La lista tonta de los jueves: ¡Museos y galerías!

Los museos han sido siempre para mí lugares misteriosos; llenos de imagenes, formas y colores; narraciones que se extienden desde los terrenos de la literatura hasta los de la historia y el pensamiento; rutas por recorrer y mapas del tesoro. Soy de los que no contratan guías ni leen las etiquetas de los cuadros, para eso compro siempre un catálogo, cuando entro al museo me pierdo, me dejo llevar y me siento más a gusto estando en ellos si lo concibo como un bosque o una ciudad y no como un cementerio pleno de lápidas… en fin, ya se sabe, lo primero que se nota en una lista es aquello que falta. Bienvenido

El Museo de la Inocencia. Orhan Pamuk. http://lascriticas.com/index.php/2017/01/31/el-museo-de-la-inocencia/

El Museo de los Recuerdos Robados. Ralf Isau, 2002). http://www.eltemplodelasmilpuertas.com/critica/museo-recuerdos-robados/1428/

El fuego invisible. Javier Sierra,. https://www.planetadelibros.com/libro-el-fuego-invisible/257922

La línea púrpura. Wolfram Fleischhauer. https://www.amazon.de/-/en/Wolfram-Fleischhauer/dp/8467206152

Tres horas en el Museo del Prado con Eugenio D’Ors. Eugenio D’Ors. https://www.museodelprado.es/recorrido/tres-horas-en-el-museo-del-prado—eugenio-dors/1c3387a2-fe2c-4727-89cf-c74be1585dac

Me llamo Rojo. Orhan Pamuk. https://www.aa.com.tr/es/mundo/orhan-pamuk-revela-un-nuevo-texto-sobre-su-aclamada-novela-me-llamo-rojo-en-estambul/1710501#

Un mundo deslumbrante. Siri Hustvedt http://lecturaylocura.com/el-mundo-deslumbrante/

El jilguero. Dona Tartt. https://bitacorademislecturas.blogspot.com/2019/09/el-jilguero-donna-tart.html?m=1

Y Seiobo descendió a la Tierra. Seiobo Krasznahorkai. http://www.acantilado.es/catalogo/y-seiobo-descendio-a-la-tierra/

Muerte súbita. Álvaro Enrique. https://www.anagrama-ed.es/libro/narrativas-hispanicas/muerte-subita/9788433998828/NH_522

El Paraíso en la otra esquina. Mario Vargas Llosa. https://www.letraslibres.com/mexico/libros/el-paraiso-en-la-otra-esquina-mario-vargas-llosa

La última modelo. Frank Maubert. http://www.acantilado.es/catalogo/la-ultima-modelo/

El gabinete de un aficionado. Georges Perec. https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/el-gabinete-de-un-aficionado/9788433931665/PN_166

La torre de ébano. John Fowles. http://impedimenta.es/libros.php/la-torre-de-ebano

Barbazul. Kurt Vonnegut. https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/barbazul/9788433931481/PN_148

Riña de Gatos. Eduardo Mendoza. Madrid 1936. https://www.letraslibres.com/mexico-espana/rina-gatos-madrid-1936-eduardo-mendoza

La casa del boticario. Adrian Mathews. https://www.veniracuento.com/producto/la-casa-del-boticario/

Hacia la belleza. David Foenkinos. https://www.criticaspolares.com/resenas-literarias/resena-hacia-la-belleza/

A El espejo negro. lfonso Domingo Álvaro. https://www.todoliteratura.es/noticia/1024/criticas/el-espejo-negro-de-alfonso-domingo.html

La musa. Jessie Burton. https://www.perdidaentremislibros.com/2017/04/la-musa-de-jessie-burton.html

Azul de medianoche. Simone van der Vlugt. http://www.duomoediciones.com/es/catalogo-editorial/azul-de-medianoche-829.htm

El rapto del cisne. Elizabeth Kostova. http://www.umbrieleditores.com/es-es/catalogo/catalogos/ficha-tecnica.html?id=600000216

Un artista del mundo flotante. Kazuo Ishiguro. https://elplacerdelalectura.com/2017/10/un-artista-del-mundo-flotante-de-kazuo-ishiguro.html

Arturo Pérez-Reverte, La tabla de Flandes. http://www.perezreverte.com/libro/55/la-tabla-de-flandes/

Carmen Torres, La dama del cisne. http://palabrasquehablandehistoria.blogspot.com/2014/08/la-dama-del-cisne-carmen-torres-ripa.html

De cómo el Partenón perdió sus esculturas

El siglo XVIII el de las luces, comenzaba a apagar sus bujías, nuevas maneras de pensar se enseñoreaban por el mundo y donde Francia había querido instalar a Europa como corazón del mundo por la razón, la ciencia y el arte, Inglaterra propuso el tiempo de los nuevos imperios a través de la conquista de los mercados y la explotación colonial; en ese empeño nació una especie peculiar, el coleccionista con ínfulas intelectuales pero motivaciones económicas, hay una mutación interesante entre Vivant Denon -el ojo de Napoleón – y Thomas Bruce – Séptimo Conde de Elgin -. Ambos tomaron como piezas de caza lo mejor de las culturas que sus amos conquistaron; Denon acompañó a los ejércitos imperiales como un soldado armado de plumas y papel, sus presas iban directo a embellecer París y a enriquecer el Louvre; Elgin tomó cuanto pudo para engrosar su fortuna y sólo una operación comercial permitió que las esculturas del Partenón fueran a parar al Museo Británico, algo que su gobierno no planeó y que careció de interés para el peculiar diplomático hasta que los reveses económicos se conjugaron con la oportunidad.

Thomas Bruce tenía treinta y tes años cuando el rey Jorge III lo nombró embajador ante el Imperio Otomano; Byron tenía entonces once años y Grecia llevaba cuatrocientos años bajo el dominio de la Sublime Puerta. Elgin, aunque gozaba de validos ante del rey de Inglaterra, con dificultad diríamos que también disfrutaba de la confianza del monarca y aunque el imperio Otomano era una fuerza política considerable, los británicos tenían puestos sus ojos en el incómodo Bonaparte por lo que la embajada en Estambul no formaba parte de la agenda principal del Rey Jorge; así, quien presentó sus respetos ante Selim III que gobernaba el Islam desde Irak hasta el norte de África, desde el sur del Danubio hasta el archipiélago griego y la Anatolia entera, distaba mucho de hombres como Cottington, Crowe, Parish o Johnston; pero era hábil y logró hacerse con la gratitud o que otros habían labrado en favor de Inglaterra.

Napoleón había invadido Egipto un año antes, venciendo a los mamelucos – vasallos del Sultán – en la batalla de las Pirámides, aquella en la que acuñó la célebre frase “desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos nos contemplan” y aunque venció no fueron los oficios del embajador los que lo retuvieron largo tiempo en las riberas del Nilo, sino el poder de Nelson; en cambio Elgin cosechaba los éxitos de su compatriota en la Sublime Puerta; querido y mimado por la familia del Sultán, lo veían como el representante de un gobierno para el que había buenas razones de guardar gratitud.

Desde cien años antes, viajeros, aventureros, intelectuales, diplomáticos y militares habían sentido la llamada romántica sobre la belleza clásica y habían llevado a diversos países de Europa las presas de un largo expolio sin control ninguno; así que Elgin se dedicó – con un séquito de artistas con magníficas credenciales – a recorrer Grecia para constituir una formidable colección particular; su itinerario comenzó en donde suponía debía estar Troya, aunque el emplazamiento supuesto por Elgin, distaba mucho del lugar que unas décadas después descubriría Schliemann; ahí, como hipotética prueba, el embajador encontró dos relieves en mármol que antes un francés, Choiseul Gouffier no había logrado adquirir, lo que resultó suficiente para que el pueblo los obsequiara al inglés. Entusiasmado por la facilidad de su éxito extendió una fina red de adulación y sobornos hasta que obtuvo un firman del Sultán – una especie de decreto imperial inapelable – con la finalidad de que se le permitiera el ingreso a la Acrópolis de Atenas y a otros monumentos; hoy, ese decreto está perdido aunque sabemos que fue ignorado, en el más olímpico de los sentidos, pues la ciudad se preparaba para un nuevo asedio francés que nunca tuvo lugar; parece que Elgin estuvo a punto de rendirse pero que la ambición de su mujer y de sus suegros – curioso aliciente que hizo de Maximiliano emperador de México – lo llevaron a insistir ante la corte de Estambul para obtener, mediante las artes que la experiencia ya había consagrado, un nuevo firman que le permitiera ya no hacer moldes de las esculturas sino llevarlas fuera del Imperio. En realidad el ansiado decreto nunca llegó, pero una nueva andanada de regalos y sobornos le permitieron hacer pasar como un firman del Sultán lo que en era una simple carta de recomendación firmada por un alto funcionario del imperio pero no por el soberano; el documento había sido otorgado por Maimmakam Seyid Abdullah Pasha, ministro del Gran Visir; el firman era un documento en el que se combinaban elementos jurídicos, políticos y religiosos, en ese sentido debía comenzar por las invocaciones necesarias a Dios y estar sellado y firmado por el Sultán en persona; todos esos elementos faltan en el documento con el que Elgin legitimó su robo; aunque el texto original se ha perdido, la traducción al inglés que el diplomático ofreció al Parlamento como prueba de la legalidad de su colección es bien conocida. La carta dirigida al Cadí de Atenas lo introduce como representante de Inglaterra ante la Sublime Puerta y lo muestra como un amigo muy conocido en las cortes europeas que desea ampliar su conocimiento sobre las antigüedades griegas y en particular sobre las obras de arte que subsistían en Atenas; que se hacía acompañar de ocho artistas ingleses para copiar todo cuanto quisieran en la Acrópolis, incluso realizar excavaciones en busca de piezas olvidadas, contemplarlas, medirlas, copiarlas y estudiarlas a voluntad, todo ello como una deferencia a su persona y como un deber de hospitalidad con su aliado británico, en cambio, ni una sola palabra de la que pudiera inferirse que las piezas pudieran ser desmontadas y menos aún que se aceptara llevarlas fuera del territorio griego u otomano; es más, la carta está redactada a modo de una amable petición – cuidado que el Sultán no necesitaba, pero del que un ministro no podía prescindir – . Elgin como buen corsario, basado en su dudoso documento, ablandó voluntades y aún se valió de la intimidación presionando al nuevo Disdar – Guardián de la Acrópolis – cuyo viejo padre había muerto poco antes, para llevarse cuanto pudo de las esculturas que adornaban el Partenón. El expolio de la Acrópolis tomó tres años y hubiera sido peor todavía si no se hubiera firmado la paz con los franceses y el Conde no hubiera sido retirado de la embajada.

Cuatrocientos ciudadanos griegos tuvieron que  trabajar en el despojo, desmontar las piezas, embalarlas y llevarlas hasta el puerto para su embarque; abandonaban Grecia – tal vez para siempre – las esculturas del frontón oriental, el antepecho del sagrado templo de Atenea Niké, una de las Cariátides del Erecteion, casi la totalidad de las Panateneas y quince metopas. Doscientas cajas realizaron el camino de Eneas y recalaron unas semanas en Roma, cuando trataron de hacer el camino del imperio desde la capital hasta Londres tuvieron que hacerlo sin su amo que, hecho prisionero en Francia durante dos años, enfrentó cargos de espionaje; los agentes del emperador no podían perdonarle habérseles adelantado en el secuestro de las piezas y aunque trataron de incautarlas aquello hubiera sido imposible porque estaban sumergidas en el Mediterráneo cerca de la isla de Khytira, lugar de culto de Afrodita, la isla que es mecida por las olas y que mana leche y miel, la misma que el barroco imaginó como sede de todos los placeres ilícitos y a la que Watteau dedicó una de sus mejores obras; Afrodita y sus ninfas que proveían de placeres a quienes habitaban la isla trataron de hacer lo que los mortales no pudieron, aunque sólo lo lograron por un tiempo, pues las ciento noventa y seis cajas que un naufragio había enviado al fondo del mar fueron encontradas cuando Elgin fue puesto en libertad en 1807. A partir de ese momento las piezas fueron llegando a Londres donde el antiguo diplomático acondicionó un museo privado; cuando estuvieron todas reunidas, hacia 1812, Elgin las trasladó a su solar familiar en Escocia, donde languidecieron durante algunos años; contra lo que el corsario pensaba, las esculturas no fueron recibidas en la Gran Bretaña como una posesión ansiada y valiosa, como la que los franceses prodigaban a las grandes adquisiciones de Napoléon, por el contrario, se vio asediado por quienes señalaban la ilegalidad del despojo y quienes se negaban a reconocer su calidad y autenticidad, argumentado, con crasa ignorancia, que no eran griegas ni obras de Fidias, sino romanas de la época de Adriano.

La Gioconda conoce a la Reina de Camelot

Hubo un tiempo antes de Camelot, un tiempo breve porque antes de él no hubo sino la prehistoria de la joven Bouvier; porque el reino resplandeciente comenzó a formarse no a través del que sería su señor – el Emperador Kennedy, como lo llamaría luego Leszek Kolakowsky – sino desde la luminosidad de la que algún día sería, para siempre, su soberana; en Life del verano de 1959 Jackie irrumpió en la escena pública como la flamante esposa del Senador John Fitzgerald Kennedy que comenzaba a perfilarse como el favorito para alcanzar la candidatura demócrata a la presidencia de los Estados Unidos; en julio de 1960, Norman Mailer publicó un reportaje sobre la Sra. Kennedy en Esquire y consagró para siempre su estilo; es cierto, hubo un tiempo antes de Camelot pero ni todas sus luces alcanzarían a igual el breve tiempo del reino resplandeciente; su reina impuso el estilo y la cultura como componentes de la política de la Casa Blanca; ninguna de las siguientes inquilinas que la augusta mansión alcanzaría la sofisticación del estilo de Jackie pero tampoco ninguna podría ignorarlo. Si es cierto que el ingente poder de los Estados Unidos no es obra de Kennedy, pues comenzó a gestarse décadas antes de su presidencia, también lo es que Jacqueline Bouvier inventó el estilo como parte de la imagen política norteamericana y que forzó las puertas de una cultura todavía fuertemente provinciana y semibárbara; si antes de Camelot los intelectuales nortamericanos tenían que peregrinar a Paris, a Madrid y a Londres, ella llevaría a André Malraux a Washington y daría un golpe espectacular para migrar buena parte de la cultura mundial a las viejas trece colonias.

En 1961 John y Jackie visitaron a De Gaulle en Paris, el general quedó maravillado con la personalidad y el estupendo francés de la Primera Dama; en la cena de Estado, con perfecto acierto el Presidente de los Estados Unidos afirmó: “Soy el hombre que ha acompañado a Jacqueline Kennedy a París y lo he disfrutado”. De Gaulle se mostró muy interesado en las nuevas ideas de John y el trabajo impecable de Jacqueline fue allanar el camino del entendimiento; sin embargo, Jacquie tenía sus propios objetivos, había leído con detenimiento la obra de André Malraux, entonces el poderoso ministro de cultura, sus charlas fueron gratas para ambos y el fue su guía en una visita la Jeu de Paume y a la Malmaison; ahí nació una amistad que se mantuvo en la mejor estima de ambos hasta la muerte del francés en 1976. Cuando la pareja regresó a Washington, Malraux le envió un ejemplar autografiado de su libro “El Louvre y las Tullerías”.

En 1962 la reina de Camelot impuso a su corona una joya inimaginable; en mayo, Malraux visitó Washington y se hospedó en la Casa Blanca; ahora como anfitriona, Jackie devolvió la visita guiada y llevó al escritor a conocer la National Gallery, como la Sra. Kennedy no necesitaba intérpretes podía, por sí misma, acercarse y alcanzar sus objetivos por sí misma. De alguna manera que no lograremos conocer, Malraux y Bouvier concibieron la idea de llevar la Mona Lisa a Washington por algunos días; el hecho era que la ilustre pintura sólo había salido del museo en dos ocasiones: cuando fue robada y cuando se la escondió para ponerla a salvo de la brutalidad y venalidad nazis y, desde luego, nunca había estado fuera de territorio francés; aunque el político recriminó al escritor por la reticencia de Francia a colaborar con la carrera nuclear y el ministro regañara al presidente por su falta de humanidad en Viet Nam, lo cierto es que el diálogo fue cordial en gran parte porque Jackie había encontrado en el arte una ruta alternativa evitando que la diferencia de opiniones enrareciera el ambiente.

Cuando regresó a París, Malraux expuso el proyecto al Presidente y De Gaulle se impuso al influyente gremio de los conservadores del Louvre  que, desde luego se opusieron a que la Gionconda se aventurara fuera de casa; al afecto y respeto de De Gaulle por Malraux quedó de manifiesto  – y también la razón que concedía a la causa de Mrs. Kennedy – cuando el General zanjó de golpe la cuestión: “Malraux sabe lo que hace y lo hace bien”. Para octubre de 1962 las cosas iban tan avanzadas que el Presidente Kennedy escribió a John Walker, director de la National Gallery, para que directamente y en su nombre, negociara con Hervé Alphand, Embajador de Francia, los términos de la exposición, la nota de instrucciones deja ver como el rey deja a la reina de Camelot el control de una situación delicada como delicadas eran sus maneras de atenderla; decía la nota:

Negocie la seguridad y protección de dos cuadros que serán enviados desde Francia este otoño. Estos cuadros llegarán a Estados Unidos como el más generoso gesto del Presidente De Gaulle y del ministro de cultura francés André Malraux hacia la Sra. Kennedy y hacia mí.

La impronta de Jackie había quedado indeleble, los cuadros eran: “Retrato de la madre del artista” de Whistler y “La Gioconda” de Leonardo; ésta última sería exhibida no sólo en la capital sino en la que Jackie tuvo siempre como su propia ciudad: Nueva York. El 12 de diciembre los Kennedy anunciarían la exposición y ésta fue inaugurada por Malraux y la pareja el 8 de enero de 1963. No pudo haber tenido más éxito ni mejores resultados; entre las dos ciudades visitaron la pintura un millón setecientos mil personas; las obras regresaron intactas a su hogar y los Kennedy, como correspondía al fulgor de Camelot, quedaron como unos de los más grandes patronos de las artes de su tiempo. No cabe duda que fue el talento de ella lo que logró la hazaña, la Gioconda sólo volvió a salir de casa una vez más, en 1974, para visitar el National Museum de Tokio, en esa ocasión, a modo de protesta, todos los conservadores del Louvre renunciaron.

40,000 veces Gracias!!!!!!

Cisterna de Sol ha superado, gracias a su compañía y lectura, a su diálogo y encuentro, las 40,000 visitas. Lo celebramos, en tanto preparamos una sorpresa para nuestros amigos y lectores, obsequiando una imagen para su uso libre. Como siempre, se agradecerá citar la fuente.

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Lee Les combustibles, de Amélie Nothomb. Lea ud. Sin mañana, de Vivant Denon

Vivant Denon, «el ojo de Napoleón», es uno de los ejemplos más interesantes de voluntad de vivir más allá de los intereses políticos y económicos. Quien fuera Director del Museo de Louvre, fue el encargado, durante las guerras napoleónicas, de formar las colecciones de arte y arqueología que ahora hacen insustituibles los museos franceses. En su juventud escribió «Sin mañana», pequeña joya literaria, considerada por muchos una de las prosas más perfectas en lengua francesa. El volumen publicado por Atalanta, incluye también las memorias de Denon en la campaña de Egipto y una deliciosa nota biográfica de Denon escrita por Anatole France.

Para el fraseario, las siguientes citas:

«La edad ha encanecido la suave seda de su cabello y abierto surcos en sus mejillas sonrientes. El viejo barón sabe muy bien que su vida es una especie de obra de arte. No olvida ni añora nada. Su buril, a veces un tanto libre, recuerda en planchas secretas los placeres de su juventud. Sus amables conversaciones reviven la corte de Luis XV como el Comité de Salud Pública». Anatole France

«Antes de despedirse, quiere expresar a Denon toda su admiración. Le pregunta cuál es su secreto para haber adquirido tantos conocimientos. – Debéis haber estudiado mucho – dice – en vuestra juventud. Y Denon le contesta: – Todo lo contrario, milady, no estudié nada, porque eso me habría aburrido. Pero observé mucho, porque eso me divertía. De modo que mi vida ha sido plena y he disfrutado mucho». Anatole France.

«Sabía que un hombre de bien debe pagar al destino cuanto le compra». Anatole France

«Ella me presenta, él me ofrece la mano, y soy, soñando con mi personaje, pasado, presente y futuro.» Vivant Denon

«Sobrevino el silencio, se oyó (pues a veces se oye el silencio), y nos asustó.» Vivant Denon

«Nada más lejos de mi intención que acusarla de coquetería, pero una mujer recatada no posee menos vanidad que una coqueta». Vivant Denon

«Pedía amor a cambio de todo lo que el amor acababa de arrebatarle». Vivant Denon

«‘- ¡Qué espacio inmenso separa a este lugar del pabellón que acabamos de abandonar! – me dijo -. Tengo el alma tan llena de felicidad que apenas logro recordar que haya podido resistirme a vos.

– ¡Vaya! – le dije – ¿Acaso veré disiparse aquí el encantamiento que allí inundó mi imaginación? ¿Va a serme siempre fatal este lugar?

– ¿Hay todavía alguno que pueda sértelo estando yo contigo?»

Vivant Denon

Imagginación

Meditación Divertida con Maggie

Disappearing Thoughts

clicks and clips

Tablaturas de mis pasos

Unas cuantas palabras y fotos para los lugares que me hacen feliz.

NOUS LES FEMMES

Aller au delà de nos limites à travers le monde. J'en suis capable, pourquoi pas toi? Pourquoi pas nous? Ensemble nous sommes invincibles "Je suis femme and i can".

Rosie Blog

A garden of wild thoughts. Feeling thoughts and dilemmas

Un Loco Anda Suelto

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Inner-peace is necessary to overcome of all the pain.

El Rincón de Suenminoe

En el soñador vida y sueño coinciden

La poesía, eso decían

Como plasmar la idea natural.

Cynthia Briones

Letras en el mar.

Polisemia Revista cultural

En cada edición proponemos una palabra para indagar sus posibles significados desde distintas áreas.

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