El libro nuestro de cada martes: La fiebre del heno de Stanislaw Lem, Ed. Impedimenta

Tengo que volver a Stanislaw Lem de cuando en cuando, pocos libros se encuentran tan bien escritos. Su magia radica tanto en la imaginación como en su capacidad para encajar datos, la perfección de su trama en la que todo concuerda, en su infinita fuerza para hacernos dudar de lo que nos rodea, del mundo que pisamos y que siempre hemos creído que se trataba de tierra firme cuando él demuestra que no es más que nuestra interpretación. En La fiebre del heno, esta duda se lleva al extremo, los datos se tuercen, juegan con el lector, el punto de vista se mueve para demostrarnos que ni la tecnología, ni los más avanzados sistemas informáticos pueden superar al razonamiento y al sentido común que aparecen como refugio del ser humano frente a una realidad inexplicable. En la bellísima edición de Impedimenta, es un libro que no se puede perder.

Algo más sobre el libro: https://www.elperiodico.com/es/opinion/20180401/sanislaw-lem-la-fiebre-del-heno-6726696

Una interesante conferencia en el centenario de Stanislaw Lem

Las citas de los viernes: La campana de cristal de Sylvia Plath

Una mirada a la memoria atormentada de una mujer que legó su vida y su palabra, que ustedes lo disfruten:

Sus compañeras de colegio estaban tan pendientes de la moda que todas tenían fundas para sus bolsos del mismo material que sus vestidos, de manera que al cambiarse de ropa tenían siempre un bolso que hacía juego. Los detalles de este tipo me impresionaban mucho. Sugerían toda una vida de maravillosa y elaborada decadencia que me atraía como un imán.

Estaba tan oscuro en el bar que me resultaba casi imposible distinguir otra cosa que no fuera a Doreen. Con su pelo blanco y su vestido blanco, era tan blanca que parecía de plata. Creo que hasta reflejaba los tubos de neón que había sobre la barra, y yo sentí que me fundía en las sombras como el negativo de una persona a quien nunca en mi vida hubiese visto.

El silencio me deprimía. No era realmente el silencio. Era mi propio silencio.

Abrí la puerta y parpadeé ante el brillante pasillo. Tuve la impresión de que no era de noche ni era de día, sino una especie de fantástico tercer período que se hubiera deslizado de improviso entre los dos y que no terminaría nunca.

Sonaba verdadero y lo reconocí, tal como se reconoce a una persona extraña que ha pasado años merodeando por nuestra casa, y de pronto entra en ella y se presenta diciendo ser nuestro propio padre y es exactamente igual que uno, de modo que nos convencemos de que es nuestro padre y de que la persona a la que toda la vida hemos considerado nuestro padre es un impostor.

Su madre decía: «Lo que un hombre quiere es una compañera y lo que una mujer desea es seguridad infinita», y «El hombre es una flecha lanzada hacia el futuro, y la mujer es el lugar donde ésta es lanzada».

Esto significaba que no podría obtener un buen empleo al graduarme. Mi madre no dejaba de decirme que nadie quería a una simple licenciada en Lengua Inglesa. Pero una licenciada en Inglés que supiera taquigrafía era algo distinto. Todo el mundo la quería. Era muy solicitada por los jóvenes que hacen carrera y transcribía una emocionante carta tras otra.

Me sentí como un caballo de carreras en un mundo sin pistas o como un campeón universitario de fútbol, súbitamente enfrentado con Wall Street y un traje de ejecutivo, sus días de gloria reducidos a una pequeña copa de oro sobre la repisa de su chimenea, con una fecha grabada en ella como la fecha de una lápida.

Finalmente decidí que si era tan dificil encontrar un hombre viril, inteligente y que todavía fuera puro tras veintiún años, yo podia olvidar lo de conservarme pura y casarme con alguien que tampoco lo fuera Entonces, cuando él empezara hacerme la vida imposible, yo también podría hacérsela a él.

Un pequeño punto en mi cuerpo volaba hacia él. Sentía mis pulmones llenarse con el paisaje que afluía hacia ellos. -Aire, montañas, gente, árboles-, «Esto es ser feliz», pensé.

Empecé a comprender por qué los aborrecedores de mujeres podían burlarse de tal manera de ellas. Los aborrecedores de mujeres eran como dioses: invulnerables y colmados de poder. Descendían y luego desaparecían. Nunca se podía atrapar uno.

Elaine estaba sentada en la galería con un viejo camisón amarillo de su madre, esperando que algo sucediera. Era una sofocante mañana de julio y gotas de sudor se arrastraban por su espalda, una por una, como lentos insectos.

La habitación azuleó hasta resultar visible y me pregunté qué se había hecho de la noche. Mi madre se convirtió de un tronco brumoso en una mujer de mediana edad que dormía profundamente, la boca ligeramente abierta y un ronquido deslizándose por su garganta. El ruido cochinil me irritaba y durante un rato creí que la única manera de acallarlo sería coger la columna de piel y tendón de donde salía y retorcerla hasta reducirla al silencio.

Una vez, en una calurosa noche de verano, había pasado una hora besando a un estudiante de derecho de Yale, peludo como un mono, porque sentía lástima por él. Era tan feo… Cuando terminé, dijo: «Te tengo calada, nena. Serás una mojigata a los cuarenta.»

Pero cuando llegó el momento de hacerlo, la piel de mi muñeca parecía tan blanca e indefensa que no pude. Era como si lo que yo quería matar no estuviera en esa piel ni en el ligero pulso azul que saltaba bajo mi pulgar, sino en alguna parte, más profunda, más secreta y mucho más dificil de alcanzar.

Las gaviotas, en la punta del brazo de arena, maullaban como gatos. Luego alzaron el vuelo, una por una, con sus chaquetas color ceniza, formando un círculo sobre mi cabeza y gritando.

Lo que odio es la idea de estar a merced de un hombre -le había yo dicho a la doctora Nolan-. Un hombre no tiene una sola preocupación en el mundo, mientras yo tengo un bebé pendiendo sobre mi cabeza, como un gran garrote para mantenerme en la línea recta.

El vals del minuto: Olvido y represión, las escritoras

Las mujeres, sólo por el hecho de serlo han pasado por esta, nuestra última estación en los infiernos creativos; meditemos un minuto sobre su lucha por hacerse oír, sus retos y el precio que tuvieron que pagar por ello.

Las mujeres, lucha, escapatoria y consecuencias.

Las citas de los viernes: La locura del Quijote

Nuestra breve ruta se acerca al final, en los infiernos creativos, de la locura, una de sus cumbres más excelsas, la locura del Quijote, que ustedes disfruten estas perlas:

Porque ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá el antiguo legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de conceptos y falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes? Pues ¿qué, cuando citan la Divina Escritura? No dirán que son unos Santos Tomases y otros doctores de la Iglesia; guardando en esto un decoro tan ingenioso, que en un renglón han pintado un enamorado distraído, y en otro hacen un sermoncico cristiano, que es un contento y un regalo oílle y leelle. De todo esto ha de carecer mi libro, porque no tengo qué acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé que autores sigo en él, para ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras del A, B, C, comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoilo y Zeuxis, aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro. también ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos;: aunque si yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos, yo sé que los darían, y tales, que no les igualasen los de aquellos que tienen más nombre en nuestra España…

“Díjole como ya le había dicho que en aquel castillo no había capilla, y para lo que restaba de hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armado caballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él tenía noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo se podía hacer; y que ya había cumplido con lo que tocaba al velar las armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más que él había estado más de cuatro. Todo se lo creyó Don Quijote… Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro donde asentaba la paja y cebada que daba a los harrieros, y con un cabo de vela que le traía un muchacho y con las dos ya dichas doncellas, se vino a donde Don Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo en su manual (como que decía alguna devota oración), en mitad de la leyenda alzó la mano y dióle sobre el cuello un buen golpe, y tras él, con su mesma espada, un gentil espaldarazo, siempre murmurando entre dientes, como que rezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción; porque no fue menester poca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias pero las proezas que ya habían visto el novel caballero las tenía la risa a raya…”

“En este tiempo solicitó Don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien (si es que este título se puede dar al que es pobre), pero de muy poca sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió que el pobre villano se determinó de salirse con él y servirle de escudero. Decíale, entre otras cosas, Don Quijote que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque tal vez le podía suceder aventura que ganase en quítame de allá esas pajas alguna ínsula, y le dejase a él por gobernador della. Con esas promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, dejó su mujer y hijos y asentó por escudero de su vecino…”

Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el Cura:
Parece cosa de misterio esta; porque según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen deste; y así me parece que como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos sin excusa alguna, condenar al fuego.
No, señor – dijo el Barbero -; que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar…
Este es -respondió el Barbero – Don Olivante de Laura.
El autor de ese libro -dijo el Cura fue el mesmo que compuso a jardín de flores, y, en verdad, que no sepa determinar cuál de los dos libros es más verdadero, o, por decir mejor, menos mentiroso; solo sé decir que este irá al corral, por disparatado y arrogante.
La Galatea, de Miguel de Cervantes – dijo el Barbero.
Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de bueno invención; propone algo, y no concluye nada; es menester esperar la segunda parte que promete, quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada.
Señor compadre, que me place respondió el Barbero-. y aquí vienen tres, todos juntos: La Araucana de don Alonso de Ercilla; La Austríada, de Juan Rufo, jurado de Córdoba, y el Monserrate, de Cristóbal de Virués, poeta valenciano…

La lista tonta de los jueves: 20 novelas sobre La locura

Temida, mitificada, romantizada; la locura es la frontera final del intelecto y la personalidad, el camino sin retorno a mundos que se desearía no haber visitado. Un paso más en nuestro recorrido a los infiernos creativos.

El prisionero del cielo. Carlos Ruiz Zafón. https://www.carlosruizzafon.com/es/el-prisionero-del-cielo/index.php

El Quijote de la Mancha. Miguel de Cervantes. http://www.cuadernoscervantes.com/art_58_locuraquijote.htm

La campana de cristal. Sylvia Plath. https://clavedelibros.com/la-campana-de-cristal-sylvia-plath/

Los renglones torcidos de dios. Torcuato Luca de Tena. https://www.libros-prohibidos.com/torcuato-luca-de-tena-los-renglones-torcidos-de-dios/

Alguien voló sobre el nido del cuco. Ken Kesey. https://www.anagrama-ed.es/libro/contrasenas/alguien-volo-sobre-el-nido-del-cuco/9788433923035/CO_103

Shutter Island. Dennis Leane. https://elpais.com/cultura/2013/08/16/actualidad/1376664789_656742.html

Memorias de un enfermo de nervios. Daniel Paul Schreber. https://sextopiso.mx/esp/item/220/4/memorias-de-un-enfermo-de-nervio

Las madres negras. Patricia Esteban Erlés. https://lanaveinvisible.com/2018/04/11/resena-las-madres-negras/

El obsceno pájaro de la noche. José Donoso. https://leeresvivirdosveces.com/2019/11/23/resena-de-el-obsceno-pajaro-de-la-noche-de-jose-donoso/

La nave de los necios. Sebastian Brant. https://www.akal.com/libro/la-nave-de-los-necios_34582/

Que nadie duerma. Juan José Millás. https://librotea.elpais.com/libros/que-nadie-duerma/

Nadie me verá llorar. Cristina Garza. https://www.planetadelibros.com/libro-nadie-me-vera-llorar/88601

Nada. Janne Teller. https://elplacerdelalectura.com/2011/01/nada-janne-teller.html

El vestido azul. Michèle Desbordes. https://lascriticas.com/index.php/2019/12/26/el-vestido-azul-de-michele-desbordes/

Memorias de abajo. Leonora Carrington. http://www.alphadecay.org/libro/memorias-de-abajo/

¿Estáis locos?. René Crevel. http://cabaretvoltaire.es/107

La vuelta al mundo en 72 días y otros escritos. Nellie Bly. https://capitanswing.com/libros/la-vuelta-al-mundo-en-72-dias/

El papel pintado amarillo. Charlotte Perkins. https://ambitocultural.es/el-papel-pintado-amarillode-charlotte-perkins-gilman-1308/

El hospital de la transfiguración. Stanislaw Lem. https://impedimenta.es/producto/el-hospital-de-la-transfiguracion

Nido de víboras. Mary Jane Ward. https://www.elaleph.com/libro-usado/El-nido-de-las-viboras-de-Mary-Jane-Ward/3535153/

El miércoles del presente: El Proceso de Kafka, para libre descarga

Una estación e el viaje a los infiernos creativos; descargue libremente El Proceso de Franz Kafka, una forma en que la creatividad liberó a su autor de la opresión de su tiempo y sus fantasmas. Que ustedes lo disfruten.

Las citas de los viernes: La campana de cristal de Silvya Plath

Este viernes, para meditar un poco y soportar el frío, las palabras póstumas de una poetiza que abrió su corazón para liberar lo que muchas mujeres no pudieron decir… que ustedes lo disfruten

La campana de cristal de Silvya Plath


Sus compañeras de colegio estaban tan pendientes de la moda que todas tenían fundas para sus bolsos del mismo material que sus vestidos, de manera que al cambiarse de ropa tenían siempre un bolso que hacía juego. Los detalles de este tipo me impresionaban mucho. Sugerían toda una vida de maravillosa y elaborada decadencia que me atraía como un imán.


Estaba tan oscuro en el bar que me resultaba casi imposible distinguir otra cosa que no fuera a Doreen. Con su pelo blanco y su vestido blanco, era tan blanca que parecía de plata. Creo que hasta reflejaba los tubos de neón que había sobre la barra, y yo sentí que me fundía en las sombras como el negativo de una persona a quien nunca en mi vida hubiese visto.


El silencio me deprimía. No era realmente el silencio. Era mi propio silencio.


Abrí la puerta y parpadeé ante el brillante pasillo. Tuve la impresión de que no era de noche ni era de día, sino una especie de fantástico tercer período que se hubiera deslizado de improviso entre los dos y que no terminaría nunca.


Sonaba verdadero y lo reconocí, tal como se reconoce a una persona extraña que ha pasado años merodeando por nuestra casa, y de pronto entra en ella y se presenta diciendo ser nuestro propio padre y es exactamente igual que uno, de modo que nos convencemos de que es nuestro padre y de que la persona a la que toda la vida hemos considerado nuestro padre es un impostor.


Su madre decía: «Lo que un hombre quiere es una compañera y lo que una mujer desea es seguridad infinita», y «El hombre es una flecha lanzada hacia el futuro, y la mujer es el lugar donde ésta es lanzada».


Esto significaba que no podría obtener un buen empleo al graduarme. Mi madre no dejaba de decirme que nadie quería a una simple licenciada en Lengua Inglesa. Pero una licenciada en Inglés que supiera taquigrafía era algo distinto. Todo el mundo la quería. Era muy solicitada por los jóvenes que hacen carrera y transcribía una emocionante carta tras otra.


Me sentí como un caballo de carreras en un mundo sin pistas o como un campeón universitario de fútbol, súbitamente enfrentado con Wall Street y un traje de ejecutivo, sus días de gloria reducidos a una pequeña copa de oro sobre la repisa de su chimenea, con una fecha grabada en ella como la fecha de una lápida.


Finalmente decidí que si era tan dificil encontrar un hombre viril, inteligente y que todavía fuera puro tras veintiún años, yo podia olvidar lo de conservarme pura y casarme con alguien que tampoco lo fuera Entonces, cuando él empezara hacerme la vida imposible, yo también podría hacérsela a él.


Un pequeño punto en mi cuerpo volaba hacia él. Sentía mis pulmones llenarse con el paisaje que afluía hacia ellos. -Aire, montañas, gente, árboles-, «Esto es ser feliz», pensé.


Empecé a comprender por qué los aborrecedores de mujeres podían burlarse de tal manera de ellas. Los aborrecedores de mujeres eran como dioses: invulnerables y colmados de poder. Descendían y luego desaparecían. Nunca se podía atrapar uno. 


Elaine estaba sentada en la galería con un viejo camisón amarillo de su madre, esperando que algo sucediera. Era una sofocante mañana de julio y gotas de sudor se arrastraban por su espalda, una por una, como lentos insectos.


La habitación azuleó hasta resultar visible y me pregunté qué se había hecho de la noche. Mi madre se convirtió de un tronco brumoso en una mujer de mediana edad que dormía profundamente, la boca ligeramente abierta y un ronquido deslizándose por su garganta. El ruido cochinil me irritaba y durante un rato creí que la única manera de acallarlo sería coger la columna de piel y tendón de donde salía y retorcerla hasta reducirla al silencio.


Una vez, en una calurosa noche de verano, había pasado una hora besando a un estudiante de derecho de Yale, peludo como un mono, porque sentía lástima por él. Era tan feo… Cuando terminé, dijo: «Te tengo calada, nena. Serás una mojigata a los cuarenta.»


Pero cuando llegó el momento de hacerlo, la piel de mi muñeca parecía tan blanca e indefensa que no pude. Era como si lo que yo quería matar no estuviera en esa piel ni en el ligero pulso azul que saltaba bajo mi pulgar, sino en alguna parte, más profunda, más secreta y mucho más dificil de alcanzar.


Las gaviotas, en la punta del brazo de arena, maullaban como gatos. Luego alzaron el vuelo, una por una, con sus chaquetas color ceniza, formando un círculo sobre mi cabeza y gritando.


Lo que odio es la idea de estar a merced de un hombre -le había yo dicho a la doctora Nolan-. Un hombre no tiene una sola preocupación en el mundo, mientras yo tengo un bebé pendiendo sobre mi cabeza, como un gran garrote para mantenerme en la línea recta.

El libro nuestro de cada martes: Carthage de Joyce Carol Oates

Más allá de la novela negra, de la de misterio o la psicológica, me enfrento a un reto lector; arranca sí como todas las novelas de género, ya se sabe feliz familia feliz del sueño americano rota por la guerra… pero así, de pronto, todo comienza a obscurecer, la historia comienza a torcerse sobre sí misma para dar cuerpo y profundidad a los personajes, para desarrollar historias dentro de la historia.

Desde luego que puedo preciarme de ser un lector curtido, vaya, si la lectura dejara marcas como las de los excursionistas estaría bien bronceado y lleno de cicatrices y este es un libro que me ha desafiado; en varias ocasiones estuve a punto de botarlo, pero no pude, tanto porque la historia me exigía llegar hasta el final como porque debía cumplir mi pacto con la autora, entré a su juego y era ley terminarlo.

Al final me quedo satisfecho, o no… más bien, certeramente insatisfecho que es el objetivo del texto; descubro que no es la trama ni la narrativa, después de todo Joyce Carol Oates es una maestra, sino porque descubro que es el cinismo y la crudeza del libro la que me arroja espejos en los que no me gusta mirarme, en los que a nadie le agrada verse; no un personaje en particular sino en todos, en cada uno que señala las profundidades del conflicto humano enmarcado en las contradicciones de la sociedad norteamericana de principios del siglo XXI.

Inténtelo, de verdad que no va a arrepentirse.

Algo más sobre el libro:

https://elpais.com/cultura/2014/11/19/babelia/1416410544_472710.html

La autora discute su libro:

El libro nuestro de cada martes: La velocidad de la luz de Javier Cercas

Hace unas cuantas horas que pasé la última de sus páginas, un silencio largo se apoderó de mi; se trata de uno de esos libros que lo hieren a uno, que lo traspasan con las palabras porque hablan de cada uno de quienes lo leen; si versa sobre la vida y la muerte, el éxito y el fracaso, el oficio de escribir y el arte de leer, son pretextos para un libro que habla sobre la dinámica de la condición humana, de las condiciones de vida y de las relaciones, a veces difíciles entre los seres humanos.

Cercas tiene el don de la narración, si en Soldados de Salamina nos había regalado uno de los finales de novela más memorables de la lengua española y con Anatomía de un instante nos había obsesionado con su capacidad para atomizar los segundos, en La velocidad de la luz se entrega como un narrador en toda la facultad de construir mundos completos.

Muchas son las lecturas, nuestras simpatías y diferencias con el mundo anglosajón, la revisión de la Guerra de Vietnam que, conforme pasa el tiempo y quienes supimos de ella vamos pasando, se convierte en un fantasma deshonroso y lejano; en el fondo se trata de hablar del hombre, del ser humano, desnudo ante su circunstancia y ante el dolor de vivir y seguir viviendo.

Se trata de un libro imperdible, con un toque de erudición libresca bien afinado y mejor construido. Se trata de un libro que hay que leer, al menos si se quiere desafiar el conocimiento de uno mismo.

Algo más sobre el libro:

https://elpais.com/diario/2005/03/19/babelia/1111193412_850215.html

Algo mas sobre Javier Cercas

El libro nuestro de cada martes: La mujer Loca de Juan José Millás

De la fresca experiencia lectora. Hace apenas unas horas que cerré la última página de «La mujer loca» de Juan José Millas» y sigo bajo su efecto. Se trata de un libro impactante sin duda, un reencuentro con lo mejor de lo que podríamos bien llamar la modernidad en la novela.

Millás da muestra de su maestría, salta con alegría y a veces también con pesar, entre historias y personajes, nos hace darnos cuenta de nuestra relación con el lenguaje, del cual nos servimos y a cuyas órdenes estamos por que nos justifica y nos construye.

Hacía mucho tiempo que no me encontraba así, frente a un libro de tan difícil catalogación, es decir, un libro exigente en la batalla con los personajes, con las ideas y sobre todo con las palabras. Creo que si hay una nota que destacar del libro de Millás es precisamente eso, su don de palabra, de grito y susurro, de manejo de esas entidades peculiares que son las palabras.

El encuentro amoroso se vuelve encuentro de voces, el canto de los cuerpos se hace también más que poema, lucha verbal y el lector debe enfrentar su lugar como vocablo pronunciado en el destino, el suyo y de los otros en este entramado extraño y complejo al que llamamos realidad.

Un libro que sinceramente nadie debiera perderse, a menos que como a veces suele suceder, le tengamos mucho miedo a las palabras.

Algo más sobre el libro:

https://elpais.com/cultura/2014/05/19/babelia/1400492711_862678.html

Y aún más

https://www.planetadelibros.com/libro-la-mujer-loca/115905

 

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En cada edición proponemos una palabra para indagar sus posibles significados desde distintas áreas.

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