Tras los pasos de Alfonso Reyes en Madrid. 100 años después. Segunda Jornada

Segunda jornada. Noviembre 8, 2015.

El día de la Almudena es fiesta en Madrid. Hoy, la virgen se da un paseo desde la muralla en donde milagrosamente un día como hoy fue descubierta, hasta Plaza Mayor repitiendo el camino que emprendió en la fecha de su vuelta a la vida. Anoche hubo celebración por todo Madrid de modo que si los madrileños son de suyo trasnochadores y malos madrugadores, en un día como hoy las diez de la mañana ofrecen todavía un tiempo fresco, de calles semidesiertas antes de que, como se espera, la ciudad se transfigure por la tarde cuando las multitudes salgan al paseo y a la compra dominical.

Antes de acudir al Prado es necesario un ritual previo, hay que acudir a Lhardy, restaurante de tradición, en el que no hay desayunos, ni churros siquiera, pero la bollería es soberbia y su chocolate tan rico, potente y espeso que apenas un grado más lo haría un plato de ternera. En ese restaurante, durante una reunión del Ayuntamiento de Madrid, Alfonso Reyes pronunció su ofrecimiento heroico:

Cuando un día, cierto acto municipal yo me declaré, invocando la memoria de Ruiz de Alarcón, “un voluntario en Madrid…”

Y fue ahí mismo, en su salón que era ya famoso en el reinado de Alfonso XII, que tuvo días de gloria durante la era republicana, resistió los amargos días de la guerra y el asedio y, después de unos años de castigo durante el afianzamiento de la dictadura, con el tiempo fue recuperando su antiguo esplendor; Reyes fue despedido al final de su misión diplomática, en una comida celebrada el 12 de abril de 1924, a la una y media – recordaría siempre Reyes – a la que convocaron Eduardo Gómez de Baquero, Francisco de Icaza, Azorín, Enrique Díez Canedo, José María Chacón y Calvo, Manuel Azaña, Ramón Gómez de la Serna, Melchor Fernández Almagro, Antonio Marchamar, Edgar Neville y Cipriano Rivas Cheriff y a la que asistieron amigos, compañeros de prensa, cuerpo diplomático y algunos políticos republicanos, el conde de Romanones con un mensaje de Alfonso XIII, Luis G. Urbina, Eduardo Marquina, Eugenio D’Ors, José Ortega y Gasset y Jean Cassou de paso por la ciudad. Lhardy es uno de esos rincones de Madrid que sólo puedo evocar en referencia a Don Alfonso, es para mí el restaurante de su despedida, como Salamanca es su barrio de residencia.

Volvemos sobre nuestros pasos; apenas cruzamos la pala de Canalejas, se mira en la proximidad el Prado de los Jerónimos; descendiendo la carrera, calle angosta pero elegante, el augusto edificio de las cortes enfrente de la embajada de México y la Plaza de las Cortes, se logra una vista privilegiada; ahí sucedieron hechos históricos, algunos vergonzosos como el ridículo conato de golpe de Estado de Tejero, otros gloriosos como la instalación de los leones fundidos con el metal de los cañones arrebatados al enemigo en las guerras de África; en fin, un universo de memorias que adornan un paseo en el que se experimenta el peso de una devenir que es el de nuestra cultura. Pasos más adelante se divisa el Hotel Palace y enfrente el carillón de la aseguradora que da vida y recuerdo a este rincón luminoso de España; como escasos pájaros escapados de sus jaulas, se escuchan unos cuantos vocablos en inglés y en francés sobrehilando el océano de los cien acentos de la hispanidad. En la glorieta de Neptuno, la cuesta se ha vuelto loma y a la memoria acude la imagen del dios de los mares protegidos con sacos terreros y privado de su tridente soportando heroico y firme el asedio de Madrid en los peores días de la guerra; la esquina del Museo Thyssen es uno de los vértices de la encrucijada que ahí se forma, quien da vuelta a la izquierda alcanza las salas prodigiosas del museo, quien a la derecha se dirigirá a la estación de Atocha y quien siga adelante encontrará de nuevo el Ritz y el Prado, desde ahí la vista se corona con la cúpula del hotel y la aguja de la Iglesia de los Jerónimos.

En la esquina del Ritz ya se encuentra en uno de los espacios privilegiados de la ciudad; enfrente del Museo del Prado, una pequeña plaza donde gobierna un monumento a Goya, desde ahí, tornando la mirada a la derecha se descubre la dulce pendiente que da nombre a este rincón del mundo y más arriba, la señorial casona que alberga la Academia de la Lengua y la Iglesia donde la tradición impone sean proclamados los reyes de España que desde hace setecientos años carecen de corona. Del otro lado del edificio del museo se encuentra el Jardín Botánico, donde Alfonso Reyes rindió un peculiar homenaje a Mallarmé; más allá del jardín termina el Prado con la Cuesta de Moyano, hogar de los libreros de ocasión. Durante los años de su estancia en Madrid, don Alfonso dispensó muchas horas a este lugar que, para mí, es una de las capitales de la geografía de mi memoria y mi corazón.

Desde su llegada a Madrid, Reyes hizo del Prado uno de sus lugares predilectos y lo convirtió en parte central de su vida familiar e íntima; en sus diarios no son pocas las alusiones que hace de sus paseos en el museo y no sólo para admirar los cuadros sino como lugar de reflexión, espacio abierto para estimularan nostalgia o tomar decisiones, para matar la soledad, pensar en sus letras y hasta como calefacción. Hoy, cuando las puertas de acceso al museo han cambiado – no dejo de sentir cierta melancolía cuando recuerdo que aún utilicé las históricas puertas que miraban al Jardín Botánico -, entramos por el lucidor nuevo acceso cuyo moderno diseño contrasta con el edificio clásico pero no rompe su unidad; ahí están la librería y la tienda, los servicios modernos y la cafetería bañada de sol; cruzando la puerta se abre el paraíso de quienes amamos el arte y para quienes pensamos que gran parte de la historia de México está congregada en España.

Reyes no sólo utilizó el Prado en términos espirituales sino también en los más prácticos y mundanos que puedan imaginarse; en su era pie pobreza lo usó para darse calor, por ejemplo, él mismo lo recuerda:

La sensación de penuria se acentuaba con el frío. Para defenderme, aprendí a cubrirme el pecho y la espalda con papel de periódico, y descubrí que un rato junto a la boca de calefacción en el Museo del Prado me daba calor para un par de horas.

Cuando llegó a España, don Alfonso estaba huyendo de la Primera Guerra Mundial y del desempleo en que lo había dejado la cesantía de todo el personal diplomático mexicano que decretó el Presidente Carranza en el año de 1914. En Madrid, el que había sido hijo de familia rica e influyente, caído ya en desgracia por la participación de su padre en el golpe de Estado contra Madero, aprendió a ganarse la vida con la pluma, a escribir la nota diaria del periódico mientras investigaba para el Centro de Estudios Históricos bajo la dirección de Menéndez Pidal en el viejo núcleo de Madrid de los Austrias que hoy mismo buscamos y hallamos antes de la hora de la comida en la que honramos a los dioses tutelares de Reyes: la amistad, al reencontrarnos con la familia de Catalina Alba, amiga ya de muchas décadas.

Mientras paseaba por la tienda de los recuerdos y las reproducciones del museo me acorde que Reyes había inventado, para entretener a su hijo y a los de otros refugiados mexicanos, un jueguito que ahora se vende por diez euros en la tienda del museo; se basa en sustituir las tradicionales tarjetas del juego que en México llamamos “memoria”, por postales de los cuadros del Prado, lo que ahora es un recurso común para iniciar a los nos en el mundo del arte, en manos de don Alfonso eran la demostración que el ingenio no tiene límites para un padre que desea divertir y educar a sus hijos aún con el más pobre presupuesto. El juego de don Alfonso no se limitaba a la exhibición de las tarjetas; su objetivo principal era la escena, en compañía de Martín Luis Guzmán y de Antonio Acevedo hacían reproducciones escénicas de las pinturas donde, por ejemplo, Reyes era el Condeduque de Olivares, Acevedo su caballo y Martín Luis el fondo de la escena; años después en la Residencia de Estudiantes, Federico García Lorca jugaría una macabra variante del entretenimiento; en compañía de Luis Buñuel y de Salvador Dalí que lo llevaban, Federico actuaba su muerte y lograba que Dalí saliera huyendo pues afirmaba que García Lorca era capaz de simular su propia descomposición. El día de hoy frente al retrato de Olivares, debo confesar, me fue imposible imaginar a Martín Luis haciendo el papel de floresta y menos a Federico pudriéndose en una mesa de la Residencia.

Desde luego, Reyes tenía sus obras favoritas en el Museo; al visitarlas uno puede enterarse de como el escritor apreciaba la realidad; Alfonso huía de los cuadros obscuros y dramáticos y entra siempre por una puerta de luz como se entra en esta especie de paraíso. Ahí están las majas de Goya, el Jardín de las delicias, los bufones de Velásquez y las Meninas; ahí está lo que don Alfonso llamó la vulgaridad consentida y que no es otra cosa que la alegría popular manifiesta en el entierro de la sardina.

Rematamos el día paseando por el Madrid de los Austrias; por sus callejuelas que tanto frecuentó Reyes, por los cafés donde pasó el tiempo en compañía de Unamuno y de Valle Inclán, por el Café de San Ginés, en cuya esquina decía Alfonso, don Ramón ebrio de mariguana esperaba que su casa viniera a por él como un barco; atracamos en un café de la Plaza Mayor puesta ya muy guapa para la fiesta de la Almudena; me he surtido de gorras en la histórica casa Yustas en donde Reyes decía que, antes de la guerra, campeaba un anuncio que rezaba: “sombreros para hombres de paja”; ahí mismo en una mesa similar a la de los cambistas de la Edad Media he comprado cinco monedas de la era republicana que me tenían guardadas desde 1939 y que tardíamente viajarán rumbo a México a reunirse con otros recuerdos en el exilio.

La ciudad se me va confundiendo con las letras de Reyes y a cada paso me toman por asalto citas, ideas, versos y anécdotas, como esta sobre el arte, el Museo del Prado y su no siempre bien querida monarquía española:

Cuando el Rey Leopoldo de Bélgica visitó España, paseaba por el Museo del Pardo en compañía del Rey Alfonso y del Duque de Alba. El Rey, que era travieso, se detuvo ante la maja desnuda de Goya y le dijo a Leopoldo: “la abuela del duque”. El duque se la guardó. Cuando llegaron a la familia del Rey Carlos IV pintada por Goya, se detuvo ante la espantosa bruja con chiqueadores, reina entonces y protectora del favorito Godoy y dijo: “la abuela del Rey”. Entre la puta y la bruja, la duda no era posible.

Mañana, tal vez, Aranjuez.

Vision de Alfonso Reyes a 100 años de su llegada a Madrid

Harán ya noventa y tres años que un mexicano, al abrir una reunión del Ayuntamiento de Madrid, se permitió un atrevimiento cuya osadía entonces sólo comprendió don Manuel Azaña y que el tiempo mantuvo como expresión profética. En aquella ocasión, aquel mexicano terminó su alocución con estas palabras:

Deseo pues señores, que su amabilidad me conceda un sólo y único título para presentarme ante vosotros, y es el de ser – de verdad y de corazón – un “voluntario” de Madrid.

Ese hombre se llamaba Alfonso Reyes. Tenía treinta y tres años de edad y siete de residencia en Madrid. Se había hecho habitual en la prensa española, inventado la crítica cinematográfica en español y publicado nueve libros, ocho de ellos en España. Mucha agua había corrido por el Manzanares desde su llegada.

Había salido de su patria algunos años antes; proscrito por causa de un padre que desde las más altas cumbres del poder había descendido hasta el punto en que los equivocados suelen ser confundidos con los traidores y los sublevados.

Alfonso había sido rico y de aquello nada quedaba; pertenecía a una generación de hijos privilegiados que como infantiles prometeos, habían tratado de robar el fuego al dictador para llevarlo al pueblo y comenzar una revolución desde la Universidad, a través de las ideas y de un comando inocente y desarmado al que, como una señal del orgullo de su edad y como una insignia de su respeto por la inteligencia, habían llamado el Ateneo de la Juventud. Después, cuando hechos los superaron, la vorágine de la guerra civil los dispersó por el país y por el mundo. Alfonso, hijo del General Bernardo Reyes, anciano general que parecía ser el sucesor natural de un presidente que por su control absoluto y la longevidad de su mandato había hecho de la política nacional una función de su propia actividad vital, se vio privado de sus privilegios de clase y jerarquía.

Su padre, suprimido en la carrera por el poder, incluso hecho preso por sus enemigos políticos, se deja caer en los brazos de la rebelión y encuentra la muerte en un ataque romántico, heroico y descabellado contra Palacio Nacional.

Alfonso, a partir de ese momento fatal, llevará en su conciencia la pena de no haber podido evitar el desastre. El presidente Madero, le había prometido el perdón para el viejo general si lograba disuadirlo de su obsesión levantisca, pero él resultaba el menos indicado para esa tarea; Alfonso, era el picado de la araña de las letras, el intelectual y no el hombre de acción al que su padre hubiera escuchado; muchos años antes, el antiguo héroe de guerra y fundador de ricas ciudades en medio del desierto y de la nada, cuando lo envió a la Ciudad de México a estudiar Derecho, le advirtió que en su familia, “nadie se hacía poeta por oficio”.

En un país revuelto, gobernado por una dictadura desacreditada y odiosa, su antigua tranquilidad de hijo de familia dedicado a revivir los diálogos de Sócrates en la casa de Pedro Henriquez Ureña, se esfuma en unas cuantas semanas. Obtiene el título de licenciado en Derecho con una tesis escrita a matacaballo: “La teoría de la sanción” que adelanta por décadas a la filosofía jurídica mexicana de su tiempo. Debe casarse con la que será su compañera de toda la vida pues único hijo está ya en camino.

Llamado por Victoriano Huerta, el nuevo dictador, recibe una macabra propuesta para compensarlo por la muerte de su padre: le es ofrecida la secretaría particular del usurpador. Alfonso no pierde el control sobre su inteligencia y para no secundar el golpe de Estado, pide la gracia del exilio y sale a Francia con un cargo diplomático con el que inicia una larga carrera – de más de treinta años -, que nunca imaginó para sí y que le sabe más a refugio y salvamento que a mérito y logro.

Tal es el hombre herido que sale de su patria exhibiendo una voluntad que no mostrará jamás fatiga, como corresponde al pudor de su espíritu latinoamericano, pero que se sentirá siempre en sus letras, a veces de modo sutil y otras de manera desbordante, como en su “Oración del Nueve de Febrero” o en éste, su “Romance Viejo”:

Yo salí de mi tierra, hará tantos años, para ir a servir a Dios. Desde que salí de mi tierra me gustan los recuerdos.

En la última inundación, el río se llevó la mitad de nuestra huerta y las caballerizas del fondo- Después se deshizo la casa y se dispersó la familia. Después vino la revolución. Después, nos lo mataron…

Después, pasé el mar, a cuestas con mi fortuna, y con una estrella (la mía) en este bolsillo del chaleco.

Un día, de mi tierra me cortaron los alimentos. Y acá, se desató la guerra de los cuatro años. Derivando siempre hacia el sur, he venido a dar aquí, entre vosotros.

Y hoy, entre el fragor de la vida, yendo y viniendo —a rastras con la mujer, el hijo, los libros—, ¿qué es esto que me punza y brota, y unas veces sale en alegrías sin causa y otras en cóleras tan justas?

Yo me sé muy bien lo que es: que ya me apuntan, que van a nacerme en el corazón las primeras espinas.

Reyes que tanto admiraba las tragedias griegas, sale de su patria queriendo eludir su destino sin saber que, al contrario, el barco que lo aguardaba en Veracruz lo dirige a su destino de escritor, pero no de la manera en que había soñado.

Llegó a París, la ciudad que por décadas había soñado; al fin estaba en las calles que Proust, Balzac y Zola habían descrito. Pero, sobre todo, había entrado al mundo más allá de su patria donde el cosmopolitismo estaba sólo en los libros en donde el aire transpiraba la limitada dulzura del provincialismo. Sin embargo, la experiencia del primer París fue acaso demasiado breve y apenas suficiente para mostrarle su falta de mundo y la auténtica dimensión de su apetito por conquistarlo y escribirlo.

Cuando apenas había terminado de desempacar su limitado patrimonio y comenzaba a tirar sus primeros anzuelos, la historia le propinó otro par de golpes a la poca estabilidad que le quedaba. En 1914 un escueto telegrama le anunció que sin remedio ni compensación, derrotada la dictadura, Venustiano Carranza hombre fuerte en turno, cesaba a todo el cuerpo diplomático mexicano acreditado en el extranjero; Carranza había apoyado al padre de Alfonso en los buenos tiempos, por eso, en su desesperación, aguardaba una contraorden o al menos un gesto de tranquilidad; esperó en vano hasta que la entrada de Francia en la Gran Guerra le demostró que no tenía futuro en la Ciudad que había tanto soñado. Una vez más, en apenas unos meses, se vio en el trance de la huída, ya sin cargo ni aval y con el Pirineo como puerta a la salvación.

Si su salida de México le había hecho sentir la violencia, la de París le había revelado el sabor del abandono. No le quedaba sino confiar en sus fuerzas y mantenerse a través de las letras; sobrevivir a Paris lo hizo un hombre del que su padre habría estado orgulloso.

La vivencia de Madrid, aún sin borrar del todo las cicatrices, le ayudó a seguir viviendo con esa sombra, independizarse de ella y asumirse como escritor por sobre cualesquiera otras consideraciones. El primer París quedaba atrás, como un crepúsculo al que aspira a volver a reír a volver como  lo expresa en su “Madrid Cubista”:

Gran estremecimiento de duda fue París. (Todos son profetas en su tierra). Dura escuela de laboriosidad y, en fin, ciudad triste como hermosa, contra la frivolidad alegre que dicen los necios. Tan hermosa que se la ama con las lágrimas en los ojos. Triste, bella entre la niebla, donde se está solo con el alma, acaso más que en todo el silencio campestre de su naturaleza ¡oh Emerson! Donde se llora la pérdida irremediable de algunas excelencias nativas. Un obscuro vaho de la raza se levanta desde el corazón. Un vacío inmenso hubo en mí, donde cupo toda la amargura de mis lagos.

Alfonso Reyes llega a tierras españolas por el norte, si el principio de su exilio se había propuesto consagrarse a su obra, a redimir la memoria de su padre y a servir al país desde su carrera diplomática, al llegar a España solo tiene una cosa en mente: ganarse la vida.

La larga estancia de Reyes en Madrid dejará huellas imperecederas en su pluma, en su alma y en su visión del mundo; ha querido la crítica y la iconografía clásica sobre la vida de Reyes, dividir esa estancia en dos partes de similar longitud, antes y después de la recuperación de su calidad diplomática; sin embargo, podríamos ensayar otra disección de ese tiempo fundamental y caro para Reyes que escribe, en su obra la palabra Madrid, descontando las menciones en fechas, nombres de instituciones y referencias bibliográficas, un total de 1,109 veces, muchas más de las que se refiere a París o a su natal Monterrey y apenas por debajo de la palabra México.

Quisiera ensayar en este Visión de Alfonso Reyes, no dos, sino tres vertientes de crecimiento pues los años de Madrid fueron, con los años del Ateneo de la Juventud, sus principales etapas de aprendizaje y maduración. Si la antigua Escuela Nacional de Jurisprudencia lo había educado, le había abierto los ojos a la cultura y a las letras; los años de Madrid, en el Centro de Estudios Históricos, en la redacción de diarios y revistas, en la legación de México y aún en las calles y en los cafés, le enseñaron lo que él, en sus postreros años, llamaría “el oficio general de ser humano”.

Por un lado, encontramos el proceso de construcción de su personalidad; en seguida, la afirmación del escritor como cumplimiento de su vocación y, por último la definición de su sentimiento de nacionalidad y pertenencia. Es sobre esos ejes que la experiencia de Reyes en Madrid es un punto de inflexión en su vida, un momento de cambio y transición de tal magnitud que sólo podrá compararse con la vivencia de la madurez a su retorno a México en 1939.

Estos cambios sólo fueron posibles en la medida que don Alfonso, al contrario de París, tuvo en Madrid un hogar y no sólo una estancia de paso. La experiencia de Reyes en España estará siempre iluminada por una gratitud profunda que tendría, a la larga, un enorme significado histórico, pues serían esos mismos amigos que lo acogieron los que luego encontrarán idéntica recepción al sobrevenir la sublevación y la caída de la República que era tan querida para Reyes.

Muchos años después de su arribo a Madrid, en una de tantas recreaciones de las que dejó constancia, decía:

Cuando, a fines de 1914, yo llegué a Madrid, dejándome atrás, como Eneas, el incendio de mi tierra y el derrumbe de mi familia, mis buenos hermanos de España, sin interrogarme siquiera ni examinar mis credenciales, me abrieron un sitio en las filas del periodismo y las letras y me consideraron, desde el primer momento, como uno de los suyos. Yo no tuve que solicitar nada, ni se me pidieron explicaciones. Pudieron no haberme hecho caso; mi bagaje era todavía muy ligero: un libro único en mi haber.

Y más adelante, en otra ocasión:

A veces evoco aquellos libérrimos días de -Madrid —mis primeros cinco años de España— en que la independencia más cabal era el contrapeso feliz de mi penuria. Al instante me acuden las imágenes de aquellos buenos hermanos que compartieron conmigo el humilde pan del escritor. Desde luego, nuestro llorado Enrique Díez-Canedo, ya tan mexicano como español, y con quien la vida había de juntarme de tiempo en tiempo en varias ciudades de Europa y América, para finalmente traerlo aquí a mi lado.

Esa presencia de ánimo, siempre afectuosa y siempre agradecida, generó en el regiomontano un sentimiento de identidad y pertenencia que no estuvo exento de tintes políticos y que le ayudó a lograr el dominio de su propio personaje; de aquel joven solemne que veía en la cultura la mayor prenda que podía portar cualquier ser humano, proviene el hombre jovial que ha vencido el miedo al destino, ha pagando su cuota de dolor y encuentra en las letras y las artes funciones vitales dentro de un mundo que hay que habitar y también gozar. Reyes resuelve pues su estancia en Madrid con una sabiduría mundana que lo aleja de las torres de marfil y de los conciliábulos culturales para arrojarlo a la vida y a la existencia pura y llana del día a día que deviene en laboratorio de sus más profundas ideas.

Años después, al terminar su segunda estancia en la capital francesa, Reyes hace un recuento de esa forma de su ser en el mundo:

París acabó de convencerme de que uno de los primeros deberes está en procurar que nuestra vida y cuanto de cerca nos rodea despidan, ante todo, un aliento de agrado; que la vida sea en lo posible grata y dulce, que se parezca ¡Ay amigos! A lo que soñamos los hombres.

Reyes no se niega a los placeres, por el contrario, los anhela y los procura como parte de su experiencia estética; al mismo tiempo, su culto por la inteligencia no le sugiere moderación sino discreción. Al salir al encuentro con la belleza y sus placeres, el escritor se asume en el mundo y entiende que la literatura es vivencias y no se puede hacer a despecho del mundo y menos aún a espaldas del escritor como hombre al servicio de las ideas y creador de la realidad.

España da a Reyes la auténtica dimensión de sí mismo, define su carácter y esculpe la versión definitiva de una personalidad que no hará en el futuro sino perfeccionarse.

Un segundo eje para la Visión de Alfonso Reyes, lograda también en las prensas españolas, es su afirmación como escritor; es decir, como la sumisión del hombre a su vocación en torno a la cual gravitan todas sus demás ocupaciones, las más públicas y las más íntimas.

Entre las “Cuestiones estéticas” de 1911, su “Visión de Anáhuac” y su “Ifigenia Cruel”, hay una distancia de estilo y forma como la que existe entre el joven azorado que llega a Madrid y el hombre templado que regresa a México atendiendo al llamado de Álvaro Obregón.

La experiencia de Reyes como escritor profesional llevado al extremo de ser esa su única ocupación y fuente exclusiva de sustento, le permite afirmar su existencia dedicada a su arte y más que en un sentido estético, en un completo sentido vital; en junio de 1924, momentáneamente en México, Reyes responde a la pregunta ¿Qué fin persigo en escribir?

Me guía seguramente una necesidad interior. Escribir es como la respiración de mi alma, la válvula de mi moral. Siempre he confiado a la pluma la tarea de consolarme o devolverme el equilibrio, que el envite de las impresiones exteriores amenaza todos los días. Escribo porque vivo. Y nunca he creído que escribir sea otra cosa que disciplinar todos los órdenes de la actividad espiritual, y, por consecuencia, depurar de paso todos los motivos de la conducta. Ya sé que hay grandes artistas que escriben con el puñal o mojan la pluma en veneno. Respeto el misterio, pero yo me siento de otro modo. Vuelvo a nuestro Platón, y soy fiel a un ideal estético y ético a la vez, hecho de bien y de belleza.

Ese es, sin duda, uno de los grandes secretos de la literatura alfonsina y también la clave de su universalidad; al encontrar la medida entre una erudición que alcanza la cima de lo incontestable y la experiencia vital, Reyes respeta la expresión en estado puro, es decir, la literatura como fin en sí misma, pero no la comparte porque sólo la entiende como una función vital; de ahí que sus temas transiten con tanta libertad entre España y México, entre Iberoamérica y Francia; que puedan considerarse actuales a cien años de distancia y que resulten de una potencia estética tan lograda como intelectualmente provocativa.

En Madrid, Reyes enfrenta un mundo completamente distinto al que había conocido en sus primeros días mexicanos; encuentra un público que lee y sigue a sus autores, un ambiente literario vivo en el que sus actores ocupan la calle y compiten por la preferencia del público, que forman opinión más allá de los ambientes académicos o estrictamente culturales; en consecuencia genera con prontitud un cambio en su estilo para tratar de ganar claridad sin perder la profundidad de su discurso; se atreve con algunos aspectos del ser cotidiano de su ciudad que cualquiera pensaría reservados a los madrileños de origen o de muy antiguo cuño; por ejemplo:

Madrid que cambias luces con las horas:

Madrid, nerviosa exhalación de vidas:

con ímpetu de lágrimas golosas

interrogo la cara de tus días.

O bien:

Madrid está llena de canciones: por cada una de mis ventanas miro otras quince o veinte, y en todas hay una mujer en faena, y de todas sale una canción. La zarzuela de moda impone coplas, estropeando a un tiempo la espontaneidad y la tradición. Todo este año me ha rascado las orejas El amigo Melquiades.

Pero son dos, sobre todo, los libros de Reyes que pondrán de manifiesto con mayor claridad su afirmación como escritor y darán cuenta de la magistralidad de su estilo, ambos obra de sus días madrileños: “La Visión de Anáhuac” y la “Ifigenia Cruel”.

Estos libros son profundas confesiones espirituales por las que el autor alcanza la catarsis de su propio ser de exiliado y de víctima de la violencia del destino; sin embargo, ninguno de ellos puede considerarse autobiográfico y ni siquiera se dirige al drama personal del autor; son el tema y el estilo los que concilian aquello que se agita en la conciencia del hombre para dejar constancia de su genio de autor.

Reyes, sensible siempre, vive atormentado por los fantasmas de la incomprensión y el olvido hasta su retorno final a México; sufre cuando su obra no es comprendida en su patria o cuando se le considera ya un extranjero en su propio país; la Visión de Anáhuac, es un rescate histórico de los primeros días de México, pero también es una declaración de principios de su mexicanidad, un manifiesto de amor a su origen y un ejercicio de estilo que aspira a domar el nacionalismo furibundo de la Revolución para exponer de entre lo más mexicano, lo más universal; podría comparársele en cierta forma con Unamuno – a quien estuvo unido por una profunda amistad – que reniega de los oropeles de una tradición manida que ahoga el más profundo sentido de España. Dice Reyes en su Visión de Anáhuac:

El viajero americano está condenado a que los europeos le pregunten si hay en América muchos árboles. Les sorprenderíamos hablándoles de una Castilla americana más alta que la de ellos, más armoniosa, menos agria seguramente (por mucho que en vez de colinas la quiebren enormes montañas), donde el aire brilla como espejo y se goza de un otoño perenne. La llanura castellana sugiere pensamientos ascéticos: el valle de México, más bien pensamientos fáciles y sobrios. Lo que una gana en lo trágico, la otra en plástica rotundidad.

Quien haga el camino entre Madrid y Ciudad Real – la vieja Ciudad Leal de la época republicana – y luego siga la ruta entre Ciudad de México y Querétaro, se dará cuenta de la precisión de estas observaciones. Siempre que tengo la fortuna de venir a Madrid me arranca una sonrisa pensar que en el escudo nacional de mi bandera hay un higo chumbo y que, como bien observa mi hija Almudena, las banderitas de papel picado con que se adornan las calles de Chiapas en sus fiestas patronales son los mismos de la bandera de la España republicana.

Pero, desde luego, Reyes va mucho más allá de esos juegos de curiosas coincidencias y se empeña en demostrar la existencia de un alma común en el lejano pasado de México y el alma nutricia española, pero que no puede confundirse con ninguna y que existe con carácter propio y como respuesta a un particular sentido histórico; de ahí que el final de la Visión pueda ser considerado como la credencial de identidad de las letras alfonsinas y también una de las miradas más profundas del sentido de lo mexicano, más lejana de Vasconcelos y más cercana a Octavio Paz y a Carlos Fuentes, es decir, más distante de su generación y más próxima a la de sus discípulos. Termina Reyes la Visión de Anáhuac diciendo:

Cualquiera que sea la doctrina histórica que se profese (y no soy de los que sueñan en perpetuaciones absurdas de la tradición indígena, y ni siquiera fío demasiado en perpetuaciones de la española), nos une con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa; esfuerzo que es la base bruta de la historia. Nos une también la comunidad, mucho más profunda, de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural. El choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra, engendra un alma común.

En cambio, en la Ifigenia Cruel, Reyes se lanzará por los escabrosos caminos del destino que vence y domina incluso a los dioses y del que nadie escapa; buscará ahí liberarse de la culpa que arrastra consigo por no haber podido evitar la caída del gigante que fue su padre y al mismo tiempo, demostrar la pertenencia de la mexicanidad al mundo de la cultura clásica, a las raíces que nos identifican no sólo con España sino también con Francia e Italia, con Portugal y Alemania, con Grecia e Inglaterra, es decir, con ese vasto y complejo mundo que con imposible precisión llamamos Occidente.

En la anagnórisis de Ifigenia y Orestes Reyes exhibe el temor atávico por lo fatal y lo inevitable, devuelve al hombre el ejercicio de su libertad y su capacidad de reconciliación con el universo. Sabe que el individuo está sometido al complejo juego de las causas y los efectos, pero no lo deja todo en manos de esa máquina insomne e irredenta, sino que adelanta en un paso al destino a través de la bondad y la generosidad; así, hace decir a Ifigenia:

Quiero, a veces, salir a donde haya

tentación y caricia.

Pero yo sólo suelto de mí espanto y cólera.

Y cuando, henchida de dulces pecados,

me prometo una aurora de sonrisas,

algo se seca dentro de mí misma;

redes me tiendo en que yo misma caigo;

siendo yo, soy la otra…

Y me estremezco al peso de la Diosa,

cimbrándome de impulso ajeno;

y apretando brazos y piernas,

siento sed de domar algún cuerpo enemigo.

Los recursos estilísticos de Reyes aparecen así prácticamente completos, pero en estos dos casos y tal vez en “Anatomía de una pasión”, escrita en Brasil muchos años después, la maestría literaria está al servicio de la intimidad creativa. Sólo a través de esos textos y de la “Oración del Nueve de Febrero”, puede Reyes convertirse en un autor y en un hombre libre para transitar por la existencia no exento de drama y de dolor – precio que todos hemos de pagar por la condición humana -, pero lo hará con la conciencia de que son esas las cartas que le tira el destino para armar su propio juego y no los cortes precisos de las Eumenides que no conceden escapatoria; por eso, a fin de cuentas, la Ifigenia, como toda la literatura alfonsina es siempre liberadora:

¡Oh mar que bebiste la tarde

hasta descubrir sus estrellas:

no lo sabías, y ya sabes

que los hombres se libran de ellas!

El último eje de crecimiento y maduración de Alfonso Reyes en su tiempo madrileño y con el que podemos concluir, si es eso posible, una visión de Alfonso Reyes, es el que se refiere a su sentido de nacionalidad que está íntimamente relacionado con su desempeño dentro de nuestro cuerpo diplomático.

En 1920, bajo el auxilio de Genaro Estrada y de José Vasconcelos, Alfonso Reyes es nuevamente llamado a formar parte del cuerpo diplomático mexicano. Permanecerá en España, primero como Segundo secretario, luego como Primer Secretario y encargado de negocios ad – ínterin. Desde luego, Alfonso no puede dejar de percibir este llamado como una especie de amnistía, como un perdón histórico por sus orígenes y como una rehabilitación de su nombre como mexicano que – en conjunto con los suyos – era parte de la reconstrucción revolucionaria. Para justificarlo Reyes se entrega a su oficio con una pasión que, con todo, es aún menor que la que lo une a las letras; junto con la obediencia que caracteriza su tarea diplomática Reyes se convertirá en un portavoz de los valores de la Revolución Mexicana y en interlocutor con los grupos progresistas de cada país en el que cumpla sus funciones diplomáticas; en Francia, con las izquierdas; en Brasil con el gobierno de Getulio Vargas – donde tendrá una primera experiencia en el ejercicio del asilo político -, en Argentina, con los grupos antifascistas y en su retorno a México. con el rescate de los republicanos caídos en desgracia.

Reyes se asume así como un promotor de la imagen del México de la Reconstrucción, del país que ha dejado atrás la lucha armada y que se propone construir una sociedad nueva con sus propios valores, lejos de la influencia soviética, aunque influido por un potente socialismo y también lo más lejos posible del imperialismo norteamericano, lucha en cuyo cenit brilla el momento de la expropiación petrolera.

Los informes diplomáticos de Alfonso Reyes cobran fama por constituirse como pequeñas joyas literarias caracterizadas por su capacidad de observación y su fino análisis político, tal vez su profundo conocimiento de la literatura le permitía, aunado a su sabiduría mundana, descubrir los hilos de la narrativa política que se iba desarrollando frente a sus ojos.

La época diplomática de Reyes en España resulta de gran interés para el gobierno mexicano pues coincide, después del desastre de Anual y del descalabro de Melilla, con el paulatino desgaste de la figura de Alfonso XIII – que tuvo con el regiomontano una cercanía muy parecida a la amistad -, y el lento ascenso de los liberales y republicanos que tendría como consecuencia la proclamación de la segunda república española casi dos décadas después. Así, por ejemplo, el 1º de enero de 1923, comunica el ascenso del grupo político de Melquíades Sánchez y el nombramiento de Alcalá Zamora como Ministro de Guerra.

En el mismo informe, Reyes comunica a México, de una manera relativamente temprana, el crecimiento de la influencia republicana liberal y el agotamiento del modelo político tradicional:

Pero quien mañana lea estas notas habrá reflexionado ya sobre las agonías de este régimen político. Comoquiera, los liberales, según dice el cuento, tendrán que cumplir sus promesas:

  • ¿Porqué? dijo la reina madre, un día a Romanones, – refiriéndose a Canalejas – Los liberales acaban casándose con sus antiguas amigas?
  • Majestad – contestó él -, tal vez porque los liberales cumplen sus promesas.

Un día, Alfonso Reyes tuvo que abandonar España para siempre; pero aquel a quien la sociedad, los escritores, el cuerpo diplomático y el gobierno, despidieron en Lhardi, en un evento que sería recordado por décadas, no será el mismo que había llegado pobre y casi desconocido diez años antes, se iba prácticamente formado en su carácter y en su estilo, llevaría – como había escrito mucho antes – su estrella en el bolsillo del chaleco, la voz y la presencia de México de nuevo en Francia, donde perfeccionaría su conocimiento del mundo y se relacionaría con las vanguardias; en Argentina donde concluiría su visión de la lengua española como patria extendida y, finalmente en Brasil donde viviría los momentos más intensos de su madurez, de los que no saldrá sin heridas.

Regresará a México hasta 1939, para hacerse cargo, junto con Daniel Cosío Villegas, del rescate de los mismos amigos que antes lo habían salvado, sabrá honrar no sólo las instrucciones del presidente Cárdenas, sino sobre todo, los mandatos de la amistad y la solidaridad que había aprendido en esta ciudad que tanto amó y a la que dedicó tantas páginas.

En México, vendrían por fin los honores y los reconocimientos, la paz terminal, el trabajo como constructor de instituciones, envejecerá y será su corazón el que detendrá la marcha de su vida en 1959; habrá logrado entonces lo que muchos se propusieron sin alcanzar, aquello a lo que muchos aspiraron sin poder vislumbrar: crear una indivisible unidad entre su persona y su oficio, entre su vida y su obra, en honrar con las letras no una vida de santo sino de humano – acaso demasiado humano diría Nietzsche – para poder decir, para siempre:

Mar adentro de la frente,

a donde quiera que voy,

aunque haya nubes cerradas,

¡ oh cuánto me pesa el sol!

¡Oh cuánto me duele, adentro,

esa cisterna de sol

que viaja conmigo!

Cuando salí de mi casa

con mi bastón y mi hato,

le dije a mi corazón:

—~Ya llevas Sol para rato!—

Es tesoro —y no se acaba:

no se me acaba —y lo gasto.

Traigo tanto sol adentro

que ya tanto sol me cansa.—

Yo no conocí en mi infancia

sombra, sino resolana.

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