Curso-Taller: El arte de viajar a través de la lectura. Abril 8 – Junio 10. Jueves: 22:00 – 23:00 hrs

Acompáñenos en un viaje literario visitando: Buenos Aires, Ciudad de México, La Habana, Nueva York, Madrid, Londres, París, Moscú y Tokio. Cada una en distintas épocas y estilos; con su encanto, historia y alrededores. Una ciudad una sesión.

Abril 8 a junio 10, 2021

Diez sesiones vía Zoom. Todos los jueves de 22:00 a 23:00 (Tiempo de la Ciudad de México)

Cada semana recibe material exclusivo y la grabación de la sesión para no perder ningún momento del diálogo.

Publicación en el Blog Cisterna de Sol del material trabajado.

Guías para conformar una visión de viajero, los grandes libros escritos sobre las ciudades visitadas, sus autores y sus mejores momentos históricos.

Repertorios bibliográficos para crear un ambiente evocador y una experiencia abierta al gusto y el placer de la lectura.

Costo: $1,200.00 mn

Inscripciones: Deja un mensaje en este Blog, en el WhatsApp del blog: 5530488751 o en el correo cesarbc70@yahoo.com

¡¡¡La niña que esperó al Rey de Inglaterra bajo la lluvia de César Benedicto Callejas ya está disponible!!!

Gracias al esfuerzo de la editorial Universo de Libros, «La niña que esperó bajo la lluvia al rey de Inglaterra» ya está disponible. Gracias a quienes nos acompañaron en la odisea de su creación y publicación, gracias a nuestros lectores y amigos; para todos ustedes, la palabra luminosa de la ofrenda: ¡Gracias!

Cinco mujeres enfrentadas a su destino que, contra todo y contra todos, se hicieron cargo de su mundo y transformaron el de su derredor; artistas, activistas; valientes todas contribuyeron a un mundo de igualdad, vivieron destierro y también gloria, encontraron amor y fundaron familias, pero más allá de todo, fueron dueñas de sí mismas.

Lupe Vélez, Alice Liddell, Yoyes,Miriam Makeba y Audrey Hepburn y sus redefiniciones del mundo que hoy vivimos.

Editorial Universo de Libros pone a su disposición la siguiente dirección electrónica para compra con entrega en su domicilio, envío incluido:

https://www.facebook.com/commerce/products/5226340037383679

No lo olvide, al hacer su pedido deje un mensaje en este blog, cuando las circunstancias lo permitan recibirá una invitación para una reunión donde charlaremos del libro y, si me lo permites, te firmaré con todo gusto tus ejemplares.

«Proyecto beneficiado por el Sistema de apoyos a la creación y a proyectos culturales (FONCA) «

Nuevo curso taller:Escritores al límite, la vida y la obra de quienes vivieron el infierno creativo

Curso – taller: Escritores al límite
La vida y la obra de quienes vivieron el infierno creativo

Febrero 3 – Marzo 7, 2021
• Conoce la vida y obra de los grandes autores que sufrieron por el ejercicio de su creatividad

  • Replantea los debates éticos, políticos y morales de los grandes autores
  • Visita la vida y la obra de Virginia Woolf, Wilde, Reinaldo Arenas, Sylvia Plath, Rulfo, Marguerite Duras, Hemingway, Elena Garro y Truman Capote, entre otros
  • Revisa los libros que sacudieron conciencias como Lolita, Los versos satánicos o Mi lucha.
  • Debate sobre la actualidad de sus temas y sus vidas
  • Material para cada sesión.
  • 10 sesiones. Miércoles 22.00 – 23.00
  • Taller de escritura creativa.
  • Atención personal en técnicas de escritura.
  • Publicación en Cisterna de Sol del cuento, ensayo o poema escrito por el participante.
  • COSTO: $1,200.00
    IeNFORMES: callejas@mac.com , WhatsApp: 5530488751,

El libro nuestro de cada martes: Un día en la vida de un editor de Jorge Herralde

De verdad que me gustaría conocer a Jorge Herralde, digo, si alguien habla así de su oficio, vale la pena. Tengo ante mí un libro de esos que antes les llamábamos misceláneos y que ahora son menos frecuentes; aquellos que son el cajón del sastre y este es de uno ejemplar; se trata del homenaje a Herralde y a Anagrama. Trae un poco de todo, historia de la casa, entrevistas, anécdotas, en fin una declaración de amor por el arte editorial y también por la vida y la lectura.

Trasciende el paso de los días heroicos de Anagrama a finales de la dictadura de Franco, lo trasciende porque hoy no hay un lector de verdad en lengua española que no tenga ejemplares de la editorial en su casa y para algunos, esa editorial nos ha deparado momentos memorables. Pienso ahora que lo que Porrúa fue en mi adolesciencia – Bendita una y mil veces la singular “Sepan cuantos…” – lo es ahora para mi Anagrama ha sido fuente de encuentros que me han marcado y siempre que entro a una librería voy directo a su anaquel a ver que me tienen preparado.

Porque resulta que, en ocasiones hay una especie de ley del espejo, lo que es importante para nosotros puede serlo también para el editor, después de todo, el autor, el editor y el lector son colaboradores en la gran aventura de leer; pero resulta que por ejemplo, si Highsmith y Kennedy Toole son algunas de mis insignias lectoras, son también insignias de esa editorial.

Y claro que, sin ambagues ni medias tintas, claro que sueño con que algún día pueda figurar en la lista de autores de Anagrama. Dicho así porque me gustan sus libros, porque algunas de mis principales lecturas y de mis lecturas adultas han pasado por ahí… pienso, así nomás, en el libro más importante en mi vida de lector: Bella del Señor de Albert Cohen, pero también es la casa editora que me reveló a algunos de mis autores ahora preferidos, como Joseph Rothy su Leyenda del Santo Bebedor.

Pero no es Herralde sólo el editor, es el lector fiero y el viajero infatigable, el amigo de los escritores y el competidor inteligente de los editores; el visitante de México y, sobre todo, el creador de libros.

No se puede perder este libro de Herralde, porque más que sus memorias encontrará el lector, trazas de las suyas propias.

Jorge Herralde habla sobre el libro

https://m.youtube.com/watch?v=6L8ftgUUScA

Algo s sobre el libro

https://www.efe.com/efe/espana/cultura/jorge-herralde-el-ultimo-mohicano-hace-balance-de-50-anos-editor/10005-3935551

El libro nuestro de cada martes: Oona y Salinger de Frédéric Beigbeder

Alguna otra vez me he atrevido a decir, en este espacio, que un libro era una novela perfecta: hoy repetiría el atrevimiento si tuviera la certeza de que este libro de Beigbeder es una novela, porque siendo un libro que toca las nubes es más que una novela.

Como lector me entrené leyendo a Alfonso Reyes así que los préstamos entre géneros no me inquietan, de hecho, me agradan. Basado en la historia de amor entre Oona O’Neill y J.D. Salinger, Beigbeder asalta el reportaje, se aventura en el ensayo y renueva la novela del non fiction, dándose el lujo de incluir a Truman Capote entre sus personajes.

Creo en su escritura, yo mismo he ensayado el hecho de poner la ficción por encima de los hechos y respetando los datos duros construir en la constelación de espacios que la historia no cubrió, las tramas que pudieron haber sido. El autor lo logra con éxito. En sus temas se lanza en una apresurada y frenética carrera de reflexión sobre la guerra y la paz, el cambio tecnológico – el lector se llevará una grata sorpresa con un juego a través de un video de YouTube -, el amor entre un hombre maduro y una mujer mucho más joven; del ambiente literario del Nueva York de los años 1940 hasta el auge y caída de Charles Chaplin, todo bien envuelto, bien armado, narrado con delicia.

Pero es, sobre todo, una declaración de amor a un icono histórico, a una mujer apenas entrevista pero admirada por años, un canto de pasión al talento y la belleza; algo que en los tiempos que corren, nos hace mucha falta.

Algo más sobre el libro:

https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/oona-y-salinger/9788433979452/PN_915

Y un poco más:

https://www.google.com.mx/amp/s/elpais.com/cultura/2016/03/17/babelia/1458227853_659469.amp.html

El autor habla sobre su libro. Video en francés:

Sábado de citas: Desayuno en Tiffany’s de Truman Capote

Este sábado, para descansar y pasar un rato de solaz y reflexión, un pequeño fraseado de uno de los libros favoritos de Cisterna de Sol, Desayuno en Tiffany’s, de uno de los más grandes autores de la lengua inglesa contemporánea, Truman Capote.

Disfrute de su prosa nítida, clara, ingeniosa y dulce.Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_1Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_2Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_3Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_4Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_5Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_6Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_7Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_8Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_9Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_10Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_11Nuevo doc 2018-06-16 19.47.01_12

Y una de las escenas más entrañables del cine… Audrey Hepburn cantando «Moon River».

El libro nuestro de cada martes: El fantasma de Harlot, de Norman Mailer

Uno de los géneros narrativos que más gustan es la novela detectivesca; desde luego, posee todos los atractivos para cautivar a los lectores, por eso las hay de todos los pelos y tamaños. Se trata de un género canónico, con reglas muy firmes y con personajes reconocibles, por eso también abundan tanto y es muy difícil encontrar entre todas ellas las que merecen más cuidado que la lectura de sala de espera – que tiene su propio mérito -.

Una de las más interesantes es El fantasma de Harlot, de Norman Mailer; lo es porque excede, con mucho, la mera anécdota narrativa, incluye todos los elementos del género pero describe con profusión e inteligencia las entrañas de la CIA, su funcionamiento y sus métodos durante la guerra fría. Se trata, de un memorial histórico, bien documentado y mejor narrado.

La novela de detectives, como la policíaca, tiende a menospreciarse y a considerarse literatura de consumo; en lo personal no creo que la literatura sea de culto o de mercado, hay literatura bien escrita y otra que no está hecha con arte; pero ante la abundancia, la belleza de su escritura deja de manifiesto el manejo magistral de Mailer no sólo en el tema de detectives, sino en ese género peculiar inventado por Truman Capote, la novela de no-ficción.

Hay que intentar con El fantasma de Harlot, se sentirá transportado a uno de esos sueños que todos tenemos de vez en cuanto, de ser un detective, un espía, en un momento álgido de la historia.

Algo más sobre el libro

http://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/el-fantasma-de-harlot/9788433970060/PN_546

 

El vestido negro de Holly Golightly, cómo nació el icono

Uno de los elementos sobre los que Hepburn construiría su personaje era el vestuario. desde finales de la década de 1950, Hepburn había incluido una cláusula – como recuerda Wasson – en cada uno de sus contratos por el que su vestuario debía ser diseñado por Hubert de Givenchy; esa disposición no era negociable; no se trataba de un capricho, era parte de un estilo que Audrey cultivaba con suma delicadeza y Givenchy era parte importante de su forma de ser en el mundo y de verse a sí misma. Por su parte, Hubert de Givenchy pertenecía – como la propia Hepburn – a una de las familias aristocráticas de su país; había asumido su vocación a los diecisiete años y se había formado con maestros como Fath, Piquet, Lelong y Schiaparelli; epónimo de la elegancia en el mundo a mediados del siglo XX, contaba entre sus seguidores a Jacquie Kennedy a Grace Kelly, pero con el tiempo Audrey Hepburn seria mucho más que sólo una clienta especial, alguna vez, hacia sus ochenta y cinco años, con ocasión de la muerte de Audrey, el diseñador dijo que con la actriz había guardado una amistad tan profunda que era prácticamente una relación amorosa.

En 1952, Givenchy tenía 25 años, dejó el taller de Schiaparelli para establecer su propia firma, a diferencia de otros diseñadores, el éxito no tardó en cruzar la puerta de su taller; el diseñador nunca olvidó cuando, apenas dos años después de haberse independizado, Audrey, a quien el diseñador no conocía por no ser muy aficionado al cine -hasta entonces-, le llamó por teléfono para concertar una cita, él pensó que se trataba de Katherine y accedió a recibirla; unos cuantos días más tarde Hepburn se presentó en la casa Givenchy; Hubert recordaría ese primer encuentro como una especie de epifanía; la actriz, un par de años menor que él y ya rodeada del aura de la fama, se presentó con una blusa anudada, un sombrerito de gondolero y sandalias de piso, le propuso creara el vestuario para “Sabrina”, su siguiente película; la solicitud era más de lo que cualquier diseñador pudiera desear pero, en ese momento excedía las posibilidades materiales de Givenchy cuyo todavía incipiente taller sólo tenía ocho trabajadores, ante la insistencia de la actriz el diseñador accedió a cederle varios modelos de su nueva colección que aún no estaba terminada; a partir de ese momento un pacto de lealtad y fidelidad quedó suscrito  entre ellos, él nunca vendió a nadie un modelo aceptado por ella y ella jamás volvió a vestir en pantalla nada que no hubiera salido de su taller; se trató, más que de un acuerdo, de una confesión de afecto mutuo, cuando bautizaron al primer hijo de Audrey su ropón era un diseño exclusivo de Givenchy. En 2014 Raquel Peláez entrevistó, para Vanity Fair a Givenchy en el Manoir de Forchet, su castillo, de aquella plática Peláez recordó una anécdota muy significativa; en una ocasión Audrey le pidió a Hubert que la acompañará a Londres a una premier a la que asistiría la reina de Inglaterra; mientas se dirigían a la proyección, recodaron los duros tiempos de la guerra y ella confesó a su amigo:

Parece que fue ayer cuando caminaba por aquí camino a casa en pleno blitz y las prostitutas me preguntaban qué tal me había ido el día. Y aquí nos tienes ahora, a saludar a la reina de Inglaterra.

Su unión se prolongó hasta la partida de Audrey; cuando su enfermedad precisó que fuera trasladada a Suiza fue Givenchy quien  dispuso su avión -gracias por la alfombra mágica dijo ella-, cuando murió él estuvo entre los portadores del féretro. Le Grand – como sencillamente se le llama en el mundo de la alta costura – gustaba de recordar como a veces sonaba el teléfono del taller, era Audrey que decía “sólo llamo para decirte que te quiero”.

Cuando Audrey se animo a firmar el contrato para encarnar a Holly fue irreductible con la cláusula del vestuario; ello implicaba una serie de inconvenientes logísticos que ella ni siquiera quiso discutir. Para la producción utilizar un modisto francés para una película eminentemente neoyorquina resultaba poco más que extraño, por eso habían pensado en Edith Head una influyente diseñadora de la ciudad; a Patricia Neal, que haría el papel de la Sra. Falenson la amante y patrocinadora de Paul Varjak,las vestiría otra diseñadora de Manhattan, Pauline Trigere; había una especie de tabú respecto de las modas y las figuras públicas en Estados Unidos que, bajo el imperio de Jacquie, reina de Camelot, se empeñaban en dar un nombre y un lugar a la moda norteamericana, al grado de que la primera dama, aun siendo una amante confesa de los diseños de Chanel, usaba en ocasiones públicas diseños de Halston; pero Audrey se mantenía firme en su exigencia; como no era posible prescindir de Hepburn, de hacerlo habría que recurrir a Grace Kelly que no querría ser una segunda opción y menos a Marilyn y darle la razón a Capote, los productores cedieron y a Head le dieron el crédito, inventado para ella y para la ocasión, de supervisora de vestuario y se hizo cargo de vestir los demás actores – el tema se zanjó dando el primer crédito a Head, el segundo a Givenchy y el tercero a Trigere -, Hepburn se impuso. Desde la primera escena fue patente el acierto de Audrey, unos segundos bastaron para lanzar el nombre de Hubert de Givenchy a las estrellas y crear un modelo de elegancia, levedad y buen gusto que sigue vigente en nuestros días.

En el verano de 1960 Givenchy tuvo a la mano el guión de Axelrod, aunque Audrey ya había sostenido largas conversaciones, una vez que el diseñador leyó el guión se dio cuenta del potencial que el personaje representaba para Hepburn, el vestuario, más que en ninguna otra ocasión, debía definir el carácter del personaje, además su ropa debía constituir una declaración de principios de una mujer independiente, dueña de sí misma y haciéndose un lugar en el mundo y, por último, independizar  para siempre la Holly de Truman de la de Audrey. La primera elección fue el color predominante en el vestuario; Givenchy se inclinó por el negro, una apuesta arriesgada sobre todo porque distanciaba a la protagonista de los prejuicios, el luto y la viudez, rechazando los vestidos coloridos que eran fácilmente identificables con una prostituta; Holly luciría vestidos negros en los momentos clave de la película en la fiesta de su departamento, en su visita con Paul a Sally Tomato en Sing Sing, en el encuentro entre Doc y Lulamae y en su despedida, sobre todo en la apoteósica aparición con la que abre la película. El vestido lucía elegante y sencillo por el frente en el que la pieza principal era el rostro de Audrey, su bisutería y la luz de su mirada, por atrás el detalle de la espalda, el largo y el dibujo de la silueta de Hepburn alzaban la imagen de una mariposa de la noche para fijar el de una chica elegante y dulce irradiando una personalidad suficiente para sostener toda una vida de búsqueda de sí misma.

Mientras Holly toma su café y come su cruasán el mito de la exclusividad  de la elegancia salta por los aires, la misma escena en el Boulevard Saint-Germaine de París en el mismo momento hubiera parecido anodina, la misma escena en la Gran Vía de Madrid habría sido inverosímil, pero Golightly baja de un clásico yellow cab, degusta un desayuno de comida rápida con sus manos enfundadas de guantes hasta los codos, y luce como la esperanza de todas la mujeres que sueñan con ganarse el mundo aunque no puedan encargar un vestido a la medida en el Faubourg Saint-Honoré. Holly comienza demostrando que la inviolabilidad de las fronteras del gran mundo son en realidad límites psicológicos y de actitud.

Givenchy diseñó un vestuario fácil de reproducir y que podía ser adquirido con facilidad – aún sin la marca de su creador – dando a las mujeres de inicios de los sesenta una sensación de seguridad y confianza que necesitaban para conquistar el mundo.

De cómo la Reina de Camelot se volvió editora

Para Jacqueline Kennedy, los libros proporcionaban un sentimiento de seguridad y pertenencia que el mundo convulso que le había correspondido vivir era incapaz de darle; del mismo modo en que durante su infancia y adolescencia sus lecturas le permitían sobrellevar las vicisitudes de una familia azarosa,cuando el destino de un presidente, de una nación y la asoció para siempre con la sanguinaria caída de Camelot, ella volvió a refugiarse en los libros para llevar su duelo y recuperar la fuerza suficiente para enfrentar un futuro inmediato que parecía incierto como nunca antes; es verdad que no se trataba de incertidumbre económica, su fortuna personal garantizaba su tranquilidad para toda la vida, tampoco era un asunto de seguridad pues desde el principio lo único claro fue que se había tratado de un ataque personal contra el presidente y no una persecución política o una amenaza a la seguridad del Estado; era más bien un asunto íntimo, personalísimo, el profundo amor que, pese a todo, indudablemente sentía por John; al morir el rey de Camelot, cuando la reina vio extinto su breve reino, se recluyó por meses en el único lugar seguro y confortable que aún le quedaba, la Literatura; en ella pudo encontrar reposo pero también confianza y recuperó el poder sobre sí misma y sobre su entorno. Años después recordaría que fueron dos los libros que la empujaron a volver al mundo, ambos de Nikos Kazantzaquis: Carta al Greco y Alexis Zorba. Tal vez, sin quererlo, el escritor también allanó el camino para el nuevo marido de Jackie. Desde luego la experiencia con Onassis en nada se parecía a lo que había vivido con Kennedy y tampoco su partida fue la misma para la mujer que, de nuevo viuda quiso reinventarse para siempre. Evidentemente también, el deceso de su último esposo significó cosas que, aún dramáticas y dolorosas, resultaban profundamente distintas; al morir Aristóteles Onassis, vivió sola el momento, no hubo el aura de heroicidad que rodeo el sacrificio del joven presidente; tampoco disfrutó de la comprensión y solidaridad de todo un pueblo y menos aún del cobijo de una Nación que en ella, lloraba el final de una pequeña era hecha de estilo y belleza; al contrario, donde había existido el poder de hacer y crear no quedaba más que un mundo de frivolidad y vacío, donde había enseñoreado el calor de la admiración y el respeto, Jacqueline se había envuelto en una serie de litigios sucesorios que no hubiera deseado y que le habían dejado claro que en adelante, la vida no volvería jamás a ser la misma; un par de meses después de muerto el naviero, Jackie confió a algunas de sus amistades más cercanas: “siempre he vivido a través de los hombres…Ahora me doy cuenta que no puedo hacerlo nunca más”. Para constituirse como auténtica dueña de sí misma y de su rico universo pleno de belleza, no podía sino conquistar el derecho de ser sólo ella,  Jacqueline Bouvier Kennedy Onassis, dueña de un pasado que se confundía con la historia de su país y del mundo, propietaria de numerosas parcelas de un imaginario fabuloso fertilizado por todas las culturas del mundo; dueña y señora de innumerosas palabras que tenían la capacidad de decir y hacer ver y acreedora, al fin, de un futuro que no existía y que estaba todo por hacer. Y se decidió a lo que cualquiera hubiera juzgado inimaginable, decidió no ganarse la vida, sino encontrar un empleo y entrar, a sangre y fuego en un mundo que no había podido ver desde las ventanillas de los aviones privados, desde la proa de los yates anclados en el Mediterráneo y desde la macabra comodidad de las limusinas oficiales.

Cuando su círculo íntimo  supo de las intensiones de Jackie la acogida fue inmediata; laboralmente, la simple imagen de la antigua primera dama trabajando era completamente irresistible. No fueron pocos los amigos que en breve volvían ofreciendo lo que podrían considerar los mejores empleos para ella, aquellos en los que el conocimiento, la experiencia y la red de relaciones que poseía fueran valoradas es decir, trabajos relacionados con la política parlamentaria en Washington y esos eran, precisamente los extremos que ella no estaba dispuesta aceptar, deseaba un trabajo que le permitiera residir en Nueva York y que no tuviera ninguna relación con el gobierno en ninguna de sus manifestaciones, de ese modo el alud de ofertas cesó y las oportunidades fueron escaseando hasta que en el año de 1975 vislumbraba su ocaso en el horizonte, el llamado de la vocación se le presentó desde Manhattan.

En el otoño del 1975, Thomas Ginzburg firmó con Jacqueline Bouvier Kennedy Onasis un contrato como editora asociada con un salario de diez mil dólares anuales, para ella una cantidad apenas simbólica y que era baja en el mercado si se considera que la propia Viking Press, una de las editoriales de más solera en la Unión Americana y que, entonces se preciaba de ser, todavía, una empresa familiar y que ahora daba empleo a la mítica reina de Camelot, pagaba más del doble a un editor de tiempo completo. Desde luego ella no negoció el salario y en alguna ocasión le comentó a Truman Capote que, dada su inexperiencia, hubiera estado dispuesta a ganar incluso menos. Sin embargo había aspectos en los que no estaba dispuesta a ceder. Bien sabía que aquello que Viking había pensado adquirir no era una editora talentosa —eso era algo que todavía debía demostrarse— sino su imagen, su nombre y sus relaciones —eso era algo que aún podía evitar—. En sus primeros libros para Viking Guinzburg dispuso que en las solapas apareciera el nombre y la fotografía de Jackie, situación nada usual y no sólo para la casa sino para toda la industria editorial, al cabo de dos o tres libros la Sra. Bouvier se negó a que se continuara con la práctica y su jefe no tuvo más remedio que plegarse a la petición de su empleada.

Su estancia en Viking fue corta, poco menos de un par de años, lo suficiente para que una mujer con su inteligencia aprendiera los rudimentos básicos del oficio, conociera las reglas no escritas de la industria y cayera en cuenta del auténtico significado del mundo editorial en cualquier país civilizado, cerca de su salida de Viking le dijo a su gran amigo Truman Capote: “I keep thinking what power a great writer has”.

En verdad que en pocas ocasiones se valió de sus contactos y de su fama para obtener buenos autores y buenos libros para Viking pero siempre se cuidó de no parecer un adorno o una joya en la corona de una editorial importante. En esos primeros años Jackie participó en la producción de cinco libros, en ellos apenas puede vislumbrarse la mano de la editora que llegaría a ser aunque queda de manifiesto el elenco de las tomas que la apasionaron a lo largo de su carrera. El primero de ellos “ Remember the Ladies: Woman in America, 1750-1815”, de Linda Grant Paw y Hunt Connover, recupera la memoria perdida de las mujeres que acompañaron a los padres fundadores de la Nación americana y que debían ser recordadas sólo por sí mismas; este libro no fue una presa de la novel editora, incluso ella se integró a un proyecto ya iniciado aunque haya elegido como avances de su propia carrera tres de los temas fundamentales de su bibliografía: las mujeres —su condición y su voluntad frente al mundo—, la biografía —se interesó en aquellas que parecían más bien recuerdos y memorias que estudios de época— y por último el estilo como condición general para lo que ella consideraría una vida aceptable; a estos tres movimientos corresponde una biografía de Sally Hemmings, la famosa esclava negra —de hecho una mulata de particular belleza— “Sally Hemmings An American Scandal” de Barbara Chase—Riboud, que sí fue la primera adquisición propia de Kennedy para Viking y, como en el anterior libro, prefiguró el estilo de trabajo de la editora. Chase-Riboud era una amiga de Jackie  desde sus días de la escuela elemental, juntas se hicieron lectoras y permanecieron unidas en un afecto radiante y discreto; en unas vacaciones de verano ambas coincidieron en Grecia; la mujer que era esposa del hombre más rico del mundo le envió a su amiga de siempre un helicóptero para que la llevara a la isla de Skorpios y le hiciera compañía toda una tarde, en las muchas horas de plática salió el tema de Sally Hemmings a la que Barbara llamó “ The first Misstress” de la Nación, cualquiera habría pensado en que sin quererlo ni comerlo, Chase habría tocado fibras sensibles para la viuda de un presidente reconocido por su voraz apetito sexual y la cuenta sin fin de sus mujeres, quienes así pensaran habrían demostrado no conocer del todo a Jackie; en realidad la mujer de Onassis había quedado en una profunda curiosidad; “debes escribir ese libro” sentenció la millonaria y la incipiente escritora, como por encantamiento se puso manos a la obra; tres años le costó cumplir su cometido y cuando lo hizo, Aristóteles Onassis ya había muerto y Jacqueline que no era la mujer más rica del mundo sino la nueva editora de Viking Books; correspondió al gesto de su amiga, editó y publicó la biografía y obtuvo el primer gran éxito editorial de su carrera; la biografía se ha seguido reeditando hasta hoy y sirvió como base para una serie de televisión, cuando la mítica reina de Camelot tuvo que marcharse para siempre, Barbara Chase — Riboud fue quien se encargó de elaborar un guión para la biografía televisada con que se con que se honró su memoria.

A lo largo del tiempo Jackie se convirtió en una experta en editar y publicar biografías, en encontrar los personajes que podían despertar el interés del público y las que merecían ser no sólo recordadas sino también contadas; de aquellos días en Viking data “Himself! The Life and times of Mayor Richard J. Daley”  de Eugene C. Kennedy, una leyenda dentro del partido demócrata y que, en su momento había avalado en triunfo de John en el primer debate contra Nixon, aquel que cifró su victoria. Al poco tiempo la editora novata ya estaba haciendo sentir su estilo y apostó por un libro de fotografías de Abraham Lincoln, de la autoría de Mathew Brady.

Sin embargo el estilo editorial de Jackie se mostró con mayor intensidad en un par de libros sobre Rusia; el primero, “On the Russian Style” que tenía textos de Audrey Kenneth y fue diseñado por Bryan Holme, un libro tan hermoso que para 2016 continúa siendo editado, el libro había sido elaborado con la cooperación de Metropolitan Museum of Arts y se convirtió muy pronto en una especie de exposición canónica del arte y la estética rusos antes de la Revolución, desde luego, un libro tan complicado de producir solo había sido posible gracias a la enorme capacidad de Jackie para conjuntar voluntades en torno a fines comunes; el segundo fue una antología de cuentos fantásticos rusos, presididos por El pájaro de fuego que da nombre al volumen, ilustrado con primor por Boris Zvorykin.

Entonces justo cuando estaba conquistando su lugar como editora sucedió el desastre. A finales de 1977 Giunzburg decidió publicar una novela que Doubleday  le había vendido por considerarla demasiado insípida para su línea editorial y de muy mal gusto por el tema que abordaba. “¿Se lo decimos al presidente?” de Jeffrey Archer; la novela planteaba la idea de que Ted Kennedy, ya presidente de los Estados Unidos era víctima de un atentado. La editora se enteró a través de una amiga, Lisa Drew, de la manera en que Doubleday se había deshecho de la novela y cómo había ido a parar a los escritorios de Viking. A Jackie no sólo le parecía despreciable lucrar con el morbo del público o con el dolor de lo que pese al tiempo, las desgracias y la fuerza del clan, seguía y seguiría siendo su familia; le había lastimado que su jefe no lo hubiera tratado con ella un tema que la afectaba directamente y que además la utilizaba para estimular el potencial de ventas de un libro infame y que ella, de ningún modo, quería tolerar. La editora no tenía otra esperanza más que su jefe confirmara la confianza que ella había depositado en él y negara la existencia del proyecto o que le garantizara que Viking no participaría de una bajeza así; sin embargo, la reina comprendió que su reinado había terminado por completo cuando Guinzburg no sólo no negó que hubiera comprado los derechos de la novela y que desde luego tenía planes para publicarla sino que, además afirmó que, con la presencia de Kennedy en la editorial, el éxito del libro estaba garantizado; Jacqueline comprendió que aún cuando ya no disponía del poder para impedir una buena jugada editorial sí seguía siendo dueña de sí misma y que se podía hacer valer su presencia sólo en las condiciones en que a ella le parecieran moralmente aceptables y que, de ninguna manera, usurparan su capacidad soberana para dirigir su carrera y su vida; así Jacqueline Bouvier Kennedy Onassis se negó a participar de un libro que atentaba contra una familia de la que no podía decirse que amara pero que era el clan de sus hijos y era la cuna del hombre que más había amado, presentó su dimisión e hizo lo que podía esperarse de ella: se puso, una vez más, a buscar empleo.

Desde luego el libro, aunque sin Jackie, fue publicado; apenas fue dado a conocer, el influyente crítico John Leonard. desde su columna del New York Times, destrozó el libro no sólo en lo literario sino, particularmente, en su significado:

“There is a word for such a book, the word is trash. Anybody associated with this publication should be ashamed of herself”

La clara alusión a Jackie provenía de un hecho que terminaría por precipitar el destino de Viking y el destino editorial de Jackie: Cuando el libro se dio a conocer Guinzburg declaró públicamente que siempre que siempre había contado con el conocimiento y la anuencia de Mrs. Kennedy, incluso que había estado involucrada en la edición. Desde luego, en concierto con la familia Kennedy, Jacquie tuvo que hacer pública su salida de Viking y las razones que había tenido para dimitir:

“Last spring when I was told about the book… I tried to separate my lives as a Viking employee and a Kennedy relative. But this fall, when I was suggested had something to do with acquiring the book and that I was not distressed by its publication I felt, I had to resign”.

La ruina se había precipitado sobre Guinzburg. En los meses previos al escándalo había pagado un total de $750,000 dólares —una cantidad entonces sin precedentes para los derechos editoriales y cinematográficos de un libro— que si bien había representado la salvación para su autor, Jeffrey Archer, presa de los más inauditos descalabros comerciales, dejó exhausta a Viking que no iba a poder reponerse del fracaso editorial que el libro maldito representaría. La opinión pública se sentía ofendida y el poder de la familia Kennedy no se hizo esperar, una bien organizada legión de críticos y líderes de opinión hicieron añicos el libro en su cuna, la editorial que había lidereado todo un estilo por décadas, que había tenido en su catálogo a Steinbeck, a Miller, a Saul Bellow, a Graham Greene y a Iris Murdock, tuvo que ser vendida a Penguin poco después y sus nuevos dueños despidieron a Guinzburg apenas un año después de haberse hecho con la empresa. Archer autorizó que el nombre del protagonista fuera cambiado.

El desempleo de Jackie no duró mucho tiempo, aún no habían terminado de disiparse las nubes de la tormenta cuando, a principios de 1978 entró a trabajar en Doubleday, no sin causar una enorme ola de asombro entre sus amigos, no sólo porque para los maledicentes ver a Jackie en la editorial donde había comenzado todo el penoso asunto de Archer, daba la imagen de un montaje pérfido y bien realizado pero, en general, la sorpresa venía del perfil de la nueva casa editorial de la reina de Camelot que, según parecía, se había dejado caer en el poso de los libros más plebeyos.

Doubleday era entonces la editorial en lengua inglesa más grande del mundo y era reconocida por poseer un enorme catálogo plagado de libros de mediana o mala calidad que se distribuían fuera de los puntos habituales de las buenas editoriales para circular en clubes de lectura en todo el territorio de los Estados Unidos. Sus manuales, novelas de fácil lectura y textos de divulgación sin mayores exigencias no dejaban lugar para los libros que Jackie anhelaba realizar; no había, por ejemplo una línea para libros de gran formato, menos aún para los de fotografía ni se mostraba interés por las buenas formas. En lo intelectual la casa gozaba de la triste fama de censurar todos aquellos libros en los que aparecieran mujeres adulteras o simplemente demasiado liberales. Como remate de este nuevo mundo que Jacquie se haba propuesto conquistar, había dos temas que podían resumir la filosofía de su nueva casa: “divishing schemes for putting books in the hands of the unbookish” y “I sell books, I don´t read them”.

Lo que para muchos hubiera parecido un panorama desalentador, para Jacquie resultaba un escenario desde el cual partir para crear —e imponer—su propio estilo y desarrollar su oficio. Ella estaba consciente que, luego del escándalo con Viking, a sus notas esenciales —la reina de Camelot, la viuda millonaria e ícono de la Nación— debía añadirse el de editora leal y comprometida con la decencia de su trabajo; ante la mirada del mundo editorial y cultural, había dejado de ser un capricho de mujer rica para quedar más que claro que se trataba de una profesional ejercitando su arte; sabía también que sus nuevos jefes la habían llamado por su revalidar nombre y por su red de relaciones que en momentos caóticos había dado muestras de eficiencia absoluta pero también sabía que quien quiera hacer uso de ese valiosísimo activo, no podría hacerlo sin su concurso y una gran dosis de cuidado sabiamente administrado. En esas condiciones ella estaba lista para desarrollar una carrera fulgurante pero, sobre todo, para elevarse sobre las olas de su vocación.

En la mañana de su primer día de su nuevo empleo Jacqueline Bouvier se presentó en las oficinas de Doubleday antes de la hora del almuerzo, el propio director de la Editorial estuvo para recibirla y, conforme al escalafón, le correspondió la oficina de los novatos, un cubículo diminuto y sin ventanas, sin ventilación ni luz natural; ella acomodó sus pocas pertenencias que había llevado consigo y cuando John Sargent le preguntó si quería elegir alunas obras de arte de la colección de la editorial —un privilegio inusitado— ella respondió que no, que la pequeña oficina estaba bien así. La primera conquista de Jackie, y desde luego la que mayor beneficio le rendiría muy pronto, fue la del espacio, no sólo físico sino del lugar que a ella le correspondería en el ámbito de su nueva casa. Años después, muchos de quienes pasaron por Doubleday la recuerdan trabajando en el suelo de su oficina o de algún colega comprando un café de máquina automática o cediéndole el lugar en el comedor a algún desaprensivo que se adelantaba en la fila porque no sabía quien era ella y cuando sus colegas, entre risas veladas, se lo decían corría apenado a ofrecer disculpas y presentar respetos. Sería falso decir que Mrs. Kennedy, como la llamaban en la editorial fuera “una más”, o que ella lo pretendiera, lo cierto es que destacaba haciendo como que no deseaba sobresalir y se notaba tratando de pasar desapercibida.

Siguiendo los pasos de Alfonso Reyes en Madrid. Crónica de viaje

Convocatoria.

Hace algunas semanas Pablo Raphael me envió un mensaje, escueto cool todos los suyos, pero que era de esos que uno espera toda la vida aunque no sepa que está aguardándola cada día de cada año. Me invitaba a participar en un coloquio a celebrarse en Cada América, sobre el Centenario del exilio de Alfonso Reyes en España. Si estaba interesado debía decírselo para que entrara en detalles.

La pregunta parecía incluso un poco obscena por varias razones, era como preguntarle al creyente, luego de una vida de santidad, si le interesaba de ventas entrar al paraíso para que San Pedro buscara la llave correcta. No había nada que pensar y aunque respondí de inmediato, fiel a su personalidad, a Pablo le tomó sus buenos ocho días entrar en detalles; a mi, esa tregua representó la oportunidad de replantearme mi relación con Alfonso Reyes, revisar sus días en Madrid y hacerme a la idea de que algo muy deseado estaba por sucederme.

Si me interesaba era una pregunta pueril, al menos por tres razones: por venir de Pablo, por tratarse de Reyes y por situarse en Madrid.

Que la invitación viniera de Pablo representaba el cumplimiento de un sueño difuso pero común. Con Pablo Raphael me une una amistad muy honda, larga ya de mucho más que la mitad de nuestras vidas y que desde que nos conocimos estuvo marcada por la literatura y por la presencia de Alfonso Reyes. Recuerdo que desde siempre, lo que ambos queríamos era escribir; hablábamos de ello en los cálidos inviernos en su casa familiar en Manzanillo y tuvimos en conjunto con otros amigos, una revista con presupuesto, tiraje y éxito limitados; ambos probamos suerte por primera vez juntos en el taller literario de Alicia Reyes y juntos nos vimos, cada quien por su cuenta, publicar nuestros primeros libros.

Cuando Pablo entró en detalles sobre la invitación, la claridad meridiana de un sueño que amenazaba con cumplirse era razón suficiente para hacer cualquier cosa con tal de estar ahí. Después de leer su siguiente mensaje me acordé de Truman Capote recordando a Santa Teresa de Ávila: “se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las que son ignoradas”.

Que se tratara sobre Alfonso Reyes era más que un sueño, era un compromiso conmigo mismo. Para un lector hay distintas categorías de autores: los que no gustan y de los que se huye como de la mala suerte: los gacetilleros de la amargura, los poetastros del desengaño perpetuo y los ingeniosos narradores del lugar común; le siguen aquellos cuyos nombres fueron olvidados, no necesariamente por faltas en su talento y cuyas palabras se integraron al sustrato de nuestra cultura, aquellas sensaciones, datos y expresiones cuyo origen olvidamos pero que están ahí cuando es necesario echarles mano; en seguida, los autores que nos gustan, recordamos sus nombres y a cuya obra recurrimos con gusto y confianza, autores de uno o más textos que no sólo soportaron la prueba de la lectura sino que se quedaron como parte de la grata compañías de la que sólo pueden gozar los auténticos lectora; después, nuestro Olimpo particular compuesto por los autores que más nos significan y que nos han señalado como parte de su tribu lectora; a ellos no los elegimos, se nos imponen y nos marcan, contemplamos sus obras, las conocemos y cazamos cualquier novedad editorial que sale al mercado, incluso repitiendo libros si alguna nueva edición así lo amerita, los volvemos a leer en tomos completos o en pequeños fragmentos, los recordamos como a buenos amigos. En la cima, celosamente guardada por valladares hechos de admiración y afecto, está nuestro autor, nuestro guía, aquel ala no sólo leemos sino al que estudiamos y respetamos, indagamos sobre su vida, nos adentramos en su pensamiento y en algunos aspectos lo tomamos como ejemplo; no acontece con todos los lectores, pero cuando pasa se está en presencia de una extrañísima relación que va de la filiación a la amistad, de la fascinación al diálogo y de ahí al pensamiento crítico. Esa es mi relación con Alfonso Reyes. Lo descubrí a los dieciocho años, me lo presentó Jorge Luis Borges y ha cumplido en mi vida el papel que difícilmente habría desempeñado alguien vivo; por eso, la convocatoria de Pablo Raphael se me presentó como un deber moral de gratitud.

Que el coloquio fuera a celebrarse en Madrid cerraba el círculo y me dejaba sin salvación ni recurso. Los viajeros somos un clan sumamente extraño, a diferencia de los turistas que constituyen una secta de culto a lo prefabricado, no nos atenemos a lo que las listas dicen ni nos calen mucho las estrellas y los tenedores más allá de la más elemental función orientadora; así, construimos nuestras preferencias por razones más bien cronópicas, como diría Cortázar, y que están más relacionadas con la satisfacción y dicha que nos ha deparado la literatura, el arte, el cine o el amor. En mi caso personalísimo, que no significa apenas algo, salvo que es mío, diría que en mi mundo de recuerdos y anhelos por volver, por encima de muchas otras ciudades que mi memoria atesora y a las que retornaría con gusto, están dos lugares que cifran mi sitio en el mundo además de mi hogar: Madrid y París.

De mi propia Ciudad no diré nada ahora porque es mi padre y mi madre, mi hijo y mi hija, mi mujer y mi caverna con toda su grandeza y con toda su miseria. Madrid y parís me han deparado momentos cruciales en mi vida, me han enseñado cuanto sé del nómada placer de vivir, una he sentido la sensualidad de la belleza ni la majestuosidad de la historia como en París, en ningún otro lugar – salvo en Madrid – he disfrutado de la contradicción de los lugares más íntimos y secretos a un paso de las regiones irónicas del imaginario occidental, pero hay una diferencia fundamental, en París me siento como en mi casa y en Madrid estoy en casa; es verdad, no en mi hogar, no en donde reposan mis dioses tutelares, per sí donde viven mis ensueños de lector, mis esperanzas de escritor y la poderosa suma de mi España que es también mi pasado remoto, mi presente idiomático y mi frente de batalla republicano, mi museo favorito, el del Prado, y la mesa dulce de mis churros con el espeso chocolate. Es cierto, mis gustos son irracionales pero es que así son los gustos que nos son causas sino enamoramientos; ahí está la Almudena con la que tengo una relación personalísima a tal grado que si tuviera que elegir una religión me mantendría alerta del catolicismo pero me haría almudentista; ahí está mi Carrera de Jerónimos, mi Retiro y mi Café Gijón. Ahí está, linda y bonita, dulce y un tanto hosca, la ciudad que no sé seis la que más me gusta, pero sí la que mas quiero y ahí estaba Pablo invitándome a hablar sobre don Alfonso, en esa circunstancia, ¿podría haber hecho yo alguna cosa distinta?

Me acordé entonces de una frase de Reyes sobre Madrid, Ciudad que amó como a ninguna:

En el paisaje fino y exquisito de Madrid, el Manzanares, a la hora del crepúsculo, haciendo al peinar las jarcias, un órgano de agua casi silencioso, pone un centelleo de plata.

Imagginación

Meditación Divertida con Maggie

Disappearing Thoughts

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Tablaturas de mis pasos

Unas cuantas palabras y fotos para los lugares que me hacen feliz.

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Aller au delà de nos limites à travers le monde. J'en suis capable, pourquoi pas toi? Pourquoi pas nous? Ensemble nous sommes invincibles "Je suis femme and i can".

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Letras en el mar.

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En cada edición proponemos una palabra para indagar sus posibles significados desde distintas áreas.

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