El vals del minuto en Cisterna de Sol: Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco un legado perenne

Me acuerdo, no me acuerdo, ¿qué año era aquel? Ya había supermercados pero no televisión… Así comienza Las batallas en el desierto, un libro clave en la formación del imaginario colectivo de la Ciudad de México, de la literatura del final del siglo XX mexicano. Acompáñenos a un minuto de reflexión sobre este libro prodigioso

Las batallas en el desierto, un legado perenne

El libro nuestro de cada martes: La tienda de los sueños, antología de cuento fantástico mexicano de Alberto Chimal

Hace muchos años, incluso antes del fenómeno cinematográfico me hice fanático de Harry Potter; claro, el uso deriva en abuso y la literatura fantástica que abarca tantos universos, se redujo a magos astutos, vampiros descafeinados y líderes guapos de distopias siempre iguales; Alberto Chimal en su antología demuestra que esto es falso; lo fantástico narra aquello que no existe y que sabemos que no existirá jamás pero que, sin embargo nos parece coherente y nos asombra no su existencia sino al contrario, que no lo encontremos en el cotidiano. Algo más sobre el libro: https://www.laizquierdadiario.mx/La-tienda-de-los-suenos-todo-lo-que-podrias-y-lo-que-no-podrias-imaginar

Alberto Chimal presenta el libro

El libro nuestro de cada martes: Las batallas en el desierto de Jose Emilio Pacheco.

En su cumpleaños, uno de los libros que más me han gustado, que más a fondo han alcanzado a tocarme. Una diminuta joya de la narrativa contemporánea de México. Esta exploración de la conciencia colectiva, de la memoria y de la infancia, revisa cada uno de los puntos del alma humana.

Lo leí hace muchas décadas por primera vez y sin duda ha sido una presencia constante en mi memoria y en mi corazón, si algo se puede decir de este libro (y de toda la literatura de Pacheco) es que es profundamente entrañable.

Déjese llevar por su narrativa, vuele a su infancia, a esa ciudad que abandonamos y que perdimos y que, sin embargo, aquí persiste, casi heroica en sus memorias y su belleza.

La versión radiofónica que preparó Radio UNAM:

https://e-radio.edu.mx/Batallas-en-el-desierto

Algo más sobre el libro:

Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco

Las calles de la colonia Roma a través del libro:

 

El trailer de la película Mariana Mariana:

Del Paso, memoria que denuncia

En Hablando de, a unos días de su partida, Cisterna de Sol ofrece una reflexión sobre Fernando del Paso

En la semana hizo mucho frío como aviso de un invierno que se anuncia riguroso; el tictac del reloj de nuestro tiempo político y social se aceleró de nuevo, hay debate y no siempre de la mejor manera, el compás de la espera y de la expectativa hicieron resonar en nuestros oídos una palabra que no resulta agradable para nadie, salvo para quienes parecen promoverla: “polarización”. En ese ambiente fue que recibimos la noticia, casi en tiempo real, de que Fernando del Paso había muerto.

En la literatura nacional hay frases que no se olvidan, párrafos que no me atrevería a llamar memorables, que es apreciarlos en poco, sino fundacionales; por ejemplo, el arranque de la novela monumental “Noticias del Imperio”. La leí en 1994 y todavía, de pronto, me viene a la memoria la voz enloquecida de la Emperatriz Carlota, recitando sus títulos reales e imaginarios, ese larguísimo, enorme párrafo, donde da cuenta del mundo y de la historia que la llevó a terminar sus días bebiendo agua en las fuentes de Roma. Aquel libro, alegato por la República y sus virtudes, es también un memorial de sus avatares y penas, es una de las piedras sobre las que hemos construido la memoria de nuestra identidad; hay mucho de Juárez y la restauración en la manera en que nos asumimos dentro de la vida política y de cómo nos presentamos frente al mundo. Del Paso había atinado a denunciar las tentaciones de ese pequeño vicio, que no siempre es venal, al que llamamos “malinchismo”, nuestra frívola pasión por los oropeles y también, esa constante histórica que defiende la raíz, nuestra vocación por la libertad, nuestra capacidad de sufrimiento y también de rebeldía.

Del Paso aparecía con un doble rostro, sus grandes novelas “José Trigo”, “Palinuro de México” y “Noticias del Imperio”, no son fáciles ni ligeras, son auténticas batallas entre el escritor y la palabra y también entre el lector y el libro. Pero había también el otro Del Paso, el de los colores en la vestimenta, el de las bromas certeras y simpáticas, el de los libros de cocina y el omnipresente escritor que pasaba haciendo la cultura y recordándonos quiénes somos y cuál es nuestra vocación.

“José Trigo” es un libro que debe intentar leerse, su prosa dura de pelar esconde una reflexión sobre las condiciones que eran urgentes en 1950 y que lo siguen siendo para nuestra vergüenza; los campamentos de los ferrocarrileros son la metáfora de una sociedad que no alcanza a desarrollarse que tiene huecos y cuentas pendientes y cómo no, si en medio del debate sobre el nuevo aeropuerto, si queríamos uno de primer mundo o nos apañamos la realidad con lo que tenemos, los habitantes de la Ciudad de México estábamos batallando para llevar agua en baldes a nuestras casas. En eso me pone a pensar siempre Del Paso, en la revisión de nuestras prioridades, en el esfuerzo constante por mantener la identidad y elegir el destino que me parece, pasa por lograr una mayor igualdad en un marco de legalidad y de justicia y esa, creo, es la única raíz verdadera de la paz.

Del Paso hacía literatura de verdad, quiero decir, auténticamente literaria, de palabras y no de efectos visuales para competir con la televisión o el cine; cervantista hasta el último momento, comenzó su discurso de recepción del premio Cervantes con la descripción del día en que le fue anunciada la distinción, “la del alba sería…” inicia, como en el Quijote y esos guiños de palabras que denunciaban una cultura enorme, eran su forma de cercanía; aquel discurso no fue bien recibido, denunciaba la situación de violencia, deterioro y violación a los derechos humanos que padecemos en México; los puristas pusieron el grito en el cielo alegando que debía restringirse al punto literario pues por eso lo habían premiado, que no era el lugar ni el momento; pero, es que ¿cuándo es entonces el lugar y el momento?, en ese discurso, también, hizo profesión de su pasión por la lengua española, nuestra conexión con un mundo más grande, más allá de nuestros horizontes, una ruta, un universo, nunca una frontera.

Cuando se presentó “José Trigo”, en 1962, Carlos Fuentes ofreció “La muerte de Artemio Cruz” y un año después José Emilio Pacheco su primer poemario “Los elementos de la noche” y su primer libro de cuentos “El viento distante”. Todos ellos se han marchado y no es que vivamos en una suerte de orfandad cultural respecto de esa generación que termina de retirarse, pero me temo que no sé si hemos aprendido a debatir con su estatura, con las razones y con el peso del conocimiento y la sensibilidad o vamos a tratarnos a cacerolazos y memes; si no hemos aprendido de esas novelas y esos libros que nuestra necesidad pasa por reconstruir nuestro tejido social desde abajo, desde muy abajo, para aspirar a tener más en mejores condiciones para todos.

Adiós y gracias, Fernando del Paso. Yo me quedo con esta cita de “Palinuro”, “un día la besé en francés. Ella se limitó a bostezar en sueco. Yo la odié un poco en inglés y le hice un ademán obsceno en italiano. Ella fue al baño y dio un portazo en ruso. Cuando salió, yo le guiñé un ojo en chino y ella me sacó la lengua en sánscrito. Acabamos haciendo el amor en esperanto…”, así quisiera que nos apoderáramos del mundo, desde nuestra mexicanidad, pacífica pero no conservadora, serena pero no pasiva, culta pero no excluyente, como las letras de Fernando del Paso.

César Benedicto Callejas.

Escritor. Investigador SNI

@cesarbc70

La memoria de la destrucción

Gertude Stein, en su Libro de cocina de Alice Toklas, recuerda cómo, al volver a su departamento de París, en el otoño de 1939, con la finalidad de encontrar sus pasaportes, localizaron el pedigree de su caniche Basket, recordaba al respecto: “lo guardé en el bolso. Posteriormente las autoridades asignaron una ración de alimento a los perros con pedigree y Basket no estuvo mal nutrido en los años de escasez”  y a decir de Janet Malcolm, en su Dos vidas, sobre ambas intelectuales judías, las teorías raciales nazis se extendían también a las mascotas.

En los últimos años, la historiografía sobre el nazismo ha cambiado paulatinamente; cada vez son más escasos los textos reveladores o de divulgación que dan a conocer las atrocidades del nazismo; aparecidos apenas un poco después de los hechos, los memoriales de los sobrevivientes, de sus familias y de los analistas de primera mano, constituyeron las primeras voces testimoniales sobre lo ocurrido; el punto nodal de aquellos primeros testimonios – vertidos como diarios, memoriales y novelas autorreferenciales – se centra, como dice Michael Hofmann, en el dilema fundamental entre la necesidad expresiva y la incapacidad de la víctima para comprender lo que le estaba sucediendo, este rompimiento del silencio, opera como una escisión de la personalidad en la que la víctima ha de verse desde fuera como objeto de odio y destrucción que, sin embargo, ha sobrevivido; La noche, de Elie Wiesel, publicada en 1955, parte del pasmo y de la inmensidad como presupuesto de lo inenarrable, es decir, de la ruptura con la realidad para la que no se tenía experiencia ni referente previo; Hofmann, rescata el siguiente párrafo de Wiesel:

 

Un día pude levantarme, después de reunir todas mis fuerzas. Quise verme en el espejo que estaba colgado en la pared de enfrente. Desde el gueto no había visto mi cara. En el fondo del espejo, un cadáver me contemplaba. Su mirada en mis ojos no me abandona jamás.

 

En esta primera órbita de la denuncia, la divulgación y la autorreferencia, se encuentran también el “Diario”, de Anne Frank, de 1947 y “Si esto es un hombre”, de Primo Levi, escrito en 1946 aunque publicado hasta 1956. Entre las décadas de 1950 y 1960, incluso en los primeros años de la de 1970, se presentaron los análisis filosóficos e históricos sobre el nazismo y la Shoah, desligándose de su carácter testimonial exploraron su significado; a partir de la década de 1970 y hasta el final del siglo XX, conviven los análisis históricos que ganan en profundidad y expansión con diversas formas de literatura de narrativa de mayo o menor calado; a esta etapa corresponden las novelas “Nacht”, de 1964, y “El Nazi y el Peluquero”, publicada en 1971, de Edgar Hilsenrath; entre la primera narrativa y esta segunda generación, ocurre una traslación que trata de aproximarse al fenómeno de la Shoah y para el que el sujeto es parte del accidente cósmico constituido por Auschwitz, tratándose más bien, de un encuentro con el universo que destituye los valores de occidente para suponer el final de la modernidad, de la civilización y de los valores tradicionalmente aceptados; dice Max Schulz, personaje de Hilsenrath en “El nazi y el peluquero”:

 

Eso es lo que quieren. Mis muertos. Mis víctimas. ¡Su vida! No quieren que yo muera ahorcado. O apaleado. O fusilado. Ni siquiera diez mil veces. Sólo quieren su vida de nuevo. Nada más. Y no puedo dárselo. Wolfgang. Eso, Wolfgang, nunca podré devolvérselo yo, Max Schulz. Ni siquiera puedo borrar su angustia. No se puede, Wolfgang. No existe pena en el mundo capaz de aplacar a mis víctimas.

 

Sin embargo, ya desde la última década del siglo pasado y hasta la fecha, estudios como los de David Bankier o Imre Kertesz, viran el enfoque de los análisis para observar el fenómeno nazi como un hecho cultural, como un código de valores y como una creencia, renuevan la visión de la relación víctima victimario y replantean los sufrimientos de la sobrevivencia como un hecho de trascendencia universal y no sólo como una experiencia judía. Kertész publicó “Sin destino”, en 1975; en 1990, “Kaddish por el hijo no nacido” y, en 1992, su texto sobre Améry “El Holocausto como cultura”, y entre otros, en 1998, “Un instante de silencio en el paredón”. En efecto, la literatura de Kertész va transitando de la autorreferencia al encuentro con el otro y con lo sucedido incomprensible y sin embargo existente; Hofmann, lo explica de este modo:

 

“Resulta claro, a través de la ruptura que se da en la figura del yo-narrador; que la novela de Kertész no pretende trazar una reconstrucción psicológica y verosímil sobre las vivencias de un prisionero de un campo de concentración, sino que se trata más bien de una reflexión literaria en torno a la cuestión de cómo sería posible representar el resquebrajamiento de los acostumbrados modelos de percepción y de los patrones universales explicativos de la realidad”.

 

Esta ruptura denuncia la proyección de una enorme sombra, no ya sobre Alemania, sino sobre Occidente, no sólo sobre los nazis en lo particular, como sujetos, sino como partes de una enorme maquinaria extralógica que irrumpen en el seno de nuestra cultura y no como accidente, sino como el nefando fruto de nuestras propias ficciones, de las sociales, las culturales y, desde luego, las jurídicas. Auschwitz, como símbolo, no proyecta su vergüenza sobre un lugar y una época determinada, sino anuncia el final de un largo periodo cultural anunciando la orfandad natural de nuestro tiempo; en su “Ensayo de Hamburgo”, publicado dentro de “Un instante de silencio en el paredón”, Kertész, enuncia esa negación de lo comprensible y de lo que no puede ser comprendido ni pronunciado:

 

La confusión de papeles propia de la supervivencia – omito ahora de forma deliberada el holocausto, la conmoción ineludible de este siglo – o, para expresarlo de manera más precisa, de la supervivencia cotidiana proviene en gran medida del hecho de que el superviviente sí debió comprender en el período dado todo aquello que luego califica de incomprensible, porque este era precisamente el precio de la supervivencia. Aunque todo era ilógico, los minutos y los días exigían su propia lógica despiadada y exacta: el superviviente tenía que saber sobrevivir, o sea, debía comprender aquello a lo que sobrevivía. Porque esta es la gran magia o, si se quiere, la magia demoníaca: la historia total de nuestro siglo XX exige de nosotros la existencia entera, pero cuando se la entregamos del todo, nos deja simplemente abandonados porque prosigue de otra forma, con una lógica radicalmente distinta. Y entonces resulta incomprensible que entendiéramos lo anterior o, dicho de otra manera, no es la historia la incomprensible, sino que no nos entendemos a nosotros mismos.

 

En el panorama de la literatura sobre la Shoah en esa época y en general, la presencia de Jean Améry aparece por su potencia sin concesiones; su obra, producto de una larguísima incubación, presenta el ensayo literario como forma de expresión, en el sentido de la universalidad de la manifestación – distinta del campo metodológicamente más limitado de la filosofía como sucede con Lyotard o con Adorno, o del reportaje de fondo, como pasa con Hannah Arendt -, para presentarse, al mismo tiempo como un testimonio personal y como una reflexión generalizadora; así, en “Más allá de la culpa y la expiación”, de 1966; Améry reconoce que se había lanzado a la reflexión sobre Auschwitz tratando de mantener “una actitud prudente y distanciada, y enfrentarme al lector con caballerosa objetividad”; desde luego su descubrimiento es que tal distancia objetiva es absolutamente imposible después de haber conocido el Lager; por el contrario, concede el Améry, que “el resultado fue una confesión personal, interrumpida por meditaciones”. Para Améry, la Shoah no es de ningún modo un objeto que pueda ser abstraído, por el contrario, es siempre una experiencia personal que destruye para siempre los márgenes de la racionalidad y de la reflexión filosófica; más aún, se trata de un hecho indeleble que sólo le ocurre a sujetos en el mundo – desde luego a él en lo particular – y que, en tal sentido puede ocurrirle a todo ser humano y, en efecto, le ha sucedido a toda la humanidad. La experiencia del Améry no es transmisible sino a través de su propia reflexión, pero no como autobiografía ni como testimonio, sino como procesamiento de su lugar en el mundo como austríaco, como judío y sobre todo, como ser humano sin adjetivos; la experiencia de Améry, es al mismo tiempo, carnal e intelectual y se sitúa a nivel de la expresión de la corporeidad amenazada y destruida. Así, en el contexto de la reflexión sobre la destrucción de judíos, gitanos y demás, a manos de los nazis, los textos de Jean Améry, aparecen como una reflexión sobre la amenaza a lo humano y, por lo tanto, sin posibilidad alguna de redención o reconciliación y, sobre todo, bajo la pérdida definitiva de confianza en el mundo:

 

Pero el supuesto más importante de esta confianza (…) es la certeza de que los otros, sobre la base de contratos sociales, escritos o no, cuidarán de mí, o mejor dicho, respetarán mi ser físico y, por lo tanto, también metafísico. Las fronteras de mi cuerpo son las fronteras de mi yo. La epidermis me protege del mundo externo: si he de conservar la confianza, sólo puedo sentir sobre la piel aquello que quiero sentir. (…) Quien ha sufrido la tortura, ya no puede sentir el mundo como su hogar. La ignominia de la destrucción no se puede cancelar. La confianza en el mundo que ya en parte se tambalea con el primer golpe, pero que con la tortura finalmente se desmorona en su totalidad, ya no volverá a restablecerse. En el torturado se acumula el terror de haber experimentado al prójimo como enemigo: sobre esta base nadie puede otear un mundo donde reine el principio de la esperanza.

 

La aparición de cada vez más textos negacionistas o de los testimonios de la colaboración judía y no judía con la destrucción de las comunidades europeas, suponen la necesidad de sujetar a un análisis continuo a la cultura nazi, como un conjunto de creencias, casi religiosas y utópicas que no han dejado de ser seductoras y que tienen a perpetuarse como una explicación más o menos atractiva y poco exigente para las crisis culturales y económicas de nuestro tiempo; este espíritu recibió su primer aliento con uno de los trabajos más trascendentes sobre el fenómeno nazi; Eichmann en Jerusalén, un estudio sobre la banalidad del mal, de Hannah Arendt, publicado en 1963. Arendt cubrió el juicio entablado contra Adolf Eichmann en Jerusalén sirviendo como corresponsal del New York Times; sus crónicas se publicaron durante 1962 y aparecieron como un volumen completo un año después; el texto constituye uno de los primeros análisis que exponen a la Shoah y a sus perpetradores como entidades de carácter universal y no sólo relativas al pueblo judío; en el fondo, el análisis de Arendt, busca examinar la manera en que el nazismo y particularmente su principio racial genocida, minan la relación ética de la conducta humana con la realidad y, con ello, cuestiona los fundamentos de la civilización y particularmente sus instituciones relativas a la conducta y a la convivencia social. En su parte de análisis sobre el alegato de Eichmann, Arendt decía:

 

Presumieron que el acusado, como toda “persona normal”, tuvo que tener conciencia de la naturaleza criminal de sus actos, y Eichmann era normal, en tanto en cuanto “no constituía una excepción en el régimen nazi”. Sin embargo, en las circunstancias imperantes en el Tercer Reich, tan sólo los seres “excepcionales” podían reaccionar “normalmente”. Esta simplísima verdad planteó a los jueces un dilema que no podían resolver, ni tampoco soslayar.

 

El libro de Arendt generó una basta progenie de análisis que incidieron en la reflexión sobre la Shoah y el nazismo ampliando los enfoques y profundizando en la fenomenología de los hechos, en su carácter ético, moral, jurídico y político y, sobre todo en el cultural; de ahí que en las últimas dos décadas del siglo XX y en las primeras del XXI, los textos sobre ambos hechos se multiplican no sólo en cantidad, sino en variedad de lenguajes y de puntos de vista; en la narrativa y la ficción, aparecen libros como el escrito por Robert Harris, la ucronía Patria y, Philip Dick, en el mismo género literario, con su novela El hombre en el castillo, Las benévolas, de Jonathan Littell, El castillo en el bosque, de Norman Mailer; Mefisto, de Klaus Mann; La trilogía de la ocupación, de Patrick Modiano;  o bien sobre el exterminio aplicado a otros grupos humanos o políticos, como El convoy de los 927, de Montse Armengou; Une mission impossible? Le CICR, les deportations et les camps de concentration nazis, de Jean-Claude Favez; incluso, se hacen más abundantes los trabajos que enfocan los hechos desde dentro de la génesis propiamente alemana, como Letters to Hitler, de Henrik Eberle; Hammerstein o el tesón, de Hans Magnus Enzesberger; HItler’s willing executioners: ordinary germans and the Holocaust, de Daniel Jonah Goldhagen; Escribir después de Auschwitz, de Günter Grass; Hitler, the germans and the Final Solution, de Ian Kershaw; The nazi conscience, de Claudia Koonz; Berlin at war, de Roger Moorhouse; Soldaten, de Sönke Neitzel y Harald Welzer; Mein Kampf, historia de un libro, de Antoine Vitkine; por otra parte, en años recientes la universalización de los estudios sobre la Shoah y el nazismo han traído consigo que diversas literaturas aborden el tema en lenguas y geografías que tradicionalmente no se habían dedicado al tema fuera de los ámbitos estrictamente judíos, por ejemplo, en México, Obscuro bosque obscuro, de Jorge Volpi, caso poco común en la literatura mexicana que comulga en tema con Morirás lejos, de José Emilio Pacheco y, por otra parte, El comprador de aniversarios, del español Adolfo García Ortega, cuyo personaje central es un español que se encuentra en un proceso de recordación y revivificación del Holocausto a través de la figura de Hurbinek, el niño que Primo Levi recuerda de su estancia en Auschwitz; el tema de la recordación y la responsabilidad parecen ser centrales en las nuevas generaciones de narradores sobre la Shoah:

 

A medida que Erika Fisherkant fue descubriendo informes, tanto de los propios nazis como de los investigadores soviéticos – y se llegó a hacer con un impresionante acopio de testimonios -, fue adoptando un inequívoco compromiso por mantener viva la memoria de todos los niños muertos tan brutal y arbitrariamente.

¿Arbitrariamente? – me corregía ella -. Nada de arbitrariedad. No había tanta arbitrariedad como pudiera deducirse de la versión oficial, esa que promulga que fueron un puñado de nazis asesinos los culpables de todo y que el resto actuaba cumpliendo órdenes, como si todos los demás millones de alemanes que acataron las leyes antijudías y supieron en maor o menor grado la decisión final de exterminio de todo el pueblo judío, fuesen un ejercito civil que cumpliese órdenes impuestas por el Partido Nazi. ¿Órdenes? ¿Bajo qué amenaza? ¿Acaso cada ciudadano alemán, hombre, mujer o niño, estaba obligado a matar un par de judíos a cambio de ganarse el derecho de ser precisamente un buen alemán? No estaban obligados pero sé que una inmensa mayoría lo hizo, en cierto modo, con su omisión. Soy alemana y siempre he recelado de esa versión exculpatoria. Como muchos más, claro, no soy ni seré la única. Mi padre murió en Stalingrado y en sus cartas finales, entre cortes de censura y tachaduras, decía entrelíneas que todos estábamos locos y que la historia nos juzgaría sin piedad por lo que estábamos haciendo. Fue un golpe de lucidez por su parte, porque mi padre no era un hombre inocente, seguro que tendría mucha sangre a sus espaldas, era un SS convencido, miembro de los batallones policiales. Mi padre mató a niños, lo sé casi con certeza.

 

A ese fenómeno contribuye el hecho inevitable de que nos encontremos en el ocaso de las víctimas, los testigos y los perpetradores, para usar la terminología de Bankier. Veámoslo así: la mayoría de los psicólogos infantiles coinciden en que un ser humano puede ubicar, conscientemente, recuerdos a partir de los cuatro años; supongamos pues que alguien hubiera sido internado en un lager en los primeros meses del año 1945; supongamos además – cosa poco frecuente – que hubiera sobrevivido, si ese sobreviviente hubiera nacido en 1941, tendría hoy 71 años; en los próximos 20 o 25 años, habrán muerto todos los sobrevivientes de los lager y aunque aún se presentan algunos testimonios nuevos, como el de Shlomo Venezia. El testimonio de Venezia resulta de una complejidad particular, tanto por que se trata de un extraño caso de sobreviviente de los Sonderkommando, como por el largo proceso de incubación de su testimonio:

 

Hablaba usted sobre todo esto con su esposa e hijos?

 

No, absolutamente no. No me habría hecho ningún bien hablar de eso. Al contrario, les habría impuesto un peso inútil, y difícil de sobrellevar. Sólo recientemente comenzaron a descubrir mi historia. Hice todo cuanto pude para protegerlos de esa marca. Pero se que no podría ser como un padre normal que ayuda a sus hijos con las tareas y juega alegremente con ellos. Tuve suerte de tener una esposa muy inteligente que fue capaz de manejar este aspecto de las cosas. (Traducción propia)

 

Lo cierto es que antes de treinta años no quedarán ya víctimas o testigos presenciales de la Shoah, de la vida en los Lager o, siquiera de la cultura nazi. La situación de los perpetradores es todavía más apremiante; hoy sabemos que hacia el final de la guerra, las SS echaron mano de algunos miembros de las juventudes hitlerianas para el servicio de los Lager ante la presión que representaba, sobre todo, la derrota en el frente oriental; así, pudo darse el caso de un joven que hubiera llegado a algún campo en 1945, con 16 años de edad y aunque los mandos de los campos rondaban los 30 años, este recluta que habría nacido en 1929, en plena efervescencia nazi, tendría ahora 83 años y presumiblemente habrá muerto en los próximos 10 o 15 años y con ello habrá terminado la era de quienes, algún modo vivieron el horror, para dar paso al mundo de los memorialistas y los glosadores que sólo voluntariamente habremos heredado la obligación moral de no olvidar, es decir, el antiguo paradigma “sobreviviré para contar”, habrá cambiado por “aprendí para no olvidar” y esto, sin duda, deberá implicar una transformación tanto en la narrativa como en la intencionalidad y aún en los enfoques que se utilicen para estudiar el Holocausto.

 

Mitología de un año que se fue

Para David Grinberg, con cariño

Me acuerdo, no me acuerdo…

Las batallas en el desierto.

José Emilio Pacheco.

Digo me acuerdo. Quiero decir, si no fue así, de ese modo debió haber sido. Y sin embargo no miento; me reconstruyo. Recuerdo, luego sigo existiendo, no soy el que era, pero soy alguien que en mucho se le parece.

Cuando el tiempo se ha ido, la memoria afila el cuchillo; del recuerdo puede labrar un garrote o un santo de madera. Por eso es necesario hacer ejercicios de recordación cotidianos, no dejar pasar de largo los días y las noches con sus sendos trabajos. Uno no vive para recordar, recuerda para vivir.

Hay momentos que no podrán ser recuperados: cuando no puede rescatarse de ellos ni siquiera la sombra, entonces se llaman olvido; cuando tenemos de ellos breves instantáneas, deslucidos colores o formas difusas, entonces lo necesario es reinventar la memoria.

Cuando la memoria juega con uno, se adelanta, gira sobre sí misma, grita al oído y se aleja, entonces nace el mito del tiempo ido. De la profunda necesidad de suplicar clemencia ante el abandono en que nos deja el pasado, los hombres nos vamos haciendo de nuestros propios mitos fundacionales, justificativos y explicativos. Nos construimos, con nuestras manos y memorias, un pasado cercano y antiguo, nos descubrimos antepasados e influencias culturales. Nos aferramos a una Nación, nos llenamos de apellidos, de lustres y de melancolías. Hasta que uno no sabe, bien a bien, si lo que se recuerda fue, o pudo haber sido.

No se sabe, en ocasiones, si tanto documento nos ayuda a recordar o tuerce nuestra memoria a través del ojo de la lente fotográfica, del cine o del vídeo, peor aún, de la realidad virtual. Así, me miro aplanado en el álbum de la familia, evoco de manera penosa las cosas que me avergonzaron en edad temprana, y muchas veces no me gusto. Por eso, la memoria es siempre más fiel, más sutil, por decirlo de algún modo, más hermana. Algo diferente pasa cuando veo la lozanía de mi abuela en sus veinte años, hoy que hacen ya cinco en que a los noventa y tres, se fue donde los muchos; miro a mi abuelo en su treintena y me quiero ver a mí mismo en él, porque a ellos los he mitificado desde temprano, y en cuanto a mí, necesito mitificar mi pasado de continuo. No miento, me reconstruyo.

Pese a que todos digan que México fue la región más transparente del aire, -incluso yo que cuando nací, México era presa ya de polvo, ozono y humo- no todos habrán tenido la dicha de vivir en aquella visión de Anáhuac, sino en esta palinodia del polvo.

El 1994 mexicano, por ejemplo, fue un año mítico. A tres días de finalizado, a unas horas de su muerte, a un segundo de su partida. Del primero al último de sus días: abre los ojos con la revuelta en Chiapas -recuerdan o se traen de entre los mitos al General Serrano y Huitzilac- sigue andando a lomos del terror, Colosio y Ruiz Massieu -recuerdan o se traen de entre los mitos a Alvaro Obregón, a León Toral- el Popocatépetl desplegando el penacho que lo bautiza -mi otra abuela decía que en 1927 fue peor y no pasó nada- la devaluación – aquí no hay necesidad de mitos sino de memoria inmediata-.

A lo anterior, añádanse los mitos personales -mi boda, los tres meses de recién casado y desempleado, los vericuetos de la tesis profesional, el desencanto y la esperanza- cada quien los suyos, los de la calle, de la colonia, de la familia, de los amigos y de los conocidos. Sazónese con un tanto con el rumor que corrió por doquier, y después de cocinarlo al fuego desaforado en la memoria, se tiene un mito completo para el resto de la vida. Cándida ninfa Eco de la que me hablaba mi madre para que me durmiera.

Aún así, me acuerdo y me acordaré siempre del fondo y poco menos de la forma de las cosas, las platicaré de cuando en cuando, y más seguido en tanto me haga más viejo. Y diré, un año terrible. Aunque en el fondo de mi memoria y mi alma me regocije con el placer de tener un mito personal, de poder decir “yo estuve ahí”.

Desde siempre, desde antes de siempre, nos hemos formado en el vivir así. Moisés escribió la Torah, el Pentateuco, y recuerda cosas que no podría recordar un ser humano, y Moisés, siendo el Profeta, era también humano; si bien pudieron contarle su propio pasado, por ejemplo su nacimiento y su viaje por el Nilo, pero ¿quién estaría ahí para contarle los siete días en que Dios hizo al mundo? y ¿escucharía de voz el sueño de José?, y es que siendo humano, el Ángel de Dios le ha contado la historia. Y siendo también Mateo un hombre, toma la pluma, y al correr de los recuerdos narra la vida y la pasión de Jesús, pero ¿quién estaría ahí para contarle el linaje de Jesús?,  ¿escucharía de voz la concepción virginal de María?, y así Mahoma.

Cuando recuerdo tengo tras de mi oído un ángel. No sé si de Dios, pero un ángel, que me recuerda lo que mi memoria humana ha olvidado o es incapaz de recordar. Ese ángel, hijo de mis dioses y mis demonios interiores, me reconstruye en mitos mi herencia ancestral, mis anhelos, mis justificaciones y mis esperanzas.

Canta, ordena la primera rapsodia de la Ilíada. No calles ni olvides. Canta equivale a Di, pero dilo con entonación, ritmo y sentido, porque el que habla dice lo que quiere y el que canta quiere lo que dice. De este modo, no sólo recuerdo para no perder mi identidad, para que en un futuro no me vea en el aprieto de no saber quién soy, o si éste que me veo es una semilla venida de no-sé-dónde. Recuerdo para mitificar, para construir una cultura interior, llena de valores y de sentidos, para crear un hombre que siendo yo sea algo más que yo mismo.

Si el hombre es el hombre, más su circunstancia, es necesario agregar que la circunstancia es la circunstancia, más el recuerdo. Nuestros mitos son el código con que leemos lo inexplicable de la circunstancia, supera el método y llega de plano al símbolo.

Me acuerdo, no me acuerdo… era el año 1994, el mismo en que me casé, la mamá de tu tío David no conocía el Popo… eso diré a mis nietos cuando los tenga.

Iniciando el viaje

Una de las cosas más difíciles de saber es cuándo comienza un viaje. Empezamos a viajar desde el momento en que nos imaginamos en un destino, cerca o lejos; desde el instante en que nos concebimos caminando por otras calles, nos sabemos capaces de escuchar otro idioma y otro acento de nuestra propia lengua; entonces, al renovar nuestra primera capacidad de asombro, hemos abierto una página nueva de nuestra bitácora de viajes.

Atreverse a viajar es una de las experiencias más enriquecedoras a las que puede enfrentarse un ser humano. Viajar amplía nuestra cultura, nos hace más humanos al confrontarnos con gente distinta; nos permite ser nosotros mismos en lugares donde nadie nos conoce y en donde no generamos ninguna expectativa. Viajar es un buen sinónimo de crecimiento y uno mejor de libertad.

El hábito de viajar se adquiere y se educa con el tiempo. Nunca es tarde para comenzar y la lectura es un magnífico método para iniciar el camino. De hecho, todos tenemos relación con historias de viajes. Nuestra propia forma de entender el mundo, a nuestras familias y a nosotros mismos está relacionada con viajes: a los mexicanos nos enseñan cómo nació la patria cuando los antiguos mexicas echaron a andar desde el mítico Aztlan hasta la Gran Tenochtitlan, muchas de nuestras familias vinieron de otros países o de lejanas provincias. Viajar, moverse, eso es una señal de estar vivo.
Desde luego hay viajes para todas las necesidades y para todos los presupuestos; se puede pensar en lujos y en viajes fantásticos con la asesoría de buenas agencias de viajeros, se puede subir a un avión y llegar al destino con el presupuesto medido y dispuesto a asumir la aventura, se puede subir al auto y seguir la carretera hasta donde se termine la cinta de asfalto; o se puede revivir el viaje de otro desde la butaca de la casa, leyendo un buen libro de viajes.


Con cierta cantidad, nada despreciable, puede hospedarse en el Hotel Crillon de París y pensar en Cocó Chanel, o bien, con algo menos, mucho menos, puede rentarse un auto y seguir la ruta de los Paradores en España; se puede ir “puebleando” en carretera mientras se espera a llegar a una playa en México, todo se puede, todo es cuestión de actitud y de deseo.


Yo comencé mi vida de viajero como mucha gente lo hace, leyendo. Ser lector es también ser un viajero. Natalie de Saint-Phalle, publicó un magnífico volumen sobre hoteles literarios, entre ellos el Hôtel des Arts, de Paris, donde murió en el exilio Oscar Wilde y donde solía hospedarse Jorge Luis Borges; para muchos que nunca pudimos hospedarnos en el Hotel Regis de la Ciudad de México, nos queda todavía y para siempre, el “Mexico City Blues” de Kerouac.

Uno de mis personajes favoritos es “Comeclavos”, el personaje principal de la novela homónima de Albert Cohen; lo quiero por su visión del mundo en el viaje que realizó desde su isla natal, Cefalonia, en el archipiélago griego hasta Ginebra, donde su primo trabajaba como Subsecretario de la Liga de las Naciones. Cosa de atreverse, puede soñarse en el Parc Anglais de esa ciudad viendo mujeres guapísimas o extraños diplomáticos con turbias intenciones.

Y es que viajar significa entender mucho del sentido de la vida, significa darse placeres íntimos, personalísimos. Alguna vez, guiado por el cuento «El otro», de Jorge Luis Borges, localicé la banca frente al lago de Ginebra, donde suceden los hechos de la narración y experimenté la rara sensación de ser parte de algo que ya ha pasado. Hay que viajar. Es preciso viajar. A unos pasos de casa, a otro continente y aún dentro de nuestra habitación favorita. La próxima vez que se encuentre en la Ciudad de México, vaya a una librería, no se compre una guía de viaje, (aunque hay que reconocer que si las hay buenas esas son las Guías Peugeot que editan El País y Aguilar), adquiera “México viejo” de don Luis González Obregón y armado de paciencia y unos pocos pesos, adéntrese en el Centro Histórico, visite el “Hospicio de Locas”, manicomio colonial de mujeres en el edificio que se encuentra justo enfrente del Teatro de la Ciudad, dé un paseo por el Palacio de Iturbide y visite el templo de la Profesa; siga los pasos del viejo don Luis y reviva el tiempo en que México era la Ciudad de los Palacios.

Piense sobre todo, que puede repetir esta experiencia en otras ciudades, si logra conseguir las “Escenas Matritenses” de Mesonero Romanos, cuando visite Madrid y si sigue las indicaciones del cronista, todavía podrá encontrar en la Plaza Mayor, cerca del Arco de Cuchilleros un pequeño negocio con el letrero que dice “Sombreros para hombre de paja”.

Porque bien visto, si se hace a la idea de que es posible cenar en la Casa Robles de Sevilla, como lo hacen los personajes de Pérez Reverte en “La Piel del Tambor”, o en el Café Gijón de Madrid ya estará disfrutando su excelente fabada y, como le pasa al mismo Pérez Reverte, en “Patente de Corso”, ya estará reviviendo el gozo de la conversación con Alfonso, el cerillero, que guardaba la puerta del café, vendiendo lotería y tabacos y cuya bendita memoria honran escritores y gente común cada día en el lugar que ahora ocupa una máquina expendedora de tabacos.

La lista sería interminable, se me queda mucho en el tintero; de adolescente, cuando una vida clasemediera urbana me negaba los dudosos privilegios de la aventura, me imaginé en los cafetines de la Colonia Roma de los años cincuenta siendo un personaje de “Las Batallas en el Desierto” de José Emilio Pacheco, libro delicioso como pocos; en cierto modo lo fui, visité ciudades a las que nunca he ido, como el Dublín de “Dublineses” de Joyce, aún de ciudades que no existen y que no existirán jamás, como Macondo de “Cien años de Soledad” del gigantesco García Márquez, lugar donde por cierto, no estaría mal que me enterraran llegada mi hora.

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