El libro nuestro de cada martes: Después del terremoto de Haruki Murakami

Quienes hemos vivido un terremoto – y en algunos casos dos… o más – sabemos lo disyuntivo que es en la vida, las cicatrices que deja y las marcas que impone en la ciudad y en la vida; Murakami usa este dolor y esta ruptura para plantear seis cuentos en los que se reúnen su magia con la irrealidad, el intimísimo de sus personajes y la fascinación de sus escenarios. De nuevo, vuelve a la carga con su dotación musical. Si no lo ha hecho, intente seguir la música que escuchan sus personajes, se llevará una grata sorpresa.

Me gusta este libro, su profunda sencillez, su retrato del Japón por el que muchos suspiramos y el encuentro con nuestro dolorido ser de quienes hemos enfrentado estos fenómenos.

Algo más sobre el libro:

https://viviendomilvidas.wordpress.com/2018/02/17/despues-del-terremoto-el-libro-de-relatos-de-haruki-murakami-que-no-es-lo-que-parece/

Book trailer de Tusquets

81,000 veces: Gracias!

Para nuestros amigos y lectores, como siempre, la palabra luminosa de la ofrenda: ¡Gracias! Por su compañía, lectura, diálogo y amistad hemos superado las 81,000 visitas; siguiendo nuestra tradición, ofrecemos una imagen original para su uso y disfrute. Se agradecerá citar la fuente.

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78,000 veces: Gracias!

Gracias a su preferencia, amistad y compañía, Cisterna de Sol ha superado las 78,000 visitas; como es nuestra tradición, obsequiamos a nuestros lectores, seguidores y amigos con una imagen original para su libre uso y disfrute. Se agradecerá citar la fuente.

Con ella, la palabra luminosa de la ofrenda: Gracias

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La selfie de Narciso

 

Cualquier día, a cualquier hora, cualquiera de nosotros se hace un autorretrato, una selfie, dicen mis hijos; ocurre todo el tiempo. Por la noche, antes de la lectura, mi atención sucumbe ante la curiosidad de entrar al “Facebook” para ver como marcha el mundo; el informativo de la red social advierte sobre el caos en que policías, manifestantes, ladrones y hasta perros callejeros han convertido la urbe; me asomo a la calle y no pasa nada. Lo que queremos es mirar cuántos asentimientos hemos colectado, cuanta gente ha comentado nuestras ideas y qué frases nos podemos apropiar para hacérselas decir a Óscar Wilde, a Miguel de Cervantes o, en última instancia, a Paulo Coelho. Por último, una mirada al Twiter y ahí si ya hemos perdido todo sentido de la realidad; académicos reputados con frases colosales como “es mejor estar vivo que muerto” o “sabía usted que en México muy poca gente lee”, incluso diminutos amos del lenguaje haciendo malabares para generar un mensaje radical, ácido e incisivo en sólo ciento cuarenta caracteres y ya estamos perdidos, hemos recibido un golpe del que nos tomará algunas horas reponernos: nadie se ha dignado repetir – retuitear – nuestro sabio concepto del día.

Tomémoslo con humor. Alguna vez leí en el Facebook, que esa página nos hace sentir populares, el tweeter nos hace sentir inteligentes y el Instagram nos hace sentir artistas y me lo creo, porque hemos generado un mundo en el que el mercado ya no nos basta, no nos es suficiente que la mano invisible haga justicia y ponga orden sino que además, queremos que nos acaricie y nos apapache. Hemos provocado, en medio de la gran soledad de nuestro tiempo, el paliativo ideal para nuestro maltrecho narcisismo: la sobreinformación y la facilidad para crear nosotros mismos nuestros contenidos y divulgarlos. Si en la misma medida hubiéramos creado conciencia crítica y contrastes de información, no andaríamos tan perdidos como para creernos y divulgar que el Secretario General de las Naciones Unidas puede exigir la renuncia del Presidente de la República, que Malala se echó a llorar con las travesuras del mexicano intrépido o que vendrán siete días de obscuridad por causas que la NASA se niega a revelar. Al final del día, no es eso lo que queremos, a lo que aspiramos no es a ser informados, sino a que nos reconozcan y que en un segundo de gloria debida a la suerte, nos volvamos “trending” por un chiste pirata pero bien contado.

Este es nuestro tiempo del Narciso que se mira en la selfie y ya no en el lago, ahora con la ventaja de que no puede ahogarse en su propio dispositivo móvil. Para mi generación, aquella de quienes nacimos en la década de 1970 tal vez ya no haya remedio y la infatuación en la que vivimos con nuestro talento recién descubierto y admirado, nos dure para siempre; pero algo podrá hacerse con los nativos de la era tecnológica, apostar por su capacidad de discernimiento porque, a pesar de todo, la de asombro no ha mermado sino que aumenta con el dominio de tecnologías que nos permiten libertades que antes nunca hubiéramos soñado. De alguna manera, la educación debe crear la idea de que las redes sociales son escaparates gigantes, llamativos y sumamente útiles, pero que no son oráculos ni profetas sibilinos; de alguna manera podrían ellos volver, sin pena pero con gloria, no creyéndoselas todas, pero dialogando con muchas culturas, acentos e ideas diversas. En fin, mientras tanto, ya veremos si estas líneas alcanzan a merecer un “like” del amable lector.

El libro nuestro de cada martes: El expediente H de Ismaíl Kadaré

Todos hablamos de aquello que los griegos pronunciaron primero, nuestra originalidad consiste en rehacer lo que culturas maternales han dicho antes; pero volver sobre los clásicos no es fácil, a riesgo de perdernos en las antigüedades, de desbaratar su encanto en la modernización, no corremos mucha ventura si no apostamos con todo el ingenio. En El Expediente H de Ismaíl Kadaré esto se logra con mucho.

Imaginemos un gobierno totalitario al que le resulta vital construir su legitimidad, pero no sólo la política que se puede alcanzar por la fuerza si es necesario, por el terror cuando hace falta; se trata de una legitimidad más profunda, aquella que lleve a los ciudadanos al encuentro con su gobierno como muestra de identidad. Una comisión busca el origen de la Ilíada y la Odisea no en Grecia, sino en Rumania. El encargo parece disparatado pero deja ver, en todo momento las contradicciones no sólo del sistema político sino del espíritu humano.

Kadaré es un sobreviviente de aquellos años obscuros, pero también es un sobreviviente de sí mismo, de sus fantasmas y sus terrores, como Kundera, por ejemplo; un hombre que se reconstruyó con las letras y que construyó otro país, imaginario y sentimental, lejos de la tierra que ya no quiso recibirlo.

Algo más sobre el libro:

https://www.alianzaeditorial.es/libro.php?id=402720&id_col=100500&id_subcol=100501

Mitología de un año que se fue

Para David Grinberg, con cariño

Me acuerdo, no me acuerdo…

Las batallas en el desierto.

José Emilio Pacheco.

Digo me acuerdo. Quiero decir, si no fue así, de ese modo debió haber sido. Y sin embargo no miento; me reconstruyo. Recuerdo, luego sigo existiendo, no soy el que era, pero soy alguien que en mucho se le parece.

Cuando el tiempo se ha ido, la memoria afila el cuchillo; del recuerdo puede labrar un garrote o un santo de madera. Por eso es necesario hacer ejercicios de recordación cotidianos, no dejar pasar de largo los días y las noches con sus sendos trabajos. Uno no vive para recordar, recuerda para vivir.

Hay momentos que no podrán ser recuperados: cuando no puede rescatarse de ellos ni siquiera la sombra, entonces se llaman olvido; cuando tenemos de ellos breves instantáneas, deslucidos colores o formas difusas, entonces lo necesario es reinventar la memoria.

Cuando la memoria juega con uno, se adelanta, gira sobre sí misma, grita al oído y se aleja, entonces nace el mito del tiempo ido. De la profunda necesidad de suplicar clemencia ante el abandono en que nos deja el pasado, los hombres nos vamos haciendo de nuestros propios mitos fundacionales, justificativos y explicativos. Nos construimos, con nuestras manos y memorias, un pasado cercano y antiguo, nos descubrimos antepasados e influencias culturales. Nos aferramos a una Nación, nos llenamos de apellidos, de lustres y de melancolías. Hasta que uno no sabe, bien a bien, si lo que se recuerda fue, o pudo haber sido.

No se sabe, en ocasiones, si tanto documento nos ayuda a recordar o tuerce nuestra memoria a través del ojo de la lente fotográfica, del cine o del vídeo, peor aún, de la realidad virtual. Así, me miro aplanado en el álbum de la familia, evoco de manera penosa las cosas que me avergonzaron en edad temprana, y muchas veces no me gusto. Por eso, la memoria es siempre más fiel, más sutil, por decirlo de algún modo, más hermana. Algo diferente pasa cuando veo la lozanía de mi abuela en sus veinte años, hoy que hacen ya cinco en que a los noventa y tres, se fue donde los muchos; miro a mi abuelo en su treintena y me quiero ver a mí mismo en él, porque a ellos los he mitificado desde temprano, y en cuanto a mí, necesito mitificar mi pasado de continuo. No miento, me reconstruyo.

Pese a que todos digan que México fue la región más transparente del aire, -incluso yo que cuando nací, México era presa ya de polvo, ozono y humo- no todos habrán tenido la dicha de vivir en aquella visión de Anáhuac, sino en esta palinodia del polvo.

El 1994 mexicano, por ejemplo, fue un año mítico. A tres días de finalizado, a unas horas de su muerte, a un segundo de su partida. Del primero al último de sus días: abre los ojos con la revuelta en Chiapas -recuerdan o se traen de entre los mitos al General Serrano y Huitzilac- sigue andando a lomos del terror, Colosio y Ruiz Massieu -recuerdan o se traen de entre los mitos a Alvaro Obregón, a León Toral- el Popocatépetl desplegando el penacho que lo bautiza -mi otra abuela decía que en 1927 fue peor y no pasó nada- la devaluación – aquí no hay necesidad de mitos sino de memoria inmediata-.

A lo anterior, añádanse los mitos personales -mi boda, los tres meses de recién casado y desempleado, los vericuetos de la tesis profesional, el desencanto y la esperanza- cada quien los suyos, los de la calle, de la colonia, de la familia, de los amigos y de los conocidos. Sazónese con un tanto con el rumor que corrió por doquier, y después de cocinarlo al fuego desaforado en la memoria, se tiene un mito completo para el resto de la vida. Cándida ninfa Eco de la que me hablaba mi madre para que me durmiera.

Aún así, me acuerdo y me acordaré siempre del fondo y poco menos de la forma de las cosas, las platicaré de cuando en cuando, y más seguido en tanto me haga más viejo. Y diré, un año terrible. Aunque en el fondo de mi memoria y mi alma me regocije con el placer de tener un mito personal, de poder decir “yo estuve ahí”.

Desde siempre, desde antes de siempre, nos hemos formado en el vivir así. Moisés escribió la Torah, el Pentateuco, y recuerda cosas que no podría recordar un ser humano, y Moisés, siendo el Profeta, era también humano; si bien pudieron contarle su propio pasado, por ejemplo su nacimiento y su viaje por el Nilo, pero ¿quién estaría ahí para contarle los siete días en que Dios hizo al mundo? y ¿escucharía de voz el sueño de José?, y es que siendo humano, el Ángel de Dios le ha contado la historia. Y siendo también Mateo un hombre, toma la pluma, y al correr de los recuerdos narra la vida y la pasión de Jesús, pero ¿quién estaría ahí para contarle el linaje de Jesús?,  ¿escucharía de voz la concepción virginal de María?, y así Mahoma.

Cuando recuerdo tengo tras de mi oído un ángel. No sé si de Dios, pero un ángel, que me recuerda lo que mi memoria humana ha olvidado o es incapaz de recordar. Ese ángel, hijo de mis dioses y mis demonios interiores, me reconstruye en mitos mi herencia ancestral, mis anhelos, mis justificaciones y mis esperanzas.

Canta, ordena la primera rapsodia de la Ilíada. No calles ni olvides. Canta equivale a Di, pero dilo con entonación, ritmo y sentido, porque el que habla dice lo que quiere y el que canta quiere lo que dice. De este modo, no sólo recuerdo para no perder mi identidad, para que en un futuro no me vea en el aprieto de no saber quién soy, o si éste que me veo es una semilla venida de no-sé-dónde. Recuerdo para mitificar, para construir una cultura interior, llena de valores y de sentidos, para crear un hombre que siendo yo sea algo más que yo mismo.

Si el hombre es el hombre, más su circunstancia, es necesario agregar que la circunstancia es la circunstancia, más el recuerdo. Nuestros mitos son el código con que leemos lo inexplicable de la circunstancia, supera el método y llega de plano al símbolo.

Me acuerdo, no me acuerdo… era el año 1994, el mismo en que me casé, la mamá de tu tío David no conocía el Popo… eso diré a mis nietos cuando los tenga.

Imagginación

Meditación Divertida con Maggie

Disappearing Thoughts

clicks and clips

Tablaturas de mis pasos

Unas cuantas palabras y fotos para los lugares que me hacen feliz.

NOUS LES FEMMES

Aller au delà de nos limites à travers le monde. J'en suis capable, pourquoi pas toi? Pourquoi pas nous? Ensemble nous sommes invincibles "Je suis femme and i can".

Rosie Blog

A garden of wild thoughts. Feeling thoughts and dilemmas

Un Loco Anda Suelto

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El Rincón de Suenminoe

En el soñador vida y sueño coinciden

La poesía, eso decían

Como plasmar la idea natural.

Cynthia Briones

Letras en el mar.

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En cada edición proponemos una palabra para indagar sus posibles significados desde distintas áreas.

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