La lista tonta de cada jueves: Feliz cumpleaños Julio Cortázar, su obra completa comentada

Hace unos días el enorme cronopio cumplió años, no podemos postergar más la fiesta, aquí, en la lista tonta, toda su producción anotada. Que ustedes lo disfruten:

Feliz cumpleaños Grandísimo Cronopio. No una, sino muchas recomendaciones hoy, una mirada a los libros de Cortázar. Que pase un gíglico día.

1938: Presencia, (sonetos, con el seudónimo de Julio Denis).

http://mx.casadellibro.com/ebook-presencia-ebook/9788415614135/1986997

1945: La otra orilla (obra póstuma, publicada en 1995)

http://www.puntodelectura.com/es/libro/la-otra-orilla/

1949: Divertimento 

http://www.alfaguara.com/es/libro/divertimento/

1949: Los reyes (con el seudónimo de Julio Denis).

http://www.alfaguara.com/es/libro/los-reyes/

1950: El examen 

http://www.alfaguara.com/es/libro/el-examen/

1951: Bestiario

http://www.puntodelectura.com/ar/libro/bestiario-3/

1952: Imagen de John Keats 

http://www.alfaguara.com/es/libro/imagen-de-john-keats/

1956: Final del juego

http://www.alfaguara.com/cl/libro/final-del-juego-4/

1959: Las armas secretas 

http://www.alfaguara.com/es/libro/las-armas-secretas/

1960: Los premios

http://www.alfaguara.com/es/libro/los-premios/

1962: Historias de cronopios y de famas

http://www.alfaguara.com/mx/libro/historias-de-cronopios-y-de-famas-9/

1963: Rayuela

http://www.elpais.com.co/elpais/cultura/noticias/cinco-razones-para-volver-leer-rayuela-julio-cortazar

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/06/24/actualidad/1372090801_508996.html

1966: Todos los fuegos el fuego

http://www.alfaguara.com/es/libro/todos-los-fuegos-el-fuego-13/

1967: La vuelta al día en ochenta mundos

http://www.sigloxxieditores.com.ar/fichaLibro.php?libro=978-987-629-104-0

1967: Buenos Aires, Buenos Aires

http://www.jornada.unam.mx/2014/08/26/index.php?section=cultura&article=a04n1cul&partner=rss

1968: 62 Modelo para armar

http://www.alfaguara.com/es/libro/62-modelo-para-armar-8/

1969: Último round 

http://www.sigloxxieditores.com/libros/Ultimo-round-Tomo-I/9788432313554

1970: Viaje alrededor de una mesa

http://www.bn.gov.ar/abanico/A60904/cortazar-mesa.html

1971: Pameos y meopas

http://www.escribirte.com.ar/obras/653/-pameos-y-meopas.htm

1972: Prosa del observatorio

http://www.revista.unam.mx/vol.10/num5/art31/int31.htm

1973: Libro de Manuel

http://www.alfaguara.com/ar/libro/libro-de-manuel-1/

1973: La casilla de los Morelli

http://bibliotecapopulardeltren.blogspot.mx/2010/07/la-casilla-de-los-morelli-julio.html

1974: Octaedro

http://www.alfaguara.com/ar/libro/octaedro-1/

1975: Fantomas contra los vampiros multinacionales

http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/ojs_rum/index.php/rum/article/view/2383/3443

1976: Estrictamente no profesional

http://www.lecturalia.com/libro/8243/estrictamente-no-profesional

1977: Alguien que anda por ahí

http://www.alfaguara.com/es/libro/alguien-que-anda-por-ahi/

1978: Territorios

http://www.sigloxxieditores.com/libros/Territorios/9788432314148

1979: Un tal lucas

http://www.alfaguara.com/es/libro/un-tal-lucas/

1980: Clases de literatura. Berkeley, (publicada en 2013)

http://www.alfaguara.com/es/libro/clases-de-literatura-1/

1980: Queremos tanto a Glenda

http://www.alfaguara.com/es/libro/queremos-tanto-a-glenda/

1982: Deshoras

http://www.alfaguara.com/ar/libro/deshoras/

1982: Los autonautas de la cosmopista

http://www.alfaguara.com/es/libro/los-autonautas-de-la-cosmopista/

1983: Nicaragua tan violentamente dulce

http://niunsololibro.blogspot.mx/2012/03/nicaragua-tan-violentamente-dulce-julio.html

1984: Salvo el crepúsculo

http://www.alfaguara.com/es/libro/salvo-el-crepusculo/

1984: Alto el Perú

http://www.quelibroleo.com/alto-el-peru

1984: Silvalandia

http://www.alfaguara.com/es/libro/silvalandia/

1986: Diario de Andrés Fava (capítulo desprendido de El examen).

http://www.alfaguara.com/es/libro/diario-de-andres-fava/

1995: Adiós Robinson y otras piezas breves (obra póstuma).

http://www.alfaguara.com/es/libro/adios-robinson-y-otras-piezas-breves/

2009: 1940-1984: Papeles inesperados

http://www.alfaguara.com/es/libro/papeles-inesperados/

Las citas de los viernes: Rayuela de Julio Cortázar

Viernes de citas, de plácida lectura de los momentos estelares, las chispas que brotan en la forja de la lectura, que ustedes lo disfruten.

Rayuela, edición conmemorativa de las academias de la lengua

Por lo que me toca, me pregunto si alguna vez conseguiré hacer sentir que el verdadero y único personaje que me interesa es el lector, en la medida en que algo de lo escribo debería contribuir a mutarlo, a desplazarlo, a extrañarlo, a enajenarlo». Pese a la tácita confesión de derrota de la última frase, Ronald encontraba en esta nota que una presunción que le desagradaba.

Capítulo 97

Un día se dio cuenta de que sus amores eran impuros porque presuponían esa esperanza, mientras que el verdadero amante amaba sin esperar nada fuera del amor, aceptando ciegamente que el día se viera más azul y la noche más dulce y el tranvía menos incómodo. «Hasta de la sopa hago una operación dialéctica», pensó Oliveira. De sus amantes acababa por hacer amigas, cómplices en una especial contemplación de la circunstancia. Las mujeres empezaban por adorarlo (realmente lo hadoraban), por admirarlo (una hadmiración hilimitada), después algo les hacía sospechar el vacío, se echaban atrás y él les facilitaba la fuga, les abría la puerta para que se fueran a jugar a otro lado…

Capítulo 90

-No sé -dijo la Maga-. Yo pienso a veces en matarme pero veo que no lo voy a hacer. No creas que es solamente por Rocamadour, antes de él era lo mismo. La idea de matarme me hace siempre bien. Pero vos, que no lo pensás.…. ¿Por qué decís: peligros metafísicos? También hay ríos metafísicos, Horacio. Vos te vas a tirar a uno de esos ríos.

Capítulo 20

A todo el mundo le pasa igual, la estatua de Jano es un despilfarro inútil, en realidad después de los cuarenta años la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente para atrás. Es lo que se llama propiamente un lugar común. Nada que hacerle, hay que decirlo así, con las palabras que tuercen de aburrimiento los labios de los adolescentes unirrostros.

Capítulo 21

Ciertos días el olor a alga se mezclaba con una cadencia más espesa, entonces yo tenía que apelar a la perversidad – pero era una perversidad palatina, entendé, un lujo de senescal rodeado de obediencia nocturna, para acercar los labios a los suyos, tocar con la lengua esa ligera llama rosa que titilaba rodeada de sombra, y después, como hago ahora con vos, le iba apartando muy despacio los muslos, la tendía un poco de lado y la respiraba interminablemente, sintiendo cómo su mano, sin que yo lo pidiera, empezaba a desgajarme de mí mismo como la llama a empieza a arrancar sus topacios de un papel de diario arrugado.

Capítulo 144

Y, por Dios -no vacilo en confesarlo- yo deseo esquivarme tanto de vuestro Arte, señores, como de vosotros mismos, ¡pues no puedo soportaros junto con aquel Arte, con vuestras concepciones, vuestra actitud artística y con todo vuestro medio artístico!

Capítulo 145

«Maga», murmuró: «París», quizá murmuró: «Hoy». Sonaba todavía a lejano, a hueco, a realmente no vivido. Se volvió a dormir como quien busca su lugar y su casa después de un largo camino bajo el agua y el frío.

Capítulo 123

Salió en el Figaro -dijo Morelli-. Debajo de un telegrama sobre el abominable hombre de las nieves.

Capítulo 154

-No -dijo Oliveira-. Qué voy a escribir, para eso hay que tener alguna certidumbre de haber vivido.

Capítulo 154

No es por una cuestión de culpa, che. Sos dostojevskianamente asqueroso y simpático a la vez, una especie de lameculos metafísico. Cuando te sonreís así uno comprende que no hay nada que hacer.

Capítulo 29

Horacio tiene razón, no me importa nada de ti a veces creo que eso me lo agradecerás un día cuando comprendas cuando veas que valía la pena que yo lloro lo mismo, Rocamadour, y te escribo esta carta porque no sé, porque a lo mejor me equivoco, porque a lo mejor soy mala o estoy enferma o un poco idiota, no mucho, un poco pero eso es terrible, la sola idea me da cólicos, tengo completamente metidos para adentro los dedos de los pies, voy a reventar los zapatos si no me los saco, y te quiero tanto, Rocamadour, bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete.

Capítulo 32

Máquinas de vivir, perfectos relámpagos. Mi única culpa es no haber sido lo bastante combustible para que a ella se le calentaran a gusto las manos y los pies. Me eligió como una zarza ardiente, y he aquí que le resulto un jarrito de agua en el pescuezo. Pobrecita, carajo».

Capítulo 33

Se pasa a cuarto intermedio -dijo Etienne, sentándose a un lado de la mesa- para cumplir un deseo de Morelli. Mientras llega Oliveira, bebamos por que el viejo vuelva a sentarse aquí uno de estos días. Madre mía, qué espectáculo penoso. Parecemos una pesadilla que a lo mejor Morelli está soñando en el hospital. Horrible. Que conste en acta.

Capítulo 96

No, pero deberías leer los diarios. A mí me gusta tan poco la tecnología como a vos, solamente que siento lo que ha cambiado el mundo en los últimos veinte años. Cualquier tipo con más de cuarenta abriles tiene que darse cuenta, y por eso la pregunta de Babs nos pone a Morelli y a nosotros contra la pared. Está muy bien hacerle la guerra al lenguaje emputecido, a la literatura por llamarla así, en nombre de una realidad que creemos verdadera, que creemos alcanzable, que creemos en alguna parte del espíritu, con perdón de la palabra. Pero el mismo Morelli no ve más que el lado negativo de su guerra. Siente que tiene que hacerla, como vos y como todos nosotros. ¿Y?

Capítulo 99

Cuando Traveler está triste y piensa que nunca ha viajado (y Talita sabe que eso no le importa, que sus preocupaciones son más profundas), hav que acompañarlo sin hablar mucho, cebarle mate, cuidar de que no le falte tabaco, cumplir el oficio de mujer cerca del hombre pero sin taparle la sombra, y eso es difícil. Talita es muy feliz con Traveler, con el circo, peinando al gato calculista antes de que salga a escena, llevando las cuentas del director. A veces piensa modestamente que está mucho más cerca que Traveler de esas honduras elementales que lo preocupan, pero toda alusión metafísica la asusta un poco y termina por convencerse de que el es el único capaz de hacer la perforación y provocar el chorro negro y aceitoso. Todo eso flota un poco, se viste de palabras o figuras, se llama lo otro, se llama la risa o el amo…

Capítulo 37

A veces Traveler hace alusiones a un doble que tiene más suerte que él, y a Talita, no sabe por qué, no le gusta eso, lo abraza y lo besa inquieta, hace todo lo que puede para arrancarlo a esas ideas. Entonces se lo lleva a ver a Marilyn Monroe, gran favorita de Traveler, y-tasca-el freno de unos celos puramente artísticos en la oscuridad del cine Presidente Roca.

Capítulo 37

Había noches todo el mundo estaba como esperando algo, en que sentían muy bien juntos, pero eran como una cabeza de tormenta. En esas noches, si abrían el cementerio les caían cosas como cisco, cisticerco, ¡cito!, cisma, cístico y cisión. Al final se iban a la cama con un malhumor latente, y soñaban toda la noche con cosas divertidas y agradables, lo que más bien era un contrasentido.

Capítulo 40

Esta pieza es enormemente chica.

Capítulo 40

Y si él estuviera aquí -dijo Traveler en vos mirando su cigarrillo- tampoco entendería nada. Pero sabría muy bien que es otra cosa. Increíble, parecería cuando él se junta con nosotros hay paredes que se caen montones de cosas que se van al quinto demonio, y de golpe el cielo se pone fabulosamente hermoso, las estrellas se meten en esa panera, uno podría pelarlas y comérselas, ese pato es propiamente el cisne de Lohengrin, y detrás, detrás…

Capítulo 40

-Pero parecería que algo habla, algo nos utiliza hablar. ;No tenés esa sensación? ¿No te parece que estamos como habitados? Quiero decir… Es difícil, realmente.

Capítulo 45

Vos lo pensás -dijo Oliveira-. Yo lo vivo. A lo mejor es lo mismo en el fondo, pero no caigamos en fáciles deliquios. Lo que nos mata a vos y a mí es el pudor, che. Nos paseamos desnudos por la casa, con gran escándalo de algunas señoras, pero cuando se trata de hablar… Comprendés, de a ratos se me ocurre que podría decirte… No sé, tal vez en el momento las palabras servirían de algo, nos servirían. Pero como no son las palabras de la vida cotidiana y del mate en el patio, de la charla bien lubricada, uno se echa atrás, precisamente al mejor amigo es al que menos se le pueden decir cosas así. ¿No te ocurre a veces confiarte mucho más a un cualquiera?

Capítulo 46

Las citas de los viernes: Rayuela de Julio Cortázar

Démonos cita los viernes para citar. Descansando la pluma y la lectura, estas perlas rescatadas de la experiencia lectora. Hoy, ofrecemos, hasta donde vamos, recolecciones de Rayuela que me he puesto a releer, en una tercera ocasión que me devuelve fresco un libro eterno. Que ustedes lo disfruten.

De Rayuela, Edición conmemorativa de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española. España. 2019.

El argentino que se hizo querer de todos. Gabriel García Márquez.

En alguna parte de La vuelta al día en ochenta mundos un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse…

El argentino que se hizo querer de todos. Gabriel García Márquez.

Yo había leído Bestiario, su primer libro de cuentos, en un hotel de lance de Barranquilla donde dormía por un peso con cincuenta centavos, entre peloteros mal pagados y putas felices, y desde la primera página me di cuenta de que aquel era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande…

El argentino que se hizo querer de todos. Gabriel García Márquez.

Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del Boulevard Saint-Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón…

La trompeta de Deyá. Mario Vargas Llosa

Pensé en un verso de Vallejo – «español de puro bestia» -…

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

Se vivía en una atmósfera radical, en el mejor sentido de la palabra, un radicalismo implacable que compartían viejos como Bertrand Russell. Los principios eran entonces letra viva y no como hoy, reliquias a exhumar. La palabra causa tenía un aura sagrada.

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

Las utopías reglamentadas se vuelven siempre pesadillas. Un viaje, a veces rápido, desde los sueños a los malos sueños, y de allí a los pésimos sueños.

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

Cuando Rayuela fue publicada en Buenos Aires en 1963, Julio Cortázar tenía entonces cincuenta años, con lo que podemos decir que la novela más experimental, novedosa y provocadora que se escribió en los tiempos del boom fue la obra de alguien que a los ojos adolescentes de mi generación era ya mayor. La novela juvenil de un señor que aparentaba ser joven. O no dejaba de ser joven.

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

Los guerrilleros en sus escondites leían Rayuela y leían La ciudad y los perros, el boom extendía su onda expansiva hasta las catacumbas e inflamaba a su modo las hogueras; un primo mío comandante guerrillero se puso por seudónimo «Aureliano», por Aureliano Buendía, y otro que era campesino vino a llamarse directamente Macondo porque lo copió del nombre de una cantina, así trabaja la patafísica. A nadie hubiera extrañado ver a un Ixca Cienfuegos con el fusil en la mano porque todos andábamos en busca de la región más transparente del aire.

El que nunca dejó de crecer. Sergio Ramírez

¿Por qué un guerrillero habría de leer Rayuela? Porque Ravuela, insisto, fue un libro para jóvenes, un libro de iniciación. Para construir, ya se sabe, es necesario primero destruir, ir a fondo en el cuestionamiento, insistir en las preguntas. Incesantes preguntas. La conducta, hoy tan extraña, de un escritor con creencias, y capaz de defenderlas, aun a riesgo de parecer ingenuo frente a la majestad no siempre benévola de los sistemas políticos, o frente a quienes prefieren atrincherarse en la neutralidad, a cubierta de todo riesgo.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 1

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la Rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 1

Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, razón de los matadores de brújulas.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 2

La Maga había aparecido una tarde en la Rue du Cherche-Midi, cuando subía a mi pieza de la Rue de la Tombe Issoire traía siempre una flor, una tarjeta Klee o Miró, y si no tenía dinero elegía una hoja de plátano en el parque.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 2

No estábamos enamorados, hacíamos el amor con un virtuosismo desapegado y crítico, pero después caíamos en silencios terribles y la espuma de los vasos de cerveza se iba poniendo como estopa, se entibiaba y contraía mientras nos mirábamos y sentíamos que eso era el tiempo.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 2

Demasiado tarde, siempre, porque aunque hiciéramos tantas veces el amor la felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este placer, un aire como de unicornio o isla, una caída interminable en la inmovilidad.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 4

-Imposible explicarte-decía Etienne-. Esto es el Meccano número siete y vos apenas estás en el dos. La Maga se quedaba triste, juntaba una hojita al borde de la vereda y hablaba con ella un rato, se la paseaba por la palma de la mano, la acostaba de espaldas o boca abajo, la peinaba, terminaba por quitarle la pulpa y dejar al descubierto las nervaduras, un delicado fantasma verde se iba dibujando contra su piel. Etienne se la arrebataba con un movimiento brusco y la ponía contra la luz. Por cosas así la admiraban, un poco avergonzados de haber sido tan brutos con ella, y la Maga aprovechaba para pedir otro medio litro y si era posible algunas papas fritas.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 71

De una manera u otra todos la buscan, todos quieren abrir la puerta para ir a jugar. Y no por el Edén, no tanto por el Edén en sí, sino solamente por dejar a espalda los aviones a chorro, la cara de Nikita o de Dwight de Charles o de Francisco, el despertar a campanilla, el ajustarse a termómetro y ventosa, la jubilación a patadas en el culo (cuarenta años de fruncir el traste para que duela menos, pero lo mismo duele, lo mismo duele, lo mismo la punta del zapato entra cada vez un poco más, a cada patada desfonda un momentito más el pobre culo del cajero o del subteniente o del profesor de literatura o de la enfermera), y decíamos que el homo sapiens no busca la puerta para entrar en el reino milenario (aunque no estaría nada mal, nada mal realmente) sino solamente para poder cerrarla a su espalda y menear el culo como un perro contento sabiendo que el zapato de la puta vida se quedó atrás, reventándose contra la puerta cerrada, y que se puede ir aflojando con un suspiro el pobre botón del culo, enderezarse empezar a caminar entre las florcitas del jardín y sentarse a mirar una nube nada más cinco mil años, o veinte mil, si es posible y si nadie se enoja y si hay una chance quedarse en el jardín mirando las florcitas.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 71

Y no que el mundo haya de convertirse en una pesadilla orwelliana o huxleyana; será mucho peor, será un mundo delicioso, a la medida de sus habitantes, sin ningún mosquito, sin ningún analfabeto, con gallinas de enorme tamaño y probablemente dieciocho patas, exquisitas todas ellas, con cuartos de baño telecomandados, agua de distintos colores según el día de la semana, una delicada atención del servicio nacional de higiene, con televisión en cada cuarto, por ejemplo grandes paisajes tropicales para los habitantes de Reikiavik, vistas de siglos para los de La Habana, compensaciones sutiles que conformarán todas las rebeldías…

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 7

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar…

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 7

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos…Ponerme en forma con Alisa ha sido una experiencia genial. Siempre me quedaba con la sensación de haber tenido un entrenamiento completo. Le agradezco mucho su ayuda y sus consejos. Sin duda, recomendaría este lugar. ¡Gracias, Alisa!

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 68

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia…

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 13

Por mas que le gustara el jazz Oliveira nunca entraría en el juego como Ronald, para él sería bueno o malo, hot o cool, blanco o negro, antiguo o moderno, Chicago o New Orleans, nunca el jazz, nunca eso que ahora eran Satchmo, Ronald y Babs, Baby don’t you play me cheap because I look so meek, y después la llamarada de la trompeta, el falo amarillo rompiendo el aire y gozando con avances y retrocesos y hacia el final tres notas ascendentes, hipnóticamente de oro puro, una perfecta pausa donde todo el swing del mundo palpitaba en un instante intolerable, y entonces la eyaculación de un sobreagudo resbalando y cayendo como un cohete en la noche sexual, la mano de Ronald acariciando el cuello de Babs y la crepitación de la púa mientras el disco seguía girando y el silencio que había en toda música verdadera se desarrimaba lentamente de las paredes, salía de debajo del diván, se despegaba como labios o capullos.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 13

Por mas que le gustara el jazz Oliveira nunca entraría en el juego como Ronald, para él sería bueno o malo, hot o cool, blanco o negro, antiguo o moderno, Chicago o New Orleans, nunca el jazz, nunca eso que ahora eran Satchmo, Ronald y Babs, Baby don’t you play me cheap because I look so meek, y después la llamarada de la trompeta, el falo amarillo rompiendo el aire y gozando con avances y retrocesos y hacia el final tres notas ascendentes, hipnóticamente de oro puro, una perfecta pausa donde todo el swing del mundo palpitaba en un instante intolerable, y entonces la eyaculación de un sobreagudo resbalando y cayendo como un cohete en la noche sexual, la mano de Ronald acariciando el cuello de Babs y la crepitación de la púa mientras el disco seguía girando y el silencio que había en toda música verdadera se desarrimaba lentamente de las paredes, salía de debajo del diván, se despegaba como labios o capullos.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 117

Un niño de diez y otro de once años que habían matado a sus compañeros fueron condenados a muerte, y el de diez ahorcado. ¿Por qué? Porque sabía la diferencia que hay entre lo que está bien y lo que está mal. Lo había aprendido en la escuela dominical.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 15

En Montevideo no había tiempo, entonces-dijo la Maga-. Vivíamos muy cerca del río, en una casa grandísima con un patio. Yo tenía siempre trece años, me acuerdo tan bien. Un cielo azul, trece años, la maestra de quinto grado era bizca. Un día me enamoré de un chico rubio que vendía diarios en la plaza. Tenía una manera de decir «dário» que me hacía sentir como un hueco aquí… Usaba pantalones largos pero no tenía más de doce años.

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 17

Con muchachas que prefieren bailar mientras escuchan Star Dust o When your man is going to put you down, huelen despacito y dulcemente a perfume y a piel y a calor, se dejan besar cuando es tarde y alguien ha puesto The blues with a feeling y casi no se baila, solamente se está de pie, balanceándose, y todo es turbio y sucio y canalla y cada hombre quisiera arrancar esos corpiños tibios mientras las manos acarician una espalda y las muchachas tienen la boca entreabierta y se van dando al miedo delicioso y a la noche, entonces sube una trompeta poseyéndolas por todos los hombres, tomándolas con una sola frase caliente las deja caer como una planta cortada entre los brazos de los compañeros, y hay una inmóvil carrera, un salto al aire de la noche, sobre la ciudad, hasta que un piano minucioso las devuelve a sí mismas, exhaustas y reconciliadas y todavía vírgenes hasta el sábado siguiente…

Rayuela. Julio Cortázar. Cap. 17

Que un hombre es más que un hombre y siempre menos que un hombre, másque un hombre porque encierra eso que el jazz alude y solaya y hasta anticipa, y menos que un hombre porque de esa libertad ha hecho un juego estético o moral, un tablero de ajedrez donde se reserva ser el alfil o el caballo, una definición de libertad que se enseña en las escuelas, precisamente en las escuelas donde jamás se ha enseñado y jamás se enseñará a los niños el primer compás de un ragtime y la primera frase de un blues, etcétera, etcétera.

El rincón de la bibliografía: José Lezama Lima

Lezama Lima cumple hoy 108 años, sus letras fueron precursoras, avanzada, reconocimiento y apertura a los momentos del Boom y de la literatura contemporánea. Para honrar su memoria, su bibliografía en Cisterna de Sol:

Paradiso

https://www.alianzaeditorial.es/libro.php?id=2810608&id_col=100500&id_subcol=100501

Oppiano Licario 

https://www.nexos.com.mx/?p=3217

Muerte de Narciso

https://www.ocultalit.com/poesia/lezama-lima-muerte-narciso/

Enemigo rumor

http://culturacubana.net/4-1-2-2-2-enemigo-rumor-texto-publicado-en-1941-por-jose-lezama-lima-1910-1976/

Aventuras sigilosas

http://culturacubana.net/4-1-2-2-3-aventuras-sigilosas-1945-de-jose-lezama-lima-1910-1976/

La fijeza

https://www.festivaldepoesiademedellin.org/es/Festival/24/News/44.html

Dador 

http://culturacubana.net/4-1-2-2-6-dador-obra-poetica-publicada-en-1960-por-jose-lezama-lima-1910-1976/

Fragmentos a su imán

https://www.proceso.com.mx/124222/fragmentos-a-su-iman

Coloquio con Juan Ramón Jiménez

http://yoandynombrar.blogspot.com/2010/08/coloquio-con-uan-ramon-imenez1.html

Arístides Fernández

http://www.penultimosdias.com/2013/01/22/un-texto-inedito-de-lezama-lima-sobre-aristides-fernandez/

Analecta del reloj

http://culturacubana.net/4-1-2-2-12-analecta-del-reloj-obra-publicada-en-1953-por-jose-lezama-lima-1910-1976/

La expresión americana

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/para-una-teora-de-la-cultura–la-expresin-americana-de-jos-lezama-lima-0/html/ff2fb646-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.htm

Tratados en La Habana 

http://culturacubana.net/4-1-2-2-14-tratados-en-la-habana-1958-de-jose-lezama-lima-1910-1976/

Las imágenes posibles

http://barricadaletrahispanic.blogspot.com/2011/08/las-imagenes-posibles-jose-lezama-lima.html

La cantidad hechizada

http://www.revistavisperas.com/lezamalima/

Órbita de Lezama Lima

https://www.march.es/bibliotecas/repositorio-cortazar/ficha.aspx?p0=cortazar%3A233

Poesía completa

https://elpais.com/cultura/2016/11/30/babelia/1480528250_213547.html

Introducción a los vasos órficos

https://books.google.com.mx/books/about/Introducción_a_los_vasos_órficos.html?id=VmpkAQAACAAJ&redir_esc=y

Las eras imaginarias 

https://core.ac.uk/download/pdf/16359612.pdf

Imagen y posibilidad

http://www.rebelion.org/hemeroteca/cuba/030726lezama.htm

Relatos

https://www.alianzaeditorial.es/libro.php?id=90227&id_col=100500&id_subcol=100501

Escritos de Estética

http://revistaseug.ugr.es/index.php/letral/article/view/3606

Lezama Lima da una mirada a su novela Paradiso:

Viajero al Microscopio: De París a Ginebra dos argentinos en busca de lector

 

Cuenta la leyenda que Erasmo de Rotterdam solía viajar con su biblioteca embarcada en un carromato que lo seguía a donde quiera que iba; Quevedo, inmortalizó en un poema la fidelidad de la compañía que proveen los libros: “Retirado en la paz de estos desiertos/ con pocos, pero doctos libros juntos/ vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a  los muertos”.

Viajar en compañía de un libro es siempre una opción emotiva e inteligente; dispone de enormes ventajas, no gastará dinero en compras absurdas e innecesarias, no discutirá por la calidad o el servicio de nuestro restaurante favorito, no exigirá una sala más en un infinito museo en el que ya gastamos cuatro horas cuando la calle reclama nuestra presencia; será paciente, comprensivo, alentador y evocador. Pero en esa infinita bondad, tendrá, al menos una exigencia, que uno acepte, sin remedio que su presencia se infiltre, silenciosa y constante en la forma que vemos el lugar que visitamos y tiña de su color, para siempre, el recuerdo de ese viaje. Elegir un libro como compañero de travesía no es una elección que deba tomarse a la ligera.

Ginebra, hacia 1998, era un hervidero de diplomáticos, organismos no gubernamentales, y burócratas de las mas variopintas profesiones. Yo, entre los de esa última especie, iniciaba una carrera como enviado del gobierno mexicano a la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual; tenía entonces 27 años una imaginación febril y una ansia lectora ya afianzada y de la que todavía no puedo ni quiero escapar.

Cuando me notificaron que debía hacer mi primer viaje a Ginebra, luego de recibir instrucciones precisas, de recoger el material donde constaban las partes medulares de lo que debía hacer, de aquellas otras que podría hacer solo si era necesario y de las que nunca, por ningún motivo podría hacer o decir, mi principal preocupación era elegir un libro para aquel viaje. La elección no era fácil.

En mi imaginación me veía como un misterioso emisario latinoamericano dispuesto a exponer mi vida para defender nuestras revoluciones frente al embate reaccionario del imperialismo yanqui; lamentablemente la cortina de hierro se había venido abajo casi diez años antes y mi Mata-Hari cubana no tuvo la gentileza de aparecer. Me imaginé como un valiente enviado del gobierno mexicano encargado de rescatar cuantas víctimas de las dictaduras, fascismos, guerras e invasiones necesitaran el abrigo generoso de la República que me honraba en representar y que mi augustos predecesores habían salvado en tiempos de la Segunda Guerra Mundial; sin embargo para mi decepción, no había conflictos candentes en el mundo y el único que se me acercó para solicitarme auxilio fue un colega nicaragüense que me pidió prestados cinco francos para el transporte porque esa mañana había olvidado el monedero en el hotel y no quería repetir la hazaña de volver andando hasta su habitación. Esta romántica pero imprecisa lógica tal vez habría sido útil para escribir una novela, pero no para elegir a un compañero para este tipo de viaje; de haberla seguido había elegido, “El pasajero de Frankfurt”, de Agatha Christie; tal vez, “La Tempestad”, de Manuel de Prada o alguna clásica como “¿Arde París?” de Le Carré y Collins, pero preferí dejarme llevar por otros instintos.

Antes y después de la estancia en Ginebra estaría  unos días en Paris, debía hacer no una sino dos elecciones, la suiza era un acertijo pero la financiera no admitía dudas, me hice acompañar de “Rayuela” de Julio Cortázar.

Tomé mi viejo ejemplar de “Rayuela”, la mítica edición de Alfaguara que nos acompañó a los lectores cortazareanos de la década de 1980; aún lo conservo y contiene tanto mis subrayados  originales como los apuntes de aquel viaje.  De las dos lecturas posibles que ofrece Julio Cortázar para sus libros, elegí, desde luego la mas larga, el acento no lo puse ni en Oliveira ni en la Maga; para esos días yo ya había renunciado a ser Oliveira y mi mujer superaba a la Maga y no tenía tantas manías. El acento debía ir en el personaje principal: la ciudad; con la ruta previamente diseñada y armado con mi volumen, comencé a andar desde el Quai de Conti para cruzar el Pont des Arts, límpido entonces antes de que algún  humorista neurótico con visas de turista de guía mínima comenzara a arruinarlo con un candado alentando a miles de imitadores; me esperaban las vitrinas de la sala egipcia del museo de Louvre y más adelante me detuve en el barrio de Les Halles, ocupe un lugar en Le Chien qui fume y leí presa de un frenesí que no pude detener sino hasta garrapatear algunas notas en los márgenes del libro, la Rue Dauphine, la de la Huchette, la plaza de Nôtre Dame, la Rue Sommerard, hogar de Oliveira, cada cansancio un café y un par de capítulos; Rue Valette  -la de los primeros amores -, la Monje, hogar de la Maga, y el reposo en el kiosko a unos pasos de la fuente de Médicis en el Luxemburgo, acompañando al cigarrillo con el París-Mente, la sempiterna bebida esmeralda hecha de jarabe de menta y agua mineral; la Rue Monsieur le Prince ya casi agotado pues embebido en un mundo que habiendo nacido ficticio se tornaba real a cada paso que daba, el Carrefour de L’ Odéon en el corazón de Saint Germain y la noche parisina me había ya emboscado con su peculiares encuentros hacia un gran final por la Rue de  Tournon sin encontrar las huellas de Berte Tiepat, me acerco al final, Rue Madame, tierra de escritores, para culminar en Sévres-Babylone; recojó el día en Closerie de Lilas, el queso de Brie y la copa de Médoc. He cumplido con Cortázar, Mañana será Ginebra.

La elección de un libro apto para ir a Ginebra no había sido sencilla; desfilaron opciones, pensé en la poesía de Blaise Cendrars, pero me remitía más a París que a Ginebra; en Rousseau, invocado y desechado ambos por obvios motivos. La respuesta vino de pronto y el feliz resultado fue producto de un accidente prodigioso.

Jorge Luis Borges estuvo muy ligado a la ciudad de Ginebra a todo lo largo de su vida; ahí llegó en 1914 buscando refugio en una Europa ya envuelta en la Gran Guerra, acompañando a su padre en la búsqueda de una cura para su propia ceguera; ahí cursó sus estudios secundarios en el liceo Jean-Calvin, que aún existe y funciona y cuyo tejado es inconfundible. Volvió a Ginebra en 1986, ya enfermo de cáncer y casado con María Kodama, para morir en la ciudad de su adolescencia. Sus restos reposan en el cementerio de Plain-Palais y su tumba es por sí misma, un acertijo literario y  anglosajón que, sin duda, hubiera probado.

La  lápida que señala el lugar de reposo del maestro es la señal de uno de sus mejores cuentos: Ulrica. En su parte frontal se lee, “De Urica para Javier Otálora”, los protagonistas del cuento y al mismo tiempo, una dedicatoria de Kodama para Borges, en la parte posterior, una cita en anglosajón, tomada de la saga Volsunga, que sirve de epígrafe en Ulrica.

Visitar la tumba era uno de mis principales objetivos en la ciudad. Si ya había cumplido con el seguimiento puntual de los pasos de Cortázar optar por Borges me parecía una necesidad imperiosa, me decidí por “El libro de arena”, que entonces aún no había leído.

En los ratos libres de las maratónicas sesiones de trabajo que muy lejos estaban del imaginario que me había construido, avanzaba en el libro, dando saltos entre los lugares donde podía retirarme a beber un café, fumar un cigarrillo y leer; entre los cafés y restaurantes del Plain-Palais, los otros de la Rue de Mont Blanc y los de la plaza del Palacio de Justicia, me enamoré de una ciudad que no dispone de muchos admiradores pero sí de fieles fanáticos de la relojería y defensores acérrimos de su tranquilidad, a la que  muchos llaman aburrimiento, de ahí que una muy querida colega brasileña solía decir que los funerales en Río  eran más divertidos que los carnavales de Ginebra; pero a mi me pareció una ciudad íntima aunque cosmopolita, austera gracias a la pureza de su lujo y sobre todo, uno de los lugares más favorecedores  para un amante en la lectura y de los libros. Andando así, sin mapa ni rumbo fijo, el viernes que las dependencias de la ONU cierran sus puertas temprano me encontré en un cementerio hermoso y sin otro sobreviviente más que yo, en ese momento, dentro del tomo borgiano me encontraba leyendo “Ulrica”; ahí tuve la revelación que sólo me ha sido concedida en dos ocasiones más, en Barcelona y en Madrid. De pronto me di cuenta que estaba leyendo justo en el lugar, precisamente en el mismo sitio donde sucedían los hechos que Borges narraba en su historia y me sucedió lo que Homero narra en la Odisea: “Blando sopor se apoderó de mi”. Porque si en el París de Rayuela todo acontece puertas afuera de la novela; si la literatura se ha comido el mundo; “Ulrica” operaba al revés; es el libro el que crea la realidad, cifrada en la tumba y en el lugar donde se encuentra.

En 1975, Borges publicó en la editorial Emecé, el libro de Arena, esta serie de relatos reflejan un autor en la plenitud de su obra; con un perfecto dominio de su arte y con un control absoluto de la imaginación; según el autor se trata de su mejor libro y aunque muchos lectores avalamos esa opinión, la critica se divide y algunos proclaman a “Ficciones” como el mejor de sus trabajos; en un fenómeno común, para Gabriel García Márquez, su mejor libro era “El amor en los tiempos del cólera” y no “Cien años de Soledad”.

No requerí pues, de artificios colosales para sentirme el sagaz diplomático que nunca fui y el artero espía que nunca pude ser; supe al fin que esa ciudad de intriga y refugio estaba construida en mi imaginación cultivada con el amor de los libros que nos prepara la vista para recibir las imágenes que la vida nos tiene reservadas.

Los diez que han dejado marcas en mi vida

Hace unos días, mi amiga Belinda López Aguirre, me hizo favor de enviarme una de esas encuestas que nos llegan de cuando en cuando; me pide, y se lo agradezco, que diga diez libros que hayan marcado mi vida. Con su grato humor me pide que solo sean diez. No había respondido porque en apariencia la pregunta es inocente, pero en realidad no lo es; si acaso me  hubiera invitado a decir los diez libros que más me han gustado, la prevención de solo mencionar diez tendría sentido (son muchísimos los han ejercido algún tipo de fascinación sobre mí) así, por ejemplo, diría que El buen soldado Schveijk de Jaroslav Haszek, me ha infatuado por décadas, pero no podría afirmar que ha marcado mi vida de alguna forma.

Pocos  libros me han subyugado de tal manera como El hombre de los hongos de Sergio Galindo, subyugado en serio, por su belleza casi dolorosa, pero tampoco pienso en el como un hito en mi vida. No hay ingratitud con ellos, son libros que me acompañan en la memoria y en el corazón pero, para ser sinceros, pensar en las marcas que los libros han dejado en la vida, es reflexionar tanto de la manera que nos vemos a nosotros mismos como de dibujar la imagen ideal que nos hemos construido de nuestro propio rostro e identidad. Hablar de ellos es decir a todos la manera en que aspiramos a que nos vean y asumir el riesgo que implica la distancia que media entre lo que somos y lo que los demás observan cuando nos miran. Se trata pues de una cuestión que no puede tomarse a la ligera. Tanto monta, como preguntar que mujeres me han gustado en la vida, lo que equivale a preguntar cuál es el tipo de mujer que me gusta y preguntar cuáles fueron los amores que me construyeron mi vida.

Por eso no he podido responder tan pronto como quisiera y he preferido ampliar la respuesta sobre un asunto que no me ha dejado ni a sol ni a sombra en los últimos días. Lo hago ahora, un tanto obligado porque me lo han preguntado.

Lo primero que me pregunto es qué se necesita para afirmar que un libro nos ha marcado la vida; segundo, cómo apreciamos aquellas marcas en el transcurso de nuestra vida, y por último,cómo discriminamos solo diez de ellos. Comienzo respondiendo la ultima por ser la más sencilla: esforzándome en encontrarlos porque para ser francos, con la edad, las heridas más leves desaparecen y las cicatrices más superficiales se borran dejando lugare solo a los golpes que van labrando nuestro rostro.

Por lo que hace a las otras; diré que un libro marca nuestra vida cuando provoca en el lector un cambio en su forma de ve el mundo, de comprenderlo y apropiarlo, esto es, cambios en su manera de  estar en la realidad; conforme el tiempo pasa, nuestra manera de apreciar esos cambios también es variable; por una parte, aspectos que nos parecieron que revolucionaban nuestra existencia, en realidad eran parte de nuestro crecimiento o respondían a circunstancias peculiares de nuestro tiempo y nuestro entorno, son pocos los que, andando la existencia se quedan como signosdenuestraidentidad,resumendenuestrosvaloresycódigosdenuestraconducta.NuncafuíelmismodespuésdeleerBella del Señor de Albert Cohen, ni he vuelto a ver a mis semejantes igual después de leer En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.

Tampoco me preguntaron cuáles eran los diez mejores libros que he leído, la prevención de ser solo diez también habría sido pertinente; sin embargo, salta a la vista que las tres listas probables no estarían compuestas por los mismos libros; ni los favoritos son los mejores, ni los mas influyentes son los preferidos; no me atrevería a volver a leerA sangre fría de  Truman Capote que,  aun siendo de  lo mejor  que  he leído,  no puedo  decir que  fuera enteramente placentero o  hubiera marcado  mi vida.

Así pues llega el momento de desnudar la memoria, que como dice Angelina Muñiz Huberman, es la primera muestra de amor,mientras que la segunda y definitiva es entregarla:

1.- Bella del Señor, de Albert Cohen. Un encuentro desgarrador  con mi visión de la belleza, con la experiencia del encuentro y el contraste  que  representa  el encuentro  con  el otro; particularmente, en el sentido de cuánto vale para la existencia la plenitud del amor y la vivencia de la belleza.

2.- En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Dediqué un año a la lectura de la colosal novela. Después de ella supe que no podría representarme el mundo sino mediante palabras; comprendí, o he tratado de comprender la belleza y la miseria de la desnudez humana frente al mundo, a la sociedad y la cultura.

3.- Rayuela, de Julio Cortázar. El primer gran libro de mi vida; no solo porque  Oliveira me  contagiara el hábito de fumar  o  porque pensara que la maga era la mujer ideal, todo eso pasó como pasan las fiebre sde la primera juventud; sino porque me enseño que la literatura es juego,  el gran juego de la existencia y el poder  más absoluto sobre la realidad.

4.- La leyenda del Santo Bebedor”, de Joseph Roth. Símbolo de la persistencia frente a la desgracia; nuevo mundo frente a la cualidad de la expresión y puerta de entrada al mundo fascinante de culturas que antes no había conocido

5.- Resurrección, de León Tolstoi. Por el asombro frente al dilema ético, por la llamada al fracaso de lo heroico que, sin embargo, permanece como una demanda de la moralidad frente a la existencia, y

6.- Haré trampa, porque lo que más me ha marcado en la vida no ha sido un libro sino un autor: Alfonso Reyes.

Lo siento, he leído por placer, las marcas más fuertes en la vida me las han hecho las situaciones y las personas; pero esas marcas me han resultado más profundas y hasta más deliciosas sólo por haberlas sazonado con letras.

JULIO CORTÁZAR O LA LITERATURA COMO JUEGO

De entre los millones de ocupaciones a los que puede dedicarse un ser humano, jugar es una de las más nobles; en la infancia, constituye una necesidad tan apremiante como dormir o comer, tan gratificante como el cariño de la madre y el encuentro con los hermanos. Al jugar, el niño experimenta el mundo, lo conquista desde la potencia más humana y también la más encantadora: la imaginación. Al contrario de lo que sucede con algunas de las actividades que realizamos en la infancia y que andando el tiempo, devienen absurdas y ridículas, jugar es una necesidad y un placer que no desaparece nunca y aunque en la medida en que envejecemos toma formas y manifestaciones muy diversas, el hecho es que permanece siempre constante porque, en esencia, su función es aligerar la vida, hacerla más liviana y por lo tanto, más habitable.

Nunca he podido creerme aquello de mantener vivo al niño que llevamos dentro; creo que no es más que una metáfora manida y un lugar común que puede pronunciarse con mayor o menor fortuna pero que resulta ridículo y patético en los cartelitos de autoayuda y motivación. Volver a la infancia, a ratos y generalmente sin previo aviso, no es señal de tener un resquicio de infancia viviendo solapadamente en los pliegues de nuestra conciencia, sino un momento de cierta sublimidad en que nos permitimos reinterpretar el mundo con la liviandad en la que suponemos que hacen los niños.

En un juicio moderadamente sano, no  podemos resucitar la infancia, y bien visto, quién querría revivir sus angustias, sus terrores nocturnos, la humillación de mojar la cama o las penalidades de ser el más gordo, el más bajo o el más débil de la clase. Olvidamos todas aquellas penurias de la infancia y nos quedamos únicamente con lo mas hermoso, con lo que más vale y que será siempre la más sutil causa de nuestra nostalgia, la levedad absoluta que solo el juego puede darle a la vida. Para convertirnos en adultos debemos matar lo poco que del niño nos deja los dramáticos años de la adolescencia; si somos afortunados despedimos con honores al niño que fuimos, con gratitud inmensa y afinando todo aquello que fue ingrato, maduramos así, en la dulce nostalgia de un mundo que se fue y no volverá. Pero el juego persiste.

Jugar es pues, cosa seria; fortalece y anima, es opiáceo y también revitalizante, compromete lo mejor de cada uno porque implica una naturaleza desinteresada; es fascinante porque es aleccionador y, al mismo tiempo divertido; nos anula en el mundo que construye pero nos hace mejores en el cerrado universo de sus reglas sin consecuencias; podemos seguir viviendo y manteniendo la cordura gracias al juego porque irrumpe en el espanto y en el drama de la vida suspendiendo el tiempo en tanto dura su ejercicio. Además de la limpieza y maestría de su ejecución, las letras de Julio Cortázar son inmensas porque son: fundamentalmente un juego.

Para muchos lectores el primer encuentro con Julio (lo llamo así, con el cariño y la intimidad con que se puede tratar a un amigo que nos ha acompañado desde los 16 años) es un antes y un después; no es mi caso y no porque no fuera el primer autor que leí, ni siquiera el primero que despertara mi admiración o mi pasión por su obra, sino porque con Alfonso Reyes, a quien descubrí al mismo tiempo, me reveló el gigantesco poder de las palabras para hacer más plena y más intensa la vida y se convirtió en santo y seña de mi mundo de obsesiones, goces, placeres y equívocos anhelos. Fue en 1986 cuando abrí por primera vez la primera pagina de Bestiario, en la sencilla edición de Nueva Imagen que compré con el dinero que me dio mi madre, en la vieja librería del Parque que aún existe cerca de la fuente de los espejos de Polanco.

Meses antes, Alfonso Reyes me había mostrado la grandeza que encierran las letras; pero ese día en la banca del parque que aún puedo identificar, Julio puso en mis manos algo distinto, un artefacto que no sólo era literatura, era un juego para asombrarse a costa de la vida. El pequeño volumen gris, con una tipografía acaso demasiado sencilla y un papel que de puro humilde no daba sino para, de veras, sentirse estudiante latinoamericano, no era sólo un libro, era un instrumento, un transformador que, luego lo supe, era más bien un juguete construido por su autor para el inmenso juego de la literatura que construye uno de los miles de mundos posibles.

Si Julio no fue el primer autor que leí, si puedo afirmar con certeza que fue el primero que releí y lo hice en el mismo instante que leí lo primero de sus gigantesco Bestiario, pues La Casa Tomada la leí tres veces seguidas, la segunda para salir del pasmo y la tercera por puro gusto. Así, la suerte estaba echada y unos días después andaba con Glenda del brazo, el juego infinito había comenzado y aún continúa. Cuando un par de años después leí por primera vez Rayuela, la lectura no volvió a ser para mí nunca lo mismo; de ahí y hasta nuestros días leer sería un placer absoluto o no sería nada.

En ese año brutal de mis dieciséis, apenas unos meses después del terremoto de la Ciudad de México, había saltado de Verne, Gibrán y Salgari a la literatura de verdad, no a la de los manuales que determinaban la letras casi infantiles, sino la que uno se fabrica sólo en los anaqueles de la librerías. También en ese año había fallecido Borges, que se me reveló como un dios enorme pero hierático que me arrojó en brazos de Alfonso Reyes; así en ese año descubrí a Cortázar gracias a un profesor de literatura, al que no guardo rencor pero tampoco particular agradecimiento y que tenía a Julio como lectura obligatoria en un programa del que no quería, ni podía despegarse un milímetro.

Así apareció Julio en mi vida, en ese entonces tenía dos años de habernos dejado pero la casi infantil tertulia de los viernes cafeteros con los amigos, aún sin alcohol ni mujeres reales, lo daba aún por vivo y más aún porque lo invocábamos con la fascinación que sólo puede experimentarse cuando se conserva intacta la capacidad de asombro. Julio me lanzó a la poesía de Ernesto Cardenal, de tal manera que el día en que la fortuna quiso regalarme uno de los días más hermosos de mi existencia, estuve a su lado en una lectura de poesía que ofreció a los alumnos de la Facultad de Derecho de la UNAM con motivo de la imposición de la Medalla Isidro Fabela, en el año 2006.

Justo veinte años después de mi primer encuentro con Julio, en aquel 2006 cuando ya no era un niño que soñaba con los personajes de Rayuela y de todos los juegos, pero que la vida quiso que esa tarde me sentara junto a uno de los más grandes poetas de nuestro tiempo, un hombre ejemplar en su bondad y que para mí era, en ese momento, un personaje de Julio que se había escapado de Apocalipsis en Solentiname y al que le pregunté su opinión sobre la poesía revolucionaria, no porque me preocupara, sino por el placer de escucharlo y que me respondió con casi las mismas palabras que usó Julio en su curso de literatura en Berkeley: la poesía, para ser revolucionaria, primero debe ser autentica poesía.

Estos alucinantes accidentes de la vida sólo tienen sentido cuando alcanzamos a atisbar el hecho fundamental de que lo mejor de la existencia, como las letras de Cortázar, es el juego y el sentido lúdico con que hacemos las cosas que en realidad llamamos valiosas; por eso en tu cumpleaños, grandísimo cronopio, no puedo sino reírme de que hayas dictado un alucinante curso de literatura justo en Berkeley, aquella universidad americana a la que Alfonso Reyes dedicara uno de sus libros mas juguetones y divertidos, Berkeleyana.

Y así, como siempre, como cada vez que mi viejo ejemplar de Rayuela me lo reclama, vuelvo a las paginas de Julio, temeroso y ansioso al mismo tiempo de descubrir cual es la siguiente jugada que me depara este cronópico divertimiento al que llamamos vida y también literatura.

Gracias Julio

El libro nuestro de cada martes… La obra de Julio Cortázar

Feliz cumpleaños Grandísimo Cronopio. No una, sino muchas recomendaciones hoy, una mirada a los libros de Cortázar. Que pase un gíglico día.

1938: Presencia, (sonetos, con el seudónimo de Julio Denis).

http://mx.casadellibro.com/ebook-presencia-ebook/9788415614135/1986997

1945: La otra orilla (obra póstuma, publicada en 1995)

http://www.puntodelectura.com/es/libro/la-otra-orilla/

1949: Divertimento 

http://www.alfaguara.com/es/libro/divertimento/

1949: Los reyes (con el seudónimo de Julio Denis).

http://www.alfaguara.com/es/libro/los-reyes/

1950: El examen 

http://www.alfaguara.com/es/libro/el-examen/

1951: Bestiario

http://www.puntodelectura.com/ar/libro/bestiario-3/

1952: Imagen de John Keats 

http://www.alfaguara.com/es/libro/imagen-de-john-keats/

1956: Final del juego

http://www.alfaguara.com/cl/libro/final-del-juego-4/

1959: Las armas secretas 

http://www.alfaguara.com/es/libro/las-armas-secretas/

1960: Los premios

http://www.alfaguara.com/es/libro/los-premios/

1962: Historias de cronopios y de famas

http://www.alfaguara.com/mx/libro/historias-de-cronopios-y-de-famas-9/

1963: Rayuela

http://www.elpais.com.co/elpais/cultura/noticias/cinco-razones-para-volver-leer-rayuela-julio-cortazar

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/06/24/actualidad/1372090801_508996.html

1966: Todos los fuegos el fuego

http://www.alfaguara.com/es/libro/todos-los-fuegos-el-fuego-13/

1967: La vuelta al día en ochenta mundos

http://www.sigloxxieditores.com.ar/fichaLibro.php?libro=978-987-629-104-0

1967: Buenos Aires, Buenos Aires

http://www.jornada.unam.mx/2014/08/26/index.php?section=cultura&article=a04n1cul&partner=rss

1968: 62 Modelo para armar

http://www.alfaguara.com/es/libro/62-modelo-para-armar-8/

1969: Último round 

http://www.sigloxxieditores.com/libros/Ultimo-round-Tomo-I/9788432313554

1970: Viaje alrededor de una mesa

http://www.bn.gov.ar/abanico/A60904/cortazar-mesa.html

1971: Pameos y meopas

http://www.escribirte.com.ar/obras/653/-pameos-y-meopas.htm

1972: Prosa del observatorio

http://www.revista.unam.mx/vol.10/num5/art31/int31.htm

1973: Libro de Manuel

http://www.alfaguara.com/ar/libro/libro-de-manuel-1/

1973: La casilla de los Morelli

http://bibliotecapopulardeltren.blogspot.mx/2010/07/la-casilla-de-los-morelli-julio.html

1974: Octaedro

http://www.alfaguara.com/ar/libro/octaedro-1/

1975: Fantomas contra los vampiros multinacionales

http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/ojs_rum/index.php/rum/article/view/2383/3443

1976: Estrictamente no profesional

http://www.lecturalia.com/libro/8243/estrictamente-no-profesional

1977: Alguien que anda por ahí

http://www.alfaguara.com/es/libro/alguien-que-anda-por-ahi/

1978: Territorios

http://www.sigloxxieditores.com/libros/Territorios/9788432314148

1979: Un tal lucas

http://www.alfaguara.com/es/libro/un-tal-lucas/

1980: Clases de literatura. Berkeley, (publicada en 2013)

http://www.alfaguara.com/es/libro/clases-de-literatura-1/

1980: Queremos tanto a Glenda

http://www.alfaguara.com/es/libro/queremos-tanto-a-glenda/

1982: Deshoras

http://www.alfaguara.com/ar/libro/deshoras/

1982: Los autonautas de la cosmopista

http://www.alfaguara.com/es/libro/los-autonautas-de-la-cosmopista/

1983: Nicaragua tan violentamente dulce

http://niunsololibro.blogspot.mx/2012/03/nicaragua-tan-violentamente-dulce-julio.html

1984: Salvo el crepúsculo

http://www.alfaguara.com/es/libro/salvo-el-crepusculo/

1984: Alto el Perú

http://www.quelibroleo.com/alto-el-peru

1984: Silvalandia

http://www.alfaguara.com/es/libro/silvalandia/

1986: Diario de Andrés Fava (capítulo desprendido de El examen).

http://www.alfaguara.com/es/libro/diario-de-andres-fava/

1995: Adiós Robinson y otras piezas breves (obra póstuma).

http://www.alfaguara.com/es/libro/adios-robinson-y-otras-piezas-breves/

2009: 1940-1984: Papeles inesperados

http://www.alfaguara.com/es/libro/papeles-inesperados/

Los niños que vinieron del sur

Para Antonio Piccato

 Pertenezco a una de las primeras generaciones que labraron su imaginario y su lenguaje con la televisión; una generación para la que ese invento no era ya ninguna novedad y para la que resultaba indispensable para una vida normal y un hogar completo. Si la televisión era ya parte de la cotidianeidad, las televisiones de alta tecnología todavía estaban lejos, en la programación de aquellos días convivían los programas a color y los realizados en blanco y negro, la producción mexicana era todavía mediana y no era suficiente para satisfacer la demanda de un enorme universo infantil hambriento de imágenes; de hecho, entre las opciones que podían sintonizarse había programas que mis padres no pudieron ver y no porque no existieran sino porque en la escasez o inexistencia de televisiones en su infancia no habían podido ser vistos en México antes, programas eternamente repetidos y grabados originalmente veinte o treinta años antes, que algunos de los hechos en este país todavía usaban cartulinas rotuladas para hacer constar los créditos y los títulos.

En ese país de poco antes de la primera crisis sexenal, el mundo llegaba a cuentagotas a través de la pantalla del televisor y, en la inmensa mayoría de los hogares mexicanos, lo hacía en la voz de un solo hombre: Jacobo Zabludowsky. Con la cercanía que le daban la fama y su aparición cotidiana y sacramental de cada noche, la gente utilizaba las palabras del periodista como un argumento de autoridad:

  • Es cierto, Jacobo lo dijo anoche…

Y ese argumento era irrebatible, cuando Jacobo lo decía no había nada que replicar, en ese mundo de antes de la completa libertad de prensa, los mexicanos teníamos que confiar en el hombre de los audífonos enormes y su legendaria secretaria Lupita que tenía el derecho de interrumpir al locutor para anunciarle que el propio Presidente de la República le llamaba por la línea cuatro; irremediablemente, como mexicano que era, el presidente Echeverría lo llamaba familiarmente Jacobo, como todos. Y es precisamente a Zabludowsky a quien le debo tres de mis recuerdos más impactantes de infancia. Todos ellos ocurrieron entre los años de 1975 a 1979, por lo que, con toda seguridad el recuerdo que hoy tengo en la memoria sea muy distinto a lo sucedió en realidad

El primero de ellos es de noviembre de 1975; se trata de la muerte de Francisco Franco; de aquella noche recuerdo la extraña sensación entre la incredulidad y el entusiasmo por una noticia largamente esperada y, luego, en los días siguientes un sentimiento raro de vacuidad, como si después de aquel momento algo que tenía que suceder no ocurría y como si, de pronto, en lugar de estar más cerca de España, estuviéramos más lejos porque quienes tenían razones para volver no tenían ya a dónde regresar y porque quienes tenían causas para ir no estaban en posibilidad de hacerlo. La tercera, la de 1979, fue mas bien la culminación de una larga serie de recuerdos tomados también de los servicios noticiosos de Zabludowsky; durante buena parte de 1978, cuando estalló la revolución sandinista y podía seguir, con mis padres o a escondidas de ellos cuando juzgaban las imágenes demasiado fuertes para tierna sensibilidad de su pequeño hijo que, bajo las sábanas y ayudado de una linterna de mano se entretenía leyendo las memorias de Fanny Hill; de ahí se me quedaron nombres como Masatepé que mal pronunciaba a la mexicana diciendo Masatepe, hasta que Ernesto Cardenal me corrigió la pronunciación con un retraso de veintisiete años; momentos como la heroica caída de Granada y, en aquella noche memorable de julio de 1979, la entrada triunfante del Frente Sandinista de Liberación Nacional en las gozosas calles de Managua. Aunque esta noticia si tuvo consecuencias y, en efecto, por arte y gracia de mucha propaganda que siempre tuve a la mano, se construía una alegre Revolución donde no había camaradas como en la Unión Soviética, sino “compas”, de compadre, algo más cercano a lo que un mexicano puede considerar por arriba de un hermano.

Pero fue la noticia que dieron en la noche del 24 de marzo de 1976, la que sin comprender lo que sucedía, causaría la segunda de las impresiones más fuertes de mi infancia. Hablaban de un golpe de Estado en Argentina; desde luego, el término no era extraño para los niños iberoamericanos nacidos a finales de la década de 1960 y hasta principios de 1970 que, para los once o doce años estarían – como cualquiera – familiarizados con expresiones como represión, golpe de Estado, imperialismo, desaparición y muchos más que hoy, queremos creer son términos que ni un adolescente maneja con suficiente soltura. Recuerdo una imagen, una foto fija, que ocupaba toda la pantalla y bajo la cual golpeaba la voz de Jacobo Zabludowsky machacando la caída del gobierno y la ocupación por los misteriosos sujetos con caras patibularias que se hacían llamar la Junta. No lo sabía entonces, tardaría mucho tiempo en saber lo que esa noche fatídica iba a significar en mi vida y en la de muchos mexicanos de mi edad.

Tenía ya cierta experiencia familiar en materia de exilio, como la tenemos una buena parte de los mexicanos, pero la memoria, en una tercera generación, es una forma de identidad que puede asumirse con cierta facilidad, en ella lo dramático se ha vuelto histórico y literario, ha dejado de ser espeluznante para volverse heroico y, sobre todo, el dolor se purifica para convertirse en motivo de legítimo orgullo; también tenía otro género de experiencias por la convivencia con el exilio chileno a través de colegas de mi padre, de los que más bien recordaba con humor los equívocos entre las palabras chilenas y mexicanas, términos como “huevón”, “comer” o “cenar” y, en especial dos localismos maravillosos: el mexicano “tu casa” que en chileno se dice “mi casa” y no con el posesivo con que los mexicanos sintetizamos la expresión “mi casa es tu casa”, y el chileno “polola” y su delicioso verbo “pololear”; para el tiempo en que tuve mi primera polola, no tenía contacto con ningún exiliado chileno – al menos no por mi propia persona sino a través de mis padres – pero la presencia de Allende y de la oprobiosa dictadura pinochetista se me había convertido en uno de mis precarios leitmotiv, al que había llegado gracias a la lectura del entrañable Aventura de Miguel Littín, clandestino en Chile de García Márquez, para ese tiempo la presencia de algunos amigos y compañeros de clases argentinos, estaba representando una revelación para mí; mientras que la presencia de la argentinidad entre los miembros de mi generación iba causando también un impacto sereno, silencioso y acompasado.

Para mí, para mi entorno personalísimo, la presencia de los argentinos representó la destrucción de mi creencia infantil de los estereotipos; mucho era mentira, los argentinos no eran pesados ni desagradables, sino sentimentales y dados al humor, se debatían constantemente entre el humor ácido y negro y el sentimentalismo que no pocas veces terminaba en llanto; si así era con los argentinos, seguramente debía serlo con todos los estereotipos de las demás naciones, para muchos miembros de mi generación, los chicos argentinos iban a representar un encuentro con lo que había de humano fuera de nuestras fronteras; significó también el contacto directo con el testimonio de lo inenarrable; el contacto personal con quienes se habían enfrentado con valor a fuerzas que no podían, ni con mucho, conocer y menos vencer. Cuando escuchaba – rarísima vez, es cierto – a los padres de mis amigos contar lo que habían visto, lo que habían escuchado y lo que habían sabido, me acordaba de la frase de Unamuno: “podréis vencer, pero no podréis convencer” y tenía siempre presente a los viejos republicanos españoles con su decencia rancia de décadas, odios y esperanzas; una decencia que no tuvo ni podía tener precio, que no se vendía ni se ocultaba; puede ser que los españoles fueran más expansivos en ese sentido, o que a los argentinos les pudiera el recato latinoamericano, el hecho es que esos momentos que se vivían en momentos únicos, esparcidos con lapsos incluso de años, me dejaron una clara idea de lo que significa la lealtad, el honor y la dignidad, valores que sólo relucen cuando se los ve amenazados.

Alguna vez, uno de esos amigos me hizo notar que Buenos Aires estaba más lejos que Madrid, y que el habla de los argentinos era tan diferente o más del lenguaje de los mexicanos que el habla de los españoles, en suma, que Argentina estaba más lejos de México que España, aunque estuviéramos en el mismo continente y de Europa nos separara un océano. En sus valijas y bolsos de viaje, los argentinos trajeron de aquella tierra remota muchas cosas que los mexicanos ya conocíamos pero que no estaban en la mesa cotidiana del diálogo; de hecho, desde la gestión de Alfonso Reyes como embajador en la Argentina, hacía unos cincuenta años, cuando las relaciones argentino mexicanas alcanzan una de sus cimas, nuestros países fueron incrementando la distancia, el forzado reencuentro del exilio permitió a mi generación – a través de amistades y maestros – el descubrimiento de autores que permitían dar significado a la pluralidad de acentos en la literatura latinoamericana; para nosotros, quienes habíamos comenzado a leer después de la época del boom, en un tiempo de vacío literario en espera de la siguiente gran tendencia, los jóvenes argentinos, entonces preparatorianos – o bachilleres, como se nos comenzaba a llamar en aquellos días – nos dieron a conocer a Borges y a Sábato y, aunque con todo un retraso generacional, a Julio Cortázar.

La mayor parte de los pequeños del exilio provenían de familias con un grado cultural importante y, desde luego, de una carga ideológica a la que sus colegas mexicanos no estábamos, por lo general, muy habituados; siempre me pareció que mantener el prestigio de un país culto, cuya fama habrían de destruir los militares, era parte de la misión vital que estos muchachos habían tomado voluntariamente para sí; las lecturas eran como un santo y seña entre ellos y quienes, con algo de curiosidad al principio y luego con innegable afecto, nos acercábamos, sentíamos que leer era un deber moral frente a la barbarie.

Tres fueron las muestras principales de su pequeño legado en mi personalidad como lector; el primero fue Borges y no sólo por Borges mismo que ya era mucho decir, sino porque a través de él me aproximé al autor más influyente en mi carrera de lector: Alfonso Reyes; si Borges que era el Maestro, se refería a Reyes como el autor por el que debería comenzar el análisis de la prosa castellana del siglo XX, llamándolo incluso maestro, era obligatorio leerlo; si autor de Tlön se enorgullece más de lo que ha leído, también debe estar orgulloso por los autores en que introdujo a sus lectores; el segundo, por el tiempo y no por la influencia, fue Rayuela de Cortázar; al contrario de la generación que me precedió, la Rayuela no fue para nosotros un libro de culto, no se leyó ni con el volumen ni con la pasión que la leyeron los coetáneos de mis hermanos mayores, para nosotros fue más bien el signo de una cofradía que, ilusoriamente, nos hacía creer que vivíamos contra corriente, que enfrentábamos imaginarios peligros por poseer y leer un libro que escrito con técnicas inéditas para nosotros, se leía a saltos y con una serie de claves obtenidas de otros libros de Cortázar; hay que confesarlo, los que leímos en aquellos años – de los que Alfonso Reyes dice que nos salvan o en los que nos suicidamos, pero de los que guardamos siempre tibias lágrimas – aprendimos a amar París y también a desear una novia como la Maga; hoy sigo amando París, pero me daría terror enamorarme de una mujer tan complicada. Por último, el testimonio de Sábato expresado en Nunca Jamás, el informe de la represión que fue publicado cuando Argentina comenzaba a recuperar la libertad perdida; curiosamente, la edición que todavía conservo en mi biblioteca no está en castellano, ese resumen en un tomo todavía tardaría en llegar a México, sino en inglés, en la bien formada edición de Farrar, Strauss & Giroux; ese libro nos permitió a quienes nos habíamos quedado en México – mexicanos y argentinos – compartir, si es que eso era posible, el horror y la pena y, sobre todo, el deseo de justicia. Ahora que el tiempo ha pasado, que todos nos hemos hecho adultos y que se descubre con mayor precisión todo cuanto sufrió ese pueblo, tanto por quienes se quedaron como quienes se abrigaron con nosotros, no encuentro a nadie que halla estado cerca de ellos que no coincida en la urgente demanda de justicia como primer paso para la auténtica reconciliación.

Hubo, sin embargo, otro rubro menos académico y menos formal en el que los argentinos, e insisto, los jóvenes argentinos, nos enseñaron mucho; ese ámbito fue el de la música popular y aquí, si se me permite, ya estoy hablando de una influencia generalizada. Por un lado, contribuyeron a empujar el género de la nueva trova, ya no cubana, sino latinoamericana, resucitando el gusto por la música andina y por la canción de denuncia que había tenido una época de oro algunos años antes; León Giego y Mecedes Sosa, entre otros, que compartían la escena con Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, pertenecieron al tiempo que siguió a la popularidad de Inti Illimani, Quilapayún, Violeta Parra y Victor Jara. De hecho, Mercedes Sosa era obligatoria para cierto tipo de joven de mi generación – así con ínfulas de intelectual comprometido, o con ilusiones de chico culto – pero los intérpretes de la generación anterior eran materia de especialistas. Sobre todo porque Mercedes Sosa hablaba de un tema que para nosotros, mexicanos de las crisis sucesivas, los que fuimos educados en la siempre postergada ilusión de la globalización y el ingreso al primer mundo, era por completo desconocido: Latinoamérica. Oír hablar de la miseria y del dolor que volvíamos marginal aquí, como un mal de todo el continente, lo hacía a uno sentirse un poco culpable – digo un poco por no dramatizar lo que un adolescente apenas parece tener capacidad de aceptar – y se nos volvía casi una seña de identidad.

Producto de esa educación tendiente a admirar los logros de los Estados Unidos y a envidiar la riqueza de los europeos, los chicos mexicanos oíamos entonces todavía muy poco rock en español y el que oíamos, o bien era francamente un producto de usar y tirar, tanto que nos apena hoy llamarlo rock, o bien era completamente marginal y en lugar de ser un mecanismo de identificación, se aproximaba más a los estigmas de una sociedad provinciana; Three Souls on my Mind – luego llamado simplemente el Tri pero entonces todavía teniendo que usar un nombre en inglés, o Rockdrigo González, el Profeta del Nopal, no eran escuchados por las grandes masas y quienes los oíamos nos sentíamos a gusto con quienes compartían nuestra afición, pero ni por asomo hacíamos gala de ella para no ser descalificados en esos días en que la aceptación social es de vital trascendencia y, sin embargo, desde la Argentina – como desde España – los jóvenes se atrevieron a hacer un rock tan comercial como bien hecho y tan socialmente aceptable como pudiera serlo cualquier intérprete de rock inglés o americano. Sin embargo, a diferencia del rock español que era el resultado de una liberación de los lenguajes a cinco o seis años de la muerte de Franco, el rock argentino se las ingeniaba para decir cosas entre líneas, con ellos, los jóvenes mexicanos aprendimos la metáfora poética del rock y la forma de decir las cosas de modo que pudieran pasar desapercibidas para los adultos, es decir, para la autoridad; si los españoles se perdían en gracejadas y querían una novia pechugona – como decía La Trinca –, o festejaban la libertad de ligar chicas con veneno en la piel – como afirmaban gloriosamente los de Radio Futura – los chicos argentinos vivían una lucha de gigantes o pedían que los despertaran cuando pasara el temblor – como ordenaban en Soda Estéreo –, incluso recordaban a las abuelas buscando bebés bajo las luces de neón – afirmaba Miguel Mateos antes de descafeinarse –. De todo eso, del dormir mientras pasa el temblor o del buscar bebés, tuvimos que aprender de los argentinos que no podían decir las cosas con todas sus letras, pero que bien se las ingeniaban para de todas formas decirlas.

Pertenezco a una generación que creció con los pequeños del exilio argentino y me enorgullezco mucho de la fortuna que me permitió estar cerca de ellos. Igual que muchos de mis mayores que supieron abrigar a los republicanos españoles, a los que escuché de niño, algún día mis hijos sabrán que hubo entre nosotros, pequeños exiliados que hicieron suya esta patria y, por lo menos a uno de ellos, con todo el cariño que la palabra encierra en México, lo llamará tío.

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