El libro nuestro de cada martes: La muerte del pequeño burgués de Franz Werfel, Ed. Universidad Veracruzana

Franz Werfel, el imperdonable, como lo llamó Kafka, escribió estos cuentos como un réquiem al Imperio perdido; la huella de su paso consta no solo en belleza y expresión sino en la memoria de su grandeza y su decadencia. Un libro de especial belleza editado por la universidad veracruzana.

La muerte del pequeño burgués de Franz Werfel. Ed. Universidad Veracruzana

El libro nuestro de cada martes: Nos vemos allá arriba de Pierre Lemaitre, ed. Salamandra

Para recuperar el sentido de la aventura, de la narrativa sabrosa, sin artificios ni fuegos artificiales, este libro derrota las fronteras entre best sellers y literatura de culto, porque es literatura bien hecha, así, sin más. Volver sobre la memoria de la Primera Guerra Mundial es volver sobre el inicio de nuestros conflictos y nuestros prejuicios. No lo dude, hay que leerlo.

Algo más sobre el libro:

https://elpais.com/cultura/2014/05/26/babelia/1401107760_904345.html

Trailer de la película basada en la novela
El autor habla de su libro y su secuela

Las citas de los viernes: El peatón de París de Léon-Paul Fargue, ed. Errata Naturae

Iniciemos el año volviendo los ojos a nuestros sueños, a los viajes, a las cosas buenas de la vida, a las que volveremos pronto. Con un fraternal y afectuoso abrazo, de Léon-Paul Fargue, los momentos estelares de un libro entrañable en magnífica edición de Errata naturae:

La inspiración, es el reino escaso del pensamiento, acaso sea como un día grande de mercado en la comarca. Estalla el regocijo en algún lugar de la materia gris: las necesidades se ponen en movimiento como la carretilla del hortelano; se oye el galope de las pesadas carnes de las ideas; los arqueros y los húsares de la imaginación cargan contra el papel impoluto. Y he aquí que ese mismo papel se cubrirá como por mágica operación, como si, a ciertas horas oyésemos en la región que se extiende de una a otra el crepitar de una metralleta de escribir. La inspiración en el arte me parece el paroxismo de la facilidad.

El escritor solo me estimula en tanto en cuanto me desvela un principio físico, en  tanto en cuanto me da a entender que podría trabajar con sus propias manos, ser pintor, escultor, artesano, cuando me muestra el sentimiento de lo “concreto individual”. Sino imprime a su obra el carácter de un objeto insólito, me interesa solo    marginalmente.

Una muestra de dignidad nos la proporciona las amantes burguesas con quienes se citan industriales o representantes del centro parisiense; en la Chapelle o más abajo, entorno a las estaciones du Nord y de l’ Est, en restaurantes de sibaritas, en brasseries discretas y amplias donde el amor inspira a partes iguales a Bourguet, a Steinlen y a Kurt Weill. Queridas adornadas con llamativos anillos y collares de perlas, enlutadas si su amigo ha perdido a un abuelo, y cuyos robusto senos evocan toda una serie de meditaciones dedicadas a la maternidad ficticia. Amantes serias…

Entonces es la Chapelle realmente ese país de las lúgubres y cautivadoras  maravillas; el paraíso de los marginados, de las chiquillas vagabundas y de los fortachones a los que no se les cae el honor de la boca ni la lealtad de los puños; el Edén sombrío, diurno y nostálgico que los soldados celebran de noche en los dormitorios colectivos para vencer el hastío solitario.

Ninguna necesidad hay de escribir para llevar poesía en los bolsillos. Para empezar tenemos los que escriben, y constituyen una academia errante. Y luego están los que conocen los secretos del maridaje – fuente de felicidad – de la sensibilidad y el barrio. Por ello atribuyo el noble título de poeta a los carreteros, vendedores de bicicletas, tenderos, horticultores, floristas y cerrajeros de la Rue Château – Landon o de la Rue d’ Aubervilliers, del Quai de la Loire, de la Rue du Terrage y de la rue des Vinaigriers. Es verlos con su sonrisa, corriendo por la acera cincelada de fatigas, preguntando por sus hijas, viendo a sus hijos soldados, y sentir el regocijo en las tuercas más recónditas de mi viejo y cándido corazón.

Léon Daudet no se equivoca cuando escribe que Montmartre es un París dentro de París del que Clemenceau fuera alcalde. Un día caminaba yo por la Rue Lamarck, desde donde se divisa todo el puzzle de la capital, con un amigo del Tigre que había guerreado en la Comuna, cuando nos abordó un gran personaje de la República que se encontraba en Montmartre en viaje oficial.

¿Viaje oficial? Preguntó el amigo de Clemenceau – ¿Viene usted a inaugurar una estatua, a crear una logia o a condecorar a un pintor fallecido?
Nada de eso, he venido a ocuparme de un trámite con un indígena que no se desplaza. Montmartre tiene zonas comunes con el Olimpo, y aquí he entablado mis más hermosas amistades: Zola, Donnay, Caius, Picasso, Utrillo, Max Jacob y hasta Vaillant…

Cafés de mala muerte, cafés para hombres de los bajos fondos, cafés para hombres sin sexo, para damas solitarias, cafés de chapistas, cafés decorados a la muniquesa, esclavos del cemento armado, de la agencia Havas; los “Noyau”, los “pierrot”, los cafés con nombres ingleses, los bistros de la rue Lépic, los barrecillos de la Place Clichy, dan cobijo a los mejores clientes del mundo. Porque el mejor cliente de café del mundo sigue siendo el francés, que va al café por ir al café, para organizar competiciones de bebidas, o para entonar con sus camaradas himnos patrióticos.

Daragnès, uno de los príncipes de esta nueva vía (se refiere a la ampliación de la rue Junot), percibe claramente que la etapa de las braseros montmartresas ha concluido, que otra guerra ha pasado por allí; la del cemento, el jazz, el altavoz, y cada vez que va a buscar su dosis de vitaminas al café se traslada a la otra orilla de París, a la eterna orilla izquierda, al Lipp o al Deux Magots…

Poco a poco la gran sala se llenó de gigolós con un libro en el bolsillo que huían de la escuela secundaria, de periodistas sin periódico y de esos niños de papá necesitados, que esperan que las coyunturas les caigan del cielo parisino bien asaditas a la misma boca. Se pedían los primeros cócteles. Tenía la sensación de encontrarme a la buena ventura en la sala de espera de algún profesor, o en una estación cosmopolita en la que cada uno aguardaba un tren maravilloso con destino a la fortuna. Impresión reforzada por la llegada del Paris-Midi sobre el que la gente se avalanzaba como si de un comunicado oficial se tratase. Y a todo esto, de mi provincia, ni rastro. Había no pocas mujeres, cosidas a las mesas como si fueran adornos, y todas soñaban, a buen seguro con la película que las rescataría de la mediocridad; pero ninguna lucía la enseña de provincias, ninguna había acudido a una cita…

Según me alejaba por fin de la avenida la vi repentinamente, aquella tarde de otoño, como una inmensa playa formada por la confluencia de todos los cafés donde los parisinos van a tomar baños de frescor y de luna después de cenar…

De ese paisaje (sobre el cual han crecido como por capricho los monumentos más importantes, como la Torre Eiffel; los más sospechosos como la Cámara; los más gloriosos como el Institute de  France) es la parte central, la más conocida y transitada y sin duda son los quais de Conti y Malaquais los que se llevan la palma ex-aquo. He preguntado a mendigos, a indigentes de la mejor calaña por qué preferían aquellos los quais antes que los demás, sobre todo para dormir en sus riberas, impregnadas de sus olores a paja, absenta y zapato que dulcemente transporta el Sena: “Porque”, no me contestaron, “nos sentimos más a gusto, casi como en casa. Además los sueños son más distinguidos.

Por las mañanas los ancianos barbudos y acartonados, mezcla de genialidad y temor, grandes paseantes colmados y pensativos, que se adivinan maliciosos o instruidos, con aspecto de acarrear fardos de nostalgia y al mismo tiempo de atesorar secretos venerables, mercaderes caídos de algún museo holandés se dirigen hacia la sinagoga sin ver nada más, como patrones, mientras el proletariado judío de la Rue de Rosiers los observa con envidia y estupor, pues son sabios y ricos.

La place Saint-Germaine-des-Prés, ausente en las peroratas dirigidas a yugoslavos y escoceses del altavoz del autocar “París la nuit”, es, sin embargo, uno de los rincones de la capital donde más “a la última” se siente uno, más cercano a la verdadera actualidad, a los hombres que conocen la entretela del país, del mundo y del arte. Y esto es así incluso los domingos, merced al quiosco de prensa de la esquina de la plaza con el bulevar, una casa muy bien surtida de rotativos de todas las tendencias.

Porque la Plaza vive, respira, palpita y duerme a través de la virtud de tres cafés célebres ya como instituciones del estado: el Deux Magôts, el Café de Flore y la Brasserie Lipp, cada uno de sus propios funcionarios, sus jefes de departamento y sus chupatintas, que pueden perfectamente ser novelistas traducidos a veintiséis lenguas, pintores sin taller, críticos sin columna, o ministros sin cartera…
    Desde que dejara de preguntar al patrón por su socio, el café de Deux Magôts, “de deux mêgots”, para los iniciados es un establecimiento asaz pretencioso y solemne donde cada consumidor representa un literato para el vecino, donde unas casi ricas y casi bellas acuden para bostezar e insinuarse a los últimos surrealistas, cuyo nombre salva océanos a pesar de no trascender del bulevar…

Refiriéndose al famoso Chat noir de la Rue Victor-Massé: “ese gato, que supo conciliar la leyenda dorada y la cava; ese gato socialista y napoléonico, místico y salaz, macabro y proclive a la romanza, fue un gato muy parisino y casi nacional. Expresó a su manera el amable desorden de nuestros intelectos. Nos regaló veladas verdaderamente divertidas. 

El parisino no es una criatura misteriosa. No es ni borgia, ni lord inglés, ni boyardo, ni yanqui, ni mandarín, ni oficial retirado, ni clerisonte. El parisino es un señor que va al Maxim’s, sabe decir dos o tres trilladas a su estanquera y muestra por lo general mucha amabilidad por las mujeres. Ama los libros, gusta de la pintura, conoce los restaurantes dignos de ese nombre, no contrae demasiadas deudas - sino ninguna - y lega a sus hijos líos de faldas sin resolver.

El parisino era un hombre al que le daba gusto encontrarse, lo sabía todo, le sonreía, aún presa del cansancio, aún cuando tu presencia lo fastidiara, y siempre exclamaba: ¡Cuanto me alegro de verlo! Al cabo de media hora se alegraba de veras…
Ciertos hombres encierran tesoros de gracia, inteligencia, de amabilidad, todo ello aderezado con deliciosas insidias y un toque de malicia; tesoros de paciencia y de astucia, mezcla de cortesía y argucia que los convierten en elementos imprescindibles no sólo de los salones de París, sino de ciertas librerías, de ciertas galerías de arte y de la mayoría de los ensayos generales.

En una eventual guerra los aviones enemigos recibirían el ataque del murmullo de la historia, elegancia y amor que París desprende, y que una presencia providencial, una suerte de encanto irresistible les obligaría a dar marcha atrás para dejar intacta sobre el relieve del mundo, una planta de goces y placeres que mucho tardaría en echar raíces.

El libro nuestro de cada martes: La pandilla de Asakusa de Yasunari Kawabata

Un libro sobre un tiempo extinto y una pasión permanente

Siempre me gusta volver a los libros de Kawabata, su prosa dúctil, serena y llena de imágenes de particular belleza, pero ahora, al regresar me recibe con un libro distinto, su primera novela y la última que fue traducida a idiomas occidentales. La Pandilla de Asakusa habla de la revolución cultural de los años veintes, de aquel encuentro con el Jazz, la pintura y en el caso del Japón, con la occidentalización. Muchos autores la han comparado con Dublineses, por ejemplo, o encuentran puntos de contacto con Hemingway, el hecho es que se trata de una novela de experimentación, de luz y movimiento, un rasgo distinto en Kawabata. Se trata pues, de una novela que uno no puede ni debe perderse.

Algo más sobre el libro:

Una opinión interesante: http://www.elpesodelaire.com/2016/09/la-pandilla-asakusa-yasunari-kawabata.html.

Un homenaje al autor

El libro nuestro de cada martes: Francia contra los robots de Georges Bernanos

El tiempo del encierro, el semiencierro, la resistencia, nos hace pensar en la manera en que tenemos que enfrentar la crisis, no sólo la de salud sino también la económica y la humana; la tecnología que parece ayudarnos se convierte, también en una especie de perverso cordón umbilical que nos une al mundo pero que se convierte también en un filtro que requerimos para ver e interpretar la realidad.

Bernanos, un intelectual francés de derechas, de una peculiar tendencia de derecha, que abjuró del franquismo y se afilió a la resistencia, que vivió en el Brasil como exiliado por negarse a colaborar con Vichy, nos muestra una visión sobre el fascismo y el futuro que entonces se avizoraba; coincidencias, disonancias y concordancias. En fin, un libro que no se puede perder en este tiempo.

Algo más sobre el libro:

https://www.milenio.com/cultura/francia-contra-los-robots-una-mirada-a-nuestro-tiempo

Un pequeño documental sobre Bernanos, el escritor (en francés):

El rincón de la bibliografía: Feliz cumpleaños Edith Wharton

Hoy es cumpleaños de Edith Wharton; una autora magnífica, divertida y profunda, consciente y aguda que deberíamos leer en el ámbito hispano con mayor frecuencia. Para celebrarla y compartir su literatura, aquí su bibliografía como siempre, comentada con material adicional. Que ustedes la disfruten.

Las hermanas Bunner

http://www.editorialcontrasena.es/LAS-HERMANAS-BUNNER-book.html

La piedra de toque

http://www.abretelibro.com/foro/viewtopic.php?f=19&t=54475

Crucial Instances.

https://www.gutenberg.org/files/7516/7516-h/7516-h.htm

El valle de la decisión.

https://vorpaleditorial.wordpress.com/edith-wharton/

Santuario.

http://impedimenta.es/libros.php/santuario

La casa de la alegría, 

https://koratai.com/resena/casa-de-la-alegria-edith-wharton

El fruto del árbol

http://elespejogotico.blogspot.com/2009/09/edith-wharton-novelas-relatos.html

Madame de Treymes

http://impedimenta.es/libros.php/madame-de-treymes

Ethan Frome

https://www.gutenberg.org/files/4517/4517-h/4517-h.htm

El arrecife

http://unaisladepapeles.blogspot.com/2018/12/el-arrecife-de-edith-wharton.html

Las costumbres del país,

https://www.tapatalk.com/groups/libroadictos/las-costumbres-del-pais-edith-wharton-t1241.html

Estío

https://www.alianzaeditorial.es/libro.php?id=4938112&id_col=100500&id_subcol=100501

El Marne

https://letrasenvena.com/2018/marne-edith-wharton

La edad de la inocencia 

https://www.planetadelibros.com/libro-la-edad-de-la-inocencia/244078

La Solterona

http://impedimenta.es/libros.php/la-solterona

Reflejos de luna,

http://nuevabarataria.blogspot.com/2010/03/reflejos-de-luna-edith-wharton.html

Un hijo en el frente

https://www.planetadelibros.com/libro-un-hijo-en-el-frente/88405

La renuncia

http://www.sopadelibros.com/book/la-renuncia-edith-wharton

Sueño crepuscular

http://www.joseplorman.com/es/blog/sueno-crepuscular/

Los niños

https://elpais.com/diario/2005/04/09/babelia/1113004223_850215.html

Hudson River Bracketed

https://www.penguinrandomhouse.ca/books/550783/hudson-river-bracketed-by-edith-wharton/9780735252585

Certain People

https://www.goodreads.com/book/show/3378439-certain-people

The Gods Arrive

https://www.littlebrown.co.uk/books/detail.page?isbn=9781844083558

Human Nature

https://www.goodreads.com/book/show/13559910-human-nature

Las bucaneras

http://abookadayparis.blogspot.com/2016/08/las-bucaneras-de-edith-wharton.html

Atado y suelto

http://www.revistamundodiners.com/?p=6390

Vieja Nueva York

http://www.anobii.com/books/Vieja_Nueva_York/9788423335336/01adee33efd6879ff6

La carta

https://www.elcultural.com/revista/letras/La-carta/2510

Francia combatiente

https://www.solodelibros.es/francia-combatiente-edith-wharton/

La mujer y el amor

https://www.nexos.com.mx/?p=10252

Fiebre romana

https://leersinprisa.com/edith-wharton-una-relatista-neoyorquina-cambio-siglo-1891-1937/

Almas rezagadas

http://www.lecturalia.com/libro/35049/almas-rezagadas

La inclinación más fuerte

http://www.traspies.com/la-inclinacion-mas-fuerte/

Relatos de fantasmas

https://www.fabulantes.com/2013/06/relatos-de-fantasmas-edith-wharton/

Una mirada atrás

https://www.republica.com/libroficcion/2011/08/31/relecturas-una-mirada-atras-de-edith-wharton/

Viaje por Francia en cuatro ruedas

http://mis-cronicas-de-viaje.blogspot.com/2011/12/la-edith-wharton-viajera-viaje-por.html

En Marruecos

http://www.leeryviajar.com/viajes/en-marruecos/

Cuaderno de viajes: el viaje considerado como una de las bellas artes 

https://www.agapea.com/libros/Cuaderno-de-viajes-el-viaje-considerado-como-una-de-las-bellas-artes-9788439706748-i.htm

Del viaje como arte. Travesías por España, Francia, Italia y el Mediterráneo 

http://lalineadelhorizonte.com/121-del-viaje-como-arte-9788415958437.html

Un interesante video sobre Edith Wharton y la literatura de fantasmas

https://canal.uned.es/video/5a6f163fb1111f846a8b4674

El rincón de la Bibliografía: Feliz cumpleaños John Dos Passos.

En un aniversario más del nacimiento de John Dos Passos, Cisterna de Sol ofrece su bibliografía y datos de interés.

Que ustedes lo disfruten.

La iniciación de un hombre

http://erratanaturae.com/libro/la_iniciacion_de_un_hombre/

Tres soldados

https://www.megustaleer.com/libros/tres-soldados/MES-038497/fragmento

Rocinante vuelve al camino

http://cincuentopia.com/rocinante-vuelve-al-camino-de-john-dos-passos/

Manhattan Transfer

https://www.revistadelibros.com/articulos/rnjohn-dos-passos-manhattan-transferrn

La primera catástrofe

http://www.elaleph.com/libro-usado/La-primera-Catastrofe-de-John-Dos-Passos/7611511/

U.S.A. (trilogía)

El paralelo 42 

https://www.edhasa.es/libros/169/paralelo-42

1919 

http://www.lecturalia.com/libro/6097/1919

El gran dinero

https://www.traficantes.net/libros/el-gran-dinero

Aventuras de un joven

https://www.planetadelibros.com/autor/john-dos-passos/000002117

Número uno

http://www.tematika.com/libros/ficcion_y_literatura–1/novelas–1/general–1/numero_uno__el_pocket–119279.htm

El gran destino

https://elpais.com/diario/2005/02/06/eps/1107674809_850215.html

Distrito de Columbia

https://www.excelsior.com.mx/expresiones/2016/01/15/1069050

Mediados de siglo

http://lugaresconhistoria.com/john-dos-passos-de-nueva-york-a-la-mancha-profunda-y-a-denia-2

Teatro

Garbage Man

https://www.thecrimson.com/article/1926/10/18/the-garbage-man-by-john-dos/

Airway Inc.

http://www.johndospassos.com/writings/airways-inc/

Memorias

Años inolvidables

https://www.zendalibros.com/john-dos-passos/

Un interesante reportaje sobre la visita de Dos Passos a Buenos Aires

El libro nuestro de cada martes: El busto del Emperador de Joseph Roth

Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Roth, una de las plumas más exquisitas del siglo XX, de las más torturadas y también de las más expresivas, crea en una pequeña novela un universo gigantesco. Enamorado fiel del imperio Austrohúngaro, otro universo del que fue ciudadano a cuya desaparición nunca pudo resignarse, expresa su romance con ese tiempo y con ese tapiz abigarrado de idiomas y culturas.

Su recorrido por aquel mundo que fue, en el que se transitaba de un tiempo a otro tan sólo cruzando una calle, de un ámbito cultural a otro completamente distinto a unas horas de tren y todos bajo un sentido imperial como continuidad de poder y de identidad, era algo que le permitía mantener la fe en la posibilidad de un mundo de convivencia; su caída fue para él, un golpe del que no podría ya reponerse y que culminó con su propia caída.

En sus últimos años, la remembranza del imperio austohúngaro fue el único refugio al que pudo recurrir; acosado por sus acreedores, sumido en el alcohol e incluso, rechazado como refugiado, la añoranza fue en él más que un bálsamo, un hogar. Se cuenta que al final de sus días intentó emigrar a México, pero que su familia y amistades aquí no pudieron reunir a tiempo todos los requisitos.

El busto del emperador es también un refugio de lectores, ya se sabe, como decía Cortázar, de un tiempo acá, el único lugar donde se puede estar tranquilo es en los libros.

Algo más sobre el libro:

http://www.acantilado.es/catalogo/el-busto-del-emperador/

 

La muerte de los poetas

Rafael Alberti, decía sobre las palabras y la guerra, “qué dolor de papeles que ha de barrer el viento, qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua”, porque en el fondo la guerra se hace contra las palabras, contra las razones y los argumentos; los totalitarismos, los autoritarismos y las guerras que son la suma de ambos extremos aún cuando ésta se cause o se dirija desde una democracia. La guerra no es nunca un método ni una estrategia, la guerra se vuelve un fin en sí mismo, una especie de monstruo viviente que toma su propia fuerza y que su propia espiral de odio y destrucción con lógica – si es que puede llamarse de esa manera – independiente de los contendientes y de los resultados; Edmund Blunden, el poeta inglés asesinado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, decía que ningún ejército habría ganado la guerra ni podría ganarla, que la guerra había ganado.

Por eso son particularmente dolorosas las muertes de los poetas en los conflictos bélicos, porque si no es a ellos, a quién podríamos dirigirnos en busca de belleza en medio de la destrucción, a quien implorarle las palabras que nos hablen de la memoria antes de la sangre y el fuego, a quién pedirle que sueñe la esperanza del mundo que vendrá cuando se levanten las ciudades desde las ruinas de los bombardeos y los campos barridos de napalm puedan de nuevo dar frutos.

La insurrección franquista se llevó a Miguel Hernández y a Federico García Lorca, a Antonio Machado, eso sin contar a los muchos que tuvieron que morir fuera de su patria; las dictaduras latinoamericanas se ensañaron con los poetas, mataron de tristeza a Neruda y de bala a Victor Jara; la Primera Guerra mundial se llevó a Edward Thomas, A Rupert Brooke, a Isaac Rosenberg, a Wilfred Owen, a Francis Ledwige, a Julian Grenfell, a Charles Sorley y a T. E. Hulme; el estalinismo, en una sola noche alucinante asesinó a las más diáfanas plumas en lengua yiddish de la Unión Soviética; Markish, Hofstein, Fefer, Kvitko, Bergelson, Zuskin, Talmy, Vatenberg y Emilia Teumin; pero si algún gran enemigo tiene la palabra es sin duda el fascismo, el propio fenómeno nazi es un enorme silencio para oprimir la palabra, dede la pequeña cronista Anne Frank, hasta Frans hessel, Max Jacob, Janusz Korczak, Arno Nadel, Irene Nemirovsky, Gruno Schulz asesinado a tiros en plena calle, David Vogel, todos ellos muertos en campos de exterminio o en salas de tortura o fusilados a media calle, ellos más los que no pudieron con los estigmas de la violencia y la segregación se suicidaron por las huellas implacables de sus verdugos, como Walter Benjamin, Primo Levi, Ernst Weiss y Stefan Zweig.

Ningún poeta canta la grandeza de la guerra ni la belleza del combate; al contrario, cantan lo que se ha perdido: las tardes de sol y esperanza y el retorno de la amada; los valores por los que vale la pena apostarlo y aún perderlo todo: la libertad y la justicia, por ejemplo, pero no los campos sembrados de muertos infértiles; los poetas no cantan la destrucción sino la vida, por eso resplandece el libro de Remarque, “Sin novedad en el frente”, como el alegato contra el belicismo y el derecho de los hombres a vivir y morir en paz.

Acaso sea que tanto la guerra de España contra el fascismo y la rebelión, así como la defensa de la cultura occidental frente al totalitarismo encarnado en los Nazis; las revoluciones latinoamericanas contra sus férreas y violentas dictaduras, las guerras contra el colonialismo europeo, enfrentaban valores y formas de visualizar el honor y por eso, a la distancia centenaria y casi centenaria, aprendimos a leer su épica y a visualizar su enormidad heroica, perdemos de vista que en el fondo todo conflicto armado es una vergüenza enorme, una pérdida absoluta y la negación de nuestra razón como especie civilizada.

Volvamos al lamento de Alberti frente a la crueldad y el desamparo de la guerra, a su visión del mundo vuelto al revés dejando mostrar sus hás horrendas costuras, a Alberti decir, como todos los poetas que no vieron el final de los conflictos que los volvieron víctimas: “Siento esta noche heridas de muerte las palabras”.

Tras los pasos de Alfonso Reyes en Madrid. 100 años después. Segunda Jornada

Segunda jornada. Noviembre 8, 2015.

El día de la Almudena es fiesta en Madrid. Hoy, la virgen se da un paseo desde la muralla en donde milagrosamente un día como hoy fue descubierta, hasta Plaza Mayor repitiendo el camino que emprendió en la fecha de su vuelta a la vida. Anoche hubo celebración por todo Madrid de modo que si los madrileños son de suyo trasnochadores y malos madrugadores, en un día como hoy las diez de la mañana ofrecen todavía un tiempo fresco, de calles semidesiertas antes de que, como se espera, la ciudad se transfigure por la tarde cuando las multitudes salgan al paseo y a la compra dominical.

Antes de acudir al Prado es necesario un ritual previo, hay que acudir a Lhardy, restaurante de tradición, en el que no hay desayunos, ni churros siquiera, pero la bollería es soberbia y su chocolate tan rico, potente y espeso que apenas un grado más lo haría un plato de ternera. En ese restaurante, durante una reunión del Ayuntamiento de Madrid, Alfonso Reyes pronunció su ofrecimiento heroico:

Cuando un día, cierto acto municipal yo me declaré, invocando la memoria de Ruiz de Alarcón, “un voluntario en Madrid…”

Y fue ahí mismo, en su salón que era ya famoso en el reinado de Alfonso XII, que tuvo días de gloria durante la era republicana, resistió los amargos días de la guerra y el asedio y, después de unos años de castigo durante el afianzamiento de la dictadura, con el tiempo fue recuperando su antiguo esplendor; Reyes fue despedido al final de su misión diplomática, en una comida celebrada el 12 de abril de 1924, a la una y media – recordaría siempre Reyes – a la que convocaron Eduardo Gómez de Baquero, Francisco de Icaza, Azorín, Enrique Díez Canedo, José María Chacón y Calvo, Manuel Azaña, Ramón Gómez de la Serna, Melchor Fernández Almagro, Antonio Marchamar, Edgar Neville y Cipriano Rivas Cheriff y a la que asistieron amigos, compañeros de prensa, cuerpo diplomático y algunos políticos republicanos, el conde de Romanones con un mensaje de Alfonso XIII, Luis G. Urbina, Eduardo Marquina, Eugenio D’Ors, José Ortega y Gasset y Jean Cassou de paso por la ciudad. Lhardy es uno de esos rincones de Madrid que sólo puedo evocar en referencia a Don Alfonso, es para mí el restaurante de su despedida, como Salamanca es su barrio de residencia.

Volvemos sobre nuestros pasos; apenas cruzamos la pala de Canalejas, se mira en la proximidad el Prado de los Jerónimos; descendiendo la carrera, calle angosta pero elegante, el augusto edificio de las cortes enfrente de la embajada de México y la Plaza de las Cortes, se logra una vista privilegiada; ahí sucedieron hechos históricos, algunos vergonzosos como el ridículo conato de golpe de Estado de Tejero, otros gloriosos como la instalación de los leones fundidos con el metal de los cañones arrebatados al enemigo en las guerras de África; en fin, un universo de memorias que adornan un paseo en el que se experimenta el peso de una devenir que es el de nuestra cultura. Pasos más adelante se divisa el Hotel Palace y enfrente el carillón de la aseguradora que da vida y recuerdo a este rincón luminoso de España; como escasos pájaros escapados de sus jaulas, se escuchan unos cuantos vocablos en inglés y en francés sobrehilando el océano de los cien acentos de la hispanidad. En la glorieta de Neptuno, la cuesta se ha vuelto loma y a la memoria acude la imagen del dios de los mares protegidos con sacos terreros y privado de su tridente soportando heroico y firme el asedio de Madrid en los peores días de la guerra; la esquina del Museo Thyssen es uno de los vértices de la encrucijada que ahí se forma, quien da vuelta a la izquierda alcanza las salas prodigiosas del museo, quien a la derecha se dirigirá a la estación de Atocha y quien siga adelante encontrará de nuevo el Ritz y el Prado, desde ahí la vista se corona con la cúpula del hotel y la aguja de la Iglesia de los Jerónimos.

En la esquina del Ritz ya se encuentra en uno de los espacios privilegiados de la ciudad; enfrente del Museo del Prado, una pequeña plaza donde gobierna un monumento a Goya, desde ahí, tornando la mirada a la derecha se descubre la dulce pendiente que da nombre a este rincón del mundo y más arriba, la señorial casona que alberga la Academia de la Lengua y la Iglesia donde la tradición impone sean proclamados los reyes de España que desde hace setecientos años carecen de corona. Del otro lado del edificio del museo se encuentra el Jardín Botánico, donde Alfonso Reyes rindió un peculiar homenaje a Mallarmé; más allá del jardín termina el Prado con la Cuesta de Moyano, hogar de los libreros de ocasión. Durante los años de su estancia en Madrid, don Alfonso dispensó muchas horas a este lugar que, para mí, es una de las capitales de la geografía de mi memoria y mi corazón.

Desde su llegada a Madrid, Reyes hizo del Prado uno de sus lugares predilectos y lo convirtió en parte central de su vida familiar e íntima; en sus diarios no son pocas las alusiones que hace de sus paseos en el museo y no sólo para admirar los cuadros sino como lugar de reflexión, espacio abierto para estimularan nostalgia o tomar decisiones, para matar la soledad, pensar en sus letras y hasta como calefacción. Hoy, cuando las puertas de acceso al museo han cambiado – no dejo de sentir cierta melancolía cuando recuerdo que aún utilicé las históricas puertas que miraban al Jardín Botánico -, entramos por el lucidor nuevo acceso cuyo moderno diseño contrasta con el edificio clásico pero no rompe su unidad; ahí están la librería y la tienda, los servicios modernos y la cafetería bañada de sol; cruzando la puerta se abre el paraíso de quienes amamos el arte y para quienes pensamos que gran parte de la historia de México está congregada en España.

Reyes no sólo utilizó el Prado en términos espirituales sino también en los más prácticos y mundanos que puedan imaginarse; en su era pie pobreza lo usó para darse calor, por ejemplo, él mismo lo recuerda:

La sensación de penuria se acentuaba con el frío. Para defenderme, aprendí a cubrirme el pecho y la espalda con papel de periódico, y descubrí que un rato junto a la boca de calefacción en el Museo del Prado me daba calor para un par de horas.

Cuando llegó a España, don Alfonso estaba huyendo de la Primera Guerra Mundial y del desempleo en que lo había dejado la cesantía de todo el personal diplomático mexicano que decretó el Presidente Carranza en el año de 1914. En Madrid, el que había sido hijo de familia rica e influyente, caído ya en desgracia por la participación de su padre en el golpe de Estado contra Madero, aprendió a ganarse la vida con la pluma, a escribir la nota diaria del periódico mientras investigaba para el Centro de Estudios Históricos bajo la dirección de Menéndez Pidal en el viejo núcleo de Madrid de los Austrias que hoy mismo buscamos y hallamos antes de la hora de la comida en la que honramos a los dioses tutelares de Reyes: la amistad, al reencontrarnos con la familia de Catalina Alba, amiga ya de muchas décadas.

Mientras paseaba por la tienda de los recuerdos y las reproducciones del museo me acorde que Reyes había inventado, para entretener a su hijo y a los de otros refugiados mexicanos, un jueguito que ahora se vende por diez euros en la tienda del museo; se basa en sustituir las tradicionales tarjetas del juego que en México llamamos “memoria”, por postales de los cuadros del Prado, lo que ahora es un recurso común para iniciar a los nos en el mundo del arte, en manos de don Alfonso eran la demostración que el ingenio no tiene límites para un padre que desea divertir y educar a sus hijos aún con el más pobre presupuesto. El juego de don Alfonso no se limitaba a la exhibición de las tarjetas; su objetivo principal era la escena, en compañía de Martín Luis Guzmán y de Antonio Acevedo hacían reproducciones escénicas de las pinturas donde, por ejemplo, Reyes era el Condeduque de Olivares, Acevedo su caballo y Martín Luis el fondo de la escena; años después en la Residencia de Estudiantes, Federico García Lorca jugaría una macabra variante del entretenimiento; en compañía de Luis Buñuel y de Salvador Dalí que lo llevaban, Federico actuaba su muerte y lograba que Dalí saliera huyendo pues afirmaba que García Lorca era capaz de simular su propia descomposición. El día de hoy frente al retrato de Olivares, debo confesar, me fue imposible imaginar a Martín Luis haciendo el papel de floresta y menos a Federico pudriéndose en una mesa de la Residencia.

Desde luego, Reyes tenía sus obras favoritas en el Museo; al visitarlas uno puede enterarse de como el escritor apreciaba la realidad; Alfonso huía de los cuadros obscuros y dramáticos y entra siempre por una puerta de luz como se entra en esta especie de paraíso. Ahí están las majas de Goya, el Jardín de las delicias, los bufones de Velásquez y las Meninas; ahí está lo que don Alfonso llamó la vulgaridad consentida y que no es otra cosa que la alegría popular manifiesta en el entierro de la sardina.

Rematamos el día paseando por el Madrid de los Austrias; por sus callejuelas que tanto frecuentó Reyes, por los cafés donde pasó el tiempo en compañía de Unamuno y de Valle Inclán, por el Café de San Ginés, en cuya esquina decía Alfonso, don Ramón ebrio de mariguana esperaba que su casa viniera a por él como un barco; atracamos en un café de la Plaza Mayor puesta ya muy guapa para la fiesta de la Almudena; me he surtido de gorras en la histórica casa Yustas en donde Reyes decía que, antes de la guerra, campeaba un anuncio que rezaba: “sombreros para hombres de paja”; ahí mismo en una mesa similar a la de los cambistas de la Edad Media he comprado cinco monedas de la era republicana que me tenían guardadas desde 1939 y que tardíamente viajarán rumbo a México a reunirse con otros recuerdos en el exilio.

La ciudad se me va confundiendo con las letras de Reyes y a cada paso me toman por asalto citas, ideas, versos y anécdotas, como esta sobre el arte, el Museo del Prado y su no siempre bien querida monarquía española:

Cuando el Rey Leopoldo de Bélgica visitó España, paseaba por el Museo del Pardo en compañía del Rey Alfonso y del Duque de Alba. El Rey, que era travieso, se detuvo ante la maja desnuda de Goya y le dijo a Leopoldo: “la abuela del duque”. El duque se la guardó. Cuando llegaron a la familia del Rey Carlos IV pintada por Goya, se detuvo ante la espantosa bruja con chiqueadores, reina entonces y protectora del favorito Godoy y dijo: “la abuela del Rey”. Entre la puta y la bruja, la duda no era posible.

Mañana, tal vez, Aranjuez.

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