Sexo y poder

En mi infancia a uno le enseñaban cosas que ya están pasadas de moda; tanto por herencia familiar, como porque entonces no nos daba vergüenza que la lengua y la cultura hubieran llegado envuelta en una lucha épica en la que dos culturas habían luchado para generar una nueva Nación, los niños de entonces nos aprendíamos algunos versitos alusivos a la cultura española que hoy, como ayer, era tan nuestra. Así, a coro, “A Castilla y a Aragón, nuevo mundo dio Colón”; o bien, ya más entrados en cosas de literaturas y herencias “Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”, algo que en el siglo XVI ya decía algo sobre la igualdad entre mujeres y hombres que ahora tanto nos atormenta. Y es que también, a uno le enseñaban a estar tan orgulloso de lo que se era, no indígena ni español, ni siquiera puro en nada, los mexicanos crecíamos pensando que no había lugar en el mundo más afortunado para nacer que esta tierra; nos burlábamos de los que imitaban acentos extranjeros y nos defendíamos de la lengua inglesa pensando, inocentemente, que era la nuestra y no la de los vecinos la que corría peligro, a tantos años vista, cuando hay condados en el sur de los Estados Unidos que exigen a los litigantes y a los demandantes expresarse en inglés, uno entiende cuál es el idioma que ha prevalecido.

En fin, que con ese orgullo, ramplón y baratillo – así con el diminutivo de los afectos mexicanos -, enseñé a mis hijos esas frases que las escuelas ya no cultivan. Hace apenas unos días, mi hijo ensimismado, recitaba “A Castilla y a Aragón, buena monta dio Colón”, con trabajo pude aguantar la carcajada a fin de no avergonzarlo y me quedé pensando cómo, sin darse cuenta, había acuñado una frase lapidaria del doble sentido sobre la tan llevada y traída relación del Almirante y la Reina, de don Cristóbal y doña Isabel. A sus inocentes siete años, la confusión le pasó desapercibida y la frase olvidada, pero no para mí que a mis cuarenta y cuatro he visto más de lo que imaginé pero menos de lo que hubiera querido.

La asociación entre sexo y poder es una ecuación natural. Lo es porque el Poder – así, con la mayúscula reverencial que cultivaron mis abuelos y que ya proscribió la Academia – es sumamente afrodisíaco y no sólo porque quien se relaciona con los poderosos medra en su beneficio, sino porque el Poder mismo da un aura ciertamente sobrenatural en quien lo posee. Yo no sé si en verdad don Cristobal tuvo que cubrirse con las mismas sábanas que su Católica Majestad, pero sí sabemos todos que algo hubo entre Marilyn Monroe y John Kennedy, también sabemos de las confesiones políticas, las maquinaciones y las conjuras celebradas en los dormitorios de las damas de la ilustración francesa y Josefina no habría sido quien fue si no hubiera tenido al Emperador de rodillas a los pies de su cama.

Una cosa es el escándalo sexual, que es penoso y vergonzante – ya se sabe, la estafa de la convención de diputados de tal o cual partido animada por lindas damitas – que la relación pasional y entregada entre el poderoso y su amante; a mi me dirán misa – valga el ingenioso contraste – pero no da igual el affaire novelero y descafeinado entre Bill Clinton y la becaria Lewinsky, que las que tuvo Hitler, primero con su sobrina, que terminó en el suicidio de la chica y, luego con Eva Braun, que terminó sus días al mismo tiempo que el demonio al que había vendido su alma.

¿Y qué con la legítima? diría Arturo Pérez Reverte y el hecho es que el Poder, insisto, con la proscrita mayúscula reverencial, se traga todo cuanto queda en su derredor, devora familias y autoestimas, autoconceptos y hasta reglas morales; el poderoso lo quiere todo y al mismo tiempo, desea tanto dominar y tanto decidir que no se da cuenta que el paso final en la conquista del poder es dejarse dominar por el poder mismo y desaparecer frente a él desapareciendo la persona para dejar paso solo al personaje. En sus memorias, el psiquiatra de los Juicios de Nüremberg no deja para después el análisis de dos personajes interesantísimos: Herman Göering y Albert Speer. Göering que no deja su papel de dominador de opereta, líder irredento que desconoce al tribunal y nunca cesa de afirmar que si hubiera ganado la guerra sería Eisenhower el que estaría siendo sometido a juicio, que no se arrepiente y que se queja todo el tiempo de la comida porque se ve a si mismo como rey sin reino, como el jefe de Estado que nunca fue y, Speer, el arquitecto de Hitler que se puede considerar su último amigo y su fiel seguidor que no tarda en echarse la culpa para exonerar al pueblo alemán, el que se arrepiente de haber llevado a la muerte a la mano de obra esclava en los campos de exterminio y juega con tranquilidad y buena mano la baraja del nazi bueno que, a la postre, le gana el desprecio de sus compinches, al tiempo que le salva la vida y que le lleva al aislamiento de Spandau de donde pudo salir con vida. Ni Göering ni Speer eran ya ellos mismos, eran los personajes que eligieron o que tuvieron que elegir para alcanzar el poder hasta que el poder los alcanzó a ellos.

La vida sexual de los poderosos siempre llama la atención del público, y es que la fórmula es irresistible tanto porque nadie resiste la tentación de mirar por el ojo de la cerradura y observar al poderoso sometido a las pasiones más naturales y de las que nadie está exento, como porque nada da más poder que someter a la pasión a la mujer o al hombre que toma las decisiones. El secreto de alcoba, la consulta a la amante mientras fuma el cigarrillo de después y que a la mañana siguiente se convierte en decisión de Estado, las promesas arrancadas en el éxtasis, todo ello es parte de nuestro imaginario colectivo y de los mitos de la cultura occidental, pero tampoco están tan lejos de la realidad. Así es nuestra naturaleza y hay que tomarla como viene.

En nuestro país, en nuestra realidad política, son pocas y pobres este tipo de relaciones entre sexo y poder, más bien, somos dados a lo folletinesco y a lo escandaloso, al cuerno mal puesto y peor reconocido, a la cara de bobo del locutor que se disculpa con su público cuando el daño a su reputación ya ha sido causada, al diputado nalgueando a la profesional que pasa por joven inocente y la legión de edecanes, mujeres y hombres, que han de ganarse la vida decorando pasillos de las legislaturas y de las oficinas de las secretarías de estado, sometidos al uso que puede, en su deseo, cambiarles la fortuna.

Mi padre siempre me dijo que cada uno tiene magníficas razones de ser como es y el no menos sabio Joan Manuel Serrat, dice que cada uno es como es y anda siempre con lo puesto, no seré yo quien tire la primera piedra para criticar a Marilyn cantándole el happy birthday a Kennedy en un desesperado esfuerzo por mantenerlo a su lado, me gustaría eso sí, ver al menos un poco de estilo en los hombres y las mujeres del poder cuando ejerzan sus libertades sexuales, al menos darían más materia a los comentarios y menos crueldad a las carcajadas.

El arte de conversar, de Oscar Wilde. Para disfrutar de nuestro fraseario

Ofrecemos el fraseario de un libro de excepción: El arte de Conversar de Oscar Wilde, traducido por Roberto Frías y editado en Barcelona por Ediciones Atalanta.

Sin gazmoñerías, reflexiones con una guía sutil y magnífica para adentrarse en los meandros de la naturaleza humana.

 

El debe ser muy respetable. Uno jamás ha oído su nombre antes, a lo largo de toda su vida, y eso, actualmente, enaltece a un hombre. Una mujer sin importancia 

CECILY: Un hombre del que se habla mucho es atractivo siempre. Después de todo, uno intuye que algo tendrá.  La importancia de llamarse Ernesto

SEÑORA ALLONBY: El hombre ideal […] debe decir siempre más de lo que quiere y querer siempre más de lo que dice. Una mujer sin importancia

SEÑORA ALLONBY: El hombre ideal […] nunca debería criticar a otras mujeres hermosas; eso mostraría su falta de buen gusto o haría sospechar que tiene demasiado. Una mujer sin importancia 

[…] un caballero natural, el peor tipo de caballero que conozco. El abanico de Lady Windermere

Llorar es el refugio de las mujeres sin gracia y la ruina de las bonitas. El abanico de Lady Windermere

Se necesita una mujer completamente buena para hacer algo completamente estúpido. El abanico de Lady Windermere

No creo que exista una sola mujer en el mundo que no se sienta halagada si uno le hace el amor. Es eso lo que hace a las mujeres irresistiblemente adorables. Una mujer sin importancia

Treinta y cinco años es una edad muy atractiva. La sociedad londinense está repleta de mujeres de la más alta cuna que, durante años y por propia voluntad, se han quedado en los treinta y cinco. La importancia de llamarse Ernesto.

No me importa que las mujeres simples sean puritanas. Es la única excusa que tienen para ser simples. Una mujer sin importancia.

Las mujeres nos aman por nuestros defectos. Si tenemos suficientes nos lo perdonarán todo, incluso un gran intelecto. Una mujer sin importancia

Las chicas estadounidenses son tan ingeniosas al ocultar a sus padres como las inglesas al ocultar su pasado. El retrato de Dorian Gray.

Ella fue hecha para ser la esposa de un embajador. Ciertamente, posee la inusitada facultad de recordar los nombres de las personas y olvidar sus rostros. Una mujer sin importancia

Estoy harto de las mujeres que me quieren. Las que me odian son mucho más interesantes. El retrato de Dorian Gray.

La única manera de comportarse con una mujer es haciéndole el amor, si es bonita, y si es fea, haciéndoselo a alguien más. La importancia de llamarse Ernesto.

Ser adorado es una molestia. Las mujeres nos tratan como la humanidad trata a sus dioses. Nos alaban y siempre nos piden que hagamos algo por ellas. El retrato de Dorian Gray.

Una mujer sólo puede reformar a un hombre aburriéndolo tanto que éste pierda todo posible interés en la vida. El retrato de Dorian Gray

Si una mujer no puede hacer que sus equivocaciones parezcan encantadoras, es sólo una hembra. El crimen de Lord Arthur Savile.

Sólo las mujeres muy feas o muy hermosas ocultan alguna vez su rostro. La duquesa de Padua

Hay sólo una verdadera tragedia en la vida de una mujer. El hecho de que su pasado es siempre su amante, y su futuro, invariablemente su esposo. Un marido ideal.

Prefiero a la mujeres con pasado; es muy divertido hablar con ellas. El abanico de Lady Windermere.

Uno siempre puede ser amable con la gente que no le importa. El retrato de Dorian Gray

Es absurdo dividir a la gente en buena y mala. La gente es encantadora o tediosa. El abanico de Lady Windermere

La gente de hoy se comporta con perfecta monstruosidad: habla mal de uno y a sus espaldas, diciendo cosas que son completa y absolutamente ciertas. Una mujer sin importancia

Estoy seguro de que no conozco a la mitad de la gente que visita mi casa, y ciertamente, por lo que me han dicho, no debería intentarlo. Un marido ideal

Me agradan los hombres con futuro y las mujeres con pasado. El retrato de Dorian Gray.

Ya no apruebo ni desapruebo nada. Eso es adoptar una actitud absurda ante la vida: no hemos venido a este mundo a pavonearnos de nuestros prejuicios. Nunca advierto lo que la gente común dice y nunca interfiero en las acciones de la gente encantadora. El retrato de Dorian Gray

Todo arte es inmoral. La emoción por la emoción es la meta del arte. Y la emoción por la acción es la meta de la vida. El crítico como artista

Podemos perdonar a un hombre por elaborar una cosa útil , siempre y cuando no la admire. La única excusa para crear algo inútil es que se lo admire intensamente. Todo arte es bastante inútil. El retrato de Dorian Gray 

Ningún artista tiene simpatías éticas. En un artista, una simpatía ética sería un imperdonable manierismo de estilo. El retrato de Doran Gray

Los únicos retratos creíbles son aquellos en los que queda muy poco del modelo y mucho del artista. La decadencia de la mentira.

La gran superioridad de Francia sobre Inglaterra se debe a que en Francia todo burgués quiere ser un artista, mientras que en Inglaterra todo artista quiere ser un burgués. (En conversación).

Mentir, decir cosas hermosas y falsas, ése es el verdadero objetivo del arte. La decadencia de la mentira

Es posible que un toque de naturaleza hermane al mundo entero, pero dos toques de naturaleza destruirían cualquier obra de arte. La decadencia de la mentira.

El arte es nuestra vigorosa protesta, nuestro heroico intento de enseñarle su sitio a la Naturaleza. La decadencia de la mentira.

Desvelar el arte y ocultar al artista, ésos son los objetivos del arte. El retrato de Dorian Gray

El secreto de la vida es no tener nunca una emoción poco elegante. Una mujer sin importancia.

El «Libro de la Vida» comienza con un hombre y una mujer en un jardín y termina en Apocalipsis. Una mujer sin importancia

La vida es sencillamente un mauvais quart d´heure, hecho de exquisitos momentos. Una mujer sin importancia

La vida jamás es justa … Y quizá eso es algo bueno para la mayoría de nosotros. Un marido ideal 

Uno puede tolerar las desgracias; vienen del exterior y son accidentes. Pero sufrir por los propios errores… ¡Ah, ahí está la gracia de la vida! El ábanico de Lady Windermere

La vida en la ciudad nutre y perfecciona los elementos más civilizados del hombre; Shakespeare no escribió más que pasquines chabacanos antes de venir a Londres, y no escribió una sola línea después de irse. (En conversación) 

Vivimos en una época que lee demasiado para ser sabia y que piensa demasiado para ser bella. El retrato de Dorian Gray.

Cuando los dioses quieren castigarnos responden a nuestras plegarias.  Un marido ideal. 

La ética, como la selección natural, hace posible la existencia. La estética, como la selección sexual, hace la vida más amable y maravillosa, la llena de nuevas formas, le aporta progreso, variedad y cambio. El crítico como artista.

[…] aunque lo intentamos, no podemos alcanzar la realidad que subyace a las cosas. Quizá la terrible razón de ello es que no hay más realidad en las cosas que su apariencia. (En conversación) 

El mundo es el escenario, pero la obra tiene un pésimo reparto.  El crimen de Lord Arthur Savile

Escribí cuando no conocía la vida. Ahora que entiendo su significado, ya no tengo que escribir. La vida no puede escribirse; sólo puede vivirse. (En conversación)

[…]  el mundo no me escuchará ahora. Es extraño lamentarse (antes no lo hubiera creído posible) de que uno haya tenido tanto tiempo libre: un ocio que me parecía tan necesario cuando yo mismo era un creador de hermosos objetos.

(En conversación)

El señor Zola está decidido a demostrar que si no tiene genio por lo menos puede ser insulso.  La decadencia de la mentira

Entre Hugo y Shakespeare se agotaron todos los temas. La originalidad es imposible, incluso al pecar. Así que ya no que dan verdaderas emociones, sólo adjetivos extraordinarios. (En conversación)

Matthew Arnold era un buen poeta, pero estaba muy equivocado; siempre intentaba alcanzar lo más difícil: conocerse a sí mismo. Y a veces por eso, a mitad de sus más hermosos poemas, dejaba de ser el poeta y se convertía en el inspector escolar. (En conversación)

Balzac: era una combinación extraordinaria de temperamento artístico y espíritu científico. El estudio formal de Balzac reduce a nuestros amigos vivos a sombras y a nuestros conocidos a sombras de las tinieblas. La decadencia de la mentira

Llamar a un artista morboso sólo porque su objeto de trabajo es la morbosidad es tan tonto como llamar a Shakespeare demente sólo porque escribió El rey Lear. El alma del hombre bajo el socialismo.

Hay dos maneras de despreciar la poesía: una es despreciándola y la otra es leyendo a Pope. (En conversación)

Si uno no puede disfrutar un libro una y otra vez, no tiene sentido leerlo. La decadencia de la mentira

Los libros que el mundo llama inmorales son los libros que muestran al mundo su propia vergüenza. El retrato de Dorian Gray

Sobre Charles Dickens: Hay que tener un corazón de piedra para leer la muerte de la pequeña Nell y no reírse. (En conversación)

Para conocer la cosecha y la calidad de un vino no es necesario beberse toda la botella. Media hora debe ser suficiente para decidir si un libro vale la pena o no. Diez minutos deberían bastar si uno posee el instinto para la forma. ¿Quién quiere vadear todo un libro insulso? Con probarlo basta.  El crítico como artista

Cuando el público dice que una obra es groseramente incomprensible quiere decir que el artista ha dicho o hecho algo hermoso que es nuevo. Cuando describe un trabajo como groseramente inmoral quiere decir que el artista ha dicho o hecho algo hermoso que es verdadero. El alma del hombre bajo el socialismo.

La literatura siempre se anticipa a la vida; no la copia, sino que la modela a su antojo. El siglo diecinueve, tal y como lo conocemos, es en gran medida una invención de Balzac. La decadencia de la mentira

Después de tocar a Chopin me siento como si hubiese llorado pecados que nunca cometí, como si me hubiese dolido de tragedias que no eran mías. Siempre me parece que la música produce ese efecto: crea un pasado que ignorábamos y nos llena con la sensación de pesares que se han escondido de nuestras lágrimas. El critico como artista 

El único encanto del matrimonio es que vuelve completamente necesaria una vida de engaños para ambas partes. El retrato de Dorian Gray

¿Cómo puede una mujer ser feliz con un hombre que insiste en tratarla como si fuera un ser absolutamente natural? Una mujer sin importancia.

Su capacidad para el afecto familiar es extraordinaria; al morir su tercer marido, el cabello se le puso rubio por la pena. El retrato de Dorian Gray 

DUQUESA DE BERWICK: De hecho, nuestros maridos se olvidarían de que existimos sino le fastidiáramos de vez en cuando sólo para recordarles que tenemos el derecho totalmente legal de hacerlo. El abanico de Lady Windermere

El amor puede canonizar a la gente, los santos son aquellos a quienes más se ha amado. (Carta a Robert Ross, 28 de mayo de 1897)

Siempre hay algo ridículo en las emociones de la gente a la que dejamos de amar. El retrato de Dorian Gray

Los hombres quieren ser siempre el primer amor de una mujer. Ahi está su torpe vanidad. Las mujeres tienen un instinto más sutil para las cosas: prefieren ser el último romance de un hombre. Una mujer sin importancia.

¡Los misioneros, querido! ¿No te das cuenta de que los misioneros son la comida que la divina providencia envía a los indigentes y desnutridos caníbales? Cuando están a punto de morir de inanición, el Cielo, en su infinita misericordia les envía un buen misionero carnoso.  (En conversación)

Ser natural es la pose más difícil de mantener. Un marido ideal 

Toda la mala poesía surge de un sentimiento genuino.  Ser natural es ser obvio, y ser obvio es ser inartístico.  El crítico como artista

Todos deberíamos llevar el diario de otro. (En conversación)

Apuñalaría a su mejor amigo con tal de escribir un epigrama en su lápida. Vera o los nihilistas.

EI primer deber en la vida es ser lo más artificial posible. No se ha descubierto el segundo deber.  Frases y filosofías para el uso de los jóvenes

Hay que ser siempre un poco inverosímil.  Frases y filosofías para el uso de los jóvenes

Nunca hay que debutar con un escándalo; eso se reserva para amenizar la vejez. El retrato de Dorian Gray 

Los ingleses poseen el milagroso poder de transformar el vino en agua. (En conversación) 

No creo que viva para ver el nuevo siglo: si comienza otro siglo y yo sigo vivo, será realmente más de lo que los ingleses pueden soportar. (En conversación) 

Actualmente lo tenemos todo en común con Estados Unidos, a excepción, por supuesto, del idioma. El fantasma de Canterville

Es una superstición popular que al visitante de los más lejanos rincones de Estados Unidos se le llama extranjero, pero cuando fui a Texas me llamaron capitán, al llegar al centro del país me decían coronel, y al acercarme a la frontera con México, general(En conversación; Estados Unidos) 

Quizá después de todo América nunca haya sido descubierta. Yo diría que sólo ha sido detectada. El retrato de Dorian Gray

Sobre las chicas estadounidenses: Hermosas y encantadoras: pequeños oasis de hermosa irracionalidad en un vasto desierto de práctico sentido común. (En conversación)

Al salir de su patria, algunas mujeres norteamericanas adoptan una apariencia de enfermedad crónica: creen que es una especie de refinamiento europeo. Una mujer sin importancia

No hay parafernalia ni pompa ni maravillosas ceremonias. Solo vi dos procesiones: en una iban los bomberos precedidos por la policía y en la otra iba la policía precedida por los bomberos. (En conversación; Estados Unidos)

El patriotismo es la virtud del vicioso. (En conversación) 

Hay que ser una obra de arte o llevar puesta una. Frases y filosofías para el uso de los jóvenes

No tiene nada, pero lo parece todo: ¿qué más se puede pedir? La importancia de llamarse Ernesto

Llevaba demasiado rouge y casi nada de ropa. En una mujer, eso suele ser un síntoma de desesperación. Un marido ideal

En cuestiones de suma importancia lo crucial es el estilo y no la sinceridad. La importancia de llamarse Ernesto 

Quizá haya dicho lo mismo antes, pero mi explicación será siempre diferente. (En conversación) 

El asesinato es siempre un error… Uno nunca debe hacer algo que no se pueda contar después de la cena. El retrato de Dorian Gray

Me gusta cuando sólo hablo yo; ahorra tiempo y evita las discusiones. El cohete excepcional

La mente de un hombre muy bien informado es algo terrible. Es como una tienda de baratijas, repleta de polvo y monstruos, donde todo cuesta más de lo que vale. El retrato de Dorian Gray

Un cigarrillo es el ejemplo perfecto del placer perfecto: es exquisito y lo deja a uno insatisfecho. El retrato de Dorian Gray

El alma nace vieja y se vuelve joven; ésa es la comedia de la vida. Y el cuerpo nace joven y se vuelve viejo; ésa es su tragedia. Una mujer sin importancia 

Hay muchas cosas que podríamos desechar si no temiéramos que otros las recogieran.  El retrato de Dorian Gray

Los parientes son sencillamente un tedioso grupo de personas que no tienen la menor idea de cómo vivir ni el más mínimo instinto de cuándo morir. La importancia de llamarse Ernesto

Después de una buena cena se puede perdonar a cualquiera, incluso a los amigos. Una mujer sin importancia 

En Inglaterra, a las personas de clase baja les pasa algo extraordinario: siempre están perdiendo parientes. Son muy afortunados en ese aspecto. Un marido ideal

El secreto de permanecer joven es una desmesurada pasión por el placer. El crimen de Lord Arthur Savile

Mi deber como caballero no ha ínterferido nunca, ni en lo más mínimo, con mis placeres.  La importancia de llamarse Ernesto

Ningún hombre civilizado se arrepiente de un placer, y ningún hombre incivilizado llega a conocerlo. El retrato de Dorian Gray

A veces se elogia a los pobres por ser ahorrativos, pero recomendar a los pobres el ahorro es grotesco e insultante. Es como aconsejara un hombre hambriento que coma menos. El alma del hombre bajo el socialismo

En cuanto a los virtuosos pobres, se les puede compadecer, pero no es posible admirarles. El alma del hombre bajo el socialismo 

La risa no es un mal comienzo para una amistad y es, con mucho, su mejor final.  El retrato de Dorian Gray 

Cuando conocemos a alguien por medio de un elogio es seguro que aflorará una amistad de verdad: todo ha comenzado de la manera correcta.  Un marido ideal

Cualquiera puede simpatizar con los sufrimientos de un amigo, pero se requiere de una naturaleza muy superior para simpatizar con el éxito de un amigo.  El alma del hombre bajo el socialismo 

Me atrevería a decir que si le hubiera conocido no sería su amigo en absoluto. Conocer a nuestros amigos es algo muy peligroso. El cohete excepcional 

Elijo a mis amigos por su buen aspecto, a mis conocidos por su buen carácter y a mis enemigos por su buen intelecto. No tengo ninguno que sea un tonto; todos son hombres de cierta. capacidad intelectual y, por consiguiente, todos me aprecian. El retrato de Dorian Gray

La moralidad es tan sólo la actitud que adoptamos hacia la gente que personalmente nos desagrada. Un marido ideal

Cuando uno lee la historia se siente absolutamente enfermo; no por los crímenes que los malvados han cometido, sino por los castigos que los buenos han impuesto. Se brutaliza infinitamente más a una comunidad mediante el empleo habitual del castigo que por el ocasional acontecer del crimen. (En conversación)

¿Quiere saber cuál es la tragedia de mi vida? Que he puesto mi genio en la vida y sólo el talento en mis obras.  (En conversacion)

La belleza es una forma del genio, aunque en realidad es más alta, pues no requiere explicación; El retrato de Dorian Gray

Una idea que no es peligrosa, no es digna de ser llamada idea. El crítico como artista

Sólo alguien superficial necesita años para despojarse de una emoción. Un hombre que es dueño de si mismo pone fin a una pena con la misma facilidad con que inventa un placer. El retrato de Dorian Gray

Un sentimental es sencillamente alguien que desea tener el lujo de una emoción sin pagar por ella.  (En conversación)

Experiencia es el nombre que todos dan a sus errores. El abanico de Lady Windermere

Los únicos escritores que han influido en mí son Keats, Flaubert y Walter Pater. Y antes de encontrarme con ellos ya había recorrido más de la mitad del camino con tal de conocerles. (En conversación)

Qué triste: la mitad del mundo no cree en Dios y la otra mitad no cree en mi. (En conversación)

Ridículo

No sabría jamás cómo es que todo se le vino abajo, cómo fue que terminó en esa situación que sólo podía considerarse, como acertadamente la llamaba, ridícula. Solo, completamente solo, con una pistola en la mano y con una bala huérfana en la recámara del arma.

Francisco Daniel Gómez, ciento veinte meses antes había ganado el bono al vendedor del año, se había ideado con su hijo un sistema basado en volantes lanzados por debajo de la puerta que sustituían a la antigua técnica de “tocar en cada domicilio”; los volantes anunciaban un “pequeño regalo”, sólo por llamar e interesarse en los complementos alimenticios que religiosamente recogía en la empresa cada semana. Ese día, el de la premiación, el primer jueves de junio, frente a todos los vendedores, lo declararon vendedor del año, le dieron su cheque y la empresa proclamó que jamás se había visto un incremento de ventas de esa magnitud; lo tenía como un secreto profesional, los regalos eran libretas, bolígrafos o cualquier baratija que le abriera los oídos de un comprador potencial, el cálculo era confiable y la inversión resultaba despreciable frente al incremento de las comisiones y el bono que lo complementaba.

Además, en lo profundo de su ser, el nuevo sistema reportaba un enorme beneficio: él no era vendedor, nunca lo fue y nunca lo sería, había llegado al oficio como se cae en aquellas diminutas desgracias de las que nadie es culpable y sin embargo, suceden. Arrojar anónimamente los volantes, diseñados y copiados por su hijo Emmanuel, le evitaban la ridícula sensación que tanto odiaba, la de pararse frente a una puerta desconocida y llamar a sabiendas que uno de cada dos ni siquiera harían caso del llamado. El ridículo, ese era su enemigo, esa era su obsesión desde pequeño, la inseguridad de permanecer en el absurdo, de no estar en el lugar ni en el momento correctos, de hacer todo aquello que generaba primero risa y luego conmiseración. Si el cliente llamaba, entonces él ya no tenía que pararse frente a la puerta desconocida, sino que era un invitado a pasar, un hombre que llevaba la respuesta correcta a las preguntas que el cliente se hacía.

Todo parecía inevitable, la premiación fue a las dos de la tarde y apenas tuvo tiempo de ir al banco a cambiar el cheque, en el bolsillo izquierdo guardó el diez por ciento que, en conciencia, debía a su hijo por su aportación intelectual, en la cartera puso el resto que entregaría a su mujer llegando a casa. Pero el vendedor del año no podía retirarse así nada más, después de la premiación, el bono parecía tan jugoso que bien colmaría la sed de los colegas; – A la Ciudad de Oviedo, clamó Antonio, con toda la buena intensión de beneficiarse del premio que, por primera vez en tres años le quitaba alguien, después de todo, la tradición por él inaugurada, establecía que el ganador debía invitar a la cuadrilla de vendedores al menos un trago por persona y así fue, cruzaron el barrio como exiliados volviendo a casa, a la Ciudad de Oviedo.

Parecía que Francisco había conjurado por fin el ridículo, se sabía ahora fuerte, colmado, seguro de sí y de su técnica infalible. Como si se tratara de un guión, después de la primera copa se retiraron la mitad, otros combatientes más aguerridos soportaron hasta la tercera ronda cuando el bono parecía ya más o menos disminuido, para la octava sólo quedaban Francisco y Antonio, la novena no llegó para al campeón vencido pues el cantinero tuvo que ponerlo en un taxi a la fuerza ante el acceso de vómito que no había alcanzado a lanzar en el sanitario. Por segunda vez en una sola jornada, el vendedor estrella había triunfado. Fue entonces cuando sobrevino el parteaguas en su vida, fue entonces cuando se sembró la semilla de la desgracia.

Solo y vencedor, Francisco miró con lástima al pobre hombre que se habían llevado casi arrastrando y aunque él también estaba ebrio perdido, no pareció  darle mucha importancia, todavía alcanzó a beberse el noveno tequila y pedir el décimo; algún tono en su voz, uno cuya sutileza no alcanzó a identificar, o tal vez un error en la dicción, hizo que a su pedido el cantinero contestara secamente:

-Usted está igual que su compañero, ni una más y se me larga por su propio pie antes de que lo ponga en la calle, como que me llamo Juan Martínez que lo mando a chingar a su madre.

Debió  haber sonreído, pagar la cuenta y salir a esperar en el auto a que se le pasara la colosal borrachera; pero no lo hizo. Sin saber porqué, conjuró  en su contra todos los númenes de la desgracia, incluido el peor de todos, el que más temía y más odiaba, el del ridículo. Sin pensarlo, como si alguien le hubiera puesto las palabras embutidas en la boca, contestó en el tono más agresivo de que era capaz:

 – Y usted es un triste payaso que no sabe cuidar su negocio.

Eso fue todo, pero había sido suficiente. El cantinero no pudo soportar ni esa ni ninguna más, salió de la barra, y después de llamar puta y payasa a la madre de Francisco, le propinó dos bofetadas que le hicieron retumbar la cabeza y sirvieron para desorientarlo completamente, lo arrastró  hasta la puerta y cuando el aire frío de la noche lo abofeteó una vez más, el cantinero le sacó la cartera para cobrarse con lo que quedaba del bono, la arrojó tan lejos como pudo y aún tuvo tiempo para lanzarlo a la calle, para quedar como barco varado en un mar de porquería, con el rostro metido en un charco de agua próxima a una coladera.

Francisco no respondió, no hizo nada. Durante unos minutos lloró con la cara pegada al charco, apenas pudo moverse se sintió ridículo, profundamente ridículo, como pudo se sentó en la banqueta y metió la mano al bolsillo izquierdo y comprobó que ahí estaba el diezmo de su hijo, al menos eso había rescatado, ahí estaban también las llaves del auto, sin embargo, debería soportar todavía más tiempo su patético estado hasta que fuera capaz de llegar al auto y conducirlo hasta su casa. Ese fue el origen de la desgracia.

Nunca comentó el incidente con nadie, entregó el porcentaje que correspondía a su hijo y a su mujer le dijo que el resto lo había depositado en su cuenta de banco, que al fin tendrían el pequeño ahorro para emergencias que habían planeado algún día.

Pero ese algo que se había roto en su conciencia emergía violento e incontrolable todos los jueves; como un tabú o una maldición, cada jueves, tras cerrar la cuenta en la empresa, iba solo donde mejor pudiera embrutecerse de alcohol, después caminaba seis, diez, quince cuadras, las que fueran necesarias para llegar justo enfrente de la Ciudad de Oviedo, a la prudente hora en que ya estuviera cerrada, para mentarle la madre al cantinero, amenazarlo de muerte y gritarle cuanto improperio pasara por su mente. Siempre a la misma hora, cada jueves una después del cierre de la cantina. Se desahogaba, siempre volvía a llorar, siempre se sentía absurdo, ridículo y patético, pero tenía miedo, un miedo animal y primitivo a ser humillado de nuevo.

El primer mes pasó sin novedades, para el segundo ya paseaban por ahí algunos vecinos para contemplar la patética figura del borracho que gritaba majaderías en la madrugada, y en el tercero, se abrió un capítulo que terminaría por joderlo todo como si no hubiera estado ya suficientemente jodido, en el tercer jueves del tercer mes, algún vecino tuvo la peregrina idea de llamar una patrulla. Los oficiales, advertidos de que se trataba del mismo borracho de siempre, que no parecía mal vestido y que en su estado resultaba poco menos que inofensivo, les pareció bien hacerle una visita de cortesía y escarmiento. Llegaron de inmediato y sin cruzar palabra con dos patadas lo metieron en la patrulla, lo insultaron hasta aburrirse, le quitaron su dinero y los zapatos y lo abandonaron en un parque a no más de diez minutos andando, pero eso también había sido suficiente, tuvo que saborear el amargo sabor del ridículo en cada paso que dio, primero para orientarse y luego para encontrar su auto; el maldito cantinero debía pagar por ello.

Si el vecino ofendido pensaba haberse librado de la plaga, se llevó una sorpresa cuando el jueves siguiente, puntual y ebrio como siempre, Francisco se apostó en su esquina y volvió a gritar maldiciones hasta cansarse en contra del cantinero que le había fastidiado la vida. El resignado vecino no podía percatarse que la escena no era la misma, porque en el bolsillo izquierdo, en el que tan bien había guardado el dinero que su hijo sabiamente se había ganado, ahora había una pistola que albergaba una sola bala, una sola porque no era un asesino, pero esa bala ya tenía vocación y dueño. Sólo hacía falta que apareciera el cantinero y que Francisco hubiera acumulado valor suficiente para encararlo.

Los meses pasaron, Francisco cambió de empleo, su hijo entró y salió de la universidad y se marchó fuera del país a seguir estudiando, se quedó solo con su mujer en un retiro adelantado y apacible. Los jueves se fueron acumulando, los taxistas pasaban a verlo tan solo para reírse un rato cuando las horas se hacían largas sin pasaje; con los años, hasta los niños se desvelaban de cuando en cuando para contemplar entre nerviosas carcajadas al ebrio de la calle de siempre, los padres lo citaban como mal ejemplo de lo que puede suceder si no se cuidaban los adolescentes del alcohol, hasta las prostitutas trataron de hacerle plática y siempre se fueron decepcionadas. Francisco no estaba de visita ni paraba para entretener o socializar, estaba cumpliendo su cita habitual con el destino.

Pero el día llegó, el único jueves en que se presentó sobrio. Sin saber cómo ni porqué, ese día salió de casa después de la comida, se despidió de su mujer como si no fuera a volver nunca y aunque ella no percibió la diferencia, Francisco sabía que la hora había sonado y que no pensaba resistir el ridículo que lo había carcomido hasta la médula desde hacía diez años.

Llegó a la barra y mientras aprisionaba la pistola dentro del bolsillo experimentó una mezcla horrenda de alivio y decepción cuando una jovencita de no más de veinte años se le acercó y le dijo:

– ¿Qué le voy a servir?

– Nada, estoy buscando a alguien.

– ¿A quién?

– Soy Francisco Daniel Gómez y busco a Juan Martínez para cobrarme una deuda.

– Uy amigo, pues su deuda se va a quedar como las otras, Juan Martínez era mi padre y se murió hace diez años, es más, este mes de julio cumplió sus diez años de muerto.

Francisco lo habría soportado todo menos eso. Habría soportado que lo arrojaran de nuevo al charco, que le mentaran la madre delante de todos, que a la mera hora no tuviera valor para accionar el arma, pero no que le dijeran que había hecho el payaso patético y ridículo todos esos años mentándole la madre a un muerto.

La hija de Martínez no entendió cuando Francisco lanzó un sollozo como de animal malherido, y sacó una pistola de su bolsillo. Francisco salió corriendo a la calle y se detuvo en la puerta de la Ciudad de Oviedo entendiendo que la única bala del arma, para no ser ridícula, debía cambiar de dueño.

 

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