Melina Mercouri y la lucha por la devolución de los Mármoles del Partenón

Se puede decir que Melina Mercouri es la creadora de la Acrópolis tal y como hoy la conocemos, una genial reconstrucción histórica basada en un diseño urbanístico y arquitectónico que da paso en un área de cuatro kilómetros uniendo templos y barrios integrando la ciudad y su historia, no era raro verla supervisando personalmente los trabajos, interpelando a los arquitectos y confraternizando con los trabajadores. Fue en una tarde de primavera cuando el sol tornaba de oro los blancos muros del Partenón cuando se dio cuenta que su obra carecía de sentido si no intentaba lo imposible, si no se enfrentaba con la misma pasión con la que había combatido el sometimiento de su pueblo a las fuerzas y las inercias que parecían invencibles e inveteradas al grado de parecer incuestionables; supo que no podría honrar el cargo que había recibido ni afirmar que había intentado recuperar para siempre el resplandor de su pueblo si no se atrevía a soñar con toda la nación un sueño común que demostrara aquella continuidad e identidad milenarias. Al contemplar el derruido templo de Atenea lo imaginó intocado y grandioso, contempló los restos lanzados por las bombas y las explosiones, admiró los vacíos dejados por siglos de saqueo y despojo, le vino a la memoria la imagen de Elgin y sus esclavos griegos desmontando metopas y cariátides y se dio cuenta, al fin, que debía obligar a los británicos a devolver el robo purificado por el tiempo; traer a casa lo que había sido exiliado por el engaño y la corrupción. Si su exilio había terminado también debía terminar el de los decorados y las esculturas que Elgin había robado más de cien años antes. No se hacía ilusiones, había vivido y padecido lo suficiente como para dejarse engañar  por los espejismos de su propio deseo, pero estaba segura de iniciar una lucha que excedía lo que quedaba de vida pero que otros seguirían hasta un día vencer; se había sostenido siempre de duras esperanzas como para no estar segura.

Cuando la Ministra de Cultura le planteó la idea por primera vez a Papandreu, el Premier no pudo asentir de inmediato, una petición de esa naturaleza podría, de manera casi gratuita, enrarecer las relaciones políticas con los ingleses; durante más de un siglo Grecia se había conformado con la situación y no era seguro que el Museo Británico, luego de tanto tiempo, no tuviera algún tipo de derecho sobre las esculturas y sobre todo, si valía la pena aventurarse en una batalla cuyo resultado era fácil de anticipar; Melina estaba preparada para eso y más; después de todo, aunque el entusiasmo original no era el que ella hubiera deseado, tampoco nadie había externado una negativa; como bien sabía, el movimiento despertaría la simpatía internacional, en especial entre los grupos de opinión y los círculos culturales, lo que permitiría atraer las miradas hacia la transformación que Grecia había iniciado; incluso en Inglaterra contaría con aliados y de ningún modo pretendería un enfrentamiento con el gobierno inglés, se trataría de una lucha por la buena voluntad, algo en lo que ella era especialista. No sin reservas Papandreu dio su asentimiento, sabía que de cualquier manera Mercouri dedicaría todas sus fuerzas a ese empeño.

En realidad, no era la primera vez que alguien reclamaba la devolución de los mármoles, desde que las piezas fueron llevadas a Inglaterra hubo quienes pusieron en duda la legitimidad del expolio y en adelante nunca faltaron grupos o individuos que cuestionaban la posesión y en consecuencia, pedían la devolución; cuando Elgin ofreció en venta las piezas y el Parlamento tuvo que aprobar la compra para el Museo Británico, Lord Babington denunció que aquella adquisición era lo más parecido al despojo que había visto en toda su vida; Lord Hammersley secundó la opinión y, fuera del Parlamento, Thomas Hardy publicó un poema en el que los mármoles lloraban sus secuestro y añoraban Atenas, a su lamento se unieron Percy Shelley y John Keats que escribió “Al ver los mármoles Elgin”:

Mi alma es demasiado débil; sobre ella pesa,

como un sueño inconcluso, la espera de la muerte

y cada circunstancia u objeto es una suerte

de decreto divino que anuncia que soy presa

de mi fin, como un águila herida mira al cielo.

Pero es un delicado murmullo este lamento

por no tener conmigo una nube, acaso un viento

que hasta abrir su ojo el alba me dé tibio consuelo.

Estas borrosas glorias que imagina la mente

prestan al corazón un territorio escondido

y un extraño dolor cuyo prodigio silente

mezcla la helénica grandeza con el sonido

del Tiempo ya pasado o de un mar inclemente,

con el solo la sombra de un ser desconocido.

En 1941, Thelma Cazalet, diputada a la Cámara de los Comunes presentó una moción para la devolución de las escultura, el primer ministro Attlee, con la mayor ligereza, decidió ignorarla. Con buen tino político, Melina optó por buscar una campaña de convencimiento en lugar de una batalla diplomática o un enfrentamiento entre gobiernos; aún así, para oficializar la campaña se dirigió a Margaret Tatcher. No puede decirse que a la Dama de Hierro no le simpatizara Melina, por el contrario, le parecía una mujer interesante y una artista excepcional, pero fiel a su política, evadió el golpe e informó a la ministra griega que había un aspecto técnico que no se podía omitir, aunque el gobierno de Su Majestad era dueño del museo británico, era esa institución la propietaria de los Mármoles Elgin, que en el siglo XIX el Parlamento había autorizado la adquisición de las piezas para que se integran al patrimonio del Museo y en ese sentido el gobierno no era propietario de lo que Grecia reclamaba; así, no podía dar una respuesta hasta que no se siguieran los cauces adecuados. La respuesta de gobierno británico no representaba una negativa y significaba el inicio de la batalla y el reconocimiento de la existencia de la reclamación, era mucho más de lo que Grecia había obtenido en siglos, aunque aún fuera sólo el comienzo.

El gobierno de Grecia, a través de Melina, buscó a los grupos que podrían estar interesados y los proveyó de información; Melina viajó por todo el mundo procurando aliados y abriendo foros; desde el Ministerio de Cultura diseñó una estrategia que buscaba, primero, generar comprensión, solidaridad y entendimiento respecto de los intereses griegos y sobre esa base, derruir uno a uno los argumentos británicos, y abordar después el punto desde la perspectiva jurídica y diplomática; aunque no estaba segura de poder llegar hasta ese momento, puso todo su  corazón y abrió un debate universal no sólo sobre la diáspora del patrimonio helénico, sino sobre la posesión de los bienes culturales extraídos de otras naciones.

En 1986, la campaña había dejado de ser un proyecto y Melina había sido invitada a la Oxford Union para exponer los puntos de vista del gobierno griego; hizo mucho más que eso, se propuso describir la permanencia e identidad del pueblo griego y su relación moral y espiritual con las piezas que le habían sido robadas.

Para Melina, del mismo modo en que había encarado su guerra personal contra la dictadura, estableció un nexo de unidad entre las aspiraciones griegas y la universalidad de la cultura, había logrado que los líderes de ambas casas del Parlamento británico reconocieran la necesidad de discutir la reclamación; había logrado, contra cualquier pronostico, que los ciudadanos ingleses se interesaran por el tema, incluso que se formara un Comité Británico para la Restitución de los Mármoles del Partenón; sin duda, para una etapa inicial era más que suficiente y desde luego, era mucho más de lo que Papandreu y el Parlamento Helénico se habían atrevido a pronosticar.

Durante décadas, Melina Mercouri había marcado el canon en la representación del teatro clásico griego y junto con Eirene Papas, había redefinido sus formatos haciéndolo, de nuevo, una manifestación dramática en diálogo con el público, eso había generado en Melina una conciencia muy profunda sobre el valor de las palabras y el poder de los símbolos, así que nunca se refirió a los “Mármoles Elgin” y procuró que en  los debates se extinguiera esa expresión y se hablara sólo de los “Mármoles del Partenón”; la legitimidad de su reclamo debía comenzar con el nombre de lo reclamado, es decir, desde el nombre del conjunto de esculturas debía aceptarse su lugar en el mundo, si existían el David de Miguel Ángel, la Gioconda de Leonardo o el Pescador en el mar de Turner, debía aceptarse que no existía algo así como los Mármoles de Elgin, lo que no había creado ni patrocinado, sino de los que sólo se había apoderado, hacer legítimo aquel nombre equivalía a reconocer la posibilidad de la permanencia de las esculturas en territorio británico.

Una vez identificado el objeto de la batalla, Melina debía dejar clara la procedencia ilegítima que detentaba el Museo Británico sin concesiones de ningún tipo atacando de manera frontal tanto la conducta de Elgin como la legalidad de los títulos y las maniobras a través de las cuales había despojado al pueblo griego; para retratar la personalidad del Conde, Mercouri gustaba de contar cómo fue que el diplomático no pudo llevar consigo a Turner en su viaje a Atenas; contaba que la primera opción para Elgin al momento de elegir un pintor para su séquito, pensó en Turner, como él pareciera interesado el diplomático expuso dos condiciones, que cualquier pintura, dibujo y hasta los bocetos que realizara Turner durante el viaje serían considerados propiedad de Elgin, no del pintor, no de la representación diplomática ni tampoco del gobierno de su Majestad pese a ser quien pagaba todo el costo del viaje del noble y que, en sus ratos libres, diera clases de pintura a su mujer; Turner sólo puso una condición, solicitó un sueldo de £400 al año – si consideramos que al final Elgin logró vender al museo su colección por £35,000  el sueldo de Turner no habría significado más allá del cuatro por ciento de la ganancia – pero como al diplomático le pareció demasiado caro, prefirió no contratarlo y optó por emplear a un pintor italiano de mucha menor fama – y honorarios más baratos que finalmente nunca pagó -, Giovanni Lusieri. Para el Ministerio de Cultura griego ésta era la parte menos difícil; en realidad Mercouri no necesitaba descubrir cómo habían sido sustraíais de modo ilegal las piezas del Partenón, eso estaba demostrado desde que habían llegado a Inglaterra, pero sí podía tanto insistir en la insuficiencia del falso firman como en los actos de corrupción y exceso sobre lo que le habían autorizado al diplomático y a su equipo; dio a conocer, por ejemplo, que Elgin solía pagar £5 por cada vez que lo dejaban ingresar a la Acrópolis sin ningún tipo de vigilancia – de esta manera los griegos demostraban como el desleal diplomático había engañado a griegos, otomanos y británicos, para apoderarse de aquello a lo que, de ninguna manera tenía derecho -. De este modo la diplomacia helénica tendría una oportunidad adicional si por cualquier motivo no pudiera declararse la ilegalidad de la sustracción de los Mármoles del Partenón.

A Melina le preocupaban otros argumentos menos objetivos y mucho más dirigidos al aspecto emocional, ético e histórico de la cuestión; para muchos sectores con los que Melina había tenido contacto, una opinión generalizada era que los griegos habían provocado la situación que los mármoles vivían, que durante siglos no habían intentado recuperarlos, que carecían – hoy como en la época en la que el despojo se había verificado – de los medios suficientes para salvaguardar la integridad de los monumentos y que, en comparación con ingleses o franceses, sufrían de una especie de minoría de edad en cuanto a cultura y desarrollo se trataba; en una palabra, los griegos se lo merecían y era demasiado tarde para remediarlo; ese punto era uno de los enemigos que Mercouri debía vencer, otros cubrirían los aspectos jurídicos y políticos, pero ella se encargaría de no dejar la menor duda en los sentidos ético, moral y cultural.

Tanto en la Oxford Union como en todos los foros donde fue leída y escuchada, Melina expuso cómo, durante siglos, pese a los distintos imperios que los sometieron, los griegos habían impulsado y mantenido no sólo las muestras físicas de su cultura sino su idioma, sus expresiones folclóricas y de alta cultura y que incluso, cuando fue necesario arriesgaron sus propias vidas para defenderlos; más de mil años eran muchos y ahí seguían los monumentos para dar testimonio de la civilización que los había creado; ¿no era acaso verdad que en la culta Inglaterra las piedras del muro de Adriano habían servido en algunos segmentos para construir casas de aldeanos y ello no autorizaba a nadie para desmontar la histórica muralla y llevarla hasta el Mediterráneo de donde era originaria la cultura que la haba hecho posible?; la Ministra solía, al hablar sobre este punto, de cómo los soldados otomanos, en alguna batalla contra los independentistas griegos, al verse extinguido su parque habían comenzado a disparar contra las columnas para producir guijarros que utilizar como balas; los patriotas helenos les enviaron cajas con munición y un mensaje: “aquí tienen balas, no toquen las columnas” y ¿no había sido Byron, uno de los más grandes poetas del imperio  que ahora se negaba a restituir los mármoles, quien había cantado el amor, la devoción y la entrega del pueblo griego por defender las huellas de su pasado? De hecho, resultaba incontrovertible que la primera ley promulgada por la Grecia independiente era un acta para la defensa y protección de sus monumentos nacionales y que prohibía expresamente su salida del territorio griego. Pensar que los griegos no eran capaces o no querían defender su patrimonio no sólo era falso, sino también una afirmación de mala fe.

Aquél era el argumento que más preocupaba a Melina, que se pudiera pensar que que los griegos actuales no merecieran resguardar sus propios tesoros o que no fueran ellos los indicados para hacerlo; sin embargo, la manera en que los tesoros de la antigüedad  griega habían sobrevivido y la identidad de su pueblo eran pruebas que sólo la fuerza podía pasar por alto. Había, es cierto, otros argumentos menores a los que la Ministra prestó menos atención porque se trataba de detalles técnicos que el tiempo y el trabajo del Ministerio se encargarían de resolver; temas como la contaminación del aire en Atenas que dañaría de manera irremediable los mármoles si se devolvían a la Acrópolis; este argumento resultaba en especial curioso cuando los monumentos habían sido resguardados en una de las ciudades más contaminadas del planeta; con la finalidad de preservarlos, Melina – sin saber cómo iba a lograrlo pero segura de que así sería – ofreció la construcción de un museo de sitio con todas las garantías técnicas necesarias para su exhibición y conservación, el museo tardó más de veinte años en construirse, su eje principal es un gran salón donde algún día volverán las piezas sustraídas, uno de sus muros es de cristal desde donde puede contemplarse el Partenón, logrando así un efecto visual de unidad y aunque la conservación y exhibición de los mármoles era uno de los requisitos exigidos por los ingleses para la devolución, aún superado el problema ellos no han devuelto las piezas.

Desde el principio de las reclamaciones Melina se cuidó muy bien de dejar en claro que la petición era extraordinaria y que refería solo a los Mármoles del Partenón; muy pronto las autoridades de Museo Británico adujeron que consentir los deseos de Grecia constituiría un antecedente muy peligroso que podía implicar que los museos de Europa, en buena parte provistos por rapiña y despojo, se vaciaran en un eventual alud de reclamaciones; con independencia de la discusión sobre si los museos imperiales tenían derecho sobre las piezas expoliadas a las culturas que sometieron, Mercouri expresó una y mil veces que la petición se basaba en la recomposición de un monumento mutilado único en el mundo y que además, resultaba representativo de la identidad nacional helénica y no de una solicitud generalizada; visto de esa manera, Mercouri quería dejar claro que su gobierno – y ella misma – lo que buscaban era una reparación histórica para la identidad nacional y cultural griega sacudida con dureza por las intervenciones durante muchos siglos, que la devolución pudiera simbolizar, mucho más allá de la reparación de un daño, la gratitud y el reconocimiento del mundo occidental a su cuna de origen; en Londres, los mármoles sólo eran anécdota y una manifestación de lo más puro y perfecto del arte occidental, pero sólo en Atenas, al lado del lugar para el que fueron creados podían alcanzar su verdadera y completa dimensión, la de un monumento fundacional del sentimiento nacional que había hecho posible el nacimiento de la cultura occidental con todos sus valores.

No hubo éxito, al menos no en el sentido de que las piezas fueran devueltas, sin embargo, hoy su ausencia en Atenas resulta más luminosa que su presencia en Londres, la batalla aún no termina y mantiene vivo el debate sobre la legitimidad de su alojamiento; Melina sabía que se enfrentaba a una misión casi imposible pues la mística de cualquier imperio radica en su sentimiento de superioridad, de impunidad y ella lo había cuestionado y de muchas maneras, lo había derribado; como ella tenía claro, debían ser otros los que culminaran la hazaña.

Cuando su partido perdió las elecciones legislativas, Melina se encontraba ya fatigada por tantos años de lucha, seguía de pie aunque el cáncer pulmonar había minado sus fuerzas y ella peleaba su nueva guerra peregrinando en hospitales de Grecia y de Estados Unidos, martirizada por las operaciones volvía a casa sonriendo y con el cigarrillo entre los dedos.

En 1993 volvió a su Ministerio cuando su partido ganó de nuevo las elecciones, pero era ya demasiado tarde; terca y obstinada se negó a dejar el tabaco tanto por la magnitud de su adicción como porque para ella representaba su nexo con los placeres de la vida a los que había dedicado toda su existencia.

Melina Mercouri murió lejos de Itaca. Falleció en un hospital de Nueva York en marzo de 1994. Cuando salió de casa por última vez camino de su encuentro con la muerte, dijo a los periodistas, “no quiero que me lloren, pero si muero escriban que tenía miedo porque nadie lo creerá”. Y Melina volvió; como Ulises, regresó a casa y se le rindieron honores de héroe; la sepultaron en su amada Atenas y su pueblo, enamorado y agradecido, cubrió su tumba con cientos de cajetillas de sus cigarrillos favoritos; ya se sabe, su  pueblo siempre supo comprenderla.

De cómo el Partenón perdió sus esculturas

El siglo XVIII el de las luces, comenzaba a apagar sus bujías, nuevas maneras de pensar se enseñoreaban por el mundo y donde Francia había querido instalar a Europa como corazón del mundo por la razón, la ciencia y el arte, Inglaterra propuso el tiempo de los nuevos imperios a través de la conquista de los mercados y la explotación colonial; en ese empeño nació una especie peculiar, el coleccionista con ínfulas intelectuales pero motivaciones económicas, hay una mutación interesante entre Vivant Denon -el ojo de Napoleón – y Thomas Bruce – Séptimo Conde de Elgin -. Ambos tomaron como piezas de caza lo mejor de las culturas que sus amos conquistaron; Denon acompañó a los ejércitos imperiales como un soldado armado de plumas y papel, sus presas iban directo a embellecer París y a enriquecer el Louvre; Elgin tomó cuanto pudo para engrosar su fortuna y sólo una operación comercial permitió que las esculturas del Partenón fueran a parar al Museo Británico, algo que su gobierno no planeó y que careció de interés para el peculiar diplomático hasta que los reveses económicos se conjugaron con la oportunidad.

Thomas Bruce tenía treinta y tes años cuando el rey Jorge III lo nombró embajador ante el Imperio Otomano; Byron tenía entonces once años y Grecia llevaba cuatrocientos años bajo el dominio de la Sublime Puerta. Elgin, aunque gozaba de validos ante del rey de Inglaterra, con dificultad diríamos que también disfrutaba de la confianza del monarca y aunque el imperio Otomano era una fuerza política considerable, los británicos tenían puestos sus ojos en el incómodo Bonaparte por lo que la embajada en Estambul no formaba parte de la agenda principal del Rey Jorge; así, quien presentó sus respetos ante Selim III que gobernaba el Islam desde Irak hasta el norte de África, desde el sur del Danubio hasta el archipiélago griego y la Anatolia entera, distaba mucho de hombres como Cottington, Crowe, Parish o Johnston; pero era hábil y logró hacerse con la gratitud o que otros habían labrado en favor de Inglaterra.

Napoleón había invadido Egipto un año antes, venciendo a los mamelucos – vasallos del Sultán – en la batalla de las Pirámides, aquella en la que acuñó la célebre frase “desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos nos contemplan” y aunque venció no fueron los oficios del embajador los que lo retuvieron largo tiempo en las riberas del Nilo, sino el poder de Nelson; en cambio Elgin cosechaba los éxitos de su compatriota en la Sublime Puerta; querido y mimado por la familia del Sultán, lo veían como el representante de un gobierno para el que había buenas razones de guardar gratitud.

Desde cien años antes, viajeros, aventureros, intelectuales, diplomáticos y militares habían sentido la llamada romántica sobre la belleza clásica y habían llevado a diversos países de Europa las presas de un largo expolio sin control ninguno; así que Elgin se dedicó – con un séquito de artistas con magníficas credenciales – a recorrer Grecia para constituir una formidable colección particular; su itinerario comenzó en donde suponía debía estar Troya, aunque el emplazamiento supuesto por Elgin, distaba mucho del lugar que unas décadas después descubriría Schliemann; ahí, como hipotética prueba, el embajador encontró dos relieves en mármol que antes un francés, Choiseul Gouffier no había logrado adquirir, lo que resultó suficiente para que el pueblo los obsequiara al inglés. Entusiasmado por la facilidad de su éxito extendió una fina red de adulación y sobornos hasta que obtuvo un firman del Sultán – una especie de decreto imperial inapelable – con la finalidad de que se le permitiera el ingreso a la Acrópolis de Atenas y a otros monumentos; hoy, ese decreto está perdido aunque sabemos que fue ignorado, en el más olímpico de los sentidos, pues la ciudad se preparaba para un nuevo asedio francés que nunca tuvo lugar; parece que Elgin estuvo a punto de rendirse pero que la ambición de su mujer y de sus suegros – curioso aliciente que hizo de Maximiliano emperador de México – lo llevaron a insistir ante la corte de Estambul para obtener, mediante las artes que la experiencia ya había consagrado, un nuevo firman que le permitiera ya no hacer moldes de las esculturas sino llevarlas fuera del Imperio. En realidad el ansiado decreto nunca llegó, pero una nueva andanada de regalos y sobornos le permitieron hacer pasar como un firman del Sultán lo que en era una simple carta de recomendación firmada por un alto funcionario del imperio pero no por el soberano; el documento había sido otorgado por Maimmakam Seyid Abdullah Pasha, ministro del Gran Visir; el firman era un documento en el que se combinaban elementos jurídicos, políticos y religiosos, en ese sentido debía comenzar por las invocaciones necesarias a Dios y estar sellado y firmado por el Sultán en persona; todos esos elementos faltan en el documento con el que Elgin legitimó su robo; aunque el texto original se ha perdido, la traducción al inglés que el diplomático ofreció al Parlamento como prueba de la legalidad de su colección es bien conocida. La carta dirigida al Cadí de Atenas lo introduce como representante de Inglaterra ante la Sublime Puerta y lo muestra como un amigo muy conocido en las cortes europeas que desea ampliar su conocimiento sobre las antigüedades griegas y en particular sobre las obras de arte que subsistían en Atenas; que se hacía acompañar de ocho artistas ingleses para copiar todo cuanto quisieran en la Acrópolis, incluso realizar excavaciones en busca de piezas olvidadas, contemplarlas, medirlas, copiarlas y estudiarlas a voluntad, todo ello como una deferencia a su persona y como un deber de hospitalidad con su aliado británico, en cambio, ni una sola palabra de la que pudiera inferirse que las piezas pudieran ser desmontadas y menos aún que se aceptara llevarlas fuera del territorio griego u otomano; es más, la carta está redactada a modo de una amable petición – cuidado que el Sultán no necesitaba, pero del que un ministro no podía prescindir – . Elgin como buen corsario, basado en su dudoso documento, ablandó voluntades y aún se valió de la intimidación presionando al nuevo Disdar – Guardián de la Acrópolis – cuyo viejo padre había muerto poco antes, para llevarse cuanto pudo de las esculturas que adornaban el Partenón. El expolio de la Acrópolis tomó tres años y hubiera sido peor todavía si no se hubiera firmado la paz con los franceses y el Conde no hubiera sido retirado de la embajada.

Cuatrocientos ciudadanos griegos tuvieron que  trabajar en el despojo, desmontar las piezas, embalarlas y llevarlas hasta el puerto para su embarque; abandonaban Grecia – tal vez para siempre – las esculturas del frontón oriental, el antepecho del sagrado templo de Atenea Niké, una de las Cariátides del Erecteion, casi la totalidad de las Panateneas y quince metopas. Doscientas cajas realizaron el camino de Eneas y recalaron unas semanas en Roma, cuando trataron de hacer el camino del imperio desde la capital hasta Londres tuvieron que hacerlo sin su amo que, hecho prisionero en Francia durante dos años, enfrentó cargos de espionaje; los agentes del emperador no podían perdonarle habérseles adelantado en el secuestro de las piezas y aunque trataron de incautarlas aquello hubiera sido imposible porque estaban sumergidas en el Mediterráneo cerca de la isla de Khytira, lugar de culto de Afrodita, la isla que es mecida por las olas y que mana leche y miel, la misma que el barroco imaginó como sede de todos los placeres ilícitos y a la que Watteau dedicó una de sus mejores obras; Afrodita y sus ninfas que proveían de placeres a quienes habitaban la isla trataron de hacer lo que los mortales no pudieron, aunque sólo lo lograron por un tiempo, pues las ciento noventa y seis cajas que un naufragio había enviado al fondo del mar fueron encontradas cuando Elgin fue puesto en libertad en 1807. A partir de ese momento las piezas fueron llegando a Londres donde el antiguo diplomático acondicionó un museo privado; cuando estuvieron todas reunidas, hacia 1812, Elgin las trasladó a su solar familiar en Escocia, donde languidecieron durante algunos años; contra lo que el corsario pensaba, las esculturas no fueron recibidas en la Gran Bretaña como una posesión ansiada y valiosa, como la que los franceses prodigaban a las grandes adquisiciones de Napoléon, por el contrario, se vio asediado por quienes señalaban la ilegalidad del despojo y quienes se negaban a reconocer su calidad y autenticidad, argumentado, con crasa ignorancia, que no eran griegas ni obras de Fidias, sino romanas de la época de Adriano.

Nunca en Domingo y el alma nacional Griega

La colaboración de Melina Mercouri con Jules Dassin, la película que selló su relación y consagró su legado cinematográfico fue, sin duda, “Never on Sunday”. El filme fue un éxito en todos los sentidos, le valió un Oscar a Manos Hadjidakis por la mejor música original; nominaciones para Melina por mejor actriz, para – Dassin por mejor director y también por mejor guión original – o que no dejaba de ser una especie de reparación luego de los daños que le había causado el macartismo – y para Theoni V. Aldredge por el mejor vestuario; en los Globos de Oro le fue concedido el premio Samuel Godwyn; en los BAFTA las nominaciones para Dassin, por mejor película y para Melina como mejor actriz extranjera; en Cannes, ella alcanzó el reconocimiento como mejor actriz y él la nominación a la Palma de Oro y en los premios del Círculo de Críticos Cinematográficos de Nueva York le fue concedido un segundo lugar como mejor actriz; pero más allá de todo, el legado cinematográfico de la película fue construir una visión del mundo y del hombre que bien podríamos denominar “mediterránea” y que buscaba re interpretar, como un estilo de vida y no sólo como un discurso filosófico, los valores que habían hecho crisis durante las dos grandes guerras; valores como la acumulación de bienes como sinónimo de éxito, la revalorización de la sencillez frente a los gustos comerciales y prefabricados, una poética que aunque se identificaba con las izquierdas carecía en realidad de un discurso político organizado y que de cierta manera correspondía a las propuestas del folk norteamericano y del folclorismo latinoamericano; sin embargo, a diferencia de sus pares del nuevo continente, el estilo mediterráneo apelaba a un sentido humanista inspirado en la tradición poética de sus pueblos y en un sentido occidentalista que exaltaba las características peculiares de la región más allá de continentes y naciones; a este estilo pertenecían Joan Manuel Serrat, George Moustaki, Georges Brassens, Mikis Teodorakis, Dimitri Kristodoulos, Nana Moskouri y Melina entre otros; cuando los griegos atravesaron la noche obscura de la tribulación, aquel estilo les sirvió de apoyo y refugio; Melina grabó en griego las más importantes canciones de Moustaki, su interpretación de “El extranjero” – O Metoikos -, se convirtió en un himno para quienes tuvieron que beber las amargas aguas del exilio; Moustaki promovió la presencia de Melina en Francia y exaltó sus propias raíces helénicas haciendo brillar canciones de Hadjidakis como Kaïmos que se convirtió en la conclusión habitual de sus recitales; en el fondo de la versión griega del estilo mediterráneo yacía como fuente e inspiración la poesía de Kavafis y de Elites así como el pensamiento de Kazantzakis.

Es cierto que la película peca de cierta inocencia y que, por momentos, recurre a clichés habituales, pero en realidad Dassin se preocupa por alcanzar el lenguaje más sencillo posible para destacar  al encontraste entre Homer Thrace, un turista norteamericano con ilusiones de filósofo aficionado que busca en Grecia la verdad sobre la decadencia de la cultura occidental y en particular de Grecia, por la que experimenta una fascinación heredada de su padre; Jules construye un personaje simpático aunque patético, hecho de retazos de estereotipos del turista americano de la posguerra, se trata de una caricatura cruel de su propio país y del momento histórico y político que lo ha lanzado al exilio en contraposición a Ilia, una prostituta que goza del cariño y aprecio de sus clientes por su frescura y simpatía; al filósofo le llaman la atención algunas de las características de aquella mujer; su independencia irreductible – no se guía por los precios de su oficio pues ´solo se presta a hombres que le gustan – y no recibe órdenes de nadie; su sensibilidad por el arte y la cultura – no es ignorante, sabe de filosofía y se enternece con el teatro clásico – y por una curiosa peculiaridad, nunca trabaja en domingo, día que consagra al descanso y a abrir las puertas de su casa para agasajar a sus clientes que, en el fondo, son sus auténticos amigos. Ilia pertenece a una figura de mujer librérima insumisa como la Gabriela de Jorge Amado, que hacen de su sexualidad un elemento del ejercicio de su vida sin ataduras.

Homer cree descubrir en Ilia las claves para explicar la pérdida de la grandeza del pueblo helénico y se propone redimirla, extraño pigmalión en que se mezclan el Nejludov de la Resurrección de Tolstoi y el Nacib de la Gabriela de Amado. Thrace se propone redimir y salvar a Ilia liberándola de su oficio; sin embargo, lejos de ello se ve envuelto en un profundo debate sobre el sentido de la vida; cuando él le pregunta dónde ha aprendido tantos idiomas, ella le contesta con sinceridad: “en la cama”; pero es aún más revelador este diálogo:

Homer.- Ella los asesinó. ¿No dice Medea “maté a mis hijos”?

Ilia.- ¿Y tu le crees? No entiendes a las mujeres. Medea ama a su marido ¿cierto?

H.- Si

I.- Entonces ella dice a su marido que ha matado a sus hijos para asustarlo, para hacerlo volver.

H.- ¡No!

I.- Si. Ella lo tiene de vuelta, todos se van, todos son felices y se van a la playa. ¡Eso es todo!

H.- Si te muestro todo lo que se ha escrito sobre Medea siempre se dice que ella mató a sus hijos, si le preguntas a diez de cada diez personas que han visto la obra te dirán que es verdad; entonces, por simple lógica… eres griega, debes ser lógica.

I. ¿Porqué?

H.- Porque  el más grande de todos los griegos, Aristóteles, inventó la lógica. El dijo…

I.- ¿Quién?

H.- Aristóteles.

I.- ¿Aquél que el Capitán dijo que pensaba que los hombres son todo y las mujeres son nada? No me interesa lo que dijo Aristóteles.

Es entonces, en aquel momento, cuando Melina se ha consolidado como la imagen de una Grecia culta y libre, llegó el día de la tribulación, los años obscuros habían comenzado.

Aquí una de las partes más hermosas y celebradas de la película:

Grecia de mujeres y diosas

Ten siempre en la mente a Ítaca

Kavafis

Medea, hija de Eetes, el Rey de Cólquide y de la ninfa Idía, hija de Océano; Circe, hija de Helios, titán preolímpico, y de la océanida Perseis, hermana de Eetes, tía de Medea, hermana también de Pasifae; Calipso, hija de Atlas, que se apoderó de Ulises al que sedujo y agasajó por siete años Y al que no pudo poseer para siempre, porque el tuvo constante en mente a Itaca. María Amalia Merkouris, nieta de Spyros y Stamatis Merkoúris, artista de talento, exiliada durante la dictadura, parlamentaria, ministra de cultura y precursora de la devolución de las esculturas del Partenón de Atenas; ella como Ulises siempre tuvo en la mente a Itaca. Todas ellas mujeres de una cultura tan antigua como la civilización; todas ellas imbatibles, dueñas de si mismas, todas ellas constructoras de la grandeza de Grecia.

La historia de María Amalia Mercury, Melina Mercury para el mundo, comenzó hace 2500 años. Pericles, el rodeado de gloria, había vencido a los persas a los 26 años; a los 54 había acumulado todo el poder de Atenas reunión toda la riqueza para crear las obras más opulentas de la cultura occidental. La cuna de todo lo que consideramos hermoso; los Propíleos, la Acrópolis de Atenas, la escultura de Atenea Promacos Y de entre de ellos, el Partenón. El templo en un exvoto, el agradecimiento de su pueblo por una victoria que parecía imposible; el combate, más que dos pueblos, de dos maneras de comprender la vida del universo; aquella montaña que domina Atenas es, así, la lámpara votiva no de la antigua Grecia sino de toda nuestra cultura.

En el año 447 a. C., Pericles hizo traer del monte Pentélico, a kilómetros de distancia Noreste de Atenas Y al sureste del maratón, Y donde, aún hoy se tiene un precioso mármol blanco con el que se restaura el Acrópolis. Su materiales de una blancura uniforme tan perfecta que luce dorada cuando el sol poniente le ilumine, desde tiempo inmemoriales fue consagrado a crear el arte de imperecedera belleza; nuestra propina de perfección humana hermana de aquellos 2170m², se elevan en nuestro imaginario colectivo desde los  once metros de sus columnas. A las órdenes del político y militar estuvieron los más grandes artistas de su época, los arquitectos Ictinio y Calícrates, arquitectos cuyo trabajo es hoy, como entonces, nuestro modelo de armonía y perfecta proporción; Fidias, epónimo de los escultores, creador de los frisos y capiteles, de miles de estatuas y, de entre ellas, la colosal imagen de Atenea Partenos, con sus trece metros en marfil y oro que más de dos milenios después, desaparecida para siempre, es la idea que conservamos de la belleza y la riqueza.

La propia concepción del centro ceremonial es la semilla de la idea occidental de cultura y civilización, toda la belleza puesta servicio de lo que podemos llamar los bienes superiores, aquellos que solo en común se desean y solo en común se alcanzan, aquellos que consideramos sagrados pero que son tan frágiles que merecen todo nuestro cuidado y protección, nos queremos hacer constar emolumentos inscripciones, en leyes y novelas, los que creemos necesarios de generación en generación desde hace miles de años. El templo principal estaba consagrado al más querido de sus valores, aquel que nos permite admirar, contemplar y comprender todos los demás, la inteligencia. La colina de Acrópolis, la ciudad toda y su templo eran en el hogar de Atenea Partenos, la pura, la virgen; la principal de sus advocaciones.

Los occidentales tenemos una peculiar relación con inteligencia, la adoramos y admiramos, también la tenemos y a veces la repudiamos pero siempre consideramos como una de las características que nos hacen humanos; casi podríamos afirmar que procuramos cierto cariño pues vemos en ella la gracia de la contemplación, la sabiduría de la adaptación Y el poder de acción. La representación de Atenea es una muestra de cómo los occidentales nos relacionamos con el pensamiento; es de la escultura griega de donde nace la concepción occidental del arte en tres dimensiones, rompió la rigidez e inmovilidad del canon egipcio y babilónico; en su ciudad – nos recuerda Alfonso Reyes – Atenea abre los ojos y “arriesgó un discreto paso con el pie izquierdo y ensayó una sonrisa”; al decir que inteligencia nos sonríe queremos decir tanto como que podemos dominar el universo. La historia de la diosa es terrible nos lleva hasta antes de comenzar el camino por el cual las mujeres perdieron la parte del poder y comenzaron la larguísima noche la cual se perciben ya los albores pero que aún termina; para los griegos la inteligencia es una mujer.

Atenea era la hija de Zeus, el más grande poderoso de todos los dioses, la gente de su primera esposa, Metis – la prudencia pero también la intriga, digamos, las funciones más primitivas del pensamiento – a la que el padre de los dioses devoró mientras gestaba a su hija. Llegado el tiempo del alumbramiento el padre comenzó experimentar atroces dolores de cabeza que lo haría sentir un pequeño esbozo de la condición humana, por lo que tuvo que pedir a Hefestos que partiera su frente con una hacha de donde nació la diosa adulta y con arreos guerreros. Atenea era una diosa armada, reverenciada y querida dulcemente por su pueblo; Homero le llama Palas – la joven – la ojizarca que es también ojos de búho y miles de años después – también lo trae a cuento Alfonso Reyes – Ruskin la invoca diciendo “una Atenea en el cielo, una Atenea en la tierra y una Atenea en el corazón”. Se trata de la deidad a la que se debe toda protección en cada momento, no es diosa de la guerra – porque la guerra por sí misma es irracional Y aunque lo sabemos desde hace milenios la seguimos practicando – pero siempre esta vestida como una guerrera y jamás se la puede ver sin su casco, su lanza y su escudo porque la inteligencia nos protege. Atenea es la batalladora que administra las presas ganadas en batalla, a ella recurre su padre, según la Ilíada, para expulsar a Ares como una metáfora del poder superior de la razón sobre la fuerza. Los atenienses amaban a Atenea porque, para ganarse patronazgo de la ciudad la diosa del regaló uno de los dones más preciados para aquel pueblo y para nuestra cultura: el olivo, del cual tomamos el amargo placer del aceituna, el aceite que es óleo de consagrar y el ramo que es símbolo universal de la paz y la gloria. A diferencia de otros dioses Atenea se conduele de los humanos, los entiende y goza de su compañía por eso desciende del Olimpo en amable coloquio con Aquiles Y Diómedes y guarda especial cariño por Ulises al que acompaña, en forma de golondrina, en la matanza de los pretendientes e impone silencio a las tropas para que presten atención a su arenga. Como guerrera comprensiva, su templo en Egea era casa de refugio político y en Éfeso hospicio para los esclavos heridos.

Andando los siglos el Partenón no conservo su carácter sagrado y aún hoy, cuando los dioses se han marchado, la Acrópolis y su templo principal siguen cubiertos por un aura solemne y devocional que hemos guardado lo más profundo de nuestro corazón; en 394 Teodosio declara el cristianismo como religión oficial del imperio, en consecuencia suprimió los Juegos Olímpicos de tradición milenaria, arrasó el oráculo de Delfos y prohibió el culto en los templos paganos; el Partenón entra en una primera aunque breve etapa de abandono, las manos del buen pueblo de Atenas, sin embargo, se niegan a olvidar su casa y procura su cuidado, carece ya de culto pero se conserva intacto; el furor cristiano, por otra parte, acometa contra el arte y la belleza del templo y muchas de sus obras son destruidas o robadas; de aquella época es la última noticia que se tiene de la colosal escultura de Atenea Partenos

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