Lo que guarda la Cisterna: El regreso de Munchhausen de Sigizmundo Krzhizhanovsky. Ed. Universo de libros.

Editorial Universo de libros propone este magnífico rescate, el regreso de Munchhausen, una vista de una leyenda volver.

El regreso de Munchhausen

El vals del minuto: los libros censurados y prohibidos

Censurar, prohibir, destruir son los verbos clásicos, favoritos de las dictaduras; su ejercicio otorga a los libros que tocan pretendiendo herirlos, un pasaje a la eternidad y la curiosidad contínua. Un minuto para reflexionar

Libros censurados y prohibidos

La lista tonta de los jueves: Revisitando la Unión Soviética

Desde la esperanza del proletariado hasta los infiernos de Stalin, de la fraternidad de los pueblos hasta las invasiones de la guerra fría; desde la victoria sobre el fascismo hasta la derrota en Afganistán. La Unión Soviética es y seguirá siendo un momento álgido en la historia del mundo. Una visión en veinte novelas.

Corazón de perro. Mihail Bulgakov.
http://unlibroaldia.blogspot.com/2018/04/mijail-bulgakov-corazon-de-perro.html

El Maestro y margarita. Mihail Bulgákov.
https://www.letraslibres.com/mexico/el-maestro-y-margarita-mijail-bulgakov

Viaje a la URSS. John Steinbeck.
https://elpais.com/cultura/2012/07/16/actualidad/1342457976_231111.html

Archipiélago Gulag. Alexander Solyenitzin.
https://www.lavanguardia.com/vida/junior-report/20181204/453312133025/aleksandr-solzhenitsyn-archipielago-gulag-urss-rusia-libros-nobel-literatura.html

La guerra no tiene rostro de mujer. Svetlana Alexievich.
https://elpais.com/cultura/2015/12/07/babelia/1449488135_696945.html

Homo soviéticus. Svetlana Alexievich.
https://www.acantilado.es/catalogo/el-fin-del-homo-sovieticus/

Poema pedagógico. Antón S. Makarenko.
http://www.nocierreslosojos.com/anton-semionovich-makarenko-poema-pedagogico/

El cero y el infinito. Arthur Koestler.
https://elpais.com/diario/1983/03/04/cultura/415580404_850215.html

Los niños de Arbat. Anatoly Rybakov.
http://www.culturaca.com/ninos-del-arbat-de-anatoli-rybakov-stalin-desencadenado/

El niño 44. Tom Rob Smith.
https://www.penguinlibros.com/es/novela-negra-misterio-y-thriller/37547-el-nino-44-9788498388091

Doctor Zhivago. Borís Pasternak.
https://www.lavanguardia.com/libros/20200225/473757687631/doctor-zhivago-lara-prescott-pasternak-cia.html

Campos roturados. Mijaíl Shólojov.
https://librosdrsamano.com/products/campos-roturados-2-volumenes-mijail-sholojov

Un cuento. Daniil Jarms
http://revistababar.com/wp/un-cuento/

La caza del Octubre Rojo. Tom Clancy
https://www.alibrate.com/libro/la-caza-del-octubre-rojo/59872ea0cba2bce50c1d4596

Vida y destino. Vasili Grossman.
https://www.tierraadentro.cultura.gob.mx/a-sesenta-anos-de-vida-y-destino/

Regreso de la URSS. André Gide.
http://izquierdaweb.com/el-regreso-de-la-urss-de-andre-gide/

Las rosas de Stalin. Monika Zgustova.
http://palabrasquehablandehistoria.blogspot.com/2016/03/las-rosas-de-stalin-monika-zgustova.html

Los que vivimos. Ayn Rand.
https://www.planetadelibros.com/libro-los-que-vivimos/310233

Gente, años, vida. Ilia Ehrenburg.
https://www.acantilado.es/catalogo/gente-anos-vida/

Diario de 1920. Isaak Babel.
https://www.nexos.com.mx/?p=7591

Las citas de los viernes: El hombre que amaba los perros, de Leonardo Padura. Ed. Tusquets

En esta Navidad, las citas de los viernes recurre a una novela ejemplar, El hombre que amaba los perros de Leonardo Padura, en la edición de Tusquets. Disfrute de este descanso navideño, recordemos que no es la primera vez que nos sobreponemos a un mundo difícil y complicado.

El hombre que amaba los perros de Leonardo Padura. Ed. Tusquets

En los primeros días de septiembre, cuando el huracán Iván, cargado ya de su máxima potencia, terminaba de cruzar el Atlántico y se acercaba a la isla de Granada, Ana tuvo un inesperado período de lucidez y un imprevisible alivio en sus dolores. Como por decisión suya habíamos rechazado el ingreso en el hospital, una vecina enfermera y nuestro amigo Frank se habían encargado de suministrarle los sueros y las dosis de morfina que la mantenían en un sobresaltado letargo. Al ver aquella reacción, Frank me advirtió que ése era el epílogo y me recomendó darle a la enferma solo los alimentos que ella pidiera, sin insistir con sueros y, siempre que no se quejara de dolores, suspenderle las drogas para así regalarle unos días finales de inteligencia. Entonces, como si su vida hubiese regresado a la normalidad, una Ana con varios huesos quebrados y los ojos muy abiertos volvió a interesarse por el mundo que la rodeaba. Con el televisor y la radio encendidos, fijó su atención, de manera obsesiva, en el rumbo del huracán que había. iniciado su danza mortífera arrasando la isla de Granada, donde había dejado más de veinte muertos. En varias ocasiones, a lo largo de aquellos días, mi mujer me hizo una disertación sobre las características del ciclón, uno de los más fuertes que recordara la crónica meteorológica, y achacó su poder exagerado al cambio climático que estaba sufriendo el planeta, una mutación de la naturaleza que podría acabar con la especie humana si no se tomaban las medidas necesarias, me dijo, con todo su convencimiento. Comprobar que mi mujer moribunda pensaba en el futuro de los demás fue un dolor adicional a los que ya me colmaban.

Capaz de comprender que, al fin y al cabo, una piedra es solo una piedra y que no se experimenta otra cosa que un simple contacto físico cuando el frío y el agotamiento devoran las fuerzas humanas y, en medio de un desierto helado, un hombre apenas armado con su fe encuentra un pedazo de roca y se lo lleva a los labios.

Apenas lo divisó, la mujer lo envolvió con su mirada verde, más fría que la noche de la sierra, y Ramón recordó que desde el día que se reencontraron, hacía más de un año, su madre no le daba uno de aquellos besos húmedos que, cuando era niño, solía depositar con precisión en la comisura de sus labios para que el sabor dulce de la saliva, con un persistente regusto de anís bajara hasta sus papilas y le provocara la agobiante necesidad de preservarlo en la boca el tiempo del que le concedía la acción de sus secreciones.

Ya había comenzado a crecer dentro de Caridad: el odio, un odio destructivo que la perseguiría para siempre y que no solo darla sentido a su propia vida, sino que alteraría hasta la devastación la de cada uno de sus hijos.

Luis sería el último de los hermanos, nació en 1923, poco antes de que se iniciara la dictadura de Primo de Rivera y en medio de la tregua que Caridad quebraría un año después: porque el odio es una de las enfermedades más difíciles de curar, y ella se había hecho más adicta a la venganza que a la propia heroína.

Plantar una sola semilla en la tierra sería como reconocer una derrota

Liev Davidovich recordó que varios años atrás había escrito que a Tolstói la historia lo había vencido, pero sin quebrarlo… Pero Maiakovski, obligándose a ser un creyente, se había callado y por eso terminó quebrado. Le faltó valor para ir al exilio cuando otros lo hicieron; para dejar de escribir cuando otros partieron sus plumas. Se empeñó en ofrecer su poesía a la participación política y sacrificó su Arte y su propio espíritu con ese gesto: se forzó tanto por ser un militan te ejemplar que tuvo que suicidarse para volver a ser poeta…

Aquel día, además, supe con exactitud lo que era sentir Miedo, así, un miedo con mayúsculas, real, invasivo, omnipotente y ubicuo, mucho más devastador que el temor al dolor físico o a lo desconocido que todo hemos sufrido alguna vez. Porque ese día lo que en realidad sucedió fue que me jodieron para el resto de mi vida pues además de agradecido y preñado de miedo, me marché de allí profundamente convencido de que mi cuento nunca debió haber sido escrito, que es lo peor que pueden hacerle pensar a un escritor…

Ramón añoraría siempre aquellos tiempos en los que, como nunca en la historia de España, se había amado tanto, con tanta ansiedad, como si se viviera una orgía de pasiones física e intelectuales…

La Revolución que de formas diferentes, pero con la misma pasión, soñamos tú y yo, y soñó Lenin y tantos hombres que Stalin está aniquilando y aniquilará en el futuro. Y estoy seguro de que entre los sacrificados en el matadero estalinista estará Bujarin, que tuvo tanto miedo que prefirió la certeza de la muerte al riesgo de tener que mostrar valor para vivir cada día …

Lo más terrible era saber que aquellas limpiezas habían afectado a toda la sociedad soviética. Como cabía esperar en un Estado de terror vertical y horizontal, la participación de las masas en la depuración habría contribuido a su difusión geométrica: porque no era posible emprender una cacería como la vivida en la URSS sin exacerbar los instintos más bajos de las gentes y sobre todo, sin que cada persona sufriera el terror a caer en en sus redes, por cualquier motivo, incluso sin motivos. El terror había generado el efecto de estimular la envidia y la venganza, había creado una atmósfera de histeria colectiva y, peor aún, de indiferencia ante el destino de los demás. La depuración se alimentaba de sí misma y, una vez desatada, liberaba fuerzas infernales que la obligaban a seguir hacia delante y a crecer…

-¿Qué es un nombre, Jacques? ¿O ahora eres Ramón ?… Esos perros que a ti te gusta n tanto tienen nombre ¿y qué? Siguen siendo perros. Ayer fui Grigoriev, antes era Kotov, ahorra soy Tom aquí y Roberts en Nueva York. ¿Sabes cómo me dicen en la Lubyanka?… Leonid Alexándrovich. Me puse ese nombre para que no supieran el mío, porque se iban a dar cuenta de que soy judío, y los judíos no gustamos a mucha gente en Rusia… Soy el mismo y soy diferente en cada momento. Soy todos y soy ninguno, porque soy uno más, pequeñísimo, en la lucha por un sueño. Una persona y un nombre no son nada…

-Esto es basura, Jacson – y cruzó con su lápiz la cuartilla, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. En ese instante Ramón Mercader sintió que su víctima le había dado la orden. Levantó el brazo derecho, lo llevó hasta más atrás de su cabeza, apretó con fuerza el mango recortado y cerró los ojos . No pudo ver, en el último momento, que el condenado, con las cuartillas tachadas en la mano, volvía la cabeza y tenía el tiempo justo de descubrir a Jacques Mornard mientras éste bajaba con toda su fuerza un piolet que buscaba el centro de su cráneo. El grito de espanto y dolor removió los cimientos de la fortaleza inútil de la avenida Viena…

Las citas de los viernes: El Pentateuco de Isaac de Ángel Wagenstein

Para disfrutar del viernes las perlas del océano que es este libro de memorias de un mundo perdido, un canto de humor y esperanza, una visión de la resistencia humana y también de su locura y estupidez.

El pentateuco de Isaac. Angel Wagenstein. Editorial Asteroide.


El cliente quedó muy contento al verse en el espejo, pero dijo: «Lo único que no entiendo es por qué necesitaste todo un mes para hacer un uniforme normal y corriente, si vuestro Dios judío hizo el mundo en tan sólo seis días». A lo cual le contestó mi padre: «Pues, mire usted, señor oficial, la chapuza le salió y sin embargo, ifíjese en este precioso que uniforme!». Si he de darte mi opinión, no creo que esto fuera verdad.


¿Cuáles son los nuestros?-dijo pensativo Samuel-. ¿Y cuáles son los otros? Al final da igual quién triunfe, porque la victoria será como una manta corta: si decides abrigarte los pies, queda al descubierto el pecho. Cuanto más dure la guerra, más corta se hará la manta y la victoria no llegará a calentar a nadie.


Seguro que conoces la anécdota de cómo Aarón, de puro distraído, entró a la sinagoga sin su kipá. El rabino le regañó y exigió que abandonara enseguida la casa de Dios. Porque entrar en la sinagoga con la cabeza descubierta es como acostarte con la mujer de tu mejor amigo, adujo. iUn gran pecado! «iAnda ya, rabí! iEso también lo he hecho y anda que no hay diferencia!». Lo mismo, más o menos, se puede decir sobre la diferencia entre Viena y Truskavez.


En el pecho llevaba la estrella de David, con la que se designaba a los rabinos militares y ésta se consideraba un gran privilegio en el ejército. Todavía no sabíamos que un día el mismo privilegio lo tendríamos casi todos los judíos de Europa, pero esto vendría más tarde, en el luminoso porvenir, como suelen llamarlo los escritores.


¿Es entonces Jehová -santificado sea su nombre por los siglos de los siglos, amén- un viejo chocho al que le complace que la gente muera en su nombre? No sé, hermanos, no sé daros la respuesta. En todo caso, creo que si Dios tuviera ventanas, hace tiempo que le habrían roto los cristales.


-Bist du aber süß! iQuiero a los judíos y algún día haré algo grande por ellos! Resultó un hombre de palabra y cumplió su promesa. Años más tarde me lo volví a encontrar en el campo de concentración de Flossenbürg en el Alto Palatinado, donde alcanzó el rango de sturmführer.


Contaban que un gran estratega del Estado Mayor de Berlín, al analizar las causas de la catastrófica pérdida militar, las formuló apartándose ligeramente del esquema: dijo que la culpa la tenían los judíos y los ciclistas. En la sala reinó un silencio pensativo. De repente, una voz tímida preguntó: «¿Por qué también los ciclistas, mi general?».


-Justo antes de que amanezca, querido hermano,la noche es más cerrada. Cuando la estupidez de los censores llega a tales extremos, por el pánico y el miedo, son capaces de tachar hasta el canto de los ruiseñores. O sea, se aproxima el final. ¿Lo has entendido ahora?


No sé por qué la gente se avergüenza de mostrar ante los demás su atracción por otro ser humano, la atracción natural más tierna y más potente. Se muestran orgullosos o indiferentes y no se les ocurre-sobre todo, si son jóvenes- que Dios ha medido escrupulosamente cada uno de los granos de arena en el reloj de nuestras vidas y que cada segundo de amor desaprovechado se hunde irremisiblemente en la nada. ¡Acaso no se dan cuenta ellos, los jóvenes, de que en la voz del corazón se esconde la gran fuerza de la humanidad, todo el sentido sublime de la existencia, todas las pirámides, los Homeros y Shakespeares, las Novenas Sinfonías y Rapsodias en Azul, toda la belleza de los versos dedicados a las Sulamit y las Julietas, a las Nefertitis, Mona Lisas y Madonnas!


No creas que te expongo mis opiniones de entonces: yo era bastante ignorante para saber todo aquello, pero el tiempo suele sobreponer sus capas transparentes una encima de la otra, y los acontecimientos se acercan o alejan como si uno los mirara por uno u otro de los extremos de un catalejo. Sobre lo que a uno no le quedaba muy claro en el pasado se sedimentan las ideas de ahora o, si quieres, los engaños actuales.


En él cabían el Teatro Nacionai de Moscú y el Bolshoi, con Galina Ulánova, cuyas colas para conseguir entradas se extendían a lo largo de varias manzanas; allí estaban el museo del Hermitage, las novelas de Shólojov, los ajedrecistas invictos; Papanin, que llegó al Polo Norte, Chkalov, que cruzó en avión el océano, Eisenstein, que inauguró una nueva época en el cine; la URSS era el país en que más se leía… Es cierto que algunas de estas cosas se podían conseguir con amenazas y violencia, no lo niego. Sin embargo, para lo más relevante, para lo trascendental, se precisa libertad de espíritu, ya que ningún esclavo es capaz de alcanzar cima alguna.


Este pálido profesor de oftalmología resultó ser un anticomunista honesto y noble, aunque tenía una veta apenas perceptible de antisemitismo polaco que era como el sabor ligeramente amargo de un buen vino añejo.


La gasolina, mezclada con lubricantes usados, hacía su trabajo. Las columnas de humo llegaban a los mundos del más allá para comunicar a sus habitantes hasta qué grado de evolución había llegado aquel anfibio que un día llegó arrastrándose a una cueva y salió de allí andando sobre dos pies para pintar el retrato de Mona Lisa y componer la Novena Sinfonía. Unas excavadoras empujaban los restos mortales hasta los hoyos enormes y la tierra arenosa absorbía con discreción y para siempre destinos, risas, ambiciones, el lumbago, «te amo», «qué nota te pusieron en geografía», «qué dice la tante Lisa en su carta…». iAdiós, hermanos, descansad en paz!


El rabí Bendavid y yo nos abrazamos y lloramos. Éramos dos sombras que alguna vez fueron personas. De nuestros esqueletos colgaban los harapos que alguna vez fueron ropa. Detrás de la cerca un soldadito americano vomitaba: en su tierra de Oklahoma no había visto montones de cadáveres humanos a medio quemar, humeantes todavía. Quizá en aquel mismo instante en Treblinka, Auschwitz o Majdanek vomitaban soldaditos soviéticos que se habían creído las palabras de Maxim Gorki: «iCuánto orgullo encierra esta palabra, el «hombre»!».


Abro los ojos, en la mesilla de noche están intactos los tres frascos de Dormidon. Perdóname, Stefan Zweig, viejo astuto, que les enseñabas a los demás cómo vivir, imientras tú mismo te escapaste! Si la vida nos ha sido dada, la hemos de vivir, no faltaría más.

El libro nuestro de cada martes: El pentateuco de Isaac de Ángel Wagenstein

Las memorias sobre el final del Imperio Austrohúngaro son ya por sí mismas, todo un género; sin embargo, me encuentro con este volumen que me hace recorrer el Siglo XX, el que para bien o para mal, considero mío, yo que todavía me siento visitante en el XXI y me encuentro no sólo con un compendio del humor judío, sino una visión humanista de aquellos tiempos, un enfrentamiento del yo individual y del colectivo, sobre todos aquellos sobre los que el mundo se vino encima sin saber cómo ni cuando. El libro se basa en la idea del hombre frente a la circunstancia, no sólo la desgracia, sino como la caña que se dobla frente al viento pero que aún así subsiste, piensa, interpreta y sigue adelante. Un libro de excepción que no puede ser pasado por alto, sobre todo en estos tiempos en que es necesario reconciliarse con la humanidad, con su historia y con sus perspectivas. Algo más sobre el libro: https://librotea.elpais.com/libros/el-pentateuco-de-isaac/

El autor habla sobre ese y otro de sus libros

El rincón de la bibliografía: Joseph Roth

Terminamos nuestro homenaje a Joseph Roth con la lista de sus libros publicados en español. Se trata de uno de los autores a los que vuelvo constantemente, que escribió con sangre y esperanza la caída de su mundo y el nacimiento del horror de la guerra. Sus letras, claras y diáfanas, sus ideas profundas y siempre libros memorables.

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Años de hotel. Postales de la Europa de entreguerras.

http://www.acantilado.es/catalogo/anos-de-hotel/

El libro nuestro de cada martes: Diario de Rusia de John Steinbeck.

Los libros de viajes conquistan la imaginación de los lectores con facilidad; se trata de un género que convoca uno de los anhelos más caros de quienes aman los libros: ver otros mundos.

En 1948, cuando en la URSS todavía humeaban las ruinas de Stalingrado, Robert Capa y John Steinbeck se propusieron visitar Rusia con la finalidad de conocer de primera mano aquel pueblo mítico; desde el principio, para soviéticos y para americanos, la finalidad del viaje resultaba imposible y casi disparatado; irían solo para reportar lo que veían, vaciarlo de contenido ideológico, acercar a ambos pueblos desde la humanidad de sus ciudadanos para disipar desencuentros; es decir, una manera de buscar la paz cuando todavía resonaban los tambores de la batalla.

El documento es enriquecedor y las fotografías de Capa reveladoras; en su tiempo, los autores lo sabían y lo manifiestan desde su prólogo, no dejarían contentos a los jerarcas de ninguno de los dos bloques y aún hoy hay quien se muestra decepcionado por su falta de denuncia o su carencia de trasfondo; de hecho, ese es el discurso ideológico, el mirar por el hombre muy por encima de los mecanismos que los integran en bloques y sistemas. Me quedo con eso, con un dulce y divertido documento humano.

Algo más sobre el libro:

http://m.elcultural.com/noticias/letras/John-Steinbeck-y-Robert-Capa-dos-curiosos-en-la-URSS/3343

El libro nuestro de cada martes: Esclavos de la libertad. Los archivos literarios del KGB de Vitali Shentalinski

Cuando se vino abajo el Muro de Berlín y el mundo cambió de rostro, la Unión Soviética, como todos los muertos, quedó desnuda; ya desde la época de Gorvachev muchos estudios sobre los años duros del estalinismo estaban desarrollándose, pero al cambiar el régimen nos fuimos dando cuenta de aquellos días infames.

Vitali Shentalinski se dio a la tarea de recuperar la memoria de los proscritos, de los famosos y de los que no lo eran; este documento se lee como una novela que en el fondo es un testimonio de la fortaleza de la cultura rusa, de la persistencia de la literatura y de la fuerza del poder creativo. Acuden a sus páginas autores como Babel, Bulgákov, Mandelshtam, Platónov o Gorki, en su lucha por librarse de la censura y la represión y, en muchos casos, manteniendo la dignidad hasta la muerte.

Su paso por la Lubianka, tanto de los escritores como del autor que los rescata, se transforma en una novela de intrigas y misterios, de acción si se quiere, en la que el principal personaje es la literatura, poderosa y omnímoda, superior a quienes pretenden matarla en la cuna.

Un libro obligado para comprender aquellos años y para amar más entrañablemente la literatura que, ya se ve, muchas veces ha de escribirse con sangre.

Algo más sobre el libro:

http://www.galaxiagutenberg.com/libros/esclavos-de-la-libertad.aspx

Lyudmila Pavlichenko desayuna con Franklin D. Roosevelt

Después de que Nadiezhda llamara por teléfono para avisar que estaban listas, un ayudante las guió a un pequeño comedor con vistas a un jardín, había dispuestos cuatro lugares, las chicas tomaron asiento y mientras esperaban la llegada de Eleanor y el Presidente, guardaron una especie de silencio embelesado, ambas estaban en uno de los lugares a los que muy pocas personas en el mundo tenían acceso y ambas estaban ahí gracias a Rusia; la pareja llegó unos cuantos minutos después; las chicas se pusieron de pie de inmediato, Eleanor se adelantó y las saludó con afecto; Lyuda se acercó al Presidente y esperó a que lo ayudaran a tomar asiento; le tendió la mano y le dijo que era un honor estar con ellos y que su hospitalidad superaba cualquier expectativa que hubiera podido tener; llegaron fuentes de frutas y les sirvieron jugo y el café llenó el aire de un cálido aroma;

Después de un pequeño sorbo, Franklin Roosevelt miró con algo que bien podría llamarse afecto, a la chica soviética, le preguntó si la habían atendido bien, agregó que, además de ser un honor recibir a una heroína de guerra, era un gran placer recibir a una amiga de Eleanor; le dijo que su esposa le había comentado que además de valiente era una mujer muy inteligente; al final le preguntó cómo marchaban las cosas en el frente, que a todos los gobernantes les llegaba la información muy depurada y que no había nada mejor que la información de primera mano.

Lyudmila se dio cuenta que no tendría otra oportunidad así, que era el momento preciso para exponer a Roosevelt el punto de vista de Stalin y reafirmarlo en las pláticas y entrevistas que tendría que dar en los días siguientes; pero nunca volvería a tener la atención del Presidente de los Estados Unidos de una manera tan clara y límpida, no podía dejar pasar la oportunidad.

Cuando se hizo un brevísimo silencio, después de que Roosevelt terminó de hablar, Lyuda dirigió una rápida mirada cómplice a Nadiezhda, como si quisiera verificar que estuviera lista, la americana respondió con una sonrisa que quiso ser discreta; desde luego, Eleanor se dio cuenta de ese intercambio y volteó la mirada a su marido para escrutar su expresión; el Presidente estaba atento, sabía que en instantes iba a escuchar el posicionamiento soviético sobre la situación del frente oriental y podría escudriñar, más allá de la versión oficial, el sentimiento de una auténtica combatiente; desde luego que esperaba oír los argumentos de Stalin sobre la necesidad del frente occidental en Europa pero ahorrándose la almidonada retórica del Kremlin; no es que Stalin le desagradara, al contrario, le simpatizaba mucho más que Churchill, es más, desde las primeras horas de la invasión nazi Roosevelt le había ofrecido su apoyo al premier soviético y conforme avanzaba la guerra se sentía más próximo al georgiano que al británico pero, en verdad, le costaba mucho trabajo soportar la ampulosa retórica soviética; a los soviéticos había que tratarlos siempre de manera directa pues el primer indicio de formalidad los convertía en oradores rebuscados; así es que puso la mayor atención a lo que la joven enviada de Stalin iba a decirle.

Pavlichenko comenzó de una manera sorprendente, llamó a Roosevelt «camarada presidente», aunque Nadiezhda dudó un segundo, tradujo con fidelidad y nunca pudo saber si Lyuda lo había hecho ex profeso o había sido un lapsus nervioso, lo cierto es que al escuchar la expresión rusa – que ya conocía – y luego su versión en inglés, Roosevelt se sintió cómodo y relajado, estaba en lo cierto, no iba a escuchar un discurso aprendido desde Moscú, no cabía duda, el astuto Stalin sabía muy bien cómo elegir a sus emisarios; Lyuda le describió la vida en el frente, no insistió al detalle en los avances logrados por los alemanes ni por los bastiones defendidos por la resistencia soviética, seguro que el Presidente lo sabía mejor que ella, así que prefirió concentrarse en la inusitada brutalidad de los nazis que parecía adquirir mayor furor en la Unión Soviética; la joven se esforzó en comunicar el sufrimiento de las miles de aldeas y el esfuerzo que el Ejército Rojo había realizado para resistir hasta la llegada del invierno; sin embargo, le dijo, tanto Stalin, como sus soldados, no tenían miedo de seguir peleando, no habían perdido la confianza en la victoria, pero resultaba importante abreviar tan enorme derramamiento de sangre inocente, en especial de los civiles; por eso era vital el establecimiento del nuevo frente en Europa del Oeste; en el Ejército Rojo sabían que un frente occidental permitiría vencer a Hitler con mayor rapidez y obligatorio a replegarse hasta Alemania; les preocupaba no sólo la Unión Soviética sino que estaban convencidos que los nazis constituían un peligro real para los Estados Unidos, para Inglaterra y para China; en toda la URSS la gente recordaba que Roosevelt se había comprometido hacía poco menos de un año a abrir el anhelado frente occidental, pero también estaban convencidos de que ese momento había llegado y era preciso convertir las palabras en hechos; en ese momento hizo una pausa para beber un sorbo de café, sintió que se había dejado llevar por la emoción y tal vez no fuera eso lo más conveniente, pero cuando levantó la mirada y vio los rostros absortos de los Roosevelt, supo que iba por el camino preciso.

El Presidente esperó a que Lyuda continuara su exposición, no quiso interrumpirla y ella interpretó ese silencio como una invitación a terminar lo que quería decir; continuó diciendo que mientras más pronto se abriera un frente en el Occidente de Europa más rápido sería derrotado el fascismo y en consecuencia, menos sangre inocente sería derramada; miró a Franklin Roosevelt como si fuera a implorarle una gracia personal y en esos términos le dijo:

  • A los soviéticos no nos cabe la menor duda que vamos a derrotar a esas bestias, pero no podemos prever a qué precio o hasta cuando y cada día que pasa sentimos que el peligro aumenta para su país y para su continente, que si Hitler logra hacerles daño aquí mismo, el costo de la victoria será mucho mayor del que ya estamos pagando; usted sabe, Señor Roosevelt, le dijo sosteniéndole la mirada, que nueve décimas partes de las fuerzas fascistas están combatiendo en la Unión Soviética y no sólo alemanes sino, con ellos, húngaros, daneses, italianos, rumanos y finlandeses; creo que ahora es el momento de actuar, lo que decimos los soldados en el frente es que es muy bueno tener un amigo que te lleve armas, ropa o comida, pero que es mucho mejor que tome sus armas y luche a tu lado”.

Lyudmila había terminado, su frase final le pareció, otra vez, excesiva en su confianza y tal vez un poco agresiva, pero ya estaba dicha. Roosevelt tomó un poco de su café, le dirigió una mirada y una sonrisa a Eleanor, y le contestó a Pavlichenko de una manera breve y franca:

  • Subteniente, dígale a Mr. Stalin que tiene mi promesa de que abriremos el frente en Europa, que cuando sea posible me pondré en contacto personal con él para coordinar las operaciones.

Con una alegría que no podía contener, contestó:

  • Muchas gracias Señor Presidente.

Eleanor remató pidiendo que desayunaran ya, que, con seguridad, su invitada no querría deshonrar la puntualidad soviética.

Lyudmila sintió que el viaje había cumplido su objetivo y que lo demás sería afianzar la posición que ya había conquistado. Sin embargo, no se engañaba, nada garantizaba que Roosevelt tuviera alguna intención de cumplir su palabra, pero no podía decir que el propio Stalin no se hab´ria hecho oir en la intimidad de su propia casa y tampoco que no estuviera informado por los propios soldados soviéticos de la manera en que percibían el desarrollo de la guerra; para Roosevelt, en cambio, aunque sólo esperaba el mejor momento para abrir el frente occidental, del cual no tenía ninguna duda, le pesaba la manera tan distinta en que sus propios jóvenes entendía nel significado de la guerra y lo difícil que era involucrar a la sociedad en su desarrollo; estaba convencido de que se debía ser más enérgico en que los americanos se vieran a sí mismos como los garantes de la libertad y la democracia en el mundo y no sólo como un país defendiendo sus intereses o aprovechando la ocasión; pensaba que Eleanor tenía razón, que el discurso de la joven rusa podía ser inspirador para sus propios jóvenes y que habría que aprovecharla; pensaba, por último que el discurso de la misión de los Estados Unidos como la nación liberadora, abierta a todos, debía superar al a vieja imagen del tío Teddy de ser un imperio dominante en el mundo; sólo ese cambio podría alentar a su pueblo a luchar incluso durante dos o tres generaciones.

Imagginación

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Unas cuantas palabras y fotos para los lugares que me hacen feliz.

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Como plasmar la idea natural.

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