El miércoles del presente: El héroe, el criticón y el discreto, para libre descarga

Cisterna de sol ofrece el mejor consejero que se pueda desear, consúltelo en la decisión y en el miedo, en la tristeza y en el reto. Confíe siempre en la sabiduría de Baltasar Gracián

El héroe
El discreto
El criticón

El Miércoles del presente: Utopía de Tomás Moro y La Ciudad del Sol de Tomasso Campanella para libre descarga

Para libre descarga los dos libros fundacionales del género utópico, sueños de humanidad en los que se esconden nuestras más obscuras pesadillas. Que ustedes lo disfruten:

Utopía de Tomas Moro
La Ciudad del Sol de Tomasso Campanella

El libro nuestro de cada martes: Pequeños tratados de Pascal Quignard

Tres condiciones se ponía Aristóteles antes de hablar: 1. Que sea verdad, 2. Que sea útil y 3. Que sea bueno; la cultura griega, además añadió una condición adicional, que fuera hermoso. Los libros de Pascal Quignard cumplen todas esas condiciones.

Es probable que Quignard, músico, literato, promotor cultural, filósofo… sea en realidad el último hombre del renacimiento; de esos que sabían de todo y bien; sus letras no siempre fáciles son siempre de una belleza deslumbrante, nos hemos referido ya a su música y a sus letras, a su inolvidable «Todas las mañanas del mundo»; en Pequeños tratados, nos sorprende con miniaturas de ensayos de filosofía sobre todas las materias, aún las más inesperadas. Este Montaigne de nuestro tiempo, además, no está peleado con el mundo ni escribe con ira, sino con una amor a la belleza que nos conmueve y creo, que en este momento, nada nos es más útil.

Algo más sobre el libro:

https://ambitocultural.es/pequenos-tratadosde-pascal-quignard-65743/

Una interesante entrevista a Quignard sobre su obra:

 

Lo que hay en la Cisterna: Baltazar Gracián

En el aniversario luctuoso de Baltazar Gracián, Cisterna de Sol lo honra ofreciendo sus obras más celebradas para su libre descarga:

El arte de prudencia

El criticon

El discreto

El héroe

Oraculo manual

Que ustedes lo disfruten.

Leyenda áurea y leyenda negra en la occidentalización de América

La historia de la occidentalización de América estuvo transida por diversas tensiones que dieron dinamismo e incluso dramatismo a su evolución; fuerzas como la ambición de riqueza y de poder, la fe y el anhelo evangelizador o el ansia de libertad y la esperanza de una sociedad mejor, se encontraron en un vasto territorio, conformando nuevos pueblos que, a la larga, incluyeron en sus imaginarios políticos y colectivos,el origen de sus culturas, como periféricas de occidente pero innegablemente pertenecientes a dicho grupo; esperanzadas siempre en un futuro mejor, de justicia e igualdad, pero encadenados casi diríamos que fatalmente a la venalidad en la política, el patrimonialismo en la administración y el disimulo en los valores colectivos.

Dos grandes poderes, centralizados, prácticamente omnipotentes e intrínsecamente legitimados, fueron los principales agentes de este fenómeno; por un lado el absolutismo monárquico español, que había tomado para sí los territorios del Nuevo Mundo pero no en propiedad, sino en procuración de una labor evangélica para la difusión de la fe católica y la conquista del ideal de unidad cristiana ecuménica; y por otra parte, la Iglesia que si bien, luego de la experiencia renacentista y reformista había visto menguado su poder terrenal, sí actuaba todavía como árbitro universal de imperios y de relaciones de poder, además de haberse consolidado desde la Edad Media, como un centro irradiador de cultura cuya cooperación iba a ser reclamada por la Corona, complicando el escenario político pero, al mismo tiempo, dotándolo de un carácter ético que no tuvieron, por ejemplo, la colonización de la América del Norte, de África o de Asia por otras potencias europeas.

La propia tensión histórica creó en torno suyo argumentos favorables, algunos míticos y principalmente ideológicos, buena parte de ellos vertidos en los libros previos al descubrimiento y en las primeras crónicas de los conquistadores y evangelizadores, y otros más bien racionales y jurídicos dirigidos a establecer la legitimación del dominio ibérico sobre las tierras americanas, entre ellos los debates académicos de Ginés de Sepúlveda, Juan de Mariana o Francisco de Vitoria; pero también de contra argumentos y leyendas que situaban a la colonización española como un acto de pura barbarie, de destrucción sin límites y sin ética o principios morales que detuvieran la ambición y la venalidad. Al primero de los extremos se le ha denominado la leyenda áurea y al segundo la leyenda negra.

Si bien la leyenda áurea sirvió de justificación para el desarrollo de la occidentalización de América, fue también la fuente de algunos de sus excesos y parte también del origen de los nuevos sentimientos de pertenencia e identidad que los pobladores del continente desarrollarían durante los siglos XVI y XVII; la leyenda negra, por su parte, justificaría la actuación y las expectativas de dos grupos que, de origen diverso, se encontraron unidos en su afán, de carácter político, de desacreditar el pasado colonial para promover nuevos modelos, sea para sí mismos en otras áreas de influencia geográfica o bien al interior de las sociedades coloniales para lograr su independencia o en los primeros momentos de la vida independiente para establecer modelos políticos que consideraban viables o deseables; entre los primeros grupos se encontraban políticos e intelectuales asociados a las cortes de Alemania, Francia, Italia y, sobre todo, Inglaterra y entre los segundos, los movimientos románticos liberales del siglo XIX, que fundaban su idea de la Nación sobre la destrucción del pasado colonial que encontraban ligado a fuerzas retardatarias y conservadoras incompatibles con su ánimo liberal y republicano.

Por principio, promovieron la leyenda negra naciones interesadas en justificar sus particulares formas de proceder en América como en arrebatar a España y Portugal los derechos sancionados por el papado para el descubrimiento, conquista y colonización del continente. Algunos investigadores han demostrado que la Leyenda Negra se endereza contra lo español en general y no sólo contra lo acontecido en la conquista; por ejemplo, el cubano Javier Sáenz del Castillo, en su monografía La Leyenda Negra sobre el Descubrimiento y Conquista de América, señala tres rasgos comunes de la Leyenda Negra:

1. La mala administración española como un rasgo de su personalidad y no sólo como un error económico o de políticas públicas, de ahí que no sólo no pueda solucionar los problemas de sus territorios, sino que genera otros derivados de su ineficacia que se traducen en una situación crónica de desgobierno político, de injusticia legal, de inseguridad social, y de desorganización y explotación económica.

2. En la opresión generalizada de sus súbditos como práctica cotidiana de Estado, sin distinción de origen o nacionalidad. El súbdito es víctima de una represión absoluta en todas las facetas de su vida, desde un apego irracional por las formas tradicionales hasta la represión de las libertades tanto de pensamiento y creencia, como de expresión; en este sentido España se valió de la Inquisición, que utilizaba como una policía secreta política y religiosa.

3. El atraso secular e inveterado de  los españoles en cuanto se refiere a lo cultural e intelectual, condición que hacía imposible el progreso de las ideas, llegando a considerar las ideas novedosas como un hecho delictivo, lo que necesariamente limita el progreso material. Sin embargo, el atraso intelectual no sólo se considera parte del carácter español, sino una política intencionada de los gobernantes españoles para mantener al pueblo sumido en la ignorancia, con los concomitantes beneficios de dominio político.

Desde luego, un Estado con unas características así difícilmente hubiera sobrevivido, no digamos ya haber concretado la conquista o haberse erigido como el primero en occidente con una administración central y distintos niveles de independencia administrativa, porque lo importante no es la veracidad de la leyenda sino su efecto propagandístico y el nivel de descrédito que pudiera contener. No se trata, pues de un diálogo político, sino de un esfuerzo por ganar espacios y justificaciones. Así entendida, la Leyenda Negra no es sólo un ejercicio panfletario, sino todo un esfuerzo intelectual dirigido desde el poder público y económico del Estado. Sáenz del Castillo resume así los pilares de la Leyenda:

En cuanto a la religión, el eje central de actuación en este ámbito será la denuncia de la intolerancia católica de los españoles, recogida sobre todo en multitud de panfletos obra de protestantes flamencos y alemanes, y es en esta época …  donde se pone de actualidad la cuestión de la expulsión de los judíos, fundamentalmente desde Holanda. La Inquisición, por su parte, se va a convertir en auténtica obsesión dentro de estas críticas … Acerca de estos temas religiosos encontramos obras capitales como el Libro de los mártires, del inglés John Foxe, aparecido en 1554, o el relato del francés Le Chailleaux sobre la expulsión de los hugonotes de La Florida, publicado por el famoso impresor flamenco Teodoro De Bry en 1591, quien añade a su publicación una novedad importantísima para conseguir el efecto pretendido de impactar al lector y causarle así la mayor impresión posible: el empleo de imágenes para ilustrar el texto. Esta obra formaba parte de la Colección de grandes y pequeños viajes sobre las Indias, editada por De Bry hasta su muerte en 1598 y continuada por sus hijos en Frankfurt entre 1590 y 1623, con un total de veintidós títulos, y todos ellos siguiendo un mismo diseño: escritos de denuncia, con manipulación de textos españoles y empleo masivo de imágenes. Junto con estos y otros libros, se observan cantidad de folletos anticatólicos y antiinquisitoriales, en gran parte debidos a sefardíes refugiados en Holanda e Inglaterra… Por lo que respecta a la cuestión americana … va a ser este el tema en el que más se recurra a la manipulación de textos procedentes de la propia España. Así, el italiano Girolamo Benzoni, protestante que tuvo problemas con la Inquisición en México, publicó en Venecia en 1572 una Historia del Nuevo Mundo, ejemplo de la mayor hostilidad hacia la acción española en Indias, utilizando en su interés fragmentos de obras de autores españoles (como López de Gómara, Pedro Mártir, Fernández de Oviedo o Cieza de León). Por su parte, el inglés Richard Hakluyt escribió numerosos libros y folletos sobre la empresa americana, muchos de ellos publicados en colaboración con el antes citado De Bry, quien siempre procuraba acompañarlos con las imágenes adecuadas; esa relación, y los frutos publicitarios que produjo, es una de las razones que impulsaron a éste último a editar una de las piezas más importantes en el desarrollo de la Leyenda Negra: la Brevísima relación de la destrucción de la Indias, de Fray Bartolomé de Las Casas, adornada con gran cantidad de grabados ilustrativos, impresa en Frankfurt en 1598, de la que se hicieron más de veinte ediciones en apenas cincuenta años, hasta la Paz de Westfalia de 1648.

Sin embargo, la mención de la leyenda negra sólo resulta de utilidad si se comprende en el contexto renacentista y reformador en que sucedió. Si bien es cierto que sus afirmaciones son desaforadas, en exceso imaginativas y fantasiosas, también lo es que el conservadurismo y el absolutismo de la corona española la había hecho distanciarse de la evolución que otras naciones de Europa ya experimentaban; así, por ejemplo, el renacimiento español es tardío y se encuentra siempre sometido y relacionado a aspectos de la Iglesia contra los que se niega a rebelarse; asimismo, no es casual que el movimiento de oposición a la reforma tuviera su máxima expresión en dos movimientos con capital en España; la contrarreforma jesuítica y el arte barroco.

Existe un choque de fondo entre la mentalidad protestante y el espíritu semi pagano del catolicismo español; por un lado la racionalidad del protestantismo chocará de frente con el dogmatismo y el vitalismo del catolicismo español que  propugnará por la fe más bien taumatúrgica, milagrera y ciega fijando como modelos el martirio y el canon de la vida de los santos; en consecuencia, la propia expresión religiosa de ambas ramas del cristianismo no podrán resolverse sino en la contraposición y la aversión. La prohibición protestante de hacer imágenes religiosas recibirá como respuesta el sensualismo barroco, la expresión de la vitalidad en el gozo y el sufrimiento, en imágenes, incluso, no exentas de cierto erotismo; por último, será el culto mariano del catolicismo la punta de lanza del ésta rama tradicional del cristianismo para mantener la congregación de sus fieles y acrecentarlas; María, como madre de los humanos, es una imagen más cálida y cercana que el Dios racionalizado de los protestantes, una figura a la que se puede recurrir en el sentido más maternal del término sin el temor de la exclusión y el rechazo que habitualmente acompaña al encuentro con el Dios ataviado de masculinidad y omnipotencia.

La propia utopía sobre la que fue erigida la occidentalidad del Nuevo Mundo, es una manifestación de la resistencia a los cambios racionales de Europa pues, por encima de los proyectos políticos articulados, de las acciones de la Corona y de la Iglesia, fluye la idea de que en el Nuevo Mundo era posible reconstruir el reino de Dios, figurado por Tomás de Aquino y Agustín de Hipona, entre otros; el protestantismo y las formas racionalistas de la filosofía serían consideradas heréticas no sólo por la ortodoxia católica, sino por el conjunto social que ve en ellas la negación de la esperanza. Es notable que en ningún caso, ni en los individuales ni en los colectivos, hayan existido muestras de solidaridad de la sociedad con los procesados por la inquisición durante trescientos años.

El libro nuestro de cada martes: «La lozana andaluza» de Francisco Delicado

De la experiencia lectora, una mirada a los clásicos de nuestra lengua; coincidiendo con el aniversario de Miguel de Cervantes, uno de los primeros libros escritos en lengua española: La lozana andaluza, escrita por Francisco Delicado, unos treinta años antes que la Celestina.

Para quitarse los prejuicios que pesan sobre las obras clásicas, esta pequeña joya del idioma es un tratado sobre la prostitución en la Roma renacentista. Clasificaciones de las putas y de sus clientes y secuaces, escenas que lejos de ser procaces son de una picaresca maravillosa.

Celebremos nuestro idioma que da para estos menesteres y para otros pues, como decía don Alfonso Reyes, «para las cosas de la razón la lengua es bastante».

Tratándose de un libro de dominio público, puede consultarlo íntegro en una buena edición en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes:

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/la-lozana-andaluza–1/html/00132f70-82b2-11df-acc7-002185ce6064_2.html

En 1976 Vicente Escrivá realizó una versión cinematográfica, esta producción ítalo española no brilla por su realización, pero si que es un hito en la liberación temática posterior a la sombra larga del franquismo, aquí un fragmento:

Para los que seguimos adorando fetichista y amorosamente los libros de papel, sin duda la mejor edición en el mercado es la de Castalia:

http://www.castalia.es/libros/libro.php?id=3070&l=13+.+La+lozana+andaluza&t=Narrativa&a=Delicado%2C+Francisco&e=Castalia&c=Cl%E1sicos+Castalia&idt=24

Disfrute de la lectura, muera de risa y aprenda sobre las artes amatorias de las que somos dignos descendientes.

Texto y pretexto del Quijote: De caballeros y caballerías.

Leer el Quijote, con ojos de abogado, de historiador o simplemente de interesado en la sociedad y en las instituciones de su tiempo no es novedad, mucho se ha escrito desde esa óptica, lo que ahora nos ocupa es, más bien, entender cómo Cervantes retrata esas instituciones y cómo ellas influyeron en la creación del Quijote.

Conviene comenzar por la institución que anima el espíritu general de la obra, los caballeros andantes y la Orden de Caballería, pues en efecto ambas instituciones existieron con mucha fuerza y durante cientos de años, baste decir que aún hoy, cuando queremos hacer notar la personalidad de un hombre íntegro, elegante o bien educado, decimos de él ser un caballero.

Recordemos la iniciación de Don Quijote en la Orden de Caballería:

“Díjole como ya le había dicho que en aquel castillo no había capilla, y para lo que restaba de hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armado caballero consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él tenía noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo se podía hacer; y que ya había cumplido con lo que tocaba al velar las armas, que con solas dos horas de vela se cumplía, cuanto más que él había estado más de cuatro. Todo se lo creyó Don Quijote… Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro donde asentaba la paja y cebada que daba a los harrieros, y con un cabo de vela que le traía un muchacho y con las dos ya dichas doncellas, se vino a donde Don Quijote estaba, al cual mandó hincar de rodillas; y, leyendo en su manual (como que decía alguna devota oración), en mitad de la leyenda alzó la mano y dióle sobre el cuello un buen golpe, y tras él, con su mesma espada, un gentil espaldarazo, siempre murmurando entre dientes, como que rezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción; porque no fue menester poca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias pero las proezas que ya habían visto el novel caballero las tenía la risa a raya…”

Este momento resulta, como diría Valle Inclán, un auténtico esperpento, algo que a fuerza de ser patético termina estallando la carcajada. Cervantes planea ese efecto tan bien logrado; por un lado, Don Quijote cree en realidad que está siendo iniciado en su soñada orden, mientras que para los demás no es sino una cruel farsa a costa del inocente trastornado, cuya única culpa es haber caído entre aquellos atorrantes, únicamente el ventero parece mostrar un poco de piedad por el loco, acaso un elemental sentimiento de humanidad, y aunque si se presta al juego, lo hace solamente para desembarazarse del incómodo huésped, procura que éste no sea maltratado más allá de los límites que autoriza la broma. Es el ventero quien, al contrastar con Don Quijote, da la nota cómico-dramática al episodio.

Pero, ¿quienes fueron realmente los caballeros andantes?, ¿qué la orden de caballería?. Ambas preguntas tienen respuestas suficientemente fundadas y documentadas.

Por principio, en la Edad Media se conoció como caballeros a cierta calidad de hombres que por su origen, su relación de clientes, al modo romano, con un señor feudal, y en ocasiones ciertamente escasas, por su propio esfuerzo, estaban capacitados y equipados para cumplir el deber cívico fundamental de su tiempo, el ejercicio de las armas.

El origen de la palabra es de profunda raíz. “Cuando los nombra, el latín de los textos emplea la palabra miles, que significa guerrero, pero, bajo este vocablo, se advierte, latinizado, un término del lenguaje hablado, caballarios, caballero…”, la evolución del lenguaje y la literatura hicieron lo demás, pues de la palabra miles, del latín culto, derivan nuestras voces militar, milicia y mílite, mientras que del latín vulgar caballarios, devienen las palabras caballero, en castellano y chévalier, en francés. Esto resulta de especial significado, pues el trato que la literatura, la cultura general y la memoria colectiva le dieron al término caballero, lo dotó de un aura particular de leyenda, casi de magia y humanamente más cercano que la voz militar. En otras palabras, no es esencial que un militar sea gentil con las damas, apasionado o creyente de dios, como resulta elemental para el caballero; así como no se espera de este último que sea disciplinado, ciegamente obediente con sus superiores.

La institución de la caballería fue un nexo que unía fuertemente, sus iniciaciones estaban dotadas de importantes y precisos ritos: los aspirantes se reunían en la fortaleza de su señor y durante el denominado “tiempo de prueba”, se sometían a ejercicios, entrenamientos y adiestramiento en el uso de armas, todo ello ligado a experiencias religiosas rayanas en la mística, particularmente cuando las herejías dejaban sentir su presencia. A la fortaleza acudían también cuando se trataba del “grito del Castillo”, es decir, el llamado de su señor cuando era inminente el riesgo de sus dominios.

La ceremonia de iniciación que refiere Cervantes es una reelaboración literaria de las ceremonias tardías de la caballería, pues en sus inicios, las cosas eran mucho más sencillas. Cuando el aspirante llegaba a la edad adulta, entre los trece y los dieciséis años, según la región y a los veintiuno en los países nórdicos, se les consideraba caballeros del castillo y confiaban su cuerpo al jefe de la fortaleza, a través de formas muy simples, “mediante gestos, algunos de los cuales como las manos dadas y tomadas, expresaban la entrega de sí, mientras que otro de ellos, el beso, signo de paz, anudaba la recíproca fidelidad. mediante estos ritos se daba por concluido una suerte de tratado, que unía a los contrayentes por un vínculo que podía confundirse con los de parentesco”.

Sin embargo, ser caballero no significaba únicamente pertenecer a una élite reunida para el servicio de las armas, a una fraternidad idealizada o a un grupo de defensores de los valores culturales de su feudo, de occidente y de la fe. El feudalismo, en el siglo XI, establece sus rasgos generales en Europa, salvo en España, donde el feudalismo detentará siempre particularidades que lo hicieron sui generis. A partir de entonces, los Señores, que detentaban el poder público heredado de las fragmentarias instituciones romanas que ni los bárbaros, ni la decadencia lograron desaparecer del todo, expanden su dominio hacia el ámbito de lo privado.

Ya habíamos observado que la pertenencia a la orden de caballería se sellaba mediante un pacto inter pares, de contenido civil y político, pero de ningún modo de trabajo, pues la lealtad nace del mutuo reconocimiento y del mutuo compromiso, pero nunca de la subordinación; civil y privado también, pues el caballero acude libremente en favor de su Señor, por la palabra y la confianza empeñadas, sin que medie el deber jurídico o el imperium al modo romano, en otras palabras, porque las medidas de estas instituciones son, por un lado, la justicia conmutativa y no la distributiva, y por el otro las relaciones de coordinación y no las de supra a subordinación.

En tal estado de cosas los Señores buscaron ampliar su cuota de poder, saliendo de los márgenes de la mera política para asimilar el ámbito de su jefatura territorial a una primitiva forma del latifundismo, basado en una economía precapitalista, fundamentada en la acumulación de bienes no productivos desligados de la inversión y sólo indirectamente relacionados con la actividad productiva, de ahí que la fuente de la riqueza en el feudalismo primitivo fuera la exacción de bienes, servicios y en ocasiones metales, acuñados o no, a los habitantes y transeúntes del feudo, tanto de los hombres libres, aún no organizados en burgos y ciudades libres, cuando no se trataba de caballeros, como de hombres no libres, siervos, gleba o esclavos. Esto se traduce en que los caballeros se constituyeran como un grupo privilegiado socialmente, dada la ficción jurídica del parentesco con el Señor, políticamente dado su manejo del monopolio de la fuerza armada, y económicamente por estar exentos del pago de tributos a que estaba sometido el pueblo llano.

Esta última característica trajo consigo que los miembros de las órdenes de caballería acumularan numerosos bienes que atesoraban, constituyendo verdaderos depósitos de bienes, pero no de capital, pues abocados a sus funciones militares no pudieron dedicarse a actividades mercantiles ni productivas, su fundamental pacto de lealtad impidió las revueltas internas y las luchas por el poder entre miembros de diferentes clases, y éste fue el germen de su decadencia fatal, pues con el advenimiento del Renacimiento y su sociedad burguesa, se vieron incapaces de adaptarse a un mundo que detentaba nuevos valores. Una prueba de ello es que los primeros en romper estos pactos de lealtad, los Capeto, hijos de Hugo, fundaron la primera monarquía nacional de la historia en Francia, cuyo nombre es una consigna. Francia toma su nombre “de la expresión, terra francorum” la tierra reservada a los “francos”, o sea, a los hombres libres…”. Desde luego la libertad de estos francos no era sino un grado nominal.

Como puede apreciarse, la conformación de la sociedad medieval se caracteriza, principalmente por su rígida estructura y su inmovilidad. El ascenso y caída de los caballeros son la mejor ilustración de este fenómeno histórico, sin embargo, y sin que alcancen a constituir una auténtica ruptura, en defensa de la privacía del individuo, alentados por la experiencia de la soledad, tema recurrente durante el medioevo, surgen los caballeros andantes, o errantes, de los que la figura caricaturizada de don Quijote es un retrato muy aproximado.

La literatura caballeresca y la existencia de los caballeros andantes son un contrapunto en el largo concierto medieval, contrapunto que, evidentemente Cervantes alcanzó a escuchar, “no hay que olvidar que las canciones épicas y las novelas se componían sobre todo, para ofrecer una compensación onírica a las frustraciones que maduraban en el seno del ámbito privado feudal, pues bien sabido es hasta qué punto reprimía las aspiraciones de la persona a la Libertad: estas obras escenifican en un plano imaginario aquello de lo que en el plano real se veían privados los jóvenes que componían la parte más receptiva del auditorio, puesto que exaltaba la expansión del individuo y celebraban su liberación de todas las constricciones.

El caballero andante se sale de lo cotidiano, a diferencia de otros, no está adscrito a un solo señor o a una fortaleza exclusiva, sino iban de un lado a otro, por voluntad propia y no por locura.

Es sumamente difícil saber cuál es el motor que lleva al escritor a realizar una determinada obra, lo que es seguro es que ninguna obra de arte obedece, en su creación, a una sola y definitiva causa, se ha hablado, aquí, y en muchos trabajos, sobre la intención de Cervantes de cerrar el expediente de la novela caballeresca, y es posible que así halla sido; sin embargo, es factible también que ha Cervantes no se le hubiera escapado la importante función que la novela de caballerías tuvo en su momento, y la trascendencia que tuvo en la conformación del espíritu individual, cuyo primado vivimos desde el Renacimiento.

Rotas las férreas estructuras medievales y comenzada la construcción del imperio de la persona, Cervantes pudo destacar la obsolescencia de la literatura caballeresca como elemento evasivo y superador de la realidad, pero le añade un nuevo elemento que retrata la tensión espiritual y social más importante de sus días, la acción del individuo frente a la sociedad, la libertad contra el orden y el ideal y los principios contra los valores comúnmente aceptados, y al efecto ofrece una nueva y sustituta forma literaria: la novela.

Por eso, Don Quijote viene a constituirse como el arquetipo del hombre que busca liberarse, y al mismo tiempo es la imagen, cruda y ridícula, del conflicto entre el hombre y la sociedad.

Bajo estas luces podemos entender de mejor manera la relación civil y consensual que unió a Sancho y a Don Quijote en sus múltiples aventuras. Dice Cervantes:

“En este tiempo solicitó Don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien (si es que este título se puede dar al que es pobre), pero de muy poca sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió que el pobre villano se determinó de salirse con él y servirle de escudero. Decíale, entre otras cosas, Don Quijote que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque tal vez le podía suceder aventura que ganase en quítame de allá esas pajas alguna ínsula, y le dejase a él por gobernador della. Con esas promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador, dejó su mujer y hijos y asentó por escudero de su vecino…”

A parte de la relación humana y afectiva que unirá a Sancho y a Don Quijote, a la cual me referiré brevemente hacia el final de este trabajo, Sancho y Don Quijote se han unido mediante un pacto de lealtad caballeresca, y la promesa de una ínsula añade a la relación el elemento del vasallaje.

La forma en que Sancho y don Quijote se avienen recuerda lo que antiguamente se conoció como el homenaje, “la vinculación personal con el Rey o el Señor se concreta en la institución del homenaje, palabra que significa “ser hombre de otro hombre”, como el conde lo es del rey, o el vasallo del señor”.

La institución del homenaje parece, más bien, importada de Francia a España, de ahí su predominio en Aragón, mientras que las formas más propias de España no eran de este inmixtio manum, sino el besamanos, que, siguiendo a Claudio Sánchez Albornoz, parecía heredada de la forma de contratar la commendatio o patrocinio en la época romana. Este rito se encuentra consignado en las Partidas: “Vasallo se puede fazer un ome de otro, segund la antigua costumbre de España en esta manera: otorgándose por vassallo de aquel que lo recibe, e besándole la mano por reconocimiento de Señorío. (Partida IV, 25,4).”

La relación del vasallaje, siendo profunda, a diferencia de la caballería, no genera siempre relaciones de parentesco, es decir, si bien todo caballero es vasallo de algún Señor, no todo aquel que estaba sujeto a una relación de vasallaje era necesariamente un caballero. Así, don Quijote es un caballero andante, libre, sin adscripción fija a fortaleza alguna, pero vasallo por gratitud y lealtad con el ventero manchego que lo ha iniciado; Sancho, quien también está sujeto al vasallaje, respecto de su Señor, don Quijote, no es en modo alguno caballero, mas la promesa que le ha hecho su señor, convierte este simple homenaje en un auténtico homenaje feudal.

Al ofrecer don Quijote una ínsula a Sancho, no hace sino cumplir con una de las importantes costumbres medievales. Los señores debían otorgar a sus vasallos algunas concesiones de tierra en beneficio, prestimonia, o bien cubrían esta obligación a través de la entrega de bienes o metal acuñado, donativa, stipendia o soldata, así lo establecen las Partidas de Alfonso X, el Sabio, en la Partida IV, 25, 1: “Vasallos son aquellos que reciben honra, o bien fecho de los señores, assi como cavallería, o tierra o dineros, por servicio señalado que les ayan fazer”.

Aparentemente, las ligas del vasallaje se dan únicamente entre nobles, al menos en la mayor parte de Europa, pero en España, y esto explica mucho de la forma en que pudo realizarse la reconquista y esclarece el sentido del libro cumbre de Cervantes; los vasallos podían ser no sólo los nobles, infanzones o hidalgos, sino también algunos villanos. Esta institución que floreció especialmente en León y Castilla, conjuntamente con las tradiciones municipalistas y de la encomienda, dan la nota de diversidad de la edad media española respecto de otras regiones. La aceptación de los villanos y la formación de la hidalguía, instauró en España la noción de la nobleza abierta, la que se adquiere o se pierde, y ello mantuvo móvil la sociedad española, facultándola para hazañas tales como la ya mencionada reconquista.

No sería Sancho el primer villano en aparecer en la literatura con tan altas prendas, a uno de estos casos se refiere Gonzalo de Berceo en su “Vida de Santo Domingo de Silos”, apenas del siglo XIII:

 

“Un caballero era, natural de Llantada,

caballero de precio, de fazienda granada,

exió con su sennor que le daba soldada,

por guerrear moros, entrar de cabalgada”

 

La liberalidad de las instituciones del vasallaje en España llegó al punto, desconocido en otros sitios, de que el pacto pudiera ser disuelto por voluntad de las partes, especialmente del vasallo, de ahí los recurrentes temores de Sancho en cuanto a que su señor hallara mejor escudero. En las regiones de la Europa occidental y central, la mesnada, o grupo de caballeros vasallos de un señor, era indisoluble. Las únicas condiciones eran que el vasallo “Despedido”, en efecto se despidiese de su Señor antes de adoptar uno nuevo, asimismo, no podía herir o matar a su antiguo señor, como lo mandaron las Partidas: “por razón de la caballería que recivió, o del bien fecho quel fizo, e por el vasallaje que ovo con él. (Partida IV, 25, 8).”

Resulta aún mas peculiar la situación de la nobleza en la Edad media española, situación que puede resumirse en la institución de la hidalguía, y desde luego, no se olvida que don Quijote era precisamente, un hidalgo.

Contrastando con lo establecido en otros lugares de Europa, y en su totalidad al advenimiento del poder absoluto de los reyes, la nobleza española en la edad media no era un privilegio, sino un estatuto legal en razón de la función que sus miembros desarrollaban en la sociedad. La palabra noble designa, desde el Siglo X, tanto al hombre libre dedicado a las armas como al rico, y a diferencia del señorío feudal, no guarda relación alguna con la posesión de la tierra, ésa es precisamente la institución de la hidalguía.

Este estatuto jurídico estuvo consignado en las Partidas, de las cuales, la Ley 2, Tit. XXI, part. II, señalaba que la elección de los defensores de la comunidad debía recaer en personas idóneas al efecto, esto es, que fuesen fuertes, diestros en el uso de las armas y habituados a las brutalidades de la guerra, y añade: “esta forma de elección se usó por mucho tiempo, pero observándose que los electos no tenían vergüenza, y olvidando sus obligaciones, en vez de vencer a sus enemigos, ellos eran los vencidos, se estableció que los que se hubiesen de elegir fuesen hombres de buen linaje, y que tuviesen algunos bienes, por cuya razón se les llamó: Fijosdalgo.”

Saltan a la vista particularidades importantes, el hecho de pertenecer a un buen linaje no señala la posibilidad de heredar los títulos, además la obligación de poseer vienes no exige la opulencia, pero al interpretar la nota explicativa de la norma, se entiende que el rasgo distintivo de la nobleza es su forma de vida, digamos un estilo, pues no puede el noble dedicarse a trabajos serviles, aquéllos que se prestan a cambio de un salario, lo cual desde luego incluye al comercio, pues su oficio es el de las armas en defensa de su comunidad. Esta función está marcada por un código de buena conducta, cuyo valor principal es la lealtad; la traición podía traer consigo incluso la muerte. Este código caballeresco sostiene valores como la ya mencionada lealtad, además del desprecio por el peligro, la fidelidad a los juramentos y a la palabra empeñada, la protección de los débiles, la persecución de los malhechores y la generosidad para con el prójimo.

TEXTO Y PRETEXTO DEL QUIJOTE: De libros y bibliotecas

Antes de novelar, o quizá novelando desde luego, y nosotros lectores ya sumidos en la maravilla de la trama – también como personajes -, Cervantes se permite un breve diálogo con el lector, hombre curioso y justo, a quien no conoce, para relevarlo de aceptar la disculpa que los autores solían ofrecer al público como introducción a la obra. Se interpretaba como un rasgo de humildad del escritor, la más de las veces fingida y protocolar, o si se quería ver así, como una abierta demanda de benevolencia.

Aparentemente, la primera preocupación del futuro autor, novelista en potencia, a punto de vaciarse en acto, son sus pocas letras y escasas influencias, con lo cual su historia se verá privada de los adornos que la usanza requería para los libros que se publicaban en el siglo XVII, dice Cervantes, autor y personaje, uno y dual:

 Porque ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá el antiguo legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de conceptos y falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes? Pues ¿qué, cuando citan la Divina Escritura? No dirán que son unos Santos Tomases y otros doctores de la Iglesia; guardando en esto un decoro tan ingenioso, que en un renglón han pintado un enamorado distraído, y en otro hacen un sermoncico cristiano, que es un contento y un regalo oílle y leelle. De todo esto ha de carecer mi libro, porque no tengo qué acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé que autores sigo en él, para ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras del A, B, C, comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoilo y Zeuxis, aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro. también ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos;:  aunque si yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos, yo sé que los darían, y tales, que no les igualasen los de aquellos que tienen más nombre en nuestra España…

Estas afectadas costumbres literarias habían entrado en cuestionamiento para tiempos de Cervantes. En 1627, en los Sueños, Francisco de Quevedo la emprendía contra las dedicatorias, mediante una muy particular:

 Habiendo considerado que todos dedican sus libros con dos fines que pocas veces se apartan: el uno, de que la tal persona ayude a la impresión con su bendita limosna; el otro, de que ampare la obra de los murmuradores; y considerando (por haber sido yo murmurador muchos años) que esto no sirve para tener dos en quien murmurar: del necio, que se persuade que hay autoridad de que los maldicientes hagan caso; y del presumido, que paga con su dinero esta lisonja; me he determinado a escribille a trochimoche, y a dedicarle a tontas y a locas, y suceda lo que sucediere. Quien lo compra y murmura, primero hace burla de sí, que gastó mal el dinero, que del autor se le hizo gastar mal.

Cervantes, autor y personaje de su obra, sabe que el tiempo que vive es diferente al tiempo pasado. Sabe, en especial, que no escribe para el núcleo íntimo de los medievales lectores de mansucritos, sino que está prevenido de la crítica y le sabe que será leído por el gran público. En efecto, para 1605, Europa, y en menor escala América, presenta una de las más importantes revoluciones del mundo moderno, la incorporación de la sociedades occidentales a la cultura de lo escrito.

En el siglo XVII, se escribe para un gran público y para una crítica casi tan desarrollada como la que ahora conocemos. A partir del siglo XVI, la alfabetización avanza, se presenta una circulación más abundante de lo escrito; avance en la producción y en la lectura. Comienza la difusión de la lectura en silencio, institución socialmente desconocida en la edad media; esta relación particular entre el lector y el libro, permitió un nexo solitario con el texto, casi un secreto, dentro de la vida privada.

Parece posible dimensionar la expansión de la cultura de lo escrito en las sociedades occidentales. Algunos historiadores contemporáneos lo han intentado, siguiendo y registrando el incremento de personas que pudieron firmar actas notariales, parroquiales y judiciales; sin embargo, estas evidencias deben apreciarse en su justa medida, se trata de indicadores globales y no de datos precisos.

Roger Chartier, en su estudio sobre las prácticas de lo escrito, encontró que:

 En Castilla la Nueva, en la jurisdicción del Tribunal de la Inquisición de Toledo, en donde los testigos y los acusados – de los que ocho de cada diez son varones y uno de cada dos, un personaje de mayor o menor importancia -, entre 1515 y 1600, firman en el 49% de los casos, bien o mal; entre 1651 y 1700, el 54%, y entre 1751 y 1817, el 76%. Estos porcentajes por la propia composición de la muestra, no pueden indicar una cifra global de firmantes válida para toda la población castellana, pero su incremento señala un adelantamiento continuo y regular de la alfabetización.

De hecho, y a diferencia de lo que hubiere sucedido, al menos cien años antes, el Quijote no fue escrito para una élite diminuta, ni para su atesoramiento en bibliotecas fortificadas, sino para un público lector que, es lógico suponer, se encontraba ya, más o menos definido en su carácter y composición.

No importa. El valor fundamental del párrafo del Quijote que acabamos de leer, no está en la evidencia de las costumbres literarias de su tiempo, sino en su humano hablar de buen amigo. Ahí se queda, cercano, sin alardes efectistas, como una advertencia constante contra los advenedizos de la cultura, siempre listos para encantar, o encantarse, con la falsa erudición.

Ante la expansión de la cultura de lo escrito, resulta natural el incremento en la posesión de libros en propiedad. Un mayor número de personas con capacidad de lectura, sumado a la mayor actividad de impresores y libreros, significó que, por primera vez, el hombre común pudiera hacerse de una biblioteca personal, asentada en su domicilio y dedicada a su uso particular. Una fuente histórica de primera mano son los archivos notariales que comprenden los inventarios de las propiedades dadas en herencia o legado, por ejemplo, lo encontrado por Chartier, “en Valencia (España), en donde entre 1474 y 1550, el libro aparece en un inventario de cada tres.”

No es extraordinario que Alonso Quijano tuviera una biblioteca, lo extraordinario, es el retrato de una realidad social que era, cada vez, más frecuente encontrar. El episodio de la biblioteca de Alonso Quijano es un mensaje lanzado al acaso de un lector posible, pero con destinatario y remitente definidos. La invención se roza, durante un instante, con la realidad. Imaginemos a un abogado de principios del l600, regresa a su hogar luego de la jornada, entra a su biblioteca y toma su última adquisición; ¿qué encuentra? a uno de sus pares al que se le seca el seso, a fuerza de leer, en los libros, gran cantidad de disparates. Ese roce, un breve instante, se estira hasta la perpetuidad, el personaje y la historia nos hablan en tercera persona del presente, aún hoy.

Pero, ¿qué tan rica era la biblioteca de Alonso Quijano?, ¿a quién quiso retratar Cervantes en base al breve inventario de sus estanterías?

En favor de la novelística, Cervantes conjunta en su Quijote los elementos que conforman al personaje perfecto. Trazado de una pieza en su exterior, la quema de los libros es una radiografía espiritual e intelectual, veamos:

 Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el Cura:

Parece cosa de misterio esta; porque según  he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen deste; y así me parece que como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos sin excusa alguna, condenar al fuego.

No, señor – dijo el Barbero -; que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar…

Este es -respondió el Barbero – Don Olivante de Laura.

El autor de ese libro -dijo el Cura fue el mesmo que compuso a jardín de flores, y, en verdad, que no sepa determinar cuál de los dos libros es más verdadero, o, por decir mejor, menos mentiroso; solo sé decir que este irá al corral, por disparatado y arrogante.

La Galatea, de Miguel de Cervantes – dijo el Barbero.

Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de bueno invención; propone algo, y no concluye nada; es menester esperar la segunda parte que promete, quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada.

Señor compadre, que me place respondió el Barbero-. y aquí vienen tres, todos juntos: La Araucana de don Alonso de Ercilla; La Austríada, de Juan Rufo, jurado de Córdoba, y el Monserrate, de Cristóbal de Virués, poeta valenciano…

 En ninguna otra ocasión estaremos tan cerca de la biblioteca. El Quijote es una novela que se desarrolla extramuros, acaso se puede apreciar a Proust por oposición, como en un negativo fotográfico, siempre puertas adentro de las entrañas del personaje; aun cuando el Quijote y Sancho sean hospedados o convidados, la historia continúa en campo abierto, allá en la fuerza centrífuga de las reflexiones y locuras del Quijote, y siempre, en las mil y una ramificaciones que nacen del dicho y el hecho de los personajes, a veces, al modo de la novela bizantina.

La forma conocemos el contenido de la biblioteca aumenta el patetismo de la locura de Quijano, despierta la solidaridad para con el loco, que malherido – nosotros lo sabemos -, se aproxima a casa, para ver reducida a cenizas su querida biblioteca; y hasta para con los libros, que son juzgados en juicio sumarísimo, por haber causado daños a su amo, y en donde la mayoría son condenados a la hoguera, los últimos por economía procesal se diría y por pereza de personajes y narrador, los absueltos de la quema son condenados a prisión, ya en casa del Cura o en casa del Barbero, pero ninguno será destinado de nuevo a su legítimo dueño.

El Ingenioso Hidalgo, al llegar a su casa, ya sin los libros, y hasta con el recinto de la biblioteca, que en aquellos tiempos era mejor conocida como librería, tapiada y embozada con muros, se defiende con aquello que nuestros modernos psicólogos llaman un mecanismo de defensa, y que siempre conocimos en la institución social del “disimulo”, tan explotado por la picaresca. Don Quijote, ya armado caballero andante, no puede creer que alguien fuera tan impío como para destruir una biblioteca, entonces ¿quién cometería semejante incuria?, sin duda nadie cercano, el ama y la sobrina son sus seres más queridos, el Cura y el Barbero sus amigos más cercanos; su razonada locura lo lleva a pensar que la desgracia se debe a su nuevo estado; los cánones señalan que todo caballero debe tener enemigos naturales y sobrenaturales, de ahí que lo más coherente sea que su odiado enemigo, el encantador Frestón – a quien, si observamos con cuidado, nunca ha visto – fuera el responsable de la mágica desaparición.

¿De qué calidad era la biblioteca de Alonso Quijano?, tómese en cuenta que estamos en presencia de un documento extraordinario, la crítica de la literatura de su tiempo por Miguel de Cervantes.

El primero entre los salvados es “Los cuatro de Amadís de Gaula”, apreciado por ser el primero de los libros de caballerías y por su calidad literaria. En realidad, el Amadís de Gaula es todo un ciclo caballeresco, en España, Francia, Alemania, Italia e Inglaterra circularon muchos libros bajo el nombre y tema del Amadís, incluso Bernal Díaz del Castillo se refiere a él con reverencia, cuando refiere que la Gran Tenochtitlan parecía aquellas cosas de encantamiento de que habla el libro del Amadís. El auténtico título de este libro es, simplemente “Amadís de Gaula”, el añadido de los cuatro se debe a las cuatro partes de que se compone, era éste un libro de bastante buen tamaño, “cuatrocientas páginas en folio de apretadísima letra a dos columnas…”. Resulta de particular importancia este libro porque reúne los arquetipos de los personajes propios de los libros de caballerías que enseñorearían desde la invención de la imprenta hasta bien entrado el siglo XVI, con cuyo siglo también decayeron. La forma en que Don Quijote se refiere a Dulcinea recuerda siempre a la forma en que Amadís habla de la “sin par Oriana”, hija del rey Lisuarte de la Gran Bretaña. Las aventuras de Amadís se repetirán en todo el ciclo de la literatura caballeresca española y europea en general, combates contra leones, como el de Sarmadán, recuérdese la liberación de los leones por el ingenioso hidalgo, las batallas contra los gigantes, en el caso del de Gaula, Madanfabul y Ardán Canileo, la liberación de damas, princesas y reinas, como Madásima y Briolanja, a la primera de las cuales Amadís obsequia con el gobierno de la ínsula Mongaza y el castillo de Lago Ferviente. Es decir, el Amadís, pese a su alambicada literatura es, sin dudarlo, la más acabada de las obras de su género por ser compendio de todas y obra fundacional. De su calidad, nos dice Nueda, “que la Real Academia lo incluye en su Diccionario de Autoridades y Juan de Valdés dice de él, en su Diálogo de la Lengua, “que deben leerle  todos los que quieran aprender el castellano”.

La continuación del Amadís es Las sergas de Esplandián, que al contrario del primero, que es anónimo, está firmado por Garci-Ordónez de Montalvo, regidor de Medina del Campo, que no por descender de buen padre fue perdonado del fuego, y en efecto, su calidad es en mucho inferior al esforzado caballero Amadís de Gaula.

Del segundo libro, éste condenado al fuego, Don Olivante de Laura, no tenemos referencias directas, pues sus ejemplares son sumamente raros. Nota curiosa, pues si bien Cervantes lo señala como un tonel, diversas relaciones indirectas nos dicen, como señala Alfonso Reyes, que no debió ser un texto de gran volumen, así lo indica Reyes, “y dicen mis autoridades, en efecto, que el Don Olivante, publicado en 1564, sólo merece recordarse en la larga serie de libros de caballería porque Cervantes le hizo el honor de mencionarlo. Aunque, eso no, no es “tonel”, ni cosa que lo valga, sino un volumen bastante moderado para tratarse de libro en folio; en total 506 páginas.”.

Por su volumen, es factible que si Cervantes citaba de memoria lo confundiera con el Palmerín de Olivante, como afirman Francisco Rodríguez Marín y el propio Reyes, quien señala, “«Palmerín de Olivante» impreso mucho antes en Venecia, y que siendo octavo, abulta mucho con sus 900 y tantas páginas.”

Si bien, Don Olivante de Laura no es rescatable, su autor sí lo es, Antonio de Torquemada, autor también del Jardín de Flores Curiosas, más ridículo que el propio Don Olivante, a decir del juicio de Cervantes, y del magnífico libro Los Coloquios Satíricos.

El Jardín de flores alcanzó varias ediciones en poco tiempo, Salamanca 1570, Zaragoza 1571, Leyden 1573 y una nueva en Salamanca en 1577. Así pues, Torquemada debió ser un autor bien conocido por Cervantes, aunque aparentemente, no tan estimado. Resulta que, en su orden de creación y aparición, Antonio de Torquemada escribió primero, Los Coloquios Satíricos, luego, Don Olivante de Laura, y por último, ya póstumo y al cuidado de sus hijos, El Jardín de Flores Curiosas. El primero de sus libros reúne la satírica y la novelística, no tan mordaz como los modelos satíricos de su época, es un costumbrista bueno y prudente. Los siguientes títulos fueron marcando el amaneramiento y la decadencia en el tema y el estilo, Jardín de Flores es una novela que quiere ser filosófica, o al menos de opinión, pues se basa en las conversaciones de dos amigos, Luis y Bernardo, ideas que no pasan de curiosas y ridículas noticias.

La decadencia literaria de Torquemada parece ilustrar el proceso de pérdida de la razón en Don Quijote, no como moraleja o simple ejemplificación, sino como un proceso real y factible entre cuyos afectados se encuentra uno de los autores considerados en el Quijote y leído en su tiempo.

Lo más simpático de este asunto es que, como piensa Menéndez y Pelayo, la mayor influencia de Cervantes en su obra de vejez, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, no es otra que la del Jardín. Menéndez y Pelayo consideró en su Cultura Literaria de Miguel de Cervantes, de 1905, que “mucho más personal hay en la obra de la vejez de Cervantes, en el Persiles, cuyo valor estético no ha sido rectamente apreciado aún y que contiene en la segunda mitad algunas de las mejores páginas que escribió su autor. Pero hasta que pone el pie en terreno conocido y recobra todas sus ventajas, los personajes desfilan ante nosotros como legión de sombras, moviéndose entre las nieblas de una geografía desatinada y fantástica, que parece aprendida en libros tales como El Jardín de Flores Curiosas, de Antonio de Torquemada”. Del mismo parecer es don Américo Castro, como lo manifiesta en su libro El pensamiento de Cervantes.

Aparentemente existe alguna contradicción entre el hecho de que el libro de Torquemada sea dado al fuego y luego resulte ser la influencia más clara en una de las mejores obras de Cervantes. No hay tal, en el Quijote tanto el Don Olivante como El Jardín de Flores, cumplen con la misión de ilustrar el proceso del desquiciamiento del juicio y el estilo, pero también significa a la literatura que privaba en los tiempos de Cervantes, entre los hombres que realizaron el momento de esplendor de España, ya hemos dicho que al llegar a la capital azteca, Bernal Díaz del Castillo – acaso junto con Cortés, el más letrado de los conquistadores – se acuerda del Amadís de Gaula, Colón, en su diario recuerda las lecturas de la Imago Mundi, del Cardenal Aliaco, libro no menos ridículo y disparatado que sus compañeros.

La mención de la Galatea del propio Cervantes es una de las muchas veces en que el autor se menciona a sí mismo en su magistral libro, este recurso, ahora tan utilizado en las letras, el teatro y el cine, se conoce actualmente como “guiño al lector”, indudablemente fue Cervantes uno de sus precursores. Más aún, como dice Fuentes, “Cervantes, como don Quijote, es leído por los personajes de la novela Quijote, libro sin origen autoral y casi sin destino, agonizante apenas nace, reanimado por los papeles del historiador arábigo Cide Hamete Benengeli, que son vertidos al castellano por un anónimo traductor morisco y que serán objeto de la versión apócrifa de Avellaneda… Puntos suspensivos. El círculo de las lecturas se reinicia. Cervantes, autor de Borges; Borges, autor de Pierre Ménard; Pierre Ménard, autor del Quijote.”

Cervantes siempre le profesó un particular afecto a La Galatea, pues como él mismo indica, la escribió “cuando había salido apenas de los límites de la juventud”, tal vez eso fuera suficiente para justificar la presencia de esta obra en el Quijote, sin embargo, el tema y la estructura de la Galatea, la hacen idónea para ser bien vista en la biblioteca de Alonso Quijano.

La Galatea constituye una de las obras más acabadas del género bucólico pastoril que inicia con Dafnis y Cloe de Longo, en la Roma clásica, entre los antecedentes principales de esta obra de Cervantes habría que mencionar La Arcadia de Sannazzaro y las Dianas, la de Montemayor y la de Gil Polo.

Es cierto que la novela pastoril no alcanzó las dimensiones de otros géneros, narrativos y poéticos; esto puede deberse al amaneramiento y afectación a que se prestan su tema y sus personajes, hoy como ayer, resulta inverosímil que dos pastores se entretengan discurriendo temas de filosofía clásica, cualquiera sabe, como lo sabían en Roma, en la Edad Media y en el Renacimiento, que ningún pastor logra sus conquistas amorosas recitando sonetos perfectos. Ahí radica la perdición a que los autores condenaron sus propias obras, forzando el género que trabajaban hasta el límite de lo descabellado, este ejemplo sigue vigente, en especial para algunas corrientes de vanguardia.

Sin embargo, es falso que ninguna de las obras de este género pueda ser considerada como trabajo mayor; primero, porque constituyen una parte importante dentro de la evolución estética de occidente, el largo e inocente lamento por la naturaleza perdida, y segundo, porque, en efecto, existen algunas de ellas que son muestra de buen trabajo literario y de perfección en su género, entre las primeras, la propia Galatea, entre las segundas Dafnis y Cloe, aquélla no sólo porque su autor fuera ya una garantía, sino porque hace un logrado intento por alejarse de los lugares comunes que ya habían dejado maltrecho al género; ésta porque al ser la primera, se encuentra libre de afectaciones y excesos.

De este modo, la inclusión de la Galatea en el Quijote, obedece al ejercicio de técnica y estilo que Cervantes impulsa, al afecto que el autor le tiene a este trabajo juvenil y a la calidad del mismo; sin embargo, al igual que el Quijote, en general cierra el ciclo de la literatura caballeresca, llevándola hasta sus últimos límites, también tiene el mismo efecto con la novela bucólica y pastoril, a través de idéntico mecanismo de caricatura y agotamiento; esta vez, de manera sutil, Cervantes deja ver los andamiajes en esta ocasión, puestos sobre aviso de la importancia de La Galatea, que dicho sea de paso, no resulta tan bien tratada en el juicio crítico del propio autor, podemos describir con mayor claridad la influencia de esta obra en los pasajes pastoriles del Quijote, y en la manera que el disparate y la afectación han terminado por agotar el género.

 

La magnitud del término «Utopía»

Construir una definición para la palabra utopía no parece fácil; se trata de un término arduo, no sólo por las diferentes aristas conceptuales e históricas que presenta, sino por la carga cultural que contiene, por la intensidad de su presencia en el imaginario y en la conciencia colectivos; por que todos los miembros de la sociedad, quienes la analizan y quienes no, quienes se detienen a reflexionar y quienes siguen de largo, todos, anhelamos que nuestra civilización se perpetúe, que los valores de nuestro tiempo – y nuestro propio estilo de vida incluida la estética y la lengua – se transmitan a las siguientes generaciones y que, en algún momento de la historia, la sociedad humana se parezca más y, de ser posible, sea idéntica a sus propios sueños. La auténtica dificultad para establecer linderos a la idea de la utopía, consiste en que de alguna manera se trata de poner límites a nuestra propia expectativa de la vida política, en este como en pocos temas de la agenda pública tiene tanto que ver nuestra expectativa y nuestra conciencia como seres políticos.

El primer elemento que tenemos al intentar definir, o mejor aún, construir una noción para el término utopía, es su aspecto histórico. Al decir utopía, la inteligencia se desplaza a Thomas Moore, a Erasmo, a Campanella, a Bacon y también a un momento específico, el Renacimiento al promediar el siglo XVI. Pero existen razones para no dar como suficiente el entorno histórico de aquellos ensayos políticos que en su conjunto reciben el nombre de utopías. Por una parte, no es el único momento en que se presentan escritos de ese carácter y para ir más a fondo en la cuestión, no es sólo en el renacimiento cuando dichas construcciones conceptuales tienen una influencia cierta en la vida institucional.

No es necesario insistir en la dictadura del proletariado del marxismo estalinista ni en el imperio nazi de los mil años, ejemplos hay muchos más. Comencemos por separar las ideas utopistas, las utopías, según su tiempo: un periodo que podemos llamar clásico que abarca Grecia y Roma: Hesiodo, que puso nombre al mítico principio de que todo tiempo pasado fue mejor, acuñando las denominaciones ahistóricas de edad de oro, edad de bronce y edad de hierro; Platón y su República, Tácito y su imaginada Germania, Plutarco y su resurrección de las instituciones de Licurgo – el mismo Licurgo si nos damos el lujo de incluir en nuestra lista personajes que no son susceptibles de comprobación histórica -, Tertuliano, De Spectaculis y Luciano Ireneo.

Las utopías medievales que menos frecuentes pues el pensamiento cristiano como el judío y el musulmán convivieron cercanamente con los milenarismos y asimilaron sus ideas utópicas a las ideas escatológicas que cada una de esas religiones había creado; aún así pueden localizarse buenos ejemplos: las Visiones de Hildegaard Von Binguen, las del Beato de Liébana y los viajes de Benjamín de Tudela, que volverá a presentarse a mediados del siglo XX. También resulta interesante la aparición de un fenómeno exclusivo de la edad media, la utopía como forma de vida en comunidad, la subcultura institucionalizada, ya en la heterodoxia como en la ortodoxia: así, cátaros, abilgenses, cistercienses y franciscanos, se presentan como opciones de vida tendientes a un orden social superior.

Acto seguido, las utopías renacentistas emparentadas muy cercanamente a las de la ilustración: desde luego, Moore, Erasmo, Campanella y Francis Bacon, pero también El hombre en la luna, de Francis Godwin, la Utopía de los Caníbales de Michel de Montaigne, la América ficticia de John Donne, la Nova Solyma de Samuel Gott, el sueño de la tierra como un tesoro común de Gerrard Winstanley, el viaje a las Bermudas de Andrew Marvell, el Paraíso recuperado de Thomas Traherne, la Isla de los Pinos de Henry Neville, la Historia de los Severambianos de Denis Vairasse, los australianos unisexuales en Un nuevo descubrimiento de Gabriel de Foigny, el paraíso encontrado en las Aventuras de James Dubordieu por Ambrose Evans, las normas para desalentar el adulterio en el Naufragio afortunado de Ambrose Philips, los árboles sabios en la Aventura de Niels Klim, las Aventuras de Peter Wilkins, de Robert Paltock, la propia historia pastoril que ya señalamos debida a la pluma de Johnson, los fantásticos mares del sur retratados en el Viaje alrededor del mundo de Louis Antonio conde de Bougainville, el ensayo futurista – ciertamente uno de los primeros de la literatura occidental en referirse a lo que con el tiempo se convertiría en el decepcionante mito del año 2000 -, El año 2440, de Louis Sebastien Mercier. Pero sin duda, lo que más puede llamar nuestra atención es discernir si algunos autores que no pueden ser ubicados como utopistas en toda su obra, o no de manera predominante, sí contienen en trabajos de gran aliento aspectos de utopistas influencia; se trata de trabajos como Sobre cómo no ser un cuadrángulo redondo, en Leviatán, de Thomas Hobbes; Robinson Crusoe de Daniel Defoe, el Sentido equino, en Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift; la reflexión sobre El Salvaje Feliz, en el Discurso sobre los orígenes de la desigualdad de Jean Jacques Rousseau y El Dorado en Candide, de Rousseau.

Si durante la antigüedad las utopías pretendieron el retorno a la Edad Dorada y durante la Edad Media se aproximaron a la idea de la Nueva Jerusalén y a la reproducción terrenal del orden divino; las utopías renacentistas están más emparentadas con aquellas otras de la ilustración; ambas proponen un orden social completo, en las primeras a través de la reconstrucción del orden social sobre la exaltación de la bondad natural del hombre, las segundas buscarán no en la naturaleza sino en la razón la posibilidad de una sociedad mejor. Las utopías siguientes, las del maquinismo, el empirismo y el positivismo, emprenderán rutas basadas en el concierto social, la lucha de clases y el progreso tecnológico, esto es, una nueva generación de utopistas, rebeldes contra sus antecesores.

Entre las nuevas utopías se encuentran, El paraíso de las madres solteras, en The Empire of the Nairs, de James Lawrence; el Evangelio del Industrialismo de Claude Henri de Saint-Simon; Cómo correr en un campo de algodón en Una nueva visión de la sociedad de Robert Owen; Pasiones liberadas de Charles Fourier, Destino en Viajes en Phrenologasto de John Trotter; Lotófagos de Lord Tennyson; Paraíso de árboles plásticos en Un paraíso en la búsqueda del hombre de J. A. Etzler, Los placeres de la igualdad en Viaje a Icaria de Etienne Cabet; La cura por el agua en Sueño de Reforma de Henry J. Forrest; A un convento, en Cielo – Cielo de Gerard Manley Hopkins; la más brillante utopía del siglo XIX, Erewhon, de Samuel Butler, escrita en 1872 – desde luego, Erewhon no es sino el acrónimo de Nowhere, ninguna parte -; Dioses muertos, en El periodo fijo, de Anthony Trollope; Mujeres en el poder , en La revuelta del hombre de Walter Besant; Verde Inglaterra, en Luego de Londres de Richard Jefferies; la Frustración de Smith, capítulo de La edad de cristal de W. H. Hudson; la Nueva Amazonia de Elizabeth Bugoyne Corbett; la Columna del César de Ingatius Donnelly, la menopausia utópica en Mujer libre de Elizabeth Wolstenholme – la que podemos considerar la primera utopía con contenidos de género en la historia; Mañana de Ebenezer Howard; las Anticipaciones de H. G. Wells; Limanora de John Macmillan Brown; Nacimientos Virginales y en Herland de Charlotte Perkins, y Nosotros de Yevgeny Zamyatin.

Entre los autores que, como en cada época, destacan por su profundidad y por su influencia, durante la etapa de la larga paz previa a la Primera Guerra Mundial, destacan autores de contenido fuertemente utópico y social en su obra como Charles Dickens, en especial en libros como Household Words; el crítico John Ruskin, sobre todo por ensayos como Las cosas verdaderamente preciosas en Pintores Modernos, y el Socialismo para Estetas, de Oscar Wilde en El espíritu del hombre bajo el Socialismo, El libro de la Selva de Rudyard Kipling y Juventud de Joseph Conrad; sin embargo, en ésta época comienzan a presentarse personalidades cuyo perfil, eminente en lo político y en lo económico, nos hace referirlos a cuestiones más bien prácticas de la actividad social pero que exponen también ideas tendientes a los conceptos utópicos; así por ejemplo, el célebre Discurso de Gettysburg de Abraham Lincoln, o la Crítica del programa Gotha de Karl Marx.

El periodo de incubación del fascismo, los traumas generados por ambas guerras mundiales y la depresión económica y la bancarrota moral de las posguerras, determinaron un giro importante para las utopías; en lugar de desaparecer, se modificaron tanto en el sentido sombrío de la contrautopía, sino también en el desaforado discurso ideológico fascista y en la contradictoria esperanza del desilusionado existencialismo.

En esa época destacan textos como Viviendo una época en Samoa de Margaret Mead, Sitios Etruscos de D.H. Lawrence; Horizontes perdidos, donde aparece la célebre Shangri – La de James Hilton, la antiutopía La Noche de la Swastika de Katharine Burdekin, las versiones del Cristo redivivo como El hombre que no pecó de Newman Watts y Cristo de nuevo crucificado de Nikos Kazantzakis, la presencia de elementos psicológicos y de las escuelas conductistas como Walden dos de B.F Skinner, y las asociadas por diferencia Mein Kampf de Hitler y 1984 de George Orwell, que podemos considerar las máximas antiutopías.

Esta necesidad de reconstrucción humana luego de la violencia y la desolación posterior a las grandes guerras, hizo posible que se siguieran construyendo nuevas utopías; Tocando el piano, de Kurt Vonnegut, Un mundo feliz, Las puertas de la percepción e Isla, de Aldous Huxley; El libro de Daniel de E. L. Doctorow, Ciudades invisibles de Ítalo Calvino, Solución tres de Naomi Mitchison, La mujer al borde del tiempo de Marge Piercy; Una historia del mundo en 10 ½ capítulos de Julian Barnes; Justicia mediante la Lotería de Barbara Godwin, Lo que las mujeres quieren de Bernadette Vallely; Sociedades deseables de Jim Dator, Visiones de Michio Kaku, Edén notable de Lee M. Silver, Solaris, del polaco Stanislav Lem y los cuentos futuristas de Philip Dick.

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