Conferencia: Escribir y sobrevivir en América Latina en el Tecnológico de Antioquia, Colombia

Si no tuvo oportunidad, disfrute de esta charla sobre el arte de escribir y sobrevivir en América Latina, gracias a la generosidad de Carolina Moreno y al Tecnológico de Antioquia, Colombia.

¿cómo vivir y sobrevivir escribiendo en América Latina?

Las utopías de la modernidad. Un breve elenco

Si durante la antigüedad las utopías pretendieron el retorno a la Edad Dorada y durante la Edad Media se aproximaron a la idea de la Nueva Jerusalén y a la reproducción terrenal del orden divino; las utopías renacentistas están más emparentadas con aquellas otras de la ilustración; ambas proponen un orden social completo, en las primeras a través de la reconstrucción del orden social sobre la exaltación de la bondad natural del hombre, las segundas buscarán no en la naturaleza sino en la razón la posibilidad de una sociedad mejor. Las utopías siguientes, las del maquinismo, el empirismo y el positivismo, emprenderán rutas basadas en el concierto social, la lucha de clases y el progreso tecnológico, esto es, una nueva generación de utopistas, rebeldes contra sus antecesores.

Entre las nuevas utopías se encuentran, El paraíso de las madres solteras, en The Empire of the Nairs, de James Lawrence; el Evangelio del Industrialismo de Claude Henri de Saint-Simon; Cómo correr en un campo de algodón en Una nueva visión de la sociedad de Robert Owen; Pasiones liberadas de Charles Fourier, Destino en Viajes en Phrenologasto de John Trotter; Lotófagos de Lord Tennyson; Paraíso de árboles plásticos en Un paraíso en la búsqueda del hombre de J. A. Etzler, Los placeres de la igualdad en Viaje a Icaria de Etienne Cabet; La cura por el agua en Sueño de Reforma de Henry J. Forrest; A un convento, en Cielo – Cielo de Gerard Manley Hopkins; la más brillante utopía del siglo XIX, Erewhon, de Samuel Butler, escrita en 1872 – desde luego, Erewhon no es sino el acrónimo de Nowhere, ninguna parte -; Dioses muertos, en El periodo fijo, de Anthony Trollope; Mujeres en el poder , en La revuelta del hombre de Walter Besant; Verde Inglaterra, en Luego de Londres de Richard Jefferies; la Frustración de Smith, capítulo de La edad de cristal de W. H. Hudson; la Nueva Amazonia de Elizabeth Bugoyne Corbett; la Columna del César de Ingatius Donnelly, la menopausia utópica en Mujer libre de Elizabeth Wolstenholme – la que podemos considerar la primera utopía con contenidos de género en la historia; Mañana de Ebenezer Howard; las Anticipaciones de H. G. Wells; Limanora de John Macmillan Brown; Nacimientos Virginales y en Herland de Charlotte Perkins, y Nosotros de Yevgeny Zamyatin.

Entre los autores que, como en cada época, destacan por su profundidad y por su influencia, durante la etapa de la larga paz previa a la Primera Guerra Mundial, destacan autores de contenido fuertemente utópico y social en su obra como Charles Dickens, en especial en libros como Household Words; el crítico John Ruskin, sobre todo por ensayos como Las cosas verdaderamente preciosas en Pintores Modernos, y el Socialismo para Estetas, de Oscar Wilde en El espíritu del hombre bajo el Socialismo, El libro de la Selva de Rudyard Kipling y Juventud de Joseph Conrad; sin embargo, en ésta época comienzan a presentarse personalidades cuyo perfil, eminente en lo político y en lo económico, nos hace referirlos a cuestiones más bien prácticas de la actividad social pero que exponen también ideas tendientes a los conceptos utópicos; así por ejemplo, el célebre Discurso de Gettysburg de Abraham Lincoln, o la Crítica del programa Gotha de Karl Marx.

El periodo de incubación del fascismo, los traumas generados por ambas guerras mundiales y la depresión económica y la bancarrota moral de las posguerras, determinaron un giro importante para las utopías; en lugar de desaparecer, se modificaron tanto en el sentido sombrío de la contrautopía, sino también en el desaforado discurso ideológico fascista y en la contradictoria esperanza del desilusionado existencialismo.

En esa época destacan textos como Viviendo una época en Samoa de Margaret Mead, Sitios Etruscos de D.H. Lawrence; Horizontes perdidos, donde aparece la célebre Shangri – La de James Hilton, la antiutopía La Noche de la Swastika de Katharine Burdekin, las versiones del Cristo redivivo como El hombre que no pecó de Newman Watts y Cristo de nuevo crucificado de Nikos Kazantzakis, la presencia de elementos psicológicos y de las escuelas conductistas como Walden dos de B.F Skinner, y las asociadas por diferencia Mein Kampf de Hitler y 1984 de George Orwell, que podemos considerar las máximas antiutopías.

Esta necesidad de reconstrucción humana luego de la violencia y la desolación posterior a las grandes guerras, hizo posible que se siguieran construyendo nuevas utopías; Tocando el piano, de Kurt Vonnegut, Un mundo feliz, Las puertas de la percepción e Isla, de Aldous Huxley; El libro de Daniel de E. L. Doctorow, Ciudades invisibles de Ítalo Calvino, Solución tres de Naomi Mitchison, La mujer al borde del tiempo de Marge Piercy; Una historia del mundo en 10 ½ capítulos de Julian Barnes; Justicia mediante la Lotería de Barbara Godwin, Lo que las mujeres quieren de Bernadette Vallely; Sociedades deseables de Jim Dator, Visiones de Michio Kaku, Edén notable de Lee M. Silver, Solaris, del polaco Stanislav Lem y los cuentos futuristas de Philip Dick.

El libro nuestro de cada martes: «Trabajos forzados», de Daria Galateria

Resulta que los grandes escritores han hecho de todo para sobrevivir y poder escribir; ahí tiene usted a Franz Kafka embutido en un cuchitril de una agencia de seguros, poniendo todo de su parte y consumiendo su cuerpo mientras su mente vagaba por terrenos ignotos; ahí está también Bohumil Hrabal, obrero de la industria acerera jugándose la piel todos los días hasta que un horrible accidente lo puso fuera de combate; Dashiel Hammet que en realidad era detective, juntando material vivencias para escribir sus novelas; los oficios más inesperados y más dispares, el escritor que era piloto y que escribió uno de los libros más hermosos convaleciendo de un accidente aéreo: Antoine de Saint-Exupéry; unos que renegaban de las letras y volvían a ellas a la menor provocación, como Ítalo Svevo; la nómina de los alumnos de inglés de James Joyce bastaría para proveer una selecta biblioteca de lenguas europeas.

La pregunta está si el autor debe o no consagrarse a sus letras, a su obra o, si más bien debe vivir en el mundo y no quedarse encerrado en la torre de marfil contemplando el universo perfecto de las ideas. O si acaso también, debiera procurarse un oficio que lo alimente para ser libre de escribir lo que quiera, como quiera y al ritmo que le de la gana. Respuestas hay para todos los tipos de escritores y para todas las experiencias literarias; Alfonso Reyes fue embajador, consejero de muchas empresas  y construyó una magnífica obra literaria; hay mancuernas clásicas abogado-escritor, profesor-escritor, militar-escritor o diplomático escritor; aunque también las hay disformes y complejas: taxista-escritor, cartero-escritor, incluso, como Orwell, policía-escritor.

Ya hace algunos años Sergio Ramírez escribió «Oficios compartidos» en los que daba cuenta de sus peripecias laborales y la literatura. En fin, el hecho es que si quiera escribir, no espere a morirse de hambre para tirar una buena parrafada; también debo advertirle que no importa qué tan cómodo y bien remunerado sea su trabajo, si tiene la vocación de escribir y se atreve a publicar, no habrá empleo en el mundo que lo detenga.

Daria Galateria ofrece en «Trabajos forzados» una radiografía de ese mundo laboral, a veces oculto, del que vivieron algunos de los mejores escritores. El libro, por su parte, como objeto es de suyo hermoso como todas las ediciones de Impedimenta.

Sin duda, un libro para no perderse.

http://impedimenta.es/libros.php/trabajos-forzados

La magnitud del término «Utopía»

Construir una definición para la palabra utopía no parece fácil; se trata de un término arduo, no sólo por las diferentes aristas conceptuales e históricas que presenta, sino por la carga cultural que contiene, por la intensidad de su presencia en el imaginario y en la conciencia colectivos; por que todos los miembros de la sociedad, quienes la analizan y quienes no, quienes se detienen a reflexionar y quienes siguen de largo, todos, anhelamos que nuestra civilización se perpetúe, que los valores de nuestro tiempo – y nuestro propio estilo de vida incluida la estética y la lengua – se transmitan a las siguientes generaciones y que, en algún momento de la historia, la sociedad humana se parezca más y, de ser posible, sea idéntica a sus propios sueños. La auténtica dificultad para establecer linderos a la idea de la utopía, consiste en que de alguna manera se trata de poner límites a nuestra propia expectativa de la vida política, en este como en pocos temas de la agenda pública tiene tanto que ver nuestra expectativa y nuestra conciencia como seres políticos.

El primer elemento que tenemos al intentar definir, o mejor aún, construir una noción para el término utopía, es su aspecto histórico. Al decir utopía, la inteligencia se desplaza a Thomas Moore, a Erasmo, a Campanella, a Bacon y también a un momento específico, el Renacimiento al promediar el siglo XVI. Pero existen razones para no dar como suficiente el entorno histórico de aquellos ensayos políticos que en su conjunto reciben el nombre de utopías. Por una parte, no es el único momento en que se presentan escritos de ese carácter y para ir más a fondo en la cuestión, no es sólo en el renacimiento cuando dichas construcciones conceptuales tienen una influencia cierta en la vida institucional.

No es necesario insistir en la dictadura del proletariado del marxismo estalinista ni en el imperio nazi de los mil años, ejemplos hay muchos más. Comencemos por separar las ideas utopistas, las utopías, según su tiempo: un periodo que podemos llamar clásico que abarca Grecia y Roma: Hesiodo, que puso nombre al mítico principio de que todo tiempo pasado fue mejor, acuñando las denominaciones ahistóricas de edad de oro, edad de bronce y edad de hierro; Platón y su República, Tácito y su imaginada Germania, Plutarco y su resurrección de las instituciones de Licurgo – el mismo Licurgo si nos damos el lujo de incluir en nuestra lista personajes que no son susceptibles de comprobación histórica -, Tertuliano, De Spectaculis y Luciano Ireneo.

Las utopías medievales que menos frecuentes pues el pensamiento cristiano como el judío y el musulmán convivieron cercanamente con los milenarismos y asimilaron sus ideas utópicas a las ideas escatológicas que cada una de esas religiones había creado; aún así pueden localizarse buenos ejemplos: las Visiones de Hildegaard Von Binguen, las del Beato de Liébana y los viajes de Benjamín de Tudela, que volverá a presentarse a mediados del siglo XX. También resulta interesante la aparición de un fenómeno exclusivo de la edad media, la utopía como forma de vida en comunidad, la subcultura institucionalizada, ya en la heterodoxia como en la ortodoxia: así, cátaros, abilgenses, cistercienses y franciscanos, se presentan como opciones de vida tendientes a un orden social superior.

Acto seguido, las utopías renacentistas emparentadas muy cercanamente a las de la ilustración: desde luego, Moore, Erasmo, Campanella y Francis Bacon, pero también El hombre en la luna, de Francis Godwin, la Utopía de los Caníbales de Michel de Montaigne, la América ficticia de John Donne, la Nova Solyma de Samuel Gott, el sueño de la tierra como un tesoro común de Gerrard Winstanley, el viaje a las Bermudas de Andrew Marvell, el Paraíso recuperado de Thomas Traherne, la Isla de los Pinos de Henry Neville, la Historia de los Severambianos de Denis Vairasse, los australianos unisexuales en Un nuevo descubrimiento de Gabriel de Foigny, el paraíso encontrado en las Aventuras de James Dubordieu por Ambrose Evans, las normas para desalentar el adulterio en el Naufragio afortunado de Ambrose Philips, los árboles sabios en la Aventura de Niels Klim, las Aventuras de Peter Wilkins, de Robert Paltock, la propia historia pastoril que ya señalamos debida a la pluma de Johnson, los fantásticos mares del sur retratados en el Viaje alrededor del mundo de Louis Antonio conde de Bougainville, el ensayo futurista – ciertamente uno de los primeros de la literatura occidental en referirse a lo que con el tiempo se convertiría en el decepcionante mito del año 2000 -, El año 2440, de Louis Sebastien Mercier. Pero sin duda, lo que más puede llamar nuestra atención es discernir si algunos autores que no pueden ser ubicados como utopistas en toda su obra, o no de manera predominante, sí contienen en trabajos de gran aliento aspectos de utopistas influencia; se trata de trabajos como Sobre cómo no ser un cuadrángulo redondo, en Leviatán, de Thomas Hobbes; Robinson Crusoe de Daniel Defoe, el Sentido equino, en Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift; la reflexión sobre El Salvaje Feliz, en el Discurso sobre los orígenes de la desigualdad de Jean Jacques Rousseau y El Dorado en Candide, de Rousseau.

Si durante la antigüedad las utopías pretendieron el retorno a la Edad Dorada y durante la Edad Media se aproximaron a la idea de la Nueva Jerusalén y a la reproducción terrenal del orden divino; las utopías renacentistas están más emparentadas con aquellas otras de la ilustración; ambas proponen un orden social completo, en las primeras a través de la reconstrucción del orden social sobre la exaltación de la bondad natural del hombre, las segundas buscarán no en la naturaleza sino en la razón la posibilidad de una sociedad mejor. Las utopías siguientes, las del maquinismo, el empirismo y el positivismo, emprenderán rutas basadas en el concierto social, la lucha de clases y el progreso tecnológico, esto es, una nueva generación de utopistas, rebeldes contra sus antecesores.

Entre las nuevas utopías se encuentran, El paraíso de las madres solteras, en The Empire of the Nairs, de James Lawrence; el Evangelio del Industrialismo de Claude Henri de Saint-Simon; Cómo correr en un campo de algodón en Una nueva visión de la sociedad de Robert Owen; Pasiones liberadas de Charles Fourier, Destino en Viajes en Phrenologasto de John Trotter; Lotófagos de Lord Tennyson; Paraíso de árboles plásticos en Un paraíso en la búsqueda del hombre de J. A. Etzler, Los placeres de la igualdad en Viaje a Icaria de Etienne Cabet; La cura por el agua en Sueño de Reforma de Henry J. Forrest; A un convento, en Cielo – Cielo de Gerard Manley Hopkins; la más brillante utopía del siglo XIX, Erewhon, de Samuel Butler, escrita en 1872 – desde luego, Erewhon no es sino el acrónimo de Nowhere, ninguna parte -; Dioses muertos, en El periodo fijo, de Anthony Trollope; Mujeres en el poder , en La revuelta del hombre de Walter Besant; Verde Inglaterra, en Luego de Londres de Richard Jefferies; la Frustración de Smith, capítulo de La edad de cristal de W. H. Hudson; la Nueva Amazonia de Elizabeth Bugoyne Corbett; la Columna del César de Ingatius Donnelly, la menopausia utópica en Mujer libre de Elizabeth Wolstenholme – la que podemos considerar la primera utopía con contenidos de género en la historia; Mañana de Ebenezer Howard; las Anticipaciones de H. G. Wells; Limanora de John Macmillan Brown; Nacimientos Virginales y en Herland de Charlotte Perkins, y Nosotros de Yevgeny Zamyatin.

Entre los autores que, como en cada época, destacan por su profundidad y por su influencia, durante la etapa de la larga paz previa a la Primera Guerra Mundial, destacan autores de contenido fuertemente utópico y social en su obra como Charles Dickens, en especial en libros como Household Words; el crítico John Ruskin, sobre todo por ensayos como Las cosas verdaderamente preciosas en Pintores Modernos, y el Socialismo para Estetas, de Oscar Wilde en El espíritu del hombre bajo el Socialismo, El libro de la Selva de Rudyard Kipling y Juventud de Joseph Conrad; sin embargo, en ésta época comienzan a presentarse personalidades cuyo perfil, eminente en lo político y en lo económico, nos hace referirlos a cuestiones más bien prácticas de la actividad social pero que exponen también ideas tendientes a los conceptos utópicos; así por ejemplo, el célebre Discurso de Gettysburg de Abraham Lincoln, o la Crítica del programa Gotha de Karl Marx.

El periodo de incubación del fascismo, los traumas generados por ambas guerras mundiales y la depresión económica y la bancarrota moral de las posguerras, determinaron un giro importante para las utopías; en lugar de desaparecer, se modificaron tanto en el sentido sombrío de la contrautopía, sino también en el desaforado discurso ideológico fascista y en la contradictoria esperanza del desilusionado existencialismo.

En esa época destacan textos como Viviendo una época en Samoa de Margaret Mead, Sitios Etruscos de D.H. Lawrence; Horizontes perdidos, donde aparece la célebre Shangri – La de James Hilton, la antiutopía La Noche de la Swastika de Katharine Burdekin, las versiones del Cristo redivivo como El hombre que no pecó de Newman Watts y Cristo de nuevo crucificado de Nikos Kazantzakis, la presencia de elementos psicológicos y de las escuelas conductistas como Walden dos de B.F Skinner, y las asociadas por diferencia Mein Kampf de Hitler y 1984 de George Orwell, que podemos considerar las máximas antiutopías.

Esta necesidad de reconstrucción humana luego de la violencia y la desolación posterior a las grandes guerras, hizo posible que se siguieran construyendo nuevas utopías; Tocando el piano, de Kurt Vonnegut, Un mundo feliz, Las puertas de la percepción e Isla, de Aldous Huxley; El libro de Daniel de E. L. Doctorow, Ciudades invisibles de Ítalo Calvino, Solución tres de Naomi Mitchison, La mujer al borde del tiempo de Marge Piercy; Una historia del mundo en 10 ½ capítulos de Julian Barnes; Justicia mediante la Lotería de Barbara Godwin, Lo que las mujeres quieren de Bernadette Vallely; Sociedades deseables de Jim Dator, Visiones de Michio Kaku, Edén notable de Lee M. Silver, Solaris, del polaco Stanislav Lem y los cuentos futuristas de Philip Dick.

Utopía e ideología. Albert Speer y su Ley de Ruinas

Imaginar hasta el infinito las posibilidades de su destino y revisar, hasta la destrucción, su pasado, son dos de las características principales que han permitido la vida política y social del mundo occidental. La inconformidad con la inamovilidad del pasado y con la inevitabilidad del futuro se conjugan para crear un espacio de posibilidades en las que los occidentales hemos proyectado nuestra necesidad creativa; para Occidente, la organización social, el sistema jurídico y los mecanismos políticos son materiales maleables, construcciones sociales que pueden y deben transformarse; de ningún modo son formas estáticas o determinismos apriorísticos. El camino de la secularización, de la modernización y del progreso occidental se manifiesta en la desacralización de las estructuras organizacionales; nada es tan sagrado que no pueda ser criticado y modificado, nada está tan al fondo de la conciencia que no merezca ser revisado. Esta posibilidad ha permitido crear nuevas maneras de ser en sociedad.

En su impulso creativo, nuevas condiciones sociales, económicas y políticas, generan nuevas respuestas. El derecho, visto de este modo, puede entenderse como una manifestación cultural, acaso una de las más complejas, porque resume en sus presupuestos no sólo lo que la sociedad es en un momento cierto de la historia, sino también lo que pretende ser y la forma en que aspira a conseguir su ser posible. Limitar el análisis de las organizaciones políticas y de los sistemas jurídicos a estrictos cauces formalistas, conduce a perder de vista su sentido fundamental. Ninguna organización política, ningún régimen constitucional, se basta a sí mismo, no se completa ni se vence en la titularidad del poder o en la posibilidad del ejercicio legítimo de la fuerza, ni siquiera en el cumplimiento del bien común; se nutre de la realidad histórica y del imaginario colectivo, porque su justificación es, en última y final instancia, la perpetuación de su existencia como organización humana proyectada hacia un futuro que alcanzar.

Visto de otro modo, una organización social, alcanzado el grado de complejidad suficiente para generar una organización política, bien puede optar por ser una monarquía o una república, puede adoptar un sistema aristocrático o uno democrático, podrá tener pretensiones de imperio o limitarse a las fronteras provinciales de la neutralidad, pero ningún grupo humano puede optar por su propia desaparición deliberada; no existen los suicidios sociales.

Cada generación, por muchas razones, no todas ellas conscientes, selecciona una serie de valores colectivos, de actitudes y de pretensiones que supone dignas de heredar a la generación siguiente. Esa moral colectiva, esa ética de grupo y si se quiere, ese volkgeist, constituye el centro alrededor del cual gravita la vida política y la organización jurídica.

Al finalizar la Guerra Fría, cuando ocurrió el agotamiento de los sistemas de socialismo de Estado, la tendencia general del análisis político y del estudio de las formas jurídicas, tuvo un fuerte elemento de temor, casi diríamos de terror atávico, las palabras “ideología” y “utopía” se convirtieron en vocablos incorrectos en política y se transformaron en sinónimo de opresión, de totalitarismo o bien de deseos irracionales. Después del clímax que constituyó la caída del muro de Berlín, la planeación del Estado, parecía haber dejado de tener sentido, el discurso público no pudo apelar sino a la temporalidad de los proyectos basados en la ocasión y la circunstancia, en el concurso de las clases y de los sujetos para ir resolviendo conjuntamente los retos históricos; la palabra “democracia”, trató de reunir los sueños perdidos y de ocupar los espacios que dejaron vacantes los proyectos vencidos. Pero, ¿qué era ese discurso, llevado a su cima por Fukuyama en lo teórico y por Reagan y Tatcher en lo fáctico – sino una sustitución ideológica? La muerte de las utopías y de las ideologías se presentó como la nueva forma de entender la vida política, no sólo como explicación de la realidad, sino como proyecto de futuro y en tanto, como una nueva ideología y como una nueva utopía.

Estos hechos marcaron a toda una generación cuyos nombres en el ambiente cultural de las décadas de 1980 y de 1990, “la generación X” (http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/v06/estrada.html), “ la generación Prozac” respectivamente, implicaron no una sustitución de ideales o de proyectos, sino una vacuidad y una pérdida de identidad y pertenencia que nació de la imposibilidad de generar iconos y signos compartidos.

Identificada con el crecimiento económico, el esfuerzo empresarial individualista y con un lenguaje social empobrecido asimiló la solidaridad de clases y la conciencia social a la filantropía generosa y selectiva; generó una gran masa de marginales que si bien anteriormente habían sido asumidos como enemigos de clase, posteriormente fueron apreciados como reservas humanas para el consumo, con lo cual el ciclo ideológico estaba completo. En otros términos, algo le había pasado al mundo, pero a nosotros, los individuos, no nos había pasado nada.

Por esa razón fue fácil la adopción del discurso ideológico de la posmodernidad, políticamente inocuo y con tendencias más a la disgregación histórica y social que a la unidad pues se basó, más en la deconstrucción del supuesto ideológico que en la afirmación de los símbolos de una nueva ideología. Sin embargo, como quedó de manifiesto en la conformación del fenómeno de la generación de la posmodernidad y en sus presupuestos teóricos, no se trató sino de un nuevo discurso ideológico; aunque en apariencia hubiera nacido como una reinterpretación histórica y no como una proyección de futuro, lo cual es común a todas las ideologías.

Generar utopías es una de las funciones elementales de la ideología; esto es, fabricar esperanzas y fomentar, como lazo de unión entre los miembros de la sociedad, la creencia en el futuro, como condición necesaria para aspirar a la perpetuación del grupo. El periodo que siguió a la Guerra Fría, pretendió fundamentarse en la ausencia total de utopías, asumió el final del conflicto histórico a través del ofrecimiento de la democracia representativa, de la economía liberal y de la globalización de las comunicaciones y de los modelos sociales, fincando con ello la contradicción íntima que se traduce en un estado de confusión y angustia permanente en el hombre contemporáneo. Proclamar la muerte de la utopía constituyó, en sí mismo, una contradicción en términos.

Las utopías son necesarias y podríamos decir que son connaturales a todo grupo humano organizado en el ámbito de la cultura occidental, son el primer producto de la ideología que subyace en todo discurso jurídico y político. Acerquémonos a dos ejemplos de distintos caracteres y de distintos tiempos.

Hacia 1934, Adolf Hitler hizo su primer encargo de gran magnitud al entonces flamante nuevo arquitecto del Reich, Albert Speer. El edificador comprendió y asumió los valores fundamentales de la ideología nazi; al emprender la construcción del Campo de los Congresos del Partido en Nuremberg, siguió la afirmación de su fürer, que insistía en que “lo único que nos hacer recordar las grandes épocas son sus monumentos.” Pero fue más lejos. En sus memorias recuerda que alguna vez, mientras supervisaba la construcción del Zeppelinfeld en el Campo de los Congresos, se detuvo a observar la destrucción del hangar de los tranvías de Nuremberg, cuyo lugar sería ocupado por las tribunas del campo; su atención se detuvo ante “el amasijo que formaban los restos del hormigón armado del hangar tras su voladura; las barras de hierro asomaban por doquier y habían comenzado a oxidarse.” Desde luego, la decadente y desoladora imagen chocó de frente con la concepción de grandeza y posteridad que animaba no sólo la arquitectura sino también la postura social y cultural frente al poder del Reich; a partir de esta visión, construyó lo que denominó como la “teoría del valor como ruina” de una construcción; según ese punto de vista toda construcción debía constituir un puente de tradición hacia las generaciones por venir; los materiales de la época – cabe decir que todavía menos los de la nuestra -, resultaban nada convincentes para ese fin; no podrían transmitir el carácter heroico y grandilocuente del régimen, de ahí que después del Zeppelinfeld, las construcciones encargadas o patrocinadas por el gobierno alemán deberían cumplir con estrictas prescripciones respecto de los materiales – el hormigón armado y la estructura de acero fueron proscritos hasta el límite – y respecto del diseño, los muros de gran altura debían resistir la presión de los vientos aún cuando ya no tuvieran un techo que los apuntalara; todo para que, al cabo de miles de años según los propios cálculos de la burocracia nazi, guardaran gran semejanza con sus modelos griegos y romanos.

Todo debía realizarse en el sentido de que fuera la construcción de esa utopía de mil años la que animara las acciones del Estado, como recuerda Speer:

Para ilustrar mis ideas, hice dibujar una imagen romántica del aspecto que tendría la tribuna del Zeppelinfeld después de varias generaciones de descuido: cubierta de hiedra, con los pilares derruidos y los muros rotos aquí y allá, pero todavía claramente reconocible. El dibujo fue considerado una “blasfemia” en el entorno de Hitler. La sola idea de que hubiera pensado en un periodo de decadencia del imperio de mil años que acababa de fundarse parecía inaudita. Sin embargo, a Hitler aquella reflexión le pareció evidente y lógica. Ordenó que en lo sucesivo, las principales edificaciones de su Reich se construyeran de acuerdo con la “Ley de las Ruinas”.

Esta “locura lúcida”, como la llama Erasmo en su Elogio de la locura; es sobre todo utopía; utopía que se transforma en ordenamiento jurídico administrativo, pero sobre todo en razón de Estado.

En efecto, el fenómeno histórico de la ideología Nazi es de lo más estudiado; sin embargo, la Ley de las Ruinas, nos enseña el grado de penetración que alcanza la ideología y la finalidad íntima de las construcciones utópicas. Pero ¿pude retrotraerse esta observación a otras épocas, más lejanas y basadas en otras estructuras mentales y con otras formas de discurso ideológico? Es posible siempre que se acepten ciertos mínimos metodológicos: evitar el anacronismo en el sentido de no atribuir a otros tiempos formas mentales presentes, aceptar el discurso descriptivo y no el valorativo como sistema de trabajo para lograr conclusiones analíticas y explicativas y, por último, recurrir al análisis de las expresiones y de los silencios no como discursos en sí mismos, sino como elementos de un discurso mayor que permea la época, sus anhelos, sus temores y sus concreciones jurídicas y políticas.

Discurso ideológico y utopía no son sinónimos; el primero anima a la segunda, la segunda es el epítome del primero; ambas se ensamblan en la perfección del concepto. Comparten, es cierto, algunos elementos esenciales y ambos tienen efectos reales en la vida política y en la construcción de las normas jurídicas, particularmente las constitucionales. Como parte de la vida de la sociedad y con mayor especificidad, de la vida de la organización política, el discurso ideológico se consagra en el ejercicio del poder, la utopía entonces se convierte en proyecto; sin embargo, ni el discurso ideológico ni la utopía no nacen necesariamente de la posesión del poder público, pueden nacer de la entraña de la vida comunitaria, de la pluma y la inteligencia de un grupo incluso minoritario, pueden mantenerse en la marginalidad o pueden ascender en la escala del poder hasta ocupar sus espacios. Ideología y utopía no son sólo fenómenos del poder, son también fenómenos del devenir político.

Así como la ideología no aspira a convertirse en lenguaje corriente, y aunque su vocabulario sea utilizado por un sector importante de la sociedad, pretende siempre salvaguardar su terminología iniciática, su sentido apenas revelado a unos cuantos y con ello, la posesión del secreto del poder y la aspiración general de ingresar al círculo de quienes la comprenden y la manejan; las utopías no necesariamente están llamadas a convertirse en sistemas vigentes, fácticos, terrenalmente ubicables; al contrario, una utopía fracasa y se diluye no cuando es inalcanzable, sino cuando deja de ser inspiradora.

Veamos un segundo ejemplo, Samuel Johnson, escribió en 1759, The History of Rasselas, Prince of Abyssinia. Este pequeño volumen, concebido y realizado en una semana, fue dado al mercado para cubrir los gastos del funeral de la madre del autor. Rasselas, constituye uno de los primeros sueños utópicos que la crítica posterior denominará “contrautopías”, por llamar de algún modo a la utopía infeliz, descarnada – algo similar a lo que escribiría algunos siglos después Orwell (1984) o Skinner (Walden Dos) -; constituye un alegato contra la esperanza, una crítica ácida y cruel no contra los sueños, sino contra los proyectos del Estado como base de la felicidad pública.

Johnson no puede considerarse como parte de ninguna corriente política, sus ideas no inspiran a partidos o a gobernantes, pero son un retrato fiel de una sociedad desencantada, apremiada por graves carencias y sueños postergados; es un producto de su tiempo y una medida fiel de la aceptación y rechazo de la sociedad, al menos de cierto sector ilustrado y crítico, a las posturas del poder público.

Rasselas, Príncipe de Abisinia crece, como todos los miembros de la nobleza, en el Valle Feliz, un lugar reservado para los privilegiados de su sociedad, donde las carencias, las frustraciones y el dolor, son cuidadosamente evitados por un complejo sistema administrativo y una riqueza sin límites; recordando la leyenda de Buda, escapa con su hermana Pekuah y el ayo de ambos, el poeta Imlac, para encontrar la felicidad en el mundo exterior. Desde luego, no es que Rasselas y Pekuah no sean felices, pero quieren encontrar la felicidad natural, la inherente a todos los hombres, la que está inscrita en las cosas sencillas, en la naturaleza donde el ser humano puede vivir con modestia y con arreglo a sus sentimientos primitivos.

Esta tendencia a pensar que es en la vida natural donde puede encontrarse la felicidad, no sólo individual sino también la social, inspira gran parte de las primeras utopías. El racionalismo, por el contrario, implicará la idea de la naturaleza como enemiga del hombre; representará a lo natural como el mundo de la necesidad y no de la libertad, sujeto a las leyes de la muerte y no de la vida, inmóvil en la repetición perpetua de sus ciclos y estática en su relación con la libertad.

Una vez que Rasselas y su hermana han traspuesto las puertas del Valle Feliz, encuentran una gran variedad de tipos humanos, pero ninguno al que puedan considerar feliz; su desencuentro se manifiesta con claridad en el episodio de los pastores. La vida pastoril, bucólica, había sido un ejemplo de felicidad desde tiempos de Roma – no se puede olvidar a Daphnis y Cloe, como modelo básico -, pero en Johnson, la impostura se disuelve:

Su camino bajaba a través de las lomas, donde pastores tendían sus esteras y los corderos jugaban entre la pastura. “Mirad” dijo el poeta, “esta es la vida que ha sido celebrada por su inocencia y tranquilidad: pasemos el calor del día entre las tiendas de los pastores y sepamos entonces que todas nuestras búsquedas no terminan sin la simplicidad pastoril”.

El propósito les agradó, indujeron a los pastores, a través de pequeños presentes y preguntas familiares, a decir su opinión sobre su estado. Eran rudos e ignorantes, apenas un poco capaces de comparar el bien y el mal de su ocupación, y eran tan indistintos en sus narraciones y descripciones, que sólo un poco podía ser aprendido de ellos. Pero era evidente que sus corazones estaban infestados del cáncer del descontento; se consideraban como condenados al trabajo para satisfacer el lujo de los ricos y miraban con estúpida malevolencia a esos que se hallaban entre ellos.

La princesa dijo con vehemencia que nunca más sufriría la compañía de esos salvajes envidiosos, y que no tenía más deseos de seguir viendo más especimenes de felicidad rústica..

Luego de este episodio, los príncipes de Abisinia retornan al Valle Feliz en compañía de su tutor y no vuelven a manifestar deseos de encontrar la felicidad en ninguna forma distinta a la que están acostumbrados. Al final del libro, Johnson ofrece la moraleja: “Estamos largamente convencidos que la felicidad no pude ser encontrada, y cada uno cree que está en posesión de otros, para mantener viva la esperanza de obtenerla por de ellos mismos”.

Esta contrautopía del siglo de la ilustración, permite ver un cambio trascendental en las estructuras del pensamiento, una revolución intelectual que no fluyó de las estructuras del poder hacia la sociedad, como ocurrió con la utopía nazi y con la utopía estalinista por ejemplo, sino que se eleva como un espíritu de reforma desde las clases preparadas hacia el poder. El hombre ilustrado sabe que la felicidad no se encuentra, se construye; sabe también, que no es volviendo a la primitiva edad de oro como se puede construir esa mejor forma de vida, sino mirando hacia delante y fabricándola con elementos exclusivamente humanos.

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