Visión de Anáhuac, palabras de César Benedicto Callejas en la presentación del Prólogo de Javier Garciadiego a la Edición del Colegio Nacional

Si no tuvo oportunidad de acompañarnos, aquí, las palabras que pronuncié ayer en la presentación del Prólogo de Javier Garciadiego a la Edición del Colegio Nacional de Visión de Anáhuac de Alfonso Reyes

PROLOGO DE JAVIER GARCIADIEGO A LA VISIÓN DE ANÁHUAC DE ALFONSO REYES

César Benedicto Callejas

Capilla Alfonsina

Enero 29, 2020

Es ya una grata costumbre que siempre que me invitan a la Capilla, tenga mucho que agradecer. El día de hoy, desde luego, a la generosidad de la Secretaría de Cultura, del Colegio Nacional y del Instituto Nacional de Bellas Artes y en particular, a don Javier Garcíadiego a quien desde luego debo mucho de cuanto se sobre Reyes.

Durante décadas, muchos años, acaso desde el centenario del natalicio de Reyes, en el ya lejano 1989, los alfonsistas discurrimos como una especie de secta solitaria, un grupo reducido y al parecer condenado a rendir culto a un autor mencionado por todos, conocido por muchos, pero leído por muy pocos, da cuenta de ello que junto a las monumentales obras completas, el ejercicio editorial de las obras de don Alfonso no parecían elevarse y en realidad se trataba de trabajos casi siempre académicos y de circulación muy reducida. El hecho estaba ahí, con los años, esos Alfonsistas recondujeron sus trabajos hacia un contacto con los lectores, una especie de revitalización de la obra de don Alfonso fue gestándose y hoy nos encontramos en lo que bien podríamos llamar un renacimiento de la obra de Alfonso Reyes.

Este capítulo tiene, como es natural muchos protagonistas, en varios rincones del mundo; me limitaré sólo a hacer referencia a los trabajos minuciosos de Alberto Enríquez Perea; a los de museografía y difusión de Héctor Perea y a los de la revalorización del canon Alfonsino de don Adolfo Castañón; en Monterrey la labor de diálogo y apertura de Minerva Margarita Villarreal, de querida memoria y al selecto y bien hecho trabajo editorial de Celso José Garza, Antonio Ramos Revillas y José Javier Villarreal, en la creación de las ediciones individuales y de sus trabajos críticos y, en España, la labor que realizó Pablo Raphael, curiosamente también en torno a la Visión de Anáhuac, desde el instituto de Cultura México – España. Son muchos los que todavía habría que mencionar, como la Cátedra Alfonso Reyes de Monterrey la propia en Cuernavaca, incluso quienes hemos novelado en torno a la vida y la obra de nuestro autor.

Sin embargo, sería inapropiado y poco justo dejar de mencionar que uno de los epicentros de este renacimiento se sitúa en la Capilla Alfonsina con la llegada de Garciadiego como su Director; después de las décadas de labor ingente y generosa de nuestra querida Alicia Reyes, de llorada y dulce memoria, la Capilla encontró un director que ha tenido el ingenio y la paciencia de insuflarle vida y actividad. Hoy una buena muestra es la serie de actividades Alfonsinas que aquí se realizan, el diálogo abierto entre la exposición en el Museo Nacional de Antropología, la edición de la Visión de Anáhuac prologada por don Javier y esta presentación. De eso, de este renacer es justo de lo que estamos hablando hoy.

Presenta Garcíadiego un texto al que llama, acaso por su tendencia guardar mesura y eludir los protagonismos: “Prologo” y me parece que ese el único punto en que algo falla, no se trata de un prólogo. Veamos, el diccionario de la Academia propone cuatro acepciones para la palabra prólogo; descartemos la cuarta por obviedad, “discurso que en el teatro griego y latino, y también en el moderno, precede al poema dramático…”, tampoco la segunda nos conviene: “aquello que sirve como de exordio o principio para ejecutar una cosa…”; pero la primera “texto preliminar de un libro, escrito por el autor o por otra persona, que sirve de introducción a su lectura…” o la tercera: “primera parte de una obra, en la que se refieren hechos anteriores a los recogidos en ella o reflexiones relacionadas con su tema central”, tampoco satisfacen, porque si bien es cierto que el texto de Garcíadiego sirve al de Reyes e introduce en su lectura, en realidad es algo más que esa introducción y también algo más que la referencia a los hechos anteriores relacionados con su tema central. Vale más, me parece, en este caso ofrecer al público lector, la Visión de Anáhuac con un estudio preliminar de don Javier.

Sin duda contaminado por la afición reyesiana de saltar entre géneros, a no atenerse a la comunidad expresiva de ninguno y encontrar en todos las herramientas necesarias para mejor decir lo que se piensa, don Javier discurre entre el trabajo de divulgación y el documento académico, sin duda un afortunado acierto es acumular las citas a pie de página al final del estudio, de modo que encontramos un auténtico arsenal documental informativo que no estorba en la lectura de aquel otro documento, el de divulgación. Esta es la puerta por la que debe entrar el lector de la Visión de Anáhuac, tanto el avezado como el novato, por el de la invitación curiosa, amable. Garciadiego sabe cómo atraer, poniendo pequeños cebos para el cazador de novedades, de peculiaridades y también de hechos contundentes.

Debo reconocer, sin duda, mi coincidencia con el autor del llamado prólogo, en el hecho de que la Visión de Anáhuac es un libro de profundo sentido vivencial para Alfonso Reyes, es una vuelta a las imprentas después de años torturados de ausencia, es también el canto del exiliado en su encuentro con el país que no existe ya más que en su memoria y al que ya no podrá más volver, al menos no en la forma en que lo ha recordado, como decía Françoise Sagan, “la admiración es amor congelado”, en esa admiración congela Reyes el amor por una tierra que cambia mientras el se busca la vida en el Madrid donde no le quedan más que tres armas: la palabra, la pluma y sus amistades.

Paso a paso, tal vez sin proponérselo, don Javier va escribiendo una pequeña novela cuyo protagonista es el libro, lo narra desde su génesis hasta el día de hoy, su batallar para ver la luz, la forma en que fue madurando dentro del gusto y la difusión y el estallido de su carácter como símbolo cultural de nuestra cultura, lo señala con acierto el autor del estudio preliminar: el Huapango de Moncayo, el mural de la escalinata de Palacio Nacional y la Visión de Anáhuac. Pero es precisamente esta superposición de dos modelos de discurrir, la erudita y la vivencial, la que dan carácter al trabajo de Garcíadiego, revela muchos puntos en los que discurren los debates sobre la Visión de Anáhuac, como el origen del celebérrimo epígrafe: Viajero has llegado a la región mas transparente del aire (como dicen mis hijos, si no lo digo, reviento) o su inclusión como título de la novela de Carlos Fuentes; pero sobre todo, revela la forma en que el texto fue modificado en su lectura y presencia a través del diálogo con la comunidad intelectual, los editores y los lectores; debo agradecer cumplidamente haber incluido en su texto la nota sobre la presencia de la frase en la película de Arau, Calzonzin Inspector, sobre los Supermachos de Rius y que me permití referir en un artículo sobre la Visión que generosamente publicó la Universidad Autónoma de Nuevo León: muchas gracias.

Pero además, es afortunado don Javier, su texto consta en una edición pequeña, bien armada, editada con encanto, algo que me hizo recordar uno de los aforismos de Gracián: “pretendo formar con un libro enano un varón gigante”. Me parece, que este renacimiento de la lectura Alfonsina sólo puede andar por ese camino, libros accesibles y bonitos, que inviten a la lectura y, hay que decirlo, al descubrimiento de Alfonso Reyes.

Apuntaré, por otra parte, una coincidencia más, como percibe don Javier, Reyes va mucho más allá de los juegos de las coincidencias curiosas y se empeña en demostrar la existencia de un alma común en el lejano pasado de México y el alma nutricia española, pero que no puede confundirse con ninguna y que existe con carácter propio y como respuesta a un particular sentido histórico; de ahí que el final de la Visión pueda ser considerado como la credencial de identidad de las letras alfonsinas y también una de las miradas más profundas del sentido de lo mexicano, más lejana de Vasconcelos y más cercana a Octavio Paz y a Carlos Fuentes, es decir, más distante de su generación y más próxima a la de sus discípulos. Termina Reyes la Visión de Anáhuac diciendo:

Cualquiera que sea la doctrina histórica que se profese (y no soy de los que sueñan en perpetuaciones absurdas de la tradición indígena, y ni siquiera fío demasiado en perpetuaciones de la española), nos une con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa; esfuerzo que es la base bruta de la historia. Nos une también la comunidad, mucho más profunda, de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural. El choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra, engendra un alma común.

Celebro el carácter contemporáneo del estudio de Garciadiego, me llama la atención su encadenamiento con la reciente novela de Enrique Serna, “El vendedor de Silencio”, sobre la relación entre Alfonso Reyes y Carlos Denegri; en tal sentido da una mirada sobre la presencia de Reyes en la vida cultural contemporánea. Y a todo esto, me queda claro, hace evidente la atemporalidad de la Visión; porque en el fondo, sobre lo que disertan tanto Reyes como Garciadiego, es sobre la identidad nacional, sobre los asideros de la realidad sobre la que podamos fincar un rostro en un mundo cada vez más complejo

Garciadiego, insisto, no prologa, emprende una reelectura de Reyes podría en un intento por redimensionar su expresión y sus motivos para abrir nuevos diálogos transgeneracionales. Por ejemplo si donde la lectura y la interpretación de la Visión de Anáhuac explora el punto historiográfico, el manejo de las fuentes o la construcción de la narrativa complementa con una exploración vivencias no sólo como discurso poético del imperio azteca minutos antes de su extinción, sino como la mirada de un exiliado en la dulce y cruel tarea de recuperar lo más preciado del mundo que ha tenido que abandonar y de que no sabe si algún día podrá volver a habitar; si pudiéramos dedicarnos a compartir el goce de un elenco tan profundo de sensaciones, sentimientos e ideas podríamos vislumbrar muchos de los elementos que poblarán sus páginas hasta el final de sus días.

Sin duda, uno de los libros más celebrados de Alfonso Reyes es Visión de Anáhuac; una búsqueda simple de los registros de ISBN arrojan tan sólo en lengua española, más de veinte ediciones en los últimos diez años, ello también descontando los formatos sonoros y digitales; desde luego, se trata de un libro vigente, con vida propia más allá de las obras completas y que se presenta como uno de los pilares sobre los que habitualmente se construyen las antologías reyesianas. Sin embargo, los análisis más comunes que sobre él se escriben separan al lector cotidiano del académico y versan, en especial sobre aspectos geográficos e historiográficos que se encuentran como apostillas a un texto que, de origen, constituye una ensoñación de exiliado referente al paraíso perdido. Romper estas inercias es el reto que asumió don Javier en su texto y no dudo en afirmar que lo logró con gran fortuna.

Muchas gracias.

Alfonso Reyes y Carlos Fuentes en la Región más Transparente

En la entrada de su diario correspondiente al domingo 17 de febrero de 1957; Reyes apunta:

Muy molesto con las raras notitas de Fedro Guillén, hasta hoy tan mi amigo, en El Nacional, suplemento. Viene a verme Juan Rejano, a petición mía y aunque ya no dirige el suplemento, me ofrece charlar discreta y amistosamente con Guillén para averiguar qué le pasa, y me trae su poemita “La respuesta” en memoria de Antonio Machado, y una novelita de su esposa Luisa Carnés, Juan Caballero.

Fedro Guillén se refiere al epígrafe de Reyes exponiendo cierto velado debate sobre su autoría; es notorio que a don Alfonso, como en la mayor parte de sus reacciones frente a la críticas de esa naturaleza, le duele la incomprensión de sus letras y aspira a una lectura más simple, límpida y sincera de su obra:

Fedro Guillén escribió lo siguiente: “En nota anterior hablábamos de la frase “Viajero, has llegado a la región más transparente del aire”, que en parte, utilizará Carlos Fuentes para su próxima novela. Al afirmar que dicha frase no pertenece a Alfonso Reyes, como se cree, bueno sería añadir que tampoco el maestro mexicano se la ha atribuido. (Por cierto, con el gusto de siempre recibimos una felicitación de año de don Alfonso Reyes con unos hermosos latines de Cicerón)” (Fedro Guillén, La cultura en México, suplemento semanario de El Nacional, 2ª época, núm. 516. 17 de febrero de 1957.

Una de las peculiaridades de don Alfonso en relación con el conjunto de so obra es su cuidado constante; no sólo como creador y como coadyuvante en su edición, sino también a su lectura, crítica, difusión y trascendencia. Por la mañana Reyes ha leído el artículo de Guillén, ese mismo día ha llamado a Rejano y para el anochecer ha dado cuenta de los hechos; es posible que si se hubiera tratado de otro texto, don Alfonso habría sido más indulgente o incluso menos atingente, pero como individuo, a lo largo de toda su vida, dará muestras de su especial afecto por la Visión de Anáhuac.

Después de todo, tanto la frase como el texto remiten a Don Alfonso a un tiempo y a un lugar mucho mejor. En 1911, Reyes publicó “El paisaje en la poesía mexicana del siglo XIX”, en aquel ensayo, el entonces joven Alfonso se refirió por primera vez al epígrafe y a su relación con Humboldt:

Ya el barón de Humboldt – el grande viajero que ha sancionado con su nombre el orgullo de la Nueva España, hombre clásico y universal como los que criaba el Renacimiento y que conservó, hasta en su siglo, la antigua manera de aprender la sabiduría viajando y de escribir tan sólo sobre recuerdos y meditaciones de la propia vida – señalaba, en su Ensayo político, la grande reverberación de los rayos solares producida por nuestra enorme masa de cordilleras y la alta planicie que es, en extensión y en altura, la mayor del mundo.

Así nosotros, como los griegos que tan estimosamente elogiaban, por inscripciones grabadas a las puertas de sus ciudades, las bondades de la tierra y su clima, y a éste le llamaban “el predilecto de los dioses”, pudiéramos, sin hipérbole, escribir a la entrada de nuestra alta llanura central: – Caminante: has llegado a la región más propicia para vagar libre del espíritu. Caminante: has llegado a la región más transparente del aire.

Cuatro años después, en Madrid, Reyes recupera la frase, la purifica y la dota de sencilla elegancia, como recuperando para sí un mundo, un espacio y un tiempo dorados antes de que la vorágine del destino y de la historia lo lanzaran más allá del océano y de su privilegiado entorno familiar. De muchas formas, la Visión de Anáhuac abría las puertas del recuerdo y del bienestar a Reyes, marcaba su equilibrio y lo retornaba a cierta edad de la inocencia en que todo estaba aún por escribir.

Si bien es cierto que la Visión no es el primer libro de Reyes, también lo es que sí se trata de la primera de sus obras maestras. De la importancia y trascendencia de libro no puede dudarse, como tampoco puede omitirse la singular relación entre el famoso epígrafe reyesiano y la novela de Carlos Fuentes “La región más transparente” que constituye el mayor homenaje a Reyes y a su texto, pero también la voz disonante y el mayor distractor para su fama.

Fedro Guillén había anunciado la novela de Carlos Fuentes pues ésta había aparecido de modo fragmentario, en cuentos y adelantos, en la Revista de Literatura mexicana, entre los años de 1955 y 1956, publicación entonces dirigida por Emmanuel Carballo y el propio Fuentes; desde luego, no es casualidad entonces que ambos coincidieran en la entrega a su amigo y maestro un ejemplar de “La Región más transparente”. Reyes recoge ese momento en la anotación de su diario correspondiente al 29 de marzo de 1958:

Reunión matinal en casa de Cuadernos americanos… a las 5 pm, estoy esperando a Carballo con su primer boceto de entrevista. Llegó con el fotógrafo Salazar. Algo hicimos: poco, porque me desazonó la perra Lady que rasguño con un colmillo a la pobre Laurita de Carballo. Nada serio. Carlitos Fuentes me trae su libro “La región más transparente”.

Como revelaron en su momento Javier Garciadiego en su “Alfonso Reyes y Carlos Fuentes, una amistad literaria” y Emmanuel Carballo en su “Protagonistas de la literatura mexicana”; la publicación de la novela significó una desavenencia literaria, estética, que no personal ni emocional entre Reyes y Fuentes:

Sin embargo, el propio Carlos Fuentes develó el misterio al confesar haber recibido una carta “fulminante” de Reyes en la que le decía que “La región más transparente le había parecido “una porquería”, de una “vulgaridad espantosa”; en síntesis “un insulto a la literatura”.

En el desafortunado evento se cumple cierto patrón en cuanto a la reacción de Reyes respecto de la crítica; conforme a su costumbre, don Alfonso no zanja las dificultades de manera pública sino, preferentemente, en el ámbito más estrictamente privado; reacciona sólo cuando está en presencia de lo que puede considerar un malentendido respecto de su obra o cuando siente que el ataque es personal mucho más allá de lo estrictamente literario; por último, sus respuestas son casi siempre desahogos emocionales y son más fuertes cuando ocurren en torno a ciertas obras respecto de las cuales experimenta un particular afecto. En el caso de Carlos Fuentes se agudizan dos aspectos peculiares; por un lado, el libro de que se trata del famoso epígrafe, pues Reyes sabe que para el joven escritor esa novela representa un certificado de madurez y le cuesta mucho trabajo que su frase icónica diera nombre a un libro que no puede ser más distante de sus propia idea de la literatura; por el otro, el tratarse de Carlos Fuentes a quien quiere entrañablemente y a quien une una amistad y una devoción que bien podemos llamar transgeneracional pues ha iniciado con el padre de Fuentes y que abre sus brazos afectuosos desde la infancia de Carlos.

Garciadiego ofrece otra cauda de razones:

El desencuentro puede ser resumido en pocos renglones: sucedió que algunos periodistas y críticos intentaron enfrentarlos, afirmando que Fuentes desafiaba a Reyes al titular su novela con una famosa frase de éste, a lo que Fuentes respondió que don Alfonso hablaba de un México pasado y que él daba “el contraste con el México de sus días”. La respuesta satisfizo a Reyes, quien se había referido al paisaje físico del Valle de México que encontraron los conquistadores españoles, mientras que la novela de Fuentes se refería “al ambiente humano del México contemporáneo”. Sin embargo, ciertamente lamentó haberle permitido “bautizarla con mis palabras”, pues – señaló – no faltarán los lectores críticos y “malévolos” que supongan que el joven escritor había intentado “lanzarme un sarcasmo”. Don Alfonso, reflejando su muy diferente concepción de la literatura, le dijo: “yo hubiera preferido que no empañaras mi frase, aplicándola a un asunto tan turbio”. Tal parece que la solicitud para titular su libro fue verbal y que Fuentes no quiso hacer del reclamo personal una controversia pública.

Para la fecha de publicación de la novela de Fuentes, Reyes estaba perfectamente consciente de que su amada región más transparente había quedado reducida a esporádicas resurrecciones unas cuantas veces al año; incluso, para 1940, aunque publicada en “Ancorajes” en 1948, Reyes había escrito “La Palinodia del Polvo”, especie de actualización dolorosa de su propio mito fundacional:

¿Es esta la región más transparente del aire? ¿Qué habéis hecho, entonces, de mi alto valle metafísico? ¿Porqué ser empaña, porqué se amarillece? Corren sobre él como fuegos fatuos los remolinos de tierra. Caen sobre él los mantos de sepia que roban profundidad al paisaje y precipitan en un solo plano espectral lejanías y cercanías, dando a sus rasgos y colores la irrealidad de una calcomanía grotesca, de una estampa vieja artificial, de una hoja prematuramente marchita.

Desde la Visión, Reyes sabe que ese mundo ideal que ha dibujado está condenado a desaparecer; que debe mantenerse en la guarda y fidelidad de la memoria literaria porque , desde el primer momento de la aparición humana en el Valle, se inició su largo proceso de destrucción con el pretexto de la obra civilizatoria; ya en 1915 decía Reyes: “cuando los creadores del desierto acaban su obra irrumpe el espanto social”.

Con una especie de mirada profética, don Alfonso sabe que la desecación de los lagos no puede sino redundar en la destrucción de ese ámbito privilegiado para la reflexión y el ensueño; casi  es tanto como decir que el México de don Alfonso joven – entendido como solar paterno, como hogar prístino – debía desaparecer en la medida que el propio autor y sus amigos fueran mudando sus conciencias, sus circunstancias y sus tiempos. De ningún modo Reyes se aferra a su pasado, ni al México que abandonó y que sabe no volverá:

Abarca la desecación del valle desde el año de 1449 hasta el año de 1900. Tres razas han trabajado en ella, y casi tres civilizaciones – que poco hay en común entre el organismo virreinal y la prodigiosa ficción policial que nos dio treinta años de paz augusta.

De Nezahualcóyotl al segundo Luis de Velasco, y de éste a Porfirio Díaz, parece correr la consigna de secar la tierra. Nuestro siglo nos encontró todavía echando la última palada y abriendo la última zanja.

Podríamos decir que, como continuación de este párrafo, Reyes escribirá en la Palinodia un ciclo de construcción – destrucción cuyo corolario ya parece en ése último texto y que don Alfonso no pudo ver, el terremoto de 1985, relacionado en su magnitud con la propia desecación de los lagos:

¡Oh desecadores de lagos, taladores de bosques! ¡Cercenadores de pulmones, rompedores de espejos mágicos! Y cuando las montañas de andesita se vengan abajo, en el derrumbe paulatino del circo que nos guarece y ampara, veréis cómo, sorbido en el negro embudo giratorio, tromba de basura, nuestro valle mismo desaparece.

Así, para afrontar el mañana, la soledad y la distancia, acuñó su propio talismán y lo formó de los temas que iría desarrollando a lo largo de toda su obra. Diseñó para sí un código cifrado de afectos que anclaban en el único lugar seguro, el entorno físico, pues la experiencia, no pocas veces amarga, le había enseñado lo frágil y vano que es poner en manos de hombre la esperanza del retorno y más aún si esos hombres tienen como oficio la política.

A final de cuentas, en ese ciclo místico y literario de creación – destrucción del Valle del Anáhuac y de su retrato en lengua española, aparecen dos capítulos separados por más de cuatro décadas: la Visión de Anáhuac y La región más transparente; también apareen dos protagonistas separados por una generación: Alfonso Reyes y Carlos Fuentes.

Vídeo y fotogalería del Coloquio Alfonso Reyes a 100 años de su llegada a Madrid

Gracias a la generosidad de la Casa de América de Madrid, a la Embajada de México en España, al Instituto de Relaciones Culturales México España, tenemos a disposición tanto el vídeo del coloquio como su galería fotográfica.

Nuestro reconocimiento a doña Roberta Lajous y a Pablo Raphael por su magnífico trabajo de representación de México, a los participantes y a la Casa de América, por este foro que nos permite reflexionar sobre nuestra identidad, nuestras raíces y nuestro futuro; sobre todo por la memoria y la recordación de Alfonso Reyes. Disfrute usted

http://www.casamerica.es/literatura/la-literatura-y-los-mexicanos-en-madrid

Vision de Alfonso Reyes a 100 años de su llegada a Madrid

Harán ya noventa y tres años que un mexicano, al abrir una reunión del Ayuntamiento de Madrid, se permitió un atrevimiento cuya osadía entonces sólo comprendió don Manuel Azaña y que el tiempo mantuvo como expresión profética. En aquella ocasión, aquel mexicano terminó su alocución con estas palabras:

Deseo pues señores, que su amabilidad me conceda un sólo y único título para presentarme ante vosotros, y es el de ser – de verdad y de corazón – un “voluntario” de Madrid.

Ese hombre se llamaba Alfonso Reyes. Tenía treinta y tres años de edad y siete de residencia en Madrid. Se había hecho habitual en la prensa española, inventado la crítica cinematográfica en español y publicado nueve libros, ocho de ellos en España. Mucha agua había corrido por el Manzanares desde su llegada.

Había salido de su patria algunos años antes; proscrito por causa de un padre que desde las más altas cumbres del poder había descendido hasta el punto en que los equivocados suelen ser confundidos con los traidores y los sublevados.

Alfonso había sido rico y de aquello nada quedaba; pertenecía a una generación de hijos privilegiados que como infantiles prometeos, habían tratado de robar el fuego al dictador para llevarlo al pueblo y comenzar una revolución desde la Universidad, a través de las ideas y de un comando inocente y desarmado al que, como una señal del orgullo de su edad y como una insignia de su respeto por la inteligencia, habían llamado el Ateneo de la Juventud. Después, cuando hechos los superaron, la vorágine de la guerra civil los dispersó por el país y por el mundo. Alfonso, hijo del General Bernardo Reyes, anciano general que parecía ser el sucesor natural de un presidente que por su control absoluto y la longevidad de su mandato había hecho de la política nacional una función de su propia actividad vital, se vio privado de sus privilegios de clase y jerarquía.

Su padre, suprimido en la carrera por el poder, incluso hecho preso por sus enemigos políticos, se deja caer en los brazos de la rebelión y encuentra la muerte en un ataque romántico, heroico y descabellado contra Palacio Nacional.

Alfonso, a partir de ese momento fatal, llevará en su conciencia la pena de no haber podido evitar el desastre. El presidente Madero, le había prometido el perdón para el viejo general si lograba disuadirlo de su obsesión levantisca, pero él resultaba el menos indicado para esa tarea; Alfonso, era el picado de la araña de las letras, el intelectual y no el hombre de acción al que su padre hubiera escuchado; muchos años antes, el antiguo héroe de guerra y fundador de ricas ciudades en medio del desierto y de la nada, cuando lo envió a la Ciudad de México a estudiar Derecho, le advirtió que en su familia, “nadie se hacía poeta por oficio”.

En un país revuelto, gobernado por una dictadura desacreditada y odiosa, su antigua tranquilidad de hijo de familia dedicado a revivir los diálogos de Sócrates en la casa de Pedro Henriquez Ureña, se esfuma en unas cuantas semanas. Obtiene el título de licenciado en Derecho con una tesis escrita a matacaballo: “La teoría de la sanción” que adelanta por décadas a la filosofía jurídica mexicana de su tiempo. Debe casarse con la que será su compañera de toda la vida pues único hijo está ya en camino.

Llamado por Victoriano Huerta, el nuevo dictador, recibe una macabra propuesta para compensarlo por la muerte de su padre: le es ofrecida la secretaría particular del usurpador. Alfonso no pierde el control sobre su inteligencia y para no secundar el golpe de Estado, pide la gracia del exilio y sale a Francia con un cargo diplomático con el que inicia una larga carrera – de más de treinta años -, que nunca imaginó para sí y que le sabe más a refugio y salvamento que a mérito y logro.

Tal es el hombre herido que sale de su patria exhibiendo una voluntad que no mostrará jamás fatiga, como corresponde al pudor de su espíritu latinoamericano, pero que se sentirá siempre en sus letras, a veces de modo sutil y otras de manera desbordante, como en su “Oración del Nueve de Febrero” o en éste, su “Romance Viejo”:

Yo salí de mi tierra, hará tantos años, para ir a servir a Dios. Desde que salí de mi tierra me gustan los recuerdos.

En la última inundación, el río se llevó la mitad de nuestra huerta y las caballerizas del fondo- Después se deshizo la casa y se dispersó la familia. Después vino la revolución. Después, nos lo mataron…

Después, pasé el mar, a cuestas con mi fortuna, y con una estrella (la mía) en este bolsillo del chaleco.

Un día, de mi tierra me cortaron los alimentos. Y acá, se desató la guerra de los cuatro años. Derivando siempre hacia el sur, he venido a dar aquí, entre vosotros.

Y hoy, entre el fragor de la vida, yendo y viniendo —a rastras con la mujer, el hijo, los libros—, ¿qué es esto que me punza y brota, y unas veces sale en alegrías sin causa y otras en cóleras tan justas?

Yo me sé muy bien lo que es: que ya me apuntan, que van a nacerme en el corazón las primeras espinas.

Reyes que tanto admiraba las tragedias griegas, sale de su patria queriendo eludir su destino sin saber que, al contrario, el barco que lo aguardaba en Veracruz lo dirige a su destino de escritor, pero no de la manera en que había soñado.

Llegó a París, la ciudad que por décadas había soñado; al fin estaba en las calles que Proust, Balzac y Zola habían descrito. Pero, sobre todo, había entrado al mundo más allá de su patria donde el cosmopolitismo estaba sólo en los libros en donde el aire transpiraba la limitada dulzura del provincialismo. Sin embargo, la experiencia del primer París fue acaso demasiado breve y apenas suficiente para mostrarle su falta de mundo y la auténtica dimensión de su apetito por conquistarlo y escribirlo.

Cuando apenas había terminado de desempacar su limitado patrimonio y comenzaba a tirar sus primeros anzuelos, la historia le propinó otro par de golpes a la poca estabilidad que le quedaba. En 1914 un escueto telegrama le anunció que sin remedio ni compensación, derrotada la dictadura, Venustiano Carranza hombre fuerte en turno, cesaba a todo el cuerpo diplomático mexicano acreditado en el extranjero; Carranza había apoyado al padre de Alfonso en los buenos tiempos, por eso, en su desesperación, aguardaba una contraorden o al menos un gesto de tranquilidad; esperó en vano hasta que la entrada de Francia en la Gran Guerra le demostró que no tenía futuro en la Ciudad que había tanto soñado. Una vez más, en apenas unos meses, se vio en el trance de la huída, ya sin cargo ni aval y con el Pirineo como puerta a la salvación.

Si su salida de México le había hecho sentir la violencia, la de París le había revelado el sabor del abandono. No le quedaba sino confiar en sus fuerzas y mantenerse a través de las letras; sobrevivir a Paris lo hizo un hombre del que su padre habría estado orgulloso.

La vivencia de Madrid, aún sin borrar del todo las cicatrices, le ayudó a seguir viviendo con esa sombra, independizarse de ella y asumirse como escritor por sobre cualesquiera otras consideraciones. El primer París quedaba atrás, como un crepúsculo al que aspira a volver a reír a volver como  lo expresa en su “Madrid Cubista”:

Gran estremecimiento de duda fue París. (Todos son profetas en su tierra). Dura escuela de laboriosidad y, en fin, ciudad triste como hermosa, contra la frivolidad alegre que dicen los necios. Tan hermosa que se la ama con las lágrimas en los ojos. Triste, bella entre la niebla, donde se está solo con el alma, acaso más que en todo el silencio campestre de su naturaleza ¡oh Emerson! Donde se llora la pérdida irremediable de algunas excelencias nativas. Un obscuro vaho de la raza se levanta desde el corazón. Un vacío inmenso hubo en mí, donde cupo toda la amargura de mis lagos.

Alfonso Reyes llega a tierras españolas por el norte, si el principio de su exilio se había propuesto consagrarse a su obra, a redimir la memoria de su padre y a servir al país desde su carrera diplomática, al llegar a España solo tiene una cosa en mente: ganarse la vida.

La larga estancia de Reyes en Madrid dejará huellas imperecederas en su pluma, en su alma y en su visión del mundo; ha querido la crítica y la iconografía clásica sobre la vida de Reyes, dividir esa estancia en dos partes de similar longitud, antes y después de la recuperación de su calidad diplomática; sin embargo, podríamos ensayar otra disección de ese tiempo fundamental y caro para Reyes que escribe, en su obra la palabra Madrid, descontando las menciones en fechas, nombres de instituciones y referencias bibliográficas, un total de 1,109 veces, muchas más de las que se refiere a París o a su natal Monterrey y apenas por debajo de la palabra México.

Quisiera ensayar en este Visión de Alfonso Reyes, no dos, sino tres vertientes de crecimiento pues los años de Madrid fueron, con los años del Ateneo de la Juventud, sus principales etapas de aprendizaje y maduración. Si la antigua Escuela Nacional de Jurisprudencia lo había educado, le había abierto los ojos a la cultura y a las letras; los años de Madrid, en el Centro de Estudios Históricos, en la redacción de diarios y revistas, en la legación de México y aún en las calles y en los cafés, le enseñaron lo que él, en sus postreros años, llamaría “el oficio general de ser humano”.

Por un lado, encontramos el proceso de construcción de su personalidad; en seguida, la afirmación del escritor como cumplimiento de su vocación y, por último la definición de su sentimiento de nacionalidad y pertenencia. Es sobre esos ejes que la experiencia de Reyes en Madrid es un punto de inflexión en su vida, un momento de cambio y transición de tal magnitud que sólo podrá compararse con la vivencia de la madurez a su retorno a México en 1939.

Estos cambios sólo fueron posibles en la medida que don Alfonso, al contrario de París, tuvo en Madrid un hogar y no sólo una estancia de paso. La experiencia de Reyes en España estará siempre iluminada por una gratitud profunda que tendría, a la larga, un enorme significado histórico, pues serían esos mismos amigos que lo acogieron los que luego encontrarán idéntica recepción al sobrevenir la sublevación y la caída de la República que era tan querida para Reyes.

Muchos años después de su arribo a Madrid, en una de tantas recreaciones de las que dejó constancia, decía:

Cuando, a fines de 1914, yo llegué a Madrid, dejándome atrás, como Eneas, el incendio de mi tierra y el derrumbe de mi familia, mis buenos hermanos de España, sin interrogarme siquiera ni examinar mis credenciales, me abrieron un sitio en las filas del periodismo y las letras y me consideraron, desde el primer momento, como uno de los suyos. Yo no tuve que solicitar nada, ni se me pidieron explicaciones. Pudieron no haberme hecho caso; mi bagaje era todavía muy ligero: un libro único en mi haber.

Y más adelante, en otra ocasión:

A veces evoco aquellos libérrimos días de -Madrid —mis primeros cinco años de España— en que la independencia más cabal era el contrapeso feliz de mi penuria. Al instante me acuden las imágenes de aquellos buenos hermanos que compartieron conmigo el humilde pan del escritor. Desde luego, nuestro llorado Enrique Díez-Canedo, ya tan mexicano como español, y con quien la vida había de juntarme de tiempo en tiempo en varias ciudades de Europa y América, para finalmente traerlo aquí a mi lado.

Esa presencia de ánimo, siempre afectuosa y siempre agradecida, generó en el regiomontano un sentimiento de identidad y pertenencia que no estuvo exento de tintes políticos y que le ayudó a lograr el dominio de su propio personaje; de aquel joven solemne que veía en la cultura la mayor prenda que podía portar cualquier ser humano, proviene el hombre jovial que ha vencido el miedo al destino, ha pagando su cuota de dolor y encuentra en las letras y las artes funciones vitales dentro de un mundo que hay que habitar y también gozar. Reyes resuelve pues su estancia en Madrid con una sabiduría mundana que lo aleja de las torres de marfil y de los conciliábulos culturales para arrojarlo a la vida y a la existencia pura y llana del día a día que deviene en laboratorio de sus más profundas ideas.

Años después, al terminar su segunda estancia en la capital francesa, Reyes hace un recuento de esa forma de su ser en el mundo:

París acabó de convencerme de que uno de los primeros deberes está en procurar que nuestra vida y cuanto de cerca nos rodea despidan, ante todo, un aliento de agrado; que la vida sea en lo posible grata y dulce, que se parezca ¡Ay amigos! A lo que soñamos los hombres.

Reyes no se niega a los placeres, por el contrario, los anhela y los procura como parte de su experiencia estética; al mismo tiempo, su culto por la inteligencia no le sugiere moderación sino discreción. Al salir al encuentro con la belleza y sus placeres, el escritor se asume en el mundo y entiende que la literatura es vivencias y no se puede hacer a despecho del mundo y menos aún a espaldas del escritor como hombre al servicio de las ideas y creador de la realidad.

España da a Reyes la auténtica dimensión de sí mismo, define su carácter y esculpe la versión definitiva de una personalidad que no hará en el futuro sino perfeccionarse.

Un segundo eje para la Visión de Alfonso Reyes, lograda también en las prensas españolas, es su afirmación como escritor; es decir, como la sumisión del hombre a su vocación en torno a la cual gravitan todas sus demás ocupaciones, las más públicas y las más íntimas.

Entre las “Cuestiones estéticas” de 1911, su “Visión de Anáhuac” y su “Ifigenia Cruel”, hay una distancia de estilo y forma como la que existe entre el joven azorado que llega a Madrid y el hombre templado que regresa a México atendiendo al llamado de Álvaro Obregón.

La experiencia de Reyes como escritor profesional llevado al extremo de ser esa su única ocupación y fuente exclusiva de sustento, le permite afirmar su existencia dedicada a su arte y más que en un sentido estético, en un completo sentido vital; en junio de 1924, momentáneamente en México, Reyes responde a la pregunta ¿Qué fin persigo en escribir?

Me guía seguramente una necesidad interior. Escribir es como la respiración de mi alma, la válvula de mi moral. Siempre he confiado a la pluma la tarea de consolarme o devolverme el equilibrio, que el envite de las impresiones exteriores amenaza todos los días. Escribo porque vivo. Y nunca he creído que escribir sea otra cosa que disciplinar todos los órdenes de la actividad espiritual, y, por consecuencia, depurar de paso todos los motivos de la conducta. Ya sé que hay grandes artistas que escriben con el puñal o mojan la pluma en veneno. Respeto el misterio, pero yo me siento de otro modo. Vuelvo a nuestro Platón, y soy fiel a un ideal estético y ético a la vez, hecho de bien y de belleza.

Ese es, sin duda, uno de los grandes secretos de la literatura alfonsina y también la clave de su universalidad; al encontrar la medida entre una erudición que alcanza la cima de lo incontestable y la experiencia vital, Reyes respeta la expresión en estado puro, es decir, la literatura como fin en sí misma, pero no la comparte porque sólo la entiende como una función vital; de ahí que sus temas transiten con tanta libertad entre España y México, entre Iberoamérica y Francia; que puedan considerarse actuales a cien años de distancia y que resulten de una potencia estética tan lograda como intelectualmente provocativa.

En Madrid, Reyes enfrenta un mundo completamente distinto al que había conocido en sus primeros días mexicanos; encuentra un público que lee y sigue a sus autores, un ambiente literario vivo en el que sus actores ocupan la calle y compiten por la preferencia del público, que forman opinión más allá de los ambientes académicos o estrictamente culturales; en consecuencia genera con prontitud un cambio en su estilo para tratar de ganar claridad sin perder la profundidad de su discurso; se atreve con algunos aspectos del ser cotidiano de su ciudad que cualquiera pensaría reservados a los madrileños de origen o de muy antiguo cuño; por ejemplo:

Madrid que cambias luces con las horas:

Madrid, nerviosa exhalación de vidas:

con ímpetu de lágrimas golosas

interrogo la cara de tus días.

O bien:

Madrid está llena de canciones: por cada una de mis ventanas miro otras quince o veinte, y en todas hay una mujer en faena, y de todas sale una canción. La zarzuela de moda impone coplas, estropeando a un tiempo la espontaneidad y la tradición. Todo este año me ha rascado las orejas El amigo Melquiades.

Pero son dos, sobre todo, los libros de Reyes que pondrán de manifiesto con mayor claridad su afirmación como escritor y darán cuenta de la magistralidad de su estilo, ambos obra de sus días madrileños: “La Visión de Anáhuac” y la “Ifigenia Cruel”.

Estos libros son profundas confesiones espirituales por las que el autor alcanza la catarsis de su propio ser de exiliado y de víctima de la violencia del destino; sin embargo, ninguno de ellos puede considerarse autobiográfico y ni siquiera se dirige al drama personal del autor; son el tema y el estilo los que concilian aquello que se agita en la conciencia del hombre para dejar constancia de su genio de autor.

Reyes, sensible siempre, vive atormentado por los fantasmas de la incomprensión y el olvido hasta su retorno final a México; sufre cuando su obra no es comprendida en su patria o cuando se le considera ya un extranjero en su propio país; la Visión de Anáhuac, es un rescate histórico de los primeros días de México, pero también es una declaración de principios de su mexicanidad, un manifiesto de amor a su origen y un ejercicio de estilo que aspira a domar el nacionalismo furibundo de la Revolución para exponer de entre lo más mexicano, lo más universal; podría comparársele en cierta forma con Unamuno – a quien estuvo unido por una profunda amistad – que reniega de los oropeles de una tradición manida que ahoga el más profundo sentido de España. Dice Reyes en su Visión de Anáhuac:

El viajero americano está condenado a que los europeos le pregunten si hay en América muchos árboles. Les sorprenderíamos hablándoles de una Castilla americana más alta que la de ellos, más armoniosa, menos agria seguramente (por mucho que en vez de colinas la quiebren enormes montañas), donde el aire brilla como espejo y se goza de un otoño perenne. La llanura castellana sugiere pensamientos ascéticos: el valle de México, más bien pensamientos fáciles y sobrios. Lo que una gana en lo trágico, la otra en plástica rotundidad.

Quien haga el camino entre Madrid y Ciudad Real – la vieja Ciudad Leal de la época republicana – y luego siga la ruta entre Ciudad de México y Querétaro, se dará cuenta de la precisión de estas observaciones. Siempre que tengo la fortuna de venir a Madrid me arranca una sonrisa pensar que en el escudo nacional de mi bandera hay un higo chumbo y que, como bien observa mi hija Almudena, las banderitas de papel picado con que se adornan las calles de Chiapas en sus fiestas patronales son los mismos de la bandera de la España republicana.

Pero, desde luego, Reyes va mucho más allá de esos juegos de curiosas coincidencias y se empeña en demostrar la existencia de un alma común en el lejano pasado de México y el alma nutricia española, pero que no puede confundirse con ninguna y que existe con carácter propio y como respuesta a un particular sentido histórico; de ahí que el final de la Visión pueda ser considerado como la credencial de identidad de las letras alfonsinas y también una de las miradas más profundas del sentido de lo mexicano, más lejana de Vasconcelos y más cercana a Octavio Paz y a Carlos Fuentes, es decir, más distante de su generación y más próxima a la de sus discípulos. Termina Reyes la Visión de Anáhuac diciendo:

Cualquiera que sea la doctrina histórica que se profese (y no soy de los que sueñan en perpetuaciones absurdas de la tradición indígena, y ni siquiera fío demasiado en perpetuaciones de la española), nos une con la raza de ayer, sin hablar de sangres, la comunidad del esfuerzo por domeñar nuestra naturaleza brava y fragosa; esfuerzo que es la base bruta de la historia. Nos une también la comunidad, mucho más profunda, de la emoción cotidiana ante el mismo objeto natural. El choque de la sensibilidad con el mismo mundo labra, engendra un alma común.

En cambio, en la Ifigenia Cruel, Reyes se lanzará por los escabrosos caminos del destino que vence y domina incluso a los dioses y del que nadie escapa; buscará ahí liberarse de la culpa que arrastra consigo por no haber podido evitar la caída del gigante que fue su padre y al mismo tiempo, demostrar la pertenencia de la mexicanidad al mundo de la cultura clásica, a las raíces que nos identifican no sólo con España sino también con Francia e Italia, con Portugal y Alemania, con Grecia e Inglaterra, es decir, con ese vasto y complejo mundo que con imposible precisión llamamos Occidente.

En la anagnórisis de Ifigenia y Orestes Reyes exhibe el temor atávico por lo fatal y lo inevitable, devuelve al hombre el ejercicio de su libertad y su capacidad de reconciliación con el universo. Sabe que el individuo está sometido al complejo juego de las causas y los efectos, pero no lo deja todo en manos de esa máquina insomne e irredenta, sino que adelanta en un paso al destino a través de la bondad y la generosidad; así, hace decir a Ifigenia:

Quiero, a veces, salir a donde haya

tentación y caricia.

Pero yo sólo suelto de mí espanto y cólera.

Y cuando, henchida de dulces pecados,

me prometo una aurora de sonrisas,

algo se seca dentro de mí misma;

redes me tiendo en que yo misma caigo;

siendo yo, soy la otra…

Y me estremezco al peso de la Diosa,

cimbrándome de impulso ajeno;

y apretando brazos y piernas,

siento sed de domar algún cuerpo enemigo.

Los recursos estilísticos de Reyes aparecen así prácticamente completos, pero en estos dos casos y tal vez en “Anatomía de una pasión”, escrita en Brasil muchos años después, la maestría literaria está al servicio de la intimidad creativa. Sólo a través de esos textos y de la “Oración del Nueve de Febrero”, puede Reyes convertirse en un autor y en un hombre libre para transitar por la existencia no exento de drama y de dolor – precio que todos hemos de pagar por la condición humana -, pero lo hará con la conciencia de que son esas las cartas que le tira el destino para armar su propio juego y no los cortes precisos de las Eumenides que no conceden escapatoria; por eso, a fin de cuentas, la Ifigenia, como toda la literatura alfonsina es siempre liberadora:

¡Oh mar que bebiste la tarde

hasta descubrir sus estrellas:

no lo sabías, y ya sabes

que los hombres se libran de ellas!

El último eje de crecimiento y maduración de Alfonso Reyes en su tiempo madrileño y con el que podemos concluir, si es eso posible, una visión de Alfonso Reyes, es el que se refiere a su sentido de nacionalidad que está íntimamente relacionado con su desempeño dentro de nuestro cuerpo diplomático.

En 1920, bajo el auxilio de Genaro Estrada y de José Vasconcelos, Alfonso Reyes es nuevamente llamado a formar parte del cuerpo diplomático mexicano. Permanecerá en España, primero como Segundo secretario, luego como Primer Secretario y encargado de negocios ad – ínterin. Desde luego, Alfonso no puede dejar de percibir este llamado como una especie de amnistía, como un perdón histórico por sus orígenes y como una rehabilitación de su nombre como mexicano que – en conjunto con los suyos – era parte de la reconstrucción revolucionaria. Para justificarlo Reyes se entrega a su oficio con una pasión que, con todo, es aún menor que la que lo une a las letras; junto con la obediencia que caracteriza su tarea diplomática Reyes se convertirá en un portavoz de los valores de la Revolución Mexicana y en interlocutor con los grupos progresistas de cada país en el que cumpla sus funciones diplomáticas; en Francia, con las izquierdas; en Brasil con el gobierno de Getulio Vargas – donde tendrá una primera experiencia en el ejercicio del asilo político -, en Argentina, con los grupos antifascistas y en su retorno a México. con el rescate de los republicanos caídos en desgracia.

Reyes se asume así como un promotor de la imagen del México de la Reconstrucción, del país que ha dejado atrás la lucha armada y que se propone construir una sociedad nueva con sus propios valores, lejos de la influencia soviética, aunque influido por un potente socialismo y también lo más lejos posible del imperialismo norteamericano, lucha en cuyo cenit brilla el momento de la expropiación petrolera.

Los informes diplomáticos de Alfonso Reyes cobran fama por constituirse como pequeñas joyas literarias caracterizadas por su capacidad de observación y su fino análisis político, tal vez su profundo conocimiento de la literatura le permitía, aunado a su sabiduría mundana, descubrir los hilos de la narrativa política que se iba desarrollando frente a sus ojos.

La época diplomática de Reyes en España resulta de gran interés para el gobierno mexicano pues coincide, después del desastre de Anual y del descalabro de Melilla, con el paulatino desgaste de la figura de Alfonso XIII – que tuvo con el regiomontano una cercanía muy parecida a la amistad -, y el lento ascenso de los liberales y republicanos que tendría como consecuencia la proclamación de la segunda república española casi dos décadas después. Así, por ejemplo, el 1º de enero de 1923, comunica el ascenso del grupo político de Melquíades Sánchez y el nombramiento de Alcalá Zamora como Ministro de Guerra.

En el mismo informe, Reyes comunica a México, de una manera relativamente temprana, el crecimiento de la influencia republicana liberal y el agotamiento del modelo político tradicional:

Pero quien mañana lea estas notas habrá reflexionado ya sobre las agonías de este régimen político. Comoquiera, los liberales, según dice el cuento, tendrán que cumplir sus promesas:

  • ¿Porqué? dijo la reina madre, un día a Romanones, – refiriéndose a Canalejas – Los liberales acaban casándose con sus antiguas amigas?
  • Majestad – contestó él -, tal vez porque los liberales cumplen sus promesas.

Un día, Alfonso Reyes tuvo que abandonar España para siempre; pero aquel a quien la sociedad, los escritores, el cuerpo diplomático y el gobierno, despidieron en Lhardi, en un evento que sería recordado por décadas, no será el mismo que había llegado pobre y casi desconocido diez años antes, se iba prácticamente formado en su carácter y en su estilo, llevaría – como había escrito mucho antes – su estrella en el bolsillo del chaleco, la voz y la presencia de México de nuevo en Francia, donde perfeccionaría su conocimiento del mundo y se relacionaría con las vanguardias; en Argentina donde concluiría su visión de la lengua española como patria extendida y, finalmente en Brasil donde viviría los momentos más intensos de su madurez, de los que no saldrá sin heridas.

Regresará a México hasta 1939, para hacerse cargo, junto con Daniel Cosío Villegas, del rescate de los mismos amigos que antes lo habían salvado, sabrá honrar no sólo las instrucciones del presidente Cárdenas, sino sobre todo, los mandatos de la amistad y la solidaridad que había aprendido en esta ciudad que tanto amó y a la que dedicó tantas páginas.

En México, vendrían por fin los honores y los reconocimientos, la paz terminal, el trabajo como constructor de instituciones, envejecerá y será su corazón el que detendrá la marcha de su vida en 1959; habrá logrado entonces lo que muchos se propusieron sin alcanzar, aquello a lo que muchos aspiraron sin poder vislumbrar: crear una indivisible unidad entre su persona y su oficio, entre su vida y su obra, en honrar con las letras no una vida de santo sino de humano – acaso demasiado humano diría Nietzsche – para poder decir, para siempre:

Mar adentro de la frente,

a donde quiera que voy,

aunque haya nubes cerradas,

¡ oh cuánto me pesa el sol!

¡Oh cuánto me duele, adentro,

esa cisterna de sol

que viaja conmigo!

Cuando salí de mi casa

con mi bastón y mi hato,

le dije a mi corazón:

—~Ya llevas Sol para rato!—

Es tesoro —y no se acaba:

no se me acaba —y lo gasto.

Traigo tanto sol adentro

que ya tanto sol me cansa.—

Yo no conocí en mi infancia

sombra, sino resolana.

Coloquio Madrid 1915. Centenario de Alfonso Reyes en España

Gracias a la generosidad e invitación de la Embajada de México en España y a la Casa América y a la Agencia Mexicana de Cooperación para el Desarrollo. Estaremos en Madrid para platicar sobre los días madrileños de Alfonso Reyes

Coloquio Madrid 1915. Centenario de Alfonso Reyes en España, un espacio de reflexión sobre la figura del escritor y su influencia a la hora de estrechar los vínculos que unen España y México.

Cuando se cumple cien años de la publicación de los libros Cartones de Madrid y Visión de Anáhuac, el objetivo del acto es analizar la importancia de este autor que  contribuyó en las relaciones entre ambos países, tanto con los lazos culturales como en su participación dentro de instituciones.

Fecha: miércoles 11 y jueves 12 de noviembre de 2015.
Hora: 17.30 y 19.00.
Lugar: sala Miguel de Cervantes.
Entrada libre hasta completar aforo.

El libro nuestro de cada martes: Visión de Anáhuac de Alfonso Reyes

El libro nuestro de cada martes, una selección de la experiencia lectora, celebrando la patria el que puede ser el mejor texto sobre nuestra identidad cultural: Visión de Anáhuac de Alfonso Reyes. Disfrute su descanso y de una mirada atenta, dulce y crítica sobre nuestra identidad nacional.

http://www.fce.com.mx/Librerias/Detalle.aspx?ctit=760103LE

 

VISIÓN DE ALFONSO REYES

¿QUIÉN ES ALFONSO REYES?  Esta pregunta me la he formulado innúmeras veces, desde que tuve mi primer contacto con la obra de Reyes; después de los primeros párrafos tenía enfrente a un autor diverso que podía tender lazos firmes entre lo más erudito y lo más emotivo; un autor de recuerdos persistentes y olvidos alternados como se trama un auténtico mirar histórico.  Sólo después de mis primeros encuentros literarios tuve noción del hombre, del diplomático y del ser humano, del individuo que tenía el don ubicuo reservado a la cultura de ser de aquí de allá al mismo tiempo y sin perder carácter.

Hablar de un autor de manera impersonal y fría, queriendo ser imparcial es un mito inocente.  Sólo puede hablarse de autores y de libros leídos; más allá de ese extremo todo es especulación e insomnio.  Al leer, el hombre se apodera del libro, lo hace suyo y lo integra a su pensamiento como una textura indiscernible del color de su propia piel, o lo lleva como herencia preciosa que alcanza para dar sentido a la realidad y que concede claves para entender y desmenuzar el mundo en que se vive.  Eso es lo que me sucedió leyendo a Alfonso Reyes. No puedo hablar sino del Reyes que he vivido, del que he disfrutado y con el que he sufrido.  Este es el primero de los que debo hablar, de mi Alfonso Reyes; del que se me apareció al final de los días de la adolescencia, esa época en que como él mismo dice, «nos suicidamos o nos redimimos y de la que llevamos siempre huellas de lágrimas en las mejillas».

Tuve suerte.  En un momento en que nadie es lo suficientemente fuerte para enfrentar el mundo sin andaderas y cada uno busca un modelo al cual aproximarse mediante tentativas y orientaciones, me correspondió la imagen de un hombre al que no podía alcanzar pero al que bien podía pretender.  Pasado el tiempo de la edad mítica y reverente, cuando se van perdiendo uno a uno los respetos y los elementos intocables, cuando casi todo se ha reducido a las ruinas que tomará el resto de la vida reconstruir; la lectura de Reyes me quedó marcada para siempre, resistió lo que muchas otras instituciones infantiles no pudieron soportar: el despertar de la razón curiosa, la confusión de los valores y la aparición de la esperanza ante las ilimitadas posibilidades perdidas.

La lectura de Reyes sobrevivió a esos pequeños cataclismos que surgen en la vida cotidiana y que crean hondas fracturas en el destino, muescas e incisiones que a lo largo de los años van esculpiendo el rostro.  Sin duda, había algo que sólo Reyes podía decirme, un mensaje que evidentemente no iba dirigido a mí sino como dice García Márquez, era una botella lanzada al dios de las palabras.  Lo que se revelaba ante mis ojos era una cosmovisión completa, una imago mundi, que abarcaba desde el otrora cielo azul del Anáhuac hasta la sutileza de una breve poesía que a fuerza de labrar sólo conservaba el ritmo:

 

– Comienzan por decirme           Tengo las manos frías

Yo lo compruebo y

 

SIEMPRE

sé que van a ser mías.

 

Aunque fue a través de la lectura de Borges que pude encontrarme con Reyes, truco de lo que el regiomontano llamaba la americanería andante -, en el mexicano encontré una literatura tan apegada a la tierra como a la razón.  No una explicación sistemática del mundo; después de todo Reyes, hijo de su tiempo, no creía en los antiguos edificios filosóficos que tenían un cajoncito para cada categoría de la realidad o que estaban animados por una sola idea universal que se manifestaba a través de la historia.  Reyes más bien, es el hombre que no se deja matar de bala perdida y que sabe que si en la naturaleza nada se encuentra en estado puro, mucho menos en la cultura – fino universo de lo humano -.

Indulgente con la vida como sólo puede serlo quien sufriéndola la ha gozado, se aventuró en los placeres de la temporalidad; tenía entre sus títulos favoritos el de Comendador de los vinos de Francia, su coquetería es proverbial y sin que ello fuera pretexto para relajar su disciplina de trabajo.  Muerto ya su padre y exiliado en los aciagos días de su primer Madrid confiaba a sus libros, exento de ironía: «ganaba poco, pero era lo bastante para sentirme rico cuando por unos cuantos reales compraba mi saco de patatas.  Y me sentía aún más rico porque hacía lo que yo quería, escribía sobre lo que yo deseaba, y encima de eso me pagaban».

Es cierto que el dolor a veces se le transpiraba de la tinta, han de leerse con detenimiento no sólo la Ifigenia Cruel y la Oración del 9 de febrero, sino Pro Domo Sua, auténtica y apenada radiografía espiritual.  Pero aún en esos extremos, la literatura era más que exorcismo y catarsis, porque seguía siendo arte y oficio. La letra no era el purgatorio para expiar los pecados de la carne y del espíritu ni el sacrificio de cada día, era el ritmo de su respiración y la válvula de su moral, o en palabras ajenas, la inteligencia como función de su bondad.

Desde los tiempos complejos de la Revolución mexicana hasta la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, Alfonso Reyes supo mantener una virtud heredada de los griegos y que nuestro tiempo ha perdido redundando en descrédito de la inteligencia y para mayor gloria del ingenio y la chabacanería.  Reyes supo dividir con inteligencia el mundo de lo público del mundo de lo privado, no por nada es en él recurrente la cita de Calderón «debajo de mi manto al rey mato».  Historia documental de mis libros, Albores o Parentalia, resultan aún más biográficos que su propio diario, donde deja ver sólo las astillas de su taller.  La suya es, por fuerza, una biografía de la inteligencia; lo demás está cubierto por una trama de recuerdos y olvidos magistralmente trenzados.  En Reyes la cultura no es ausencia de pudor, mojigatería o queja; es una más de las necesidades fundamentales del hombre.

Su culto por Göethe, Calderón, Mallarmé o los griegos, sólo es igualado por su respeto a la palabra o mejor aún, por el idioma castellano.  Si para Nebrija la lengua es el imperio, para Reyes la lengua es el océano que no divide sino transporta.  El español de Alfonso Reyes no parece anticuado porque es preciso y está labrado para comunicar.  En algunos párrafos de juventud es inevitable encontrar un gusto casi barroco en las construcciones y en la elección de las palabras, hecho que sólo una crítica prejuiciada puede ver como defecto pues es señal de una mano que se adecua a los instrumentos de su oficio y la apetencia por el barroco es casi una señal de mexicanidad.  Tal vez ése sea el secreto más íntimo de la prosa reyesiana, su larga marcha hacia la lisura y la llaneza, si no fuera tan chocante para Don Alfonso la palabra, me atrevería a decir la pureza.  Conforme los años avanzan y la pluma se agudiza, Reyes va ensayando una literatura cada vez más diáfana, como si el arte no fuera la escritura sino la lectura pues, aunque hay un sello en las letras reyesianas que las hacen inconfundibles, es siempre literatura en movimiento, siempre evolucionando, aún en sus últimos escritos; una prosa que avanza yendo y viniendo, aprendiendo de los escritores de las cuatro esquinas del mundo y de sí misma, girando a veces sobre su propio eje como volviendo a dibujar líneas que pudieran quedar más perfectamente trazadas, una marcha artística e intelectual que va adelante, no a paso de desfile o de procesión sino siempre a paso de danza.

Alfonso Reyes decía que «para las cosas de la razón la lengua es bastante», tal vez por eso la Visión de Anáhuac comienza con un sentido gráfico volviendo a dibujar las descripciones de Ramuzio; su propio sentir de ésta que fuera la región más transparente del aire. La suya es por principio, una literatura de imágenes, el deseo de proporcionar una imago mundi, no construyendo el universo, que se sabe está dado de antemano, sino recreándole a modo de arte, es decir, de intención.  Siendo una literatura de colores, formas y movimientos, cada imagen es más que fotografía, es icono portador de un mensaje, a través del trazo y el dibujo es una literatura de ideas profundas y de palabras bien ensambladas.

Sin embargo, detrás de esa plaza pública donde se debate todo lo humano, está el hombre y su posición frente al universo, su lugar en el mundo eterno y en la circunstancia.  A ese hombre que aparece detrás de su obra, como el ajedrecista borgiano, corresponde librar la batalla de Jacob y el Ángel.  El punto en que se ofrece el Alfonso Reyes más claro y más íntimo es el de la poesía.

Es verdad que si de veintiséis tomos de su obra completa sólo uno está dedicado a la poesía o que de sus páginas más celebradas corresponden la mayoría al ensayo, ello hubiera bastado para que nos formáramos una idea de Reyes más como prosista que como poeta, separar la imagen del Reyes escritor de la del Reyes poeta es tanto como sujetarnos a criterios cuantitativos y confundir causas con consecuencias.  Tal vez la verdad sea que el propio Don Alfonso quiso acostumbrar a los lectores de su tiempo y a los del porvenir, a ver su fuero público dejando algo velado el fuero íntimo de sus obsesiones y sus dolores; tal vez porque siendo Reyes un artista dueño de su técnica, oculta con precisión el andamiaje de su obra y luego de leer Las mesas de plomo por ejemplo, nos queda un mensaje claro y un gusto sabroso que nos incita pero no identificamos con claridad, algo como el tiempo que bien sabemos lo que es pero no podemos precisar, esto porque Reyes deja para la poesía aquellas cosas tan importantes que sólo pueden decirse en voz baja, las de su ser y su sueño; las que se dedican a temas tanto cotidianos como trascendentes porque de esa cal y esa arena está hecha la vida.

Alfonso Reyes resuelve su vida en dos extremos complementarios y al mismo tiempo unitarios.  Por un lado la acción que lo lleva a caminos como la diplomacia y el gobierno de instituciones culturales.  Acción que en contacto con la pluma, lo llevan a declararse frente a Don Manuel Azaña, voluntario en Madrid; y por otro lado, la creación literaria que tiene su línea de fuego en la narrativa v el ensayo pero tiene su corazón en la poesía, lo dice él mismo en verso:

 

Voz de mis ietas alucinaciones,

callado eco de mi pensamiento:

tu parlas y tu ríes y tu pones

golondrinas de notas en el viento.

Imagginación

Meditación Divertida con Maggie

Disappearing Thoughts

clicks and clips

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