La Cisterna en casa, domingo de libros actuales: La mujer en mi entierro de José Memun, ed. Textofilia

Quién hablará de nosotros cuando hayamos muerto, si no es que dejamos huellas y voces sobre lo que de verdad importa. José Memun ofrece una visió del amor, el dolor y la esperanza… desde el funeral de su personaje en La Mujer de mi entierro.

La mujer de mi entierro de José Memun de Textofilia

Lo que hay en la cisterna: El paso de mi maestro de David Almanza para libre descarga

David Almanza ha construido una vida que no está libre de los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne como decía Shakespeare, pero en torno a ella fabricó un halo de paz, el cariño de sus amigos. Esta es la primera publicación individual de un miembro de los cursos de Cisterna de Sol, un memorial sincero, franco, sin efectos especiales de un amigo, la huella de un maestro y un recuerdo que se perpetúa a través de generaciones. Para su goce y disfrute.

El vals del minuto: Crónica y trascendencias

La trascendencia no está en los hechos ni en los datos sino en la interpretación que les damos, ese es el arte de la crónica.

Crónica y trascendencia

Las citas de los viernes: Alfonso Reyes y la Oración del 9 de febrero

La Oración del 9 de febrero es un libro único en la obra de Alfonso Reyes, una confesión histórica y un bálsamo espiritual a la muerte de su padre; para abrir el fin de semana, esta pequeña muestra de una obra memorable:

Pero ya me canso de rogar, aun a mis mejores amigos —no que se tomen el trabajo de leer mis ciento y pico de libros publicados hasta hoy, que sería mucho pedir—, sino que pasen los ojos por la lista de mis obras, antes de lanzar generalizaciones sobre mi carrera de escritor.

En la última inundación, el río se llevó la mitad de nuestra huerta y las caballerizas del fondo- Después se deshizo la casa y se dispersó la familia. Después vino la revolución. Después, nos lo mataron..

La venganza se resolvía en besos y caricias

Bien es cierto que esos pocos días me compensaban de largas ausencias porque era la suya una de esas naturalezas cuya vecindad lo penetra y lo invade y lo sacia todo. Junto a él no se deseaba más que estar a su lado. Lejos de él, casi bastaba recordar para sentir el calor de su presencia.

Siempre el evocarlo había sido para mí un alivio. A la hora de las mayores desesperaciones, en lo más combatido y arduo de las primeras pasiones, que me han tocado, mi instinto acudía de tiempo en tiempo al recuerdo de mi padre, y aquel recuerdo tenía la virtud de vivificarme y consolarme. Después —desde que mi padre murió—, me he dado cuenta cabal de esta economía inconsciente de mi alma. En vida de mi padre no sé si llegué a percatarme nunca…

Yo nunca vi llorar a mi padre. Privaba en su tiempo el dogma de que los varones no lloran. Su llanto me hubiera aniquilado. Acaso escondiera alguna lágrima. ¡Sufrió tanto! Mi hermana María me dice que ella, siendo muy niña, sí lo vio llorar alguna vez, a la lectura de ciertos pasajes históricos sobre la guerra con los Estados Unidos y la llegada de las tropas del Norte hasta nuestro Palacio Nacional.
Como él sólo dejaba ver aquella alegría torrencial, aquella vitalidad gozosa de héroe que juega con las tormentas; como nunca lo sorprendí postrado; como era del buen pedernal que no suelta astillas sino destellos, me figuro que debo a él cuanto hay en mí de Juan-que-ríe. A mi madre, en cambio, creo que le debo el Juan-que-llora y cierta delectación morosa en la tristeza.

Yo bien hubiera querido — y mi ternura se atrevió a sugerírselo— verlo consagrado a escribir sus memorias cuando regresó de Europa, en vez de verlo intervenir a destiempo en los últimos acontecimientos que lo condujeron a un fin trágico. Pero era difícil que prevaleciera el deseo de un muchacho sin experiencia (para colmo, “picado de la araña” y que vivía siempre en las nubes) sobre las incitaciones de otras personas mayores, que después se han arrepentido al punto de negar su responsabilidad en aquella funesta ocasión, y sobre el peso de tantos deberes y tantos intereses nacionales coligados por la fatalidad. Mi brújula no se equivocaba, y tengo derecho a lamentarlo.

De repente sobrevino la tremenda sacudida nerviosa, tanto mayor cuanto que la muerte de mi padre, fue un accidente, un choque contra un obstáculo físico, una violenta intromisión de la metralla en la vida y no el término previsible y paulatinamente aceptado de un acabamiento biológico. Esto dio a su muerte no sé qué aire de grosería cosmogónica, de afrenta material contra las intenciones de la creación. Mi natural dolor se hizo todavía más horrible por haber sobre- venido aquella muerte en medio de circunstancias singular- mente patéticas y sangrientas, que no sólo interesaban a una familia, sino a todo un pueblo. Su muerte era la culminación del cuadro de horror que ofrecía entonces toda la ciudad.

Por las heridas de su cuerpo, parece que empezó a desangrarse para muchos años, toda la patria…

Lloro por la injusticia con que se anuló a sí propia aquella noble vida; sufro porque presiento al considerar la historia de mi padre, una oscura equivocación en la relojería moral de nuestro mundo; me desespera, ante el hecho consumado que es toda tumba, el pensar que el saldo generoso de una existencia rica y plena no basta a compensar y a llenar el vacío de un solo segundo. Mis lágrimas son para la torre de hombre que se vino abajo; para la preciosa arquitectura —lograda con la acumulación y el labrado de materiales exquisitos, a lo largo de muchos siglos de herencia severa y escrupulosa— que una sola sacudida del azar pudo deshacer; para el vino de siete cónsules que tanto tiempo concentró sus azúcares y sus espíritus, y que una mano aventurera llegó de repente a volcar.

Después me fui rehaciendo como pude, como se rehacen para andar y correr esos pobres perros de la calle a los que un vehículo destroza una pata; como aprenden a trinchar con una sola mano los mancos; como aprenden los monjes a vivir sin el mundo, a comer sin sal los enfermos

Cuando salí de mi casa
con mi bastón y mi hato,
le dije a mi corazón:
—Ya llevas sol para rato!—
Es tesoro —y no se acaba:
no se me acaba —y lo gasto.
Traigo tanto sol adentro
Que ya tanto sol me cansa.—
Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.

Desde -entonces mi noche tiene voces,
huésped mi soledad, gusto mi llanto.
Y si seguí viviendo desde entonces

es porque en mí te llevo, en mí te salvo,
y me hago adelantar como a empellones,
en el afán de poseerte tanto.

Aprendí a preguntarle y a recibir sus respuestas. A consultarle todo. Poco a poco, tímidamente, lo enseñé a aceptar mis objeciones —aquellas que nunca han salido de mis labios pero que algunos de mis amigos han descubierto por el conocimiento que tienen de mí mismo. Entre mi padre y yo, ciertas diferencias nunca formuladas, pero adivinadas por ambos como una temerosa y tierna inquietud, fueron derivando hacia el acuerdo más liso y llano. El proceso duró varios años, y me acompañó por viajes y climas extranjeros. Al fin llegamos los dos a una compenetración suficiente. Yo no me arriesgo a creer que esta compenetración sea ya perfecta porque sé que tanto gozo me mataría, y presiento que de esta comunión absoluta sólo he de alcanzar el sabor a la hora de mi muerte.

El libro nuestro de cada martes: Gran Cabaret, de David Grossman. Ed. Lumen

Un libro franco, claro… un disparo a la memoria de la infancia, a los encuentros y los desencuentros del tiempo; a la evolución de la vida y a la educación sentimental. Un libro de contrastes que no se puede pasar por alto. La pluma de Grossman demuestra una vez más su enorme capacidad para lo entrañable, para las pequeñas sagas de todos los días. Muy buena edición de Lumen

Algo más sobre el libro: https://elpais.com/cultura/2015/04/01/babelia/1427905606_012917.html

Una entrevista a David Grossman

1968. Los que no estábamos 

Todos estamos hechos de recuerdos, de los nuestros y de los que heredamos. En la casa de mis padres había una enciclopedia gráfica de la Revolución mexicana, aquella de pastas azules en la que se glosaba el legendario archivo Casasola; el último de sus tomos cantaba las glorias de los gobiernos revolucionarios; entre sus páginas, como una mancha de dudosa procedencia, aparecía el movimiento estudiantil de 1968.

Mis hermanos y yo nacimos entre 1963 y 1977; no hubo en casa memoria de aquellos días; cuando me pude acercar a “La noche de Tlatelolco” de Poniatowska, aún era poco lo que se decía y menos los que se podía encontrar. Era una guerra perdida entre la estrategia del olvido y la férrea persistencia de la memoria y de la vida. En los primeros años de la curiosidad los entonces adolescentes, casi niños, realizábamos una especie de arqueología informativa, pescábamos un dato aquí y otro allá, hablábamos con los hermanos de los amigos que sí habían estado, escudriñábamos la memoria de los padres que habían perdido a alguien, explorábamos el recuerdo de la ciudad que se negaba a olvidar lo inexpresable. El 68 era para nosotros, entonces, una especie de espantajo con el que nuestros padres y maestros buscaban protegernos, nos advertían que sólo a los muchachos que se metían en problemas el gobierno los trataba de esa manera y la expresión “esa manera”, encerraba mitos, leyendas, temores enormes que se mezclaban con lo que ya sabíamos que sucedía en Argentina o en Chile.

El terremoto de 1985 despertó muchas conciencias, levantó la nuestra, nosotros, entonces malinformados y todavía imberbes, ya queríamos y teníamos algo que decir, cosas que no nos cuadraban como las desigualdad, la pobreza y la eternidad priísta que nos parecía contranatura; luego, dentro de la ola que se produjo con el movimiento telúrico, en 1989 Jorge Fons estrenó “Rojo amanecer” y el tema saltó de los textos académicos y de las publicaciones clandestinas y marginales a los medios masivos; la película la vi en el enorme Cine Chapultepec, también ahora parte de la memoria perdida; al salir, además del miedo que traía metido en la sangre, me embargaba una enorme vergüenza, no podía soportar la idea de que aquellos jóvenes, que tenían entonces unos cuantos años más de los que yo tenía al presenciar el fime, hubieran tenido que transitar todos esos lustros en el silencio y en las sombras; ahora aparecían como héroes de una historia que debía ser contada. Poco después se permitió la exhibición de “El grito” de Leobardo López, con lo que parecía que las puertas se habían abierto.

En 1993 con ocasión del XXV aniversario del movimiento se inauguró la Estela de Tlatelolco; aunque el diálogo estaba ya abierto y se podía decir todo, o casi todo, las diversas versiones entre los participantes parecían perpetuar las divisiones que ya se habían engendrado desde la época de los hechos; pero ya la suerte estaba echada y nos enterábamos de datos nuevos, de cifras espeluznantes, de prácticas que desconocíamos y que nos dejaban saber el mundo en el que en realidad habíamos vivido; para 2015, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal impuso, en letras de oro, la expresión: “A los mártires del movimiento estudiantil de 1968”; un nuevo riesgo aparecía en el horizonte, la normalización del hecho histórico para lanzarlo tan lejos como la memoria lo hiciera posible, oficializar el sacrificio e instalarlo en el martirologio oficial, haciéndo inocuo y similar a los niños héroes. Dudo que se tratara de una estrategia oficial, más bien, pertenecía a una especie de inercia histórica en la que nuestro miedo al cambio, nuestro temor a remover el pasado resulta preferible a la justicia y la verdad, echar tierra con la finalidad de seguir adelante. La sobrevivencia consiste en una rarísima suma de ambos elementos, verdad y olvido, justicia y perdón. Pero lo que no es posible es aspirar a la justicia sin haber conocido la verdad ni practicar el perdón si no se conocen las auténticas dimensiones de las ofensas.

Ahora se cumplen cincuenta años del movimiento de 1968; los que no estuvimos miramos con cierta lejanía que nos aproxima a una poco menos que imposible imparcialidad, después de todo hablamos de nuestro país y de nuestro pueblo, pero sabemos que aquel movimiento era parte de una ola en todo el mundo; sabemos también que se trató de un hecho de represión ilegítimo e ilegal y que las visiones maniqueas sobre la infiltración comunista son falsas, incompletas y hasta infantiles; sabemos, que nuestras libertades, como hoy las tenemos, con sus amenazas y limitaciones, son hijas de aquel dolorosísimo parto. Los que no estuvimos, llegamos al mundo con un compromiso adquirido que exige ser satisfecho. Las generaciones post 68, que han buscado su identidad bajo una sombra gigantesca, tienen en esta conmemoración la oportunidad de honrar la memoria construyendo un mañana de paz, democracia y verdad.

El libro nuestro de cada martes: Fuga en Mi menor de Sandra Lorenzano

Muchas veces los lectores preferimos los consagrados, los clásicos, la tendencia; como si nos protegiéramos de la sorpresa y nos olvidamos de aquellos tiempos en que toda la literatura era nueva y el prestigio de los autores nos importaba menos que una buena historia o un buen poema, no había más garantía que una hojeada y eso era suficiente. Puestos así, una nueva lectura me recordó el cuento de las mil y una noches de aquel que soñó que encontraba un tesoro sepultado debajo de una fuente en un jardín que si bien le parecía haber visto no lograba identificar del todo, recorrió el mundo, gastó media vida y al final, cuando sintió desfallecer volvió a casa sintiéndose fracasado y encontró ahí, de donde había salido, el jardín y la fuente que ocultaba el tesoro. Así nos pasa con los libros a veces, entre tanto seguir y seguir nos olvidamos de lo que se hace aquí y ahora entre nosotros.

El pequeño tesoro que me he encontrado es Fuga en Mi menor de Sandra Lorenzano, que no es ninguna novata pero que su nombre debería ya sonar más fuerte, en una linda edición de Tusquets. La novela es todo un reto a la memoria y al goce de la música, incluso es recomendable leerlo mientras se escuchan los compases que están escuchando sus personajes, la autora esbozará una sonrisa porque seguramente es lo que deseaba que hicieran sus lectores.

La lucha por la conservación y la reconstrucción de la memoria, la vuelta al origen y los secretos de familia se entrelazan para proponer una historia sencilla pero no simple, una historia que daría gusto contar y una historia que siempre se impone en el recuerdo.

No hay que ir muy lejos. Con Sandra Lorenzano hemos atinado esta vez y esperemos que sea igual, muchas veces.

Algo más sobre el libro:

http://www.lecturalia.com/libro/91000/fuga-en-mi-menor

Algo sobre Sandra Lorenzano:

 

El libro nuestro de cada martes: El último tango de Salvador Allende

Es difícil no recordar a Salvador Allende; cuando los niños chilenos llegaron a México a compartir nuestro pan y nuestro espacio, la imaginación se me llenó de figuras heroicas, muy pronto salté de los piratas a los superhéroes y de ahí a los héroes verdaderos, los que mantenían en Chile la esperanza y la vida, los que lo habían arriesgado todo y los que habían tenido que dejarlo todo como los españoles de dos generaciones antes y, en medio de todo ello, la imagen de Salvador Allende, el Compañero Presidente, que me parecía enorme, fabulosa. Me crié en un hogar de guerra fría donde el imperio era el enemigo y Allende el ejemplo primero, de cuánto se podía lograr a la izquierda por la vía demorcrática y segundo, como el ejemplo de decencia absoluta frente a la agresión y la brutalidad.

Hace algún tiempo, mi hijo me preguntó porqué siempre le vamos a los que pierden las guerras, se refería a la Unión Popular y a la República Española; le expliqué que una guerra no es un partido de fútbol y no es que uno le vaya a uno o a otro, sino que hay causas y razones que aún derrotadas no se pierden. Allende es una de esas razones. Es cierto, ni en el tema de la República española ni en el del gobierno de Salvador Allende soy objetivo, pretendo y trato de serlo solo cuando escribo un trabajo histórico o algún análisis, soy un apasionado cuando se trata de la evocación, la vivencia y el recuerdo.

“El Último Tango de Salvador Allende” es un trabajo perfecto de evocación; fiel a su norma de no mentir cuando se trata de novela histórica, Ampuero es delicado con los detalles, pero es implacable con su imaginación y su poder narrativo. El regreso a la imagen de Allende, a través del recuerdo de sus últimos días, de su drama y su parte humana, nos toman por asalto y nos llenan de reminiscencias de un pasado que pudo ser futuro.

Hay un toque de elegancia en las letras de Ampuero, pero se trata de una elegancia fiera, contundente, tal vez por eso se le dan tan bien las figuras históricas fuertes y controvertidas. Más allá de la vida y el juego político del golpe de estado en Chile, la imagen de Allende aparece tridimensional, casi tangible y eso como lector se agradece.

En estos días de recordación se trata de un libro que no puede dejar de ser leído.

Algo más sobre el libro:

http://www.quelibroleo.com/el-ultimo-tango-de-salvador-allende

Aquí una entrevista a Roberto Ampuero sobre la novela

El libro nuestro de cada martes: Las Solidaridades Misteriosas de Pascal Quignard

La comunicación entre las artes es algo de profundo significado y misterio; algunos libros recuerdan pinturas; algunas obras gráficas nos remiten al lenguaje articulado y en ocasiones, algunos libros se nos muestran como fantasías musicales y obras sinfónicas. Las Solidaridades Misteriosas es uno de ellos.

Desde lo más hondo del alma humana la aparición de las memorias, los recuerdos y los secretos de familia y el reencuentro con los seres amados, van tramando una historia en la que todos encontramos puntos de contacto; las voces, los escenarios se suceden en una acción que deja mucho dentro del alma del lector y de los personajes, como si uno pudiera alargar la mano, detener al director de la orquesta y acariciar al personaje que está reclamando un poco de humanidad.

No puede dejar de leer a Quignard, no en este caso ni en este libro que encierra, para cada uno de los lectores, el secreto del recuerdo y la forma en que batallamos entre su dominio y su sumisión.

Feliz lectura.

http://www.galaxiagutenberg.com/libros/las-solidaridades-misteriosas.aspx

Serás crepúsculo, in memoriam Jaime Sabines

Hoy hacen 17 años que partió Jaime Sabines. Aquella tarde triste como pocas, escribí algo para el poeta que, en lo personal, como lector y escritor, significó mucho para mí.

Hasta siempre sutil maestro.

 

SERÁS CREPÚSCULO

a Jaime Sabines.

No podrás ver el atardecer pero serás crepúsculo

y viento dibujando nubes No podrás escuchar

el goce dulce

de la voz templada pero serás palabra acariciando oídos

no estarás más ni el viento

limpiará tus pasos pero serás salvo

de tiempos y caminos

(mientras los hombres grises y verdinegros de conciencia

matamos el tiempo con fusiles largos)

No podrás sentir

la brisa del mar lejano pero serás sal

y corriente definitiva

Serás crepúsculo

desfigurando centenarias arboledas trazando sombras inmensas

más allá del horizonte

Serás crepúsculo color

fuego oro

serás el último minuto malherido y agonizante

Serás el momento más largo del día

cuando observe cuidadoso este atardecer

que no verás conmigo.

Imagginación

Meditación Divertida con Maggie

Disappearing Thoughts

clicks and clips

Tablaturas de mis pasos

Unas cuantas palabras y fotos para los lugares que me hacen feliz.

NOUS LES FEMMES

Aller au delà de nos limites à travers le monde. J'en suis capable, pourquoi pas toi? Pourquoi pas nous? Ensemble nous sommes invincibles "Je suis femme and i can".

Rosie Blog

A garden of wild thoughts. Feeling thoughts and dilemmas

Un Loco Anda Suelto

Entra en mi mente...déjame entrar en la tuya...

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El Rincón de Suenminoe

En el soñador vida y sueño coinciden

La poesía, eso decían

Como plasmar la idea natural.

Cynthia Briones

Letras en el mar.

Polisemia Revista cultural

En cada edición proponemos una palabra para indagar sus posibles significados desde distintas áreas.

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