Reyesianas, una selección de textos sobre Alfonso Reyes por César Benedicto Callejas para libre descarga

Hoy conmemoramos un año más de la partida de Alfonso Reyes, para honrar al patrono del blog, mi autor favorito y mi maestro a lo largo de la vida, una selección de lo que he escrito y reflexionado sobre él, su tiempo y su obra, para libre descarga, que ustedes lo disfruten:

Una selección de textos para libre descarga

La vida en tiempos del COVID: Desde Monterrey, presentación de Calendario de Alfonso Reyes

No se pierda usted esta nueva mirada a una de las más gratas obras de Alfonso Reyes: Calendario. Dese una vuelta a mirar y disfrutar.

Cartones de Madrid (invitación redes)

El libro nuestro de cada martes: El vendedor de silencio de Enrique Serna

 

Tal vez sea un movimiento natural en todos los seres humanos, voltear la mirada dos generaciones atrás y sentirse identificado; a mi me sucede, me gusta pensar en los años cuarenta y cincuenta que fueron los de la vida adulta de mi abuelo; me gusta pensar en aquel país que se volvía a construir, que empezaba con nuevas esperanzas y que forjaba instituciones. Sus personajes me seducen y sus circunstancias me gustan.

Enrique Serna dibuja a la perfección aquella época con mano de fino investigador, recurre a la chismografía nacional, al trascendido, al rumor con una magistralidad que nada le pide a aquellos gloriosos tomos de la Tragicomedia Mexicana de José Agustín; pero sobre todo, supo elegir sus personajes, no sólo su personaje principal que es ya mucho decir, sino a toda la pléyade de aquellos – de carne y hueso – que forjaron gran parte del México que hoy vivimos. Uno, en sus páginas se regodea mirando de cerca a Salvador Novo, a Lázaro Cárdenas, a los presidentes y a los demás políticos; me encantó ver a don Alfonso Reyes de visita en casa de la Bandida o en una cena de matrimonios. El libro tiene carne, pero también espíritu.

El protagonista, sus hechos y sus dichos, nos revelan la captura de su alma, el diseño de su estilo y nos hace preguntarnos, a todos quienes leemos el libro, que tan cerca estamos de la pureza y que tan cerca de la molicie; todo parece ser circunstancia y aunque uno no deja de leer asombrado las barbaridades del alcoholico y del mercenario, también irrumpe en admiración frente al primer periodista auténticamente internacional de México.

Esta es la historia de un hombre pero también lo es de casi un siglo. Sin duda, un libro imperdible.

Algo más sobre el libro:

https://www.letraslibres.com/mexico/revista/el-vendedor-silencio

El booktrailer:

80 aniversario de la Capilla Alfonsina. Palabras de César Benedicto Callejas en la ceremonia conmemorativa

Gracias a la generosidad del Instituto Nacional de Bellas Artes y del Dr. Javier Garciadiego, director de la Capilla Alfonsina, la ceremonia fue de una entrañable belleza, a nuestros amigos y lectores que no pudieron asistir o deseen conservarlas, mis palabras en esa ocasión

El taller literario de la Capilla Alfonsina Crónica de un espacio entrañable

En el año 1987 la Colonia Condesa de la Ciudad de México aún estaba superando sus heridas del terremoto que dos años antes había causado estragos y que a la postre, iba a modificar su identidad para siempre; yo había comenzado mis estudios de preparatoria en la Universidad La Salle, a unos pasos de la Capilla Alfonsina; en aquellos días iban a reunirse una serie de hechos y circunstancias que terminarían, ahora lo sé, por formar mi identidad. Para aquella época ya era yo un lector casi enfermizo; los días de -Verne y Salgari habían terminado y su sitio lo ocupaban Jaime Sabines, Mario Benedetti, Ernesto Cardenal y Federico García Lorca que paliaban y alentaban mis pasiones de aquellos días; con ellos el otro Olimpo, el de la narrativa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Debo reconocer que los prejuicios ideológicos que entonces exhibía como méritos ganados en la construcción de mi personalidad, me habían hecho privarme de la Capote y de Faulkner.

Había entonces, cuando murió Jorge Luis Borges, en 1986, una explosión de su literatura a la que yo me sumé con pasión, sus páginas me llenaban las horas, sus libros engordaban mi famélica estantería; con las páginas transcurridas caí en cuenta de un nombre que aparecía, no con frecuencia aunque sí con toda admiración; Borges, que reservaba sus elogios para Beowulf, para Shelley y para Shakespeare, se refería a Alfonso Reyes ponderándolo mejor que a Ortega y Gasset, lamentaba que no le hubieran dado el Nobel porque eso habría honrado al premio; ¿quién era aquel hombre? Cuando leí:

El vago azar o las precisas leyes,

Que rigen este sueño, el universo,

Me permitieron compartir un terso

Trecho del curso con Alfonso Reyes.

Supo bien aquel arte que ninguno

Supo del todo, ni Simbad ni Ulises,

Que es pasar de un país a otros países

Y estar íntegramente en cada uno.

Supe que era preciso leer a Reyes. En los años aquellos se volvió para mí una especie de íntimo santo y seña, establecí una relación con el autor, con el personaje, de la que no es momento de hablar ahora. Cuando conocí a Alicia Reyes mi vocación de escritor aún era temerosa, y mi pasión reyesiana apenas comenzaba; por pura aventura escolar fue entonces que por primera vez vi mi nombre revolotear impreso circulando más allá de mi voluntad, la primera vez que vi a un desconocido leyendo una página de mi pluma – aunque no le dije nada – y supe que tenía que ser escritor, que no importaba lo que tuviera que hacer pero tendría que escribir y publicar. Entonces aparecieron los anuncios azules sobre fondo blanco, indicaban la ubicación de la Capilla Alfonsina y para mí, que me había fugado de una clase aburridísima, no podía significar otra cosa que una revelación.

Alfonso Reyes solía identificar a la Capilla cono un barco en el que el mezzanine, donde está su escritorio, era el puente, ahí mismo está la cama en la que en la madrigada del 27 de diciembre de 1959 don Alfonso partiría para siempre; el buque se había quedado sin capitán pero no sin tripulación. El diario de don Alfonso se prolongaría todavía unos días escrito por su hijo, doña Manuela todavía daría muestras de su inefable lealtad terminando las ediciones pendientes, dando cuerpo a los inéditos y procurando la integridad del acervo; pero la Capilla seguía siendo la residencia familiar y la conservación se tormaba complicada, más aún cuando la obra de don Alfonso de por sí inmensa daba muestras de no agotarse y la creación de los nuevos estudios de la obra de Reyes y la presencia de sus autores se tornaba cada día más demandante; en 1965 fallece doña Manuela y Alfonso hijo continúa sus gestiones hasta que Luis Echeverría, mediante decreto del 13 de junio de 1972, transfirió al patrimonio nacional la Capilla con el archivo de don Alfonso, sus efectos personales y sus colecciones de libros y arte; Alicia Reyes asumió desde ese momento la dirección del nuevo Centro de Estudios Literarios; desde el primer instante se asumió que la formación de nuevos escritores sería una de las misiones que la Capilla debía cumplir.

La idea de comenzar un taller literario en la Capilla pudo tener su origen. En el auge que los talleres tenían entonces, desde el punto de vista de Alfonso Reyes, la función del aprendizaje como escritor partía del propio ejercicio de la escritura pero también del encuentro con la comunidad de los escritores.

De entre todos los jóvenes y autores noveles que se le aproximaban, Reyes tenía su selección peculiar y buscaba para ellos la publicación aquellos trabajos que le parecían listos para darse a la estampa; así, por ejemplo, Reyes apoyó a la Revista Mexicana de Literatura, aquella de Emmanuel Carballo y Carlos Fuentes; esta mística de la amistad permeaba el quehacer de Reyes y era su forma de relacionarse con las generaciones distintas de la suya; Huberto Batis no olvida la primera vez que don Alfonso le recibió en la Capilla, le pagó la tarifa del taxi y después de un diálogo jesuítico le puso en contacto con Antonio Alatorre; a la muerte de Reyes, la continuación de su diario muestra como esa conjura de buenas voluntades siguió operando; Francisco Monterde se hizo cargo de las pruebas de A campo traviesa, Emmanuel Carballo de los artículos de y sobre Reyes en México en la Cultura, también de la formación de la Historia documental de mis libros para el tomo XVIII de las obras completas; así, aquellos discípulos, jóvenes seguidores de Reyes, formaron una pequeña legión, pero no una escuela, no un cenáculo.

En vida de Alfonso Reyes la Capilla fue su hogar y su centro de operaciones, de ahí irradiaba su organización informal de ayudas literarias, ahí se alimentaban, a veces no sólo metafóricamente, los talentos que don Alfonso había decidido acoger; en el largo interregno que inició con su muerte y terminó con la fundación del Centro de Estudios Literarios, los esfuerzos se iban en conservación de la casa como en la revisión de ediciones pendientes y en la preparación para la divulgación de los inéditos que todavía iban apareciendo y la edición de ese monumento al que llamamos Obras Completas y como el propio don Alfonso no había dejado ningún modelo didáctico o algún grupo que practicara algo parecido, las redes de los reyesianos fueron moviéndose de la mejor manera en que podían para lograr el efecto que el ausente hubiera deseado; un nuevo modelo aparecía mientras tanto en el horizonte, para el momento en que se funda el Centro, el movimiento de los talleres literarios conocía un auge importante.

En 1951, Juan José Arreola reunió en la casa ubicada en la Calle del Río de la Plata, número 8, el que sería el primer taller literario en México; su receta, como lo recuerda Teresa Jiménez en su reseña sobre los talleres literarios en México, sigue siendo vigente, se requerían:

Una persona capaz de dirigir el taller y un grupo de jóvenes que sean capaces de modestia, humildad y que no tengan mala fe en contra de los demás; que examinen los textos con honradez y que estén dispuestos a exponerse a la crítica… pero esto no siempre se encuentra.

Al taller de Arreola se acercaron José Agustín, Jorge Arturo Ojeda y René Avilés Fabila, entre otros; su progenie fue generosa y fijó el canon de trabajo de los nuevos talleres que habrían de sucederle, otra de las características impuestas por el modelo de Arreola respondía a dar salida a los trabajos destacados que se producían en el taller, en mayo de 1964, publicó por primera vez la revista “Mester”, a la que Huberto Batis añadiría el mote de “de Arreolería”.

Así cuando se establece la Capilla como Centro de Estudios Literarios bajo la dirección de Alicia Reyes, el movimiento de los talleres literarios está en auge; en 1967, Julieta Campos, Juan Bañuelos y Salvador Elizondo organizaron los talleres literarios de la UNAM; en 1974, San Luis Potosí dispuso, con el patrocinio del INBA, del primer taller fuera de la Ciudad de México. En 1978 el Primer Encuentro Nacional de Talleres Literarios de la Casa del Lago, dio cuenta de la existencia de más o menos doscientos talleres literarios de todo tipo diseminados por todo el país. En su nueva etapa, la Capilla debía contar con su propio taller literario.

El taller de Alicia Reyes fue, durante décadas, una institución; sin embargo, éste no fue el primero de los talleres creados para la Capilla. Entre 1973 y 1974 se fueron organizando una serie de talleres literarios que el INBA estableció para el recién Creado Centro de Estudios; se trataba de talleres restringidos a los que se ingresaba por concurso y que disponía de una beca anual para los beneficiarios; el ejercicio, según parece se llevó a cabo por dos ocasiones; Marco Antonio Campos, recuerda que la creación de los talleres se debe a Óscar Oliva, entonces director de Literatura en Bellas Artes; al frente del taller de poseía estaba Hernán Lavín Cerda, del de ensayo Jaime Labastida y del de narrativa, Tito Monterroso; aquellos talleres hicieron generación pese a su brevedad. Campos recuerda entre sus compañeros talleristas a Guillermo Samperio, Bernardo Ruiz y Luis Chumacero. Aquel primer diseño era más bien un programa para atletas de alto rendimiento, sus coordinadores eran escritores de renombre y los participantes atravesaron por un riguroso proceso de selección; Juan Villoro fue también alumno de aquellos legendarios talleres y en varias ocasiones se ha referido a las enseñanzas de Monterroso; de aquellos talleres hay que recordar también la presencia de Carlos Chimal. Monterroso tuvo que dejar el taller en manos de Miguel Donoso Pareja que luego tuvo que partir para San Luis Potosí para abrir el primer taller literario en el interior de la República; así, hacia 1975, inicia la era del taller literario de Alicia Reyes.

Alicia, la Dra. Reyes o Tikis, de acuerdo con lo que autorizara la cercanía del afecto, pensó su taller como una extensión de la actividad difusora de la Capilla del mismo modo en que don Alfonso se había dado al patronazgo de San Pascual Bailón, los participantes del taller recibían esta peculiar forma de formación literaria con los ejemplos y lecturas de la obra de Alfonso Reyes, de este modo se lograban tanto el efecto didáctico como la difusión de la obra de don Alfonso; de aquellos primeros participantes, por ejemplo Héctor Perea destacaría como conocedor y divulgador de la obra, demostró su adhesión a la imagen de Reyes y su conocimiento del hombre y la obra con la magnífica museografía que ahora caracteriza a la Capilla y Pura López Colomé con una obra literaria de largo aliento.

Pero para acercarnos al final hay que regresar a los anuncios azules; los recuerdo con claridad, tenían el mismo tono con que están pintados los pasamanos tubulares de la Capilla, daban la indicación para llegar al inmueble, aquellos letreros sobrevivieron al terremoto de 1985 y con el tiempo fueron retirados; los había observado varias veces, sabía ya que la Capilla era la casa de Alfonso Reyes, había comenzado a leer su obra, pero no sabía más que eso, hoy, a poco más de treinta años de distancia, lo único que no puedo recordar de mi primera visita a la Capilla es el día de la semana en que ocurrió; sólo puedo conjeturar que no pudo ser el martes, porque fue en la mañana y ese día es en el que se reúne el taller.

En aquellos días los estudiantes de la preparatoria de la Universidad La Salle podíamos salir con entera libertad de la escuela; administrando mis asistencias podía invertir mi tiempo entre las clases que menos me interesaban, los paseos a la biblioteca, las lecturas de café y, luego, las visitas a la Capilla Alfonsina; fue poco antes del verano de 1988, la primera vez que me atreví a entrar en la Capilla; aún hoy, después de tantos años, no puedo olvidar el golpe que para mi conciencia y para mis sentidos, representó aquella visita, la sensación de paz, de agrado, de pertenencia que experimenté; era como si la vida hubiera reservado para mi un espacio de maravilla; aquella vez no estaba Alicia, lo sé no porque preguntara por ella, sino porque recorrí toda la Capilla y no la vi por ninguna parte; la siguiente y otras más la saludé con un tímido “buenos días”, lanzado hasta el escritorio en que ella estaba, ese escritorio que aún está ahí, que luego supe había utilizado don Alfonso y que hoy corresponde, con toda dignidad a Javier Garciadiego; no fue sino hasta la tercera o cuarta visita, cuando estaba leyendo, y puedo recordar con precisión el libro porque luego anoté en mi ejemplar de Queremos tanto a Glenda, una frase que decía “Hoy conocí a Alicia Reyes, nieta de Alfonso Reyes”. Amable, afectuosa, me dijo que ya eran varias las veces que me veía en la Capilla, desde luego entré en pánico, a esa edad me causó angustia que me preguntara que hacía por ahí y al no tener una respuesta válida me pidieran que no incordiara sin causa; pero la pregunta nunca llegó; lo que hizo fue preguntarme si había leído a Alfonso Reyes, como si me hubieran cuestionado el catecismo, le recité los títulos que había leído y hasta tuve el atrevimiento de decir cuanto me había gustado la Visión de Anáhuac y el Sol de Monterrey; ahora, al escribir estas notas pienso en que no podía haber elegido nada más común ni más básico en la obra de Reyes pero que, tal vez, fuera esa simple sinceridad lo que me franqueó las puertas de uno de los lugares que resultarían más importantes en mi vida. Me ofreció una visita guiada a la Capilla y al final, casi para despedirme, me aventuré a decirle que escribía poesía, me pidió que seleccionara dos de mis mejores trabajos y que si quería me presentara, con seis copias de cada uno, a su taller de creación literaria. Ese momento fue uno de los que nos cambian la vida.

Alicia Reyes resultó ser la mejor maestra que se pudiera desear, dulce y comprensiva, atenta y solidaria pero implacable en sus juicios literarios, seleccionaba a sus alumnos tratando de ver en ellos al escritor que aspiraban a ser; los forzaba a encontrar su voz y cuando lo juzgaba pertinente los ayudaba a encontrar espacios para que vieran su trabajo publicado; su didáctica no se basaba en su propia obra sino en la de Alfonso Reyes; obligaba a trabajar los textos una y mil veces, yo veía desmoronarse mis poemas hasta quedar en los cinco o diez versos en los que ella había descubierto el poema oculto en la hojarasca; poco después, invité a participar en el taller a Pablo Raphael, muchos años más tarde hizo de la Capilla escenario de una parte de su novela Clipperton y a David Grinberg, ambos amigos y compañeros de vida, conocí en el ejercicio del taller a Pável Granados y a Alejandro Malo.

Así llegó el día en el que Alicia me ordenó que me quedara unos minutos después del taller y me pidió que eligiera dos poemas para publicar, uno para Periódico de Poesía y otro para Papel de Literatura que entonces publicaba la Coordinación de Literatura de Bellas Artes, los poemas se publicaron y es algo que aún no termino de agradecerle.

Nunca pude separarme de la Capilla, ha estado en el centro de mi vida desde aquellos días en que, como decía don Alfonso, “nos salvamos o nos condenamos y de los que llevamos siempre lágrimas en los ojos”, por eso nunca he dejado de ser un orgulloso discípulo de Alicia Reyes, ni ella jamás dejó de presentarme como su alumno.

Un día tuve que dar el paso que muchos no se permiten: abandonar el taller, que es tanto como cortarse el cordón umbilical, pero aún así era parte del taller, parte de la Capilla; nuevas voces se formaron desde entonces, entre ellos Arturo Sodoma,. Isaías Espinoza, María Elena Maldonado y Gabriela Puente entre muchos otros.

De nuevo, un verano, el de 1996, Alicia me llamó por teléfono y me ordenó que me presentara en la Capilla a la mañana siguiente, tenía algo para mí; en efecto, era una tarjeta de visita con una recomendación de mi trabajo para que se la llevara a Emmanuel Carballo; a Emmanuel lo había visto alguna vez en al Capilla, pero para mi era una leyenda; las indicaciones de Alicia eran precisas, llamar a Carballo y pedirle una cita, ella ya lo había puesto en antecedentes; al amanecer cumplí la instrucción y cuando oí la voz de Emmanuel al teléfono me di cuenta de lo que estaba sucediendo; me dio cita al día siguiente a las seis de la tarde, me acompañó mi esposa y lo que yo pensé sería una visita de diez minutos, se convirtió en una de las tardes más memorables y alucinantes de mi vida y que terminó con una cena en la cocina, la revisión de mis poemas que le llevaba – lleva lo mejor que tengas me había ordenado Alicia – y la selección de dos; se levantó de la mesa y nos pidió que lo disculpara, volvió unos minutos después con una de sus tarjetas de visita y me preguntó como firmaba mis trabajos; le dije mi nombre completo, “demasiado largo” acotó, “de eso no se acuerda nadie”; escribió en la tarjeta mi me la entregó; decía: “Te presento a César Benedicto Callejas, le he dicho que si quiere entrar al mundo de las letras tiene que conocer a Huberto Batis”. Me indicó que se la llevara con los dos poemas que había elegido. De nuevo repetí el ritual, sólo que Batis no me contestó la llamada, lo hizo su secretaria en unomásuno; me dio cita para la semana siguiente; Batis me recibió puntual y me preguntó poro Alicia y por Carballo; luego de las breves palabras de cortesía me preguntó qué le llevaba, le entregué la nota de Emmanuel y mis dos poemas. Los leyó y me dijo: “Salen el sábado”. Le agradecí y me pidió que nos hiciéramos una foto juntos; con su sonrisa inolvidable comentó que le gustaban hacerse fotografías con los nuevos escritores y entonces, por primera vez en mi vida, sentí que era un escritor de verdad. De eso se trataba en realidad el taller de Alicia Reyes en su deslumbrante reino de la Capilla Alfonsina.

Visión de Alfonso Reyes por César Benedicto Callejas. Colección para libre descarga

Hoy es el aniversario luctuoso de Alfonso Reyes, patrono de estas páginas y autor no sólo favorito sino mi autor insignia. De él algo he esctrito, ahora, reunidas aquí para libre descarga, algunas de mis páginas sobre el Mexicano Universal.

Que ustedes las disfruten:

alfonso reyes publicados cbch

El libro nuestro de cada martes: Visión de Anáhuac de Alfonso Reyes

 

Hace algunos meses, gracias a la generosidad de la Embajadora de México en España, doña Roberta Lajous; a la iniciativa de Pablo Raphael, director del Instituto de México en España y a la hospitalidad de la Casa de América, nos encontramos varios escritores, críticos e historiadores conmemorando el centenario de la llegada de Alfonso Reyes a Madrid. Como resulta natural, además de la recordación biográfica, el acento estuvo sobre dos obras fundamentales de la bibliografía reyesiana: “Cartones de Madrid” y “Visión de Anáhuac”. En alguna de las sesiones alguien preguntó porqué, al contrario de otros autores, como Borges por ejemplo, Reyes no generó un libro que lo trascendiera, no a su espacio ni a su tiempo, cosa que logró sin duda en varias ocasiones, sino a sí mismo como autor; es decir, porque no generó un “Aleph” o una “Rayuela” y ello, aunque no se dijo al momento, llevaba implícita la pregunta en el sentido de pensar porqué siendo don Alfonso tan magnífico escritor, no goza de la penetración en el público como, por ejemplo, los propios Borges y Cortázar. Desde entonces la pregunta me ha venido a la cabeza recurrentemente, a veces disfrazada de grito de alarma – y aún de socorro – y otras con el hábito obscuro de la acusación.

A las puertas de la Casa de América, en el corazón de Madrid, charlaba después del coloquio con Jorge F. Hernández que, con su chispeante sentido del humor, lamentaba cómo es que nos hemos perdido de mucho al pasar por alto algunos de los aspectos de la vida de Alfonso Reyes, esos magnéticos, apasionantes y vitales como su relación con las mujeres, por ejemplo, asunto del que todo reyesiano sabe y del que muy poco se dice, como si se quisiera mantener impoluta la imagen del santón literario que nunca aspiró a ser y mutilando la del viajero y el hombre que siempre quiso y supo ser; por ejemplo, con sutileza, en su Minuta, juego poético:

APLOMO

(Escolio de otro caballero a su vecina de la derecha)

—COMIENZAN por decirme Tengo las manos frías

Yo lo compruebo y

SIEMPRE

sé que van a ser mías

O mejor, aún, de su Berkeleyana:

Dimos de repente con un café, al lado del camino, en forma de rotonda abierta generosamente a todos los rumbos, de donde  salían unas muchachas vestidas como de ballet, túnicas mínimas y las piernas al aire, y nos servían en el mismo auto cosas relucientes, burbujeantes, heladas, oro líquido, plata fluida y fría, ¡qué sé yo! Al regreso pasamos de nuevo por ese sitio; pero era de día, la rotonda estaba oscura y cerrada, de aquel fuego sólo quedaban las cenizas, se había disipado el prestigio y apenas se veían los útiles de guardarropía usados por el ilusionista, por el raro encantador que días atrás quiso deleitarnos con sus engaños.

Y, en definitiva, su Análisis de una pasión:

¿Será la trivialidad una solución esquemática, pobre y elegante, de todas las complicaciones de la conducta? Yo salgo de los encuentros lloroso y nervioso. Ella, en cambio, se arregla el peinado y el afeite, y a otra cosa. No parece cargar el lastre de las emociones recibidas. ¡Es para dudar de la ciencia y del conocimiento! ¡Es para dudar del propio amor, en lo que tiene de más humano y consciente! Hay candor, sí, pero candor animal en la solución que encuentra Cecilia. Ella es más fuerte que yo, porque es más débil. Ella es acaso más pura que yo, por cuanto no profundiza ni interroga. ¡Otra vez la salvación visual, lo que pasa frente a los ojos y luego se va, sin torcerse en los laberintos del alma! ¡Qué pocas letras en su alfabeto, y sin embargo le bastan para expresarlo todo!

Con los días, cierta preocupación en torno a la pregunta planteada en el Coloquio se fue transformando y aún cambiando de sujetos, me había replanteado la cuestión de modo que recayera no en el autor, no en el sentido de porqué Reyes no escribió tal o cual libro, ni tampoco en el ninguno de los textos reyesianos que son innúmeros; esto es, tampoco en el sentido de porqué éste o aquél libro no ha logrado la fama y la posteridad que podría tener sino, más bien, desde la óptica de los lectores de Alfonso Reyes, de sus especialistas, críticos y profesores.

Jorge Luis Borges, curiosamente, uno de los autores que se encontraban, a guisa de ejemplo, en la raíz de la pregunta, dijo alguna vez que los seres humanos no tenemos ninguna razón para preocuparnos de la eternidad pues no depende de nosotros; a poco más de cien años de que Reyes pasó a la imprenta su Visión de Anáhuac, parece oportuno hacer una pausa para que los lectores de Reyes, sus críticos, biógrafos e historiadores, nos detengamos a explorar que hemos hecho con la obra de don Alfonso, hasta donde hemos labrado la pesada lápida de la monumentalidad de su obra y cómo hemos transformado sus ensayos hechos para el disfrute de la lectura y el aliño de la cultura en el alud de “papers”, ponencias, conferencias, coloquios y memorias de congresos que, indudablemente, aumentan nuestro conocimiento sobre las letras, el tiempo y la vida de Reyes pero que no necesariamente nos acercan a nuevos lectores potenciales ni tampoco a la difusión directa de sus textos; podríamos decir que con las décadas, hemos convertido a Reyes en un autor más citado que leído y en objeto de disección más que de vivencia. Esta reflexión resultaba especialmente paradójica tratándose de Alfonso Reyes, un autor que mucho se ocupaba de su obra y muy poco de su anhelo de perpetuidad; miremos si no, estas líneas de la tercera serie de la Marginalia:

Tengo un hijo médico y doctor en anatomía patológica. Le he hablado así:

—“Hijo mío, para mientes” (como dijo el de Santillana). Los primitivos instituyeron, con la “occisión del rey viejo”, una saludable práctica social. El viejo ya no posee el mana suficiente para sostener a la tribu. Hay que sustituirlo por un joven dotado de nuevas virtudes. De aquí el aniquilamiento ritual del viejo. Cuando veas que empiezo a escribir sonetos “capicúas” o que se leen lo mismo de izquierda a derecha o al revés, de arriba a abajo o a la inversa; cuando veas (aunque haya sido moda socorrida en nuestros días), que el tour de force comienza a gustarme más que la belleza, y ensartar agujas con los pies me atrae ya más que escuchar el canto pitagórico de las esferas, aplícame una inyeccioncita oportuna, échame fuera de este mundo y no dejes que me ponga en ridículo y arrastre por ahí un cadáver viviente.

Tal vez entonces, podríamos replantearnos la pregunta original, no cuestionándonos sobre porqué no existe ese libro insignia de don Alfonso, sino cómo es que no lo hemos descubierto o mejor aún, cómo es que no lo hemos construido.

En la década de 1960, Eduardo del Río García, conocido como Rius, inventó uno de los personajes más simbólicos de la historieta mexicana, dentro de la serie “Los supermachos”, Juan Calzonzin aparece recuperando la tradición de pícaro mexicano pero renovándolo con el lenguaje y los temas urbanos de la época, así como con la crítica ácida y mordaz de un indígena que, como en su tiempo el Periquillo, se cuela en las grietas de un sistema político corrupto y decadente.

Sus huaraches, su bigote lampiño y su cobija eléctrica a modo de sarape o toga romana, se volvieron durante años, icono de la desgualdad, la exclusión y la corrupción de las peores prácticas de la época más dura del partido hegemónico.

En 1974, Alfonso Arau, con guión propio y de Juan de la Cabada, llevó a la pantalla uno de los primeros capítulos de Los Supermachos, a que tituló “Calzonzin inspector” y que narra las aventuras de Juan Calzonzin como falso inspector político en un pueblo – digamos epónimo – infestado de líderes ladrones y corruptos; en una simpática e irónica comedia de enredos Calzonzin denuncia, con fingida inocencia, la procacidad y mendacidad de los gobernantes y los burócratas, mientras se escapa de una serie de ridículos intentos de asesinato.

Si bien su realización es más bien pobre y la vista general resulta poco afortunada, particularmente en su producciónn, en el minuto 47:26, hay un diálogo que arranca una carcajada enorme por el efecto de contraste de una frase literaria en el entorno paupérrimo de una carcel municipal.

Calzonzin, en su visita al municipio de San Garabato, es llevado casi a la fuerza a supervisar la cárcel local. Los presos son fingidos y sus aplausos comprados con pan; para recibirlo, el secreatio de don Perpetuo del Rosal, presidente municipal durante 30 años, el letrado Gedeon Prieto, emprende el siguiente discurso:

Gedeon Prieto.- Estos aplausos le murmuran: Viajero, has llegado a la región más transparente del aire, San Garabato, donde decir constitución es decir gobierno y donde decir gobierno es decir constitución.

(Juan Calzonzin se dirige a los presos)

Juan Calzonzin.- Queridos colegas…

Además  de la gracia, cuyo efecto es sólo por contraste, lleva un guiño a cierto espectador, el clasemediero educado, que es a quien va dirigida la sátira, pero también ubica a la Visión en el marco de la cultura oficial institucionalizada cuyo manierismo quieren combatir Rius y Arau; dicho de otro modo, una lectura canónica de la Visión ya se había impuesto para entonces, situación que nos vuelve a nuestra pregunta inicial sobre las diferencias entre la obra de Reyes y la de otros autores, lo que asimismo es un llamado para una reflexión vivencial y abierta del tiempo y obra de Reyes.

A lo largo de toda su vida de escritor, que cubre cuatro quintas partes de su existencia, Alfonso Reyes procuró parcelar bien su obra, considerando las materias sobre las que trabajaba pero también los lectores a los que se dirigía y al efecto que esperaba tener en ellos; no obstante, a lo largo de las décadas la lectura de las obras de Reyes han perdido paulatinamente esa diferenciación, y hemos tendido a homologar toda la obra con un rasero principalmente académico y, en cierta forma, dejaron de percibirse fuera del contexto de la enormidad vital y estética del autor. El hecho es que aún cuando hemos logrado descifrar muchas de las claves de la escritura reyesiana, que hemos avanzado en la contextualización de la literatura, la vida y los tiempos de don Alfonso y con todo ello tenemos un cuadro más completo de la cultura, el arte y el pensamiento mexicanos de principios y mediados del Siglo XX; a cambio, hemos permitido que los ensayos de Reyes fueran desdibujándose en su sentido vital, que la mayoría de sus trabajos, me atrevo a decir la enorme mayoría de ellos, que no fueron concebidos para la academia sino para el disfrute del arte literario perdieran la levedad necesaria para mantenerse como literatura viva.

De Borges o Cortázar, siguiendo los ejemplos planteados originalmente, puede decirse que su papel en la historia de la literatura en general y de la lengua española en particular es fundamental; sin embargo pareciéramos obligados a aceptar que, en ambos casos, a diferencia de lo que ocurre con Reyes, se trata de autores resistentes a los cambios generacionales y que siguen representando obra viva y leída como goce e incluso, como iniciación a lo que llamaríamos “la gran literatura”; mientras que Reyes, siendo también autor de letras de arte mayor, por llamarlas de alguna forma, lo hemos transformado en literatura “de repertorio”; es decir, no es que Reyes no tenga una obra de la estatura de lo mejor de Borges o Cortázar – para mantener el ejemplo -, sino que abundan en mayor medida los lectores – desinteresados o extra académicos – que acuden a ellos continuamente.

Emprender una reelectura de Reyes podría implicar así un intento por redimensionar su expresión y sus motivos para abrir nuevos diálogos transgeneracionales. Por ejemplo si donde la lectura y la interpretación de la Visión de Anáhuac explora el punto historiográfico, el manejo de las fuentes o la construcción de la narrativa pudiéramos ofrecer una exploración vivencias y casi poética o intimista algo bien podríamos ir avanzando, pensar en la Visión no como discurso poético del imperio azteca minutos antes de su extinción, sino como la mirada de un exiliado en la dulce y cruel tarea de recuperar lo más preciado del mundo que ha tenido que abandonar y de que no sabe si algún día podrá volver a habitar; si pudiéramos dedicarnos a compartir el goce de un elenco tan profundo de sensaciones, sentimientos e ideas podríamos vislumbrar muchos de los elementos que poblarán sus páginas hasta el final de sus días.

En cierto modo, Reyes trata al Valle de Anáhuac – su auténtica morada, tanto como Monterrey fue su solar ancestral – del mismo modo en que trata todas las cosas que ama; nunca volverá la vista sobre el padre derrotado, por ejemplo, sino sobre el héroe, el constructor de civilizaciones y el mártir sacrificado; la Visión – como la Oración del 9 de febrero o la Ifigenia Cruel – no son memoriales sino reconstrucciones; para leerlas se pueden aplicar dos filtros que a la postre, devienen mutuamente excluyentes; por un lado, el analítico histórico o político y por el otro, el vivencias, espiritual o puramente estético, en el justo sentido en el que Reyes veía su ejercicio literario: “una válvula de mi moral” y un “ideal hecho de bien y de belleza”. Tal vez por esas razones Reyes se niega a utilizar un aparato crítico histórico en toda forma, aunque su capacidad y conocimiento eran más que suficientes para hacerlo; a nadie escapa el hecho de que la Visión sólo contiene cuatro notas a pie de página, de las cuales dos son meramente aclarativas y dos fueron intercaladas a posteriori y con la única finalidad de disminuir el impacto de los datos duros y mantener, en su justa dimensión el de los valores estéticos, lo cual resulta aún más claro en la última de las notas, insertada hasta 1955, cuarenta años después de su primera edición:

Se dice ahora, según entiendo, que la Crónica del Conquistador Anónimo es una invención de Alonso de Ulloa, fundada en Cortés y adoptada por el Ramusio. Ello no afecta a esta descripción. 1955.

De muchas formas, la Visión de Anáhuac abría las puertas del recuerdo y del bienestar a Reyes, marcaba su equilibrio y lo retornaba a cierta edad de la inocencia en que todo estaba aún por escribir.

Desde la Visión, Reyes sabe que ese mundo ideal que ha dibujado está condenado a desaparecer; que debe mantenerse en la guarda y fidelidad de la memoria literaria porque , desde el primer momento de la aparición humana en el Valle, se inició su largo proceso de destrucción con el pretexto de la obra civilizatoria; ya en 1915 decía Reyes: “cuando los creadores del desierto acaban su obra irrumpe el espanto social”.

Con una especie de mirada profética, don Alfonso sabe que la desecación de los lagos no puede sino redundar en la destrucción de ese ámbito privilegiado para la reflexión y el ensueño; casi  es tanto como decir que el México de don Alfonso joven – entendido como solar paterno, como hogar prístino – debía desaparecer en la medida que el propio autor y sus amigos fueran mudando sus conciencias, sus circunstancias y sus tiempos. De ningún modo Reyes se aferra a su pasado, ni al México que abandonó y que sabe no volverá:

Abarca la desecación del valle desde el año de 1449 hasta el año de 1900. Tres razas han trabajado en ella, y casi tres civilizaciones – que poco hay en común entre el organismo virreinal y la prodigiosa ficción policial que nos dio treinta años de paz augusta.

De Nezahualcóyotl al segundo Luis de Velasco, y de éste a Porfirio Díaz, parece correr la consigna de secar la tierra. Nuestro siglo nos encontró todavía echando la última palada y abriendo la última zanja.

Podríamos decir que, como continuación de este párrafo, Reyes escribirá en la Palinodia un ciclo de construcción – destrucción cuyo corolario ya parece en ése último texto y que don Alfonso no pudo ver, el terremoto de 1985, relacionado en su magnitud con la propia desecación de los lagos:

¡Oh desecadores de lagos, taladores de bosques! ¡Cercenadores de pulmones, rompedores de espejos mágicos! Y cuando las montañas de andesita se vengan abajo, en el derrumbe paulatino del circo que nos guarece y ampara, veréis cómo, sorbido en el negro embudo giratorio, tromba de basura, nuestro valle mismo desaparece.

Así, para afrontar el mañana, la soledad y la distancia, acuñó su propio talismán y lo formó de los temas que iría desarrollando a lo largo de toda su obra. Diseñó para sí un código cifrado de afectos que anclaban en el único lugar seguro, el entorno físico, pues la experiencia, no pocas veces amarga, le había enseñado lo frágil y vano que es poner en manos de hombre la esperanza del retorno y más aún si esos hombres tienen como oficio la política.

Reyes escribió muchísimo sobre sus ideas y sobre las ajenas, pero algo que luego nos pasa por alto pero que está más que presente, es que el principal tema de Alfonso Reyes en su literatura son sus sensaciones y sus pasiones.

No nos habla de otra cosa nunca, ni siquiera en sus trabajos más eruditos o más técnicamente literarios, pero es un hombre educado en el pudor de la cultura esforzada de esta tierra, en la que se puede decir todo como es, directo y sin ambagues, como buen regiomontano Reyes aborrece los eufemismos, pero su corazón se abre despacio y no deja entrar a cualquiera; una vez que se está dentro se disfruta del más amable lugar que uno pudiera soñar. Si la literatura de Reyes es una colección de pistas para entrar en ese mundo fascinante, habría pues que interpretar su existencia en ese sentido, solamente ligada a la manera en que, ya lo sabemos, las letras eran una válvula de su moral.

Sus libros son profundas confesiones espirituales por las que el autor alcanza la catarsis de su propio ser de exiliado y de víctima de la violencia del destino; sin embargo, también pueden ser bromas intencionales o inocentes provocaciones, en todo caso, ninguno de ellos puede considerarse completamente autobiográfico y ni siquiera se dirige al drama personal del autor; son el tema y el estilo los que concilian aquello que se agita en la conciencia del hombre para dejar constancia de su genio de autor. Por ejemplo, no podemos dejar de pensar en la obra de reyes sino en términos de un binomio constante, placer versus sufrimiento y no en el sentido cristiano del término por el que toda cuota de placer merece un castigo directamente proporcional, sino en el sentido hedónico de los griegos que suponen que el mundo está hecho de ambos elementos y nos corresponde decidir cuánto y qué placer nos es lícito procurar y cuánto y qué dolor es necesario soportar. Por ejemplo, uno de los pecados favoritos de Reyes, la gula:

Prescindiendo de los restaurantes franceses, reinaba en la Corte el venerable Botín, donde había menos modernidad, pero cocina más auténtica que en muchas renombradas fondas de Europa. Los escaparates de Botín ostentaban esos lechoncitos con la lechuga en la trompa que han alcanzado justa fama. Aquellas cazuelas matronas —planetas de barro y fuego labradas en la rotación de las edades—, venían penetrándose de grasa desde varios siglos atrás: acaso alguna vez las rebañara el mismo Quevedo. Los pescados y mariscos eran especialidad de La Viña P. El santísimo cocido (cuya receta aparece firmada por Alfonso XIII en el libro del Club Congressional Cook durante la presidencia de Coolidge), las paellas, las fabadas y los epónimos garbanzos —que dan a la casa el nombre en jerga popular— fundaban el orgullo de Los Gabrieles. Y los embutidos y morcillas de Díaz de la Cebosa (creo que así escribía él su apellido) eran con razón muy apreciados, porque el barrigudo señor resultaba tan experto en sus confecciones como en conseguir, para las familias de buen trato, amas de cría reclutadas en Pola de Lena y también en ciertos villorrios de mayor cuantía.

Y uno menos suculento pero también delicioso, la pereza:

¡Oh, plácida siesta! ¡ Oh, soledad poblada de contentamientos inexplicables! ¿Qué pudo adormecerme así, alucinarme así con la sensación de una plenitud, de una reintegración en la atmósfera nativa, de una continuidad biológica superior a las vicisitudes de la conducta y a los sobresaltos  del recuerdo? Acaso la Sombra del que apenas debo nombrar  gusta de vagar todavía por la tierra a laque dio su aliento. Acaso su compañía más que humana se insinúa en mí y me conforma, a manera de inefable vino.

Y desde luego, sin lugar a dudas, su patria como elemento de goce y de recordación absoluta, puerto y sentencia, pretexto y recuperación, todo eso es su país y su pueblo, por eso sufre cuando su obra no es comprendida en su patria o cuando se le considera ya un extranjero en su propio país; la Visión de Anáhuac, es un rescate histórico de los primeros días de México, pero también es una declaración de principios de su mexicanidad, un manifiesto de amor a su origen y un ejercicio de estilo que aspira a domar el nacionalismo furibundo de la Revolución para exponer de entre lo más mexicano, lo más universal; podría comparársele en cierta forma con Unamuno – a quien estuvo unido por una profunda amistad – que reniega de los oropeles de una tradición manida que ahoga el más profundo sentido de España. Dice Reyes en su Visión de Anáhuac:

El viajero americano está condenado a que los europeos le pregunten si hay en América muchos árboles. Les sorprenderíamos hablándoles de una Castilla americana más alta que la de ellos, más armoniosa, menos agria seguramente (por mucho que en vez de colinas la quiebren enormes montañas), donde el aire brilla como espejo y se goza de un otoño perenne. La llanura castellana sugiere pensamientos ascéticos: el valle de México, más bien pensamientos fáciles y sobrios. Lo que una gana en lo trágico, la otra en plástica rotundidad.

Quien haga el camino entre Madrid y Ciudad Real – la vieja Ciudad Leal de la época republicana – y luego siga la ruta entre Ciudad de México y Querétaro, se dará cuenta de la precisión de estas observaciones. Siempre que tengo la fortuna de venir a Madrid me arranca una sonrisa pensar que en el escudo nacional de mi bandera hay un higo chumbo y que, como bien observa mi hija Almudena, las banderitas de papel picado con que se adornan las calles de Chiapas en sus fiestas patronales son los mismos de la bandera de la España republicana. Porque a fin de cuentas, para Reyes hay dos patrias que se complementan y que juntas forman identidad: el solar y la lengua; por ejemplo, en su obra la palabra Madrid, descontando las menciones en fechas, nombres de instituciones y referencias bibliográficas, se la escribe un total de 1,109 veces, muchas más de las que se refiere a París y apenas por debajo de la palabra México.

En esa mente genial, pues, ha cabido de todo; artes y ciencias, recuerdos y predicciones, pero es a través de esa relectura vital que podríamos estar situando la obra de Reyes en un camino de revaluación dentro de los libreros de los lectores cotidianos que se pierdan no sólo en su crítica, sino en su vivencia, por ejemplo, en la del arte.

La relación de Alfonso Reyes con la plástica es importante, comienza desde México a través de Julio Ruelas y principalmente de Diego Rivera, amigo de toda la vida con quien compartió el amargo pan del exilio; fueron muchos los artistas con los que Reyes cultivó su amistad, aún en condiciones muy difíciles; Alfonso Reyes pudo sostener afectos y amistades más allá del paso del tiempo y de las circunstancias como la de una de las primera s mujeres de Diego: Angelina Beloff.

Para el escritor la convivencia con los pintores significaba participar de una existencia más combativa y arriesgada de lo que su docta condición de escritor le permitía y su prudente papel de diplomático le autorizaba; el mundo de los pintores, particularmente en París, era la oportunidad de participar en pequeñas batallas que resultaban graciosa para un hombre que poco antes había dormido acompañado de un fusil, había sido exiliado político y estado en presencia de un general golpista, ebrio y reconocido por sus excesos asesinos; tal vez a muy pocos como él podía aplicarse el título de la magnífica novela de Hemingway, “París era una fiesta”.

El rostro de la amistad de Reyes con los pintores tenía nombre: Diego Rivera; en aquella época el regiomontano veía al guanajuatense no como el monstruo sagrado de la plástica fundacional en México, ni como el azote dude la burguesía internacional y de sus buenas conciencias, sino como el gigantón dulce y sonriente que retrató Amedeo Modigliani, aquel Rivera de entonces era el mismo que expuso por primera vez en Madrid y que Reyes nunca olvidaría:

Cuando el mexicano Diego Rivera expuso en Madrid cuadros cubistas, hubo que pedirle que, al menos por respeto de policía, no exhibiera en el escaparate sus pinturas. Cierto retrato que estuvo expuesto en la callecita del Carmen por milagro no provoca un motín. ¿Dioses! ¿Por qué no lo provocó?, ¡Sus amigos lo deseábamos tanto! Adoro la bravura de Diego Rivera. Él muerde, al pintar, la materia misma; y a veces, por amarla tanto tanto, la incrusta en la masa de sus colores, como aquellos primitivos catalanes y aragoneses que ponían metal en sus figuras. Pintar así es, mas bien, desentrañar la plástica del mundo, hundirse en la fuerza de la forma, acaso intentar una nueva solución al problema del conocimiento.

Aquel Diego había llegado a Madrid como una bomba desmadejada y ocurrente que gozaba, como lo hizo siempre y más a su retorno a México, de escandalizar a las buenas conciencias; muestra de aquel tiempo queda aún en los muros de la Capilla Alfonsina de México, bajo la adveración de la célebre “Plaza de toros” que prácticamente acompañó a don Alfonso toda la vida. Rivera, además fue un puente entre Reyes y Picasso; o tal vez resulte más propio decir que fue el escritor quien sirvió de vaso comunicante entre ambos pintores; no es casual si se considera que los tres huyeron del manierismo y el retoque hacia las fértiles tierras de la sencillez genial; el escritor caminaba así entre los pintores a los que se sumaba Juan Gris, cuya casa sigue siendo para mi una especie de faro en mis andares madrileños, uno de esos puntos de referencia diminutos pero certeros; ubicada detrás de Puerta del Sol, a unos pasos de la Calle Salud que guarda para siempre el secreto del asombro azorado de mis primeras visitas y convive con una sidrería asturiana magnífica y en toda regla que hoy, como hace doscientos años, ofrece un rarísimo y delicioso licor de violetas.

En París, Reyes cultivó la amistad de los cubistas y de los surrealistas, de Cocteau y e Picasso, si con “La Cena” se había adelantado al movimiento surrealista, el cubismo lo toma por asalto y más que su expresión plástica, su capacidad para convocar el genio de su tiempo; ese ambiente creativo lo hizo transitar entre el cine, el teatro, la literatura y el arte; sin embargo, esas experiencias no se quedan para el goce y el crecimiento personal, sino como un camino para servir a sus amigos y para construir indelebles puentes de comunicación con los demás, será cerca del final de su vida cuando se ponga de manifiesto su enorme capacidad para crear redes de amistad y colaboración.

Esa capacidad, por ejemplo, le permitió servir de salvoconducto y auxilio entre el furor de Rivera y la disciplina casi militar de las vanguardias francesas. Recordaba Reyes que cuando Rivera presentó su primera exposición en París y estaba a punto de partir hacia Madrid, se suscitó un malentendido entre los dos pintores; esto debido a que Will, la dueña de la galería donde exponía el mexicano se había expresado en el texto de la invitación, en términos poco amables sobre Picasso; al español aquello lo tenía enfurecido mientras que al mexicano lo había hecho presa de una angustia sin descanso, tanto por no saber como podía reaccionar si Picasso lo encaraba o si trataba de sabotear la exposición como por el riesgo eque, en ambos casos, corría la carrera del aún incipiente genio frente al poder del semidiós que ya entonces era el malagueño. Alfonso echó mano de sus amistades, de su proverbial don de gentes y logró aproximar a los pintores y los puso en camino de una relación duradera, el punto en que solemos atribuir a Diego aquella frase que nos gusta tanto a sus seguidores: “nunca he creído en Dios, pero creo en Picasso”.

Prefiero dejarlo aquí, nos faltarían horas para hablar de otras pasiones y otros placeres; pero al volver la vista atrás, al pensar lo que he experimentado leyendo a don Alfonso, me gustaría sólo compartir no el mejor, sino el más entrañable de los versos de Reyes como un signo de esta invitación a la recuperación de los lectores:

Cuando salí de mi casa

con mi bastón y mi hato,

le dije a mi corazón:

—~Ya llevas Sol para rato!—

Es tesoro —y no se acaba:

no se me acaba —y lo gasto.

Traigo tanto sol adentro

que ya tanto sol me cansa.—

Yo no conocí en mi infancia

sombra, sino resolana.

Muchas gracias

Alfonso Reyes y José Vasconcelos, dos utopistas en pugna

Son dos los miembros del Ateneo en quienes mejor se aprecia la tendencia a crear y sostener utopías como parte de la identidad política y social de la mexicanidad: Alfonso Reyes y José Vasconcelos.

Tanto Reyes como Vasconcelos han ejercido una influencia definitiva en la cultura mexicana del siglo XX y reaparecen constantemente en los análisis culturales, el primero desde el punto de vista literario y cada vez más desde el diplomático y filosófico, y el segundo con preeminencia en lo educativo y lo político y ocasionalmente en lo literario; ambos, unidos por una amistad atormentada y separados tanto por la ocasión política como por sus visiones del mundo, comparten la idea de un latinoamericanismo moderno, distinto del monroísmo pero también alejado del bolivarismo inocente del siglo XIX — algo que también puede apreciarse en otros miembros del Ateneo como Julio Torri o Isidro Fabela —. Si Vasconcelos percibe la idea de la unidad étnica y de la patria mayor, Reyes prefiere las raíces culturales compartidas; si uno ve el súper Estado, el otro ve el espacio cultural. Si el primero opta por la introspección latinoamericanista, el segundo amplia el marco hacia las fronteras inasibles de la occidentalidad. Si el segundo quiere descender hasta las necesidades más elementales, no logra desasirse de la ideología clásica en la que se educó y si el segundo quisiera no tener necesidad de vivir tratos políticos, la realidad lo sustrae constantemente de sus reflexiones. Ambos sueñan con una realidad que la Ley puede crear, pero sobre todo, con una sociedad en la que tal Ley sea posible. En carta fechada en México el 30 de julio de 1923, Vasconcelos dice a Reyes:

Intencionalmente hemos procurado que los presupuestos no tengan cantidad alguna destinada al fomento en general del arte, porque tenemos necesidades de suma urgencia, como la construcción de edificios escolares, etc., que nos obliga a cerrar los ojos por muchos años a todo lo llamado cultura superior, para poder sentar las bases de una verdadera cultura que tenga raíces en la masa de la población…

De Reyes habría que rescatar Visión de Anáhuac, Última Tule, A vuelta de correo, Discurso por Virgilio, Silueta del indio Jesús, El testimonio de Juan Peña, Geógrafos del mundo antiguo, La X en la frente y Andrenio, perfiles del hombre; de Vasconcelos, La caída de Carrranza, bolivarismo y monroísmo, Ulises criollo, La Tormenta, El Desastre, El Proconsulado, La raza cósmica y Breve historia de México.

La visión utopística de Alfonso Reyes busca insertar a México y América Latina en el orbe occidental; enraizándola en la tradición que tiene sus pilares en la noción teológica judeo cristiana, en el pensamiento filosófico griego y en las instituciones jurídicas romanas. Trata de abrir puertas y ventanas a una identidad que considera más amplia de lo que habitualmente puede considerarse la mexicanidad o el sentimiento latinoamericano; pero todo ello con la finalidad de afirmar lo que considera auténticamente mexicano, sin exageraciones ni estereotipos. Su visión del mundo es incluyente y del mismo modo en que convienen los demás miembros del Ateneo, supone que la cultura puede ser llevada como instrumento de liberación hasta los estratos más elementales de la sociedad.

Así, por ejemplo, al referirse al carácter argentino, Reyes emprende una teorización de la fuerza vital en la conformación de las naciones latinoamericanas, en Palabras sobre la Nación Argentina, dice:

Más que una nación de acarreo o depósito histórico [como México, Perú o Colombia], la Argentina es una nación de creación voluntaria. La hizo la conciencia de los hombres, de los individuos. Es, casi, el fruto de un deseo. El colono encontró aquí tribus nómadas sin yacimientos de civilización, y tuvo que importarlo todo consigo… Fruto de un deseo, y fruto laico: hijo de una aspiración cívica. En lo cual se diferencia de los Estados Unidos, que todavía deben su origen a la aspiración religiosa de los puritanos. Aquellos peregrinos buscaban la libertad de orar. Estos colonos vienen buscando un campo donde sembrar una patria hecha a su medida… De tal manera la formación argentina es efecto de una decisión premeditada de los hombres, que hasta se da el caso — paradójico en los países que llamaríamos meramente históricos — de que la misma capital haya tenido que imponerse  por la fuerza al resto del país, como se impone, en un caos de naturaleza, una voluntad humana. En verdad, la Argentina moderna parece la encarnación del verbo, y el triunfo voluntario y consciente de la generación romántica: Sarmiento, Alberdi, Mitre…

Por el contrario, aunque de forma complementaria, Vasconcelos, tiende a dibujar una fuerza centrípeta, una especie de gravedad que atrae las voluntades y los inconscientes colectivos, imaginarios y en fin, sentimientos de pertenencia destinados — como en un logos superior — a cumplir una misión en el tiempo y el espacio. Mudar ese destino resulta para Vasconcelos una forma de traición que desnaturaliza y que impide no sólo cumplir con el fin de cada grupo humano, sino incluso imposibilita la construcción de instituciones sociales y políticas acordes con la naturaleza de cada nación. En La raza cósmica, Vasconcelos afirma:

En México, por ejemplo, fuera de Mina, casi nadie pensó en los intereses del continente; pero aun, el patriotismo vernáculo estuvo enseñando, durante un siglo, que triunfamos de España gracias al valor indomable de nuestros soldados, y casi ni se mencionan las Cortes de Cádiz, ni el levantamiento contra Napoleón, que electrizó a la raza, ni las victorias y martirios de los pueblos hermanos del continente. Este pecado, común a cada una de nuestras historias patrias, es resultado de épocas en que la Historia se escribe para halagar a los déspotas. Entonces la patriotería no se conforma con presentar a sus héroes como unidades de un movimiento continental, y los presenta autónomos, sin darse cuenta que al obrar de esta suerte los empequeñece en vez de agrandarlos… se explican también estas aberraciones porque el elemento indígena no se había fusionado, no se ha fusionado aún en su totalidad, con la sangre española; pero esta discordia es más aparente que real. Háblese al más exaltado indianista de la conveniencia de adaptarnos a la latinidad y no opondrá el menor reparo; dígasele que nuestra cultura es española y en seguida formulará objeciones. Subsiste la huella de la sangre vertida: huella maldita que no borran los siglos, pero que el peligro común debe anular. Y no hay otro recurso. Los mismos indios puros están españolizados, están latinizados como está latinizado el ambiente. Dígase lo que se quiera, los rojos, los ilustres atlantes de quienes viene el indio, se durmieron hace millares de años para no despertar. En la Historia no hay retornos, porque toda ella es transformación y novedad. Ninguna raza vuelve; cada una plantea su misión, la cumple y se va. Esta verdad rige lo mismo en los tiempos bíblicos que en los nuestros, todos los historiadores antiguos la han formulado. Los días de los blancos puros, los vencedores de hoy, están tan contados como los de sus antecesores. Al cumplir su destino de mecanizar el mundo, ellos mismos han puesto, sin saberlo, las bases de un periodo nuevo, el periodo de la fusión y la mezcla de todos los pueblos. El indio no tiene otra puerta hacia el porvenir que la puerta de la cultura moderna, ni otro camino que el camino ya desbrozado de la civilización latina. También el blanco tendrá que deponer su orgullo, y buscará progreso y redención posterior en el alma de sus hermanos de las otras castas, y se confundirá y se perfeccionará en cada una de las variedades superiores de la especie, en cada una de las modalidades que tornan múltiple la revelación y más poderoso el genio…

El tono profético, profundamente ideologizado, no deja por otra parte, de enunciar el sueño posible de un solo pueblo para la región y el continente; cabe preguntarse si afinando instrumentos, algo así puede decirse de las corrientes migratorias hispano parlantes hacia los Estados Unidos. De cualquier forma, en ambos casos, la idea precede al hecho y se transforma en instituciones; no hay otra manera, si la utopía no puede cumplirse, ello no implica que no sea el sustrato del que el legislador se nutre, en el que vive y al que pertenece, para crear nuevos principios de organización.

En la medida que en México, la generación del Ateneo entraba en madurez y ocupaba cargos importantes en la administración pública, en la judicatura y la legislatura, el mundo se transformaba en su derredor; en cierto modo, mucho del México que existió después de la Segunda Guerra Mundial, se labró con base en las ideas más organizadas de estos intelectuales, a lo que habría de sumarse el pensamiento y las ideas de la época dorada del Partido Comunista Mexicano — Diego Rivera, el Dr. Atl o el propio Sequeiros —, pero no parecían encontrar respuestas para las tensiones de la Guerra Fría, ni entablaron una lectura directa y certera de las nuevas realidades. En su lugar, otras generaciones comenzaron, una vez más, a producir formas utópicas de pensamiento.

El libro nuestro de cada martes: Los últimos hijos, de Antonio Ramos Revillas

¿Cómo se puede crear belleza a partir de la violencia? porque la literatura como arte es eso, crear belleza. ¿Cómo podemos mantener la vista amplia en un país y un momento donde la pérdida de los hijos es un lugar común?

Antonio Ramos Revillas no propone respuestas, narra… cuenta… dice. Su novela, Los últimos hijos, nos sacude las entrañas y nos pone en la tesitura de la venganza y la búsqueda, pero en el fondo, del cuestionamiento de aspectos tan humanos como la pareja y la paternidad. Nos buscamos en sus palabras, en sus escenas en la intencionalidad de meter orden, en una historia coherente, dentro del enmarañado momento que nos ha correspondido vivir.

No sé si a Antonio le apeteció dejarnos un tanto de esperanza en su escritura, yo lo encontré porque los demonios pueden ser conjurados cuando son nombrados, cuando los vemos de frente y sabemos que a pesar de todo, cuando hay narración hay esperanza de memoria futura, esto es hay esperanza de vida.

La historia de una intrusión en casa, de la vejación de quienes han sido objeto de la violencia es un pretexto – como en toda buena historia – para decir mucho más que eso. Para leer este libro de Ramos Revillas, hay que atreverse, algo que no nos deja decepcionados.

En Almadía: http://tienda.almadia.com.mx/libro/los-ultimos-hijos_792

 

El día que Alfonso Reyes conoció París (Fragmento de la Novela los minutos de Ulises)

Por fin la Ciudad Luz es tuya, tuyo por un momento el cuarto sencillo y limpio de aquel pobre hotel de la Rue Trévisse, a donde te envió  Modesto Puigdelvall, que había sido mozo de don Bernardo en París y luego, en México, dueño del Restaurante Sylvain; a quien hace apenas quince días visitaste en su local para charlar de las viejas modas parisinas. Ahí, antes de que te venza el sueño, haces el recuento de la jornada y caes, con la cabeza abierta en pedazos, al recibir el golpe de maza de París. ¿Es aquella Ciudad de tus anhelos como la imaginaste? No, es muy superior, más grande y más vital que en las descripciones de Zola y de Dumas, más intensa que en los mejores pasajes de Proust y de Victor Hugo. Esa es la primera lección que te depara la Ciudad Luz: que la literatura, con todo lo que la amas y la veneras, no alcanza a suplir la vida; es cierto que la mejora y la estabiliza en algunos sentidos y en otros, como cuando Goethe, hace a Fausto gritar al instante que ya se retira: “detente, eres tan hermoso”, pero no la sustituye.

Igual que el Sol de Monterrey, París se te mete por los ojos, te suda por los poros y se queda dentro y fuera de tu humanidad, con aromas del Río Sena y de las cocinas de Saint-Germain-des-Près; de modo tal que así pasen cuarenta años, una caja que se abra, un perfume que se disuelva en el aire o una mujer que se te aproxime te harán suspirar melancólico: ¡esto huele a París! Imagina que dentro de muchos años, alguien caminará como tú por primera vez las calles de París y sentirá igual que tú, que la ciudad lo esperaba desde que era la Lutetia Parisiorum y que como amante complaciente, le irá revelando sus rincones y espacios mientras lo va seduciendo y enamorando; imagina que mientras escriba una líneas sobre el papel y escuche una grabación de canciones francesas, así como tú un día, él tampoco podrá dejar de recordar con una tristeza dulce y especiada, un momento en que son las cinco de la tarde, le sirven un expreso en la terraza de un café y ve pasar la vida en Champs  Elysées; y entonces ambos, tu fuera ya del mundo y el desplazándose hacia la muerte, habrán violado el secreto del tiempo y habrán estado juntos, un instante en el espacio de la memoria y la literatura.

Aquella primera vida en París fue acaso demasiado breve. Te habías imaginado una estancia no sólo más larga sino también más fructífera, pero el destino es cosa de ver querido Alfonso; te pareció inverosímil que una buena mañana de agosto, unos días apenas después de tu primer aniversario en París, un único telegrama te notificara que Venustiano Carranza, ese antiguo reyista que entonces era ya el hombre fuerte en México, de un plumazo había destituido en masa a todo el cuerpo diplomático. Sí Alfonso, a todo el cuerpo diplomático. La instrucción era clara y desde luego no admitía interpretación alguna; quisiste pensar que tal vez se tratara de un error, que habría excepciones y consideraciones personales, que después de las muestras de afecto y lealtad que Carranza había prodigado siempre al general Reyes, no habría podido olvidarse de que ese oscuro segundo secretario era el hijo de su amigo. Pero bien sabías que no había error y muy claro te quedó que a partir de entonces, desde México y quién sabe durante cuánto tiempo, no te llegaría sino la nostalgia y el recuerdo. Mientras fuiste guardando en el baúl de viaje los pocos efectos personales que tuviste en tu precaria oficina de diplomático novato, escuchaste las sirenas y a poco te acercaste a la ventana, con la claridad de un sueño o mejor, de una pesadilla, pudiste ver las cruces debajo de las alas de los aviones; eran aeroplanos alemanes de reconocimiento, tal vez fueran bombarderos; los periodistas se habían equivocado o más seguramente, los habían engañado; la guerra estaba más cerca de lo que se pensaba y ella tampoco hacía excepciones. Una vez más había que marchar. Esa vez, sin embargo, no hubo comité de despedida, nadie en el andén para despedir a tu pequeña tribu y sí un mar de gente huyendo del París condenado al sufrimiento que no podía darse el lujo siquiera de un taxi porque todos estaban requisados para llevar voluntarios al frente. ¿A dónde podrías ir? Impensable volver a México, aún era demasiado pronto; Europa estaba a punto de arder y la única ruta posible era cruzar el Pirineo y adentrarse en las tierras de España.

Palabras de Adolfo Castañón en la presentación de Los Minutos de Ulises, de César Benedicto Callejas

Gracias a la generosidad, bonhomía y gentileza de don Adolfo Castañón, ofrecemos a ustedes las palabras que pronunció en la presentación de la novela, Los Minutos de Ulises, el pasado 12 de octubre en el Palacio de Bellas Artes.

Muy agradecidos con el maestro

In articulo mortis.

Últimos minutos de Alfonso Reyes, según César Benedicto Callejas

 Adolfo Castañón

 

I.

Aunque no se sabe cuándo y cómo el héroe homérico Ulises, dejó su cuerpo físico y rindió su último suspiro, se puede conjeturar que, en los momentos finales de su vida, repasó sus aventuras y, por así decir, se brindó a sí mismo una versión en miniatura de su propia odisea. César Benedicto Callejas ha dado a la estampa no hace mucho una obra titulada Los minutos de Ulises. El texto busca reconstruir a través de una narración tan ficticia como armoniosa los últimos momentos de un lector de Homero y acaso émulo del propio Ulises: Alfonso Reyes (1889-1959), el autor caudaloso y legendario cuyo nombre se estampa tantas veces en la ciudad de Monterrey que el crítico inglés George Steiner me preguntó cuando la visitó “¿quién diablos es Alfonso Reyes?”. Buena pregunta. Con toda seguridad Reyes se la hizo a lo largo de los alrededor 51,290 días o sea 70 años siete meses y 10 días que duró su longevidad que contrasta con las más de 13,000 páginas de sus Obras completas sin contar los por lo menos 50 volúmenes de correspondencia, los 7 del Diario y el baúl de asombros que todavía resguarda como un tesoro escondido la Capilla Alfonsina, custodiada por la admirada y admirable Alicia Reyes, maestra de generaciones y de este César al que hoy decimos: “Ave Callejas”.

II.

Alfonso Reyes murió a las 7:30 de la mañana del 27 de diciembre de 1959, según consta en el apunte hecho por su hijo Alfonso Reyes Mota ese mismo día, quince minutos después del fallecimiento. La última anotación asentada por el puño y letra de Alfonso Reyes Ochoa fue la del 25 de diciembre. Los editores del Diario, Fernando Curiel y Belém Clark, anotan que: “Los altibajos de la salud de don Alfonso se refleja en las variaciones de la letra manuscrita.” La última anotación asentada dice:

“Amanecí mal pero me compuse con medicinas Cesarman. Meche McGregor agradece por teléfono el artículo sobre Genaro [muerto el día 22 y sobre el cual Reyes escribió su último artículo ‘El férreo Genaro’: publicado en Excélsior] Fernando Benítez, el rey viejo me mataron” [T-VII, p. 774].

Podría imaginarse que los doce capítulos del monólogo a dos voces de Los minutos de Ulises de César Benedicto Callejas transcurren entre las horas contadas que van desde el 25 de diciembre en que Reyes escribió su último artículo hasta la fecha de su muerte. Esas horas postreras, esos minutos finales o terminales son el espacio literario en el que se mueve la narración. Dada la dimensión y la riqueza de la obra y la vida de Reyes hay que agradecerle a Callejas, a su musa y a sus editores que se hayan apiadado del lector y que no lo hayan castigado con una novela, proyecto historiográfico o biografía novelada al estilo monumental de las de Michael Holroyd sobre Lytton Strachey, la de Leon Edel sobre Henry James o bien la de Jean-Paul Sartre sobre Gustave Flaubert-El idiota de la familia.

III.

¿Y por qué estoy yo aquí? En diciembre de 1959, Adolfo Castañón, tenía 7 años. No conoció a Alfonso Reyes. Sin embargo, Jesús Castañón Rodríguez su padre, nacido en 1916, no sólo lo conoció, sino que tomó en 1942 el curso que dictó Reyes en ese invierno, según consta en el diploma que así lo acredita, fechado el 15 de febrero de 1942 con la  firma  del  Rector  Mario  de la  Cueva. Algunos amigos de don Jesús como José Rojas Garcidueñas, Manuel Calvillo o Ernesto Mejía Sánchez estuvieron cerca del autor de Visión de Anáhuac. Adolfo, Adolfito como dice Alicia, debe precisamente a Ernesto Mejía Sánchez, a José Luis Martínez, a Jaime García Terrés y a José Emilio Pacheco el haberlo guiado para llegar hasta aquí. Castañón también le debe su lectura de Alfonso Reyes a Carlos Monsiváis, Octavio Paz, Alejandro Rossi, Gabriel Zaid y a la propia Alicia Reyes el haberse adentrado más profundamente en este océano. A César Callejas y a la Universidad Autónoma de Nuevo León le debe Castañón el haberlo invitado a este acto de saludo en voz alta de Los minutos de Ulises.

IV.

Si siempre es bienvenido un nuevo libro sobre Alfonso Reyes, éste lo es quizá más pues encara las experiencias o vivencias, las vividuras que diría María Zambrano del regio-regio Reyes. Los minutos de Ulises es una máquina del tiempo o más bien un experimento, un laboratorio en marcha que aspira a condensar o a sintetizar en doce capítulos, doce horas la vida más que la obra del “inabarcable, y a veces, también invisible” gran abuelo para decirlo con las palabras que éste aplicó a su modelo poético, humano y político: J. W. Goethe.

V.

Con Los minutos de Ulises el escritor regiomontano Cesar Benedicto Callejas Hernández rinde tributo a su cuna al proponer una fantasía narrativa que consta de doce capítulos en 188 páginas. No es el primer libro del autor sobre Alfonso Reyes, antes había dado a la estampa Fosforo va al cine. Alfonso Reyes y la crítica cinematográfica. Las frases expedidas desde el escritorio de César Benedicto Callejas no se presentan como una biografía de Alfonso Reyes al estilo del ejemplar Genio y figura publicado por Alicia Reyes y muchas veces reeditado, ni de la tesis monumental de Paulette Patout Alfonso Reyes y Francia ni del estudio sobre Alfonso Reyes and Spain a los cuales debe no poco este ejercicio literario que por cierto tiene ciertas correspondencias con otro ensayo de aproximaciones biográficas de Fernando Curiel El cielo no se abre. Tampoco es la primera elaboración narrativa de que ha sido objeto el autor de Visión de  Anáhuac y la vida literaria que lo rodeó. Recuérdese, por ejemplo, la novela de Sealtiel Alatriste En defensa de la envidia. Calumnias de amor y sexo inspirada en la correspondencia de su tío abuelo Uriel Eduardo Alatriste. Ciertamente podría decirse que la recreación literaria de las vidas literarias está en el aire como consta por la novela de Elena Poniatowska Dos veces única sobre Guadalupe Marín, Lupe Marín, la esposa de Diego Rivera y de Jorge Cuesta.

VI.

Los momentos de Ulises arma una tensa cadena crónica en torno a los últimos momentos de Alfonso Reyes, antes de desfallecer el 27 de diciembre de 1959. La eternidad se juega en unos instantes en los que es posible recapitular la historia del universo como sabía Jorge Luis Borges, amigo de Reyes. La trama de Callejas se enfoca en esos momentos infinitamente divisibles que son los del articulo mortis, artículo abismal, vertiginoso instante en el curso del cual el sujeto ni está vivo del todo ni del todo muerto, inasible estado donde el ser y el ahí se fugan, intermitencia inconcebible y misteriosa que hace exclamar al Hijo en la cruz porque el Padre lo ha abandonado… Reyes por cierto tuvo presente al General Bernardo en sus últimos días.

VII.

La idea de recrear la vida de alguien a través de la evocación de sus minutos terminales recorre como un Lázaro fantasmal el cuerpo mismo de la literatura. Los ejemplos modernos van desde la narración de Thomas de Quincey, Los últimos días de Emmanuel Kant, los monólogos dramáticos del poeta Robert Browning hasta La última tentación de Nikos Kazantzakis, La muerte de Virgilio de Herman  Broch, El último mundo de Chrsitoph Ransmayr (Seix Barral, 1989) sobre la muerte de Ovidio  pasando por las novela de William Faulker, Mientras yo agonizoLa muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes o El general en su laberinto de Gabriel García Márquez o incluso el Guillaume le Marechal del historiador Georges Duby. El árbol de la tradición asiática da como frutos los breves poemas de despedida a la vida que dictan los monjes budistas Zen antes de desfallecer. Sean bienvenidos Los minutos de Ulises, vienen a añadirse al caudal de las obras con que los lectores de Alfonso Reyes enriquecen su memoria.

Los minutos de Ulises aspira a concentrar en su exposición una docena de estampas en torno a la vida supuestamente contada por un “sí mismo” que diría Paul Ricoeur. El libro podría haber sido presentado editorialmente como un Alfonso Reyes par lui même o por sí mismo a la manera de aquella colección francesa publicada en París por el sello de Seuil en la colección Microcosme y que por cierto fue parcialmente traducido en México por la Compañía General de Ediciones.

Los minutos de Ulises tiene una forma: no se da como una exposición impersonal en tercera persona desde un narrador neutro, tampoco como un monólogo de la conciencia desordenada al estilo del Ulyses de James Joyce; se brinda más bien como una lección forense pronunciada en vocativo, o sea, en segunda persona, de tú a tú, en el tú por tú, tan caro a cierta elocuencia latina. Esto plantea ciertas preguntas: ¿es posible aproximarse a un clásico desde adentro, como quería Ortega y Gasset al pedir un Goethe desde dentro, o como lo intentó con mayor fortuna el mismo Alfonso Reyes en su Trayectoria de Goethe? Parafraseando a Ortega y Gasset sobre Goethe, podríamos decir que “estamos un poco fatigados” de la estatua de Reyes. Por ese motivo, quizá Callejas ha intentado adentrarse o más bien aproximarse a Alfonso Reyes para tratar de restituir su itinerario, su hacer. En ese intento, se ha encontrado no tanto con un hacer como con las acciones de Reyes, con la estela de episodios y anécdotas que fue dejando su vida.  Desde luego ese gesto literario e incluso retórico está movido por la sana intención de buscar apoderarse o apropiarse, empoderarse para decirlo con una voz feminista. El gesto responde a un movimiento saludable y a un afán de instalarse no frente al objeto sino en su seno, desde dentro del sujeto elocutorio para poder decir desde ahí el armazón de las reconstrucciones propuestas. Responde desde luego este gesto al deseo de desmitificar al personaje, de bajarlo del altar o del pedestal, de hacerlo próximo, acariciarlo con el aliento y ponerlo, por así decir, en una primera persona o más bien en una segunda que resulta interpelada en este monólogo a dos voces. Como decía Reyes en la introducción a su Trayectoria de Goethe fechada el 12 de junio de 1954, esta inclinación de los que “han fingido un Goethe por dentro, que luego había de volcarse luego afuera, un jinete anterior a la cabalgadura” equivale en cierto modo a condenarlo a su propio destino consabido, lo cual implica para el lector una renuncia a esa incertidumbre del propio protagonista, en este caso Alfonso Reyes, que vivía su vida no como una leyenda sino quizá como una zozobra.

VIII.

¿Los minutos de Ulises finge una exposición biográfica que quizá podría subtitularse Alfonso Reyes desde adentro? Afortunadamente para él y para el lector, el abogado Callejas sólo ha caído en esta tentación de la biografía absoluta para salir por la otra puerta con un ejercicio literario, más próximo a una fantasía en el sentido musical de la palabra —a una fuga— que a un conjunto de juicios históricos, aunque en rigor la forma misma que él propone sea justamente la del tribunal de la conciencia. El recurso participa de lo teatral; la supuesta voz interior comporta sin duda no poco de forense sobre todo por sus enunciados en segunda persona, aunque aspira a ceñirse tan ajustadamente al sujeto en este infatigable tú por tú que en ocasiones corre el riesgo de estrangular su odisea en los meandros de la vida pública y política a la cual Reyes sin duda supo hurtarse tanto y tan bien a través de su Constancia poética. Por eso esta intimidad reformulada resulta más plausible, amena y agradable cuando se eleva o desciende al firmamento de la política de lo histórico y aún de la guerra. Cierto: Callejas no pierde el surco lírico y su libro es también un florilegio poético.

IX.

El recurso del vocativo sostenido e intenso o de la segunda persona ha sido empleado en la literatura mexicana en distintas ocasiones. Por ejemplo, en esa Crónica de un instante que es la ¿novela? fragmentaria de Salvador Elizondo: Farabeuf. Este deseo de apropiarse a un autor —en este caso Alfonso Reyes— por así decir en forma absoluta ya no tanto mirándolo a los ojos desde afuera, sino instalándose dentro de él casi como una facultad o potencia interior puede ser fecundo, pero también riesgoso. ¿Es posible disfrazarse de Alfonso Reyes? Cuando en 1969, a diez años de la muerte de don Alfonso, se puso en escena la opereta Landrú escrita por el regiomontano, Juan José Gurrola, el director, amigo de doña Manuela Mota de Reyes quien le había cedido una copia del manuscrito, se propuso disfrazarse de don Alfonso. La obra salió bien y fue un éxito, Gurrola era un buen actor y un buen director: pasaron la prueba la puesta en escena y la actuación. No sé si Cesar Benedito Callejas, el autor de Los minutos de Ulises logrará pasar la prueba, no de fuego sino de juego, es decir, si logra seguir el juego de Reyes, logra ser por un momento, ay, Alfonso Reyes. No lo creo. En cualquier caso, Alfonso Reyes sí logra pasar la prueba y saltar por encima de estos minutos para salir fortalecido. Los minutos de Ulises de César Benedicto Callejas asume honradamente los riesgos del tuteo, apenas amortiguados por los velos de la evocación homérica y helénica que arropan y pautan el libro con leves gasas textuales.  Véase el inicio del capítulo IV:

“De pronto lloras, Ulises, te consumes dejando ir el llanto por ambas mejillas, Como llora la esposa estrechando en el suelo al esposo que en lucha cayó ante los muros a vista del pueblo para salvar de ruina a su patria y sus hijos: le mira que se agita perdiendo el respiro con vómitos de muerte y abrazada con él grita y gime; la hueste contraria le golpea por detrás con las lanzas lo hombros y, al cabo, se la lleva cautiva a vivir en miseria y en pena con el rostro marchito de tanto dolor. Así, Ulises, de los ojos dejas caer un misérrimo llanto; ojalá París huera sido siempre para  ti noche de fiesta y de  Champagne rebosando en las copas, ojalá siempre hubiera sido el mercado de Les Halles, donde los pescados frescos, apilados en fantásticas pirámides servían de escenografía para el juego de la vida.”  (p. 78)

Lo minutos de Ulises se suma a los textos inspirados por la vida de este escritor y lector mexicano que además de dejar un conjunto macizo de obras particulares supo legar una escritura y, más todavía, una leyenda, una cosa legible que forma parte indisociable de la cultura hispánica y no sólo mexicana, gracias a la prodigiosa convivencia de poesía, ensayo, ficción, diarios, cartas. El título de esta fantasía es provocador: sugiere entre líneas que Alfonso Reyes es el Homero mexicano, es decir, el autor de una obra en verso y en prosa, que cabría ser comparada, toda geometría guardada, con el oceánico fantasma del griego. Callejas con su libro acaso busca salir al paso a un “eclipse de Reyes”, del mismo modo que éste buscó adelantarse con sus estudios al “eclipse de Goethe” denunciado por T.S. Eliot. El bibliotecario se limita a tomar nota.

X.

En la carátula de este reloj de horas vividas de Alfonso Reyes propuesto por el escritor César Benedicto Callejas destaca el encuentro con Victoriano Huerta —El Chacal como lo llamaban en clave Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña: ese momento de intensidad metálica es uno de los mejores tramos de esta composición:

“Esa fría mañana llegaste temprano, a Huerta había que hablarle muy de mañana, a las doce del día era ya demasiado tarde y estaría ya tan ebrio que la brutalidad se le habría subido a la cabeza y entonces hubiera sido completamente imposible entenderse con él. Desde que supiste que quería verte trataste de indagar todo cuanto fuera posible, te aventuraste a preguntar aún  a riesgo de parecer inoportuno o sospechosos y hasta equivocado; nadie sabía nada o nadie quiso decirte lo que sabía. ¿Qué sentimientos te despertaba Huerta?; primero antes de la desgracia, una sensación indefinible cuyos límites eran el desprecio y la indiferencia; después del golpe de Estado, repugnancia, asco y sobre todo miedo, mucho miedo. A partir de aquella primera cita, nunca, a pesar de los años que todavía pasaron nunca dejaste de sentir el miedo que te causó su primer ofrecimiento y todavía hoy, en el lugar donde te encuentras, libre de todo peligro, muriendo así, como lo estás haciendo, tranquila y serenamente sin ninguna amenaza, no deja de causarte temor y sorpresa que te pidiera ser su secretario particular; ¿así terminaban las cosas? Aunque no acepto tu primera negativa y te citó al día siguiente, a las seis de la mañana en el Colegio Militar de Popotla, sabías que tus horas en México estaban contadas; claro, eso si tenías suerte y salías vivo de la entrevista. Ese día los malos astros se eclipsaron; ante tu negativa reiterada, Huerta te llamó insolente, te dijo que tu postura se hacía insostenible. Y tú, Alfonso, el hombre que ya había emprendido sin retorno el camino de los libros, el joven padre y esposo que anhelaba vivir para darle a su hijo ese sueño secreto que te trajiste entre manos siempre y que hoy mismo abandonarás sin ver cumplido: construir un mundo donde, como querían los griegos, se conjugara lo bueno, lo hermoso y lo útil; tuviste que soportar la soberbia del poderoso y te atreviste a pedirle, como tabla  de salvación y acaso como ruta de expiación por la muerte de tu padre, el exilio honroso de la segunda Secretaría de la Legación en Francia. Te fue concedido, no podía el chacal permitir que anduviera por ahí alguien que pudiera presumir de haber rechazado uno de sus ofrecimientos. Tenías que marcharte pronto, no fuera ser que en uno de sus ataques de dipsómano trocara esa caricatura de magnanimidad por su auténtico rosto de asesino; no ibas a dejar que te mataran de bala perdida.

Descansa, Alfonso, mira que todo ha pasado ya, estás, solo, solos tú y tu conciencia con la que siempre te has llevado tan bien y con la que, para estar tranquilo, haces cuentas con el pasado. No lo intentes, no vale la pena, no te leventes, no mires al reloj que no ha querido marcar todavía el minuto veintidós. Así, respira despacio, hondo, con la misma serenidad y esperanza con las que una vez resignado, aspiraste el aire de Veracruz aquella mañana del once de agosto de mil novecientos trece, justo antes de embarcarte en el Espagne, del que tantos recuerdos tendrías en tantas épocas distintas de tu vida, para partir a un viaje que entonces no sabías cuánto duraría y que hoy lo sabe, te ocupó gran parte de tu vida; un viaje del que tal vez nunca pudiste volver del todo”.

 

Hasta aquí la cita del texto de Callejas. El párrafo sugiere el tono del texto. El momento del encuentro entre Alfonso Reyes y Victoriano Huerta, me parece crucial. Momento encrucijada, instante crucificado en el recuerdo. Aunque el joven Reyes tenía en mente una decisión, no era seguro que ésta se diese, ni que hubiese podido dominar la situación y salirse con la suya. Probablemente el recuerdo de ese episodio, desde el hipotético punto de vista del joven Reyes, hubiese podido ser algo más inquietante que la recreación presentada por Callejas. No sabemos si Reyes durmió la víspera. Tampoco qué pensó al salir. Sólo se puede suponer por los documentos escritos y publicados que la vida siguió su surco por la letra de molde…

XI.

Una fantasía narrativa, una novela, no es, insistamos en ello, un libro de historia ni tampoco una biografía rigurosa; de ahí que el lector no le pueda reclamar al autor que soslaye la presencia y acción de Pedro Henríquez Ureña en Argentina en los preparativos de la recepción intensa, fina y bien orquestada que hizo el dominicano para su amigo el embajador Alfonso Reyes, cuyas cartas se daba el lujo de leer en público, en los salones literarios de Nieves Gonnet de Rinaldini. Ese reproche solamente lo podría hacer un lector, un compañero de taller literario capaz de señalarle a su condiscípulo Callejas que quizá por falta de paciencia renunció sin saberlo a enriquecer su propio texto. El lector, consciente de que una novela no es una biografía tampoco sabría reprocharle al texto de Callejas, o más bien al narrador del texto de Callejas y no al autor de carne y hueso, la omisión del ascendiente de Juan Ramón Jiménez y Enrique Díez-Canedo con quienes Reyes compartiría tantas sabrosas aventuras literarias. Llama la atención del lector académico que en este libro, tan pulcramente editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León, no aparezcan mencionados dos géneros literarios que Alfonso Reyes practicó intensamente y que se encuentran relacionados entre sí y en los que, en cierto modo, se cristaliza y hace forma la dialéctica entre el YO y el TÚ que diría Martin Buber. Me refiero al Diario en proceso de publicación (7 tomos) y al Epistolario. Reyes es uno de los pocos escritores mexicanos que día a día durante décadas se desdobló, transitó de la primera persona en singular del YO vivido a esa otra primera persona del YO escrito, uno de los pocos que supo pasar del SÍ de la experiencia vivida al SÍ de la conciencia pensada y escrita para evocar a Paul Ricoeur. Reyes sostuvo correspondencia, es decir, practicó el TÚ durante casi toda su longevidad y se han publicado más de medio centenar de epistolarios. En esta recreación no aparecen mencionados ni el uno ni la otra. Tal vez esta omisión hace perder al libro en profundidad o, si se quiere en probabilidad. Hubiese sido interesante que César Benedicto Callejas se diese a sí mismo mayores libertades y que hubiese practicado en su gimnasio verbal una mayor intertextualidad entre la obra, el Diario y las correspondencias de y hacia Alfonso Reyes. No lo hizo, es cierto. Su libro resulta legible, no  tanto en  cuanto instrumento  histórico  sino  como elaboración  literaria.

Imagginación

Meditación Divertida con Maggie

Disappearing Thoughts

clicks and clips

Tablaturas de mis pasos

Unas cuantas palabras y fotos para los lugares que me hacen feliz.

NOUS LES FEMMES

Aller au delà de nos limites à travers le monde. J'en suis capable, pourquoi pas toi? Pourquoi pas nous? Ensemble nous sommes invincibles "Je suis femme and i can".

Rosie Blog

A garden of wild thoughts. Feeling thoughts and dilemmas

Un Loco Anda Suelto

Entra en mi mente...déjame entrar en la tuya...

umaverma12

Inner-peace is necessary to overcome of all the pain.

El Rincón de Suenminoe

En el soñador vida y sueño coinciden

La poesía, eso decían

Como plasmar la idea natural.

Cynthia Briones

Letras en el mar.

Polisemia Revista cultural

En cada edición proponemos una palabra para indagar sus posibles significados desde distintas áreas.

www.casasgredos.com

Alojamientos rurales en Avila y Provincia. Tlf.920206204/ 685886664

A %d blogueros les gusta esto: