El vals del minuto: Las quemas de libros

Rituales bárbaros que celebran la muerte y el olvido, nunca han sido suficientes para extinguir la memoria.

Las quemas de libros

Curso taller: Diez libros censurados y prohibidos

Una revisión de los libros perseguidos, torturados, olvidados y sometidos. Un viaje a lo profundo del odio y la incomprensión; del miedo a la liberación, un curso para enfrentar nuestros miedos y fantasmas.

10 sesiones vía zoom

Grabación de las sesiones y material exclusivo cada semana

Publicación de los ensayos de los participantes

Sesiones los miércoles a las 22:00 hora CDMX

Julio 14 a Septiembre 22

Costo: 1,200.00 mx

Informes e inscripciones: Whatsapp.- 5530488751, e-mail cesarbc70@yahoo.com

Diez libros censurados y prohibidos

El libro nuestro de cada martes: Yo se por qué canta el pájaro enjaulado de Maya Angelou. Ed. Libros del Asteroide

Ayer conmemoramos el día internacional de la mujer, reflexionamos un minuto sobre ello; asombra y aterra ver, como siempre, las descalificaciones, las banalidades, las quejas de hombres clamando igualdad, de políticos tratando de robarse la escena, de mujeres con discursos patriarcales; pero hemos avanzado, tal vez tengamos que esperar una generación más todavía; desde la observación solidaria, desde el abrazo y el puño levantado por ellas, este libro que marcará su conciencia como sucedió conmigo, como sucede con todo el que lo lee. La triple exclusión de Maya Angelou, ser mujer, ser negra y ser artista en un mundo al que tuvo que obligar a que la aceptara.

Algo más sobre el libro: https://www.librosdelasteroide.com/-yo-se-por-que-canta-el-pajaro

Maya Angelou lee «Aún así me levanto», uno de sus más hermosos poemas:

Still I rise, de Maya Angelou

El vals del minuto: Olvido y represión, las escritoras

Las mujeres, sólo por el hecho de serlo han pasado por esta, nuestra última estación en los infiernos creativos; meditemos un minuto sobre su lucha por hacerse oír, sus retos y el precio que tuvieron que pagar por ello.

Las mujeres, lucha, escapatoria y consecuencias.

El miércoles del presente: El Proceso de Kafka, para libre descarga

Una estación e el viaje a los infiernos creativos; descargue libremente El Proceso de Franz Kafka, una forma en que la creatividad liberó a su autor de la opresión de su tiempo y sus fantasmas. Que ustedes lo disfruten.

Las citas de los viernes: Guerra de guerrillas de Marxitania Ortega, editorial Jus

Uno de los descubrimientos del año, las letras de Marxitania Ortega, que sin duda en años próximos dará todavía más que decir. Este libro de esperanza y desencuentro, de amor y de desamor, de glorias y remordimientos, nos traen de vuelta el sentimiento latinoamericano que somos tan propensos a extraviar. Aquí algunos de sus mejores momentos:

Guerra de guerrillas de Marxitania Ortega, Editorial Jus


Aún era temprano para regresar a Tolbiac, caminó por las calles más turísticas del barrio latino buscando un bar para matar el tiempo. Encontró un lugar de ambiente alegre. Una banda de jóvenes tocaba covers de rock clásico. Entró decidido. «Menos mal que no es jazz», pensó Antonio mientras se sentaba cerca de la barra. Había hecho grandes esfuerzos por entender el jazz, incluso se obligó a comprar y a escuchar atentamente a los grandes, sobre todo Charlie Parker, instigado más por El perseguidor, de Cortázar que por curiosidad propia, pero las notas se le escamaban al entendimiento. Podía entender y hasta disfrutar a melodía de “Summertime», pero en cuanto empezaban las improvisaciones que parecían gustarle a todo el mundo, Antonio comenzaba a sufrir. El jazz era para él ininteligible, un precipicio de notas que no tenían sentido, como los recuerdos que quedan al día siguiente de una borrachera. La verdad es que Cortázar tampoco era su escritor favorito. A él le gustaba el realismo, la literatura sin juegos, la prosa bien escrita de Ernest Hemingway y en cuanto a la música, lo suyo era la canción la música cantada, hablada, la que se entiende: José Alfredo Jiménez, Julio Jaramillo, la chanson française, Piaf, Aznavour.


Un sueño en blanco y negro que recordaba como si lo hubiese soñado anoche. Cesare Pavese caminaba hacia ella, despacio, vestido de gris. Cuando estuvo cerca le susurró al oído: «la ciudad más hermosa del mundo mide un milímetro por un milímetro y está en tu cabeza». Luego, le daba la espalda y recorría la misma calle por la que había venido hasta que se hacía chiquito en el horizonte. Sara sabía que había ido a matarse. Al despertar se sintió iluminada, el sueño había sido tan vívido que creyó que el fantasma del escritor había venido a consolarla y a evitar que se frustrara en una espera de casi diez años.


Cuando estuvo otra vez en el RER respiró aliviada. Se bajó en Saint-Michel. Pensó que conseguir habitación no sería fácil y que debería invertir en vivienda cien euros más de su ya de por sí insuficiente beca, aunque se restringiera en el resto de sus gastos. Caminó por el Quai Blanqui y cruzó el Pont Neuf hacia la Île de la Cité. Pensó en Michèle/Juliette Binoche y en su parche en el ojo y en la decadencia y en la desesperación. Vibró un poco para sacudirse la posibilidad de que cualquier pizca de fracaso se adhiriera a su piel y se dirigió a Notre Dame. Estaba llena de turistas. Le disgustó ser una más entre la masa de gente de todo el mundo que tomaba fotos de los pórticos y de los retablos, ella que conocía de memoria cada uno de los arquitectos que habían trabajado en las remodelaciones del proyecto.original, desde el lejanísimo año de 1160. Había pasado tardes enteras en


Un sueño en blanco y negro que recordaba como si lo hubiese soñado anoche. Cesare Pavese caminaba hacia ella, despacio, vestido de gris. Cuando estuvo cerca le susurró al oído: «la ciudad más hermosa del mundo mide un milímetro por un milímetro y está en tu cabeza». Luego, le daba la espalda y recorría la misma calle por la que había venido hasta que se hacía chiquito en el horizonte. Sara sabía que había ido a matarse. Al despertar se sintió iluminada, el sueño había sido tan vívido que creyó que el fantasma del escritor había venido a consolarla y a evitar que se frustrara en una espera de casi diez años.


Cuando estuvo otra vez en el RER respiró aliviada. Se bajó en Saint-Michel. Pensó que conseguir habitación no sería fácil y que debería invertir en vivienda cien euros más de su ya de por sí insuficiente beca, aunque se restringiera en el resto de sus gastos. Caminó por el Quai Blanqui y cruzó el Pont Neuf hacia la Île de la Cité. Pensó en Michèle/Juliette Binoche y en su parche en el ojo y en la decadencia y en la desesperación. Vibró un poco para sacudirse la posibilidad de que cualquier pizca de fracaso se adhiriera a su piel y se dirigió a Notre Dame. Estaba llena de turistas. Le disgustó ser una más entre la masa de gente de todo el mundo que tomaba fotos de los pórticos y de los retablos, ella que conocía de memoria cada uno de los arquitectos que habían trabajado en las remodelaciones del proyecto.original, desde el lejanísimo año de 1160. Había pasado tardes enteras en


El metro francés es viejo y lento. Los trenes cumplen con puntualidad su itinerario pero los trayectos son infinitos para el hombre que huye. Antonio recordó con angustioso detalle cuando fue a recoger a Lorena al penal femenil de Acapulco. Quería sorprenderla llevándole a sus hijas, pero las niñas no quisieron ir. La madre de Lorena, que nunca entendió bien las razones de la lucha de su hija y no sabía si en verdad era víctima de una injusticia, como decían sus compañeros, o si realmente merecía la cárcel, se había hecho cargo de sus nietas y había sembrado en ellas sus dudas. Las niñas anudaron el corazón para no extrañar a su madre durante el tiempo que estuvo presa y les iba a costar mucho trabajo desatarlo.


«Un compañero preso, el más joven, casi un niño», pensaba Antonio antes de que pudiera ver frente a él la cara hinchada de su amante. Cuando pudo verla, lloró. No era la primera vez que golpeaba a una mujer ni la primera que, en cada golpe, salían amalgamados un odio profundo y una satisfacción que después, cuando pasaba la furia, le parecía abominable.


En los jardines de Luxemburgo, sintió nostalgia de su soledad habanera, de cuando buscaba parques y rincones solitarios para reproducir, durante horas, en un cuaderno de papel revolución con un lápiz duro del no. 2, las texturas de los inmensos árboles tropicales y los volúmenes de las estatuas de los próceres de la Revolución. Aunque su lugar favorito, en realidad, era el panteón Colón; ahí se refugiaba entre las lápidas de la presencia humana, hasta que ya entrada la tarde, las sombras le empezaban a dar miedo. Luego revisaba sus trazos y cada una de las tareas que le habían dejado en la Escuela Elemental de Artes Plásticas. Lo más importante, había dicho el maestro, era soltar la mano.


Le bastaban unos minutos de atenta observación y una breve charla para encasillar a su interlocutor en alguno de los parámetros de luchador social que había construido durante los últimos años, Révolutionnaire, escribió un día con su pluma fuente en la primera hoja de una libreta de dibujo, y luego la fue llenando con diferentes versiones de una tabla que cada vez adquiría mayor complejidad. Así, Beatrice conservaba cierta tranquilidad sobre los fondos que arriesgaba con ellos, deduciendo a través de sus esquemas el futuro comportamiento de los guerrilleros, revolucionarios, militantes o jóvenes idealistas latinoamericanos que llegaban a ella. No es que pensara que sus modelos y sistematizaciones estaban libres de prejuicios y fantasías, pero así era su mente, tendía a la esquematización.


El mesero llegó atento y dispuesto a tomar la orden. Antonio pidió la clásica sopa de cebolla, un terrine de ternera y una copa de Bordeux. Brindó consigo mismo a la memoria del poeta y mientras comía la sopa humeante y batallaba con la cuchara para tomar la porción adecuada de queso gruyere gratinado, sintió lástima por los poetas alcohólicos que mueren en la miseria, y por los revolucionarios alcohólicos que quieren morir y no pueden.


Por un momento Antonio deseó que sus hijas pudieran disfrutar una de las más poderosas fantasías creadas por el perverso matrimonio del cristianismo y el capitalismo. A pesar de que Sara y Gabriela no eran las únicas en su entorno que no recibían regalos en Navidad, en parte porque la pobreza de algunos miembros de su familia impedían tales lujos, sí eran quizás las únicas que sabían que la existencia de Santa Claus, los Reyes Magos y demás seres regaladores, eran una invención beneficiosa sólo para los dueños del capitalismo. Antonio tampoco creyó nunca en semejantes artificios. Ni él ni ningún niño que él conociera. De no ser por los comerciales radiofónicos que ponían algún villancico con mensajes grabados de cantantes famosos y por las vacaciones escolares, la población rural mexicana no hubiera tenido conocimiento de las fantasías navideñas. Ni la nieve, ni los arbolitos, ni los muñecos de plástico, ni los regalos, ni el pavo, ni siquiera del pollo. Era una fiesta religiosa, la abuela de Antonio iba a la iglesia y eso era todo. Eso y


-Vete a casa, una niña como tú no debe andar viendo estas cosas Sara se indignó. Una niña mexicana como ella no debía ver a los viejos gordos aprovecharse de la pobreza, la ignorancia y la maldad de las madres de las niñas cubanas. įPor qué les daba pena la mirada de Sara y no les causaba ningún pudor besar a las jineteritas? ¿Qué ven los hombres en las mujeres que saben putas, ¿tienen cara de putas?, ¿cuerpo de putas?, ¿o sólo es la disposición de putas? Sara se indignó pero se salió de la alberca para irse. Fuera de la piscina miró el reflejo de su cuerpo en las puertas de cristal del hotel. Su cuerpo flaco, sin chichis, desculado, nada tenía que ver con las adolescentes cubanas, exuberantes.


-Además -decía tratando de convencer a Emilio- es diciembre. Los jardines estarán helados y grises. No habrá mucho que ver. Sara se sorprendió en Versailles. La belleza del lugar prevalecía en el invierno. Por única vez una idea reveladora apareció en su mente y sus firmes convicciones republicanas sucumbieron ante la belleza del Château. Hay que creerse divinidad para hacer algo de tal belleza. Las danzas de Lully ambientaban eficazmente los salones del palacio y Sara lloró en una ventana. “De tanto representar a Dioses he terminado creyendo que soy uno» recordó que dijo Farinelli, el castrato, en esa película de principios de los noventa. Los hombres, ante la repetición de los días, ante la vileza de la vida cotidiana, necesitan postular un principio poderoso que sea capaz de crear obras cuya magnificencia y belleza evoquen constantemente lo divino. De eso se tratan las monarquias,


Siempre quisiste vivir en París. Yo también. Ahora los dos vivimos aquí. Es pintoresco, dices. Y romántico. Vivimos en un ático, como Hemingway, te digo. Hemingway vivió en un ático? En un lugar miserable, te cuento. Como éste, respondes. Te miro con reproche. Este lugar es pequeño, pero no miserable. Tú también conoces la miseria, ésa, la que sólo se da en el tercer mundo, la miseria tropical.


Caminamos por París. Tu mano que sostengo es áspera y fuerte, es la mano de una enfermera que se va a la guerrilla. Me dices que mis manos son suaves, que parecen las manos de un intelectual. Te cuento que mi abuela me decía de niño que mis manos eran de alguien que se dedica a pensar. En la práctica, querida Mado, la palabra se empuña al mismo tiempo que el fusil, por eso ahora sólo quiero silencio. Calla. Callemos todos. Que callen todos los que caminan en París, como nosotros. Que no regañen las madres a los niños, que no griten, que nadie grite. Callemos. Para ver el futuro, Mado, o el pasado, o ambos.


Me cuentas la historia de los amantes que caminan hacia nosotros en el puente. Ella es una mujer negra, tiene una bella cabeza de micrófono. Él es francés, de Strasbourg, adivinas. Él la ama. Mira cómo le toma fotos. Seguramente son las mejores fotos que le tomarán en la vida, dices. Ella cruza un poco las piernas, levanta el mentón. Él dispara varias veces el obturador. Me cuentas entonces tu teoría de que la belleza del fotografiado sólo depende del amor del fotógrafo. Los fotogénicos son en realidad personas simpáticas que suelen agradar a los fotógrafos. Lamento no tener cámara , no puedo tomarte ni una foto. Me preocupo por la memoria. ¿Cómo te recordaré?


En la tortura, hablen, suéltenlo todo. Esa es la política de algunas organizaciones. Los etarras dicen eso, porque saben que la mayoría va a hablar. Nosotros, tercermundistas al fın, programamos mártires. No hablen, no delaten, no suelten, mueran. Mártires imposibles porque la mayoría habla, delata suelta. Y entre más pasan los días y las horas más amplio se y hace el espacio entre los minutos y los segundos y más duran los golpes y el tiempo de tortura y sólo puedes pedirle a tu cuerpo que aguante un poco más, sólo un poco más.


«No quiero una medalla, quiero que me devuelva a mi hijo.” Dicen que fue lo que dijo. El gobernador se comprometió ante el auditorio lleno de maestros. «Si tu hijo es inocente, saldrá libre», dijo públicamente. «Si no es inocente, que se vaya del país, porque si lo agarran otra vez, lo matan», le dijo a mi madre al oído. Mi madre me dio la vida dos veces.

El libro nuestro de cada martes: Guerra de guerrillas de Marxitania Ortega.

Este libro habla sobre esperanza y desesperanza, sobre amor y muerte; sobre sueños abandonados y otros derruidos, pero también sobre la persistencia de la vida y la conciencia latinoamericana; el encuentro con quienes integraron las guerrillas revolucionarias del continente en los años ’60 y ’70, sus hijos, sus amores, sus pesadillas. Se trata también de una novela bien contada, narrada con celo y con cariño, algo que siempre se agradece. Por último, es una mirada a las contradicciones de nuestra sociedad y la forma en que las hemos aplazado en lugar de solucionarlas. Algo más sobre el libro: https://www.animalpolitico.com/lo-que-quiso-decir/guerra-de-guerrillas/

Tiaré Scanda lee un fragmento de la novela. Hermoso.

El rincón de la bibliografía: Feliz cumpleaños Mikhail Bulgákov

Feliz cumpleaños a una de las plumas más lúcidas de la era soviética, disidente y autor de fondo, que ustedes lo disfruten:

Morfina. 

https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/morfina/9788433911582/PN_238

Notas en los puños; Iván Vasílievich. 

http://quelibroleo.com/notas-en-los-punos-ivan-vasilievich

La guardia blanca

https://www.traficantes.net/libros/la-guardia-blanca

Las aventuras de Chíchikov. Los huevos fatídicos

http://www.maldororediciones.eu/pages/bulgakov_aventuras00.htm

Correspondencia (1926—1940). 

http://www.maldororediciones.eu/pages/bulgakov_correspondencia00.htm

Relatos de Moscú

https://elpais.com/diario/2006/05/06/babelia/1146873024_850215.html

El Maestro y Margaritaç

https://www.letraslibres.com/mexico/el-maestro-y-margarita-mijail-bulgakov

Corazón de perro; La isla púrpura. 

https://www.traficantes.net/libros/corazón-de-perro-la-isla-púrpura

Cartas a Stalin

https://www.libertaddigital.com/opinion/historia/carta-a-stalin-1276237461.html

Vida del señor de Molière

https://arteescenicas.wordpress.com/2010/02/02/vida-del-senor-de-moliere-de-mijail-bulgakov/

Los días de los Turbín

http://librosdeteatro.blogspot.com/2015/06/los-dias-de-los-turbin-mijail-bulgakov.html

Don Quijote

https://www.larazon.es/historico/747-un-quijote-del-siglo-xx-por-juan-mayorga-PLLA_RAZON_453733/

Salmo y otros cuentos inéditos

https://www.culturamas.es/2011/05/30/salmo-y-otros-cuentos-ineditos-bulgakov/

Un interesante documental sobre Bulgakov:

 

El libro nuestro de cada martes: El Evangelio de Lucas Gavilán De Vicente Leñero

Tendría entonces unos doce años, me preparaba para mi primera comunión en la pequeña parroquia de San Francisco de Sales en la Colonia Periodista de la Ciudad de México; yo creo, ahora que lo pienso, que todo este asunto de los libros, de la crítica, de las tensiones sociales, el asunto de la justicia, eso que llamamos ahora con cierta ligereza, “la izquierda”, me vino de aquellos días. Ahora que lo pienso fue así.

Mirando en la televisión, en compañía de mi hijo, las representaciones del Via Crucis, en medio mundo, me vinieron a la memoria varias imágenes que pensé tenía olvidadas; uno nunca sabe cuáles son los resortes que van a detonar nuestros recuerdos, pero así, pasa como de la nada. Se trata de mi catequista de aquella época, para situarnos, estamos hablando de 1982, más o menos. No puedo recordar su nombre, lo he intentado devanándome los sesos, pero nomás no puedo, porque éste sería un momento magnífico para agradecerle. Se trataba de una chica que tendría en aquel momento unos veinte años, no creo que más; bonita, castaña o rubia, sin maquillaje, dulce y firme, cumplía la misión que los padres de los barrios del Periodista, la Herradura o Lomas de Sotelo, le confiaban: dar los primeros rudimentos de la religión católica a sus retoños, sin más complicaciones y que, en un año, pudieran estar listos para celebrar la primera comunión, lisa y llanamente; un poco de Biblia, las oraciones fundamentales, el sentido y significado de los sacramentos, lo que se esperaría pues, de un niño promedio de barrio pequeño burgués. En realidad, ella cumplía misiones de contrainteligencia. Ahora lo sé e insisto, se lo agradezco.

Y es que resulta que aquella muchacha, que me parecía tan bonita, venía los jueves a la iglesia que tenía un jardín pequeño pero hermoso, a educar en la fe a una pequeña pandilla de niños de mi edad – éramos los rezagados, los mayores – mientras que se formaban corrillos con niños más pequeños en otras zonas de aquel edén que lindaba apenas unos metros del congestionado periférico. Desde luego que cumplía su misión y lo hacía con cariño y cuidado, pero en ocasiones, no pocas, de su morral de mezclilla – estos detalles tal vez sean invención de mi memoria – sacaba algún libro que no figuraba en la lista de los catequistas más ortodoxos. Nos nutríamos de las versiones simplificadas y sintetizadas del Ripalda, pero ella traía algo más en las alforjas.

Una vez extrajo del saco de las maravillas un libro de gran formato, lucía hermoso, grande y se apreciaba que no era barato; estaba en inglés y eso me desanimó un poco, se llamaba “Life goes to war”, Life va a la guerra, tradujo, nos explicó que Life era una revista americana conocida por la calidad de sus fotógrafos, nos mostró páginas dedicadas a Vietnam, a Corea, a los campos de exterminio, nos dijo de lo que éramos capaces los seres humanos cuando nos veíamos sometidos por la ambición, la avaricia y la soberbia; nos dijo que éramos niños de un país privilegiado que tenía paz, pero que esa paz era ficticia porque aunque no lo supiéramos, en nuestro país de aquellos días, de la presidencia imperial, también había perseguidos y gente temerosa. Creo, que entonces comenzó a desvanecerse mi infancia.

Nos daban unos boletitos, como entonces se acostumbraba, alentándonos a guardarlos para que, al final del año, poco antes de la comunión, lo usaremos como dinero para cambiar por comida en la kermesse que se celebraba cerca de la fecha de la ceremonia. Yo los guardaba sí, pero no iba al catecismo con tanto gusto por eso, sino porque esperaba conocer más del mundo que ella nos revelaba. Otro día nos leyó unos versos de Ernesto Cardenal, uno o dos, no recuerdo, entre ellos el que me quedó grabado para siempre fue la Oración por Marilyn Monroe, nos dijo que la compasión por el dolor ajeno pasa por la comprensión y el compromiso, no por el llanto ni por andar de rezanderos.

Cumplió su misión de contrainteligencia el día que, casi al terminar el curso llevó consigo el Evangelio de Lucas Gavilán de Vicente Leñero. Aquello no sólo mató la inocencia que le restaba a mis oídos, significó el estallido de la literatura como artilugio para descifrar y componer la realidad; aquel Cristo suficiente y asesinado en los barrios terribles de la Ciudad que yo imaginaba impoluta, divina y serena como un jardín gigantesco, me enseñó que la paz imaginaria no es tranquilidad sino sólo apariencia; me enseñó que había que tener cuidado con la religión porque debía ser compromiso y no componenda.

El tiempo ha pasado, si ella lee estas líneas, que el diario sea mi botella al mar. Le debo mucho y se lo agradezco; en tanto, pienso en esas coincidencias que nos forman, en eso que no podemos controlar pero que se cuela por entre las fisuras del control paternal para formar esta experiencia que llamamos vida; pienso al fin, que no todo se ha ido al carajo, que hay cosas que se pueden rescatar pero que pasan por nuestra capacidad de intentar nuevas lecturas del mundo; aquella niña, aquella adolescente lo demostró hace ya casi cuarenta años.

César Benedicto Callejas

Escritor. Investigador SNI.

@cesarbc70

1968. Los que no estábamos 

Todos estamos hechos de recuerdos, de los nuestros y de los que heredamos. En la casa de mis padres había una enciclopedia gráfica de la Revolución mexicana, aquella de pastas azules en la que se glosaba el legendario archivo Casasola; el último de sus tomos cantaba las glorias de los gobiernos revolucionarios; entre sus páginas, como una mancha de dudosa procedencia, aparecía el movimiento estudiantil de 1968.

Mis hermanos y yo nacimos entre 1963 y 1977; no hubo en casa memoria de aquellos días; cuando me pude acercar a “La noche de Tlatelolco” de Poniatowska, aún era poco lo que se decía y menos los que se podía encontrar. Era una guerra perdida entre la estrategia del olvido y la férrea persistencia de la memoria y de la vida. En los primeros años de la curiosidad los entonces adolescentes, casi niños, realizábamos una especie de arqueología informativa, pescábamos un dato aquí y otro allá, hablábamos con los hermanos de los amigos que sí habían estado, escudriñábamos la memoria de los padres que habían perdido a alguien, explorábamos el recuerdo de la ciudad que se negaba a olvidar lo inexpresable. El 68 era para nosotros, entonces, una especie de espantajo con el que nuestros padres y maestros buscaban protegernos, nos advertían que sólo a los muchachos que se metían en problemas el gobierno los trataba de esa manera y la expresión “esa manera”, encerraba mitos, leyendas, temores enormes que se mezclaban con lo que ya sabíamos que sucedía en Argentina o en Chile.

El terremoto de 1985 despertó muchas conciencias, levantó la nuestra, nosotros, entonces malinformados y todavía imberbes, ya queríamos y teníamos algo que decir, cosas que no nos cuadraban como las desigualdad, la pobreza y la eternidad priísta que nos parecía contranatura; luego, dentro de la ola que se produjo con el movimiento telúrico, en 1989 Jorge Fons estrenó “Rojo amanecer” y el tema saltó de los textos académicos y de las publicaciones clandestinas y marginales a los medios masivos; la película la vi en el enorme Cine Chapultepec, también ahora parte de la memoria perdida; al salir, además del miedo que traía metido en la sangre, me embargaba una enorme vergüenza, no podía soportar la idea de que aquellos jóvenes, que tenían entonces unos cuantos años más de los que yo tenía al presenciar el fime, hubieran tenido que transitar todos esos lustros en el silencio y en las sombras; ahora aparecían como héroes de una historia que debía ser contada. Poco después se permitió la exhibición de “El grito” de Leobardo López, con lo que parecía que las puertas se habían abierto.

En 1993 con ocasión del XXV aniversario del movimiento se inauguró la Estela de Tlatelolco; aunque el diálogo estaba ya abierto y se podía decir todo, o casi todo, las diversas versiones entre los participantes parecían perpetuar las divisiones que ya se habían engendrado desde la época de los hechos; pero ya la suerte estaba echada y nos enterábamos de datos nuevos, de cifras espeluznantes, de prácticas que desconocíamos y que nos dejaban saber el mundo en el que en realidad habíamos vivido; para 2015, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal impuso, en letras de oro, la expresión: “A los mártires del movimiento estudiantil de 1968”; un nuevo riesgo aparecía en el horizonte, la normalización del hecho histórico para lanzarlo tan lejos como la memoria lo hiciera posible, oficializar el sacrificio e instalarlo en el martirologio oficial, haciéndo inocuo y similar a los niños héroes. Dudo que se tratara de una estrategia oficial, más bien, pertenecía a una especie de inercia histórica en la que nuestro miedo al cambio, nuestro temor a remover el pasado resulta preferible a la justicia y la verdad, echar tierra con la finalidad de seguir adelante. La sobrevivencia consiste en una rarísima suma de ambos elementos, verdad y olvido, justicia y perdón. Pero lo que no es posible es aspirar a la justicia sin haber conocido la verdad ni practicar el perdón si no se conocen las auténticas dimensiones de las ofensas.

Ahora se cumplen cincuenta años del movimiento de 1968; los que no estuvimos miramos con cierta lejanía que nos aproxima a una poco menos que imposible imparcialidad, después de todo hablamos de nuestro país y de nuestro pueblo, pero sabemos que aquel movimiento era parte de una ola en todo el mundo; sabemos también que se trató de un hecho de represión ilegítimo e ilegal y que las visiones maniqueas sobre la infiltración comunista son falsas, incompletas y hasta infantiles; sabemos, que nuestras libertades, como hoy las tenemos, con sus amenazas y limitaciones, son hijas de aquel dolorosísimo parto. Los que no estuvimos, llegamos al mundo con un compromiso adquirido que exige ser satisfecho. Las generaciones post 68, que han buscado su identidad bajo una sombra gigantesca, tienen en esta conmemoración la oportunidad de honrar la memoria construyendo un mañana de paz, democracia y verdad.

Imagginación

Meditación Divertida con Maggie

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Unas cuantas palabras y fotos para los lugares que me hacen feliz.

NOUS LES FEMMES

Aller au delà de nos limites à travers le monde. J'en suis capable, pourquoi pas toi? Pourquoi pas nous? Ensemble nous sommes invincibles "Je suis femme and i can".

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A garden of wild thoughts. Feeling thoughts and dilemmas

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Inner-peace is necessary to overcome of all the pain.

El Rincón de Suenminoe

En el soñador vida y sueño coinciden

La poesía, eso decían

Como plasmar la idea natural.

Cynthia Briones

Letras en el mar.

Polisemia Revista cultural

En cada edición proponemos una palabra para indagar sus posibles significados desde distintas áreas.

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