Las citas de los viernes: Diccionario filosófico de Voltaire, completo para libre descarga

Feliz día del libro!!!! Feliz San Jordi!!!! Para celebrarlo Cisterna de Sol ofrece, para libre descarga, el Diccionario Filosófico de Voltaire, completo, para libre descarga. Que ustedes lo disfruten:

El vals del minuto: calles de autor: Salvador Novo y otros olvidos

En una escapada rápida, un minuto sobre la memoria literaria de la Ciudad de México, nuestras pérdidas y nuestros olvidos

Los viernes de las citas: Ha vuelto, de Vermes, ed. Seix Barral

Comencemos el fin de semana con algo de humor, del más negro, del que vale la pena para hacernos pensar. Imaginemos que Hitler ha vuelto…

El espejo tenía un marco de color naranja. Para más seguridad llevaba escrito encima “Der Spiegel”, o sea, “El espejo”, como si no viera claramente lo que era. Estaba metido por abajo, en una tercera parte, entre varias revistas. Me miré en él.

Tiene cara de Adolf Hitler. – Exacto – dije.

No hablaban mucho, compraban tabaco, el periódico de la mañana; muy solicitado, en especial por la gente mayor, era sobre todo uno llamado Bild, yo supuse que era porque el editor empleaba de preferencia una letra enorme para que las personas con vista cansada pudieran informarse. Una idea excelente, tuve que admitir para mis adentros, en eso ni siquiera había pensado el diligente Goebbels: con esa medida habríamos provocado sin duda aún más entusiasmo en esos grupos de población.

No, humm, cómo le diría: el contacto ha quedado de alguna forma, hummmm…, interrumpido.
¿Le han prohibido el contacto?
Ni yo mismo sé explicármelo – dije -, pero seguramente es algo de esa índole.
Cielos, pues no da usted esa impresión – dijo con cierta reserva -. ¿Qué barbaridades ha hecho?
No lo sé – dije ateniéndome a la verdad -, no puedo recordar el periodo intermedio.
A mi no me parece una usted una persona violenta – dijo con aire pensativo

Pero oiga, le habrán entregado su uniforme para entonces, ¿no? – quizá esta misma tarde – la tranquilicé -, porque es una limpieza relámpago. A l oírlo, le entró un ataque de risa

En general, sin embargo, se notaba en seguida que ese Wizgür no sólo no tenía una cosmovisión comparable a la del nacionalsocialismo, sino que no tenía ninguna. Y sin una cosmovisión firme, en la moderna industria recreativa no hay, por supuesto, la menor perspectiva de éxito, y tampoco, a la larga, un derecho a la existencia. El resto lo regula la historia. O la cuota de pantalla.

Pienso a modo de ejemplo, en ese ministro liberal de origen asiático. Ese hombre interrumpió su especialización en medicina para meterse a politicastro, y entonces uno sólo puede preguntarse: ¿y para qué? Bueno, si en lugar de eso hubiera dicho que primero se dedica a terminar su especialización, para después ejercer la medicina durante diez o veinte años a razón de cincuenta, sesenta horas semanales, para más tarde, acrisolado y por la dura realidad, formarse poco a poco una opinión y, una vez afirmada ésta, hacer de ella una cosmovisión, a fin de poder empezar luego, con la conciencia tranquila, un trabajo político razonable, entonces la cosa, si venían a añadirse circunstancias favorables, seguramente habría sido aceptable. Pero ese muchachito pertenece a esa nueva y horrible remesa que piensa: primero nos metemos en política, y las ideas irán afirmándose por el camino de un modo u otro. Y así sale la cosa, en efecto.

Es siempre un procedimiento poco serio el de mostrar cosas aisladas de escasa importancia que dan pequeños toques desagradables a la empresa. Hay por ejemplo una gran autopista que transporta miles de millones de mercancías, relevantes para la economía nacional, y siempre se encuentra al borde del camino un lindo conejillo que tiembla de miedo. Se construye un canal que naturalmente se encuentra a algún que otro pequeño labrador que ha de retirarse y que derrama amargas lágrimas. Pero por eso yo no puedo dejar de lado el futuro del pueblo. Y cuando se ha comprendido que millones de judíos – sí, tantísimos había en aquel entonces -, que millones de judíos deben ser exterminados, entonces, como es natural, siempre hay alguno ante el que el alemán sencillo y compasivo piensa: oh, bueno, tan horrible no era ese judío, a ese o a aquel otro judío se los habría podido seguir aguantando unos años más. Para un periódico así es facilísimo apelar a la faceta sentimental de la gente. Es lo de siempre: todo el mundo está convencido de que hay que combatir a las ratas, pero cuando hay que poner manos a la obra se tiene gran compasión por la rata aislada. Bien entendido: se tiene sólo compasión, no el deseo de quedarse con la rata.

Me presentan a mi y se inspiran en los carteles de antaño. De ese modo llaman más la atención que con todos esos caracteres de imprenta de hoy, por muy sofisticados que sean, dice Sawatszki, y tiene razón. También ha propuesto una nueva divisa, que campea al pie de todos los carteles como elemento de unión. Evoca viejos méritos, viejas dudas, y tiene además un aire entre humorístico y conciliador con el que se puede ganar para el bando propio a los votantes de esos Piratas y de otros grupos jóvenes. El eslogan reza así: “no todo fue malo”. Con eso se puede trabajar.

El libro nuestro de cada martes: Sara de Sergio Ramírez, ed. Alfaguara

Una antiquísima historia bíblica contada ahora desde los ojos de una mujer; una escritura de madurez que renueva las letras de un escritor de primera línea, una reinterpretación de mitos ancestrales a través de la reflexión y el humor; en fin, una visión de un momento y un lugar del que creíamos que no había ya nada que decir.

Algo más sobre el libro: http://www.latinamericanliteraturetoday.org/es/2017/april/sara-de-sergio-ram%C3%ADrez

Sergio Ramírez habla sobre Sara
Algo más sobre Ramírez y Sara

El miércoles del presente: Diccionario de lugares comunes de Gustave Flaubert

Para divertirnos y romper la solemnidad de la cultura, esta obra genial y entrenida, uno de los diccionarios más interesantes que se hayan escrito, que ustedes lo disftuten:

Miércoles del presente: El hombre que fue Jueves de Chesterton, para libre descarga.

Para mantener el humor y la moral en alto, un libro que nos lleva a la reflexión y también a la sonrisa, que ustedes lo disfruten.

El hombre que fue jueves, pequeña obra maestra

Las citas de los viernes: La penúltima vez que fui hombre bala, de Etgar Keret. Ed. Sexto Piso

Para abrir el fin de semana, nada como estas diminutas joyas de una pequeña obra maestra de Etgar Keret, hermosa edición de Sexto Piso.

-Nunca me han lanzado desde un cañón-le dije, dándole otra calada al cigarro.
-Sí que lo han hecho -replicó Ijo–, cuando tu ex te dejó, cuando tu hijo te soltó que no quería volver a verte más eres un cero a la izquierda, y cuando se escapó el gordinflón de tu gato. Y además comprenderás que para ser hombre bala no tienes que ser ni ágil, ni rápido, ni fuerte, sino ser lo suficientemente desgraciado y estar solo.

Mi amigo Tod me pide que le escriba un cuento que le ayude llevarse a las chicas a la cama.

-Nadie te ha pedido que escribieras un cuento bueno -se enfada Tod-. Lo único que yo quería es que escribieras un cuento que me ayude. Que le ayude a tu amigo a enfrentarse a un problema real. Si te hubiera pedido que donaras sangre para salvarme la vida, ¿te habrías puesto, en vez de eso, a escribir un cuento muy bueno y a llorar mientras lo lees en mi entierro?

-Se me olvidó, por un momento, que escribes en serio, con símiles, con profundidad y todo eso. En mi mente todo era mucho más fácil, más agradable. Ninguna obra maestra. Un cuento mucho más ligero. Algo que empezara con algo así como «Mi amigo Tod me pide que le escriba un cuento que le ayude a llevarse a las chicas a la cama», y que terminara con cualquier broma posmoderna impactante. Ya sabes, sin sentido, pero no sólo sin sentido, sino algo irracionalmente sexi. Misterioso

La conversación es como un túnel que excavas con paciencia con una cucharilla en el suelo de la cárcel. Tiene un propósito: sacarte de donde te encuentres en ese momento. Y, cuando excavas un túnel, al otro lado siempre te espera un destino: la empatía que te lleva hasta el sexo, la intimidad masculina combina a la perfección con una botella de whisky, algo que inspire un poco de seguridad cuando venga el casero a cobrar la renta.

La que salió fue la madre y dijo que Jeannette no quiere volver a verme nuca más, aunque
tras una larga tos de fumadora añadió que «nunca más» no siempre queda tan lejos como suena, y que, si le doy el tiempo suficiente y guardo cierta distancia, seguro que se le pasa.

-Siento, siento… -carraspeó Zvi- que es una felicidad así, muy floja, como el resorte de los calzones después de demasiadas lavadas…

Y, cuando ya lo hubo vendido todo a unos precios desorbitados, se fue a su gigantesca y hermosísima casa para pensar qué hacer con todo el dinero que había ganado. Naturalmente, también habría podido pensar qué hacer con su vida, pregunta ésta no menos interesante, pero las personas con demasiado dinero suelen estar demasiado ocupadas como para encontrar tiempo para eso.

Y siempre que A tenía ese sueño se le despertaban los mismos sentimientos: una calma que se convierte en desasosiego, que se convierte en furia y que enseguida después se convierte en piedad.

Si hay una cosa en el mundo que siente peor que depender de alguien es depender de una persona que se encarga de recordarte a cada momento que dependes de su bondad.

El libro nuestro de cada martes: La penúltima vez que fui hombre bala, de Etgar Keret, Ed. Sexto Piso

Hace ya unos buenos meses que no me acercaba a la narrativa de Etgar Keret y la espera ha valido la pena; me reencuentro con la vida vuelta panza arriba, el muñeco mostrando las costuras. El humor de Keret no es inocente pero sus letras transitan entre la dulzura bíblica y la socarrona ironía de la inteligencia israelí. Algo que no se puede permitir que se pase por alto. Magnífica edición de Sexto Piso.

Algo más sobre el libro: https://www.google.com.mx/amp/s/www.revistaarcadia.com/libros/articulo/la-penultima-vez-que-fui-hombre-bala-un-cuento-de-etgar-keret/80092/%3foutputType=amp

Keret y sus maravillas

Pedro de Tavira lee a Keret:

El vals del minuto: Porqué amo leer?

Un minuto solamente, un minuto nada más para cantar este vals… cómo dice la enorme Nacha Guevara; un minuto para pensar en el enorme placer de la lectura y el

Lindo con que nos regala

Que ustedes lo disfruten:

Las citas del viernes: A propósito de nada de Woody Allen

Asomarse a la vida de los demás es siempre un acto temerario porque nos muestra lo mejor y lo peor de la naturaleza humana, narrarla es, por su parte, un acto heroico con pinceladas de infamia. Las memorias de Woody Allen no escapan a esta regla; escritas con su humor inefable, ácido y negro, exhiben a un genio en la búsqueda de su obra maestra, al individuo enfrentado a la realidad sobre la que, pese a todo se sobrepone. Me impresiona mirar su humildad frente al éxito y su tortuosidad en lo cotidiano y renueva mi fe en que el humor y los buenos modos siempre, de muchas maneras, nos ayudan a sobrevivir y prosperar. Aquí sus momentos estelares.

A propósito de nada de Woody Allen, Alianza editorial.

Permítanme expresarlo de esta manera: la teoría freudiana de Edipo según la cual inconscientemente todos los hombres queremos matar a nuestros padres y casarnos con nuestras madres choca contra una pared en lo que respecta a mi madre.

Yo siempre veía el ataúd medio lleno. De los mil y un quebrantos que heredó nuestra carne, yo conseguí evitarlos todos salvo el número seiscientos ochenta y dos: carezco del mecanismo de defensa de la negación. Mi madre decía que no podía entenderlo. Siempre aseguraba que yo fui un niño amable, dulce y alegre hasta los cinco años y que luego me convertí en un chavo avinagrado, desagradable, rencoroso y malo.

Me topé con la misma pregunta que sacaba de quicio al expríncipe de Dinamarca: ¿por qué hemos de soportar piedras y flechas cuando puedo mojarme la nariz, introducirla en el enchufe y no tener que volver a enfrentarme nunca más a la ansiedad, a la angustia o al pollo hervido de mi madre? Hamlet decidió no hacerlo porque temía lo que le ocurriría en el más allá después de la muerte, pero yo no creo en eso, de modo que, dada mi opinión totalmente deprimente sobre la condición humana y lo dolorosamente absurda que ésta es, ¿por qué seguir adelante? Finalmente no logré encontrar ninguna razón lógica para explicarlo y llegué a la conclusión de que, sencillamente, los seres humanos estamos programados para resistirnos a la muerte. La sangre es más fuerte que el cerebro. No hay ningún motivo lógico para aferrarse a la vida, pero, a quién le importa lo que dice el cerebro? El corazón dice: Has visto a Lola con su minifalda?

Por fin, se apagaban las luces, se abría el telón y la pantalla plateada se iluminaba con un logotipo que te hacía salivar el corazón, si se me permite mezclar las metáforas, con anticipación pavloviana.

Pronto construiría allí un edificio de apartamentos, en el mismo sitio donde tiempo atrás habían demolido el Rick’s Café.

Entonces la función doble ha terminado y abandono la magia Oscura y reconfortante de la sala de cine y vuelvo a emerger en la Coney Island Avenue, con el sol y el tráfico, y emprendo el regreso al triste apartamento de la Avenida K.

«Siempre está coqueteando con las chicas», le dijo una de esas zánganas estériles a mi madre. Sí, me gustaban las chicas. ¿Qué se supone que me tenía que gustar, las tablas de multiplicar?

Lo que no había comprendido era que Bechet, Armstrong, George Lewis, Johnny Dodds, Jelly Roll Morton y Jimmie Noone eran genios de la música. Tenían un estilo primitivo, pero, dentro de los parámetros del jazz de Nueva Orleans, poseían algo realmente mágico en su interior que manaba de cada nota que tocaban. Yo, que era un zopenco totalmente ingenuo, no comprendía que carecía de ese genio y que, a pesar de todo el entusiasmo y el amor que sentía por esa música, estaba destinado a no ser más que un músico insignificante y mediocre al que se escucharía y se toleraría gracias a su carrera cinematográfica, no por nada que tuviera algún mínimo valor para el jazz.

Pero a quién le importa lo que yo piense: todo es cuestión de gustos. A algunos esas esbeltas modelos de ropa interior pueden parecerles hermosas y sensuales y tal vez a mí no. Sólo que a mí sí me lo parecen y no hay nada que pueda hacer al respecto. Y luego dicen que es cuestión de gustos.

Y cuando hablo de perros también incluyo a los Yorkshire terriers. Ódienme si quieren, pero las mascotas no me gustan. Desde luego que no me agrada que me muerdan y detesto que me llenen de pelos, me laman o me ladren. Siempre pensé que, en la escala evolutiva, todos los animales son humanos fallidos. Tampoco me gusta que los canarios me canten ni que los peces me miren.

Les digo que tuve una buena infancia. No debería ser como soy.

Y, como yo estoy en las artes, envidio a las personas que se consuelan con la convicción de que el mundo que crearon perdurará, que se hablará mucho de él y que, de alguna manera, al igual que ocurre con los católicos y su fe en la vida después de la muerte, el «legado» que dejan como artistas los hará inmortales. La cuestión es que todas las personas que discuten sobre el legado del artista y que comentan lo genial que es su obra están vivas y pidiendo pastrami, mientras que el propio artista está metido en una urna o enterrado en Queens. Toda esa gente que desfila ante la tumba de Shakespeare recitando alabanzas le importa un reverendo comino al bardo, y llegará el día -un día muy lejano, pero va a llegar sin el menor asomo de duda- en que todas las obras de Shakespeare, a pesar de sus brillantes tramas y sus estirados pentámetros yámbicos, así como cada uno de los puntitos de Seurat, se esfumarán con cada átomo del universo. De hecho, el propio universo desaparecerá y no habrá ningún lugar donde puedas colgar el sombrero. Después de todo, no somos más que un accidente de la física. Y un accidente bastante torpe, por cierto. No el producto de un diseño inteligente, sino, en realidad, la obra de un vulgar metepatas.

Me contrataron y luego me dejaron a la deriva, igual que a los otros, pero, como los años de hostigamientos maternos me habían llenado de ambición, supe aprovechar sensatamente el tiempo y el dinero.

Como sea, Harlene y yo hacíamos de todo, así que un día levantamos la mirada y decidimos casarnos. Ēramos unos chavos; no nos quedaba otra cosa que hacer. Habíamos visto todas las películas y obras de teatro, habíamos ido a museos, habíamos jugado minigolf, nos habíamos tomado unos capuchinos en Orsini’s y habíamos pasado un día en Fire Island. ¿Qué quedaba? De modo que nos comprometimos.

Ellos, por sí mismos, no eran capaces de arrancarle una risita a un gordo maníaco drogado con gas de la risa.

Finalmente, me quedé. Compartí el baño y la cama. (Bruno Bettelheim cuenta que, en los campos de concentración, uno se habituaba rápido a unas condiciones espantosas que, sin la amenaza de tortura o muerte, habrían requerido largos años de adaptación con resultados dudosos. Por supuesto que Bettelheim no estaba pensando en compartir una cama con Milt Rosen.)

Era un autor judío de la misma manera en que lo era Mailer, es decir, ambos eran judíos pero eso jamás se traslucía en su obra.

Nos estrechamos la mano, sin firmar ningún papel, y seguimos juntos hasta que él se murió con cien años. Era una de las pocas personas, por no decir la única, entre las que yo conocí, que era un verdadero sabio. No sólo era listo olfato para el talento. La sabiduría es algo distinto, y por mucho que intenté enfrentarme a esa sabiduría con mis racionalizaciones, mis temores, mis prejuicios y mis ideas disparatadas, él siempre logró imponerse lo suficiente como para realizar una contribución gigantesca a mi carrera. Pero, al principio, me peleaba con él.

Cada noche, después de la función, nos íbamos con Jack al Stage Delicatessen para hablar de la actuación, y yo me enteraba de que algunas de mis referencias eran demasiado oscuras, demasiado para enterados, «demasiado agudas, tanto que sólo los perros pueden oírlas», decía Jack.

Gracias a ella, me he familiarizado un poco con Kant, Kierkegaard, Schopenhauer y Hegel, y si bien no podría afirmar realmente que ya podía distinguir mi «en sí» de mi «para sí», sí podía entender que «estar-en-un matrimonio malo» y «Estar-en-un matrimonio malo» no eran dos conceptos muy distintos entre sí, más allá de lo que Heidegger pudiera llegar a opinar.

Y en algún lugar del cielo, ese mismo personaje que había jugado sádicamente con Job se encontró con mi foto en el archivo y se frotó las manos con anticipatorio deleite.

¿Me proporcionó eso alguna clase de satisfacción? En mis labios empezó a dibujarse una sonrisita de superioridad como si yo fuera el profesor Moriarty, aunque segundos más tarde me encontré de golpe otra vez en el mundo real, donde esas pequeñas ironías no bastan para alterar la mezquina indiferencia de la naturaleza.

En aquellos tiempos había un sitio en Chicago que se llamaba Black Angus donde te servían unas costillas cuyo sabor le daba un sentido a la vida que no se podía encontrar ni en la religión, ni en el psicoanálisis o ni en el arte más sublime.

Hay una gran brecha entre fracasar en la letra impresa y fracasar en el escenario. Fracasar en la letra impresa es un asunto privado. Fracasar delante de una audiencia es algo embarazoso y el cómico experimenta la misma sensación desagradable que uno podría tener si lo crucifican.

Cientos de reseñas de todas partes, tan diferentes, tan opuestas entre sí. ¿Y con qué fin? ¿Así puedo leer que soy un genio o un idiota incompetente? Ya sé que soy incompetente y que no nací genio. La obsesión con uno mismo, esa traicionera pérdida de tiempo.

Pero ya llegaré a Manhattan. Primero, mi ingreso en el mundo del drama. Como no quería sacar partido de mis cualidades de payaso, decidí probar suerte con una tragedia, y si bien es posible que no haya logrado cumplir con los requisitos aristotélicos de compasión y temor, sí es cierto que conseguí que el público se compadeciera de mí y que los inversores aprendieran el significado del temor.

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En cada edición proponemos una palabra para indagar sus posibles significados desde distintas áreas.

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