-mail cesarbc70@yahoo.com

Diez libros censurados y prohibidos

El vals del minuto: los libros censurados y prohibidos

Censurar, prohibir, destruir son los verbos clásicos, favoritos de las dictaduras; su ejercicio otorga a los libros que tocan pretendiendo herirlos, un pasaje a la eternidad y la curiosidad contínua. Un minuto para reflexionar

Libros censurados y prohibidos

Los viernes de las citas: Ha vuelto, de Vermes, ed. Seix Barral

Comencemos el fin de semana con algo de humor, del más negro, del que vale la pena para hacernos pensar. Imaginemos que Hitler ha vuelto…

El espejo tenía un marco de color naranja. Para más seguridad llevaba escrito encima “Der Spiegel”, o sea, “El espejo”, como si no viera claramente lo que era. Estaba metido por abajo, en una tercera parte, entre varias revistas. Me miré en él.

Tiene cara de Adolf Hitler. – Exacto – dije.

No hablaban mucho, compraban tabaco, el periódico de la mañana; muy solicitado, en especial por la gente mayor, era sobre todo uno llamado Bild, yo supuse que era porque el editor empleaba de preferencia una letra enorme para que las personas con vista cansada pudieran informarse. Una idea excelente, tuve que admitir para mis adentros, en eso ni siquiera había pensado el diligente Goebbels: con esa medida habríamos provocado sin duda aún más entusiasmo en esos grupos de población.

No, humm, cómo le diría: el contacto ha quedado de alguna forma, hummmm…, interrumpido.
¿Le han prohibido el contacto?
Ni yo mismo sé explicármelo – dije -, pero seguramente es algo de esa índole.
Cielos, pues no da usted esa impresión – dijo con cierta reserva -. ¿Qué barbaridades ha hecho?
No lo sé – dije ateniéndome a la verdad -, no puedo recordar el periodo intermedio.
A mi no me parece una usted una persona violenta – dijo con aire pensativo

Pero oiga, le habrán entregado su uniforme para entonces, ¿no? – quizá esta misma tarde – la tranquilicé -, porque es una limpieza relámpago. A l oírlo, le entró un ataque de risa

En general, sin embargo, se notaba en seguida que ese Wizgür no sólo no tenía una cosmovisión comparable a la del nacionalsocialismo, sino que no tenía ninguna. Y sin una cosmovisión firme, en la moderna industria recreativa no hay, por supuesto, la menor perspectiva de éxito, y tampoco, a la larga, un derecho a la existencia. El resto lo regula la historia. O la cuota de pantalla.

Pienso a modo de ejemplo, en ese ministro liberal de origen asiático. Ese hombre interrumpió su especialización en medicina para meterse a politicastro, y entonces uno sólo puede preguntarse: ¿y para qué? Bueno, si en lugar de eso hubiera dicho que primero se dedica a terminar su especialización, para después ejercer la medicina durante diez o veinte años a razón de cincuenta, sesenta horas semanales, para más tarde, acrisolado y por la dura realidad, formarse poco a poco una opinión y, una vez afirmada ésta, hacer de ella una cosmovisión, a fin de poder empezar luego, con la conciencia tranquila, un trabajo político razonable, entonces la cosa, si venían a añadirse circunstancias favorables, seguramente habría sido aceptable. Pero ese muchachito pertenece a esa nueva y horrible remesa que piensa: primero nos metemos en política, y las ideas irán afirmándose por el camino de un modo u otro. Y así sale la cosa, en efecto.

Es siempre un procedimiento poco serio el de mostrar cosas aisladas de escasa importancia que dan pequeños toques desagradables a la empresa. Hay por ejemplo una gran autopista que transporta miles de millones de mercancías, relevantes para la economía nacional, y siempre se encuentra al borde del camino un lindo conejillo que tiembla de miedo. Se construye un canal que naturalmente se encuentra a algún que otro pequeño labrador que ha de retirarse y que derrama amargas lágrimas. Pero por eso yo no puedo dejar de lado el futuro del pueblo. Y cuando se ha comprendido que millones de judíos – sí, tantísimos había en aquel entonces -, que millones de judíos deben ser exterminados, entonces, como es natural, siempre hay alguno ante el que el alemán sencillo y compasivo piensa: oh, bueno, tan horrible no era ese judío, a ese o a aquel otro judío se los habría podido seguir aguantando unos años más. Para un periódico así es facilísimo apelar a la faceta sentimental de la gente. Es lo de siempre: todo el mundo está convencido de que hay que combatir a las ratas, pero cuando hay que poner manos a la obra se tiene gran compasión por la rata aislada. Bien entendido: se tiene sólo compasión, no el deseo de quedarse con la rata.

Me presentan a mi y se inspiran en los carteles de antaño. De ese modo llaman más la atención que con todos esos caracteres de imprenta de hoy, por muy sofisticados que sean, dice Sawatszki, y tiene razón. También ha propuesto una nueva divisa, que campea al pie de todos los carteles como elemento de unión. Evoca viejos méritos, viejas dudas, y tiene además un aire entre humorístico y conciliador con el que se puede ganar para el bando propio a los votantes de esos Piratas y de otros grupos jóvenes. El eslogan reza así: “no todo fue malo”. Con eso se puede trabajar.

El libro nuestro de cada martes: El pentateuco de Isaac de Ángel Wagenstein

Las memorias sobre el final del Imperio Austrohúngaro son ya por sí mismas, todo un género; sin embargo, me encuentro con este volumen que me hace recorrer el Siglo XX, el que para bien o para mal, considero mío, yo que todavía me siento visitante en el XXI y me encuentro no sólo con un compendio del humor judío, sino una visión humanista de aquellos tiempos, un enfrentamiento del yo individual y del colectivo, sobre todos aquellos sobre los que el mundo se vino encima sin saber cómo ni cuando. El libro se basa en la idea del hombre frente a la circunstancia, no sólo la desgracia, sino como la caña que se dobla frente al viento pero que aún así subsiste, piensa, interpreta y sigue adelante. Un libro de excepción que no puede ser pasado por alto, sobre todo en estos tiempos en que es necesario reconciliarse con la humanidad, con su historia y con sus perspectivas. Algo más sobre el libro: https://librotea.elpais.com/libros/el-pentateuco-de-isaac/

El autor habla sobre ese y otro de sus libros

El libro nuestro de cada martes: Mein Kampf, historia de un libro. De Antoine Vitkine

A nada se le tiene más miedo que a lo que no podemos nombrar; aquello cuya leyenda supera la historia y nos tiende trampas en la memoria. Así sucede con Mein Kampf de Hitler.

Sin duda, este es uno de los libros que mayor desolación y destrucción han causado; también es verdad que es un libro que casi nadie ha leído, pero cuya sombra gigantesca sigue obscureciendo el pensamiento y nuestra percepción de humanidad.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial y hasta 2016, Mein Kampf fue un libro sin ediciones oficiales, todas las que circularon durante ese tiempo fueron clandestinas y, en consecuencia, de dudosa calidad; sin embargo, en 2016 la obra entró a dominio público y como para evitar la censura el gobierno federal de Alemania prohibió las ediciones como titular de los derechos patrimoniales de autor. Llegado el tiempo de su liberación de derechos patrimoniales el debate se abrió sobre si debía imponerse alguna forma de prohibición, me parece que la razón imperó y el libro se puede encontrar ya en ediciones comentadas, bien hechas y que circulan en para su análisis y estudio, también hay que decir que después del boom de los primeros meses el texto ha vivido una gris medianía.

Antoine Vitkine explora el origen, las influencias y las mecánicas de creación del libro que formó la base ideológica del nazismo, lo desnuda y lo analiza, le quita lo oculto y nos lo muestra tripas afuera. Una oportunidad que no se puede dejar pasar si se quiere, en realidad, saber qué fue ese fenómeno que sigue pesando a la humanidad como una vergüenza.

Algo más sobre el libro:

https://www.anagrama-ed.es/libro/cronicas/-mein-kampf-historia-de-un-libro/9788433925930/CR_93

Un interesante debate sobre las nuevas publicaciones de Mein Kampf entre Emilio Campmany y Ricardo Artola

 

De cómo el Edelweiss llegó a ser la flor de Hitler

Leni Riefenstahl, al contrario de muchos otros que no hicieron otra cosa que abonar el odio con su estupidez, estaba consciente de lo que hacía; tenía muy claro lo que quería decir y la manera de decirlo; una vez, en un cóctel, Goebbels le platicó cómo se había originado la idea de que a Hitler le gustaban las flores de Edelweiss y cómo es que esa flor se había convertido en la Flor del Führer. En realidad Hitler no tenía ninguna flor de su preferencia, es más – se reía Goebbels – ni siquiera le gustaban las flores, pero una mañana de 1934 la sección femenina del partido en Berlín se disponía a recibir a Adolf en la estación de Anhalt, así que buscaron al secretario de Josef – de quien se decía conocer al Führer hasta en sus más íntimos detalles – para preguntarle cuál era la flor predilecta del amo; desde luego, Paul Hanke no tenía ni la más remota idea, así que le pidió a las señoras que llamaran en diez minutos, se dirigió a la oficina de su jefe y le presentó la pregunta; el ministro de la propaganda le confesó a la cineasta que jamás se había planteado una nimiedad así y que preguntárselo al Führer habría sido de un mal gusto homosexual imperdonable, como quiso guardar las formas frente a Hanke que esperaba como si hubiera preguntado cuál sería la ruta para invadir la Unión Soviética, Goebbels volteó a mirarlo y con cabal seguridad le contestó lo primero que le vino a la cabeza:

    • ¡Hombre, que ignorancia la suya, el Führer ama la flor de Edelweiss!

Cuando las señoras le llamaron a Hanke, eficiente y orgulloso pudo dar el dato que le solicitaban.

    • Así se hacen los mitos querida Leni, dijo Goebbels y ambos estallaron en un sonora carcajada.

Ella había reído para no arruinar la gracia de su amigo, pero sabía que la Edelweiss se convertía en mito por su naturaleza, porque sólo se conseguía en las montañas y no se le podía cultivar en invernaderos, porque requería de un clima agreste, porque su imagen era sutil y melancólica, porque había sido creada para convertirse en la Flor del Führer y no por las ocurrencias del ministro a quien apreciaba pero que a ratos le parecía un vulgar payaso. Así se veía Frau Riefenstahl a sí misma, como una constructora de mitos y entonces, como en aquella reunión de 1940, volvió a reírse, pero a diferencia de aquella ocasión su risa no fue celebrada, los ancianos pensaron que se reía de ellos y aproximándose a su mesa y sosteniéndole la mirada, ella le gritó “asesina” y él escupió en el suelo; antes de que Leni pudiera salir de su estupor los viejos se marchaban con paso cansino pero firme y a la cineasta la invadió una ira muy profunda, un odio cerval que conocía pero que sabía controlar. ¿Porqué ella?, ¿porqué siempre ella?, ¿porque no otros si habían sido tantos? La gloria absoluta para Gropius, Hindemith, Barlach y hasta para Nolde que antes de estar en problemas con el régimen había abrazado sus ideas; todos ellos aplaudidos sin que nadie cuestionara su calidad estética o los sometiera a la crítica como si el sufrimiento fuera un argumento y ella, ella también había sufrido; porqué el piadoso silencio para Arno Breker al que habían dejado trabajar sin cuestionarlo; la gloria para Richard Strauss al que ella misma había empleado en la misma película que ahora le atraía tanto odio y en ella el compositor se había vuelto inmortal con su himno olímpico, ¿porque había defendido a la judía que era su nuera?, ¿porque se había enfrentado a Goebbels y había prevalecido?, ella también había tenido sus desencuentros con Josef y ahora nadie quería creerle; a ellos los reivindicaban mientras ella seguía siendo permanentemente zaherida; a Fürtwangler lo habían glorificado por sus gestos de resistencia que, si bien eran ciertos, ella los veía pálidos frente a su trabajo con el que solía honrar a la jerarquía y él, su némesis tan grande y tan sutil, había esgrimido las mismas defensas que ella, que quería dignificar al Reich, que era una manera de resistencia, pero a ella no le habían creído; Fürtwangler era el venablo que se lanzaban Goebbels y Göring en su batalla por promocionar a Von Karajan, él sí nazi absoluto, público, orgulloso y reconocido Aufnahmegruppe der 1933er, nachgereichte, todos lo sabían y ella no lo olvidaba, era talentoso pero no tanto, Leni se partía de risa cuando recordaba la rabieta con la que Adolf le platicó el error monumental del joven director en Bayreuth cuando quiso hacer alarde y dirigir sin partitura “Los maestros cantores”, se perdió, los cantantes callaron y hasta el telón se rasgó entre los gritos del público, todo en presencia de Adolf en un concierto de gala que se ofrecía a los reyes de Yugoslavia a unos meses de que iniciara la guerra, Leni no olvidaba como ese niño mimado en Nueva York, había hecho enfurecer a su amo hasta hacerlo gritar que mientras el Reich existiera Von Karajan no volvería a dirigir en Bayreuth; era talentoso pero ella lo era más, había sufrido un poco al final de la guerra pero nada comparado con las palizas que ella se había llevado y había dirigido admirado y aplaudido, había muerto de viejo con su familia mientras que la genial Riefenstahl seguía arrastrando los estigmas de todos ellos y tenía que soportar estas humillaciones; ella, la enorme, debía seguir purgando la condena que ni los tribunales de desnazificación habían podido imponerle.

El libro nuestro de cada martes: Heil Hitler, el cerdo está muerto de Rudolph Herzog

Sin duda hay libros difíciles de aceptar, algunos a los que la temática o el tratamiento nos repelen en primera instancia pero que, vistos de cerca, reportan conocimiento y reflexión. Rudolph Herzog – a la sazón hijo de Werner Herzog – se atreve con un texto irreverente y complicado, una visión desde el humor en el III Reich. Al principio uno se aproxima con precaución y, en mi caso personalísimo, con cierto miedo; conforme se avanza en su lectura vamos cayendo en cuenta de la liberación que representó el humor en aquella época obscura y la manera en que la sociedad alemana dio salida a su angustia. También, desde luego, de la manera en que los perseguidos se abstraían de la desgracia a través de la risa y la burla. El propio Chaplin lo logró en su tiempo y nos dio una muestra de grandeza no sólo con su visión sino con la parodia de los encuadres de Riefenstahl.

Aquí algunos ejemplos:

“Hitler visita un manicomio. Los pacientes hacen sumisamente el ‘saludo alemán’. Pero de repente Hitler descubre a un hombre que no lo hace. ‘¿Por qué no saluda usted como los demás?’, le increpa. Y el hombre le contesta: ‘Mein Führer, es que yo soy el enfermero, ¡yo no estoy loco!’”.

Así, al reírnos de Hitler destruimos la mística demoníaca que lo rodea y aprendemos a lidiar con una parte de la historia de la humanidad que no es posible, ni conveniente, olvidar.

Vale la pena tener el valor y la apertura para leerlo, amplía nuestro conocimiento sobre la época y redimensiona la resistencia humana frente a las grandes catástrofes.

Algo más sobre el libro:

http://capitanswing.com/libros/heil-hitler-el-cerdo-esta-muerto/

 

Las utopías de la modernidad. Un breve elenco

Si durante la antigüedad las utopías pretendieron el retorno a la Edad Dorada y durante la Edad Media se aproximaron a la idea de la Nueva Jerusalén y a la reproducción terrenal del orden divino; las utopías renacentistas están más emparentadas con aquellas otras de la ilustración; ambas proponen un orden social completo, en las primeras a través de la reconstrucción del orden social sobre la exaltación de la bondad natural del hombre, las segundas buscarán no en la naturaleza sino en la razón la posibilidad de una sociedad mejor. Las utopías siguientes, las del maquinismo, el empirismo y el positivismo, emprenderán rutas basadas en el concierto social, la lucha de clases y el progreso tecnológico, esto es, una nueva generación de utopistas, rebeldes contra sus antecesores.

Entre las nuevas utopías se encuentran, El paraíso de las madres solteras, en The Empire of the Nairs, de James Lawrence; el Evangelio del Industrialismo de Claude Henri de Saint-Simon; Cómo correr en un campo de algodón en Una nueva visión de la sociedad de Robert Owen; Pasiones liberadas de Charles Fourier, Destino en Viajes en Phrenologasto de John Trotter; Lotófagos de Lord Tennyson; Paraíso de árboles plásticos en Un paraíso en la búsqueda del hombre de J. A. Etzler, Los placeres de la igualdad en Viaje a Icaria de Etienne Cabet; La cura por el agua en Sueño de Reforma de Henry J. Forrest; A un convento, en Cielo – Cielo de Gerard Manley Hopkins; la más brillante utopía del siglo XIX, Erewhon, de Samuel Butler, escrita en 1872 – desde luego, Erewhon no es sino el acrónimo de Nowhere, ninguna parte -; Dioses muertos, en El periodo fijo, de Anthony Trollope; Mujeres en el poder , en La revuelta del hombre de Walter Besant; Verde Inglaterra, en Luego de Londres de Richard Jefferies; la Frustración de Smith, capítulo de La edad de cristal de W. H. Hudson; la Nueva Amazonia de Elizabeth Bugoyne Corbett; la Columna del César de Ingatius Donnelly, la menopausia utópica en Mujer libre de Elizabeth Wolstenholme – la que podemos considerar la primera utopía con contenidos de género en la historia; Mañana de Ebenezer Howard; las Anticipaciones de H. G. Wells; Limanora de John Macmillan Brown; Nacimientos Virginales y en Herland de Charlotte Perkins, y Nosotros de Yevgeny Zamyatin.

Entre los autores que, como en cada época, destacan por su profundidad y por su influencia, durante la etapa de la larga paz previa a la Primera Guerra Mundial, destacan autores de contenido fuertemente utópico y social en su obra como Charles Dickens, en especial en libros como Household Words; el crítico John Ruskin, sobre todo por ensayos como Las cosas verdaderamente preciosas en Pintores Modernos, y el Socialismo para Estetas, de Oscar Wilde en El espíritu del hombre bajo el Socialismo, El libro de la Selva de Rudyard Kipling y Juventud de Joseph Conrad; sin embargo, en ésta época comienzan a presentarse personalidades cuyo perfil, eminente en lo político y en lo económico, nos hace referirlos a cuestiones más bien prácticas de la actividad social pero que exponen también ideas tendientes a los conceptos utópicos; así por ejemplo, el célebre Discurso de Gettysburg de Abraham Lincoln, o la Crítica del programa Gotha de Karl Marx.

El periodo de incubación del fascismo, los traumas generados por ambas guerras mundiales y la depresión económica y la bancarrota moral de las posguerras, determinaron un giro importante para las utopías; en lugar de desaparecer, se modificaron tanto en el sentido sombrío de la contrautopía, sino también en el desaforado discurso ideológico fascista y en la contradictoria esperanza del desilusionado existencialismo.

En esa época destacan textos como Viviendo una época en Samoa de Margaret Mead, Sitios Etruscos de D.H. Lawrence; Horizontes perdidos, donde aparece la célebre Shangri – La de James Hilton, la antiutopía La Noche de la Swastika de Katharine Burdekin, las versiones del Cristo redivivo como El hombre que no pecó de Newman Watts y Cristo de nuevo crucificado de Nikos Kazantzakis, la presencia de elementos psicológicos y de las escuelas conductistas como Walden dos de B.F Skinner, y las asociadas por diferencia Mein Kampf de Hitler y 1984 de George Orwell, que podemos considerar las máximas antiutopías.

Esta necesidad de reconstrucción humana luego de la violencia y la desolación posterior a las grandes guerras, hizo posible que se siguieran construyendo nuevas utopías; Tocando el piano, de Kurt Vonnegut, Un mundo feliz, Las puertas de la percepción e Isla, de Aldous Huxley; El libro de Daniel de E. L. Doctorow, Ciudades invisibles de Ítalo Calvino, Solución tres de Naomi Mitchison, La mujer al borde del tiempo de Marge Piercy; Una historia del mundo en 10 ½ capítulos de Julian Barnes; Justicia mediante la Lotería de Barbara Godwin, Lo que las mujeres quieren de Bernadette Vallely; Sociedades deseables de Jim Dator, Visiones de Michio Kaku, Edén notable de Lee M. Silver, Solaris, del polaco Stanislav Lem y los cuentos futuristas de Philip Dick.

El libro nuestro de cada martes: Patria, de Robert Harris

Uno de los géneros narrativos que más disfruto es la ucrania. Esta forma de contar la ficción parte de la premisa «que hubiera pasado si…» si… Colón no hubiera reunido el dinero suficiente para su viaje, si… el sur hubiera ganado la guerra de secesión – eso es algo que se le ocurrió a Borges en un poema -, si… Franco no hubiera decidido rebelarse o si… Porfirio Díaz se hubiera retirado en su penúltimo mandato.

La ucrania parte de la reconstrucción del pasado tomando al bifurcación que no sucedió y nos ayuda a entender, por efecto de constraste, el mundo que tenemos y el que podríamos haber tenido. Las guerras s0n, desde luego, uno de los manantiales más fecundos para crear ucranias, en torno a la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, Philip Dick tiene una maravillosa «El hombre en el Castillo», pero la que más me ha gustado es Patria de Robert Harris.

Patria es un thriller en el que un policía se va acercando a la verdad sobre el pasado de la Alemania Nazi que ha ocultado sus más infames momentos para hacerse políticamente presentable, en la medida que se acerca la visita del presidente de los Estados Unidos, Mr. Joseph Kennedy, la verdad va surgiendo y debe ser detenida. No hay guerra fría y 19664 parece un buen momento para la reconciliación.

Atrévase con este libro que en emociones no tiene límites.

En 1994, HBO dio a conocer una versión para la televisión, aquí el trailer:

Leni Riefenstahl

Leni Riefenstahl camina por Sevilla, espera las horas para recibir un homenaje en el festival de cine local, está cansada pero se conduce con prestancia, ha tenido un leve escenario de angustia al enfrentar su pasado. Al doblar la esquina de la Giralda había vuelto a ser ella misma; no todo había salido mal, es cierto que el periodo de descalificación había sido horrible, pero todos habían sufrido en esa guerra; aún así, a ella no la habían vencido, al cabo de los años había recuperado su dinero, su casa y sus películas, o casi todas ellas, se había aventurado por el mundo y su nombre se pronunciaba – al menos en algunos círculos – con soltura y hasta con admiración y ella, inteligente como sin duda lo era, había sabido llegar de nuevo a los entornos culturales que le interesaban. Jean Cocteau le había dado la clave, el francés no tuvo el poder suficiente para reivindicarla, además la posguerra era todavía demasiado joven y las heridas aún muy recientes; pero si algo  caracterizaba a Cocteau era su capacidad de transgredir, para ella que venía de un mundo de disciplina absoluta y de una regla de vida total, significó una ruptura muy honda y una oportunidad para reconstruirse, sin negarse a sí misma se dedicaría a las nuevas corrientes de la contracultura, así su nombre sería recordado como una transformadora invencible y no como una genialidad derrotada; después de todo, antes del nazismo había sido una rebelde incorregible, había actuado y hecho cae en icebergs y montañas, danzado descalza y, siendo mujer en una sociedad absolutamente patriarcal y masculina, se aproximó a Andy Warhol y fue bien recibida; lo mismo Bianca y Mike Jagger – que había dicho que Hitler era el primer rockstar de la historia, que a Leni no le había hecho ninguna gracia – la habían acogido, podría decirse, casi con afecto y nunca se refirieron a su pasado ni le hicieron preguntas incoómodas.

Se había cansado, la caminata había sido larga y la vuelta a España la tenía sumida en una especie de tensión espiritual que hacía mucho no vivía; aún así estaba ya de buen ánimo, detuvo un taxi y se dirigió al hotel; de inmediato anunció al chófer que no hablaba español para ahorrarse el simpático aunque imparable parloteo de los andaluces que le recordaba el ritmo sincopado como de misiva de los años veinte, aún así, fiel a su oficio y a lo que de él se esperaba, el taxista no paró de hablar, ello la adormeció y la fue sumiendo en sus reflexiones que la llevaban a recordar detalles de aquel tiempo glorioso cuyas memorias le habían querido estropear; había otras cosas que todavía la avergonzaban y aunque había tratado de olvidarlas se le aparecían en momentos como éste, los de la profunda soledad que le quedaba cuando alguien le reprochaba haberse regodeado en su arte mientras millones morían por los sueños megalomanías de sus amigos; le llenaba de vertenza su cercanía con Goebbels y por eso la negaba constantemente, le cubría de oprobio haber traicionado a Béla Balasz, aquel judío húngaro con quien había escrito “Luz Azul” y haberlo entregado en manos de Julius Streicher que, aún cuando ella sabía que era un fanático antisemita y un bárbaro ignorante, lo había nombrado su representante en el proceso de arianización de su productora para despojar a Balász, desde luego que esas cosas la abochornaban pero, si quería ser sincera, al menos consigo misma, debía reconocer que nunca la habían hecho sentir culpable; casi todas esas cosas las había escondido con pericia por décadas, pero el círculo se iba estrechando año con año, cada semana aparecía un nuevo memorioso que descubría un dato ignorado, una lista olvidado un diario extraviado; desde luego, no es que se refirieran siempre a ella pero resultaba habitual que cualquier reflexión sobre el arte y la cultura de la época condujeran, de un modo o de otro, hacia ella. Leni recordaba que Josef solía llevar un minucioso diario, lo sabía porque lo había escuchado muchas veces decirlo, en tono íntimo, en son de forma e, incluso, como una amenaza; no cesaba de preguntarse, más de cincuenta años después, que pasaría si algún día se publicaban los diarios del odiado y temido Ministro de la Propaganda, no como hasta entonces se había hecho, en piezas desperdigadas e inconexas, sino en su monumental conjunto; una noche en que Goebbels estaba un tanto achispado por el alcohol le confesó a Leni que sus diarios superaban las 75,000 páginas, hasta ese momento, en que la anciana se aproximaba al hotel, no ese habían dado a conocer ni quinientas, además, Josef – si lo sabría ella – era un obsesivo del orden y con certeza, en algún lugar del mundo alguien debía tener ese gigantesco documento en orden y listo para darse a las imprentas; a Frau Riefenstahl ese pensamiento le erizaba la piel.

Pagó en silencio el costo del viaje, cruzó la puerta del hotel levantando la mano en señal de saludo a la bonita chica de la recepción y sin mediar palabra ocupó una mesa bajo la sombra en la terraza que entonces estaba prácticamente vacía; pidió, cortes y lacónica, otro café más y una botella de agua mineral y nada para comer, en la soledad y tranquilidad de aquel lugar que le supo a refugio, Leni Riefenstahl recordó las muchas tardes departiendo con Goebbels, con la actriz Anny Ondra, con su esposo el boxeador Max Schmeling y con el príncipe Philipp von Hessen; la tarde de 1933 en que Josef y Leni tomaron un almuerzo campestre a solas para planear la realización del Triunfo de la Voluntad; a lo largo de los años se había empeñado en decir que sus constantes negativas a las pretensiones sexuales de Goebbels lo habían transformado en su peor enemigo, pero en su fuero íntimo, ahora que estaba sola tomando el café en una ciudad queadoraba, sabes que eso no era del todo cierto, que era verdad que Josef había tratado de propasarse en un par de ocasiones, después de todo, el mundo sabe que su matrimonio con Magda era una farsa que Hitler había ordenado y que la pareja había cumplido fielmente como cada una de las órdenes del dictador, pero también era cierto que nunca fueron enemigos y que jamás dejaron de tratarse con cordialidad y con afecto.

Algunas escenas habría preferido ser ella quien las revelara antes que algún malintencionado se adelantara, unas porque, de saberse en una versión diferente de la suya, le habrían causado daños mayores a su maltrecha imagen y otras, porque además, no dejaban de dar lustre y emoción a su vida que no dejaba de imaginar como una emocionante película. Se acordó, por ejemplo, del día que Guido von Parisch, agregado cultural de la embajada italiana en Alemania la había buscado en Davos par decirle que Mussolini quería conocerla y que la invitaba a reunirse con él en Roma; emprendió el camino de inmediato, en Munich avisó al ama de llaves de Hitler de la invitación; su vuelo a Roma salía al mediodía siguiente; Frau Winter le dijo que Hitler le pedía que lo visitara un par de horas antes de partir, por coincidencia el Führer se encontraba justo en Munich en ese momento, cuando las tropas italianas se habían acantonado en la frontera austriaca y habían tensado la situación del Tirol a extremos nunca vistos; toda esa serie de curiosas coincidencias la hacían un correo ideal; a la mañana siguiente, Adolf la recibió afectuosamente como siempre, tomaron el desayuno y platicaron de arquitectura romana, Leni pensó, como lo hacía siempre -, que la gente debía conocer la sensibilidad cultural de Hitler, pensó también que esa era la parte de su obra, dar una imagen culta y estética del nazismo; al final al Führer, le dijo a la cineasta:

  • El Duce es un hombre al que tengo en alta estima. Incluso, si un día llegase a ser mi enemigo, seguiría apreciándolo.

Ni más ni menos, con esa impresión, Leni estuvo a tiempo para tomar el avión y aterrizar unas horas después en el aeródromo de Ciampino, junto a la Via Appia Antica, la recibieron como a toda una celebridad, miembros del gobierno, dignatarios fascistas y hasta algunos invitados se había nadado cita para homenajearla; los uniformes negros la impresionaron y aún más que Van Parisch le dijera al oído: “hoy mismo verá usted al Duce”. Frau Riefenstahl se sentía maravillada interpretando el papel de contacto diplomático – y un poco espía – entre los dos hombres que más le subyugaban; al cabo de unas horas, las puertas del Palazzo Venezia se abrieron para ella; el Duce, al que recordaría años después en sus memorias, le impresionó: “Aun que no era especialmente alto, tenía un aspecto varonil y recio; todo él desprendía una gran energía…” Le sorprendió también la fluidez de su alemán, pero no le causó mayor asombro que se declarara admirador de sus películas, pero sí que recordara tantos detalles de sus apasionantes vistas de los Alpes y de Groenlandia, de la fascinación que había ejercido sobre él “El triunfo de la voluntad”; Mussolini le pidió que hiciera un documental para él sobre la desecación de las Lagunas Pontinas; ella tuvo un momentáneo ataque de nervios pero se sobrepuso en el acto y se negó pretextando que se había comprometido con Hitler para realizar el documental sobre las Olimpíadas de Berlín, aunque Mussolini no quiso disimular su decepción, pero como si quisiera disipar la tensión que la negativa había provocado le dijo a Leni como si le contara un secreto:

  • Dígale a su Führer que tengo fe en él y en su misión.

Haciendo gala de su capacidad histriónica, Riefenstahl se atrevió a preguntarle al Duce porqué se lo confiaba a ella; la respuesta del dictador la animó a seguir en su papel:

  • Porque los diplomáticos alemanes como italianos hacen todo lo posible por impedir un acercamiento entre el Führer y yo.

Alcanzado ese tono de confianza, la actriz se animó a dar un paso adelante:

  • ¿No tendrá usted problemas con Hitler a causa de Austria?
  • Puede decirle al Führer que, suceda lo que suceda con Austria, yo no me inmiscuiré en sus asuntos internos.

El Duce la despidió con cortesía y ella se tomo unos días para descansar de su papel. Cuando volvió a Berlín la hicieron llamar de la Cancillería, se sonrió cuando se vio a ella misma escribir en sus memorias: “por vía italiana debieron informar a Hitler de mi regreso”. De inmediato fue al encuentro con Hitler. Cuando se quedaron a solas, lo primero que hizo fue informarle de su negativa a realizar la película que Mussolini le había pedido; Adolf le preguntó si le había dicho algo más, ella contestó con las notas que había tomado justo a la salida de la reunión con el Duce; tomándolas con discresión, como si fuera una aplicada alumna de secundaria, le contó como el dictador italiano le había enviado el mensaje de su fe en la tarea del líder y el pueblo alemanes y de la impresión que tenía Mussolini de que sus sendos servicios diplomáticos trataban de evitar que los dos amos se acercaran; con Hitler, Leni mostraba un carácter dócil y amable, así que prefirió preceder el comentario sobre Austria con una disculpa por su imprudencia y le hizo saber que Mussolini habría consentido la invasión de Austria. Con honores, había cumplido su cometido.

Igual que un punto y aparte suele distinguir un capítulo de otro, el suspiro de Leni dio paso al auténtico recuerdo de aquella jornada memorable. Las cosas no habían sucedido precisamente como ella las había narrado en sus memorias, en realidad, Hitler le había pedido que actuara como mensajera de buena voluntad, tanto porque no quería dejarlo en manos de diplomáticos profesionales que se inmiscuyeran en sus decisiones personales o se procuraran beneficios propios, como porque quería presumir a una de las joyas del Reich.

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Como plasmar la idea natural.

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Polisemia Revista cultural

En cada edición proponemos una palabra para indagar sus posibles significados desde distintas áreas.

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