El libro nuestro de cada martes: El dinero del diablo de Pedro Ángel Palou. Ed. Planeta

En presencia de una novela de misterio histórico donde se mezcla la ficción y los hechos, destaca la pluma de primer nivel, pulida y trabajada; no es la noveleta de sopresa y efecto, sino de la revelación de las verdades que parecen ocultas y que saltan sobre el lector para hacerle dudar de su entorno; el dinero, la fe, la exclusión y el razonamiento son las claves para la resolución de un antiguo misterio histórico. Palou vuelve a la carga para llevarnos un libro honesto, bien tramado y sobre todo, lleno de placer lector. No pierda de vista el rescate de la memoria del Padre Arrupe, un Jesuita del que poco se habla habiendo tanto que decir, o de Sor Pascualina que si no hubiera existido habría que inventarla.

Algo más sobre el libro: https://www.planetadelibros.com.mx/libro-el-dinero-del-diablo/153580

Palou habla sobre su novela

Feliz cumpleaños querido Ernesto Cardenal!

Cuando murió Ernesto Cardenal publiqué esto que ahora resucito, como él que nunca muere y cumplirá años siempre, porque queremos tanto a Ernesto

Siempre pensé que Ernesto no se iba a morir nunca. No es que creyera que sería inmortal, pero nunca concebí que pudiera morirse; así, anciano y en cama, sometido por el que antaño fuera su compañero, pero siempre contestarario, siempre fiel a sí mismo y a sus ideas; nunca lo pensé, pero Ernesto Cardenal se ha ido. Me duele mucho pensar que se ha muerto porque con él se se marcha también la ilusión de muchas generaciones, de las que en aquellos años de la guerra fría pensábamos que en serio podríamos construir un socialismo a nuestra medida, un socialismo al que podríamos llamar justicia, igualdad y libertad; algo muy distinto del populismo y de las medias afirmaciones, algo que se parecía a aquella misa guerrillera en plena selva nicaragüense. Cuando el Sandinismo eran aquellos jóvenes que bajaban de las montañas y se cubrían de una gloria casi infantil que se dibujaba en sus rostros asombrados.
No quería creerlo porque no era posible que se fuera Ernesto, el poeta trapense de Solentiname como lo llamaba Mejía Godoy en su canción “La tumba del guerrillero”, no podía creerlo porque hubo en Latinoamérica una generación que creía en ideales, que pensó que todo era posible y que al final del día, igual que la muerte de Ernesto, resultó que sí, el poeta era tan mortal como cualquiera y que aquellos dulces ideales habían sido eso, dulces como los que se dan a los niños para que sigan creyendo en la omnipotencia de sus padres cuando les dicen “todo va a estar bien” aunque sepan que no es cierto. Porque ya no habrá otra Managua como en aquellos alegres días de Ernesto Cardenal construyendo la patria y el hombre nuevo, igual que no habrá otro Santiago de Chile con las Alamedas de Salvador Allende y tampoco otra Habana de los barbudos con una paloma blanca posada en el discurso; porque todo eso es ya una playera del Che Guevara maquillado como Cepillín en un mercado de chucherías a cien pesos la pieza. Todo nostalgia, todo sensación de vacío.
Leí la noticia una y diez veces porque no podía ser cierto que aquel hombre, sacerdote que se murió siéndolo a pesar que el Papa Wojtila lo había sometido y castigado y él, conforme a sus votos y su convicción había permanecido disciplinado pero no silencioso; eso era en aquella Iglesia de la Teología de la Liberación que le tuvo miedo a su propia fuerza, que se aterrorizó de su propia potencia liberadora; en su poesía Cardenal se había pronunciado por el Evangelio de los pobres porque eso era y es lo que pedía nuestro continente, que no hubiera tanto pobre a la sombra de los muros de mansiones, esas sí unas cuantas que hoy como entonces siguen acumulando, de manera escandalosa, la enorme mayoría del ingreso; pero se fue, para siempre. Como padre que era lo fue de muchos, mío también en cierto sentido, al menos en el de la formación poética, en el de la comprensión de que del Río Bravo para el sur todo es Patria Grande aunque no nos guste, aunque no estemos acostumbrados y la política de la división siga entreteniéndonos tanto, anhelando a entrar en el club de los ricos para que, solos, no tengamos ya necesidad de mirar a este enorme continente de la Ñ. Pero Ernesto se fue y nosotros nos quedamos.
Claro que era imposible la muerte de Ernesto, si se murió debe haber sido de puro cansancio, de ver que no íbamos ya a ninguna parte, que nos quedamos como burro dando vuelta a la noria, rumiando nuestros problemas ancestrales y, viendo la ruina de los proyectos faraónicos, los niños y las mujeres siguieran siendo las principales víctimas de la violencia, muerto de tedio pero no de desesperanza, de saber que no se necesitan ni un Somoza o un Duvalier o un Trujillo para hacernos la vida imposible porque solitos podemos, no necesitamos ayuda para nuestras concepciones clasistas, racistas y pequeño burguesas; como si las dictaduras hubieran aprendido tan bien sus papeles que pueden interpretarlos de mil maneras distintas.
Como se iba a morir, sigo preguntándome, aquel hombre duro pero dulce y bueno, excelente poeta, al que la UNAM me regaló el privilegio de conocer, como se iba a ir alguien que era revolucionario pero sobre todo era cantor, aquel que cuando le pregunté en un foro de estudiantes su opinión sobre la poesía revolucionaria, me contestó que para ser revolucionaria primero debía ser, de verdad poesía. Él que arrancó las lágrimas de estudiantes que no la conocieron pero que sintieron el mismo estremecimiento que sentí yo, cuando treinta años antes leí por primera vez la Oración por Marilyn Monroe. Él que decía que la adoración de la belleza de las muchachas lo había llevado a la adoración de la belleza de Dios que se reflejaba en los campos y en las culturas de nuestros indios.
Es un lugar común, un cliché viejo y manido si se quiere, pero es real porque tengo razón y Ernesto no se muere, ni hoy ni nuca, no se muere porque ahí está en el cuento magnífico de Julio Cortázar “Apocalipsis en Solentiname”; no se muere porque no hoy y tal vez no mañana, pero siempre habrá quien quiera apostar por la igualdad y la solidaridad, que tomará la opción por los pobres de nuestro continente y no con palabras y discursos, sino con propiedad de sus tierras, con educación y solidaridad basada en la alegría de juntos seguir construyendo el continente.
Adiós compañero poeta, adiós viejo guerrillero. Adiós y paz a ti, que te sea concedida después de una larga vida luchando por darnos ese regalo,

Lo que hay en la cisterna: El Nican Mopohua

Las apariciones de la Virgen de Guadalupe constituyen una de las raíces más profundas de la mexicanidad; para tener presente este acto fundacional en un día como hoy, ofrecemos el texto bilingüe de la crónica original de las apariciones, el Nican Mopohua, en la versión de Valeriano.

Todas las familias mexicanas nos damos alguna vez una vuelta por la Villa de Guadalupe; algunas incluso, al menos una vez al año; hay en esa visita, una curiosa suma de elementos: se trata, para muchos, de un ritual religioso y para todos, de un viaje a lo más profundo de la mexicanidad, a esa de piel entera y no de discurso, sombrero enorme y grito en pecho.

El nacionalismo es un discurso más sentimental que racional; quién puede argumentar – como resulta la tesis natural del nacionalismo – que hay algo eterno e imperecedero que se llama espíritu nacional, que tiene un destino eterno y un carácter perpetuo y luego mirar a la calle y preguntarse qué clase de espíritu es ese que puede incluir a una mujer tzotzil que sufre todas las exclusiones que quisiéramos superar y a un empresario regiomontano con todos los privilegios que supone le corresponden. Como sentimiento, se trata de una carga de emociones que se experimentan cuando se está en presencia de imágenes, mitos o sonidos que invocan nuestra memoria, en la que se mezclan los recuerdos individuales y colectivos; que subliman el imaginario, con la suma de nuestras fantasías particulares y generales, y que, en el fondo, nos hacen sentir eso que se experimenta cuando se escucha el Cielito Lindo. El nacionalismo es puro sentimiento, por eso es seductor y hermoso y también por eso encierra sus peligros y sus violencias.

Harían ya sus buenos treinta años que no me daba una vuelta por la Villa y la experiencia fue bastante grata; desde el atrio mucha gente, pero como el comercio de toda clase se ha proscrito al interior, luce bastante limpio y ordenado. La Capilla del Pocito está en reparación y vaya que le urge una buena restauración a los frescos de la cúpula, las ermitas bien conservadas, lástima que la contaminación no dejara ver la espléndida vista de la ciudad que ofrece el Tepeyac en un buen día; las tradiciones modernizadas, mis hija adolescente dice que huele a palomitas de maíz, cuando lo que percibe es el aroma de las gorditas de masa; los fotógrafos ahora usan impresoras y uno puede hacerse la foto con el falso sombrero charro y el caballito de cartón piedra que el hijo se niega a usar y como siempre, el vasto mosaico de eso que somos los que nos decimos mexicanos y una muestra de eso que somos los que nos decimos latinoamericanos, todo en una mezcla de visita entre cultura y fe que flota en el aire a modo de reverencia y curiosidad. La puerta del Panteón de Guadalupe está cerrada, lo cual no deja de ser una pena para completar la visita.

Los danzantes, cautivos ya para mediodía de un frenesí dionisiaco, tamborilean y bailan danzas que los aztecas quién sabe si conocieron, pero qué importa, si hemos visto a un rubio casi vikingo ataviado como caballero águila danzando; los rostros transfigurados de los que piden y de los que agradecen; nadie es sólo espectador y todos estamos ahí por razones que sólo a cada uno atañen; somos los mexicanos en nuestro territorio íntimo, propio, de mestizaje y sincretismo, de contradicción y resolución; de mitos y verdades.

Para mí fue un retorno a la infancia, es decir, a la simpleza cuando lo mexicano era, entre otras cosas, la Guadalupana en las manos del Cura Hidalgo, esa misteriosa mixtura de guerra de liberación y maternidad religiosa, la mano de mi padre para que no me perdiera en la multitud, igual que yo sostenía el domingo la de mi hijo; fue un retorno pues a aquella parte potente del nacionalismo que nos hace creer en nuestras fuerzas y en nuestros orígenes. Después de todo, a lo largo de mi vida he conocido judíos y ateos guadalupanos, que experimentaban esa sensación nacional más allá de sus evidentes contradicciones.

Para su use y disfrute, el ejemplar bilingüe del Nican Mopohua

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79,000 veces Gracias! El tradicional obsequio de Cisterna de Sol

Una vez más superamos nuestras marcas, gracias a su compañía, lectura y diálogo, hemos superado las 79,000 visitas.

Reciban con nuestro agradecimiento una imagen original para su uso y disfrute. Se agradecerá citar la fuente.

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Día Mundial de la libertad de expresión: El Index Librorum Prohibitorum para su descarga

Hoy que conmemoramos el día mundial de la libertad de expresión, liberemos un poco de conciencia hablando de los libros que se han prohibido por cualquier razón, aquí, Cisterna de Sol ofrece una edición propia de la lista sobre las fuentes oficiales.

Que ustedes la disfruten.

 

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51,000 veces: Gracias

Como siempre, con esta tradición que juntos hemos construido, Cisterna de Sol quiere obsequiar a sus lectores y amigos con una imagen inédita de la autoría de César Benedicto Callejas. Siéntase en libertad de usarla y disfrutarla, se agradecerá citar la fuente.

Igual que cada paso y meta superadas, queremos pronunciar la palabra luminosa de la ofrenda 51,000 veces: ¡Gracias!

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José María Gallegos Rocafull o la Filosofía como Resurrección

El día en que José María Gallegos Rocafull perdió su cargo diplomático, asistió a misa a la capilla reservada al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede. Apenas terminaba de amanecer cuando salió a dar el paseo de cada mañana, bajó la escalinata de la Piazza de Spagna, tomó la mesa habitual en el Café Greco y pidió los periódicos de costumbre. No era que lo esperara, de hecho, las cosas en España no parecían presagiar nada bueno a últimas fechas, pero era un irredento creyente en la esperanza.

Lo decían todos los periódicos. La República española se había venido abajo; sin gobierno a quien representar, sin patria que defender lo único que le quedaba eran los resquicios de la esperanza. No lo imaginaba, pero jamás  podría volver a ver la costa gaditana donde nació en el año de 1899, o 1895, es un dato que nunca quiso aclarar.

Muchos años antes de aquel 1939 en que Roma le pareció más grande, no menos magnífica, pero también más solitaria; había sido un joven maravillado por la religión que había descubierto entre las ruinas de una tradición cada vez más ajada. Las beatas enlutadas que llenaban los templos apenas le decían nada, la jerarquía le parecía un inconveniente menor que había que tolerar porque después de todo, por muy místico que fuera, se trataba de un cuerpo con todas las limitaciones y también, ¿por qué no decirlo? con toda la belleza y posibilidades de su naturaleza. En el Seminario Diocesano de Cádiz, pasó como un magnífico estudiante, como un religioso mediano y como un estudiante disciplinado aunque de ideas peculiares.

La Iglesia en la que Gallegos Rocafull creía era la de la esperanza, la de la posibilidad de crear en la tierra el reino de Cristo. Sus compañeros lo recordarían como un orador encendido, recurrente en su tema favorito: la justicia. Se ordenó sacerdote, sirvió en algunas parroquias, pero su inquietud intelectual no le permitió estar fuera del ala académica de la Iglesia y así, en una sucesión rápida pero no vertiginosa, ocupó el cargo de canónigo lectoral de la catedral de Granada.

La estancia en Granada lo marcó, como lo marcaron las catedrales de Puebla y de México; de algún modo, le parecía irresistible la combinación entre espiritualidad y belleza, como si no pudiera el individuo entenderse con lo eterno sino a través de la experiencia estética. Ahí adquirió esa costumbre que no dejó hasta que el médico lo confinó a la cama en sus últimos meses de 1963. Al pasear por los jardines de la Alhambra, la mezcla perfecta entre las herencias españolas le parecía tan natural y tan indivisible como su carácter español. En el español contemporáneo no había manera de diferenciar al celta, al romano, al moro, al judío, al cristiano viejo, al gitano o al indiano. La noción de la catolicidad, de la universalidad, lo habituaron pronto a las ideas complejas, eliminaron sus prejuicios ancestrales y, como pudo constatarlo en México, no dejaron espacios en los que no pudiera caber el hombre como concepto y como realidad viviente.

Los vinos del Duero, las plazas de toros, particularmente la suerte de matar, la compañía de Picasso y de las bandas de gitanos bailaores y cantaores; placeres que no se negaba en los años de mocedad y que tampoco se negó en México, le formaron un carácter poco hábil para el llanto y muy resistente a la desgracia, a la postergación. Un espíritu que poco frecuentaba la pasión y que estaba construido para la resurrección.

Entre esta contradicción (resurrección y muerte) transitaba su pensamiento y su vida. Por un lado, la idea de dominar el mundo, de sacar de el todo cuanto pudiera como atributo del hombre desde la creación, a menudo pensaba en que Dios había dicho hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrando sobre la tierra… Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó…; amo de la creación, no podía negarse a los placeres y al descubrimiento del universo; pero por el otro lado, la Creación le parecía como algo interminado, como algo que corregir, a fin de cuentas, decía también Dios:

Y saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces. Y reposará sobre él el espíritu de Yahvé; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor de Yahvé… juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra: y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío… Morará el lobo con el cordero, y el tigre con el cabrito se acostará: el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos y un niño los pastoreará…

Ahí estaba el trabajo de resurrección en la tierra que se propuso.

Al terminar su doctorado en filosofía, cuando tuvo que elegir un tema para la tesis de grado, la opción le pareció natural: el orden social según la doctrina de Santo Tomás de Aquino. Todavía estaban lejos los días de la teología de la liberación, de hecho, muchas de sus ideas serían después doctrina de la Iglesia de Roma una vez terminado el Concilio Vaticano II, pero él ya no estaría para saberlo.

Su tesis doctoral, se distanciaba de los trabajos habituales que las universidades pontificias estaban habituadas a recibir. Si bien se mantenía dentro del rigor exigido, su discurso entraba y salía con comodidad de fuentes filosóficas antiguas y modernas; siguiendo el hilo de la argumentación no despreciaba la experiencia literaria y en conjunto representaba una exigencia de libertad y justicia, una especie de clamor, filosóficamente fundamentado, pero llamado a la justicia social de su tiempo y de su país.

Aunque dicha tesis pasó desapercibida en los anales académicos de la Iglesia española, tuvo un efecto interesante dentro del ambiente intelectual republicano. No era la primera vez que publicaba algo de ese tenor, su libro Una causa justa.Los obreros de los campos andaluces, había aparecido ya en 1929, apenas dos años antes de su texto doctrinal El misterio de Jesús. Ensayo de cristología bíblica, en ambos casos, por distintas rutas, su inconformidad con el estado de cosas en la España de la dictadura y de Alfonso XIII, lo colocaron como un miembro sui generis de la vanguardia republicana.

Así fue como llegó a Roma, el gobierno de la república lo llamó para representar sus intereses ante la Santa Sede. Cargo diplomático por demás complicado, le produjo tensiones en la jerarquía religiosa, sobre todo cuando la cuestión de los cultos y publicitación de algunos excesos cometidos durante la guerra civil, quisieron presentar el rostro de la revolución en España y la Guerra Civil, como una guerra sobre todo anti religiosa; más de algún malintencionado le decía Vivaldi en los pasillos de la Curia romana, después de todo, a los dos por distintos motivos les iba el mote de il cura rosso.

Ese día, desempleado, retiradas sus licencias para ejercer el ministerio sacerdotal, cortesía del Obispo de Cádiz, echó a caminar  con rumbo a la que fuera la oficina diplomática de la República, guardó los papeles que le parecían más importantes y se ocupó de lo que le resultaba más urgente: huir del fascismo que una vez muerta la República se le presentaba como la primer amenaza en contra suya y en contra de la civilización occidental.

En esos días, vuelve al estudio de los clásicos; años después recordará que su pensamiento volvía con insistencia a preguntas como: ¿de dónde sacó fuerzas Sócrates para desafiar e imponerse a los treinta tiranos de Atenas?, ¿quién hubiera podido obligar a Cano a que venerara a un Calígula?, la filosofía lo salva, igual que a Boecio. Recurre a ella del mismo modo que recurre a cierta parte de su fe religiosa que se retrotrae a la inocencia de la infancia, a los primeros días del conocimiento en que la fe es suficiente para el conocimiento. Porque emprender el conocimiento filosófico, para Gallegos, es entrar en las profundidades de la conciencia, donde no hay corrupción, donde no hay violencia, donde todo puede resolverse de acuerdo al orden universal y, en todo caso donde toda la consolación está presente, porque al pensar, al razonar, el hombre se encuentra con lo más característico, lo más íntimo y lo más profundo de sí mismo.

El principio estoico de ser dueño de sí mismo, se encuentra constante en su personalidad y en su obra; responde a Ortega y Gasset liberando al hombre de la circunstancia, no porque pretenda que las circunstancias no determinan cierta forma de actuar, sino porque desde su punto de vista, es el hombre el que ordena la circunstancia y le da sentido, es el hombre y no la circunstancia la que da coherencia a la vida y permite a cada hombre, mantenerse firme en la adversidad y en la prosperidad, dueño siempre de sus actos que va, en la medida que se domina a sí mismo, armonizando con sus propios propósitos y con su fin trascendente.

Ciertamente, hay un eterno volver a la idea de Dios, pero esa voluntad suprema, esa conciencia omnisciente, hacedora de todo, deja en libertad al individuo que sólo tiene para fortalecer el diálogo consigo mismo: intimidad y recogimiento como Gallegos le llama siguiendo a Loyola. Ahí reside y gobierna su único lazo con la voluntad creadora de la realidad cotidiana, su propio criterio, su propia razón y, en este punto, no deja de hermanarse con los primeros liberales españoles de los cuales es heredero: Gracián, Melchor Gaspar de Jovellanos y Jaime Balmes.

Esta concepción de la razón filosófica lo inspira y lo mueve, le permite resistir los tiempos obscuros de incertidumbre pero sobre todo, le permite actuar en el mundo. Para Gallegos Rocafull la razón es una semilla divina, participación de Dios en la vida individual y colectiva, y en última instancia, raíz de la libertad del hombre; precisamente eso, fundamento, raíz, semilla, pero no actuación determinante. El hombre es quien debe encontrar en la razón la fuerza suficiente para escapar a la necesidad; la vida de la filosofía, la vida del hombre pensante y creyente, es la vida de lo contingente, de lo que se alcanza por decisión y libertad. Sólo el mundo de la naturaleza resulta el mundo de lo necesario, de lo fatal, su signo es la muerte como en el mundo de la libertad humana su signo es la vida y la cultura.

La aceptación de la ley de la naturaleza, en tal sentido es el comienzo de la verdadera libertad: sólo se es libre cuando se puede comprender y aceptar las imposiciones de la naturaleza. No es menos el libre el hombre porque no pueda volar o determinar el tamaño de su estatura, ni siquiera cuando, sin deberlo ni temerlo se queda varado en Italia, sin un gobierno que lo ampare, sin recursos para el viaje de huida y sin puerto a donde llegar. Es libre cuando puede dar la espalda a la fuerza de la naturaleza, la deja correr y emprende la construcción de su futuro a través de sus propias fuerzas.

Después de semanas de espera, de llamadas telefónicas, de contactos afortunados y otros fallidos, algunos intelectuales mexicanos le ofrecieron asilo. Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas, que no lo conocían, recibieron varios llamados para rescatarlo y aunque llegando a México, lo hizo no como religioso sino como académico, en poco tiempo pudo volver a ambas actividades simultáneamente.

Al llegar a México, algunos religiosos que compartían su forma de ver la fe y la inteligencia le dieron un primer cobijo, literal si cabe decir, fue a vivir con la comunidad de la Compañía de Jesús en el Distrito Federal y se integró a las actividades del Centro Cultural Universidad Iberoamericana. Desde luego, ello no le devolvió las licencias de su ministerio, pero al menos, le proveyó de comida, techo, papel, tinta y una cátedra para volver a enseñar filosofía.

Sin embargo, siendo tanto no era mucho lo que los jesuitas le podían ofrecer. El Centro Cultural Universidad Iberoamericana, era apenas el embrión de una institución universitaria privada; limitada en recursos, en estudiantes y en perspectivas inmediatas. Si bien nunca dejó de lado su trabajo con la Compañía de Jesús y volvió a proporcionarles textos para publicar y recurrentemente dictó conferencias y cursos en sus aulas, lo cierto es que su espacio ideal lo encontró en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Produjo lo mejor de su pensamiento dentro del claustro académico de la Universidad. Tal vez por la riqueza de enfoques y de maneras de pensar que la Iberoamericana no alcanzaba a poseer o porque la dinámica de la autonomía y la libertad de cátedra se adecuaban más a su estilo; en cierto modo, su convivencia con marxistas, fenomenólogos, abogados, sociólogos y filósofos, le permitían más libertad para explorar su propio pensamiento. Así, cuando se integró a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad, compartía cátedra con Joaquín Xirau, José Gaos, Juan David García Bacca, Juan Roura Parella, Eugenio Ímaz, José Medina Echeverría, Luis Recaséns Siches y Eduardo Nicol, una gama intelectual tan amplia que no podía pasar desapercibida ni para estudiantes ni para colegas profesores.

Tal vez el rasgo distintivo más peculiar del exilio español consistió en la salida de las instituciones de la vida política y cultural de España, tanto como de los individuos. En meses, se había trasladado a México una cantidad considerable de personas dedicadas a los más variados aspectos de la vida peninsular: obreros y campesinos, religiosos y abogados, políticos y artistas, empresarios y nobles venidos a menos (hay que mirar el enternecedor recuerdo que de Joaquín Arderiúz escribió Ricardo Garibay), y con ellos sus instituciones. Gallegos Rocafull fue más bien, un solitario; contra su costumbre y a veces por mera solidaridad y necesidad de encuentro participó en dichas instituciones. Cuando la Segunda Guerra Mundial golpeó París, la Junta de Cultura Española que radicaba en la capital gala hacia 1939, se tuvo que trasladar a México. Al año siguiente, México ya era un núcleo importante del pensamiento y de la vida intelectual republicana en el exilio; al llegar la Junta a México, alentada y procurada por José Bergamín, que solía decir que como era un sujeto estaba obligado a ser subjetivo pues que si fuera un objeto, sólo entonces podría ser objetivo, José Carner, Juan Larrea y Eugenio Ímaz, creó como órgano de difusión “España Peregrina”, donde Gallegos Rocafull participó al lado de Pablo Picasso, Augusto Pi Sunyer, Luis Santullano, Joaquín Xirau, Rodolfo Halffter, Agustín Millares Carlo y Tomás Navarro Tomás entre otros.

Discutía con Max Aub frecuentemente aunque su pasión por la plástica los identificaba y su humor fino y a flor de piel los hermanaba; con el tiempo, se volvió un personaje urbano de la entonces todavía humana Ciudad de México. Cuando el episcopado mexicano no encontró razones para negarle el ministerio, lo autorizó para ejercerlo en la parroquia de la Coronación en la Colonia Condesa, ahí adoptó la costumbre de unas homilías muy peculiares, al igual que sucedía con sus artículos periodísticos, Gallegos tomaba una noticia de actualidad y la comentaba de acuerdo a la filosofía de la Doctrina Social Cristiana; el hecho era que mucha gente se movía desde sus residencias en toda la Ciudad de México para escuchar la conferencia de los domingos, aunque como decía Alfonso Reyes, tuvieran que escuchar al menos parte de la misa.

Es imposible saber qué tanto de las homilías de Gallegos Rocafull estaban movidas por su obligación pastoral y qué tanto de ellas pretendían llevar fuera de la cátedra sus lecciones universitarias; o a la inversa, qué tanto de la cátedra de Gallegos era en realidad un movimiento íntimo de evangelización y, casi pudiéramos decir, una pastoral universitaria. El hecho es que hay una identificación muy profunda entre la Universidad Nacional Autónoma de México y Gallegos Rocafull, en ambas, en la persona moral y en la persona física, hay una necesidad de crecimiento, de contrastar ideas, de llegar hasta las últimas consecuencias del razonamiento y una vocación irrevocable hacia la tolerancia.

El tiempo de Gallegos Rocafull en México fue el tiempo de su mejor producción intelectual; de cierto modo, Gallegos se encuentra consigo mismo en México, en su actividad docente, en su tarea de investigador, en su ministerio y en la plenitud de su fuerza creativa. Su obra, de hecho se va aproximando cada vez más a ese estado de tranquilidad interior que parece permear toda su vida. En la medida que los años pasan, Gallegos se inclina cada vez más por los temas que reúnen tanto su vena místico doctrinal como los elementos culturales, históricos y literarios. De esa última época son: El pensamiento mexicano en los siglos XVI y XVII, Estudios de historia de la filosofía en México, Breve summa de teología dogmática, El hombre y el mundo de los teólogos españoles de los siglos de oro, Crisis de Occidente y Ideas de Fausto para una filosofía de la Historia: Homenaje a Goethe y El Comunismo es esencialmente un materialismo dialéctico.

Gallegos Rocafull no alcanza la fama de otros maestros del exilio español como José Gaos, tal vez porque en el tiempo mexicano que le corresponde vivir su pensamiento tiende a identificarse con la prensa reaccionaria, lenta y desfasada de gran parte de los católicos de su era; esta es sólo una apariencia para quien no lo haya leído. Pero debe reconocerse en Gallegos la coherencia y el valor que le permite mantener en su personalidad, de manera complementaria y correspondiente, las tradiciones que lo animan y le dan unidad: el pensamiento social cristiano, su dominio de la patrística y de la escolástica, su contacto y diálogo con los existencialistas (tanto ateos como cristianos), su manejo de la fenomenología de Husserl, su filiación liberal y republicana. No hay fisuras en la personalidad de Gallegos Rocafull, no hay contradicción e incluso, si seguimos su línea de razonamiento, aún en las épocas más difíciles de la guerra y el exilio, tampoco hay sufrimiento que no alcance a ser mitigado por la esperanza.

Gallegos permite que el sentimiento de unidad de su personalidad fluya hacia su obra y hacia su concepción histórico filosófica; se interesa por el pensamiento colonial mexicano, por sus escritores, en particular Sor Juana Inés de la Cruz, por la obra de Fray Bartolomé de las Casas y el pensamiento político de Quiroga; en ellos ve la continuación del espíritu hispano y su fructificación en América, no hay fronteras y en él el océano no divide sino comunica.

En su relación con México, Gallegos Rocafull tendía a destacar la continuidad histórica, refiriéndose sobre todo, al aspecto filosófico y cultural, así como lingüístico y literario que podía situar por encima de las veleidades de la política y de la historia militar. En tal sentido, el aspecto que destacó de mejor manera fue la relación del pensamiento humanista mexicano, derivado de las leyes de Indias y cuyo origen encontraba en el pensamiento teológico de los españoles del siglo XVI que, además de establecer las grandes tesis de la Contrarreforma, fijaron los principios del derecho internacional y dieron nueva dimensión al ser humano dentro de la concepción jurídica de lo que posteriormente sería la organización estatal. Incluso, en su razonamiento, fiel al pensamiento escolástico, percibe una línea de continuidad en la cultura occidental, hay un hermanamiento entre las obras de Séneca, del cual fue estudioso y las de Theilard de Chardin, del que fue primer difusor en México.

Sin duda el principal libro de Gallegos Rocafull es El pensamiento Mexicano en los siglos XVI y XVII, publicado en 1951 en ocasión del IV centenario de la Fundación de la Real Universidad de México. Su reflexión se fundamenta en una acuciosa investigación de archivo que lo llevó a consultar muchos documentos de esa época, recatando, entre otros, diecinueve manuscritos de Diego Marín de Alcázar, que hacían referencia al pensamiento teológico mexicano, dando una nueva dimensión a los estudios coloniales. Su visión del encuentro entre América y Europa deja ver un momento dramático en el que los personajes son en realidad tres: el pensamiento importado, el medio en que se refracta y la desviación, matiz o tendencia que consiguientemente adquiere aquél, y en los que ya está el germen de su futura evolución. Gallegos Rocafull no ve triunfo ni derrota, sino una nueva realidad, no comprende la existencia de una continuación del pensamiento español en México, sino la generación de un nuevo miembro de la familia hispana; por así decirlo, Gallegos encuentra la posibilidad del pensamiento propiamente mexicano que se gesta a partir de la conquista y la colonia. Esta forma de entender la historia casa con la idea de la mexicanidad que persiguieron algunos mexicanos como Samuel Ramos, Alfonso Reyes, José Vasconcelos y Octavio Paz entre otros.

Dentro de la evolución de esa primera etapa del pensamiento mexicano, Gallegos descubre varios problemas que fueron resolviéndose en este período de gestación: por una parte el problema antropológico, referido a la controversia sobre la naturaleza de los naturales de América, controversia cuyas voces principales fueron la de Ginés de Sepúlveda y la de Bartolomé de las Casas, problema que se resuelve favorablemente en el sentido del reconocimiento de la naturaleza humana de los indígenas, tema que resulta de especial interés en su tiempo pues marca la diferencia con otros procesos de conquista y colonización como los que protagonizaron Inglaterra, Francia y Holanda, que no se formulan la pregunta o la resuelven en sentido negativo, justificando auténticos genocidios. Por otra parte, estudia el problema de la incorporación de los indios a la nueva cultura, en donde se confrontan Las Casas y Toribio de Benavente, los problemas jurídicos de la Conquista y la colonización en torno a la legitimidad de la soberanía española, donde ocupa un lugar preponderante Francisco de Vitoria y Francisco Suárez en referencia a la licitud de la guerra de conquista y el justo régimen de su gobierno.

En su cátedra de Filosofía del Derecho en la Facultad de Derecho de la UNAM, expuso muchas de las ideas de Theilard de Chardin, de hecho, fue el primero en América Latina en emprender su traducción y su difusión en ambientes universitarios. A través de libros como Un aspecto del orden cristiano: aprecio y distribución de las riquezas, La doctrina política del Padre Suárez  y La visión cristiana del mundo económico, expuso de diversas maneras la idea central de su desarrollo filosófico: la libertad no es un don que gratuitamente haya concedido la fortuna, o Dios, al hombre, sino el resultado de toda su actividad moral. De ahí que si bien se encuentra inscrita en la dignidad de cada individuo, sólo la experimenta aquel que ha penetrado su interior para descubrir en él un mundo donde la única ley es precisamente esa, la libertad.

Para la generación de escritores, abogados y politólogos que se formaba en México a mediados del siglo XX, Gallegos Rocafull fue una presencia que refrescó su percepción del pasado clásico hispano; una especie de reminiscencia de un tiempo histórico que no era suficientemente apreciado o que la vorágine revolucionaria había hecho pasar de moda. Entre los estudiantes, resucitó la vigencia de San Juan de la Cruz, de Góngora y de Quevedo; su lectura de los autos de fe, de los misterios y del teatro alegórico, inflamó la imaginación de mucho y ayudó a moderar los impulsos líricos de muchos adolescentes que luego, como Ricardo Garibay, se volverían excelentes escritores.

La tarea de Gallegos Rocafull es silenciosa. Su legado queda sobre todo en los educadores que formó. Entre quienes nos formamos con maestros que fueron a su vez alumnos suyos, la referencia a Gallegos estaba siempre dotada de cierta nostalgia por un hombre bueno, sin conflictos en su carácter de religioso y de filosofo, de español y de mexicano como alcanzó a concebirse. Con una pasión intensa por la libertad en la cual fundamentaba su sentido religioso.

José María Gallegos Rocafull da un nuevo sentido a la idea del transtierro, para el filósofo y el religioso no hay tal, porque se sitúa en la universalidad del pensamiento que es a fin de cuentas, su patria.

La forja de Barea o la literatura como acto de justicia.

Arturo Barea es un escritor nacido de la profundidad de la guerra en España, crecido en el pueblo, en una de las regiones menos afortunadas de España, Extremadura, cultiva la pluma con mediano éxito en compañía de Alfredo Cabanillas; algunos de sus biógrafos, como Luis Antonio de Villena, suponen que el poco impacto que tuvo en la prensa anterior a la guerra se debía a “el carácter independiente, anarquizante y, al parecer, algo hosco de Barea, no estaba hecho para aquella vida de café”.

Al igual que sucede con la obra de los escritores más hondos, Barea fue acumulando material literario en carne propia durante toda su vida; fue reclutado en 1920 y estuvo presente en el desastre de Annual, afiliado a la CGT, militó en la izquierda; estallada la guerra, Barea se integra a las tareas de la Oficina de Censura para la Prensa Extranjera, ubicada en el edificio de la Telefónica y cuyos bombardeos lo llevaron al límite de su capacidad física, moral e intelectual y lo convirtió en el autor de La forja de un rebelde, altura literaria a la que nunca pudo volver.

La forja no es un libro cualquiera, ni siquiera son unas memorias comunes; los tres volúmenes constituyen el testimonio, en una vida, de la transformación de España que la llevó, de un mundo semi medieval a la instauración de la República y su ingente esfuerzo de modernización.

España, como Barea, perciben un mundo en el que el cambio no es posible; se abre al siglo XX en idénticas circunstancias que cien años antes, como si la anulación de las aspiraciones fuera la regla de la sobrevivencia y como si España, condenada a la inmobilidad, tuviera que ver pasar los cambios y las transformaciones del otro lado de los Pirineos, manteniéndose fiel sólo a sí misma y manteniéndose en la voluntad de un rey, un hombre fuerte y un dios. Entre los primeros recuerdos de Barea está la presencia del entonces rey niño Alfonso XIII.

Todas las mañanas pasan por el puente del Rey los soldados de la escolta, a caballo, rodeando un coche abierto, donde va el príncipe y a veces la reina. Primero sale del túnel un caballerizo que avisa a los guardias del puente y éstos echan a la gente. Después pasa el coche con la escolta, cuando el puente ya está vacío. Como somos chicos y no podemos ser anarquistas, los guardias nos dejan en el puente cuando pasan. No nos asustan los soldados de la escolta a caballo, porque estamos hartos de ver sus pantalones.

Esa percepción de la desigualdad como noción natural, es parte de la concepción tomista tanto del derecho como del orden social; la comunidad humana, políticamente organizada, ocupa un espacio predeterminado por la naturaleza tanto del hombre, como de las leyes, las autoridades y las entidades sociales; cada hombre y cada actividad, cada institución, desempeña un papel en el cumplimiento del plan divino para la creación; visto de este modo, la predestinación de los sujetos, anclados en su estamento y su lugar social, permite tanto modelos políticos sumamente estables, como disfuncionales para aceptar el cambio y procesar los anhelos y las transformaciones sociales. Sin embargo, lo que fue normal, adecuado e incuestionable para la Edad media, no lo es para la España de principios del siglo XX; sin embargo, la simple ocupación de los espacios políticos, tanto por los militares como por la corona bajo la advocación de la Iglesia Católica, se había convertido en la España de aquellos tiempos en un tabú basado en la conformación cultural del pueblo y sus instituciones, es decir en una constante que no podría ser variada de ninguna manera salvo pervirtiéndose España a sí misma y renunciando a su verdadero carácter.

Este general que va con el príncipe debe de ser igual. Es el que le va a enseñar a hacer la guerra cuando sea rey, porque todos los reyes necesitan saber cómo hacer la guerra. El cura le enseña a hablar. Esto no lo entiendo, porque si es mudo, no sé cómo va a hablar; puede que hable por ser príncipe, porque de los mudos que yo conozco ninguno habla más que por señas y no será por falta de curas.

Este determinismo forzado, canónico, implicaría una reacción antieclesial en casi todos los actores tanto de la instauración republicana como de la resistencia al fascismo durante la revolución y la defensa de la República frente al golpe de Estado. La necesidad de una justicia laica, es decir, no determinada por la naturaleza de las cosas,  in abstracto, sino por la circunstancia de las mismas, es decir, in existencia, permea todo el desarrollo constitucional y jurídico de la República. Instituciones como la de Libre Enseñanza, la Junta de Ampliación de Estudios y aún la judicatura y las Cortes, responderían a esta situación; no es de extrañarse pues, que fuera la República la protagonista del más grande esfuerzo educativo del que España tenga memoria hasta nuestros días.

El modelo franquista, por su parte, trataría de volver a la creencia de la predestinación por la naturaleza cultural del pueblo y la sociedad; podríamos decir que los países latinoamericanos, en algunas regiones de su pasado y de su imaginario colectivo, comparten esta percepción mórbida del mundo y que, en todo caso, puede rastrearse su origen a la propia idea de la conformación del concepto de identidad en la evangelización española; después de todo, en el origen de la identidad mexicana reposa como advertencia y señal de compomiso las palabras de la aparición de Guadalupe: “porque yo en verdad soy vuestra madre compasiva, tuya y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno…”

El propio Barea representará en su vida la rebelión contra estos atavismos y tabúes:

Hasta ahora he creído en Dios, tal como me lo han enseñado todos. Los curas y la familia. Como un señor muy bueno que todo lo mira y todo lo resuelve bien. La virgen y los santos le van recordando y pidiendo cosas para los que rezan a ellos en sus necesidades. Pero ahora ya no puedo evitar el comparar todas las cosas que veo con esta idea de un Dios absolutamente justo, y me asusto de no encontrar su justicia por ninguna parte.

Otro de los factores determinantes para la conformación de la idea de la justicia republicana, fueron las dramáticas cuotas de corrupción que atenazaban al gobierno, el ejército y la Iglesia de la España en los últimos años de la dinastía borbónica. Ayunos de ciudadanía, al menos desde el ejercicio de los afrancesados en tiempos de la guerra contra Napoleón, los ciudadanos españoles comentan por lo bajo, se ensañan en los cafés y las tertulias, siguen a sus intelectuales y, sólo ocasionalmente dan a la prensa sus ideas; compañera de la corrupción es la represión que se deja ver por todas partes. Los desastres como Annual y la Guerra del Rif, fueron episodios que permitieron al mundo ver el grado de descomposición al que habían llegado las instituciones tanto de la corona como de la dictadura y sellaron, de alguna manera, su destino.

La pérdida de un glorioso pasado imperial hacía mella en la conciencia colectiva de los españoles pero, como sucedía en el tema de las convicciones religiosas o de la libertad de los sujetos, resultaba más escandaloso y doloroso, ver las condiciones en que los jóvenes españoles acudían a la guerra, la forma en que eran masacrados por los bárbaros del Magreb o bien, humillados por sus propios superiores. La respuesta republicana se descuella también por el lado de la justicia, pero ya no una justicia oculta o mistérica, sino práctica y que estaba representada en el derecho de igualdad y en la rendición de cuentas de las autoridades; a la izquierda y derecha del espectro político republicano, la justicia se presenta como una reivindicación social frente al poder y sólo para los alzados, constituye una rebelión de clase y un desafío a las estructuras tradicionales. Véase cómo operó la experiencia bélica en la vida de Barea:

Lo que yo vi del Estado Mayor del ejército español en aquella época, me mueve a hacerle justicia. He visto allí hombres que representaban la ciencia y la cultura militares, estudiosos y desinteresados, luchando constantemente contra la envidia de sus hermanos oficiales en otros cuerpos y contra el antagonismo de los generales, muchos de los cuales eran incapaces de leer un mapa militar y, siendo por tanto dependientes del Estado Mayor, odiaban o despreciaban a sus miembros. Los oficiales del Estado Mayor, en general, eran impotentes: cuando un general tenía «una idea», su único trabajo era tratar de encontrar la forma menos peligrosa de ponerla en práctica, ya que les era imposible rechazarla. Las ideas de los generales eran, casi sin excepción, basadas en lo que ellos se complacían en llamar «por cojones». Hacia el fin de marzo de 1921, los preparativos del Estado Mayor para las operaciones próximas estaban terminados. Volví a la compañía en Hámara. Tenía la orden de cesar el trabajo en la pista y unirme a una de las columnas, dejando en la posición un pelotón a las órdenes del alférez Mayorga y al señor Pepe con sus moros. Por primera vez iba a ir a la guerra.

Franco, por ejemplo, resulta ser el prototipo del militar africanista; despiadado y frío, calculador y mejor político que estratega, hombre de castas y también abusivo por método. Es conocida la leyenda de la baraka de Franco, aquella especie de suerte sobre natural que lo acompañaba y que le garantizaba no sufrir daño; pero es que en realidad la baraka de Franco no es sino la invocación a un orden superior de cosas, a una justicia divina, sobrehumana, que determina los honores y las posiciones dentro de la sociedad. En el tercer volumen de La forja, el más fuerte y al mismo tiempo el mejor escrito, dice Barea:

 -Lo que necesitamos aquí es democracia, democracia y tolerancia; sí, señor, democracia a caño libre -dijo el republicano-. Don Manuel Azaña- tiene razón. Don Manuel me dijo un día: «Estos pueblos españoles, estos burgos podridos, necesitan escuelas, amigo Martínez, escuelas y pan y la eliminación de los parásitos que viven en ellos».

La democracia, por el contrario, es la negación absoluta de la predestinación y del determinismo de pueblos, individuos y culturas; la democracia se construye y es, en el fondo, una forma de satisfacer la necesidad de justicia social. La justicia en la República, es una función de la vida democrática y un producto de esa libertad general y popular; ese sentimiento de libertad recuperada, de justicia alcanzada, tiene en la democracia su manifestación más esencial, por eso el pasmo ante una revuelta que no debiera tener, teóricamente ni siquiera un adherente, así de clara es la sensación de la necesidad de vivir en democracia; por otro lado, lo que Franco suponía un paseo por el campo, habida cuenta del apoyo tradicional que la población daba a los sucesivos golpes de estado, se convirtió en un infierno de tres años de duración en el que no todo el tiempo dispuso del control de la situación y en el que, hasta que no dispuso de todo el apoyo del fascismo italiano y del nazismo alemán, no pudo verse vencedor. Porque, de hecho, los golpistas carecían de algo que los republicanos habían conservado y que no sólo llevaron luego al exilio, sino que sirvió, como dice Fernando Serrano, como seña de identidad, una moral  colectiva en la que la legalidad y la justicia tenían un lugar privilegiado; así, por ejemplo la siguiente imagen de los bombardeos:

Había aún los hombres que encontrábamos cuando llevaba a Ilsa a la tabernita de Serafín en las tardes de calma: trabajadores quietos, fatalistas, gruñones e inalterables. Había gentes como la muchacha que se asomaba a la portería de piedra e invitaba a las gentes a refugiarse allí, porque su abuelito había hecho lo mismo hasta que una granada le había matado en la puerta del portal, y era su deber seguir en el puesto del caído. Yo quería gritar. Gritarles a ellos y al mundo entero sobre ellos. Si quería seguir luchando contra mis nervios y mi cabeza consciente sin descanso de mí y de los otros, tenía que hacer algo más en esta guerra que simplemente vigilar la censura de las noticias para unos periódicos que cada día eran más indiferentes.

Al final del día, un análisis cultural de la institución de la justicia en el derecho republicano español no puede concretarse a los textos de la propia era republicana, sino que debe entenderse en el seno de la realidad actual de la democracia española; los valores y aspiraciones que el derecho republicano detentó durante su corta vida, encontrarían un nuevo momento histórico con la restauración de la democracia que, aún siendo monárquica, perfeccionó el sentido de las instituciones de la ya casi olvidada década de 1930. Debe coincidirse que fue la Guerra de España la que rompió la inercia de inmovilidad que durante más del siglo atenazaron a la cultura peninsular y la fueron relegando en el concierto de las naciones europeas; es verdad también, una verdad ciertamente amarga, que en el ámbito de las repúblicas iberoamericanas nuestros periodos violentos suelen prohijar largos y profundos periodos de transformación de los cuales frecuentemente salimos fortalecidos. Civilización es que no tengamos que pasar por esas duras pruebas para crecer, consolidarnos y avanzar en el sentido de nuestras propias democracias. Leamoslo en términos de Barea:

Y esta guerra. Tú dices que es repugnante y sin sentido. Yo no. Es una guerra bárbara y terrible con infinitas víctimas inocentes. Pero tú no has vivido en las trincheras como yo. Esta guerra es una lección. Ha arrancado a España de su parálisis, ha sacado a las gentes de sus casas donde se estaban convirtiendo en momias. En nuestras trincheras, los analfabetos están aprendiendo a leer y hasta a hablar y están aprendiendo lo que significa hermandad entre hombres. Están viendo que existe un mundo y una vida mejores que deben conquistar y están aprendiendo también que no es con el fusil con lo que lo tienen que conquistar, sino con la voluntad. Matan fascistas, pero aprenden la lección de que no se ganan guerras matando, sino convenciendo. Podemos perder esta guerra, pero la habremos ganado. Ellos aprenderán también que pueden someternos, pero no convencernos. Aunque nos derroten, seremos los más fuertes, mucho más fuertes que nunca, porque se nos habrá despertado la voluntad.

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