Curso-Taller: El arte de viajar a través de la lectura. Abril 8 – Junio 10. Jueves: 22:00 – 23:00 hrs

Acompáñenos en un viaje literario visitando: Buenos Aires, Ciudad de México, La Habana, Nueva York, Madrid, Londres, París, Moscú y Tokio. Cada una en distintas épocas y estilos; con su encanto, historia y alrededores. Una ciudad una sesión.

Abril 8 a junio 10, 2021

Diez sesiones vía Zoom. Todos los jueves de 22:00 a 23:00 (Tiempo de la Ciudad de México)

Cada semana recibe material exclusivo y la grabación de la sesión para no perder ningún momento del diálogo.

Publicación en el Blog Cisterna de Sol del material trabajado.

Guías para conformar una visión de viajero, los grandes libros escritos sobre las ciudades visitadas, sus autores y sus mejores momentos históricos.

Repertorios bibliográficos para crear un ambiente evocador y una experiencia abierta al gusto y el placer de la lectura.

Costo: $1,200.00 mn

Inscripciones: Deja un mensaje en este Blog, en el WhatsApp del blog: 5530488751 o en el correo cesarbc70@yahoo.com

Las citas de los viernes: El Pentateuco de Isaac de Ángel Wagenstein

Para disfrutar del viernes las perlas del océano que es este libro de memorias de un mundo perdido, un canto de humor y esperanza, una visión de la resistencia humana y también de su locura y estupidez.

El pentateuco de Isaac. Angel Wagenstein. Editorial Asteroide.


El cliente quedó muy contento al verse en el espejo, pero dijo: «Lo único que no entiendo es por qué necesitaste todo un mes para hacer un uniforme normal y corriente, si vuestro Dios judío hizo el mundo en tan sólo seis días». A lo cual le contestó mi padre: «Pues, mire usted, señor oficial, la chapuza le salió y sin embargo, ifíjese en este precioso que uniforme!». Si he de darte mi opinión, no creo que esto fuera verdad.


¿Cuáles son los nuestros?-dijo pensativo Samuel-. ¿Y cuáles son los otros? Al final da igual quién triunfe, porque la victoria será como una manta corta: si decides abrigarte los pies, queda al descubierto el pecho. Cuanto más dure la guerra, más corta se hará la manta y la victoria no llegará a calentar a nadie.


Seguro que conoces la anécdota de cómo Aarón, de puro distraído, entró a la sinagoga sin su kipá. El rabino le regañó y exigió que abandonara enseguida la casa de Dios. Porque entrar en la sinagoga con la cabeza descubierta es como acostarte con la mujer de tu mejor amigo, adujo. iUn gran pecado! «iAnda ya, rabí! iEso también lo he hecho y anda que no hay diferencia!». Lo mismo, más o menos, se puede decir sobre la diferencia entre Viena y Truskavez.


En el pecho llevaba la estrella de David, con la que se designaba a los rabinos militares y ésta se consideraba un gran privilegio en el ejército. Todavía no sabíamos que un día el mismo privilegio lo tendríamos casi todos los judíos de Europa, pero esto vendría más tarde, en el luminoso porvenir, como suelen llamarlo los escritores.


¿Es entonces Jehová -santificado sea su nombre por los siglos de los siglos, amén- un viejo chocho al que le complace que la gente muera en su nombre? No sé, hermanos, no sé daros la respuesta. En todo caso, creo que si Dios tuviera ventanas, hace tiempo que le habrían roto los cristales.


-Bist du aber süß! iQuiero a los judíos y algún día haré algo grande por ellos! Resultó un hombre de palabra y cumplió su promesa. Años más tarde me lo volví a encontrar en el campo de concentración de Flossenbürg en el Alto Palatinado, donde alcanzó el rango de sturmführer.


Contaban que un gran estratega del Estado Mayor de Berlín, al analizar las causas de la catastrófica pérdida militar, las formuló apartándose ligeramente del esquema: dijo que la culpa la tenían los judíos y los ciclistas. En la sala reinó un silencio pensativo. De repente, una voz tímida preguntó: «¿Por qué también los ciclistas, mi general?».


-Justo antes de que amanezca, querido hermano,la noche es más cerrada. Cuando la estupidez de los censores llega a tales extremos, por el pánico y el miedo, son capaces de tachar hasta el canto de los ruiseñores. O sea, se aproxima el final. ¿Lo has entendido ahora?


No sé por qué la gente se avergüenza de mostrar ante los demás su atracción por otro ser humano, la atracción natural más tierna y más potente. Se muestran orgullosos o indiferentes y no se les ocurre-sobre todo, si son jóvenes- que Dios ha medido escrupulosamente cada uno de los granos de arena en el reloj de nuestras vidas y que cada segundo de amor desaprovechado se hunde irremisiblemente en la nada. ¡Acaso no se dan cuenta ellos, los jóvenes, de que en la voz del corazón se esconde la gran fuerza de la humanidad, todo el sentido sublime de la existencia, todas las pirámides, los Homeros y Shakespeares, las Novenas Sinfonías y Rapsodias en Azul, toda la belleza de los versos dedicados a las Sulamit y las Julietas, a las Nefertitis, Mona Lisas y Madonnas!


No creas que te expongo mis opiniones de entonces: yo era bastante ignorante para saber todo aquello, pero el tiempo suele sobreponer sus capas transparentes una encima de la otra, y los acontecimientos se acercan o alejan como si uno los mirara por uno u otro de los extremos de un catalejo. Sobre lo que a uno no le quedaba muy claro en el pasado se sedimentan las ideas de ahora o, si quieres, los engaños actuales.


En él cabían el Teatro Nacionai de Moscú y el Bolshoi, con Galina Ulánova, cuyas colas para conseguir entradas se extendían a lo largo de varias manzanas; allí estaban el museo del Hermitage, las novelas de Shólojov, los ajedrecistas invictos; Papanin, que llegó al Polo Norte, Chkalov, que cruzó en avión el océano, Eisenstein, que inauguró una nueva época en el cine; la URSS era el país en que más se leía… Es cierto que algunas de estas cosas se podían conseguir con amenazas y violencia, no lo niego. Sin embargo, para lo más relevante, para lo trascendental, se precisa libertad de espíritu, ya que ningún esclavo es capaz de alcanzar cima alguna.


Este pálido profesor de oftalmología resultó ser un anticomunista honesto y noble, aunque tenía una veta apenas perceptible de antisemitismo polaco que era como el sabor ligeramente amargo de un buen vino añejo.


La gasolina, mezclada con lubricantes usados, hacía su trabajo. Las columnas de humo llegaban a los mundos del más allá para comunicar a sus habitantes hasta qué grado de evolución había llegado aquel anfibio que un día llegó arrastrándose a una cueva y salió de allí andando sobre dos pies para pintar el retrato de Mona Lisa y componer la Novena Sinfonía. Unas excavadoras empujaban los restos mortales hasta los hoyos enormes y la tierra arenosa absorbía con discreción y para siempre destinos, risas, ambiciones, el lumbago, «te amo», «qué nota te pusieron en geografía», «qué dice la tante Lisa en su carta…». iAdiós, hermanos, descansad en paz!


El rabí Bendavid y yo nos abrazamos y lloramos. Éramos dos sombras que alguna vez fueron personas. De nuestros esqueletos colgaban los harapos que alguna vez fueron ropa. Detrás de la cerca un soldadito americano vomitaba: en su tierra de Oklahoma no había visto montones de cadáveres humanos a medio quemar, humeantes todavía. Quizá en aquel mismo instante en Treblinka, Auschwitz o Majdanek vomitaban soldaditos soviéticos que se habían creído las palabras de Maxim Gorki: «iCuánto orgullo encierra esta palabra, el «hombre»!».


Abro los ojos, en la mesilla de noche están intactos los tres frascos de Dormidon. Perdóname, Stefan Zweig, viejo astuto, que les enseñabas a los demás cómo vivir, imientras tú mismo te escapaste! Si la vida nos ha sido dada, la hemos de vivir, no faltaría más.

Lyudmila Pavlichenko desayuna con Franklin D. Roosevelt

Después de que Nadiezhda llamara por teléfono para avisar que estaban listas, un ayudante las guió a un pequeño comedor con vistas a un jardín, había dispuestos cuatro lugares, las chicas tomaron asiento y mientras esperaban la llegada de Eleanor y el Presidente, guardaron una especie de silencio embelesado, ambas estaban en uno de los lugares a los que muy pocas personas en el mundo tenían acceso y ambas estaban ahí gracias a Rusia; la pareja llegó unos cuantos minutos después; las chicas se pusieron de pie de inmediato, Eleanor se adelantó y las saludó con afecto; Lyuda se acercó al Presidente y esperó a que lo ayudaran a tomar asiento; le tendió la mano y le dijo que era un honor estar con ellos y que su hospitalidad superaba cualquier expectativa que hubiera podido tener; llegaron fuentes de frutas y les sirvieron jugo y el café llenó el aire de un cálido aroma;

Después de un pequeño sorbo, Franklin Roosevelt miró con algo que bien podría llamarse afecto, a la chica soviética, le preguntó si la habían atendido bien, agregó que, además de ser un honor recibir a una heroína de guerra, era un gran placer recibir a una amiga de Eleanor; le dijo que su esposa le había comentado que además de valiente era una mujer muy inteligente; al final le preguntó cómo marchaban las cosas en el frente, que a todos los gobernantes les llegaba la información muy depurada y que no había nada mejor que la información de primera mano.

Lyudmila se dio cuenta que no tendría otra oportunidad así, que era el momento preciso para exponer a Roosevelt el punto de vista de Stalin y reafirmarlo en las pláticas y entrevistas que tendría que dar en los días siguientes; pero nunca volvería a tener la atención del Presidente de los Estados Unidos de una manera tan clara y límpida, no podía dejar pasar la oportunidad.

Cuando se hizo un brevísimo silencio, después de que Roosevelt terminó de hablar, Lyuda dirigió una rápida mirada cómplice a Nadiezhda, como si quisiera verificar que estuviera lista, la americana respondió con una sonrisa que quiso ser discreta; desde luego, Eleanor se dio cuenta de ese intercambio y volteó la mirada a su marido para escrutar su expresión; el Presidente estaba atento, sabía que en instantes iba a escuchar el posicionamiento soviético sobre la situación del frente oriental y podría escudriñar, más allá de la versión oficial, el sentimiento de una auténtica combatiente; desde luego que esperaba oír los argumentos de Stalin sobre la necesidad del frente occidental en Europa pero ahorrándose la almidonada retórica del Kremlin; no es que Stalin le desagradara, al contrario, le simpatizaba mucho más que Churchill, es más, desde las primeras horas de la invasión nazi Roosevelt le había ofrecido su apoyo al premier soviético y conforme avanzaba la guerra se sentía más próximo al georgiano que al británico pero, en verdad, le costaba mucho trabajo soportar la ampulosa retórica soviética; a los soviéticos había que tratarlos siempre de manera directa pues el primer indicio de formalidad los convertía en oradores rebuscados; así es que puso la mayor atención a lo que la joven enviada de Stalin iba a decirle.

Pavlichenko comenzó de una manera sorprendente, llamó a Roosevelt «camarada presidente», aunque Nadiezhda dudó un segundo, tradujo con fidelidad y nunca pudo saber si Lyuda lo había hecho ex profeso o había sido un lapsus nervioso, lo cierto es que al escuchar la expresión rusa – que ya conocía – y luego su versión en inglés, Roosevelt se sintió cómodo y relajado, estaba en lo cierto, no iba a escuchar un discurso aprendido desde Moscú, no cabía duda, el astuto Stalin sabía muy bien cómo elegir a sus emisarios; Lyuda le describió la vida en el frente, no insistió al detalle en los avances logrados por los alemanes ni por los bastiones defendidos por la resistencia soviética, seguro que el Presidente lo sabía mejor que ella, así que prefirió concentrarse en la inusitada brutalidad de los nazis que parecía adquirir mayor furor en la Unión Soviética; la joven se esforzó en comunicar el sufrimiento de las miles de aldeas y el esfuerzo que el Ejército Rojo había realizado para resistir hasta la llegada del invierno; sin embargo, le dijo, tanto Stalin, como sus soldados, no tenían miedo de seguir peleando, no habían perdido la confianza en la victoria, pero resultaba importante abreviar tan enorme derramamiento de sangre inocente, en especial de los civiles; por eso era vital el establecimiento del nuevo frente en Europa del Oeste; en el Ejército Rojo sabían que un frente occidental permitiría vencer a Hitler con mayor rapidez y obligatorio a replegarse hasta Alemania; les preocupaba no sólo la Unión Soviética sino que estaban convencidos que los nazis constituían un peligro real para los Estados Unidos, para Inglaterra y para China; en toda la URSS la gente recordaba que Roosevelt se había comprometido hacía poco menos de un año a abrir el anhelado frente occidental, pero también estaban convencidos de que ese momento había llegado y era preciso convertir las palabras en hechos; en ese momento hizo una pausa para beber un sorbo de café, sintió que se había dejado llevar por la emoción y tal vez no fuera eso lo más conveniente, pero cuando levantó la mirada y vio los rostros absortos de los Roosevelt, supo que iba por el camino preciso.

El Presidente esperó a que Lyuda continuara su exposición, no quiso interrumpirla y ella interpretó ese silencio como una invitación a terminar lo que quería decir; continuó diciendo que mientras más pronto se abriera un frente en el Occidente de Europa más rápido sería derrotado el fascismo y en consecuencia, menos sangre inocente sería derramada; miró a Franklin Roosevelt como si fuera a implorarle una gracia personal y en esos términos le dijo:

  • A los soviéticos no nos cabe la menor duda que vamos a derrotar a esas bestias, pero no podemos prever a qué precio o hasta cuando y cada día que pasa sentimos que el peligro aumenta para su país y para su continente, que si Hitler logra hacerles daño aquí mismo, el costo de la victoria será mucho mayor del que ya estamos pagando; usted sabe, Señor Roosevelt, le dijo sosteniéndole la mirada, que nueve décimas partes de las fuerzas fascistas están combatiendo en la Unión Soviética y no sólo alemanes sino, con ellos, húngaros, daneses, italianos, rumanos y finlandeses; creo que ahora es el momento de actuar, lo que decimos los soldados en el frente es que es muy bueno tener un amigo que te lleve armas, ropa o comida, pero que es mucho mejor que tome sus armas y luche a tu lado”.

Lyudmila había terminado, su frase final le pareció, otra vez, excesiva en su confianza y tal vez un poco agresiva, pero ya estaba dicha. Roosevelt tomó un poco de su café, le dirigió una mirada y una sonrisa a Eleanor, y le contestó a Pavlichenko de una manera breve y franca:

  • Subteniente, dígale a Mr. Stalin que tiene mi promesa de que abriremos el frente en Europa, que cuando sea posible me pondré en contacto personal con él para coordinar las operaciones.

Con una alegría que no podía contener, contestó:

  • Muchas gracias Señor Presidente.

Eleanor remató pidiendo que desayunaran ya, que, con seguridad, su invitada no querría deshonrar la puntualidad soviética.

Lyudmila sintió que el viaje había cumplido su objetivo y que lo demás sería afianzar la posición que ya había conquistado. Sin embargo, no se engañaba, nada garantizaba que Roosevelt tuviera alguna intención de cumplir su palabra, pero no podía decir que el propio Stalin no se hab´ria hecho oir en la intimidad de su propia casa y tampoco que no estuviera informado por los propios soldados soviéticos de la manera en que percibían el desarrollo de la guerra; para Roosevelt, en cambio, aunque sólo esperaba el mejor momento para abrir el frente occidental, del cual no tenía ninguna duda, le pesaba la manera tan distinta en que sus propios jóvenes entendía nel significado de la guerra y lo difícil que era involucrar a la sociedad en su desarrollo; estaba convencido de que se debía ser más enérgico en que los americanos se vieran a sí mismos como los garantes de la libertad y la democracia en el mundo y no sólo como un país defendiendo sus intereses o aprovechando la ocasión; pensaba que Eleanor tenía razón, que el discurso de la joven rusa podía ser inspirador para sus propios jóvenes y que habría que aprovecharla; pensaba, por último que el discurso de la misión de los Estados Unidos como la nación liberadora, abierta a todos, debía superar al a vieja imagen del tío Teddy de ser un imperio dominante en el mundo; sólo ese cambio podría alentar a su pueblo a luchar incluso durante dos o tres generaciones.

El día que la francotiradora soviética se hizo amiga de la Primera dama de Estados Unidos

El camino hasta la Casa Blanca fue breve, a Lyudmila le sorprendió la cantidad de parques y la luminosidad de la Ciudad; al llegar a la residencia oficial, la en la entrada la recibieron el Presidente de los Estados Unidos y la Primera Dama; a la joven, Roosevelt le pareció simpático y afable pero no la impresionó con la potencia y la magnitud de Stalin; percibió su seguridad y esa aura de poder que dimanan los grandes hombres, pero no era un monumento viviente como Iosif Vassarionóvich; le dirigió unas breves palabras de bienvenida y añadió que era un honor que una heroína de guerra que había arriesgado su joven vida por la libertad fuera el primer ciudadano soviético en visitar la Casa Blanca, que eso, por sí mismo, sería una página imborrable en la historia del país que la recibía con admiración y afecto; ella respondió con seguridad a través del traductor, le dijo que le llevaba el saludo y el respeto del pueblo soviético así como el aprecio de Iosif Vassarionóvich Stalin, que le enviaba un presente, una pequeña cajita de abedul con un primoroso esmaltado, una verdadera joya de la artesanía popular rusa; Roosevelt la examinó asombrado y agradeciéndole, sin mayor ceremonia, se la guardó en el bolsillo de la chaqueta; entonces se disculpó por no haberle presentado a Eleanor; cuando las dos mujeres se miraron y una corriente de simpatía corrió entre ambas de una manera instantánea, la Primera Dama le dijo que la impresionaba que una mujer tan joven – Lyuda comprendió la expresión «a young girl» -, fuera un héroe en la lucha contra los nazis, que una chica tan simpática hubiera muerto 309 soldados fascistas; por primera vez, de las muchas que le sucederían con la Sra. Roosevelt, Lyuda no supo qué decir en el instante, ante su silencio ruborizado, la mujer le preguntó ¿qué siente cuando mata a un enemigo? la joven se puso muy seria, respondió, primero volviendo a presentarse, como si su adscripción al Ejército Rojo justificara lo que iba a explicar.

-Soy la Subteniente Lyudmila Mikhailovna Pavlichenko del 25o Regimiento de Infantería del Ejército Popular de la Unión Soviética y mi misión no es matar nazis, es abatir objetivos militares; por favor, llámeme Lyuda, así me llaman mis camaradas; la última frase le pareció un error, un exceso de confianza, pero no se arrepintió de ello, había algo en Eleanor que le inspiraba afecto y seguridad; así que continuó con su explicación. Me han hecho esa pregunta varias veces; le puedo decir que cuando acierto al disparara a un nazi siento que he acertado en cazar a una bestia de presa, como si matara un lobo o un oso, es decir, cuando a través de la mira de mi arma lo veo caer siento que he salvado muchas vidas; los alemanes han matado en mi país miles de niños, mujeres y ancianos, cualquier soviético puede decírselo; dejar vivir a un nazi es lo mismo que dejar libre a un asesino en una aldea; sólo cuando veo que el soldado alemán ha muerto puedo estar segura que no lastimará a nadie más en mi patria, es decir, cada nazi muerto en la Unión Soviética es un paso más a la liberación de la humanidad. Eso es, con precisión, lo que siento.

A Eleanor le impresionó la explicación de Lyuda, estaba preparada para un frío discurso militar, algo como los objetivos militares que había mencionado al principio, o para un discurso de odio racial y venganza, pero la sinceridad de la chica había sido tal que pudo comprender que para los rusos, lo que llamaban la Gran Guerra Patria, era una auténtica lucha por la sobrevivencia; no se trataba de una repulsa racionalizada o de una pose ideológica, se trataba de una lucha por conservar la vida; supo también que tal vez esa era la razón por la que era necesario bombardear a los estadounidenses con propaganda nacionalista todo el tiempo, haciendo campaña y hasta ofreciéndoles buenos dividendos con los bonos de guerra, todo para que se comprometieran con la causa; para ellos, salvo para los nuevos inmigrantes y refugiados, la guerra era algo a lo que se habían metido – algunos incluso decían que a Estados Unidos no le iba nada en meterse a matar japoneses o, incluso, que mejor hubieran hecho aliándose con el fascismo y no con os soviéticos que, por muy amigos que fueran, no dejaban de ser comunistas, ahí e taba el embajador Joseph Kennedy, por ejemplo – pero no percibían que fuera su guerra y el discurso sobre la defensa de la democracia y la cultura occidental a veces sonaba a palabrería política dirigida a obtener mayores contribuciones de sangre y dinero del pueblo norteamericano; eso lo platicaría después con Franklin, de pronto hizo lo que consideró mejor para los Estados Unidos, para ella misma y para Lyudmila; después de esos brevísimos segundos de reflexión, le dijo a su nuieva amiga, «debería ir a varias ciudades del país a decir eso a nuestros jóvenes, si está de acuerdo puedo organizarlo e, incluso, si le parece bien, puedo acompañarla». A Lyuda le parecía magnífico para cumplir las órdenes de Stalin, en lo personal también quería pasar más tiempo con esa mujer que había logrado captar, tan rápido, su interés y afecto.

El presidente se despidió, Eleanor la invitó a dar un breve recorrido por los jardines de la Casa Blanca y luego de un té se despidieron como dos amigas que se hubieran conocido de toda la vida.

De vuelta a la residencia del embajador, el chófer y el traductor se mostraron más interesados en obtener noticias de Moscú que de indagar las impresiones y los planes de su camarada; como era de esperar, la plática fue insustancial, llena de lugares comunes y regada de numerosos silencios; cuando llegaron a la residencia, el ayudante del embajador la llevó a su habitación y le sugirió que descansara un par de horas, le informó que el camarada Litinov volvería en un par de horas y que deseaba cenar con ella; desde luego, Lyuda le pidió al ayudante que le dijera al embajador que asistiría con mucho gusto, en cuanto la puerta se cerró, la Subteniente Lyudmila Mikhailova Pavlichenko volvió a ser sólo Lyuda, se durmió como una niña pequeña durante una hora y cuarenta y cinco minutos precisos; cuando despertó y miró su reloj se dio cuenta que tenía el tiempo exacto, tomó una ducha rápida y tibia, se puso el uniforme de gala que había llevado consigo por si hacía falta y esperó a que la llamaran. Unos cuantos minutos después, con la precisión de la puntualidad soviética que era uno de los orgullos del embajador, llamaron a su puerta; el camarada Litinov la esperaba en el comedor; ella se dejó guiar y se sorprendió cuando su anfitrión salió a recibirla, en mangas de camisa y con una Coca-Cola helada.

  • Tiene que probar esto camarada Pavlichenko, es una delicia.

Lyudmila agradeció asintiendo con la cabeza y probó la peculiar bebida; desde luego que le gustó; durante la cena, no bebió otra cosa aunque el maridaje del burbujeante elixir con los pelmenis le pareció un poco raro, a decir verdad, lo disfrutó mucho; cuando llegaron el café y los postres, el embajador le preguntó:

  • ¿Qué tal la Sra. Roosevelt?, el presidente es un tipo interesante aunque a veces con un sentido del humor un poco obvio.
  • Es una mujer encantadora y el presidente fue amable en extremo conmigo.
  • ¿La trataron bien?
  • De manera inmejorable camarada Litinov.
  • ¿Sabe camarada? Usted es una mujer inteligente y yo soy un viejo que ha visto mucho, que conoce a Stalin mejor de lo que usted puede imaginar; tanto como sé que le ordenaron poner atención a todo lo que viera y oyera aquí y que tuviera mucho cuidado con lo que dijera; así que le voy a proponer un trato – una costumbre que he adquirido aquí -.
  • Camarada Litinov, no estoy autorizada para celebrar arreglos con nadie.
  • Me imaginaba una respuesta así, pero no se alarme. Le propongo que nos tratemos como dos compatriotas que se han encontrado en un país extraño, lejos de los temas oficiales, sin dobles intenciones, así lo que usted alcance a pescar y lo que yo pueda pescar, será en buena ley; no lo dude, he conocido muchas mujeres excepcionales pero usted, aún siendo tan joven, tiene la sabiduría que sólo alcanzan quienes han mirado la muerte a los ojos.
  • Gracias por el cumplido Camarada. Dígame, ¿es el parque central de Nueva York más hermoso que nuestro Parque Gorki?

El embajador lanzó una carcajada, la partida de ajedrez había quedado en tablas por el momento. Justo entonces dos miembros de la agregaduría militar se acercaron y después de hacer un saludo marcial se dirigieron al embajador como si ella no estuviera presente.

  • Camarada embajador, sería conveniente preguntar a la camarada subteniente qué ha platicado con la Sra. Roosevelt. Acaban de llamar de la Casa Blanca, la esposa del Presidente invita a la camarada Pavlichenko a hospedarse en la residencia presidencial durante su estancia en la Ciudad de Washington.
  • Estamos de acuerdo que las conversaciones entre la camarada Pavlichenko y la Sra. Roosevelt son de naturaleza amistosa. También estamos de acuerdo en que puede proceder como mejor le parezca.
  • Gracias camarada Litinov, creo que debo aceptar.
  • Yo también lo creo Lyuda; pero tenga cuidado, no se olvide ni un segundo que ellos no son soviéticos y que no saben lo que significa defender la patria exponiendo su vida. Pero por favor, no los haga esperar, honre usted la puntualidad soviética. Ah y otra cosa, no se ponga el uniforme de gala si no se lo indican expresamente, los norteamericanos son muy descuidados en su vestimenta y la ropa formal les causa alergia, míreme, vea lo que han hecho con mi forma de vestir.

El embajador pidió a su ayudante que llevaran al auto el equipaje de la camarada Pavlichenko cuando ella lo dispusiera y la llevaran de inmediato a la Casa Blanca; se despidió amable y hasta afectuoso.

El camino desde la residencia del embajador en el 1135 de la Calle 16 hasta la Casa Blanca es de apenas unas cinco calles; aún así, fue largo y pesado, un silencio glacial se estableció en el interior del auto; el chófer y el traductor ya no se sentían como los vigilantes de la francotiradora, sabían que era ella la que no dejaría de observarlos ni un segundo; tenían por seguro que debían temerle, ¿quién era en realidad esa joven militar ante cuya influencia se había doblegado Litinov?, ¿cómo es que la había dejado en libertad de decidir que se hospedaría en la casa del presidente de los Estados Unidos sin consultarlo antes con Molotov o incluso con Stalin?, ¿a quién representaba? ¿a Stalin, a Kaganóvich, a Zhúkov? como no tenían idea de cómo resolver el enigma, había optado por un prudente silencio. En realidad Lyuda había dejado de prestarles atención, estaba disfrutando el paseo por las calles de la capital norteamericana y pensaba que tal vez la mejor manera de llegar a los oídos de Franklin Roosevelt era ganándose a Eleanor, eso, desde luego, no parecía ningún reto, más bien se preguntaba cómo es que había surgido esa corriente de simpatía entre una mujer más vieja que su madre, que vivía en una realidad del todo distante a la suya y con la que no tenía nada en común, ni siquiera el idioma; tenía unos cuantos días para resolver ese enigma aunque tenía claro que su único deber, en ese momento, era cumplir de la mejor manera a su alcance las órdenes de Stalin.

Cuando llegaron a la residencia presidencial y franquearon la entrada exterior, el traductor rompió el silencio:

  • Pues, aquí estamos camarada.
  • Pues sí, aquí estamos.

Cuando el chófer detuvo el auto en la entrada de la Casa Blanca, descendió para abrir la puerta y que bajaran sus pasajeros, ahí aguardaban Eleanor y una joven de la edad de Lyudmila; se acercaron los soviéticos y la Primera Dama adelantó unos pasos para recibirlos; el chófer sacó del maletero dos valijas y las depositó en el suelo.

  • Buenas noches Lyuda, saludó Eleanor.

Al punto el traductor de la embajada y la chica que acompañaba a la Sra. Roosevelt tradujeron de inmediato al unísono. Pavlichenko no pudo evitar la carcajada, Eleanor se rió discretamente mientras los traductores se miraban con una mezcla de odio y sorpresa.

  • Disculpe, dijo Eleanor, lamento que no hayamos sido claros, como nuestra invitación era sólo para la Srita. Pavlichenko, trajimos nuestra propia traductora. Le ofrezco mis más sinceras disculpas.

El soviético volteó a mirar a la subteniente como pidiendo instrucciones, así que Lyudmila le dio las que consideraba pertinentes:

  • Gracias Lazar Pavlovich, diga al camarada Litinov que le llamaré por la mañana.
  • Con gusto Lyudmila Mikhailovna, se lo haré saber. Buenas noches Sra. Roosevelt.

Dio media vuelta, recogió su maleta y la depositó en el auto que, en un segundo, se alejaba.

  • Espero no haber sido descortés Lyuda. Le presento a Nadiezhda Kaplan, la mejor estudiante de letras rusas de la Universidad de Columbia… -Te he llamado Lyuda, ¿querrías llamarme Eleanor? lo de Sra. Roosevelt lo dejamos para situaciones oficiales y, por favor, lo de Primera Dama nunca, suena a nombre de caballo de carreras.

Las tres mujeres se rieron con alegría mientras entraban en la Casa, Lyuda se había imaginado muchas cosas pero no esa familiaridad; en su regimiento la criticaban porque tenía mucha imaginación, contaba cuentos que se inventaba y recreaba situaciones históricas como si las hubiera vivido, siempre le habían dicho que la imaginación era mala compañera de un francotirador y hasta le habían contado de un francotirador que también tenía una imaginación febril y había enloquecido mientas estaba oculto en unas ruinas en Crimea. La ropa informal de las americanas contrastaba con su adusto uniforme, aún así el ambiente era amable y distendido; pasearon un poco por las dependencias de la mansión y como las tres ya habían cenado se sentaron en una pequeña sala de estar y les llevaron té y unas bandejas con unos pequeños sandwiches.

La plática comenzó a discurrir en un tono gentil, casi familiar; Eleanor le dijo a su invitada que le hacía muy feliz tenerla en casa, que su deseo era conocerla como mujer, que ya habría tiempo para los mensajes públicos y le lanzó una pregunta directa:

  • ¿Cómo pudo matar a 309 personas? Eso no es trabajo para una mujer.

Eleanor se lo preguntó en un tono que alejaba cualquier sospecha de reproche.

Lyudmila suspiró con levedad; Eleanor, le dijo, no ha pasado ni un día en su país y puedo ver con claridad que nuestros pueblos tienen ideas muy diferentes de lo que significa ser mujer; primero, disculpe que se lo diga, cuando digo nuestros pueblos me refiero a Estados Unidos y a la Unión Soviética, yo soy soviética pero no soy rusa, soy ucraniana; tal vez la camarada traductora debiera estudiar letras soviéticas y no sólo letras rusas – la traductora bajó la mirada y esbozó una tímida sonrisa -; me parece que ustedes los americanos y nosotros los soviéticos vemos las cosas desde puntos de vista muy distintos, comenzando por el hecho de ser mujer y terminando con la percepción de la guerra. Creo que puedo ilustrarlo mejor con una historia, los ucranianos tenemos fama de ser buenos narradores. Cuando entré al campo de entrenamiento mi sargento revisó las pertenencias de todas las mujeres que estábamos ahí, sacó todo lo que consideró femenino y lo lanzó lejos; nos miró y dijo «¿cómo pretenden luchar usando esas cosas?», los hombres se rieron de nosotras y el sargento les gritó «me parece que ninguno de ustedes, soldados, hombres y mujeres, parecen tener una idea clara de qué tan seria es nuestra situación; los alemanes han tomado Zhitomir, Riga, Kiev y Leningrado – lo que no era preciso -, dijo también que si no estábamos conscientes de eso y si no prestábamos suficiente atención, los que morirían en el frente seríamos nosotros y no los alemanes, sin importar si éramos hombres o mujeres», cuando terminó hizo quemar todos nuestros artículos femeninos, nadie se rió entonces. Cuando quise entrar en al Ejército Rojo trataron de convencerme de ingresar como enfermera, tuve que recurrir a toda clase de argumentos para que me dejaran entrar como soldado, como había demostrado habilidad con fusiles de precisión me concedieron una prueba; me llevaron a Belyayevka, un pequeño pueblo cerca de Odessa donde un par de rumanos actuaban como colaboradores de los nazis, denunciando a simpatizantes del Ejército Rojo y también algunos de los pocos judíos que quedaban en la ciudad, a veces tenían tanta prisa que en lugar de denunciar ellos mismos los mataban, por su culpa habían sido asesinadas varias decenas de personas, mi misión era ubicarlos y abatirlos; llegamos a un bosque cerca de la aldea, en lo alto de una pequeña colina y nos ocultamos entre los árboles; eran como las seis de la mañana, para las nueve estábamos ya de regreso, los dos rumanos me habían ayudado a convertirme en francotiradora de la 25a división Chapayev de infantería y la aldea tenía una, o dos, preocupaciones menos.

Lo único que lamento es que esos dos no cuentan para mi puntaje porque eran una prueba, así que, si lo prefiere, en realidad no son 309 sino 311 enemigos que he retirado de la guerra sin contar los heridos, yo no llamo a eso un trabajo para hombres, creo que es una misión para cualquiera que tenga la habilidad suficiente para realizarla. De hecho, no estoy muy segura de entender bien qué puede significar «trabajo para hombres”.

La Sra. Roosevelt escuchaba con atención y la Srita. Kaplan traducía con un gesto de admiración; la mujer del presidente dijo a la soviética:

  • Querida Lyuda, usted y yo tenemos más en común de lo que se imagina, es sólo que ustedes son un pueblo muy antiguo y nosotros somos una nación muy joven, aún tenemos mucho que aprender… pero será mañana que, por hoy, ha llegado la hora de dormir. Descanse Lyuda.

Lyudmila Pavlichenko, una francotiradora en América

Mayo de 1942, el mundo sigue en vilo, los nazis han logrado penetrar hasta Sebastopol mientras los soviéticos se repliegan hacia el oriente; aunque ya las fuerzas invasoras han comenzado su ofensiva en Crimea se han encontrado con un Ejército Rojo más fuerte, mejor equipado y más numeroso de lo que habían supuesto.

Stalin permanece en Moscú y dirige la prodigiosa maquinaria de guerra cuya base de producción se encuentra resguardada en Siberia, la impenetrable fortaleza natural a donde han sido transferidas las fábricas y aún poblaciones enteras; pese a la fatiga y al monstruoso número de bajas civiles y militares, los soviéticos han recuperado Járkov, la resistencia es heroica y aunque han perdido Mensk en Crimea y sufrido el bombardeo de Murmansk, los fascistas se encuentran estancados y cada kilómetro de avance cuesta una cantidad insostenible de efectivos y pertrechos.

Zúkhov y Stalin saben que pronto los alemanes habrán llegado a su límite pero también que la resistencia soviética será insostenible sin un nuevo frente en Europa Occidental; Inglaterra ha sido la primera en responder al llamado de Moscú y ha firmado un tratado de ayuda y cooperación con la Unión Soviética con una duración de veinte años; aunque de momento es sobre todo simbólico, es un inicio para convencer a los Aliados, la dirigencia rusa sabe que el auténtico apoyo llegará cuando los Estados Unidos se convenzan de entrar al campo de batalla en Europa.

Ese mismo mes una mujer ha sido llamada por el Concejo del Ejército del Sur para recibir la Orden de Lenin; se trata de una francotiradora de apenas veinticuatro años, Lyudmila Pavlichenko que ha abatido, hasta ese momento, 257 alemanes en Odessa y Sevastopol. Stalin ha puesto su mirada en ella y ha pensado en los importantes servicios que puede prestar para la causa soviética; después de la ceremonia ha sido devuelta al 25o Regimiento de Infantería. Un mes después, Lyuda, como se le conoce entre la camaradería, es herida por cuarta vez, una bomba de mortero ha estallado cerca de su emplazamiento y aunque no ha logrado matarla si la sacará del frente para siempre. La noticia de sus heridas ha llegado a Moscú y Stalin ha ordenado que sea trasladada como instructora a un campo de entrenamiento para francotiradores hasta nueva orden, es demasiado valiosa para seguirla arriesgando en el frente, en ese momento ha dado muerte ya a 309 nazis, y el Kremlin tiene otros planes para ella. Como siempre, Pavlichenko cumplirá con disciplina y eficiencia las órdenes, se ha empeñado en cumplirlas, aunque por poco tiempo; en septiembre recibe la orden de presentarse en el Palacio Poleshny del Kremlin, el Premier de la Unión Soviética tiene una misión para ella y quiere comunicársela personalmente. Stalin la recibe, no es la primera vez que el líder máximo de la URSS recibe a un soldado o a un ciudadano y omite la cadena de mando para cerciorarse de que sus órdenes serán cumplidas con precisión; por ejemplo, llamó por teléfono directamente a Mikháil Bulgákov, a su casa, cuando el escritor le envió una acre carta quejándose del acoso de la policía secreta, de la falta de trabajo, de la miseria en que vivía y su necesidad de, en caso de no encontrar trabajo, le fuera permitido exiliarse para buscarse la vida en otro país y, en efecto, Stalin era un ferviente admirador de Bulgákov y lo llamó para decirle que pronto le sería ofrecido un trabajo que le permitiera seguir viviendo y creando en Moscú, esa vez cumplió su promesa; también le llamó a Boris Pasternak tratando de averiguar qué sucedía en realidad con Osip Mendelshtam, el poeta; Iosif Vassarionóvich no mostraba la misma pasión con los militares, para ellos guardaba una peculiar mezcla de respeto, admiración y precaución, no puede decirse que los temiera pero, taimado como lo era, no se fiaba de nadie que supiera y pudiera hacer uso de la fuerza; si iba dar instrucciones a su mejor francotiradora, debía hacerlo personalmente, dejarlas claras y que ella supiera, con precisión lo que se esperaba de ella en el cumplimiento de su misión.

Lyudmila recibió la instrucción de viajar a,Estados Unidos, Canadá e Inglaterra; en esos países debía promover la buena imagen del país de los Sóviets y de su revolución; crear conciencia en el público y en los gobiernos, de la urgente necesidad de abrir un nuevo frente occidental en Europa que aliviara las tensiones del frente oriental y le permitiera a la URSS mantener las ventajas obtenidas hasta el invierno que los alemanes no podrían soportar; Lyuda debía mostrarse como un ejemplo de la juventud soviética – para este momento es Mayor del Ejército Rojo y tiene 25 años -, no podría tener contacto con ninguna agencia militar ni de inteligencia del extranjero, no recibiría más órdenes que las que Stalin le estaba dando y aunque viajaba con el apoyo del Ejército Rojo y del servicio de la diplomacia soviética, no respondería de su misión ante nadie fuera del propio Stalin y debía regresar a Moscú a rendir su informe ante él en persona.

Durante las siguientes semanas recibiría instrucción ideológica sobre el funcionamiento de las democracias burguesas, sobre la opinión pública en aquellos países, sobre la condición de la mujer y, hasta donde fuera posible, aprendería inglés para comprender lo que se diría a su alrededor pero no debía dar muestras de que lo comprendía en lo más mínimo y valerse siempre del traductor de la Embajada.

La francotiradora era una de las armas más letales del arsenal rojo, pero también era una chica culta que había suspendido su formación universitaria como historiadora para atender el llamado de las armas; la misma disciplina que había mostrado en el frente la presentó en su formación, aprendió con rapidez y cuando el Estado Mayor de Zhúkov lo dispuso, salió con destino a Washington. Llegó a finales de octubre de 1942.

Lyudmila Pavlichenko era el primer ciudadano soviético en ser recibido en la Casa Blanca. El personal de la Embajada de la Unión Soviética la recibió en el Aeropuerto; antes de dirigirse al encuentro de los Roosevelt fueron a la sede diplomática donde el embajador la esperaba para un sencillo almuerzo; desde luego que Lyuda esperaba algo así, es cierto que la francotiradora no tenía ninguna experiencia diplomática ni política pero sabía muy bien quién era el camarada Maksim Maksimóvich Litinov, aún antes que en Moscú le dieran a conocer todos sus antecedentes; sabía que el almuerzo con el embajador sería una especie de ajedrez en el que no podía distraerse, el ajedrez es uno de los deportes favoritos del pueblo ruso y ella estaba entrenada para mantenerse alerta durante largos periodos, así que Lyudmila estaba lista para el encuentro. Sabía que Litinov había logrado desplazar a su antiguo jefe, Chicherin, no sólo a través de una política más franca y realista con los países de occidente, sino también, ocupando mayores espacios dentro de la estima de Stalin; el ahora embajador logró hacerse indispensable para el líder de la revolución y con ello fue ocupando los vacíos que dejaba la enfermedad del Comisario de Asuntos Exteriores; cuando la salud de Chicherin no pudo ayudarlo más, Stalin lo nombró Comisario, representó a la Unión Soviética en la Liga de las Naciones y en su mejor momento había tenido absoluta libertad en el manejo de las relaciones soviéticas con el mundo; no había ni el PCUS ni en el Politburó nadie que se le opusiera y ese fue su primer error; además Litinov parecía haber perdido la capacidad para atender las tendencias del círculo cercano a Stalin, demasiados años sin interferencia alguna que había permanecido firme en su anglofilia mientras todos a su alrededor volteaban la mirada hacia Alemania, ¿no había declarado Stalin ante el Politburó que Alemania no representaba ningún peligro para la patria de los trabajadores? Litinov no había sabido fabricar su propia oposición leal; no había sabido aprovechar que Stalin no hubiera nombrado a nadie en el cargo equivalente al Comisario de Asuntos Extranjeros en el PCUS; cuano las negociaciones con Alemania por el penoso asunto de los Sudetes se habían estancado y el Comisario no había logrado arrancar a Polonia un buen pacto con la URSS su suerte se había sellado. Lyuda se enteró, durante su preparación en Moscú, cómo había sido la caída de Litinov; entrampado en la negociación con Francia e Inglaterra respecto a las acciones a tomar frente al comportamiento de Alemania, el Comisario fue sustituido oficiosamente por Stalin, Mólotov, Voroshílov y Kaganovich que lograron dejar en suspenso las negociaciones hasta en tanto -Stalin lograra algún avance en su acercamiento con Alemania; así, el tres de mayo de 1939, el padre de la revolución destituyó a su viejo amigo y en su lugar fue nombrado Comisario el camarada Molotov; aquella noche habían cortado la línea telefónica de la dacha de Litinov y habían sometido su hogar a una estrecha vigilancia, a la mañana siguiente lo dejaron acudir a su ministerio, ya ahí las tropas de la policía secreta tomaron los accesos y rodearon el edificio; Malenkov, Molotov y Beria ingresaron y comunicaron al depuesto comisario la decisión de Stalin, de inmediato una escolta lo condujo hasta su domicilio pidiéndole que no saliera de ahí hasta que Stalin le diera nuevas instrucciones; Litinov no tenía razones para temer a la Lubianka, aún podía confiar en su amistad con el Premier, pero esa seguridad no alcanzaba para proteger a sus subalternos, Beria se encargó de poner a sus colaboradores en las manos de la NKVD para que obtuviera información útil sobre el antiguo jefe de la diplomacia; muchos fueron detenidos y torturados, unos cuantos se quedaron presos o fueron deportados y algunos más fueron asesinados. Luego se firmaron los tratados entre Ribbentrop y Molotov, luego vino la guerra y terminó la espera para Litinov que fue nombrado embajador en Estados Unidos. Eso explicaba porqué Stalin le había dicho en persona que no se fiara del personal de la embajada y, al mismo tiempo, no la había enviado de parte del Comisario de Exteriores sino como representante del Ejército Rojo y del propio Stalin; Lyuda tenía muy claro que el embajador era una pieza útil para el líder de la URSS, pero que no era su amigo ni gozaba ya de toda su confianza, después de todo, cuando en 1941 los nazis invadieron la Unión Soviética, Litinov había renunciado a su lugar en el Partido. Lyudmila no amaba la guerra pero la hacía porque adoraba su patri y confiaba desde los m´s profundo de su conciencia en Stalin, había visto demasiado dolor y sufrimiento y con todo, la guerra le pareció más sencilla y más honesta que la política.

Pero Litinov no era tonto, de hecho, de toda la camarilla de Stalin el único que había acertado y el premio por haber tratado de destruir el huevo de la serpiente era el más decoroso de los exilios y aunque Washington estaba muy lejos de parecerse a Kolymá, también estaba a una enorme distancia de su antiguo escritorio en Moscú o de sus oficinas en Ginebra; así que, como Litinov tenía claro que la joven heroína llevaría cada una de sus palabras a Molotov y a Stalin, optó por abrir la plática preguntándole sobre sus estudios de historia; Lyuda sintió calofríos, el viejo zorro también sabía con quien estaba tratando y con seguridad tenía más información de la que podía imaginar así que se limitó a responder de la manera más breve y simple que pudo; para el experto diplomático no había resistencia que pudiera detenerlo, se dio cuenta que había cimbrado la seguridad de la joven así que prefirió no atormentarla más, unas cuantas frases después los dos estaban riendo al recordar las viejas leyendas de Kolobok. Cuando se despidieron Maksim Maksimóvich le ofreció disculpas porque su agenda no le permitía acompañarla, le presentó a su chófer y a su traductor y le aseguró que estaría en magníficas manos; le obsequió una auténtica pluma fuente americana, ella lamentó no tener un presente para el embajador pero él ya lo tenía resuelto, le pidió a su ayudante que le trajera la fotografía de la camarada Pavlichenko que estaba sobre su escritorio y le pidió que se la firmara, ella accedió de inmediato y cuando se disponía a escribir se acordó que su padre le había dicho, cuando se despidieron y ella se marchó al ejercito, «ten cuidado con lo que escribes que se han perdido más por las letras que por las voces», así que prefirió la fórmula oficial con la que terminaba la correspondencia del Ejército Rojo: «Para M. Litinov, con un saludo comunista. L. Pavlichenko». El embajador la leyó y le dedicó a Lyuda una sonrisa de abuelo, supo que la francotiradora, una vez más, daría en el blanco; le dijo entonces, «no la detengo más, no sería conveniente que se hablara mal de la puntualidad soviética”.

El libro nuestro de cada martes, Voces de Chernóbil de Svetlana Alexiévich

Pocos libros me han llenado de tanto estupor; la catástrofe nuclear era algo para lo que no podíamos estar habituados; su sustitución en el horror, por encima de la guerra sitúa al fenómeno dentro de los terrores fantasmagóricos de nuestro futuro, el disfraz nuevo de la muerte omnipresente, silenciosa, transparente.

Alexiévich exhibe una nueva forma de narrar, más allá de la anécdota, muy lejos de la crónica, para entrar en los domicilios y las conciencias de quienes lo vivieron y lo siguieron viviendo; el poder terrorífico de la burocracia frente al sufrimiento y el alma inmortal del pueblo ruso.

El ocultamiento de Chernóbil y  el sufrimiento del pueblo bielorruso ha sido tan magistral que muy pocos hoy recordamos aquel día fatídico, hoy ha quedado en el folclor dramático del pasado mientras que su huella persistirá aún cuando todos los seres humanos hayamos desaparecido.

Leer a Alexiévich es un deber moral.

http://www.megustaleer.com/libro/voces-de-chernobil/ES0127619

 

 

El libro nuestro de cada martes: De repente un toquido en la puerta, de Etgar Keret

Habitualmente un libro leído debe pasar por un largo depósito de experiencias y de apreciaciones para que uno se atreva a recomendarlo; son como los amigos, difícilmente uno se atreve a presentar a un recién conocido y menos aún introducirlo como un auténtico amigo; sin embargo, en contadísimas ocasiones hay personalidades que nos inspiran confianza suficiente, que nos emocionan y que nos hacen sentir como en casa, encontrándonos con alguien a quien ha mucho queremos.

Esta semana me pasó algo así; rarísimo pero por lo mismo entrañable. Tuve la fortuna de leer «De repente un toquido en la puerta» de Etgar Keret, en la espléndida edición de Sexto Piso y la juguetona y acertada traducción de Ana María Bejarano.

Todavía no salgo de mi asombro, de tal manera que inmediatamente, después los cinco minutos que me duró el knok out de la última página – casi un récord – me adentré en «Un hombre sin cabeza», que está presentando la misma calidad de golpe. En el librero me he dejado «Extrañando a Kissinger» y «Los siete años de abundancia».

Qué tiene en su haber Keret ¿qué puede producir este efecto en un lector que vive en contacto con los libros?, vaya, un boxeador poco más que promedio pero dispuesto a aprender nuevos golpes; precisamente eso, tiene golpes nuevos derivados de una imaginación ingente y prodigiosa pero articulada en el mundo real, en las situaciones que nos tocan a todos, en Jerusalén, en Tel Aviv, en Guadalajara, Moscú o en la Ciudad de México. Viajes al mundo de la muerte y de la vida, encuentros y desencuentros de parejas bien y mal avenidas, muchos niños y mucha vitalidad, toda la vitalidad que se pueda desear para sentirse parte de esa historia o compartirlas desde lo profundo del corazón.

Keret ha escrito unos cuentos para todos, para cada uno, sin duda, quien se atreva con estas narraciones terminará por encontrar aquella que le está dedicada aún sin que el autor lo sepa.

El libro nuestro de cada martes: Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez

Hay personajes que, en sí mismos, se concentra la historia de su siglo. Cuentan que a las puertas de Moscú, Napoleón tomó su catalejo y miró que un soldado ruso tomaba de su bolsa una galleta, que la probó y como no le gustara su sabor la tiró al suelo, el Emperador, en ese momento se supo perdido. Napoleón en su grandeza y su derrota, es todo el siglo XIX.

En nuestro continente, John Kennedy y Josef Stalin, son el siglo XX de sus países, en América latina Fidel Castro, Omar Torrijos, Augusto Pinochet y Salvador Allende, son el retrato de los trabajos y los días de nuestro continente. Pero de entre todos, algunos pocos son auténticas mitologías más allá de su muerte:  Ernesto Ché Guevara, Emiliano Zapata o Eva Perón, representan la trascendencia del personaje sobre el propio sujeto que lo encarnó en vida.

Tomás Eloy Martínez se propone narrar la post muerte de Eva Perón tomando su vida sólo como arranque. La monstruosidad de las dictaduras y la locura de nuestro continente cebándose sobre el cadáver embalsamado de una mujer que hizo la historia y que se quedó en ella como la imagen de una santa, de una oportunista, de una líder, de un sueño.

Mucho más allá de la novela histórica, de la anécdota, o de la narrativa de terror o misterio, Santa Evita es la muestra del talento narrativo de uno de los mayores escritores de nuestro tiempo.

Lee Robespierre, virtud y terror, de Slavoj Zizek. Lea ud. La soledad del Lector, de Markson.

La Soledad del Lector es una novela con la trama ausente, o mejor dicho, con la trama en construcción a partir de la íntima comunión con el lector. Combinando retos y propuestas, provocaciones y añoranzas, Markson construye una novela donde justo es la narración la gran ausente.

Sírvase de nuestro fraseario

La soledad de Markson, o la literatura como objeto

 

 

“Solo Bianchon puede salvarme, dijo Balzac cerca de la muerte. Bianchon, un médico de Papá Goriot”

 

San Agustín dijo que su primer maestro fue también la primera persona en su vida a la que había visto leer sin mover los labios.

 

¿Qué sucedió? Es la vida lo que sucedió; y soy viejo. Dijo Louis Aragon.

 

Monet, de visita en Londres: ¿Esta cosa marrón? ¿Esto es Turner?

 

Cuando Daumier tenía sesenta años, era indigente y estaba completamente ciego, Corot compró la casa que DAumier alquilaba y se la regaló.

 

En Könisberg, donde pasó toda su vida, Immanuel Kant tuvo varias hermanas y un hermano y no vio a ninguno de ellos durante un cuarto de siglo. En un momento recibió carta del hermano y no la respondió en dos años y medio.

 

Ninguna de las hijas de John Milton recibió educación, aunque a dos de las tres les enseñaron a leerle cuando se quedó ciego. En idiomas de los cuales no entendían una palabra.

 

Allá ninguna clase de vida. ¿Qué vida aquí, ahora?

 

Según la leyenda medieval, los alumnos de Juan Escoto Erígena lo apuñalaron con sus plumas.

 

En hospitales, habrá estado el Protagonista. Y envejece. Ducinea del Toboso.

 

Una vez, como no sabía cual de varias casas era la de Bizet, Saint-Saëns se quedó parado en el camino cantando un aria de Los pescadores de perlas.

 

¿Es necesario explicar porqué está disponible la casa? Obviamente, de un antiguo guardián o portero.

 

William Butler Yeats era antisemita.

 

¿El Protagonista tal vez tendría que haber escrito sus propios libros alguna vez? ¿Sin nombre ni descripción, mencionados casi al pasar? Alguna vez escribió un par de libros. fuer hace mucho.

 

Nadie viene. Nadie llama

 

Cuando Cesare Pavese se suicidó, varias jóvenes que ninguno de sus amigos había visto nunca aparecieron llorando en su entierro, con la esperanza de ser tomadas por antiguas amantes.

 

Hacen un desierto y lo llaman paz

 

Cuando era lector para una editorial, George Meredith rechazó El camino de toda carne. Cuando era lector para una editorial, André Gide rechazó Por el camino de Swann.

 

¿O acaso el Lector ve al Protagonista viviendo totalmente en otra parte? ¿Una casa aislada en la playa, por ejemplo?

¿Aunque tal vez sin la soledad aún más absoluta que eso podría establecer?

¿Al menos con otros en el piso de arriba? ¿Una mujer? ¿mujeres?

Mañana volverá a llover en Bouville.

Preferentemente entradas separadas. La casa podría estar sobre una duna, y que el Protagonista y los otros vayan y vengan por lados opuestos de la pendiente.

¿Y que la entrada del Protagonista esté atrás, una especie de subsuelo? ¿Posiblemente lo que alguna vez había sido el interior de un garage?

Ergo casi nunca vería a estas mujeres, solos tendría conciencia de su proximidad. O las oiría, en ocasiones.

 

¿Cuántos años han pasado del último entierro en el cementerio? ¿Todavía aparecen parientes de los muertos?

 

Heráclito no dijo que uno no puede bañarse dos veces en el mismo río. Lo dijo uno de sus seguidores.

Heráclito si dijo, sin embargo, que rezarles a las estatuas de los dioses era como hablarle a una casa en lugar de a su dueño.

 

¿Por cuanto tiempo el Lector podrá sostener el aislamiento del Protagonista sin explicar de dónde viene?

¿Cuán concebible es para el vacío simplemente existir?

 

Goethe no se acostó con una mujer hasta los cuarenta años

 

Byron tenía nueve años cuando su niñera, una tal May Gray, lo introdujo en el sexo

 

El Protagonista ahora aquí está completamente solo. El Protagonista ha venido a este lugar porque allá no tenía ninguna clase de vida

 

Walter Benjamin se suicidó en la frontera entre Francia y España en 1940. Mientras huía de los nazis, había sido llevado de regreso por autoridades españolas.

 

En opinión de Wagner, las diversas dolencias físicas de Nietzsche eran el resultado de la excesiva masturbación. Para lo cual se recomendaba agua fría.

 

Tardaron tres semanas en encontrar el cuerpo de Virginia Woolf después de que se suicidara internándose en el río Ouse.

¿Alguna vez el Lector vio el río Ouse nombrado en relación con otra cosa, excepto en Anna Livia Plurabelle?

 

¿Altera el tono de soledad que el Protagonista si tenga hijos?, ¿La realza, si tal vez están en un lugar muy lejano?

¿Es factible que el Protagonista haya perdido todo contacto con ellos?

 

Matisse, consultado sobre la piel verde.

No estoy pintando una mujer. Estoy pintando un cuadro.

 

Cada tanto: al Protagonista se lo ve detenerse distraídamente entre las tumbas. Pocas lápidas son elaboradas. Abundan los yuyos. Se acumulan las hojas.

Los nombres se han vuelto familiares.

Muchas de las fechas de muerte son extremadamente lejanas.

Unas cuantas, no.

Para su sorpresa, una tarde el Protagonista encuentra una bandera estadounidense en miniatura colocada junto a una de estas últimas. Nadie entró o salió que haya podido ponerla ahí, hasta donde él vio.

 

Dante la menciona solamente como su Comedia. Fue Boccaccio el que la llamaría Divina.

 

De hecho, a Soutine una vez lo golpearon tan fuerte por bosquejar un retrato que se lo compensó por daños y perjuicios.

Y usó el dinero para irse de su pueblo y anotarse en la escuela de arte.

 

El Protagonista no tiene suficiente dinero para vivir. O más bien tiene justo lo necesario, ahora. Sin embargo, aun con extrema frugalidad, lo va consumiendo.

De modo que disminuye de manera constante.

Hacia una inevitabilidad lógica en la que intenta no pensar.

 

Picasso, cuando le dijeron que Gertrude Stein no se parecía a su retrato: No importa. Se parecerá.

 

La tiranía de los ignorantes es insuperable y está asegurada por siempre jamás. Dijo Einstein.

 

¿O tal vez no una novela?

?de alguna extraña manera está pensando en una autobiografía?

¿El Lector y su mente llena de confusión?

 

Yehuda Amijai luchó en el ejército británico en la Segunda Guerra Mundial, en la Haganah durante la Guerra de Independencia de Israel y en el ejército israelí en la Campaña del Sinaí y la Guerra de Yom Kippur. Para la cuarta vez, se decía que los soldados israelíes más jóvenes llevaban sus poemas en el equipo militar.

 

¿El Lector decidió que el Protagonista definitivamente ha estado en hospitales?

¿Habría que mencionar los problemas?

¿Serios?

 

Shakespeare murió en Stratford el 23 de abril de 1616, un martes.

Cervantes murió en Madrid el 23 de abril de 1616, un sábado.

La diferencia se produce entre el calendario juliano y el gragoriano. Cervantes murió diez días antes.

 

Un año antes de su muerte, ya enfermo y mientras le rechazaban su obra reciente, a Baudelaire le mostraron unos ensayos donde se lo elogiaba, escritos por dos poetas de poco más de veinte años. Ninguno de ellos había producido todavía un libro propio, con lo que sus nombres no significaban nada.

Paul Verlaine. Stéphane Mallarmé.

 

Carmina Burana. Todos y cada uno de los nombres de los poetas vagabundos originales del siglo XIII olvidados hace tiempo.

Las arias para soprano de la parte Cour d’Amour pueden llenar de pena al Lector.

¿Las arias para soprano de la parte Cour d’Amour pueden llenar de pena al Protagonista?

 

Porque éramos jóvenes, estábamos borrachos y teníamos veinte años, y nunca moriríamos. (Thomas Wolfe)

 

Dora Diamant, que murió en Inglaterra bastante después de la Segunda Guerra Mundial.

 

La calavera humana en ese mismo estante se la regaló al Lector en México un arqueólogo que había encontrado durante una excavación.

Su origen tendría que ser más intrigante si el Lector se la da al Protagonista.

 

El honor de haber sido el primer autor alcohólico documentado recae sin duda sobre Esquilo.

 

Una tal madame Delphine Delamare, por lo demás anónima, que después de numerosos adulterios como esposa de un desatento médico rural se suicidó con veneno en 1850.

Y se convirtió en modelo de Emma Bovary.

 

¿Tal vez el Lector está recordando barrios más antiguos en ciertas ciudades medianas del río Hudson, como Kingston o Catskill o Saugerties, que en esa época conocía ligeramente?

 

¿Una novela de referencias y alusiones intelectuales, por así decir, pero sin casi nada de novela?

 

No cabe duda que un invierno inglés será mi final.

 

En el Canto IV del Inferno, es decir con el noventa y seis por ciento de su obra principal todavía sin escribir, Dante tiene la temeridad de autoclasificarse sexto en compañía de Homero, Virgilio, Horacio, Ovidio y Lucano. Subestimándose.

 

Hannah Arendt: No podemos saber si existe tal cosa como el genio no reconocido, o si es la fantasía de quienes no son genios.

 

El Protagonista saludó con la cabeza a la mujer de la tumba ayer al cruzársela por la calle.

 

 

Los Joyce escriben. Los Lectores leen.

 

Desde ciertos ángulos, la raíz nudosa sobre la repisa de la ventana del Lector parece una mano apretada en gesto de súplica. Una mujer llamada Kate Winter la arrancó de un remolino en un dique del Ebro donde el Lector y ella se habían detenido durante un largo viaje en auto.

 

 

Aparte de la coincidencia menor entre sus nombres, no hay relación entre la Fern Winters del Yankee Stadium y la Kate Winter de España. El Lector las conoció con décadas de diferencia.

 

Tenemos demasiadas cosas sin suficientes formas, dijo Flaubert.

 

¿Hará algo el Lector con esa idea de que el Protagonista haya visto por la calle a la mujer de la tumba?

 

¿Idear algo con más inmediatez que eso?

 

¿Qué es esta obsesión tardía del Lector?

 

Volcar alcohol es como quemar libros. Dijo Faulkner

 

Del testamento de Rabelais: No tengo nada. Debo mucho. El resto se los dejo a los pobres.

 

 

Para el pasado del Protagonista. ¿La chica llamada Fern Winters, adorable aunque frágil, que toleraba los partidos de béisbol? ¿Tenía vientidós años cuando el Lector la vio por última vez?

 

Yo no creo en Dios, pero creo en Picasso, dijo Diego Rivera

 

Tengo un relato. Pero tendrás que esforzarte para encontrarte.

 

Los lectores tan ansiosos por conocer el destino del pequeño Nell en  La tienda de antigüedades que seis mil de ellos solo en Nueva York fueron a recibir el barco que llevaba la entrega final de la novela.

 

Kant medía solo un metro cincuenta. Wagner era apenas más alto.

 

Un enorme estercolero, es como descartó Voltaire la obra de Shakespeare.

 

La amante de Rousseau, Thérèse Levasseur, era una mucama de hotel analfabeta. Ella y Rousseau tuvieron cinco hijos, todos los cuales fueron dejados por Rousseau anónimamente en orfanatos.

Thérèse se acostó también con James Boswell. Exactamente trece veces, de acuerdo con el compulsivo diario de este último.

 

Hay que tener un corazón de peidara para leer la muerte del pequeño Nell sin reírse, dijo Wilde.

 

Jonathan Edwards era antisemita. Aun reconociendo que nunca había visto un semita.

 

Eso deja a un hombre más muerto que un gran ajuste de cuentas en una pequeña habitación.

 

El Protagonista ha venido a este lugar porque allá no tenía ninguna clase de vida

 

La primera obra publicada de Schopenhauer fue su disertación De la cuádruple raíz del principio de razón suficiente. Su madre novelista dijo que sonaba a algo para farmacéuticos.

 

Según Jenófanes, una vez Pitágoras también le pidió a alguien que dejara de pegarle a un perrito porque reconoció en su aullido la voz de un amigo muerto.

 

 

Napoleón le dijo a Goethe que había leído Las penas del joven Werther siete veces.

 

Kafka solía reírse mucho leyendo su propia obra.

 

¿Sabemos hoy  en día con quién navegaba Colón cuando descubrió América? Dijo Freud tras su ruptura con Jung.

 

Mirando absorto entre los viejos robles mientras todo el cementerio comienza a desaparecer.

 

Soutine murió en París en 1943. Como judío bajo la ocupación alemana solo pudo tener el más discreto de los funerales. Picasso y Cocteau siguieron el féretro, sin embargo.

 

Aunque nunca lo vi, ni tuve comunicación personal alguna con él, ahora que de pronto ha muerto me doy cuenta de que me era más cercano, más querido y más importante que ningún otro. Dijo Tolstoy de Dostoievsky.

 

Nació con el don de la risa y la certeza de que el mundo estaba loco, y ese fue su único patrimonio.

 

San Juan Crisóstomo era antisemita. E insistía en que Jesús nunca se había reído.

 

Según Kenneth Tynan, una corrida con Antonio Ordóñez era más emocionante que cualquier otra actuación de cualquier otro artista que pudiera mencionar.

 

Un auditorio de al menos tres mil personas aplaudió de pie a Ajmátova después de una lectura en Moscú en 1944. Sobre lo cual Stalin, al enterarse: ¿Quién organizó esta reacción?

 

¿Unos pocos amigos, al menos, de esa existencia previa, con quienes el Lector debería hacer que el Protagonista se escriba? ¿Otros escritores?

 

Roy Campbell era antisemita. Y fue uno de los pocos escritores o artistas que se alinearon con los fascistas durante la Guerra Civil Española. Como Dalí.

 

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