Las citas de los viernes: Los caballos de Alfonso Reyes

De viaje el fin de semana, visitemos los caballos de Alfonso Reyes, los reales y los históricos a través de varios de sus textos. Que ustedes lo disfruten:

Quien asegura que lo ha visto confiando sus secretos a los caballos de su carro y que lo ha sorprendido cuchicheando a sus orejas: Pero no se lo digas a nadie, ni siquiera a Patroclo”

Las crines de los caballos penden como una lámina metálica

Aquella revista de libros – Cervantes citaba de memoria – y aquel breve juicio para cada uno atraen – por mis simpatías personales – una página que es también de evocaciones lejanas, donde Bernal Díaz enumera, con su historia, sus colores, sus pelos y señales, los dieciséis caballos y yeguas que pasaron a la conquista de Nueva España. ¡Hermosas jactancias del soldado y el literato! A las gentes, oírlas hablar de su oficio.

Para el que quiere huir como en el Mezengerstein de Edgar Allan Poe, los caballos de los tapices se animan y se hacen de carne.

Robert de la Sizeranne hablaba de la decadencia estética de la guerra, y comparaba un cuadro de Vernet, en que se ve a Napoleón a caballo, rodeado de sus mariscales empenachados, con una fotografía en que se ven tres generales yanquis estudiando sobre las rodillas un plano de campaña, allá en los inolvidables campos de Cuba.

El caballo de Napoleón había pisoteado el mapa de Europa.

Madre de luto, suelta tus coronas
sobre la fiel desolación de España.
Ascuas los ojos, muerte los colmillos,
bufa en fiestas de fango el jabalí de Adonis,
mientras en el torrente de picas y caballos
se oye venir el grito de los campeadores:
~ Aprisa cantan los gallos
y quieren quebrar los albores!”

Si hasta sus mismos caballos,
que racionales parecen,
les ayudan a su modo
con las pesuñas y dientes!

Por el Consulado abajo,
tus caballos de madera:
arco de flores —y un gajo
de cielo de primavera.

Ya los caballos están
viendo que salir procuras
probando las herraduras
en las guijas del zaguán.

Los caballos lamían largamente
el salitre de las paredes.

Pequeño y retinto,
nervioso y fino,
con la mancha blanca en la frente…
Nunca tuve mejor amigo,
nunca he tratado mejor gente.

Porque el verdadero caballo se ha de conocer en el tranco:geometría plana, destreza linealde la auténtica equitación,implícita en el bruto y no de quita y pon.

¡Oh mi brioso Lucero,
mi leal verdadero!

Me dejaba a la puerta de la escuela
y luego regresaba por mí;era mi ayo y mi mandadero.

Y yo me río de Tom Mix
y de su potro que le hace de perro
cuando me acuerdo de mi Lucero.

Feliz cumpleaños Beethoven: los mejores libros sobre el genio

Durante mi infancia y mi adolescencia el debate entre mi padre y yo sobre quién era el mejor entre Mozart y Beethoven fue la manera en que canalizamos muchos de nuestros encuentros y desencuentros, la forma en que manejábamos mi forma de crecer e ir cambiando mi visión del mundo; a veces cedía, pero en lo profundo de mi corazón nunca he dejado de ser fiel admirador de Beethoven, sin duda una adoración que marcó mi vida. Dos recuerdos sobre el sordo genial me tocan el alma; cuando hace muchas décadas en un festival de Beethoven no encontramos entradas para escuchar la Novena sinfonía en el Teatro de la Ciudad de México, yo tenía nueve años y mi padre me dejó encargado con la boletería y como superhéroe que era y que es se deslizó entre la multitud y regresó minutos después no con dos boletos, sino con dos pases; se había colado por la puerta de artistas, había ido del oboísta al cellista y les había explicado que no podía dejarme plantado con la ilusión que tenía, ese fue el primer concierto sinfónico de mi vida, es era y es mi padre. La otra fue el regalo más prodigioso, a los doce años mis padres me regalaron la colección de sinfonías de Beethoven que editaba Reader’s Digest, por ahí debe andar todavía y han sido los discos más escuchados de mi vida. Para honrar hoy en el corazón, a este héroe, los diez mejores libros escritos en torno suyo.

Sonata A Kreutzer. Leon Tolstoi. http://www.acantilado.es/catalogo/sonata-a-kreutzer/

Sobre el estilo tardío. Edward W. Said. https://www.letraslibres.com/mexico-espana/libros/sobre-el-estilo-tardio-musica-y-literatura-contracorriente-edward-w-said-y-el-ruido-eterno-escuchar-al-siglo-xx-traves-su-musica

Beethoven. Emil Ludwig. http://labibliotecaderachel.blogspot.com/2014/04/beethoven-de-emil-ludwig.html

El acoso. Alejo Carpentier. https://www.javierpenas.com/2018/06/el-acoso-alejo-carpentier.html

Una música constante. Vikram Seth. https://elpais.com/diario/2000/04/15/cultura/955749606_850215.html

Beethoven. Jan Swafford. https://www.letraslibres.com/espana-mexico/revista/nueva-vida-beethoven

Beethoven: un retrato vienés. Arturo Reverter. https://www.plateamagazine.com/libros/9610-arturo-reverter-y-victoria-stapells-beethoven-un-retrato-vienes

Música, sólo música. Haruki Murakami. https://www.planetadelibros.com/libro-musica-solo-musica/320633

Vida de Beethoven. Romain Rolland. https://www.elargonauta.com/libros/vida-de-beethoven/978-950-03-9498-7/

La novena de Beethoven. Esteban Buch. https://elcultural.com/La-novena-de-Beethoven

La novena sinfonía con subtitulos en español, inglés y alemán

Lo que hay en la cisterna: Feliz cumpleaños Papá Dumas, obras selectas para libre descarga.

Hoy cumple años Alejandro Dumas padre, para muchos fue la puerta de entrada a la literatura; para mí, junto con Verne, Salgari y Riva Palacio, fueron la revelación del mundo oculto en las letras. Para festejarlo, volvamos a leerlo o conozcamoslo en la enormidad de sus aventuras y tramas. Por encontrarse en dominio público, ofrecemos lo mejor de su repertorio para libre descarga:

El caballero de Harmental

El collar de la reina

El Conde de Montecristo I

El Conde de Montecristo II

El hombre de la máscara de hierro

El tulipán negro

El Vizconde de Bragelonne

La dama de las camelias

La guerra de las mujeres

La mano del muerto

Los hermanos corsos

Los tres mosqueteros

Napoleón

Terror en Fontenay

Un Gil Blas en California

Veinte años después

De cómo el Partenón perdió sus esculturas

El siglo XVIII el de las luces, comenzaba a apagar sus bujías, nuevas maneras de pensar se enseñoreaban por el mundo y donde Francia había querido instalar a Europa como corazón del mundo por la razón, la ciencia y el arte, Inglaterra propuso el tiempo de los nuevos imperios a través de la conquista de los mercados y la explotación colonial; en ese empeño nació una especie peculiar, el coleccionista con ínfulas intelectuales pero motivaciones económicas, hay una mutación interesante entre Vivant Denon -el ojo de Napoleón – y Thomas Bruce – Séptimo Conde de Elgin -. Ambos tomaron como piezas de caza lo mejor de las culturas que sus amos conquistaron; Denon acompañó a los ejércitos imperiales como un soldado armado de plumas y papel, sus presas iban directo a embellecer París y a enriquecer el Louvre; Elgin tomó cuanto pudo para engrosar su fortuna y sólo una operación comercial permitió que las esculturas del Partenón fueran a parar al Museo Británico, algo que su gobierno no planeó y que careció de interés para el peculiar diplomático hasta que los reveses económicos se conjugaron con la oportunidad.

Thomas Bruce tenía treinta y tes años cuando el rey Jorge III lo nombró embajador ante el Imperio Otomano; Byron tenía entonces once años y Grecia llevaba cuatrocientos años bajo el dominio de la Sublime Puerta. Elgin, aunque gozaba de validos ante del rey de Inglaterra, con dificultad diríamos que también disfrutaba de la confianza del monarca y aunque el imperio Otomano era una fuerza política considerable, los británicos tenían puestos sus ojos en el incómodo Bonaparte por lo que la embajada en Estambul no formaba parte de la agenda principal del Rey Jorge; así, quien presentó sus respetos ante Selim III que gobernaba el Islam desde Irak hasta el norte de África, desde el sur del Danubio hasta el archipiélago griego y la Anatolia entera, distaba mucho de hombres como Cottington, Crowe, Parish o Johnston; pero era hábil y logró hacerse con la gratitud o que otros habían labrado en favor de Inglaterra.

Napoleón había invadido Egipto un año antes, venciendo a los mamelucos – vasallos del Sultán – en la batalla de las Pirámides, aquella en la que acuñó la célebre frase “desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos nos contemplan” y aunque venció no fueron los oficios del embajador los que lo retuvieron largo tiempo en las riberas del Nilo, sino el poder de Nelson; en cambio Elgin cosechaba los éxitos de su compatriota en la Sublime Puerta; querido y mimado por la familia del Sultán, lo veían como el representante de un gobierno para el que había buenas razones de guardar gratitud.

Desde cien años antes, viajeros, aventureros, intelectuales, diplomáticos y militares habían sentido la llamada romántica sobre la belleza clásica y habían llevado a diversos países de Europa las presas de un largo expolio sin control ninguno; así que Elgin se dedicó – con un séquito de artistas con magníficas credenciales – a recorrer Grecia para constituir una formidable colección particular; su itinerario comenzó en donde suponía debía estar Troya, aunque el emplazamiento supuesto por Elgin, distaba mucho del lugar que unas décadas después descubriría Schliemann; ahí, como hipotética prueba, el embajador encontró dos relieves en mármol que antes un francés, Choiseul Gouffier no había logrado adquirir, lo que resultó suficiente para que el pueblo los obsequiara al inglés. Entusiasmado por la facilidad de su éxito extendió una fina red de adulación y sobornos hasta que obtuvo un firman del Sultán – una especie de decreto imperial inapelable – con la finalidad de que se le permitiera el ingreso a la Acrópolis de Atenas y a otros monumentos; hoy, ese decreto está perdido aunque sabemos que fue ignorado, en el más olímpico de los sentidos, pues la ciudad se preparaba para un nuevo asedio francés que nunca tuvo lugar; parece que Elgin estuvo a punto de rendirse pero que la ambición de su mujer y de sus suegros – curioso aliciente que hizo de Maximiliano emperador de México – lo llevaron a insistir ante la corte de Estambul para obtener, mediante las artes que la experiencia ya había consagrado, un nuevo firman que le permitiera ya no hacer moldes de las esculturas sino llevarlas fuera del Imperio. En realidad el ansiado decreto nunca llegó, pero una nueva andanada de regalos y sobornos le permitieron hacer pasar como un firman del Sultán lo que en era una simple carta de recomendación firmada por un alto funcionario del imperio pero no por el soberano; el documento había sido otorgado por Maimmakam Seyid Abdullah Pasha, ministro del Gran Visir; el firman era un documento en el que se combinaban elementos jurídicos, políticos y religiosos, en ese sentido debía comenzar por las invocaciones necesarias a Dios y estar sellado y firmado por el Sultán en persona; todos esos elementos faltan en el documento con el que Elgin legitimó su robo; aunque el texto original se ha perdido, la traducción al inglés que el diplomático ofreció al Parlamento como prueba de la legalidad de su colección es bien conocida. La carta dirigida al Cadí de Atenas lo introduce como representante de Inglaterra ante la Sublime Puerta y lo muestra como un amigo muy conocido en las cortes europeas que desea ampliar su conocimiento sobre las antigüedades griegas y en particular sobre las obras de arte que subsistían en Atenas; que se hacía acompañar de ocho artistas ingleses para copiar todo cuanto quisieran en la Acrópolis, incluso realizar excavaciones en busca de piezas olvidadas, contemplarlas, medirlas, copiarlas y estudiarlas a voluntad, todo ello como una deferencia a su persona y como un deber de hospitalidad con su aliado británico, en cambio, ni una sola palabra de la que pudiera inferirse que las piezas pudieran ser desmontadas y menos aún que se aceptara llevarlas fuera del territorio griego u otomano; es más, la carta está redactada a modo de una amable petición – cuidado que el Sultán no necesitaba, pero del que un ministro no podía prescindir – . Elgin como buen corsario, basado en su dudoso documento, ablandó voluntades y aún se valió de la intimidación presionando al nuevo Disdar – Guardián de la Acrópolis – cuyo viejo padre había muerto poco antes, para llevarse cuanto pudo de las esculturas que adornaban el Partenón. El expolio de la Acrópolis tomó tres años y hubiera sido peor todavía si no se hubiera firmado la paz con los franceses y el Conde no hubiera sido retirado de la embajada.

Cuatrocientos ciudadanos griegos tuvieron que  trabajar en el despojo, desmontar las piezas, embalarlas y llevarlas hasta el puerto para su embarque; abandonaban Grecia – tal vez para siempre – las esculturas del frontón oriental, el antepecho del sagrado templo de Atenea Niké, una de las Cariátides del Erecteion, casi la totalidad de las Panateneas y quince metopas. Doscientas cajas realizaron el camino de Eneas y recalaron unas semanas en Roma, cuando trataron de hacer el camino del imperio desde la capital hasta Londres tuvieron que hacerlo sin su amo que, hecho prisionero en Francia durante dos años, enfrentó cargos de espionaje; los agentes del emperador no podían perdonarle habérseles adelantado en el secuestro de las piezas y aunque trataron de incautarlas aquello hubiera sido imposible porque estaban sumergidas en el Mediterráneo cerca de la isla de Khytira, lugar de culto de Afrodita, la isla que es mecida por las olas y que mana leche y miel, la misma que el barroco imaginó como sede de todos los placeres ilícitos y a la que Watteau dedicó una de sus mejores obras; Afrodita y sus ninfas que proveían de placeres a quienes habitaban la isla trataron de hacer lo que los mortales no pudieron, aunque sólo lo lograron por un tiempo, pues las ciento noventa y seis cajas que un naufragio había enviado al fondo del mar fueron encontradas cuando Elgin fue puesto en libertad en 1807. A partir de ese momento las piezas fueron llegando a Londres donde el antiguo diplomático acondicionó un museo privado; cuando estuvieron todas reunidas, hacia 1812, Elgin las trasladó a su solar familiar en Escocia, donde languidecieron durante algunos años; contra lo que el corsario pensaba, las esculturas no fueron recibidas en la Gran Bretaña como una posesión ansiada y valiosa, como la que los franceses prodigaban a las grandes adquisiciones de Napoléon, por el contrario, se vio asediado por quienes señalaban la ilegalidad del despojo y quienes se negaban a reconocer su calidad y autenticidad, argumentado, con crasa ignorancia, que no eran griegas ni obras de Fidias, sino romanas de la época de Adriano.

El libro nuestro de cada martes: Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez

Hay personajes que, en sí mismos, se concentra la historia de su siglo. Cuentan que a las puertas de Moscú, Napoleón tomó su catalejo y miró que un soldado ruso tomaba de su bolsa una galleta, que la probó y como no le gustara su sabor la tiró al suelo, el Emperador, en ese momento se supo perdido. Napoleón en su grandeza y su derrota, es todo el siglo XIX.

En nuestro continente, John Kennedy y Josef Stalin, son el siglo XX de sus países, en América latina Fidel Castro, Omar Torrijos, Augusto Pinochet y Salvador Allende, son el retrato de los trabajos y los días de nuestro continente. Pero de entre todos, algunos pocos son auténticas mitologías más allá de su muerte:  Ernesto Ché Guevara, Emiliano Zapata o Eva Perón, representan la trascendencia del personaje sobre el propio sujeto que lo encarnó en vida.

Tomás Eloy Martínez se propone narrar la post muerte de Eva Perón tomando su vida sólo como arranque. La monstruosidad de las dictaduras y la locura de nuestro continente cebándose sobre el cadáver embalsamado de una mujer que hizo la historia y que se quedó en ella como la imagen de una santa, de una oportunista, de una líder, de un sueño.

Mucho más allá de la novela histórica, de la anécdota, o de la narrativa de terror o misterio, Santa Evita es la muestra del talento narrativo de uno de los mayores escritores de nuestro tiempo.

Lee Les combustibles, de Amélie Nothomb. Lea ud. Sin mañana, de Vivant Denon

Vivant Denon, «el ojo de Napoleón», es uno de los ejemplos más interesantes de voluntad de vivir más allá de los intereses políticos y económicos. Quien fuera Director del Museo de Louvre, fue el encargado, durante las guerras napoleónicas, de formar las colecciones de arte y arqueología que ahora hacen insustituibles los museos franceses. En su juventud escribió «Sin mañana», pequeña joya literaria, considerada por muchos una de las prosas más perfectas en lengua francesa. El volumen publicado por Atalanta, incluye también las memorias de Denon en la campaña de Egipto y una deliciosa nota biográfica de Denon escrita por Anatole France.

Para el fraseario, las siguientes citas:

«La edad ha encanecido la suave seda de su cabello y abierto surcos en sus mejillas sonrientes. El viejo barón sabe muy bien que su vida es una especie de obra de arte. No olvida ni añora nada. Su buril, a veces un tanto libre, recuerda en planchas secretas los placeres de su juventud. Sus amables conversaciones reviven la corte de Luis XV como el Comité de Salud Pública». Anatole France

«Antes de despedirse, quiere expresar a Denon toda su admiración. Le pregunta cuál es su secreto para haber adquirido tantos conocimientos. – Debéis haber estudiado mucho – dice – en vuestra juventud. Y Denon le contesta: – Todo lo contrario, milady, no estudié nada, porque eso me habría aburrido. Pero observé mucho, porque eso me divertía. De modo que mi vida ha sido plena y he disfrutado mucho». Anatole France.

«Sabía que un hombre de bien debe pagar al destino cuanto le compra». Anatole France

«Ella me presenta, él me ofrece la mano, y soy, soñando con mi personaje, pasado, presente y futuro.» Vivant Denon

«Sobrevino el silencio, se oyó (pues a veces se oye el silencio), y nos asustó.» Vivant Denon

«Nada más lejos de mi intención que acusarla de coquetería, pero una mujer recatada no posee menos vanidad que una coqueta». Vivant Denon

«Pedía amor a cambio de todo lo que el amor acababa de arrebatarle». Vivant Denon

«‘- ¡Qué espacio inmenso separa a este lugar del pabellón que acabamos de abandonar! – me dijo -. Tengo el alma tan llena de felicidad que apenas logro recordar que haya podido resistirme a vos.

– ¡Vaya! – le dije – ¿Acaso veré disiparse aquí el encantamiento que allí inundó mi imaginación? ¿Va a serme siempre fatal este lugar?

– ¿Hay todavía alguno que pueda sértelo estando yo contigo?»

Vivant Denon

Alfonso Reyes y el Nacimiento de la crítica cinematográfica en Castellano. Fósforo va al Cine

Verano de 1915. Dos exiliados mexicanos salen de mirar una película en un cinematógrafo cercano a la Puerta del Sol de Madrid, encienden cada uno su cigarrillo y emprenden la marcha hacia el Café Gijón en Recoletos. No dicen nada. En la medida que se acercan a la mesa de mármol, al ruido apacible de las quince tertulias habituales del Café, y al sabor del buen cortado que han de beber, afilan sus instrumentos, comparan con otras películas que han visto, a alguno de ellos le viene a la memoria algún texto menor de Stevenson, a otro la similitud con una puesta en escena que vio semanas antes en un teatro de aficionados en un colegio de Toledo. Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán llegan al café Gijón, se les recibe como a cualquier otro cliente habitual y cuando se quitan los sombreros y se dejan caer en las sillas vienesas, simultáneamente se dan cuenta que van a mellar la navaja de Ockham multiplicando inútilmente los entes; cuando salgan de ahí y Reyes tenga que redactar un pequeño artículo para el Semanario España, habrá nacido la crítica cinematográfica en lengua castellana.

El cine se debatía entonces entre las nociones de entretenimiento – que no tenía la connotación que nosotros ya le damos -, curiosidad técnica y arte. Para “Fósforo”, pseudónimo que utilizaron Reyes y Guzmán, juntos o separados según la ocasión y la agenda de cada uno, se trataba de una reflexión sobre la posibilidad de ver nacer un arte y al mismo tiempo de una oportunidad para expresar tanto sus sensaciones y reminiscencias como sus juicios – incluso técnicos -, sobre lo que ofrecían las pantallas madrileñas de su tiempo. Cuando hacia 1950 Reyes publica el último artículo firmado como Fósforo, escribe el epitafio del protocrítico: “Aquí yace uno que desesperó de ver revelarse un arte nuevo”.

Ciertamente, unos meses antes, Federico De Onís se había dedicado en cuatro artículos escritos para El Espectador, también de Madrid, al asunto cinematográfico, pero no podríamos afirmar que se tratara de crítica en el sentido estricto del término, sino más bien, como el propio De Onís explica, a desentrañar el sentido del cine en general, a indagar sobre su lenguaje, en fin, a tratar la ilusión de movimiento proyectada en la pantalla como aspecto novedoso en la sociedad de su tiempo. Martín Luis Guzmán y Alfonso Reyes, en cambio, tiran sus anzuelos en otras aguas.

“Frente a la pantalla”, sección que Fósforo firmara, fue sobre todo itinerante: nacida en el Semanario España, transitó a El Imparcial que dirigía Ortega y Gasset, entonces ya elaborada exclusivamente por Reyes pues Martín Luis había salido ya de Madrid y no volvió a ocuparse del cine, aunque reunió sus propias notas en A orillas del Hudson y finalmente, dio sus últimos pasos en la Revista General que publicara el editor Calleja, de grata memoria. Su objeto fue, en cada uno de sus foros y desde cada cual de sus plumas, no sólo el cine como fenómeno estético del momento, sino las películas, en lo individual, dotadas de intención artística, de lenguaje y de posibilidades particulares, es decir, como crítica en el sentido más estricto del término.

Fósforo sale ya de la fascinación que acompañó a los primeros días de la linterna mágica, a los gránulos de almidón teñidos por Daguerre, para asumir el cine como algo ya dado, aún en sus primeros pasos ciertamente, pero ya definido y como parte de la vida cotidiana; lejos quedaron para Fósforo las primeras impresiones que a otros, como a Proust, tanto asombraban y que pueden rastrearse como elementos de dramatismo e introspección en los personajes; así, en las primeras páginas de Por el camino de Swann, el personaje, todavía anónimo, describe el mundo que lo rodea, recuerda la proyección cotidiana de la linterna mágica en la oscuridad y serenidad de su habitación, donde después de presenciar el milagro de la luz proyectada – todavía sin movimiento -, los infortunios de Genoveva, lo mismo que los crímenes de Golo, lo movían a escudriñar su conciencia con mayores escrúpulos.

Pero Fósforo no sólo resulta innovador en la lengua castellana, sino en el mundo del cine en general. Al tiempo que publica cada semana su columna, sólo existe en el mundo otro crítico cinematográfico, cuyo nombre, por cierto, olvidó al cabo de los años y que tenía su propia sección en algún diario de Minneápolis y con el que mantuvo correspondencia durante algunos años. Tiempos aquellos en que todavía era dable discutir lo que ahora resulta ya parte de la fenomenología del cine, es decir, de lo que debe darse para conjuntar las notas fundamentales de nuestra idea de un filme; Fósforo y el ahora anónimo crítico minneapolitano solían discutir sobre la necesidad estética de que una buena película tuviera o no un descenlace; el norteamericano argüía que aquello no hacía falta y para demostrarlo, le bastaba con sugerir un ejercicio básico: introducirse en una sala de cine hacia la mitad de la película, ver el final y esperar a la siguiente función para ver el inicio, de modo tal que podía verse el desenlace y posteriormente el comienzo de la trama, rompiendo sin dejar de entender la continuidad dramática del cine; aquella sería una de las primeras escuelas de la cinematografía, la de la luz y no la de la trama.

Pero para Fósforo – Reyes, el cine es un arte totalizador, de luz, de ilusión de movimiento y también de drama y de ilusión de vida; un arte lleno de vitalidad, insuflada no sólo por la expresividad y la necesidad de los creadores, sino también de una industria que se había hecho de una clientela ávida y hambrienta; provocando géneros, gustos y disgustos, preferencias y oposiciones; así – cine mudo todavía el que contempló Fósforo -, en sus tiempos, algunos se declaraban a favor del uso de los letreros como parte indispensable para el mejor entendimiento de las películas, mientras que Fósforo – Reyes, se inclina a favor de la restricción del uso de las palabras escritas, dejándolas a lo indispensable, como destacar el nombre de un personaje por ejemplo, pero dejando lo demás al ejercicio de la mímica, de la luz y del manejo de la cámara, de la que Reyes se manifiesta fanático, como sucede con los ejercicios de Abel Gance en Napoleón o de Chaplin en La Quimera del Oro.

Durante la vida de Fósforo se generan también las escuelas nacionales que, curiosamente, siguen conservando ciertos rasgos desde aquellos días primitivos. A la escuela europea, entre la que Reyes destaca la francesa y la italiana, corresponde la reflexividad y la lentitud – otra vez Proust asoma su fino perfil en la sala -, como lenguaje expresivo y estético; Fósforo propone, por ejemplo, cerrar los ojos contando hasta cien mientras se presencia una escena de cine italiano de tiempos de la guerra, sin que se corra mayor riesgo de entender la trama, pero perdiendo, eso sí, irremediablemente momentos de luz y de posibilidades plásticas; mientras que a la naciente escuela hollywoodense le corresponde la velocidad, la trama folletinesca hasta el disparate y lo increíble, más aún, hasta lo indecible, para este cine, el ejercicio de los cien segundos resulta un suicidio temporal para el espectador.

Pero es precisamente ese dinamismo y ese debate el que permite, a los ojos de Fósforo, que el cine haya superado su edad infantil sin perderse de muerte prematura para quedar sepultado en el cementerio de las curiosidades científicas y tecnológicas, de los gadgets, como les llaman los británicos, lo que sí sucedió con las sombras chinescas y su nieta la linterna mágica.

La primera crítica cinematográfica en castellano nace con ese destino manifiesto: constituirse como género en prosa independiente y con sus propios recursos, adecuado al arte que reseña que tiene algo de pintura, algo de teatro, algo de fotografía pero que, conceptual y fácticamente, es mucho más que eso, confirmando la añeja idea de que el todo es mucho más, pero muchísimo más que la suma de las partes.

Fósforo pretende que la crítica cinematográfica, como había sucedido con la literaria desde muchos siglos antes, fuera parte del desarrollo del arte que pretendía reseñar y diseccionar; que operara tanto como una forma de expresión escrita como una guía para dividir los artículos de comercio, de la taquilla y la compraventa, de aquello que podía ya entonces considerarse arte cinematográfico y ello puede poner en antecedentes respecto de los que se piensan que la discusión entre cine comercial y cine de autor es una preocupación nueva en el medio.

Porque Fósforo es, como lo fueron en su momento Guzmán y Reyes, un autor que reacciona contra formas manidas y decadentes; Fósforo arremete contra los pocos artículos que circulaban en los magazines de la época, más dados a la lágrima y al comentario sentimental y sandio para abordar la interpretación del cine. Fósforo es también un visionario, uno que tiene más fe en el futuro que en el presente, para él, la cinematografía tenía entonces, todos los defectos y todas las virtudes de una promesa.

Incluso, Fósforo apuesta por ciertas tendencias que cada época habría de explotar en la historia futura del cine; por un lado cae en cuenta que entre la palabra escrita y la imagen cinematográfica habrá siempre una relación tormentosa y a veces atormentada, algunos temas llegarán al cine desde la literatura y otros más caerán directamente desde la mente del creador, rendidos ante la magia y la trampa de la pantalla; para cada uno de ellos encontrará una descripción y un lenguaje particular, para cada uno de ellos sabrá señalar simpatías y diferencias, pero en todo caso, sabrá siempre invitar, cuando así lo considere justo, a que el espectador se aventure por su cuenta y riesgo y en la oscuridad, armado sólo de sus ojos y entonces todavía – tiempos aquellos que ya no nos correspondió vivir – de su cigarrillo, compare lo que ve con su vida, encuentre la belleza de las divas y adopte los papeles de los galanes, o bien, porque no es Fósforo sexista, aprenda la educación sentimental de las mujeres que ya se rebelan contra el destino y mire cómo los hombres también pueden sufrir y hasta morirse de mal de amores.

Pero Fósforo construye también el cine desde la realidad y se convierte en auténtico cronista de la sala cinematográfica; muy pronto se da cuenta de que el cine es el fenómeno estético de su siglo y que está íntimamente relacionado con la vida de todos los días, con la que tenemos y con la que soñamos cada que nos sentamos en la terraza del café y vemos caminar enfrente nuestro una mujer que nos gusta; Fósforo arremete contra los que – tiempos afortunados los nuestros en que ya no se ven estas escenas – lanzan besos a las películas y suspiran a gritos como para demostrar a los demás espectadores que son presos de la misma pasión amorosa que los personajes de la pantalla, ataca otros vicios, de los que sí se eternizaron entre los habitantes de las salas, como los que comentan en voz alta los chistes y los golpes de los personajes o los que nacieron críticos y aún estando presentes en la sala con el resto de los mortales, tienen conciencia de estar por encima del cine y lo manifiestan con su desdén. Me pregunto qué diría Fósforo de nuestras salas donde podemos cenar mientras vemos una película de méritos bastante medianos; porque para Fósforo, presenciar una película era una especie de colaboración con el autor, algo así como cumplir el papel del coro en la tragedia griega, que puede prever el desenlace, que se estremece con las desgracias del héroe, pero que no puede participar porque se identifica con el mudo testigo del destino.

Fósforo es, en muchos sentidos, el creador de la conciencia del cine en nuestra lengua; cumplió en silencio su tarea de fundador y entendió el signo de su tiempo y supo, desde que apartó boleto por primera vez a través del teléfono para no quedarse sin sitio en la tarde anhelada de la función, que cada gesto humano, cada perfil de la civilización moderna, estaba destinado a vibrar en la pantalla y, como él mismo dijo, que nuestro tiempo habría de crear el cine a cada paso en que vivimos.

Imagginación

Meditación Divertida con Maggie

Disappearing Thoughts

clicks and clips

Tablaturas de mis pasos

Unas cuantas palabras y fotos para los lugares que me hacen feliz.

NOUS LES FEMMES

Aller au delà de nos limites à travers le monde. J'en suis capable, pourquoi pas toi? Pourquoi pas nous? Ensemble nous sommes invincibles "Je suis femme and i can".

Rosie Blog

A garden of wild thoughts. Feeling thoughts and dilemmas

Un Loco Anda Suelto

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Inner-peace is necessary to overcome of all the pain.

El Rincón de Suenminoe

En el soñador vida y sueño coinciden

La poesía, eso decían

Como plasmar la idea natural.

Cynthia Briones

Letras en el mar.

Polisemia Revista cultural

En cada edición proponemos una palabra para indagar sus posibles significados desde distintas áreas.

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