La lista tonta de los jueves: Libros prohibidos y censurados

No solo las dictaduras han prohibido los libros; la intolerancia no conoce regímenes ni condiciones temporales. Quemar, avasallar y silenciar han sido soluciones temporales para obras que por su potencia siguen vivas pese a todo. Una mirada a los libros que prohibieron nazis, religiones, totalitarismos y democracias, todo en aras de una falsa tranquilidad, de una ilusión de inmovilidad y silencio.

El Guardián entre el Centeno. J.D Salinger.
https://www.libros-prohibidos.com/j-d-salinger-el-guardian-entre-el-centeno/

Lolita. Vladimir Nabokov.
https://elpais.com/cultura/2018/03/10/actualidad/1520696379_102115.html

Rebelión en la granja, de George Orwell
https://www.culturagenial.com/es/novela-rebelion-en-la-granja-de-george-orwell/

La sombra del Caudillo. Martín Luis Guzmán
https://relatosehistorias.mx/nuestras-historias/la-sombra-del-caudillo-de-martin-luis-guzman

Los días terrenales. José Revueltas
https://www.edicionesera.com.mx/libro/los-dias-terrenales_78486/

La Regenta, Leopoldo Alas Clarín
https://www.actualidadliteratura.com/analizamos-la-obra-de-leopoldo-alas-clarin-la-regenta/

Los versos satánicos. Salman Rushdie
https://www.actualidadliteratura.com/resena-de-los-versos-satanicos-de-salman-rushdie-hablemos/

Mein Kampf. Adolf Hitler
https://www.lavanguardia.com/historiayvida/historia-contemporanea/20190617/47309882691/el-mein-kampf-de-hitler-en-datos.html

  1. George Orwell
    https://www.bbc.com/mundo/noticias-44205892

Memoria de mis putas tristes. Gabriel García Márquez
https://www.escritores.org/recursos-para-escritores/recursos-1/colaboraciones/15363-resumen-memoria-de-mis-putas-tristes-gabriel-garcia-marquez

El amante de Lady Chatterlay. D.H. Lawrence
https://www.alianzaeditorial.es/libro/13-20/el-amante-de-lady-chatterley-d-h-lawrence-9788491043195/

Justine. Marqués de Sade.
https://trabalibros.com/libros/justine-marques-de-sade

La Colmena. Camilo José Cela
http://www.blr.larioja.org/content/la-colmena-camilo-jos%C3%A9-cela

Persépolis. Marjane Satrapi
https://www.eldiario.es/cultura/comics/persepolis-reedicion_1_1069896.html

El origen de las especies. Charles Darwin
https://www.gaceta.unam.mx/completo-el-origen-de-las-especies-una-revolucion-cientifica/

Matar un ruiseñor. Harper Lee
https://www.libros-prohibidos.com/harper-lee-matar-un-ruisenor/

Panorama desde el puente. Arthur Miller
http://www.artezblai.com/artezblai/panorama-desde-el-puente-arthur-miller-georges-lavaudant.html

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado. Maya Angelou
https://www.literaturaenlaciudad.com/resenas/yo-se-por-que-canta-el-pajaro-enjaulado-maya-angelou/

Despreciado y rechazado. Rose Allatini
https://ecoosfera.com/libros-prohibidos-semana-novelas-censura-literatura-libertad/

El pozo de la soledad. Radclyffe Hall
https://www.cicutadry.es/el-pozo-de-la-soledad-radclyffe-hall-la-biblia-del-lesbianismo/

La lista tonta de los jueves: Utopías!

Novelas sobre mundos que no serán… o quién sabe, que presentan oportunidades inéditas y demonios terribles; horizontes que se alejan conforme nos acercamos. La lista tonta ofrece veinte puertas al mundo de la utopía… ya se sabe, lo primero que se nota en una lista es aquello que falta…

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El insoportable paso del tiempo. Francisco Rivas.

http://letras.mysite.com/friv230916.html

El Miércoles del presente: Utopía de Tomás Moro y La Ciudad del Sol de Tomasso Campanella para libre descarga

Para libre descarga los dos libros fundacionales del género utópico, sueños de humanidad en los que se esconden nuestras más obscuras pesadillas. Que ustedes lo disfruten:

Utopía de Tomas Moro
La Ciudad del Sol de Tomasso Campanella

La lista tonta de los jueves: Evita Perón

Más allá de las posturas políticas, más allá del debate nacional y latinoamericano, Evita es un personaje del imaginario colectivo del continente de la Ñ. Démonos una vuelta sobre lo que se ha dicho en torno a este personaje de la historia, la ficción y el sueño continental. No lo olvidemos, lo primero que se nota en una lista, es aquello que le falta…

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20.25 Quice mujeres hablan de Eva Perón. Lilia Lardone.

http://www.lilialardone.com.ar/2025.php

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Las muchachas peronistas. Jorge Halperín.

http://www.lsf.com.ar/libros/46/MUCHACHAS-PERONISTAS-LAS/

09


Fusco. El fotógrafo de Perón. Matías Méndez.  

https://www.telam.com.ar/notas/201708/197332-peron-fotografia-publico-historia.html

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La agente nazi Eva Perón y el tesoro Hitler. Marcelo García.

https://www.culturamas.es/2017/08/08/la-agente-nazi-eva-peron-y-el-tesoro-de-hitler-de-marcelo-garcia/

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La Razón de mi vida. Eva Perón.

https://journals.openedition.org/babel/2578

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Mi hermana Evita. Erminda Duarte.

https://www.evitaperon.org/mi_hermana_evita.htm

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Roberto y Eva. Historia de un amor argentino. Guillermo Saccomano.

https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-1326-2004-11-21.html

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Evita, la loca de la casa. Daniel Herrendorf.

https://es.wikipedia.org/wiki/Evita,_la_loca_de_la_casa

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Los oficios terrestres. Rodolfo Walsh.

http://www.lecturalia.com/libro/67710/los-oficios-terrestres

El libro nuestro de cada martes: El paraíso en la otra esquina de Mario Vargas Llosa

Tenía mucho que no leía a Mario Vargas Llosa, ya se sabe, cosa de personalidad, no es un hombre cuyas posturas políticas me agraden y en general no me causa mayor simpatía, pero que es un enorme narrador y que sus libros, leídos siempre y desde hace mucho han sido para mí fuente de solaz y también de conocimiento.

Me enfrenté a El paraíso en la otra esquina con la certeza de su origen, pero me he encontrado, como siempre que lee uno a Vargas Llosa, con más de lo que esperaba, el entramado de las biografías supera con mucho las expectativas de los lectores más exigentes; la historia de la Francia revolucionaria, del primer Perú independiente, como de Gaugin y Flora Tristan van llenando páginas y páginas que se deslizan como el viento de una playa. No esperaba menos y recibí mucho más.

Al leer a Vargas Llosa me ocurren dos cosas, la primera es la distancia entre el escritor y su obra, el autor puede no parecernos el tipo de persona con la que nos tomaríamos un trago, o no gustarnos sus posiciones pero aún así disfrutar y reconocer la mejor literatura; la otra es la manera en que la realidad se vuelve material literario, como puede ser moldeada, adaptada y recreada bajo la pluma del maestro para convertirse en ficción más allá del mundo pálido de los hechos.

Vuelvo a Tahití, a Gaugin, que esta vez, me ha gustado más que la dulce Francia.

Algo más sobre el libro:

http://www.letraslibres.com/mexico/libros/el-paraiso-en-la-otra-esquina-mario-vargas-llosa

Una entrevista a Vargas Llosa sobre el tema

El libro nuestro de cada martes: La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde

En los primeros días de 1895, Oscar Wilde estrenaba en el Theatre Royal de Haymarket, su The Ideal Husband; el éxito fue inmediato, en la obra Wilde lanzó un ataque fino, acerado y certero contra la corrupción política de su tiempo, contra la doble moral victoriana y contra la opresión que la moral pública ejercía sobre los individuos. En la pieza, acosado por su pasado corrupto, un representante de la aristocracia británica debe enfrentar un chantaje; como en todas las obras de Wilde, sus parlamentos ofrecen dos o más lecturas, en este caso, a la crítica política se suma su visión del tiempo y circunstancia a la que pertenecía:

Mistress Cheveley.- En tal caso mi querido Sir Roberto, estaría usted perdido sencillamente. Acuérdese a dónde le ha elevado su puritanismo en Inglaterra. En otros tiempos nadie se creía mejor que su vecino, ni en un ápice. Realmente al que era un poco mejor que su vecino se le consideraba como un ser excesivamente vulgar, muy clase media. En nuestros dais con nuestra moderna manía de la moralidad, cada cual tiene que exhibirse como modelo de pureza, de incorruptibilidad y de las otras siete virtudes mortales. Y todo ¿para qué? Caen ustedes todos como bobos, uno tras otro. No pasa un solo año en Inglaterra sin que se desplome alguien. Antes, los escándalos prestaban cierto encanto a un hombre, o al menos, lo hacían interesante; ahora le aplastan. y el de usted es un escándalo muy sucio. ¡No podría sobrevivir a él!

  Un mes mas tarde, en el St. James Theatre, se estrenaba The importance of being Earnest. Wilde se encuentra en su mejor momento de fama y en pleno dominio de su capacidad creativa; durante los años anteriores, el ascenso de Wilde en la escena social y literaria de Londres y París había estado acompañado de una transformación en su actitud frente a la moral colectiva y también frente a la situación institucional en ambas capitales. Si bien Wilde nunca fue conformista, lejos de ser el excéntrico dando, el heredero afortunado y talentoso, se había construido con una carrera de gran peso para convertirse en el primer dramaturgo en lengua inglesa y en uno de los autores más leídos y comentados en ambas riveras del Canal de la Mancha.

En cierto modo, el irlandés había desarrollado un sentido de certeza sobre su influencia, que no sólo partía de su pluma sino de su personalidad y de su actitud, que habían alcanzado en la sociedad de su tiempo al grado de permitirle hacer afirmaciones o tomar posturas que difícilmente habrían sido toleradas en personajes menos célebres; así, por ejemplo, el hecho de colocar dos obras monumentales y exitosas en el lapso de solo un mes, en los mejores teatros de la temporada, hablaba de una aceptación inequívoca que para el propio escritor se presentaba como una posibilidad de presionar a las estructuras colectivas fuera del contexto del poder político, veamos dos ejemplos más. En The Ideal Husband, su crítica social, acre aunque elegante, busca confrontar a su sociedad consigo misma:

Lord Caversham.- Buenas noches, lady Chiltern. ¿Está por aquí la inutilidad de mi hijo menor?

Lady Chiltern.- Me parece que Lord Goring no ha llegado aún.

Mabel Chiltern.- ¿Porqué llama usted inutilidad a Lord Goring?

Lord Caversham.- Por que hace una vida de holganza.

Lady Chiltern.- ¿Cómo puede usted decir eso? Da su paseo a caballo por el Row, a las diez de la mañana. Asiste a la Ópera tres veces por semana, cambia de traje lo menos cinco veces al día, ¿y come fuera de casa todas las noches durante la season! no creo que pueda usted llamar a eso una vida de holganza.

Lord Caversham.- Es usted una muchacha encantadora.

Y aún, más adelante, Wilde confronta a su sociedad directamente:

Mabel Chiltern.- ¡Pues a mi me gusta la sociedad londinense! Ha progresado notablemente. Hoy día está compuesta de guapos imbéciles y de deslumbrantes lunáticos. Que es precisamente lo que debe ser una sociedad.

  El irlandés no se propone como conciencia crítica de su sociedad, pero su denuncia, amparada por su fama, la calidad e impacto de su trabajo literario y su lugar prominente en la vida cultural de Europa occidental había extralimitado la potencia de sus capacidades y se había transformado en un desafío para ciertos sectores de  la sociedad que no tendrían posibilidad ni deseo de procesar a un personaje como Wilde. Desde meses atrás el escritor se había embarcado en un modelo de vida que contravenía los valores establecidos, aspirando tanto a una mayor libertad como a un ajuste de cuentas entre la realidad, las decadentes prácticas sociales y las estructuras políticas y jurídicas que la sostenían.

Tres años antes de estreno de The Ideal Husband, Wilde había comenzado los ensayos de su Salomé en el Palace Theatre de Londres, en lengua francesa y con Sarah Bernhardt en el papel principal; la puesta en escena representaba varios desafíos a las inveteradas costumbres de la clase social a la cual el autor pertenecía. Por un lado -desde lo jurídico- había retado a la censura, pues los ensayos se habían adelantado a la resolución que debía autorizar el montaje; por el otro, la lengua materna y la nacionalidad de la protagonista, la francesa, era mucho más que un recurso estilístico, era la afirmación de una libertad que Wilde atribuía a Francia y que negaba constantemente a Inglaterra, que solía manifestar públicamente en expresiones como esta: la gran superioridad de Francia sobre Inglaterra se debe a que en Francia todo burgués quiere ser un artista, mientras que en Inglaterra todo artista quiere ser un burgués. Y por último, el tema mismo de la obra, el asunto bíblico; Wilde sabía -como lo sabían todos los dramaturgos que trabajaban en Londres entonces- de la existencia de un acta del Parlamento que prohibía la representación teatral de cualquier obra que tuviera como personajes a héroes o heroínas bíblicas; así, aunque amparado en la deslumbrante fama de su diva y aún en su propia luminosidad como personaje social y como autor, tuvo que enfrentar la suspensión de los ensayos y la prohibición de la ejecución pública de su trabajo.

Todavía en febrero catorce de 1895, Wilde estrenó con enorme éxito la que sería la más grande de las obras teatrales de su autoría y también la última, The importance of being Earnest; simpático juego de palabras intraducible a otras lenguas, pues lo mismo resulta fonéticamente “La importancia de ser Ernesto” o la forma más recurrente “La importancia de llamarse Ernesto” y también “La importancia de ser solemne” o la habitual “Importancia de ser serio”; con el objeto de mantener la fidelidad del juego de palabras, en su traducción, Alfonso Reyes propuso “La importancia de ser Severo”.

Esta “comedia trivial para gente seria”, constituye uno de los experimentos de crítica social más avanzados de Wilde, es una sátira descarnada de la moral victoriana y de su complejo entramado de conductas, valores y afirmaciones siempre en referencia a los sexual y al matrimonio, a la condición social o a la calidad de la fortuna.

Más allá de sus letras, en lo conceptual, Wilde denunció una crisis de credibilidad de las normas que debían regular la conducta social y en la práctica llevó un estilo de vida que, si bien parecía coincidir con sus convicciones y con su genio -aún dentro de la doble moral de su tiempo-, entraba en franca confrontación con grupos de interés y de presión política y social al interferir con sus prejuicios y su esfera de poder. Todo ello, aunado a la enorme soledad de Wilde, que no representa movimiento ni corriente ninguna, fueron los factores que determinaron su caída.

Bajo las delicias y exquisiteces de su literatura, conforme se desciende al interior de su precioso estilo, el lector debe enfrentarse con el lado más acre de la expresión wildeana, aquel regusto de cinismo de quien sabe que no podrá cambiar el mundo y que aspira, al menos a un espacio diminuto, personalísimo si se quiere, de tolerancia y libertad; el lector debe enfrentar también una potencia expresiva que no por ser menos grandilocuente resulta menos filosa e incisiva, en The Importance of being Earnest, al principio, Wilde propone esta caracterización de las castas al interior de la sociedad británica:

Algernon.- ¿Porqué será que en una casa de soltero son, invariablemente los criados los que se beben el champaña? Lo pregunto simplemente a título de información.

Lane.- Yo lo atribuyo a la calidad superior del vino, señor. He observado con frecuencia que en las casas de los hombres casados rara vez es de primer orden el champaña.

A.- ¡Dios mío! ¿Tan desmoralizador es el matrimonio?

L.- Yo creo que es un estado muy agradable, señor. Tengo de él poquísima experiencia, hasta ahora. No he estado casado más que una vez. Fue a causa de un error entre una muchacha y yo.

A.- No sé si me interesa mucho su vida familiar, Lane.

L.- No, señor; no es un tema muy interesante, yo nunca pienso en ella.

A.- Es naturalísimo y no lo dudo. Nada más, Lane. Gracias.

L.- Gracias, señor.

A.- Las ideas de Lane sobre el matrimonio parecen algo relajadas. Realmente si las clases inferiores no dan buen ejemplo ¿Para qué sirven en este mundo? Como clase, parece que no tienen en absoluto sentido de la responsabilidad moral.

 

La literatura de Wilde, de acuerdo con su propia comunicación estética, no era sino una muy elaborada estilización de su postura frente al mundo, frente a su tiempo y frente a la cultura y prácticas de su generación. No podríamos decir que Wilde fuera un ideólogo, o que sus textos y actitudes buscaran una modificación de las relaciones sociales, éticas o jurídicas de su tiempo; en cambio, si estamos frente a un hombre de particular talento, de un revolucionario en el ámbito literario y de una manifestación clara de las disyunciones de un sistema jurídico y político cuyas clases dominantes, en tanto que creadoras de las normas jurídicas, habían perdido contacto con la realidad o que, aún teniéndolo no estaban dispuestas a acotar sus privilegios ni sufrían presiones suficientes para hacerlo. No debe olvidarse que incluso Marx, basado en esta misma observación suponía que la revolución proletaria debía comenzar por Inglaterra.

En la medida que su buena estrella se levantaba sobre el horizonte de su sociedad, la conducta de Wilde se volvía más desafiante. En 1884 se había casado con Constance Lloyd, hija de un prominente abogado de Dublín, un año más tarde nace Cyril y para 1886 Vyvyan, el segundo y último de sus hijos. En 1891, comienza su relación con Bosie, Lord Alfred Douglas, hijo del marqués de Queensberry. Días después del estreno y triunfo de The Importance, el drama del poder frente a la libertad, de las convenciones sociales frente al genio y de un sistema jurídico, social y político, que por su duplicidad moral y su represión de conductas, debiera haber estado en crisis pero que por la red de convenciones, creencias firmes y promesas de poder que lo sostendrían , todavía hasta poco después de la Segunda Guerra Mundial, frente a la dignidad, harán colisión de una manera lamentable.

En 2002 Oliver Parker llevó a la pantalla, con Rupert Everett en el protagónico una excelente versión de la obra, aquí el tráiler.

Vision de Alfonso Reyes a 100 años de su llegada a Madrid

Harán ya noventa y tres años que un mexicano, al abrir una reunión del Ayuntamiento de Madrid, se permitió un atrevimiento cuya osadía entonces sólo comprendió don Manuel Azaña y que el tiempo mantuvo como expresión profética. En aquella ocasión, aquel mexicano terminó su alocución con estas palabras:

Deseo pues señores, que su amabilidad me conceda un sólo y único título para presentarme ante vosotros, y es el de ser – de verdad y de corazón – un “voluntario” de Madrid.

Ese hombre se llamaba Alfonso Reyes. Tenía treinta y tres años de edad y siete de residencia en Madrid. Se había hecho habitual en la prensa española, inventado la crítica cinematográfica en español y publicado nueve libros, ocho de ellos en España. Mucha agua había corrido por el Manzanares desde su llegada.

Había salido de su patria algunos años antes; proscrito por causa de un padre que desde las más altas cumbres del poder había descendido hasta el punto en que los equivocados suelen ser confundidos con los traidores y los sublevados.

Alfonso había sido rico y de aquello nada quedaba; pertenecía a una generación de hijos privilegiados que como infantiles prometeos, habían tratado de robar el fuego al dictador para llevarlo al pueblo y comenzar una revolución desde la Universidad, a través de las ideas y de un comando inocente y desarmado al que, como una señal del orgullo de su edad y como una insignia de su respeto por la inteligencia, habían llamado el Ateneo de la Juventud. Después, cuando hechos los superaron, la vorágine de la guerra civil los dispersó por el país y por el mundo. Alfonso, hijo del General Bernardo Reyes, anciano general que parecía ser el sucesor natural de un presidente que por su control absoluto y la longevidad de su mandato había hecho de la política nacional una función de su propia actividad vital, se vio privado de sus privilegios de clase y jerarquía.

Su padre, suprimido en la carrera por el poder, incluso hecho preso por sus enemigos políticos, se deja caer en los brazos de la rebelión y encuentra la muerte en un ataque romántico, heroico y descabellado contra Palacio Nacional.

Alfonso, a partir de ese momento fatal, llevará en su conciencia la pena de no haber podido evitar el desastre. El presidente Madero, le había prometido el perdón para el viejo general si lograba disuadirlo de su obsesión levantisca, pero él resultaba el menos indicado para esa tarea; Alfonso, era el picado de la araña de las letras, el intelectual y no el hombre de acción al que su padre hubiera escuchado; muchos años antes, el antiguo héroe de guerra y fundador de ricas ciudades en medio del desierto y de la nada, cuando lo envió a la Ciudad de México a estudiar Derecho, le advirtió que en su familia, “nadie se hacía poeta por oficio”.

En un país revuelto, gobernado por una dictadura desacreditada y odiosa, su antigua tranquilidad de hijo de familia dedicado a revivir los diálogos de Sócrates en la casa de Pedro Henriquez Ureña, se esfuma en unas cuantas semanas. Obtiene el título de licenciado en Derecho con una tesis escrita a matacaballo: “La teoría de la sanción” que adelanta por décadas a la filosofía jurídica mexicana de su tiempo. Debe casarse con la que será su compañera de toda la vida pues único hijo está ya en camino.

Llamado por Victoriano Huerta, el nuevo dictador, recibe una macabra propuesta para compensarlo por la muerte de su padre: le es ofrecida la secretaría particular del usurpador. Alfonso no pierde el control sobre su inteligencia y para no secundar el golpe de Estado, pide la gracia del exilio y sale a Francia con un cargo diplomático con el que inicia una larga carrera – de más de treinta años -, que nunca imaginó para sí y que le sabe más a refugio y salvamento que a mérito y logro.

Tal es el hombre herido que sale de su patria exhibiendo una voluntad que no mostrará jamás fatiga, como corresponde al pudor de su espíritu latinoamericano, pero que se sentirá siempre en sus letras, a veces de modo sutil y otras de manera desbordante, como en su “Oración del Nueve de Febrero” o en éste, su “Romance Viejo”:

Yo salí de mi tierra, hará tantos años, para ir a servir a Dios. Desde que salí de mi tierra me gustan los recuerdos.

En la última inundación, el río se llevó la mitad de nuestra huerta y las caballerizas del fondo- Después se deshizo la casa y se dispersó la familia. Después vino la revolución. Después, nos lo mataron…

Después, pasé el mar, a cuestas con mi fortuna, y con una estrella (la mía) en este bolsillo del chaleco.

Un día, de mi tierra me cortaron los alimentos. Y acá, se desató la guerra de los cuatro años. Derivando siempre hacia el sur, he venido a dar aquí, entre vosotros.

Y hoy, entre el fragor de la vida, yendo y viniendo —a rastras con la mujer, el hijo, los libros—, ¿qué es esto que me punza y brota, y unas veces sale en alegrías sin causa y otras en cóleras tan justas?

Yo me sé muy bien lo que es: que ya me apuntan, que van a nacerme en el corazón las primeras espinas.

Reyes que tanto admiraba las tragedias griegas, sale de su patria queriendo eludir su destino sin saber que, al contrario, el barco que lo aguardaba en Veracruz lo dirige a su destino de escritor, pero no de la manera en que había soñado.

Llegó a París, la ciudad que por décadas había soñado; al fin estaba en las calles que Proust, Balzac y Zola habían descrito. Pero, sobre todo, había entrado al mundo más allá de su patria donde el cosmopolitismo estaba sólo en los libros en donde el aire transpiraba la limitada dulzura del provincialismo. Sin embargo, la experiencia del primer París fue acaso demasiado breve y apenas suficiente para mostrarle su falta de mundo y la auténtica dimensión de su apetito por conquistarlo y escribirlo.

Cuando apenas había terminado de desempacar su limitado patrimonio y comenzaba a tirar sus primeros anzuelos, la historia le propinó otro par de golpes a la poca estabilidad que le quedaba. En 1914 un escueto telegrama le anunció que sin remedio ni compensación, derrotada la dictadura, Venustiano Carranza hombre fuerte en turno, cesaba a todo el cuerpo diplomático mexicano acreditado en el extranjero; Carranza había apoyado al padre de Alfonso en los buenos tiempos, por eso, en su desesperación, aguardaba una contraorden o al menos un gesto de tranquilidad; esperó en vano hasta que la entrada de Francia en la Gran Guerra le demostró que no tenía futuro en la Ciudad que había tanto soñado. Una vez más, en apenas unos meses, se vio en el trance de la huída, ya sin cargo ni aval y con el Pirineo como puerta a la salvación.

Si su salida de México le había hecho sentir la violencia, la de París le había revelado el sabor del abandono. No le quedaba sino confiar en sus fuerzas y mantenerse a través de las letras; sobrevivir a Paris lo hizo un hombre del que su padre habría estado orgulloso.

La vivencia de Madrid, aún sin borrar del todo las cicatrices, le ayudó a seguir viviendo con esa sombra, independizarse de ella y asumirse como escritor por sobre cualesquiera otras consideraciones. El primer París quedaba atrás, como un crepúsculo al que aspira a volver a reír a volver como  lo expresa en su “Madrid Cubista”:

Gran estremecimiento de duda fue París. (Todos son profetas en su tierra). Dura escuela de laboriosidad y, en fin, ciudad triste como hermosa, contra la frivolidad alegre que dicen los necios. Tan hermosa que se la ama con las lágrimas en los ojos. Triste, bella entre la niebla, donde se está solo con el alma, acaso más que en todo el silencio campestre de su naturaleza ¡oh Emerson! Donde se llora la pérdida irremediable de algunas excelencias nativas. Un obscuro vaho de la raza se levanta desde el corazón. Un vacío inmenso hubo en mí, donde cupo toda la amargura de mis lagos.

Alfonso Reyes llega a tierras españolas por el norte, si el principio de su exilio se había propuesto consagrarse a su obra, a redimir la memoria de su padre y a servir al país desde su carrera diplomática, al llegar a España solo tiene una cosa en mente: ganarse la vida.

La larga estancia de Reyes en Madrid dejará huellas imperecederas en su pluma, en su alma y en su visión del mundo; ha querido la crítica y la iconografía clásica sobre la vida de Reyes, dividir esa estancia en dos partes de similar longitud, antes y después de la recuperación de su calidad diplomática; sin embargo, podríamos ensayar otra disección de ese tiempo fundamental y caro para Reyes que escribe, en su obra la palabra Madrid, descontando las menciones en fechas, nombres de instituciones y referencias bibliográficas, un total de 1,109 veces, muchas más de las que se refiere a París o a su natal Monterrey y apenas por debajo de la palabra México.

Quisiera ensayar en este Visión de Alfonso Reyes, no dos, sino tres vertientes de crecimiento pues los años de Madrid fueron, con los años del Ateneo de la Juventud, sus principales etapas de aprendizaje y maduración. Si la antigua Escuela Nacional de Jurisprudencia lo había educado, le había abierto los ojos a la cultura y a las letras; los años de Madrid, en el Centro de Estudios Históricos, en la redacción de diarios y revistas, en la legación de México y aún en las calles y en los cafés, le enseñaron lo que él, en sus postreros años, llamaría “el oficio general de ser humano”.

Por un lado, encontramos el proceso de construcción de su personalidad; en seguida, la afirmación del escritor como cumplimiento de su vocación y, por último la definición de su sentimiento de nacionalidad y pertenencia. Es sobre esos ejes que la experiencia de Reyes en Madrid es un punto de inflexión en su vida, un momento de cambio y transición de tal magnitud que sólo podrá compararse con la vivencia de la madurez a su retorno a México en 1939.

Estos cambios sólo fueron posibles en la medida que don Alfonso, al contrario de París, tuvo en Madrid un hogar y no sólo una estancia de paso. La experiencia de Reyes en España estará siempre iluminada por una gratitud profunda que tendría, a la larga, un enorme significado histórico, pues serían esos mismos amigos que lo acogieron los que luego encontrarán idéntica recepción al sobrevenir la sublevación y la caída de la República que era tan querida para Reyes.

Muchos años después de su arribo a Madrid, en una de tantas recreaciones de las que dejó constancia, decía:

Cuando, a fines de 1914, yo llegué a Madrid, dejándome atrás, como Eneas, el incendio de mi tierra y el derrumbe de mi familia, mis buenos hermanos de España, sin interrogarme siquiera ni examinar mis credenciales, me abrieron un sitio en las filas del periodismo y las letras y me consideraron, desde el primer momento, como uno de los suyos. Yo no tuve que solicitar nada, ni se me pidieron explicaciones. Pudieron no haberme hecho caso; mi bagaje era todavía muy ligero: un libro único en mi haber.

Y más adelante, en otra ocasión:

A veces evoco aquellos libérrimos días de -Madrid —mis primeros cinco años de España— en que la independencia más cabal era el contrapeso feliz de mi penuria. Al instante me acuden las imágenes de aquellos buenos hermanos que compartieron conmigo el humilde pan del escritor. Desde luego, nuestro llorado Enrique Díez-Canedo, ya tan mexicano como español, y con quien la vida había de juntarme de tiempo en tiempo en varias ciudades de Europa y América, para finalmente traerlo aquí a mi lado.

Esa presencia de ánimo, siempre afectuosa y siempre agradecida, generó en el regiomontano un sentimiento de identidad y pertenencia que no estuvo exento de tintes políticos y que le ayudó a lograr el dominio de su propio personaje; de aquel joven solemne que veía en la cultura la mayor prenda que podía portar cualquier ser humano, proviene el hombre jovial que ha vencido el miedo al destino, ha pagando su cuota de dolor y encuentra en las letras y las artes funciones vitales dentro de un mundo que hay que habitar y también gozar. Reyes resuelve pues su estancia en Madrid con una sabiduría mundana que lo aleja de las torres de marfil y de los conciliábulos culturales para arrojarlo a la vida y a la existencia pura y llana del día a día que deviene en laboratorio de sus más profundas ideas.

Años después, al terminar su segunda estancia en la capital francesa, Reyes hace un recuento de esa forma de su ser en el mundo:

París acabó de convencerme de que uno de los primeros deberes está en procurar que nuestra vida y cuanto de cerca nos rodea despidan, ante todo, un aliento de agrado; que la vida sea en lo posible grata y dulce, que se parezca ¡Ay amigos! A lo que soñamos los hombres.

Reyes no se niega a los placeres, por el contrario, los anhela y los procura como parte de su experiencia estética; al mismo tiempo, su culto por la inteligencia no le sugiere moderación sino discreción. Al salir al encuentro con la belleza y sus placeres, el escritor se asume en el mundo y entiende que la literatura es vivencias y no se puede hacer a despecho del mundo y menos aún a espaldas del escritor como hombre al servicio de las ideas y creador de la realidad.

España da a Reyes la auténtica dimensión de sí mismo, define su carácter y esculpe la versión definitiva de una personalidad que no hará en el futuro sino perfeccionarse.

Un segundo eje para la Visión de Alfonso Reyes, lograda también en las prensas españolas, es su afirmación como escritor; es decir, como la sumisión del hombre a su vocación en torno a la cual gravitan todas sus demás ocupaciones, las más públicas y las más íntimas.

Entre las “Cuestiones estéticas” de 1911, su “Visión de Anáhuac” y su “Ifigenia Cruel”, hay una distancia de estilo y forma como la que existe entre el joven azorado que llega a Madrid y el hombre templado que regresa a México atendiendo al llamado de Álvaro Obregón.

La experiencia de Reyes como escritor profesional llevado al extremo de ser esa su única ocupación y fuente exclusiva de sustento, le permite afirmar su existencia dedicada a su arte y más que en un sentido estético, en un completo sentido vital; en junio de 1924, momentáneamente en México, Reyes responde a la pregunta ¿Qué fin persigo en escribir?

Me guía seguramente una necesidad interior. Escribir es como la respiración de mi alma, la válvula de mi moral. Siempre he confiado a la pluma la tarea de consolarme o devolverme el equilibrio, que el envite de las impresiones exteriores amenaza todos los días. Escribo porque vivo. Y nunca he creído que escribir sea otra cosa que disciplinar todos los órdenes de la actividad espiritual, y, por consecuencia, depurar de paso todos los motivos de la conducta. Ya sé que hay grandes artistas que escriben con el puñal o mojan la pluma en veneno. Respeto el misterio, pero yo me siento de otro modo. Vuelvo a nuestro Platón, y soy fiel a un ideal estético y ético a la vez, hecho de bien y de belleza.

Ese es, sin duda, uno de los grandes secretos de la literatura alfonsina y también la clave de su universalidad; al encontrar la medida entre una erudición que alcanza la cima de lo incontestable y la experiencia vital, Reyes respeta la expresión en estado puro, es decir, la literatura como fin en sí misma, pero no la comparte porque sólo la entiende como una función vital; de ahí que sus temas transiten con tanta libertad entre España y México, entre Iberoamérica y Francia; que puedan considerarse actuales a cien años de distancia y que resulten de una potencia estética tan lograda como intelectualmente provocativa.

En Madrid, Reyes enfrenta un mundo completamente distinto al que había conocido en sus primeros días mexicanos; encuentra un público que lee y sigue a sus autores, un ambiente literario vivo en el que sus actores ocupan la calle y compiten por la preferencia del público, que forman opinión más allá de los ambientes académicos o estrictamente culturales; en consecuencia genera con prontitud un cambio en su estilo para tratar de ganar claridad sin perder la profundidad de su discurso; se atreve con algunos aspectos del ser cotidiano de su ciudad que cualquiera pensaría reservados a los madrileños de origen o de muy antiguo cuño; por ejemplo:

Madrid que cambias luces con las horas:

Madrid, nerviosa exhalación de vidas:

con ímpetu de lágrimas golosas

interrogo la cara de tus días.

O bien:

Madrid está llena de canciones: por cada una de mis ventanas miro otras quince o veinte, y en todas hay una mujer en faena, y de todas sale una canción. La zarzuela de moda impone coplas, estropeando a un tiempo la espontaneidad y la tradición. Todo este año me ha rascado las orejas El amigo Melquiades.

Pero son dos, sobre todo, los libros de Reyes que pondrán de manifiesto con mayor claridad su afirmación como escritor y darán cuenta de la magistralidad de su estilo, ambos obra de sus días madrileños: “La Visión de Anáhuac” y la “Ifigenia Cruel”.

Estos libros son profundas confesiones espirituales por las que el autor alcanza la catarsis de su propio ser de exiliado y de víctima de la violencia del destino; sin embargo, ninguno de ellos puede considerarse autobiográfico y ni siquiera se dirige al drama personal del autor; son el tema y el estilo los que concilian aquello que se agita en la conciencia del hombre para dejar constancia de su genio de autor.

Reyes, sensible siempre, vive atormentado por los fantasmas de la incomprensión y el olvido hasta su retorno final a México; sufre cuando su obra no es comprendida en su patria o cuando se le considera ya un extranjero en su propio país; la Visión de Anáhuac, es un rescate histórico de los primeros días de México, pero también es una declaración de principios de su mexicanidad, un manifiesto de amor a su origen y un ejercicio de estilo que aspira a domar el nacionalismo furibundo de la Revolución para exponer de entre lo más mexicano, lo más universal; podría comparársele en cierta forma con Unamuno – a quien estuvo unido por una profunda amistad – que reniega de los oropeles de una tradición manida que ahoga el más profundo sentido de España. Dice Reyes en su Visión de Anáhuac:

El viajero americano está condenado a que los europeos le pregunten si hay en América muchos árboles. Les sorprenderíamos hablándoles de una Castilla americana más alta que la de ellos, más armoniosa, menos agria seguramente (por mucho que en vez de colinas la quiebren enormes montañas), donde el aire brilla como espejo y se goza de un otoño perenne. La llanura castellana sugiere pensamientos ascéticos: el valle de México, más bien pensamientos fáciles y sobrios. Lo que una gana en lo trágico, la otra en plástica rotundidad.

Quien haga el camino entre Madrid y Ciudad Real – la vieja Ciudad Leal de la época republicana – y luego siga la ruta entre Ciudad de México y Querétaro, se dará cuenta de la precisión de estas observaciones. Siempre que tengo la fortuna de venir a Madrid me arranca una sonrisa pensar que en el escudo nacional de mi bandera hay un higo chumbo y que, como bien observa mi hija Almudena, las banderitas de papel picado con que se adornan las calles de Chiapas en sus fiestas patronales son los mismos de la bandera de la España republicana.

Pero, desde luego, Reyes va mucho más allá de esos juegos de curiosas coincidencias y se empeña en demostrar la existencia de un alma común en el lejano pasado de México y el alma nutricia española, pero que no puede confundirse con ninguna y que existe con carácter propio y como respuesta a un particular sentido histórico; de ahí que el final de la Visión pueda ser considerado como la credencial de identidad de las letras alfonsinas y también una de las miradas más profundas del sentido de lo mexicano, más lejana de Vasconcelos y más cercana a Octavio Paz y a Carlos Fuentes, es decir, más distante de su generación y más próxima a la de sus discípulos. Termina Reyes la Visión de Anáhuac diciendo:

Cualquiera que sea la doctrina histórica que se profese (y no soy de los que sueñan en perpetuaciones absurdas de la tradición indígena, y ni siquiera fío demasiado en perpetuaciones de la española), nos une con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa; esfuerzo que es la base bruta de la historia. Nos une también la comunidad, mucho más profunda, de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural. El choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra, engendra un alma común.

En cambio, en la Ifigenia Cruel, Reyes se lanzará por los escabrosos caminos del destino que vence y domina incluso a los dioses y del que nadie escapa; buscará ahí liberarse de la culpa que arrastra consigo por no haber podido evitar la caída del gigante que fue su padre y al mismo tiempo, demostrar la pertenencia de la mexicanidad al mundo de la cultura clásica, a las raíces que nos identifican no sólo con España sino también con Francia e Italia, con Portugal y Alemania, con Grecia e Inglaterra, es decir, con ese vasto y complejo mundo que con imposible precisión llamamos Occidente.

En la anagnórisis de Ifigenia y Orestes Reyes exhibe el temor atávico por lo fatal y lo inevitable, devuelve al hombre el ejercicio de su libertad y su capacidad de reconciliación con el universo. Sabe que el individuo está sometido al complejo juego de las causas y los efectos, pero no lo deja todo en manos de esa máquina insomne e irredenta, sino que adelanta en un paso al destino a través de la bondad y la generosidad; así, hace decir a Ifigenia:

Quiero, a veces, salir a donde haya

tentación y caricia.

Pero yo sólo suelto de mí espanto y cólera.

Y cuando, henchida de dulces pecados,

me prometo una aurora de sonrisas,

algo se seca dentro de mí misma;

redes me tiendo en que yo misma caigo;

siendo yo, soy la otra…

Y me estremezco al peso de la Diosa,

cimbrándome de impulso ajeno;

y apretando brazos y piernas,

siento sed de domar algún cuerpo enemigo.

Los recursos estilísticos de Reyes aparecen así prácticamente completos, pero en estos dos casos y tal vez en “Anatomía de una pasión”, escrita en Brasil muchos años después, la maestría literaria está al servicio de la intimidad creativa. Sólo a través de esos textos y de la “Oración del Nueve de Febrero”, puede Reyes convertirse en un autor y en un hombre libre para transitar por la existencia no exento de drama y de dolor – precio que todos hemos de pagar por la condición humana -, pero lo hará con la conciencia de que son esas las cartas que le tira el destino para armar su propio juego y no los cortes precisos de las Eumenides que no conceden escapatoria; por eso, a fin de cuentas, la Ifigenia, como toda la literatura alfonsina es siempre liberadora:

¡Oh mar que bebiste la tarde

hasta descubrir sus estrellas:

no lo sabías, y ya sabes

que los hombres se libran de ellas!

El último eje de crecimiento y maduración de Alfonso Reyes en su tiempo madrileño y con el que podemos concluir, si es eso posible, una visión de Alfonso Reyes, es el que se refiere a su sentido de nacionalidad que está íntimamente relacionado con su desempeño dentro de nuestro cuerpo diplomático.

En 1920, bajo el auxilio de Genaro Estrada y de José Vasconcelos, Alfonso Reyes es nuevamente llamado a formar parte del cuerpo diplomático mexicano. Permanecerá en España, primero como Segundo secretario, luego como Primer Secretario y encargado de negocios ad – ínterin. Desde luego, Alfonso no puede dejar de percibir este llamado como una especie de amnistía, como un perdón histórico por sus orígenes y como una rehabilitación de su nombre como mexicano que – en conjunto con los suyos – era parte de la reconstrucción revolucionaria. Para justificarlo Reyes se entrega a su oficio con una pasión que, con todo, es aún menor que la que lo une a las letras; junto con la obediencia que caracteriza su tarea diplomática Reyes se convertirá en un portavoz de los valores de la Revolución Mexicana y en interlocutor con los grupos progresistas de cada país en el que cumpla sus funciones diplomáticas; en Francia, con las izquierdas; en Brasil con el gobierno de Getulio Vargas – donde tendrá una primera experiencia en el ejercicio del asilo político -, en Argentina, con los grupos antifascistas y en su retorno a México. con el rescate de los republicanos caídos en desgracia.

Reyes se asume así como un promotor de la imagen del México de la Reconstrucción, del país que ha dejado atrás la lucha armada y que se propone construir una sociedad nueva con sus propios valores, lejos de la influencia soviética, aunque influido por un potente socialismo y también lo más lejos posible del imperialismo norteamericano, lucha en cuyo cenit brilla el momento de la expropiación petrolera.

Los informes diplomáticos de Alfonso Reyes cobran fama por constituirse como pequeñas joyas literarias caracterizadas por su capacidad de observación y su fino análisis político, tal vez su profundo conocimiento de la literatura le permitía, aunado a su sabiduría mundana, descubrir los hilos de la narrativa política que se iba desarrollando frente a sus ojos.

La época diplomática de Reyes en España resulta de gran interés para el gobierno mexicano pues coincide, después del desastre de Anual y del descalabro de Melilla, con el paulatino desgaste de la figura de Alfonso XIII – que tuvo con el regiomontano una cercanía muy parecida a la amistad -, y el lento ascenso de los liberales y republicanos que tendría como consecuencia la proclamación de la segunda república española casi dos décadas después. Así, por ejemplo, el 1º de enero de 1923, comunica el ascenso del grupo político de Melquíades Sánchez y el nombramiento de Alcalá Zamora como Ministro de Guerra.

En el mismo informe, Reyes comunica a México, de una manera relativamente temprana, el crecimiento de la influencia republicana liberal y el agotamiento del modelo político tradicional:

Pero quien mañana lea estas notas habrá reflexionado ya sobre las agonías de este régimen político. Comoquiera, los liberales, según dice el cuento, tendrán que cumplir sus promesas:

  • ¿Porqué? dijo la reina madre, un día a Romanones, – refiriéndose a Canalejas – Los liberales acaban casándose con sus antiguas amigas?
  • Majestad – contestó él -, tal vez porque los liberales cumplen sus promesas.

Un día, Alfonso Reyes tuvo que abandonar España para siempre; pero aquel a quien la sociedad, los escritores, el cuerpo diplomático y el gobierno, despidieron en Lhardi, en un evento que sería recordado por décadas, no será el mismo que había llegado pobre y casi desconocido diez años antes, se iba prácticamente formado en su carácter y en su estilo, llevaría – como había escrito mucho antes – su estrella en el bolsillo del chaleco, la voz y la presencia de México de nuevo en Francia, donde perfeccionaría su conocimiento del mundo y se relacionaría con las vanguardias; en Argentina donde concluiría su visión de la lengua española como patria extendida y, finalmente en Brasil donde viviría los momentos más intensos de su madurez, de los que no saldrá sin heridas.

Regresará a México hasta 1939, para hacerse cargo, junto con Daniel Cosío Villegas, del rescate de los mismos amigos que antes lo habían salvado, sabrá honrar no sólo las instrucciones del presidente Cárdenas, sino sobre todo, los mandatos de la amistad y la solidaridad que había aprendido en esta ciudad que tanto amó y a la que dedicó tantas páginas.

En México, vendrían por fin los honores y los reconocimientos, la paz terminal, el trabajo como constructor de instituciones, envejecerá y será su corazón el que detendrá la marcha de su vida en 1959; habrá logrado entonces lo que muchos se propusieron sin alcanzar, aquello a lo que muchos aspiraron sin poder vislumbrar: crear una indivisible unidad entre su persona y su oficio, entre su vida y su obra, en honrar con las letras no una vida de santo sino de humano – acaso demasiado humano diría Nietzsche – para poder decir, para siempre:

Mar adentro de la frente,

a donde quiera que voy,

aunque haya nubes cerradas,

¡ oh cuánto me pesa el sol!

¡Oh cuánto me duele, adentro,

esa cisterna de sol

que viaja conmigo!

Cuando salí de mi casa

con mi bastón y mi hato,

le dije a mi corazón:

—~Ya llevas Sol para rato!—

Es tesoro —y no se acaba:

no se me acaba —y lo gasto.

Traigo tanto sol adentro

que ya tanto sol me cansa.—

Yo no conocí en mi infancia

sombra, sino resolana.

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