El miércoles del presente: Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, para libre descarga

Para continuar nuestro viaje en Cisterna de Sol, qué mejor guía para entrar por la voz poética a la gran manzana; acompañemos en esta estación del itinerario a Federico García Lorca, para libre descarga:

La lista tonta de los jueves: Aeropuertos

A punto de comenzar nuestra travesía en Cisterna de Sol, uno de los lugares entrañables de nuestra cultura donde las lágrimas son más auténticas que en los funerales y los besos más sinceros que en las bodas. Ya se sabe, lo primero que se nota en una lista es lo que falta…

Cerca del fuego. José Agustín. https://www.cronica.com.mx/notas/2013/723424.html

Papel y tinta. María Reig. https://mispalabrasconletras.com/papel-y-tinta/

Los últimos días de nuestros padres. Joel Dicker. https://librosalaire.cl/2015/03/26/los-ultimos-dias-de-nuestros-padres-de-joel-dicker/

Tiempo y aeropuertos. Rogelio Navarro. http://eldespertadorpanamericano.com/rogelio-navarro-en-el-periodismo-se-quedan-los-que-aguantan-2/

Una noche de invierno. Laura Kasischke. https://es.babelio.com/livres/Kasischke-Una-noche-de-invierno/19124

Atlas de islas remotas. Judith Schalansky. https://www.nordicalibros.com/product/atlas-de-islas-remotas/

Vuelo final. Ken Follett. https://www.penguinlibros.com/es/novela-historica/35098-vuelo-final-9788497931427

La novela blanqueada. Iván Tolstoi. https://www.hislibris.com/la-novela-blanqueada-ivan-tolstoi/

Tokio blues. Haruki Murakami. https://www.sweetparanoia.com/tokio-blues-de-haruki-murakami/

Aeropuerto. Arthur Hailey. https://avia-es.com/blog/aeroport-artur-heyli

Aeropuertos. Alberto Fuguet. https://www.lecturalia.com/libro/69646/aeropuertos

Novecento. Alessandro Baricco. https://www.anagrama-ed.es/libro/compactos/novecento/9788433966223/CM_191

¿Olvida usted su equipaje? Jorge Ibargüengoitia. https://www.planetadelibros.com.mx/libro-olvida-usted-su-equipaje/269098

Propiedad privada. Lionel Shriver. https://www.eldiario.es/cultura/libros/escritora-lionel-shriver-propiedad-privada-entrevista-anagrama_1_6463058.html

Diario de Viaje. Fito Páez. https://www.planetadelibros.com.mx/libro-diario-de-viaje/243771

Los rodeos 1977. Rolan Galeas. https://eljardindeloscuriosos.com/libro/815/los-rodeos-1977/

El largo adiós. Raymond Chandler. https://www.elquintolibro.es/2019/09/resena-de-el-largo-adios/

Aeropuerto de Funchal. Ignacio Martínez de Pisón. http://redaragon.elperiodicodearagon.com/cultura/librosydiscos/default.asp?accion=mo&pkid=21001

Por los aires. Stephen King. https://www.penguinlibros.com/es/novela-negra-misterio-y-thriller/34413-por-los-aires-9788466349529

Todo arde. Nuria Barrios. https://www.delectoralector.com/todo-arde-de-nuria-barrios/

Las citas de los viernes: Cuba en bicicleta de Gabriel Pernau

Cuba en Bicicleta de Gabriel Pernau es una bocanada de aire fresco, una visita a Cuba, cubierta de cabo a rabo como diría García Márquez, rodando entre la gente y entre su alegría de vivir en el momento más difícil del «Periodo especial», lejana a concepciones prejuiciadas, a clichés o poses, este paseo nos trae lo mejor de los seres humanos. Editada por Ediciones B, esta crónica de viaje es mucho más que eso, es la alegría de viajar condensada en palabras.

Cuba en bicicleta de Gabriel Pernau. Ediciones B.


Ha dado unos dólares a un hombre para que le compre maría, y no ha vuelto. El ambiente es distendido entre los pasajeros del DC-10 con destino a La Habana que tuvo que aterrizar en Santiago por culpa del huracán. La gente ha dormido bien -afortunados ellos-, y el escenario acompaña. «Tu lus parese una estrella en el sielo…», «tu grasia al caminar…», canta la banda. Ay…, que nos pondremos tiernos. Qué calidez, qué dulzura… Dos horas aquí parecen suficientes para descargar todo el estrés acumulado en un año largo que se resistía a ceder paso a las vacaciones. Y ahora, en cambio… Miras fuera, hacia la calle, y ves este ritmo, esta reposada forma de caminar de la gente, sus miradas dulces sin la urgencia del tiempo, el ciclista que pasa con una maleta atada en el portabultos, el sidecar que carga un televisor, el Plymouth con los cristales rotos sotenidas con cordeles, los cargamentos humanos que acarrean los camiones… Sentarse, ver pasar el tiempo y la gente. Los grandes momentos de un viaje son, a menudo, los que menos te esperas. «Viene de Cuba, viene del Caribe..», cantan ahora los músicos de zapatos blancos, en momento en que un espontáneo sale a bailar al ritmo de los bongos. Esta alegría es pegadiza. Me pregunto cómo se puede vivir tan bien viviendo tan mal como viven ellos. Y viceversa, cómo puede ser que a veces vivamos tan mal en países donde se vive tan bien.


Me quedo un rato a la sombra, observando a las pocas personas que, de vez en cuando, pasan por aquí. Creía que eso del ritmo caribeño era una forma de bailar, pero ahora descubro que es mucho más, casi una filosofía, una forma de vida. Diría que los cubanos, cuando tienen que ir a algún sitio, no caminan, sino que se limitan a mover sinuosamente las piernas -primero una, luego la otra- seguramente con la esperanza de que el lugar al que se dirigen acuda a ellos. Se lo toman todo con filosofía. «No se apure», me han dicho más de una vez para advertirme de que no me dé prisa. Ellos no lo hacen. Es raro ver a alguien correr. Van haciendo, a su ritmo, pero hacen. Y mira, si no, la playa o la carretera, que ya están casi limpias tres días después del paso de Georges.“Su diseño y consistencia del sonido me cautivaron al instante”.


La mujer de la casa se llama Eneyda, y es encantadora. Me recibe con los brazos abiertos -¿Qué tal, Gabriel, cómo estás?»-, como si fuéramos amigos de toda la vida. Subo las bolsas a la habitación y corro al cuarto de baño a refrescarme. Mientras estoy bajo la ducha, oigo a una mujer que pasa por la calle implorar a un hombre: «Mi amor, dime algo, aunque sea mentira.» Cuánto sentido del humor y qué ternura, sólo en una frase.“Absolutamente impresionante. No se puede decir nada más de esta gente”.


No lo debo hacer del todo bien, sin embargo. A los peninsulares se nos reconoce de lejos porque pronun- ciamos las consonantes de forma dura. Hacemos las erres muy erres. A ellos les parece horrorosa nuestra forma de decir Ricardo Gutiérrez Ramírez. Quizá por eso dicen Licaldo Gutiélez Lamílez. Hablan más dulce que nosotros, hay que reconocerlo. Se columpian en las palabras, apoyándose en las vocales y rebotando en las consonantes sólo para tomar aire y suspirar: «Aamiiigoo, compaaаy…»“¡No hay nada en mi estudio con una calidad del sonido tan increíble!”


No difiere mucho de este diagnóstico un historiador de la ciudad, quien dice que el tiempo entre mediados del siglo XVIII y la Revolución es para Trinidad sus «cien años de soledad».“Su diseño y consistencia del sonido me cautivaron al instante”.


Unos pasos más allá, un niño descalzo me pide «una peseta». No quiere una rubia española sino una moneda, cualquiera, ya sea de peso como, preferiblemente, de dólar. Le regalo un bolígrafo y aprovecho para sacar- le una foto. «¡Vaya ojos! Por aquí debe de entrarle toda la vida», se maravillará mi madre al verla.“Absolutamente impresionante. No se puede decir nada más de esta gente”.


He lamentado decirle que no, porque parecía sincera. Me ha deseado que tenga felicidad, y yo a ella que tenga mucha suerte, que no es exactamente lo mismo. En el fondo, pensaba que en Cuba la gente va más escasa de buena fortuna que de felicidad.“¡No hay nada en mi estudio con una calidad del sonido tan increíble!”

El libro nuestro de cada martes: Agua Viva de Clarice Lispector

Libros son viajes, al mundo, al espacio, a los sueños y a nuestro propio interior; en algunos casos, como en el caso de Agua Viva de Clarice Lispector, la travesía es al interior de los recovecos del alma de su autora; mujer compleja, apasionada e inteligente, su recreación del mundo interior que se derramaba por sus letras es no sólo una fuente de placer, un desafío emocional, sino también una invitación a a acercarse a su obra.

La relación de México con el Brasil es mucho menos cercana de lo que pudiera ser; desde los tiempos en que don Alfonso Reyes fue nuestro primer embajador, a mediados del siglo XX, nuestras relaciones alcanzaron un grado de colaboración y comprensión entrañables, con las décadas, han seguido la tensión de la vida política, del precio del café o del cacao; acaso sea el turismo y el arte lo que más nos une; sin embargo, en materia de literatura salvo algunos nombres pronunciados con deleite como el de Jorge Amado, no solemos rondar aquellos parajes y es de tal modo que ignoro como se nos aprecia por aquellas latitudes. Lispector es una de esas voces que deberíamos atender con mayor frecuencia y afecto.

Agua Viva es el libro que lo es todo porque no es un texto de género conocido, es una exploración valiente, amazónica me atrevería a decir, en él se conjuga el placer y el dolor de una inteligencia que debe domeñar el mundo y de un corazón que se entrega por el placer de la dación y el abrazo.

Para mí, desde luego, el Brasil está muy ligado a las palabras del viejo don Alfonso… su casa de la Rua das Laranjeiras donde aprendían a cantar en español los pájaros; pero también cubierta por las narraciones de Jorge Amado y la música de Gilberto, de Gal Costa y Vinicius de Moraes; pero hay una intuición de que aquella gigantesca nación es un mundo mucho más rico, plena de sonidos que hacen honor al mestizaje, a las formas poéticas de la vida y de la literatura, por eso Lispector es toda una revelación, algo que por ningún motivo nadie puede perderse.

Algo sobre el libro:

http://www.siruela.com/catalogo.php?id_libro=2325

 

El libro nuestro de cada martes: La verdadera historia de la muerte De Francisco Franco de Max Aub

Hay temas a los que sólo puede uno acercarse mediante el humor; cosas así, ya se sabe, en las que la amargura o el dolor pueden ser tan intensas que destroza los fusibles de nuestros sentimientos y nos exhibe, queramos o no, ante las miserias que integran una parte de la condición humana. Reír libera, ayuda a sobre llevar la adversidad y es otra forma de aprendizaje.

El exilio republicano español en México es ahora una leyenda; asociado a  él figuran nombres enormes como León Felipe entre los que llegaron o Alfonso Reyes entre quienes los recibieron; pero en realidad es todo un universo social, histórico y humano que ha quedado entrelazado con otras fibras de ese tapiz colosal al que llamamos historia de México y claro, también de España.

Max Aub es uno de los miembros de ese transtierro que merecería ser más conocido y más leído; su combinación de sentido del humor, negro, ácido y no siempre fácil y su capacidad de observación, hacen que su pluma – volátil y ligera – nos diga cosas que a veces no queremos escuchar pero nos las dice de tal manera que tenemos que torcer un poco la boca para esconder la sonrisa que luce apenada por convivir con hermana, la lágrima.

En 1960 Seix Barral publicó en México «La verdadera historia de la muerte De Francisco Franco y otras historias», ese libro no pudo ver la luz en España sino hasta que el camarada se fue para siempre; en 2014 Cuadernos del vigía, de Granada, publicó una hermosa edición individual de la peculiar historia. De ella sólo quiero decir que es una de las más puras expresiones de aquellos años en que los exiliados no sabían que se quedarían para siempre, un retrato de aquel México y de aquella España, que la anécdota es suculenta y sabrosa y que la expresión bien merece dejarse perder en los extremos de dos países que se hermanaron en la desgracia y la esperanza y que lo hicieron constar en una literatura dotada de magníficos momentos. Quien se avenga con este libro, no quedará en modo alguno defraudado.

En 2002 Arturo Ripstein dirigió «La virgen de la Lujuria», basada en el cuento de Aub, se trata de una versión que enriquece o que, más bien, narra historias paralelas a lo que Aub dejó escrito. Aquí el tráiler… aunque me resisto a llamarlo así e insistiré en llamarlo, como antaño, el corto.

El Libro Nuestro de cada Martes: La vuelta al día en 80 mundos, de Julio Cortázar

Para cronopios, pequeñitos y grandotes, para viajeros de avión, tren, auto o del cómodo sofá de la sala; para quien viaja con maleta en mano o con la casa en la memoria. Para todos nosotros Julio, el gran Julio, escribió uno de sus libros más suculentos y más misteriosos; un juego de intereses y visiones que nos lleva al mundo onírico del gran cronopio y al mismo tiempo, nos reta al viaje interior de nuestros placeres y nuestras expectativas.

Un libro que habría de leerse, preferentemente, en la juventud, cuando uno tiene ganas de comerse el mundo pero que resultará en un elixir de eterna vitalidad para quienes se han creído aquello que no hemos de movernos para ser sedentarios y emprender la tarea de la cultura.

Hay que viajar y mientras aborda su próximo avión, toma la siguiente carretera o se embarca en el sueño de otras tierras y otras culturas. Disfrute de este enorme texto, dulce y retador, del gran Julio.

http://www.sigloxxieditores.com.ar/fichaLibro.php?libro=978-987-629-104-0

32,000 veces, ¡Gracias!

Gracias a su compañía y lectura, hemos superado las 32,000 visitas, hemos estado en todo el mundo platicando sobre el gran placer de leer y de mirar la existencia a través de los ojos del goce de la literatura.

Síganos acompañando en este viaje sin fin.

Como es tradición, Cisterna de Sol pone a su disposición una fotografía original para que disponga de ella. Como siempre, se agradecerá citar la fuente.

De corazón, a todos, 32,000 veces… Gracias!!!!!

venezia dogana

Praha en el espejo

Celebrando y agradeciendo las 15,000 visitas a Cisterna de Sol, ofrecemos a nuestros amigos esta imagen de Praha que bien puede usar como fondo de pantalla. 15,000 veces, ¡Gracias! Descargue usted y use la imagen libremente, se agradecerá citar la fuente.

 

praha bn cbch

VIAJERO

Para Almudena, que me salvó antes de haber nacido

No se puede saber cuál será nuestro viaje más largo. Una simple travesía de cinco minutos, un largo viajar al rededor del mundo. ¿Cómo saberlo? Los viajes no deben medirse en metros, kilómetros o millas, menos aún en minutos, horas o segundos. Ir, retornar, como un sueño y una pesadilla, sólo pueden medirse por la potencia de su contenido, por la fuerza de sus efectos; por su sabor. Nunca de otro modo.

No he viajado, fuera de mí, ni tan lejos ni tan largo, como para considerarme un viajero. Pero, como hemos convenido ya en que ambos criterios no son válidos, heme aquí, desde ayer, perteneciendo a una tribu nómada: los tránsfugas del recuerdo acre de la violencia.

Son las 23:00 horas del miércoles  15 de enero de 1997. Me dispongo a salir de la oficina con rumbo a casa, llamo a mi mujer para avisarle que voy en camino, reúno mis cosas. Me retiro.

Estoy un tanto fatigado, no lo suficiente como para no ir tejiendo mi telaraña contínua de historias, filosofías y ensoñaciones. Mientras el ascensor me lleva al nivel de la calle, me pregunto, ¿cómo reaccionaría si esa noche fuera víctima de un asalto? Pero, como si se tratara de un ave de mal augurio, ahuyento la idea, después de todo, aquello no tiene aviso.

Llevo conmigo unas cuantas pertenencias, pocas pero queridas, soy de esas personas que sólo utilizan bienes que tienen algún sentido personal, lo tienen o lo fabrico por influjo de memoria.

Por razones de seguridad le pido a uno de los policías que me acompañe a esperar un taxi. Son las 23:05, la calle de Mariano Escobedo, siempre mal iluminada, está desierta desde las ocho de la noche. Un taxi, en contrasentido de la calle, pasa en disposición habitual de buscar pasajeros. Desde hace un par de años, algunas normas oficiales invirtieron los habituales usos del transporte público. Hoy, son los taxis los que buscan pasajeros, rara vez alguien sale a tratar de encontrarlos, ellos vienen solos.

Mi espera no es superior a los cinco minutos, el taxi regresa sobre la avenida, justo en el primer retorno y se detiene a las puertas de la oficina. Lo abordo, inicia la habitual travesía de cinco minutos más rumbo a casa.

Como para ahuyentar los malos espíritus, para crear un lenguaje común y, en fin, crear el aura de solidaridad necesaria para soportar el hecho de que dos desconocidos se desplacen a ochenta kilómetros por hora sobre una cinta de asfalto. Metafísicamente, esta conversación, hace que perdamos la sensación de absurdo que acompaña a dos desconocidos que se confían sus destinos, al menos durante unos minutos.

En la Ciudad de México, en estos tiempos, a las 23:10 horas, ¿de qué pueden hablar dos hombres solos? De las pésimas condiciones de la seguridad pública. Que si hay que cuidarse, pero cómo, si todos los delitos están formados por dos elementos fundamentales: el azar – contra cuyo imperio es imposible rebelarse – y la excesiva confianza, necesaria para vivir con un mínimo de decoro y dignidad. Es decir, la única previsión factible es tomar ciertas precauciones básicas, y tener en mente que, a fin de cuentas, de poco sirven.

Sentado el mínimo de confianza, es tiempo de llevar la conversación por nuevos rumbos, una plática más amable para el último par de minutos. Elijo un fácil lugar común, algo bien ensayado, de modo que las palabras corran libres al principio, sólo para indagar si este nuevo interlocutor puede llevarme a un sitio ignoto, como ocasionalmente me ha sucedido.

Selecciono, entre mis temas habituales, la oportunidad que brinda el taxi de conocer gente diferente, la sensación de libertad y la comodidad de ser el propio jefe. Pero dos circunstancias no me ayudan en mi afán conversador. El chofer no es muy imaginativo, o no practica el arte de dialogar, además, hemos llegado.

Pienso, de pronto, que es una lástima haber subido a un taxi cuyo conductor no platica con soltura. En mi larga experiencia como dialoguista en autos del transporte público, me he encontrado con auténticos maestros, de los cuales, en no pocas ocasiones, he aprendido algunas frases ingeniosas, técnicas para alargar el diálogo sobre los temas más insulsos; he recibido algunas lecciones de humanidad, de cariño por el trabajo y hasta de resignación por un oficio ingrato, no siempre bien remunerado y, ante todo, profundamente incomprendido.

Soy poco docto en la gran mayoría de los temas que atañen a un hombre de actualidad, pero en materia de taxis y taxistas me considero un conocedor. Este chofer, me parece, puede ser inscrito en el rubro de los reflexivos, pariente cercano de los aburridos.

Cuando doblamos sobre el puente que sigue a la Calzada de Legaria, doy la indicación tradicional que he oído y pronunciado, sacramentalmente, desde hace más de veinte años:

Bajando el puente, se pega a la derecha e inmediatamente, donde está la casa blanca, ahí nos quedamos.

Siempre que digo esta frase se me llena la cabeza de recuerdos dulces de infancia, también cuando desciendo del vehículo y camino unos pasos, antes hasta la casa familiar, y ahora hasta la mía.

El taxista baja la velocidad y se desplaza hacia la derecha, precavido mira por el retrovisor hacia la calle que entronca con la avenida principal. Casi al llegar a la casa blanca, miro el taxímetro, señala los consabidos ocho pesos, más los dos extras por tarifa nocturna, conforme a lo previsto, diez pesos, centavos más, centavos menos.

Con la billetera en la mano, me dispongo a pagar. Apenas se ha detenido el taxi, entonces, el auténtico viaje apenas comienza.

Frena el taxi, miro la billetera para sacar uno de diez pesos. Todo es un segundo. Se abre la puerta del volkswagen, suben dos personas, el primero se deja caer de espaldas, a mi lado derecho, el otro se amontona junto al chofer. No puedo decir que los he visto. Al subir, el de mi derecho grita que cierre los ojos; durante aquella diminuta eternidad que es una fracción se segundo, me parece que adivino el rostro del hombre que se ha hecho un ovillo en frente mío. Es un rostro cetrino, con una mirada azorada, como de angustia, de odio, o mejor aún, la precisa intensión del que cumple con un deber que no le gusta realizar, que pesa, sin que llegue a ser aborrecible. Una mirada de espanto, que mal trata de ocultar el vacío.

La primera estación del viaje se ha cumplido, luego de un tedioso preludio. Mi compañero de asiento adopta el papel del jefe.

 

  • A ver, cierra los ojos, trabajamos por esta zona, no nos vayas a ver, qué tal que un día nos reconozcas si nos vemos por aquí.
  • Los traigo cerrados, señor.
  • A ver tú, taxista, sigue de frente, no bajes la velocidad. Yo te digo por dónde. Maneja como si no pasara nada. Nada de hacerte el héroe porque te carga la chingada. ¿Tienes hijos, taxista?
  • Sí señor, tendo dos.
  • Pues piensa en ellos y no vayas a hacer una pendejada.

 

Siento cómo toma mi billetera que está sobre mi pierna derecha. Sé que la revisa, mientras, sigue dando órdenes.

 

  • Fíjate bien lo que te voy a decir. Tranquilo, no te va a pasar nada. Escúchame bien. Traemos una bronca y andamos sobre la lana. No te va a pasar nada. Tranquilo.

 

Su voz suena intimidatoria. Aunque dice que no me hará daño, lo hace en un tono de seguridad que me deja claro el mensaje. Soy dueño de tu vida. Sin embargo, le creo.

Cuando hago mi ademán habitual de juntar las manos, para entrelazar los dedos, me habla más fuerte, pero no me grita.

 

  • No muevas las manos, déjalas quietas, donde yo las vea.

 

Estiro los dedos y dejo mis manos inermes, descansando las palmas sobre mis piernas.

 

  • ¿Cómo te llamas?
  • Benedicto Callejas.
  • ¿Cómo?
  • César Benedicto Callejas Hernández.

 

Le he dicho la verdad, recuerdo traer una tarjeta para disposición de efectivo, una tarjeta que nunca he usado. Resulta tan paradójico perderme por una tarjeta que nunca uso, que jamás solicité y cuyo saldo es de, aproximadamente, sesenta centavos.

Tengo tiempo de pensar mientras respondo a sus preguntas. Pienso que voy a morir. Entonces, me viene a la memoria mi esposa que, viuda prematura, volverá a la casa de su madre, sin que pueda quitarse nunca la sensación de que muchas promesas no se cumplieron. Pero no es posible, su lugar es conmigo.

Pienso en mi madre, en mi padre, en mis hermanos. Pienso en Alicia y Alfonso Reyes, particularmente en cuánto extraño la Capilla Alfonsina, con el mismo deseo que extraño mi propia biblioteca.

Tengo en la billetera sólo treinta pesos. Yo, que nunca he sido asaltado, solía bromear con los taxistas sobre cuánto hace enojar a los ladrones el que uno traiga poco dinero. Solía decir, “hay que traer lo propio y cincuenta pesos para el ratero”. Entonces vuelvo a creer que van a matarme, sin duda, soy una víctima de mis propias teorías.

 

  • ¿Es todo lo que traes?
  • Sí, señor.
  • ¿Porqué tan poco?
  • Por que trabajo en la Secretaría de Educación, Señor, y todavía no nos pagan.
  • Dime la verdad, si te caigo en algo que no sea cierto, te mueres.
  • Si señor, es la verdad
  • Aquí traes una tarjeta de Inverlat. ¿Cuánto tienes ahí?
  • Nada, supongo que debe tener sesenta centavos, más o menos, es una tarjeta que ya no uso. Es que antes trabajaba en Sedesol y así nos pagaban, luego me cambié de trabajo y ahora soy jefe de departamento en Educación y nos pagan con cheque federal. Pero todavía no me han pagado.
  • ¿Cuál es el número?
  • 1805. No recuerdo bien.

 

En realidad es un número que se me ocurre. La desdichada tarjeta ni siquiera tiene número asignado y va a ser mi desgracia. Ahora lo escucho más violento, pero no me grita.

 

  • Me voy a bajar a revisar, y si no es el número o tienes algo, carreterazo. Te voy a poner una madriza que vas a regresar a tu cantón para que te echen en la fosa, para que te entierren.¿Cuál es el número?
  • Trato de acordarme, 1805. Pero no tiene dinero.
  • ¿Quieres que le dé unos piquetes para que se acuerde, pareja?

 

Es la primera vez que oigo hablar al cetrino. Su voz se parece a sus ojos, a su mirada: hueca, sin convicción. Yo que no soy un valiente, que le tengo terror al dolor físico, no me he amedrentado con la pregunta, no ha logrado convencerme. Es al otro al que temo, al que me ha dicho que no me sucederá nada. El mismo que me humilla a cada segundo en que me hace sentir su poder primitivo y animal, el de ser dueño de la vida y destino del otro, el auténtico y verdadero poder, el de imponer la voluntad al que objetiva o circunstancialmente es inferior de alguna manera.

Trato de mantener mi dignidad intacta. A estas alturas, junto con mi inteligencia y mi memoria, es mi único patrimonio, y lo único que no estoy dispuesto a perder. Lo engaño, no soy su siervo, soy su colaborador. Mal que me pese, lo ayudo a que haga su trabajo, sin dificultades.

Siguen las indicaciones al chofer. A partir de que se ha mencionado la tarjeta pienso que tomamos el rumbo de la Avenida de las Palmas, como siento el subir de un puente, supongo que me hará bajar en alguna esquina, la de Montes Cárpatos, o algo así, digamos en la esquina de la Pastelería La Baguette, pero de repente recuerdo que esa pastelería ya no existe y que el cajero automático más cercano está a un par de cuadras. Así, me doy cuenta de mi propio truco, quiero morir en un lugar conocido.

 

  • Quítale los lentes porque no puedo ver si trae los ojos cerrados. ¿Son de aumento, verdad?

 

No le respondo. Aunque su voz me parece más nerviosa y apremiante, quizá por la incómoda posición que ocupa, lo siento incapaz de hacer algo sin la anuencia del jefe, de mi guía en este viaje.

 

  • ¿Qué más traes?
  • Mi anillo de bodas, mi pulsera y mi reloj de bolsillo.

 

He olvidado mencionar mi pluma Waterman. Comienza a despojarme. Primero el anillo. Lo hace con cuidado, casi con cortesía.

 

  • ¿Porqué te sudan las manos? No te va a pasar nada.

 

Me gustaría decirle que es mi primera vez. Lo pienso sin sorna, pero la frase me suena graciosa y no quiero enfadarlo. Me parecen tan estúpidas la pregunta y la respuesta, que me abstengo de contestar.

Me trata de quitar el reloj, cautivo en su caja de cuero que pende de mi cinturón. Lo desabrocha para hacerse de la presa.

 

  • ¿Puedes hacerte para adelante?

 

Obedezco. Aunque esta vez me parece que concedo. La pregunta me ha parecido más una solicitud que una orden. Aun así, sigue siendo humillante, no tengo opción y me impulso despacio al frente.

 

  • ¡Que le quites los lentes! No veo si trae los ojos cerrados, insiste el cetrino, con una voz más histérica. Esta vez, su desesperación ha logrado asustarme.

 

Mientras, escucho a mi compañero de asiento cómo trata de encontrar el mecanismo que libera la tapa de la cápsula del reloj. Me hago un hueco en el corazón, selecciono lo mejor posible mis palabras y me atrevo.

 

  • ¿Podría quitarme los anteojos? Me cuesta trabajo mantener los ojos cerrados.
  • Te los voy a poner en las manos. Tenlos donde yo los vea.

 

Pienso que vamos a la altura de Insurgentes, más o menos por la notaría donde tuve mi primer empleo. De nuevo, el deseo de estar en un lugar conocido.

Arranca un botón de mi camisa, mete la mano para buscar alguna cadena. Me alegra saber que lo he decepcionado. Siente la pluma en el bolsillo de la camisa. la toma. Hurga en los tres bolsillos de mi pantalón, juega un momento con mis llaves y las devuelve a su lugar, trata de quitarme la corbata. Acostumbro aquel tipo de nudos que no pueden deshacerse sino con suavidad. Tengo miedo de que me ahorque con mi propia corbata, tengo que auxiliarlo.

 

  • ¿Quiere que me quite la corbata?
  • Sí.

 

Levanto las manos, me quito la corbata, con el mayor cuidado para que el nudo no se atasque y todo resulte con una perfección casi ensayada. Una vez fuera, desbarato el nudo y le entrego la corbata, vieja ya de cuatro años y un poco raída.

Bajo mis manos sin esperar la orden, las devuelvo a su posición anterior. Le he recordado la pulsera y me la quita con idéntico cuidado. Sigue con el suéter, como no puede retirarme la manga izquierda, me ordena que le ayude.

 

  • Traes dinero en los zapatos.
  • No señor.
  • ¿Qué, te apestan los pies?
  • No señor.
  • Te voy a quitar los zapatos y si traes dinero, te mato.
  • Supongo que sí, señor, pero no traigo.

 

Adelanto los pies un poco y el cetrino me quita el calzado, revisa mis pies ejerciendo una leve presión que no alcanza a lastimarme. No es sino hasta entonces que siento mucho frío.

 

– ¿Como ves, pareja? Pregunta el jefe.

 

Conozco entonces el sabor del miedo. Mi guía me ha traicionado. hasta ahora él ha tomado las decisiones. ¿Porqué le pide mi sentencia al cetrino, cuya vacuidad ha logrado aterrorizarme? El jefe ha dictado la ruta, le gritó al chofer dos veces que se había metido en sentido contrario y en ese momento amenazó con matarlo. Si él era dueño de mi vida, ¿porqué le cedió el poder al cetrino? Supongo que se hicieron alguna seña. No lo sé.

Siento como introduce un paquete en el bolsillo de mi camisa y mi terror se multiplica. Creo que ha puesto un sobre con drogas en mi camisa, son policías y lo que sigue es macabramente previsible.

 

  • Taxista, a la otra esquina te paras.

 

Siento descender la velocidad del vehículo.

 

  • No te hagas pendejo, a la otra.
  • A ver, César. Te voy a poner los lentes. Voltea a donde estoy. No abras los ojos. Cuando nos paremos, te bajas y caminas conmigo.

 

El taxi se detiene. Oigo abrirse la puerta y siento una expiración de noche invernal. Baja el jefe y yo tras él. De frente, abro los ojos y miro el letrero que dice, “Cda. Cedro”, no me lo explico, camino unos pasos y veo una esquina. No escucho pisadas detrás mío y entonces, aprieto el paso esperando la descarga matadora. No llega nunca. No oigo el arrancar del motor, pero sé que se han llevado al taxista con ellos. Al pisar la esquina, llega un taxi. Lo detengo, abordo y descubro que el paquete en mi bolsillo son los documentos que portaba en la billetera. Comienzo a contarle mi historia. Esta vez no será una plática prefabricada. Fin de la estación más larga del viaje.

Pregunto la hora. 23:10, marca el reloj de la radio. Es un error, tal vez no. Nunca sabré cuánto duró el viaje más largo de mi vida. Fin de una estación importante aunque poco vistosa.

Sin duda sorprende cuántos lugares comunes pueden hallarse en los momentos álgidos de la vida. Lo sublime y lo sutil del acontecer humano son reconstrucciones de la memoria, ejercicios de literatura y, finalmente, humanas reducciones artísticas. La realidad, el ser cotidiano, es siempre algo más sencillo, a veces mas cursi, y en ciertas manifestaciones – bodas, el 10 de mayo o las fiestas familiares – incluso rayano en lo kitch. Ese es el regulador de nuestra sanidad mental, mantienen habitable nuestro cuerpo mortal y nos permiten apreciar lo auténticamente grande.

Después de un viaje así, hay que enfrentar momentos de verdadera cursilería que tornan el ánimo al nivel del hombre de todos los días. A la mañana siguiente lo compruebo. Amanecer es volver a nacer. Un leve dolor, en la parte inferior derecha del cráneo, a causa del persistente beso de un cañón de pistola, al ritmo del rebotar de un taxi, me deja apreciar la alegre novedad de un día que empieza, como una promesa por cumplirse.

Como todo viaje, éste también me ha dejado su cauda de preguntas, de reconstrucciones, de reflexiones. Nunca podré reconocer al jefe, ni al cetrino. Ni aunque volviera a oír sus voces. cuando el jefe me puso los anteojos, me pidió que volteara el rostro en frente suyo. Tengo los ojos cerrados, la dignidad intacta que se me escapa por los rasgos de la cara. Trato de mantenerme erguido mientras siento como el jefe se aprende las dimensiones de mi rostro. Ellos siempre podrán reconocerme, rehacer el cuadro completo. A mi se me concedió la supervivencia, que es ya demasiado, pero no el privilegio de engendrar el odio. No puede odiarse a quien no se conoce.

Jefe y cetrino son arquetipos. Hoy mismo pude haber comido con ellos, otro día puedo viajar en el metro con alguno. Son arquetipos y por eso la perfección de su humillación, en esas circunstancias permanecerá en tanto los tres permanezcamos o ellos me olviden, porque yo no deseo olvidarlos.

Entre el botín de su pírrica hazaña se han llevado un ejemplar de Ortodoxia de G. K. Chesterton, traducción de Alfonso Reyes, que he leído hasta la mitad. Lo dudo, pero ojalá les aproveche.

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