La Gioconda conoce a la Reina de Camelot

Hubo un tiempo antes de Camelot, un tiempo breve porque antes de él no hubo sino la prehistoria de la joven Bouvier; porque el reino resplandeciente comenzó a formarse no a través del que sería su señor – el Emperador Kennedy, como lo llamaría luego Leszek Kolakowsky – sino desde la luminosidad de la que algún día sería, para siempre, su soberana; en Life del verano de 1959 Jackie irrumpió en la escena pública como la flamante esposa del Senador John Fitzgerald Kennedy que comenzaba a perfilarse como el favorito para alcanzar la candidatura demócrata a la presidencia de los Estados Unidos; en julio de 1960, Norman Mailer publicó un reportaje sobre la Sra. Kennedy en Esquire y consagró para siempre su estilo; es cierto, hubo un tiempo antes de Camelot pero ni todas sus luces alcanzarían a igual el breve tiempo del reino resplandeciente; su reina impuso el estilo y la cultura como componentes de la política de la Casa Blanca; ninguna de las siguientes inquilinas que la augusta mansión alcanzaría la sofisticación del estilo de Jackie pero tampoco ninguna podría ignorarlo. Si es cierto que el ingente poder de los Estados Unidos no es obra de Kennedy, pues comenzó a gestarse décadas antes de su presidencia, también lo es que Jacqueline Bouvier inventó el estilo como parte de la imagen política norteamericana y que forzó las puertas de una cultura todavía fuertemente provinciana y semibárbara; si antes de Camelot los intelectuales nortamericanos tenían que peregrinar a Paris, a Madrid y a Londres, ella llevaría a André Malraux a Washington y daría un golpe espectacular para migrar buena parte de la cultura mundial a las viejas trece colonias.

En 1961 John y Jackie visitaron a De Gaulle en Paris, el general quedó maravillado con la personalidad y el estupendo francés de la Primera Dama; en la cena de Estado, con perfecto acierto el Presidente de los Estados Unidos afirmó: “Soy el hombre que ha acompañado a Jacqueline Kennedy a París y lo he disfrutado”. De Gaulle se mostró muy interesado en las nuevas ideas de John y el trabajo impecable de Jacqueline fue allanar el camino del entendimiento; sin embargo, Jacquie tenía sus propios objetivos, había leído con detenimiento la obra de André Malraux, entonces el poderoso ministro de cultura, sus charlas fueron gratas para ambos y el fue su guía en una visita la Jeu de Paume y a la Malmaison; ahí nació una amistad que se mantuvo en la mejor estima de ambos hasta la muerte del francés en 1976. Cuando la pareja regresó a Washington, Malraux le envió un ejemplar autografiado de su libro “El Louvre y las Tullerías”.

En 1962 la reina de Camelot impuso a su corona una joya inimaginable; en mayo, Malraux visitó Washington y se hospedó en la Casa Blanca; ahora como anfitriona, Jackie devolvió la visita guiada y llevó al escritor a conocer la National Gallery, como la Sra. Kennedy no necesitaba intérpretes podía, por sí misma, acercarse y alcanzar sus objetivos por sí misma. De alguna manera que no lograremos conocer, Malraux y Bouvier concibieron la idea de llevar la Mona Lisa a Washington por algunos días; el hecho era que la ilustre pintura sólo había salido del museo en dos ocasiones: cuando fue robada y cuando se la escondió para ponerla a salvo de la brutalidad y venalidad nazis y, desde luego, nunca había estado fuera de territorio francés; aunque el político recriminó al escritor por la reticencia de Francia a colaborar con la carrera nuclear y el ministro regañara al presidente por su falta de humanidad en Viet Nam, lo cierto es que el diálogo fue cordial en gran parte porque Jackie había encontrado en el arte una ruta alternativa evitando que la diferencia de opiniones enrareciera el ambiente.

Cuando regresó a París, Malraux expuso el proyecto al Presidente y De Gaulle se impuso al influyente gremio de los conservadores del Louvre  que, desde luego se opusieron a que la Gionconda se aventurara fuera de casa; al afecto y respeto de De Gaulle por Malraux quedó de manifiesto  – y también la razón que concedía a la causa de Mrs. Kennedy – cuando el General zanjó de golpe la cuestión: “Malraux sabe lo que hace y lo hace bien”. Para octubre de 1962 las cosas iban tan avanzadas que el Presidente Kennedy escribió a John Walker, director de la National Gallery, para que directamente y en su nombre, negociara con Hervé Alphand, Embajador de Francia, los términos de la exposición, la nota de instrucciones deja ver como el rey deja a la reina de Camelot el control de una situación delicada como delicadas eran sus maneras de atenderla; decía la nota:

Negocie la seguridad y protección de dos cuadros que serán enviados desde Francia este otoño. Estos cuadros llegarán a Estados Unidos como el más generoso gesto del Presidente De Gaulle y del ministro de cultura francés André Malraux hacia la Sra. Kennedy y hacia mí.

La impronta de Jackie había quedado indeleble, los cuadros eran: “Retrato de la madre del artista” de Whistler y “La Gioconda” de Leonardo; ésta última sería exhibida no sólo en la capital sino en la que Jackie tuvo siempre como su propia ciudad: Nueva York. El 12 de diciembre los Kennedy anunciarían la exposición y ésta fue inaugurada por Malraux y la pareja el 8 de enero de 1963. No pudo haber tenido más éxito ni mejores resultados; entre las dos ciudades visitaron la pintura un millón setecientos mil personas; las obras regresaron intactas a su hogar y los Kennedy, como correspondía al fulgor de Camelot, quedaron como unos de los más grandes patronos de las artes de su tiempo. No cabe duda que fue el talento de ella lo que logró la hazaña, la Gioconda sólo volvió a salir de casa una vez más, en 1974, para visitar el National Museum de Tokio, en esa ocasión, a modo de protesta, todos los conservadores del Louvre renunciaron.

Los versos de Amos Oz, o la literatura como imaginación

Acosado por vampiros adolescentes, por magos estrafalarios, asesinos súper inteligentes , incontinentes sexuales y dragones atípicos; al lector le gustaría, de vez en cuando enfrentarse con un poco de imaginación lisa y llana, de esa que practicamos cuando vemos a una mujer sola, a la mesa de un restaurante, con una rosa en la mano; de esa que ejercitamos de  inmediato cuando vemos a un hombre con un niño pequeño de la mano esperando el colectivo a las diez de la noche, de esa imaginación simple y cotidiana de la que está hecha la mejor literatura.

Ser excesivo parece fácil, construir mundos mágicos, enormes y lejanos, parece sencillo, no lo es tanto; pero lo que es en verdad difícil, en literatura, es ser coherente. La mentira, para ser creíble, ha de ser, sobre todo coherente, de lo contrario, el lector o el que escucha, despierta del embrujo, cae desde el engaño y todo se vuelve extrañamente paradójico. A nadie – ¿debo decir a casi nadie? -, hay que convencerlo que Hogwarts, el hogar escuela de Harry Potter no existe en ningún mapa y que ciertamente tiene mucho de los viejos internados victorianos magistralmente retratados por Dickens, desde luego que eso no le disminuye ninguna calidad literaria y a mi, en lo muy personal, me hubiera gustado mucho leerlo a los 12 años y no a los 40. Sin embargo, nadie necesita convencer al lector de que la colonia Roma retratada por José Emilio Pacheco en sus Batallas en el Desierto, existe aunque ya no sea la que podemos visitar hoy en día; nadie necesita decirme que hubo una ciudad, aquí mismo donde esto escribo, que fue la Ciudad de México anterior al terremoto de 1985, que es esta y también era otra; nadie me dirá que Mariana no existe porque sí que existe repetida en cientos de mujeres en la accidentada geografía urbana de esta ciudad castigada. Amos Oz, como escritor confeso y desnudo sabe de estas diferencias, por eso, al preguntarse a sí mismo sobre el oficio de escribir, confiesa al iniciar su Versos de vida y muerte, con una frase lapidaria: “Hay respuestas astutas y hay respuestas evasivas. Respuestas sencilla y directas, no.” En literatura no hay nada sencillo, porque nada lo es en el lenguaje y nada lo es en esa transferencia mágica que lleva el pálido retrato de la imaginación, al todavía más tenue y apenas legible de las palabras.

Haga usted un experimento: acuda a un café, armado con un cuaderno (si se puede un poco viejo y ajado mejor), un lápiz, o de preferencia una pluma fuente, ponga cara de circunstancia, como decimos en México, y garabatee lo que se le ocurra en su cuaderno; de vez en cuando, levante la mirada y fíjela sobre algún punto del horizonte, no verá nada especial pero aparente que lo hace, vuelva la mirada al papel y tire unas cinco o seis líneas más, no importa qué ponga en ellas, el resultado estará en otra parte; luego de esas líneas escritas o dibujadas, suspire y tome un sorbo de café; acto seguido – si no fuma es una lástima porque le restará efecto a la escena -, de una calada fuerte al cigarrillo, profundice su cara perpleja y luego de arrojar el humo, escriba un par de líneas y cierre el cuaderno. El resultado: habrá captado la mirada directa o disimulada de todos los que le rodean y no porque piensen que es un escritor consumado y famoso que pasa de incógnito por el Starbucks de la colonia Roma, sino porque escribe y para todos, escribir es un acto mágico.

Mucho se dice que el mago nunca revela sus trucos, tal vez sea cierto. El escritor, cuando revela su truco, debe hacerlo con mayor maestría que cuando lo oculta; si ha de mostrar los andamios de su trabajo, so pena de no ser creíble, de parecer estúpido o descuidado, deberá mostrarlos con tal perfección que el lector sienta estar en presencia no de la estructura ni del cimiento, sino de la obra en su etapa terminada; ha de ser confesión, de ningún modo impudicia y menos producto del olvido de la simulación. Así, cuando Amos Oz confiesa las fuentes de su literatura, sus pulsaciones internas, lo hace exhibiendo una maestría contundente, revelando sus fuentes y engañando a su lector, una vez más, para hacerlo seguir, a quien vagamente suponemos que es él mismo, en una noche de anécdota simple, pero narrada del mejor modo literario. Oz se enfrenta al espejo para cuestionar su tarea literaria y su actitud de escritor, pero del mismo modo en que Perseo otea a la Medusa, a través del reflejo, Oz se mira a través de su personaje y nosotros nos quedamos confundidos, en esa casa de espejos, sin saber, bien a bien, a quién estamos mirando. Eso es precisamente la literatura, imaginación en estado impuro, contaminado de realidad, de deseos y de olvidos, de circunstancias y frustaciones; nunca carente de intensión, nunca falta de sentido.

«Por qué has venido aquí esta tarde, se pregunta el autor, qué hay aquí, tu sitio está ahora en casa, junto a tu mesa, o tirado de espaldas en la alfombra descifrando formas en el techo. ¿Qué demonio maligno te empuja un ay otra vez a corretear entre congregaciones de este tipo? En vez de estar aquí, podrías estar escuchando en el silencio de tu habitación la Cantata 106, la llamada Actus Tragicus, por ejemplo. O podrías haber sido ingeniero y trazar vías férreas en difíciles zonas montañosas, tal y como cuando siendo niño soñabas ser de mayor (cuando su padre era secretario de la embajada de Bogotá, el autor que por entonces tenía doce años, visitó la región montañosa por donde serpenteaba el tren endeble entre precipicios vertiginosos, y aquel viaje continúa aún en sus sueños nocturnos). Y además: ¿por qué escribes? ¿Para quién? ¿Cuál es tu mensaje, si es que lo tienes? ¿Qué función cumplen tus relatos y para quién son provechosos? ¿Cuáles son tus respuestas a las cuestiones fundamentales, o al  menos, a algunas de ellas?»

A fin de cuentas, con el tiempo y el oficio, el escritor se vuelve asimismo un personaje; su personaje; el que encarna al otro que escribe, mientras nosotros miramos cómo lo hace con la desesperación tan humana de preferir vivir a narrar lo que otros, por muy inexistentes que sean, han vivido. Nadie que lo haga de verdad, escribe por negocio o divertimento, lo hace por necesidad. El que de verdad escribe, lo hace porque necesita saldar cuentas con su propio personaje, extraer de él toda las experiencias que no podrá vivir, lo mismo habitar en Hogwarts, que volver a recorrer la Colonia Roma de los años cuarenta; lo mismo enamorándose de un vampiro inverosímil, que huyendo del Afganistán de los talibanes. A fin de cuentas, el escritor habrá de apagar la computadora, deberá en algún momento cerrar el cuaderno y echar el capuchón a la pluma; deberá ir por la mañana a comprar el periódico, o levantarse a las tres de la mañana precisas, cuando su hijo le pida un biberón más de leche; él, el demiurgo, el creador, el que puede hacer que una mujer llore de placer o un hombre se pegue un tiro de pura tristeza, deberá maldecir por la mañana porque la llanta del auto está tan baja que sea imposible utilizarlo y, sin embargo, llegado el momento, volverá a enfrentarse al monstruo de la hoja blanca, olvidará sus pequeñas miserias humanas, y sacando de la nada el mundo tratará de escribir una página; si lo logra, habrá conquistado el pan del día y habrá puesto fronteras al gris cotidiano de la existencia; si fracasa, volverá a intentarlo una y mil veces hasta que la imagen que había imaginado, se parezca, acaso un poco, a la que ha logrado poner en letras. De ahí, pues, que la excentricidad de Wilde, el arrojo de Hemingway, la dulzura de García Lorca, el savoir vivre de Alfonso Reyes o la elegancia natural de Carlos Fuentes, sean parte de su literatura y de ese personaje que se labraron a punta de pluma y de golpes de máquina de escribir. Amos Oz retrata con sutileza ese personaje mítico, de nuevo, a través de la mirada de otro:

«Por el camino intentará resarcirla, por lo que apenas ha ocurrido, de modo que le contará algunas historias entretenidas: por ejemplo, la historia de una mujer que llamó una vez a su puerta, una mujer de baja estatura, espaldas anchas, gruesas gafas y traje pantalón ceñido con rayas de cebra verdes y blancas, llevaba agarrado del brazo casi con violencia a un niño de unos nueve años que no dejaba de tirar con disimulo y de liberarse de la mano de su madre, señor, perdóneme por llamar así y molestarle, la verdad es que no nos conocemos mucho, es decir, a usted por supuesto le conoce todo el mundo pero nosotros no, vamos, Sagivi, qué te pasa, ¿no le vas a dar lo buenos días al famoso escritor? La verdad es que no queremos molestar, es solo medio minuto, soy una gran experta en dietas, hace mucho años tuve la oportunidad de hablar una vez durante unos instantes en la tienda de ultramarinos con la famosa señora Lea Goldberg, pero Sagivi aún no ha visto a un escritor vivo. Es muy importante para él ver a un escritor, por que algún día, cuando sea mayor, será un escritor o un poeta muy conocido. ¿Sagivi? ¿Vamos? Dile ahora nuestro escritor algo original y bonito. ¿No? ¿Qué te pasa? Te has preparado muy bien en casa. Hasta lo hemos repasado juntos de memoria. Entonces. ¿porqué ahora te da vergüenza del señor escritor? No hay que tener vergüenza. Los escritores son quienes mejor comprende nuestra alma. ¿No es cierto? Pero, perdone, de verdad no queremos molestar, enseguida nos vamos, tan solo permítanos dejarle este sobre y esperaremos pacientemente a que nos escriba una carta. Díganos lo que de verdad opina de las obras de Sagivi. ¿Qué es lo que debe corregir? ¿Sus ideas tal vez? ¿O su ortografía? ¿Tal vez el estilo? ¿O acaso le convendría escribir sobre temas más prácticos? ¿Y dónde podríamos publicar? Vamos, Sagivi, ¿qué te ocurre? ¡Di algo de una vez! ¡Estúpido niño! Perdone, señor, ¿podría al menos escribirnos por favor una recomendación? ¿O darnos una referencia? ¡Con una buena recomendación suya, en todas partes accederían a publicarnos!»

El escritor, aún el que no hace narrativa, vive atormentado por su imaginación. La teme y la venera como a una amante celosa; a veces, sin éxito, la repudia temiendo que al imaginar frustre sus propias profecías o, lo que resulta peor, se conviertan en realidades que en el fondo no desea. Decía Santa Teresa de Ávila, en una frase que luego recobraría Truman Capote, que “hay más lágrimas derramadas por las plegarias atendidas que por las que no han sido escuchadas”; el escritor continuamente disecciona el mundo, imagina sin quererlo ni comerlo, supone la conversación del chico que está en el teléfono público de la esquina; apuesta contra el destino, quién es el que está por llegar a la mesa de junto en el restaurante. Está inconforme con su realidad y tiene que generarle apéndices por todos lados; de todos ellos, tan sólo unos pocos, poquísimos, habrán de sobrevivir en su memoria y de entre esos, todavía menos se convertirán en literatura. Hay un mar de distancia entre la imaginación y la creatividad y todavía otro entre la creatividad y el arte. Sin embargo, si los personajes o las circunstancias, si el imaginario no está anclado de algún modo en la experiencia, entonces sonará falso o sus líneas aparecerán veladas y difuminadas, irreales; el escritor, lo demuestra Oz, debe atacar la realidad con uñas y dientes, sin piedad ni remordimiento, tan sólo para extraer ese mínimo diminuto de material literario, habrá de extraer el símbolo del rubor de la chica a la que se ha dicho un piropo; de trocar en palabras la rabieta del niño o el furor del adolescente; deberá proceder con sensibilidad, pero sobre todo con esfuerzo, para discernir entre la simple imagen y el drama que rodea al más insignificante accidente de tránsito. No podrá olvidar, nunca, que está mintiendo, que está diciendo lo que sus ojos no vieron, pero todo a partir de la enorme paradoja de construirlo sólo desde aquello que sus ojos, en efecto, presenciaron.

En algún momento de su novela, Versos de amor y muerte, Oz imagina que su personaje imagina la conquista, patética y gloriosa, de una mujer poco atractiva; ella, cuando él le sugiere acompañarla hasta la puerta de su casa, miente diciendo que no podrá invitarlo a pasar porque no hay cortinas; las cortinas están ahí, ella no sabe porqué ha mentido y, al descubrirse avergonzada, piensa y el autor convierte en literatura toda esa corriente de humanidad que se esconde en un personaje humano e imaginario al mismo tiempo:

«Y entonces le entrará un ataque de pánico mezclado con una pizca de vergüenza y bochorno: las cortinas no están en la lavandería, están en su sitio y, además, ¿a qué viene eso de las cortinas? ¿ A qué viene decirle que esta noche no se está muy bien en mi casa? Y soy tan lista que encima digo que los vecinos pueden verlo todo. ¿Qué conclusión puede sacar de eso? ¿Es que me he vuelto loca de remate? ¿Qué pensará que estoy pensando? Él no se ha ofrecido a entrar, tan solo ha sugerido acompañarme por las escaleras hasta la puerta y como mucho permanecer a mi lado mientras abro para asegurarse de que la llave no se ha perdido, no se tasca o se rompe en la cerradura. Y yo me he inventado una mentira para que no entre. Pese a que él ni se le ha ocurrido entrar. Y encima le he dicho que no hay persianas, y que los vecinos… Acaso no puede deducir que de hecho le estaba insinuando que si hubiese persianas o cortinas… Pero ¿y si de hecho si tenía intensión de dejarme entre ver sutilmente que quería que le invitase a entrar, a charlar un rato más, o tomar algo? En tal caso, ¿no es cierto que nada más entrar podrá ver que las cortinas están en su sitio? ¿qué no se han llevado a ninguna lavandería? ¿y entonces? ¿No se dará cuenta enseguida de que simplemente le he mentido sin ningún motivo? ¿Dónde podré meter la cabeza?»

Por otra parte, el escritor, para conquistar la satisfacción de leer sus propias palabras con un mínimo de decoro, con la gloria pasajera y efímera de haber logrado la frase que anhelaba, deberá enfrentar el paso del tiempo y la inamovilidad del mundo. El mundo estará ahí, como siempre, absolutamente fiel a sí mismo y, sin embargo, eternamente quieto en si mismo, su movimiento aparente no es sino el resultado de incontables repeticiones; uno se para en la esquina de Madero, justo frente al Zócalo y en diez minutos habrá visto pasar miles de personas, podrá parecerle una maravilla, lo sería menos si nos diéramos cuenta en ese instante que de todas ellas la gran mayoría están cubriendo su rutina cotidiana; nos asombra la primavera con sus colores y, desde hace miles de miles de años y hasta dentro de otros tantos, los repetirá con incesante hastío; porque lo que vemos en realidad no es el mundo, sino la interpretación que hemos logrado gracias al arte y a la literatura; lo decía Wilde, “Londres no tenía niebla hasta que Whistler la pintó”. Ese es el trabajo del escritor, dotar de vida y sentido a lo que no lo tiene por sí mismo, al mismo tiempo, otra gran paradoja, debe disecar el mundo y atraparlo entre las páginas del libro para robarles la vida y convertirlos en escenas estáticas para siempre; hasta la eternidad, hasta que quede el último ejemplar, don Quijote atacará los molinos; el escritor habrá dado vida a lo muerto y en el mismo acto, habrá matado lo vivo para hacerlo retrato:

«Pero ¿por qué escribir sobre algo que también existe sin ti? ¿para qué describir con palabras lo que no son palabras? Así mismo, ¿qué función desempeñan tus relatos, si es que desempeñan alguna? ¿a quién le resultan útiles? ¿quién necesita, si me permites la pregunta tus manidas fantasías sobre cansinos asuntos de cama con camareras frustradas, sobre recitadoras solteras que viven con su gato, sobre damas de honor de la reina de los mares de Eilat de hace veinte años? A pesar de todo ¿serás tan amable de explicarnos, resumiendo, con tus palabras, lo que el autor pretende decir en este texto? Se siente completamente avergonzado por mirar a todos desde lejos, de reojo, como si existiese solo para que él los utilice en sus relatos. Y esa vergüenza acarrea también una angustiosa pena por ser siempre un extraño, por su incapacidad para tocar y ser tocado, porque lleva toda la vida con la cabeza metida en la anticuada máquina de fotos. Como la mujer de Lot: para escribir debes mirar hacia atrás. Y así tu mirada te convierte a ti y los convierte a ellos en estatuas de sal.»

Amos Oz aparece así como el escritor que aparenta estar desnudo pero que en realidad está recatadamente vestido; lanza una cortina de humo para que podamos entrever el mecanismo de su laboratorio literario, pero sobre todo, acierta y con precisión, convirtiendo en literatura el cotidiano completo del hombre común, es decir, de cada uno de nosotros.

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