El libro nuestro de cada martes: Matar a un ruiseñor de Harper Lee

Hoy es día del abogado; para hacer eco de esta profesión volteamos la mirada a uno de los libros así desgarradores e inteligentes de la novela norteamericana de mediados del siglo XX. Matar a un ruiseñor de Harper Lee.

No siempre es fácil mirar al espejo de otro para descubrir en nosotros feos defectos, sin embargo, esta es una de las funciones más dolorosas y más importantes de la literatura; en la década de 1960, Estados Unidos se debatía en uno de los conflictos éticos más importantes de su historia. De la lucha por los derechos civiles surgieron algunos de nuestros parámetros para ponderar el sentido de la igualdad y contribuyó al crecimiento e integración de esa sociedad; hoy que vuelve a su tirase el miedo y el odio, lo mejor es volver la vista sobre los testimonios de un tiempo que no quisiéramos volver a vivir. 

De este lado de la frontera hay también mucho que hacer, sobre todo en el sentido de la convivencia, la educación y la cultura incluyente, para hacer visible uno de nuestros principales problemas que no siempre estamos dispuestos a reconocer.

En 1962, Robert Mulligan dio a la pantalla una versión cinematográfica que es un legado de imagen y valor, aquí el trailer… O como decíamos en mi infancia, el corto.

La Gioconda conoce a la Reina de Camelot

Hubo un tiempo antes de Camelot, un tiempo breve porque antes de él no hubo sino la prehistoria de la joven Bouvier; porque el reino resplandeciente comenzó a formarse no a través del que sería su señor – el Emperador Kennedy, como lo llamaría luego Leszek Kolakowsky – sino desde la luminosidad de la que algún día sería, para siempre, su soberana; en Life del verano de 1959 Jackie irrumpió en la escena pública como la flamante esposa del Senador John Fitzgerald Kennedy que comenzaba a perfilarse como el favorito para alcanzar la candidatura demócrata a la presidencia de los Estados Unidos; en julio de 1960, Norman Mailer publicó un reportaje sobre la Sra. Kennedy en Esquire y consagró para siempre su estilo; es cierto, hubo un tiempo antes de Camelot pero ni todas sus luces alcanzarían a igual el breve tiempo del reino resplandeciente; su reina impuso el estilo y la cultura como componentes de la política de la Casa Blanca; ninguna de las siguientes inquilinas que la augusta mansión alcanzaría la sofisticación del estilo de Jackie pero tampoco ninguna podría ignorarlo. Si es cierto que el ingente poder de los Estados Unidos no es obra de Kennedy, pues comenzó a gestarse décadas antes de su presidencia, también lo es que Jacqueline Bouvier inventó el estilo como parte de la imagen política norteamericana y que forzó las puertas de una cultura todavía fuertemente provinciana y semibárbara; si antes de Camelot los intelectuales nortamericanos tenían que peregrinar a Paris, a Madrid y a Londres, ella llevaría a André Malraux a Washington y daría un golpe espectacular para migrar buena parte de la cultura mundial a las viejas trece colonias.

En 1961 John y Jackie visitaron a De Gaulle en Paris, el general quedó maravillado con la personalidad y el estupendo francés de la Primera Dama; en la cena de Estado, con perfecto acierto el Presidente de los Estados Unidos afirmó: “Soy el hombre que ha acompañado a Jacqueline Kennedy a París y lo he disfrutado”. De Gaulle se mostró muy interesado en las nuevas ideas de John y el trabajo impecable de Jacqueline fue allanar el camino del entendimiento; sin embargo, Jacquie tenía sus propios objetivos, había leído con detenimiento la obra de André Malraux, entonces el poderoso ministro de cultura, sus charlas fueron gratas para ambos y el fue su guía en una visita la Jeu de Paume y a la Malmaison; ahí nació una amistad que se mantuvo en la mejor estima de ambos hasta la muerte del francés en 1976. Cuando la pareja regresó a Washington, Malraux le envió un ejemplar autografiado de su libro “El Louvre y las Tullerías”.

En 1962 la reina de Camelot impuso a su corona una joya inimaginable; en mayo, Malraux visitó Washington y se hospedó en la Casa Blanca; ahora como anfitriona, Jackie devolvió la visita guiada y llevó al escritor a conocer la National Gallery, como la Sra. Kennedy no necesitaba intérpretes podía, por sí misma, acercarse y alcanzar sus objetivos por sí misma. De alguna manera que no lograremos conocer, Malraux y Bouvier concibieron la idea de llevar la Mona Lisa a Washington por algunos días; el hecho era que la ilustre pintura sólo había salido del museo en dos ocasiones: cuando fue robada y cuando se la escondió para ponerla a salvo de la brutalidad y venalidad nazis y, desde luego, nunca había estado fuera de territorio francés; aunque el político recriminó al escritor por la reticencia de Francia a colaborar con la carrera nuclear y el ministro regañara al presidente por su falta de humanidad en Viet Nam, lo cierto es que el diálogo fue cordial en gran parte porque Jackie había encontrado en el arte una ruta alternativa evitando que la diferencia de opiniones enrareciera el ambiente.

Cuando regresó a París, Malraux expuso el proyecto al Presidente y De Gaulle se impuso al influyente gremio de los conservadores del Louvre  que, desde luego se opusieron a que la Gionconda se aventurara fuera de casa; al afecto y respeto de De Gaulle por Malraux quedó de manifiesto  – y también la razón que concedía a la causa de Mrs. Kennedy – cuando el General zanjó de golpe la cuestión: “Malraux sabe lo que hace y lo hace bien”. Para octubre de 1962 las cosas iban tan avanzadas que el Presidente Kennedy escribió a John Walker, director de la National Gallery, para que directamente y en su nombre, negociara con Hervé Alphand, Embajador de Francia, los términos de la exposición, la nota de instrucciones deja ver como el rey deja a la reina de Camelot el control de una situación delicada como delicadas eran sus maneras de atenderla; decía la nota:

Negocie la seguridad y protección de dos cuadros que serán enviados desde Francia este otoño. Estos cuadros llegarán a Estados Unidos como el más generoso gesto del Presidente De Gaulle y del ministro de cultura francés André Malraux hacia la Sra. Kennedy y hacia mí.

La impronta de Jackie había quedado indeleble, los cuadros eran: “Retrato de la madre del artista” de Whistler y “La Gioconda” de Leonardo; ésta última sería exhibida no sólo en la capital sino en la que Jackie tuvo siempre como su propia ciudad: Nueva York. El 12 de diciembre los Kennedy anunciarían la exposición y ésta fue inaugurada por Malraux y la pareja el 8 de enero de 1963. No pudo haber tenido más éxito ni mejores resultados; entre las dos ciudades visitaron la pintura un millón setecientos mil personas; las obras regresaron intactas a su hogar y los Kennedy, como correspondía al fulgor de Camelot, quedaron como unos de los más grandes patronos de las artes de su tiempo. No cabe duda que fue el talento de ella lo que logró la hazaña, la Gioconda sólo volvió a salir de casa una vez más, en 1974, para visitar el National Museum de Tokio, en esa ocasión, a modo de protesta, todos los conservadores del Louvre renunciaron.

El libro nuestro de cada martes: Libra de Don Delillo

A caballo entre el reportaje, la novela, la historia y la reflexión política, Libra da cuenta del hombre al que generaciones atribuyeron el asesinato de John F. Kennedy. Más allá de la inflexión sobre el crimen, la guerra fría, el espionaje o la desesperación, se trata de un fino reporte de la condición humana. Feliz lectura

http://www.letraslibres.com/revista/libros/libra-de-don-delillo

Tlaltelolco

I

 

Las ciudades tienen cicatrices, como los rostros y las almas, Tlatelolco es la más terrible de cuantas tiene nuestra Ciudad de México.

Bajo la tierra, ahora expuestos a la vergüenza de cuentos pasan y miran, están los amantes de Tlatelolco. En un abrazo eterno, en un sexo seco y sin aromas, mudos y muertos, pero aún así amantes. La plaza se extiende y se contrae, como todas las serpientes, a sus lados; la iglesia aún más muda, enfrente. La velocidad de la ciudad por todas partes.

La sangre en su última gota aún no se seca. Si bien es cierto que no se oyen más gemidos, golpes, balas o sirenas, esta no es una noche amable – igual que cometer una violación para iniciar a un hombre-niño en la sexualidad- nada es ya lo mismo desde entonces, las noches no serán tranquilas nunca más.

¿Cómo se mira la sangre de un muchacho, que se ha derramado hace 45 años?, ¿Cómo se camina, todos los días, entre los más terribles traumas de un país?, ¿Cómo se puede hablar hebreo, ocho pisos arriba de la Plaza de Tlatelolco?… cómo, con quién, con qué objeto.

 

II

 

Las voces del teléfono son tan esbeltas como las líneas que las transmiten, y en principio, suelen ser igualmente obscuras y subterráneas. Con el tiempo, como todo bajo el sol, cambian y a veces se hacen nuevas. Son las voces del esclavo como de la reina, del pecador como del justo. La voz es tuya o mía y nada más. Te conocía, te oí aquella voz risueña, obscura, delgada y lejana – diría Kundera, la voz de la risa y el olvido – Deseaba verte, como se quiere conocer la materialidad del viento.

Tus lágrimas son como gotas de sangre, igualmente preciosas, igualmente extrañas, grandes y copiosas. Creo que nunca lloré, nunca me viste y me negué a hacerlo, pero miraba llorara todos los días a la ciudad, envuelta en una nube negra que se diluía siempre a las once de la mañana, veía pasar a los manifestantes, cantando consignas pro Cuba, sin que nadie los viera sino estorbar un tránsito siempre caótico, veía mi hogar, en la distancia de los kilómetros, cuando el viento era suficiente para alcanzarlo.

Leía el New York Times y miraba, entre dos y tres, hacia el estacionamiento donde caminarías, con tu paso ligero y seguro, un poco inclinada al frente, saludando con una cortesía entre natural y estudiada.

 

III

 

Los soviéticos entraron en Checoslovaquia e impusieron sus reglas, matan a cientos de personas en Tlatelolco, han muerto Luther King y el segundo de los Kennedy, Malcom X quiere un estado para sus hermanos, la Universidad de París cae en manos de los estudiantes… es el fin de la Utopía.. fin de la Utopía… Utopía… la Ultima Thule… como sembrar en el desierto al volver de un viaje forzado de dos mil años.. antes fue el año 1948.

Rusia y Alemania, Hitler y Stalin. Ashkenaz se muere. El mundo pierde el sentido de la realidad queriendo tomar lo que no es suyo, a cualquier precio, precio que desde luego pagarán nuestros hijos y nuestros descendiente de generación en generación. A México o Costa Rica el pueblo llega y se establece.

Las letras preguntan todo el tiempo, desean un buen año o preguntan por Barbra    -quién puede saber el juego de la ruleta de una primera vez juntos a la mesa- uno se pregunta si la vida vale la pena por unos ojos que se insiste son verdes, aún cuando no exista nada que nos una ni se quiere, tal vez, que lo haya.

La filosofía es vivir todo el tiempo. A cada instante, en tanto dure la inteligencia, la lectura del universo se hace una labor cotidiana. Miramos por la ventana cómo se descubren los pasos perdidos de un pasado precortesiano, preguntas y respondo, teorizo y me corriges, te miro y miro mi deseo, tu aroma se imprime para siempre en mi alma y aún no has llorado.

La majestad de la reina se hace constante en este universo de cuatro por seis. Estableces tu imperio soberano. No hay perdón, no lo habrá jamás mientras quede un espacio por conquistar y colonizar, ambos lo sabemos y tal vez nunca debimos haber empezado a construir la utopía. No hay vuelta atrás, quemo mis naves.

Grandes besos son las palabras.

Me pregunto quién eres, me lo pregunto tanto y tantas veces, qué extraño poder tienes que entras en mis sueños y los dominas, cambias el cauce los ríos que, cuesta arriba, se adentran la espesura de tus especulaciones -ya ahí nos conocemos-.

Tlatelolco abajo, entre los edificios derruidos y el purgatorio estético, una sociedad que se organiza y rompe con los esquemas e instituciones caducas que no tienen respuestas, sufro las mismas transformaciones, este es el momento de una nueva escritura.

Desde siempre, acaso antes de que -como dice Borges- el tiempo se acuñara en días, la pequeña pirámide de los símbolos calendáricos nos mira: conejo, piedra, ácatl, ehécatl… recuerdan los tiempos patentes en tu alma. Vendrán los días del Mesías, en el que el lobo vivirá con el cordero y el tigre dormirá junto al cabrito; el ternero, el león y la oveja andarán juntos, y un niño será su pastor.

La diferencia entre una rosa y un tulipán es un café y un gato de angora, la diferencia entre hoy y mañana es una promesa de futuro compartido.

Ocho meses después sigue lloviendo en Tlatelolco, parejas -con todo lo unívoco y equívoco del término- siguen yendo a tomar café a la Zona Rosa, y alguien transplanta un tulipán esperando que viva siempre en la casa de otro alguien.

 

IV

 

Epocas de creación, enfrentadas a la inmovilidad, sinónimos de la muerte lenta en la negación del ser, días de destrucción, de la constante sucesión de fuegos nuevos, de fuegos renovantes y aniquilantes. Fuego es lo que escupen los fusiles en la cara de un muchacho de veintiún años, en el preciso lugar donde caminaban, donde caminaremos mojados en lluvia potente.

De cualquier forma el estaba ahí, esperándola. Los cuates de la facultad le habían dicho que se iba a poner cabrón de tanta gente que iría. Al principio ella no quería asistir, cuando accedió lo hizo a regañadientes, pero ni modo, así se hace la Revolución. No era cosa de echarse para atrás. De su casa ni hablar, después de todo el era un pinche burgués, igual que los demás, los que querían convertir al mundo en un prostíbulo dominado por el capital yanqui, sin que les importaran los estudiantes, los obreros o los campesinos.

Ya empezaba a impacientarse, había un montón de gente era cierto, pero qué Revolución ni que la chingada, lo que le urgía era verla, por eso se sintió mejor cuando creyó verla venir, entre la gente que pasaba el bote de la cooperación.

 

V

 

No fue sencillo comprender los mecanismos en los que confías, las elecciones entre la aventura -acaso poco viable por ser altamente destructiva- y el hechizo de tu encantadora burguesía. En la otra mano un cerebro de corazón palpitante, voces de poemas que queriendo hablar siempre terminaron acariciándote y nunca besándote

Aún así te esperaba todos los días, retrasaba mis salidas. Octavo piso, Secretaría de Relaciones Exteriores, tercera línea de ventanas contando de derecha a izquierda.

Fue el tiempo de tomar decisiones juntos, de orientar y buscar una nueva estrella en el norte, una nueva ruta al oriente, era el momento de determinar los mutuos sentidos. Entonces dijiste: «Cuando detuvo su tren de pensamiento se dio cuenta que había llegado a la estación equivocada…» aún ahora pienso que nuestra dirección es la misma, aún ahora creo que podemos detenernos en estaciones equivocadas.

Tiempo aciago de las promesas y los compromisos, tiempo de hacer de la libertad una amarra al cuello y tiempo al fin, de querer y soñar, de desear una tarde juntos en Jerusalén.

La tradición se cumplió como cada año, llegó el segundo día de la fiesta de la liberación, fiesta del pan ácimo, fiesta de mi propia liberación en que entendí que eras mi libertad. Cómo explicar lo que yo mismo no comprendo en toda su magnitud, las relaciones que se establecieron en ese momento, la intuición que aprendí de tus grandes ojos almendrinos.

Después de la liberación viene el éxodo, así será siempre. El tiempo de la despedida siguió también, antes de que yo siguiera deambulando, enamorado del sufrimiento y de la sangre de Tlatelolco, de una iglesia que sólo podía hablarme de historia, de mi país, del dolor y de nosotros. Me marcharía entonces de la Plaza, pero no para siempre, creí que te marcharías al oriente para no regresar a mi hemisferio.

 

VI

 

Los altavoces coreaban las consignas de la nueva Revolución que nos haría hombres y mujeres libres, auténticos compañeros.

Dentro de su cabeza las ideas se arrebataban el mando en una guerra fratricida. Total, al rato se acaban los discurso, a lo mejor nos damos un llegue con los granaderos, pero al final siempre habrá tiempo de ir a la casa de algún compañero y echarse un trago, con ella a lo mejor, ahora sí, sale algo.

Me preocupan otras cosas, si de plano el mundo está tan jodido, si vale la pena estudiar derecho para terminar al servicio de toda esta mierda imperialista, si vale la pena creer en la religión de mis padres y no en esta que he adoptado -así, por mis huevos- si vale la pena amarla, como a mi compañera, y si ella se cree en realidad mi compañera. Lo mejor sería morir juntos como si anduviéramos en Sierra Maestra.

Así pensaba, por eso no entendían los soldados que lo madrearon hasta que se cansaron, antes de matarlo frente a la puerta de la iglesia, mientras el seguía cantando el bolero que le oyó a su mamá: «Por alto que esté el cielo en el mundo, por hondo que sea el mar profundo…»

 

VII

 

No podía pensar que ibas a volver, eras como Lilith en mis sueños, un demonio terrible que me ahorcaría con sus divinos cabellos. Al mismo tiempo, eras la mujer, la mía, del pan cotidiano y el amanecer perpetuo, tenías peso específico en mi conciencia y desde ese punto de vista no podía evadirme. Esta extraña situación me hacía verte distante y cercana, contingente y necesaria… no había respuesta sino el incesante e incierto deseo de tu retorno.

 

VIII

 

Ella había llegado.

Mira que hay que ser de plano pendeja para venir a estas chingaderas, aunque qué de malo puede salir, hay mucha gente, todos diferentes de nosotros, todos somos compañeros.

Además el buey ni vino, ha de andar en sus grillas y a lo mejor hasta agarró lugar allá arriba, en el Chihuahua; como el ya conoce me diría que está pasando. No me gusta andar sola. No va a pasar nada, estoy segura, los del gobierno siempre se salen con la suya, para eso es el poder, pero no son tan pendejos para armar una revolución haciendo más ruido, esto tiene fuerza y lo mejor será que le den su dinero a los líderes y ahí muere, lo de los granaderos y los soldados son puras madres para espantar a toda la bola de borregos que no saben ni a qué vienen.

Fue entonces cuando el mundo se dio vuelta sobre su cabeza, sonaron los balazos, una luz en el cielo, sintió un dolor fuerte en la cintura y luego lo último que pensó fue muy raro: ¿No habré bajado en la estación equivocada?

 

IX

 

Tlatelolco sigue en pie, dos de octubre no se olvida… aunque los campesinos tengan hambre y los estudiantes sigan siendo el futuro de México, ese futuro que se aplaza cada cinco o seis años, pero qué se le va a hacer si éste es el final de la historia. A pesar de los años y de tantos todos encimados, la gente sigue yendo a dejar velaras a la Plaza de las Tres Culturas, a unos pasos la élite de la burocracia nacional se habla en siete lenguas para divertirse. Cada vez son menos las veladoras -a nadie devuelve sus hijos poniendo una breve mención en los libros de texto gratuito-

Como los muertos, los vivos dejamos también nuestros fantasmas, alguno ronda, octavo piso, Secretaría de Relaciones Exteriores, tercera línea de ventanas contando de derecha a izquierda y piensa que las historias pueden escribirse de otra manera.

 

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