Taller: Derecho y literatura por César Benedicto Callejas

Dirigido a abogados, filósofos, sociólogos, escritores y creadores de todas las ramas de la cultura, ofrece una serie de reflexiones en torno a la narrativa de lo jurídico y lo literario, una explicación a los fenómenos de nuestro tiempo y una comprensión de la cultura como identidad y clave de interpretación de la realidad. Una visión a los juicios de Oscar Wilde, el Holocausto y el caso Dreyfus. 10 horas con material especializado, audiovisual y textos.

Inicia: 28 de abril.

Una oportunidad para no perderse:

http://edured.mx/taller_derecholit.html

 

El libro nuestro de cada martes: La vida en Cartas. Correspondencia de Oscar Wilde

Sin duda, una de las mentes privilegiadas en la historia occidental ha sido la de Óscar Wilde, su fino humor y su capacidad literaria lo hicieron grande; más allá de sus letras, en lo conceptual, Wilde denunció una crisis de credibilidad de las normas que debían regular la conducta social y en la práctica llevó un estilo de vida que, si bien parecía coincidir con sus convicciones y con su genio -aún dentro de la doble moral de su tiempo-, entraba en franca confrontación con grupos de interés y de presión política y social al interferir con sus prejuicios y su esfera de poder. Todo ello, aunado a la enorme soledad de Wilde, que no representa movimiento ni corriente ninguna, fueron los factores que determinaron su caída.

Bajo las delicias y exquisiteces de su literatura, conforme se desciende al interior de su precioso estilo, el lector debe enfrentarse con el lado más acre de la expresión wildeana, aquel regusto de cinismo de quien sabe que no podrá cambiar el mundo y que aspira, al menos a un espacio diminuto, personalísimo si se quiere, de tolerancia y libertad; el lector debe enfrentar también una potencia expresiva que no por ser menos grandilocuente resulta menos filosa e incisiva.

Pero hay un Wilde íntimo, sencillo y pleno que rescata su nieto Merlin Holland, en la correspondencia selecta, anotada, explicada y que, en su conjunto, describe al hombre de cuerpo entero en cada una de sus etapas. Leerlas significa descubrir una prosa distinta, enorme y dulce, pero siempre wildeana.

Un libro que no puede perderse para completar el mundo de Wilde al que accedemos por sus obras.

Algo más sobre el libro:

http://www.albaeditorial.es/php/sl.php?shop.showprod&nt=7455&ref=97884%2D84282495&fldr=4#.W5f_7y13HOQ

Merlin Holland habla sobre la experiencia carcelaria de Wilde

La selfie de Narciso

 

Cualquier día, a cualquier hora, cualquiera de nosotros se hace un autorretrato, una selfie, dicen mis hijos; ocurre todo el tiempo. Por la noche, antes de la lectura, mi atención sucumbe ante la curiosidad de entrar al “Facebook” para ver como marcha el mundo; el informativo de la red social advierte sobre el caos en que policías, manifestantes, ladrones y hasta perros callejeros han convertido la urbe; me asomo a la calle y no pasa nada. Lo que queremos es mirar cuántos asentimientos hemos colectado, cuanta gente ha comentado nuestras ideas y qué frases nos podemos apropiar para hacérselas decir a Óscar Wilde, a Miguel de Cervantes o, en última instancia, a Paulo Coelho. Por último, una mirada al Twiter y ahí si ya hemos perdido todo sentido de la realidad; académicos reputados con frases colosales como “es mejor estar vivo que muerto” o “sabía usted que en México muy poca gente lee”, incluso diminutos amos del lenguaje haciendo malabares para generar un mensaje radical, ácido e incisivo en sólo ciento cuarenta caracteres y ya estamos perdidos, hemos recibido un golpe del que nos tomará algunas horas reponernos: nadie se ha dignado repetir – retuitear – nuestro sabio concepto del día.

Tomémoslo con humor. Alguna vez leí en el Facebook, que esa página nos hace sentir populares, el tweeter nos hace sentir inteligentes y el Instagram nos hace sentir artistas y me lo creo, porque hemos generado un mundo en el que el mercado ya no nos basta, no nos es suficiente que la mano invisible haga justicia y ponga orden sino que además, queremos que nos acaricie y nos apapache. Hemos provocado, en medio de la gran soledad de nuestro tiempo, el paliativo ideal para nuestro maltrecho narcisismo: la sobreinformación y la facilidad para crear nosotros mismos nuestros contenidos y divulgarlos. Si en la misma medida hubiéramos creado conciencia crítica y contrastes de información, no andaríamos tan perdidos como para creernos y divulgar que el Secretario General de las Naciones Unidas puede exigir la renuncia del Presidente de la República, que Malala se echó a llorar con las travesuras del mexicano intrépido o que vendrán siete días de obscuridad por causas que la NASA se niega a revelar. Al final del día, no es eso lo que queremos, a lo que aspiramos no es a ser informados, sino a que nos reconozcan y que en un segundo de gloria debida a la suerte, nos volvamos “trending” por un chiste pirata pero bien contado.

Este es nuestro tiempo del Narciso que se mira en la selfie y ya no en el lago, ahora con la ventaja de que no puede ahogarse en su propio dispositivo móvil. Para mi generación, aquella de quienes nacimos en la década de 1970 tal vez ya no haya remedio y la infatuación en la que vivimos con nuestro talento recién descubierto y admirado, nos dure para siempre; pero algo podrá hacerse con los nativos de la era tecnológica, apostar por su capacidad de discernimiento porque, a pesar de todo, la de asombro no ha mermado sino que aumenta con el dominio de tecnologías que nos permiten libertades que antes nunca hubiéramos soñado. De alguna manera, la educación debe crear la idea de que las redes sociales son escaparates gigantes, llamativos y sumamente útiles, pero que no son oráculos ni profetas sibilinos; de alguna manera podrían ellos volver, sin pena pero con gloria, no creyéndoselas todas, pero dialogando con muchas culturas, acentos e ideas diversas. En fin, mientras tanto, ya veremos si estas líneas alcanzan a merecer un “like” del amable lector.

El libro nuestro de cada martes: La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde

En los primeros días de 1895, Oscar Wilde estrenaba en el Theatre Royal de Haymarket, su The Ideal Husband; el éxito fue inmediato, en la obra Wilde lanzó un ataque fino, acerado y certero contra la corrupción política de su tiempo, contra la doble moral victoriana y contra la opresión que la moral pública ejercía sobre los individuos. En la pieza, acosado por su pasado corrupto, un representante de la aristocracia británica debe enfrentar un chantaje; como en todas las obras de Wilde, sus parlamentos ofrecen dos o más lecturas, en este caso, a la crítica política se suma su visión del tiempo y circunstancia a la que pertenecía:

Mistress Cheveley.- En tal caso mi querido Sir Roberto, estaría usted perdido sencillamente. Acuérdese a dónde le ha elevado su puritanismo en Inglaterra. En otros tiempos nadie se creía mejor que su vecino, ni en un ápice. Realmente al que era un poco mejor que su vecino se le consideraba como un ser excesivamente vulgar, muy clase media. En nuestros dais con nuestra moderna manía de la moralidad, cada cual tiene que exhibirse como modelo de pureza, de incorruptibilidad y de las otras siete virtudes mortales. Y todo ¿para qué? Caen ustedes todos como bobos, uno tras otro. No pasa un solo año en Inglaterra sin que se desplome alguien. Antes, los escándalos prestaban cierto encanto a un hombre, o al menos, lo hacían interesante; ahora le aplastan. y el de usted es un escándalo muy sucio. ¡No podría sobrevivir a él!

  Un mes mas tarde, en el St. James Theatre, se estrenaba The importance of being Earnest. Wilde se encuentra en su mejor momento de fama y en pleno dominio de su capacidad creativa; durante los años anteriores, el ascenso de Wilde en la escena social y literaria de Londres y París había estado acompañado de una transformación en su actitud frente a la moral colectiva y también frente a la situación institucional en ambas capitales. Si bien Wilde nunca fue conformista, lejos de ser el excéntrico dando, el heredero afortunado y talentoso, se había construido con una carrera de gran peso para convertirse en el primer dramaturgo en lengua inglesa y en uno de los autores más leídos y comentados en ambas riveras del Canal de la Mancha.

En cierto modo, el irlandés había desarrollado un sentido de certeza sobre su influencia, que no sólo partía de su pluma sino de su personalidad y de su actitud, que habían alcanzado en la sociedad de su tiempo al grado de permitirle hacer afirmaciones o tomar posturas que difícilmente habrían sido toleradas en personajes menos célebres; así, por ejemplo, el hecho de colocar dos obras monumentales y exitosas en el lapso de solo un mes, en los mejores teatros de la temporada, hablaba de una aceptación inequívoca que para el propio escritor se presentaba como una posibilidad de presionar a las estructuras colectivas fuera del contexto del poder político, veamos dos ejemplos más. En The Ideal Husband, su crítica social, acre aunque elegante, busca confrontar a su sociedad consigo misma:

Lord Caversham.- Buenas noches, lady Chiltern. ¿Está por aquí la inutilidad de mi hijo menor?

Lady Chiltern.- Me parece que Lord Goring no ha llegado aún.

Mabel Chiltern.- ¿Porqué llama usted inutilidad a Lord Goring?

Lord Caversham.- Por que hace una vida de holganza.

Lady Chiltern.- ¿Cómo puede usted decir eso? Da su paseo a caballo por el Row, a las diez de la mañana. Asiste a la Ópera tres veces por semana, cambia de traje lo menos cinco veces al día, ¿y come fuera de casa todas las noches durante la season! no creo que pueda usted llamar a eso una vida de holganza.

Lord Caversham.- Es usted una muchacha encantadora.

Y aún, más adelante, Wilde confronta a su sociedad directamente:

Mabel Chiltern.- ¡Pues a mi me gusta la sociedad londinense! Ha progresado notablemente. Hoy día está compuesta de guapos imbéciles y de deslumbrantes lunáticos. Que es precisamente lo que debe ser una sociedad.

  El irlandés no se propone como conciencia crítica de su sociedad, pero su denuncia, amparada por su fama, la calidad e impacto de su trabajo literario y su lugar prominente en la vida cultural de Europa occidental había extralimitado la potencia de sus capacidades y se había transformado en un desafío para ciertos sectores de  la sociedad que no tendrían posibilidad ni deseo de procesar a un personaje como Wilde. Desde meses atrás el escritor se había embarcado en un modelo de vida que contravenía los valores establecidos, aspirando tanto a una mayor libertad como a un ajuste de cuentas entre la realidad, las decadentes prácticas sociales y las estructuras políticas y jurídicas que la sostenían.

Tres años antes de estreno de The Ideal Husband, Wilde había comenzado los ensayos de su Salomé en el Palace Theatre de Londres, en lengua francesa y con Sarah Bernhardt en el papel principal; la puesta en escena representaba varios desafíos a las inveteradas costumbres de la clase social a la cual el autor pertenecía. Por un lado -desde lo jurídico- había retado a la censura, pues los ensayos se habían adelantado a la resolución que debía autorizar el montaje; por el otro, la lengua materna y la nacionalidad de la protagonista, la francesa, era mucho más que un recurso estilístico, era la afirmación de una libertad que Wilde atribuía a Francia y que negaba constantemente a Inglaterra, que solía manifestar públicamente en expresiones como esta: la gran superioridad de Francia sobre Inglaterra se debe a que en Francia todo burgués quiere ser un artista, mientras que en Inglaterra todo artista quiere ser un burgués. Y por último, el tema mismo de la obra, el asunto bíblico; Wilde sabía -como lo sabían todos los dramaturgos que trabajaban en Londres entonces- de la existencia de un acta del Parlamento que prohibía la representación teatral de cualquier obra que tuviera como personajes a héroes o heroínas bíblicas; así, aunque amparado en la deslumbrante fama de su diva y aún en su propia luminosidad como personaje social y como autor, tuvo que enfrentar la suspensión de los ensayos y la prohibición de la ejecución pública de su trabajo.

Todavía en febrero catorce de 1895, Wilde estrenó con enorme éxito la que sería la más grande de las obras teatrales de su autoría y también la última, The importance of being Earnest; simpático juego de palabras intraducible a otras lenguas, pues lo mismo resulta fonéticamente “La importancia de ser Ernesto” o la forma más recurrente “La importancia de llamarse Ernesto” y también “La importancia de ser solemne” o la habitual “Importancia de ser serio”; con el objeto de mantener la fidelidad del juego de palabras, en su traducción, Alfonso Reyes propuso “La importancia de ser Severo”.

Esta “comedia trivial para gente seria”, constituye uno de los experimentos de crítica social más avanzados de Wilde, es una sátira descarnada de la moral victoriana y de su complejo entramado de conductas, valores y afirmaciones siempre en referencia a los sexual y al matrimonio, a la condición social o a la calidad de la fortuna.

Más allá de sus letras, en lo conceptual, Wilde denunció una crisis de credibilidad de las normas que debían regular la conducta social y en la práctica llevó un estilo de vida que, si bien parecía coincidir con sus convicciones y con su genio -aún dentro de la doble moral de su tiempo-, entraba en franca confrontación con grupos de interés y de presión política y social al interferir con sus prejuicios y su esfera de poder. Todo ello, aunado a la enorme soledad de Wilde, que no representa movimiento ni corriente ninguna, fueron los factores que determinaron su caída.

Bajo las delicias y exquisiteces de su literatura, conforme se desciende al interior de su precioso estilo, el lector debe enfrentarse con el lado más acre de la expresión wildeana, aquel regusto de cinismo de quien sabe que no podrá cambiar el mundo y que aspira, al menos a un espacio diminuto, personalísimo si se quiere, de tolerancia y libertad; el lector debe enfrentar también una potencia expresiva que no por ser menos grandilocuente resulta menos filosa e incisiva, en The Importance of being Earnest, al principio, Wilde propone esta caracterización de las castas al interior de la sociedad británica:

Algernon.- ¿Porqué será que en una casa de soltero son, invariablemente los criados los que se beben el champaña? Lo pregunto simplemente a título de información.

Lane.- Yo lo atribuyo a la calidad superior del vino, señor. He observado con frecuencia que en las casas de los hombres casados rara vez es de primer orden el champaña.

A.- ¡Dios mío! ¿Tan desmoralizador es el matrimonio?

L.- Yo creo que es un estado muy agradable, señor. Tengo de él poquísima experiencia, hasta ahora. No he estado casado más que una vez. Fue a causa de un error entre una muchacha y yo.

A.- No sé si me interesa mucho su vida familiar, Lane.

L.- No, señor; no es un tema muy interesante, yo nunca pienso en ella.

A.- Es naturalísimo y no lo dudo. Nada más, Lane. Gracias.

L.- Gracias, señor.

A.- Las ideas de Lane sobre el matrimonio parecen algo relajadas. Realmente si las clases inferiores no dan buen ejemplo ¿Para qué sirven en este mundo? Como clase, parece que no tienen en absoluto sentido de la responsabilidad moral.

 

La literatura de Wilde, de acuerdo con su propia comunicación estética, no era sino una muy elaborada estilización de su postura frente al mundo, frente a su tiempo y frente a la cultura y prácticas de su generación. No podríamos decir que Wilde fuera un ideólogo, o que sus textos y actitudes buscaran una modificación de las relaciones sociales, éticas o jurídicas de su tiempo; en cambio, si estamos frente a un hombre de particular talento, de un revolucionario en el ámbito literario y de una manifestación clara de las disyunciones de un sistema jurídico y político cuyas clases dominantes, en tanto que creadoras de las normas jurídicas, habían perdido contacto con la realidad o que, aún teniéndolo no estaban dispuestas a acotar sus privilegios ni sufrían presiones suficientes para hacerlo. No debe olvidarse que incluso Marx, basado en esta misma observación suponía que la revolución proletaria debía comenzar por Inglaterra.

En la medida que su buena estrella se levantaba sobre el horizonte de su sociedad, la conducta de Wilde se volvía más desafiante. En 1884 se había casado con Constance Lloyd, hija de un prominente abogado de Dublín, un año más tarde nace Cyril y para 1886 Vyvyan, el segundo y último de sus hijos. En 1891, comienza su relación con Bosie, Lord Alfred Douglas, hijo del marqués de Queensberry. Días después del estreno y triunfo de The Importance, el drama del poder frente a la libertad, de las convenciones sociales frente al genio y de un sistema jurídico, social y político, que por su duplicidad moral y su represión de conductas, debiera haber estado en crisis pero que por la red de convenciones, creencias firmes y promesas de poder que lo sostendrían , todavía hasta poco después de la Segunda Guerra Mundial, frente a la dignidad, harán colisión de una manera lamentable.

En 2002 Oliver Parker llevó a la pantalla, con Rupert Everett en el protagónico una excelente versión de la obra, aquí el tráiler.

Las utopías de la modernidad. Un breve elenco

Si durante la antigüedad las utopías pretendieron el retorno a la Edad Dorada y durante la Edad Media se aproximaron a la idea de la Nueva Jerusalén y a la reproducción terrenal del orden divino; las utopías renacentistas están más emparentadas con aquellas otras de la ilustración; ambas proponen un orden social completo, en las primeras a través de la reconstrucción del orden social sobre la exaltación de la bondad natural del hombre, las segundas buscarán no en la naturaleza sino en la razón la posibilidad de una sociedad mejor. Las utopías siguientes, las del maquinismo, el empirismo y el positivismo, emprenderán rutas basadas en el concierto social, la lucha de clases y el progreso tecnológico, esto es, una nueva generación de utopistas, rebeldes contra sus antecesores.

Entre las nuevas utopías se encuentran, El paraíso de las madres solteras, en The Empire of the Nairs, de James Lawrence; el Evangelio del Industrialismo de Claude Henri de Saint-Simon; Cómo correr en un campo de algodón en Una nueva visión de la sociedad de Robert Owen; Pasiones liberadas de Charles Fourier, Destino en Viajes en Phrenologasto de John Trotter; Lotófagos de Lord Tennyson; Paraíso de árboles plásticos en Un paraíso en la búsqueda del hombre de J. A. Etzler, Los placeres de la igualdad en Viaje a Icaria de Etienne Cabet; La cura por el agua en Sueño de Reforma de Henry J. Forrest; A un convento, en Cielo – Cielo de Gerard Manley Hopkins; la más brillante utopía del siglo XIX, Erewhon, de Samuel Butler, escrita en 1872 – desde luego, Erewhon no es sino el acrónimo de Nowhere, ninguna parte -; Dioses muertos, en El periodo fijo, de Anthony Trollope; Mujeres en el poder , en La revuelta del hombre de Walter Besant; Verde Inglaterra, en Luego de Londres de Richard Jefferies; la Frustración de Smith, capítulo de La edad de cristal de W. H. Hudson; la Nueva Amazonia de Elizabeth Bugoyne Corbett; la Columna del César de Ingatius Donnelly, la menopausia utópica en Mujer libre de Elizabeth Wolstenholme – la que podemos considerar la primera utopía con contenidos de género en la historia; Mañana de Ebenezer Howard; las Anticipaciones de H. G. Wells; Limanora de John Macmillan Brown; Nacimientos Virginales y en Herland de Charlotte Perkins, y Nosotros de Yevgeny Zamyatin.

Entre los autores que, como en cada época, destacan por su profundidad y por su influencia, durante la etapa de la larga paz previa a la Primera Guerra Mundial, destacan autores de contenido fuertemente utópico y social en su obra como Charles Dickens, en especial en libros como Household Words; el crítico John Ruskin, sobre todo por ensayos como Las cosas verdaderamente preciosas en Pintores Modernos, y el Socialismo para Estetas, de Oscar Wilde en El espíritu del hombre bajo el Socialismo, El libro de la Selva de Rudyard Kipling y Juventud de Joseph Conrad; sin embargo, en ésta época comienzan a presentarse personalidades cuyo perfil, eminente en lo político y en lo económico, nos hace referirlos a cuestiones más bien prácticas de la actividad social pero que exponen también ideas tendientes a los conceptos utópicos; así por ejemplo, el célebre Discurso de Gettysburg de Abraham Lincoln, o la Crítica del programa Gotha de Karl Marx.

El periodo de incubación del fascismo, los traumas generados por ambas guerras mundiales y la depresión económica y la bancarrota moral de las posguerras, determinaron un giro importante para las utopías; en lugar de desaparecer, se modificaron tanto en el sentido sombrío de la contrautopía, sino también en el desaforado discurso ideológico fascista y en la contradictoria esperanza del desilusionado existencialismo.

En esa época destacan textos como Viviendo una época en Samoa de Margaret Mead, Sitios Etruscos de D.H. Lawrence; Horizontes perdidos, donde aparece la célebre Shangri – La de James Hilton, la antiutopía La Noche de la Swastika de Katharine Burdekin, las versiones del Cristo redivivo como El hombre que no pecó de Newman Watts y Cristo de nuevo crucificado de Nikos Kazantzakis, la presencia de elementos psicológicos y de las escuelas conductistas como Walden dos de B.F Skinner, y las asociadas por diferencia Mein Kampf de Hitler y 1984 de George Orwell, que podemos considerar las máximas antiutopías.

Esta necesidad de reconstrucción humana luego de la violencia y la desolación posterior a las grandes guerras, hizo posible que se siguieran construyendo nuevas utopías; Tocando el piano, de Kurt Vonnegut, Un mundo feliz, Las puertas de la percepción e Isla, de Aldous Huxley; El libro de Daniel de E. L. Doctorow, Ciudades invisibles de Ítalo Calvino, Solución tres de Naomi Mitchison, La mujer al borde del tiempo de Marge Piercy; Una historia del mundo en 10 ½ capítulos de Julian Barnes; Justicia mediante la Lotería de Barbara Godwin, Lo que las mujeres quieren de Bernadette Vallely; Sociedades deseables de Jim Dator, Visiones de Michio Kaku, Edén notable de Lee M. Silver, Solaris, del polaco Stanislav Lem y los cuentos futuristas de Philip Dick.

La voz de papel: El retrato de Dorian Gray, de Óscar Wilde

Disfrute el arranque de la novela icónica de Wilde, un encuentro con la seducción de la belleza

El arte de conversar, de Oscar Wilde. Para disfrutar de nuestro fraseario

Ofrecemos el fraseario de un libro de excepción: El arte de Conversar de Oscar Wilde, traducido por Roberto Frías y editado en Barcelona por Ediciones Atalanta.

Sin gazmoñerías, reflexiones con una guía sutil y magnífica para adentrarse en los meandros de la naturaleza humana.

 

El debe ser muy respetable. Uno jamás ha oído su nombre antes, a lo largo de toda su vida, y eso, actualmente, enaltece a un hombre. Una mujer sin importancia 

CECILY: Un hombre del que se habla mucho es atractivo siempre. Después de todo, uno intuye que algo tendrá.  La importancia de llamarse Ernesto

SEÑORA ALLONBY: El hombre ideal […] debe decir siempre más de lo que quiere y querer siempre más de lo que dice. Una mujer sin importancia

SEÑORA ALLONBY: El hombre ideal […] nunca debería criticar a otras mujeres hermosas; eso mostraría su falta de buen gusto o haría sospechar que tiene demasiado. Una mujer sin importancia 

[…] un caballero natural, el peor tipo de caballero que conozco. El abanico de Lady Windermere

Llorar es el refugio de las mujeres sin gracia y la ruina de las bonitas. El abanico de Lady Windermere

Se necesita una mujer completamente buena para hacer algo completamente estúpido. El abanico de Lady Windermere

No creo que exista una sola mujer en el mundo que no se sienta halagada si uno le hace el amor. Es eso lo que hace a las mujeres irresistiblemente adorables. Una mujer sin importancia

Treinta y cinco años es una edad muy atractiva. La sociedad londinense está repleta de mujeres de la más alta cuna que, durante años y por propia voluntad, se han quedado en los treinta y cinco. La importancia de llamarse Ernesto.

No me importa que las mujeres simples sean puritanas. Es la única excusa que tienen para ser simples. Una mujer sin importancia.

Las mujeres nos aman por nuestros defectos. Si tenemos suficientes nos lo perdonarán todo, incluso un gran intelecto. Una mujer sin importancia

Las chicas estadounidenses son tan ingeniosas al ocultar a sus padres como las inglesas al ocultar su pasado. El retrato de Dorian Gray.

Ella fue hecha para ser la esposa de un embajador. Ciertamente, posee la inusitada facultad de recordar los nombres de las personas y olvidar sus rostros. Una mujer sin importancia

Estoy harto de las mujeres que me quieren. Las que me odian son mucho más interesantes. El retrato de Dorian Gray.

La única manera de comportarse con una mujer es haciéndole el amor, si es bonita, y si es fea, haciéndoselo a alguien más. La importancia de llamarse Ernesto.

Ser adorado es una molestia. Las mujeres nos tratan como la humanidad trata a sus dioses. Nos alaban y siempre nos piden que hagamos algo por ellas. El retrato de Dorian Gray.

Una mujer sólo puede reformar a un hombre aburriéndolo tanto que éste pierda todo posible interés en la vida. El retrato de Dorian Gray

Si una mujer no puede hacer que sus equivocaciones parezcan encantadoras, es sólo una hembra. El crimen de Lord Arthur Savile.

Sólo las mujeres muy feas o muy hermosas ocultan alguna vez su rostro. La duquesa de Padua

Hay sólo una verdadera tragedia en la vida de una mujer. El hecho de que su pasado es siempre su amante, y su futuro, invariablemente su esposo. Un marido ideal.

Prefiero a la mujeres con pasado; es muy divertido hablar con ellas. El abanico de Lady Windermere.

Uno siempre puede ser amable con la gente que no le importa. El retrato de Dorian Gray

Es absurdo dividir a la gente en buena y mala. La gente es encantadora o tediosa. El abanico de Lady Windermere

La gente de hoy se comporta con perfecta monstruosidad: habla mal de uno y a sus espaldas, diciendo cosas que son completa y absolutamente ciertas. Una mujer sin importancia

Estoy seguro de que no conozco a la mitad de la gente que visita mi casa, y ciertamente, por lo que me han dicho, no debería intentarlo. Un marido ideal

Me agradan los hombres con futuro y las mujeres con pasado. El retrato de Dorian Gray.

Ya no apruebo ni desapruebo nada. Eso es adoptar una actitud absurda ante la vida: no hemos venido a este mundo a pavonearnos de nuestros prejuicios. Nunca advierto lo que la gente común dice y nunca interfiero en las acciones de la gente encantadora. El retrato de Dorian Gray

Todo arte es inmoral. La emoción por la emoción es la meta del arte. Y la emoción por la acción es la meta de la vida. El crítico como artista

Podemos perdonar a un hombre por elaborar una cosa útil , siempre y cuando no la admire. La única excusa para crear algo inútil es que se lo admire intensamente. Todo arte es bastante inútil. El retrato de Dorian Gray 

Ningún artista tiene simpatías éticas. En un artista, una simpatía ética sería un imperdonable manierismo de estilo. El retrato de Doran Gray

Los únicos retratos creíbles son aquellos en los que queda muy poco del modelo y mucho del artista. La decadencia de la mentira.

La gran superioridad de Francia sobre Inglaterra se debe a que en Francia todo burgués quiere ser un artista, mientras que en Inglaterra todo artista quiere ser un burgués. (En conversación).

Mentir, decir cosas hermosas y falsas, ése es el verdadero objetivo del arte. La decadencia de la mentira

Es posible que un toque de naturaleza hermane al mundo entero, pero dos toques de naturaleza destruirían cualquier obra de arte. La decadencia de la mentira.

El arte es nuestra vigorosa protesta, nuestro heroico intento de enseñarle su sitio a la Naturaleza. La decadencia de la mentira.

Desvelar el arte y ocultar al artista, ésos son los objetivos del arte. El retrato de Dorian Gray

El secreto de la vida es no tener nunca una emoción poco elegante. Una mujer sin importancia.

El «Libro de la Vida» comienza con un hombre y una mujer en un jardín y termina en Apocalipsis. Una mujer sin importancia

La vida es sencillamente un mauvais quart d´heure, hecho de exquisitos momentos. Una mujer sin importancia

La vida jamás es justa … Y quizá eso es algo bueno para la mayoría de nosotros. Un marido ideal 

Uno puede tolerar las desgracias; vienen del exterior y son accidentes. Pero sufrir por los propios errores… ¡Ah, ahí está la gracia de la vida! El ábanico de Lady Windermere

La vida en la ciudad nutre y perfecciona los elementos más civilizados del hombre; Shakespeare no escribió más que pasquines chabacanos antes de venir a Londres, y no escribió una sola línea después de irse. (En conversación) 

Vivimos en una época que lee demasiado para ser sabia y que piensa demasiado para ser bella. El retrato de Dorian Gray.

Cuando los dioses quieren castigarnos responden a nuestras plegarias.  Un marido ideal. 

La ética, como la selección natural, hace posible la existencia. La estética, como la selección sexual, hace la vida más amable y maravillosa, la llena de nuevas formas, le aporta progreso, variedad y cambio. El crítico como artista.

[…] aunque lo intentamos, no podemos alcanzar la realidad que subyace a las cosas. Quizá la terrible razón de ello es que no hay más realidad en las cosas que su apariencia. (En conversación) 

El mundo es el escenario, pero la obra tiene un pésimo reparto.  El crimen de Lord Arthur Savile

Escribí cuando no conocía la vida. Ahora que entiendo su significado, ya no tengo que escribir. La vida no puede escribirse; sólo puede vivirse. (En conversación)

[…]  el mundo no me escuchará ahora. Es extraño lamentarse (antes no lo hubiera creído posible) de que uno haya tenido tanto tiempo libre: un ocio que me parecía tan necesario cuando yo mismo era un creador de hermosos objetos.

(En conversación)

El señor Zola está decidido a demostrar que si no tiene genio por lo menos puede ser insulso.  La decadencia de la mentira

Entre Hugo y Shakespeare se agotaron todos los temas. La originalidad es imposible, incluso al pecar. Así que ya no que dan verdaderas emociones, sólo adjetivos extraordinarios. (En conversación)

Matthew Arnold era un buen poeta, pero estaba muy equivocado; siempre intentaba alcanzar lo más difícil: conocerse a sí mismo. Y a veces por eso, a mitad de sus más hermosos poemas, dejaba de ser el poeta y se convertía en el inspector escolar. (En conversación)

Balzac: era una combinación extraordinaria de temperamento artístico y espíritu científico. El estudio formal de Balzac reduce a nuestros amigos vivos a sombras y a nuestros conocidos a sombras de las tinieblas. La decadencia de la mentira

Llamar a un artista morboso sólo porque su objeto de trabajo es la morbosidad es tan tonto como llamar a Shakespeare demente sólo porque escribió El rey Lear. El alma del hombre bajo el socialismo.

Hay dos maneras de despreciar la poesía: una es despreciándola y la otra es leyendo a Pope. (En conversación)

Si uno no puede disfrutar un libro una y otra vez, no tiene sentido leerlo. La decadencia de la mentira

Los libros que el mundo llama inmorales son los libros que muestran al mundo su propia vergüenza. El retrato de Dorian Gray

Sobre Charles Dickens: Hay que tener un corazón de piedra para leer la muerte de la pequeña Nell y no reírse. (En conversación)

Para conocer la cosecha y la calidad de un vino no es necesario beberse toda la botella. Media hora debe ser suficiente para decidir si un libro vale la pena o no. Diez minutos deberían bastar si uno posee el instinto para la forma. ¿Quién quiere vadear todo un libro insulso? Con probarlo basta.  El crítico como artista

Cuando el público dice que una obra es groseramente incomprensible quiere decir que el artista ha dicho o hecho algo hermoso que es nuevo. Cuando describe un trabajo como groseramente inmoral quiere decir que el artista ha dicho o hecho algo hermoso que es verdadero. El alma del hombre bajo el socialismo.

La literatura siempre se anticipa a la vida; no la copia, sino que la modela a su antojo. El siglo diecinueve, tal y como lo conocemos, es en gran medida una invención de Balzac. La decadencia de la mentira

Después de tocar a Chopin me siento como si hubiese llorado pecados que nunca cometí, como si me hubiese dolido de tragedias que no eran mías. Siempre me parece que la música produce ese efecto: crea un pasado que ignorábamos y nos llena con la sensación de pesares que se han escondido de nuestras lágrimas. El critico como artista 

El único encanto del matrimonio es que vuelve completamente necesaria una vida de engaños para ambas partes. El retrato de Dorian Gray

¿Cómo puede una mujer ser feliz con un hombre que insiste en tratarla como si fuera un ser absolutamente natural? Una mujer sin importancia.

Su capacidad para el afecto familiar es extraordinaria; al morir su tercer marido, el cabello se le puso rubio por la pena. El retrato de Dorian Gray 

DUQUESA DE BERWICK: De hecho, nuestros maridos se olvidarían de que existimos sino le fastidiáramos de vez en cuando sólo para recordarles que tenemos el derecho totalmente legal de hacerlo. El abanico de Lady Windermere

El amor puede canonizar a la gente, los santos son aquellos a quienes más se ha amado. (Carta a Robert Ross, 28 de mayo de 1897)

Siempre hay algo ridículo en las emociones de la gente a la que dejamos de amar. El retrato de Dorian Gray

Los hombres quieren ser siempre el primer amor de una mujer. Ahi está su torpe vanidad. Las mujeres tienen un instinto más sutil para las cosas: prefieren ser el último romance de un hombre. Una mujer sin importancia.

¡Los misioneros, querido! ¿No te das cuenta de que los misioneros son la comida que la divina providencia envía a los indigentes y desnutridos caníbales? Cuando están a punto de morir de inanición, el Cielo, en su infinita misericordia les envía un buen misionero carnoso.  (En conversación)

Ser natural es la pose más difícil de mantener. Un marido ideal 

Toda la mala poesía surge de un sentimiento genuino.  Ser natural es ser obvio, y ser obvio es ser inartístico.  El crítico como artista

Todos deberíamos llevar el diario de otro. (En conversación)

Apuñalaría a su mejor amigo con tal de escribir un epigrama en su lápida. Vera o los nihilistas.

EI primer deber en la vida es ser lo más artificial posible. No se ha descubierto el segundo deber.  Frases y filosofías para el uso de los jóvenes

Hay que ser siempre un poco inverosímil.  Frases y filosofías para el uso de los jóvenes

Nunca hay que debutar con un escándalo; eso se reserva para amenizar la vejez. El retrato de Dorian Gray 

Los ingleses poseen el milagroso poder de transformar el vino en agua. (En conversación) 

No creo que viva para ver el nuevo siglo: si comienza otro siglo y yo sigo vivo, será realmente más de lo que los ingleses pueden soportar. (En conversación) 

Actualmente lo tenemos todo en común con Estados Unidos, a excepción, por supuesto, del idioma. El fantasma de Canterville

Es una superstición popular que al visitante de los más lejanos rincones de Estados Unidos se le llama extranjero, pero cuando fui a Texas me llamaron capitán, al llegar al centro del país me decían coronel, y al acercarme a la frontera con México, general(En conversación; Estados Unidos) 

Quizá después de todo América nunca haya sido descubierta. Yo diría que sólo ha sido detectada. El retrato de Dorian Gray

Sobre las chicas estadounidenses: Hermosas y encantadoras: pequeños oasis de hermosa irracionalidad en un vasto desierto de práctico sentido común. (En conversación)

Al salir de su patria, algunas mujeres norteamericanas adoptan una apariencia de enfermedad crónica: creen que es una especie de refinamiento europeo. Una mujer sin importancia

No hay parafernalia ni pompa ni maravillosas ceremonias. Solo vi dos procesiones: en una iban los bomberos precedidos por la policía y en la otra iba la policía precedida por los bomberos. (En conversación; Estados Unidos)

El patriotismo es la virtud del vicioso. (En conversación) 

Hay que ser una obra de arte o llevar puesta una. Frases y filosofías para el uso de los jóvenes

No tiene nada, pero lo parece todo: ¿qué más se puede pedir? La importancia de llamarse Ernesto

Llevaba demasiado rouge y casi nada de ropa. En una mujer, eso suele ser un síntoma de desesperación. Un marido ideal

En cuestiones de suma importancia lo crucial es el estilo y no la sinceridad. La importancia de llamarse Ernesto 

Quizá haya dicho lo mismo antes, pero mi explicación será siempre diferente. (En conversación) 

El asesinato es siempre un error… Uno nunca debe hacer algo que no se pueda contar después de la cena. El retrato de Dorian Gray

Me gusta cuando sólo hablo yo; ahorra tiempo y evita las discusiones. El cohete excepcional

La mente de un hombre muy bien informado es algo terrible. Es como una tienda de baratijas, repleta de polvo y monstruos, donde todo cuesta más de lo que vale. El retrato de Dorian Gray

Un cigarrillo es el ejemplo perfecto del placer perfecto: es exquisito y lo deja a uno insatisfecho. El retrato de Dorian Gray

El alma nace vieja y se vuelve joven; ésa es la comedia de la vida. Y el cuerpo nace joven y se vuelve viejo; ésa es su tragedia. Una mujer sin importancia 

Hay muchas cosas que podríamos desechar si no temiéramos que otros las recogieran.  El retrato de Dorian Gray

Los parientes son sencillamente un tedioso grupo de personas que no tienen la menor idea de cómo vivir ni el más mínimo instinto de cuándo morir. La importancia de llamarse Ernesto

Después de una buena cena se puede perdonar a cualquiera, incluso a los amigos. Una mujer sin importancia 

En Inglaterra, a las personas de clase baja les pasa algo extraordinario: siempre están perdiendo parientes. Son muy afortunados en ese aspecto. Un marido ideal

El secreto de permanecer joven es una desmesurada pasión por el placer. El crimen de Lord Arthur Savile

Mi deber como caballero no ha ínterferido nunca, ni en lo más mínimo, con mis placeres.  La importancia de llamarse Ernesto

Ningún hombre civilizado se arrepiente de un placer, y ningún hombre incivilizado llega a conocerlo. El retrato de Dorian Gray

A veces se elogia a los pobres por ser ahorrativos, pero recomendar a los pobres el ahorro es grotesco e insultante. Es como aconsejara un hombre hambriento que coma menos. El alma del hombre bajo el socialismo

En cuanto a los virtuosos pobres, se les puede compadecer, pero no es posible admirarles. El alma del hombre bajo el socialismo 

La risa no es un mal comienzo para una amistad y es, con mucho, su mejor final.  El retrato de Dorian Gray 

Cuando conocemos a alguien por medio de un elogio es seguro que aflorará una amistad de verdad: todo ha comenzado de la manera correcta.  Un marido ideal

Cualquiera puede simpatizar con los sufrimientos de un amigo, pero se requiere de una naturaleza muy superior para simpatizar con el éxito de un amigo.  El alma del hombre bajo el socialismo 

Me atrevería a decir que si le hubiera conocido no sería su amigo en absoluto. Conocer a nuestros amigos es algo muy peligroso. El cohete excepcional 

Elijo a mis amigos por su buen aspecto, a mis conocidos por su buen carácter y a mis enemigos por su buen intelecto. No tengo ninguno que sea un tonto; todos son hombres de cierta. capacidad intelectual y, por consiguiente, todos me aprecian. El retrato de Dorian Gray

La moralidad es tan sólo la actitud que adoptamos hacia la gente que personalmente nos desagrada. Un marido ideal

Cuando uno lee la historia se siente absolutamente enfermo; no por los crímenes que los malvados han cometido, sino por los castigos que los buenos han impuesto. Se brutaliza infinitamente más a una comunidad mediante el empleo habitual del castigo que por el ocasional acontecer del crimen. (En conversación)

¿Quiere saber cuál es la tragedia de mi vida? Que he puesto mi genio en la vida y sólo el talento en mis obras.  (En conversacion)

La belleza es una forma del genio, aunque en realidad es más alta, pues no requiere explicación; El retrato de Dorian Gray

Una idea que no es peligrosa, no es digna de ser llamada idea. El crítico como artista

Sólo alguien superficial necesita años para despojarse de una emoción. Un hombre que es dueño de si mismo pone fin a una pena con la misma facilidad con que inventa un placer. El retrato de Dorian Gray

Un sentimental es sencillamente alguien que desea tener el lujo de una emoción sin pagar por ella.  (En conversación)

Experiencia es el nombre que todos dan a sus errores. El abanico de Lady Windermere

Los únicos escritores que han influido en mí son Keats, Flaubert y Walter Pater. Y antes de encontrarme con ellos ya había recorrido más de la mitad del camino con tal de conocerles. (En conversación)

Qué triste: la mitad del mundo no cree en Dios y la otra mitad no cree en mi. (En conversación)

La Nino de Said o la literatura como opulencia

Un día Jorge Luis Borges descubrió el poder de su concepción del mundo contemplándose a sí mismo junto al lago de Ginebra; un misterioso musulmán después de buscar por el mundo, encontró, exhausto y casi destruido, el tesoro que le aguardaba, justo debajo de la fuente de su casa; Colón halló su paso a la eternidad ente las páginas del Milione, como Alonso Quijano en las novelas de caballería. Muchos son los que se han salvado descubriendo enormes misterios en los libros, muchos otros se han  perdido irremediablemente y sin embargo, en común tienen ambas especies de nombres, haber sido tocados por la riqueza fantástica de las letras; es decir por su opulencia.

La literatura puede enriquecer a los lectores, porque es en sí misma aquello que los economistas llaman la súper abundancia, la fortuna sin límites, la ambrosía interminable, esto es: la opulencia. De ella el lector toma lo que desea, lo que requiere, eso que su corazón anhela y que su deseo aguarda, los minutos de gloria y los instantes de terror, las horas de reposo y las noches de placer.

Solo llegando se puede esclarecer el misterio de la literatura que es, así mismo, el más profundo misterio de la existencia. ¿Cómo es que podemos vernos retratados en las letras que hablan de los otros? ¿Cómo es que llegamos a depender tanto de las palabras de alguien más, al grado de buscarlas por años, de esperarlas pacientemente y devorarlas inclementes cuando las tenemos a mano?, ¿Cómo es que, finalmente, nos volvemos lectores? Porque aspiramos a esa abundancia interminable que, en términos de tiempo llamamos eternidad y en magnitud denominamos opulencia.

El derroche del verbo y la imagen, aún en la obra sencilla y escueta, se relaciona con la capacidad de las letras de decirlo y crearlo todo, de recrear lo que una vez existió y de dar al mundo lo que todavía no ha sido. En la literatura coexiste y se armoniza el cosmos, lo que fue, lo que es y lo que algún día será, con absoluta independencia de su realidad palpable. Encontramos fascinación en la literatura porque es, ya lo dijo  Alfonso  Reyes, el refugio de los pecadores, o como bien lo dijo Wilde, la sujeción a todas las tentaciones.

El niño y el hombre se vuelven lectores porque sólo en la lectura satisfacen su natural ansia de eternidad, y conjuran su innato y atávico terror por la miseria; nadie puede sentirse ni saberse más rico que el lector, porque puede ser dueño, amo y señor del universo que las palabras crean y los libros resguardan.

El mismo fenómeno que ocurre a los sujetos, acontece a las culturas y a las naciones; éstas resguardan el capital inmenso de su literatura porque en ella se encuentran las claves para la construcción de su identidad y sus destinos; opulentas pues, son las obras que sostienen el edificio de las culturas de las que sólo pueden trascender aquellas que proporcionan la dulce sensación de tenerlo todo; ese es el secreto de las larguísima vida del Quijote; de la Odisea y de las Mil y una Noches. Su presencia en el deseo universal  de existir siempre; esa es, también la prueba definitiva de la literatura, más allá de los premios, de la critica y de las necesidades del mercado librero; la independencia de la obra respecto de su autor y el camino del libro hacia la inmortalidad.

Mi infancia lectora se acunó en las abundantes líneas de las Mil y una noches; quienes así se acogen a la lectura no pueden sino padecer eternamente la sed de las palabras infinitas, construidas en las noches de vacío y en la inmensidad de los desiertos, moldeadas de belleza exótica, de fascinación mística y de una fantasía abundante y tan bien labrada que hace palidecer de vergüenza a las ordas desafortunadas de duendes, magos, elfos y demás híbridos que combinan la mala digestión de las mitologías celta, germánica, griega y romana, caídas en la maltrecha marmita de la Edad Media.

Desde las montañas y enormidades del Asia Central hasta las desembocaduras de los paternales Tigris y Éufrates, desde el fondo oriental del Mediterráneo hasta la península  arábiga, se extiende ese mundo que nos fascina y que nunca acabamos de comprender del todo; que nos inspira y nos asusta; que hemos querido domar y que, al mismo tiempo nos somete por su violencia y su potente erotismo; un mundo al que nos rendimos por sus letras y su arte, un universo en fin, suspendido para siempre en la res nullius que se forma entre Asia y Europa, entre Oriente y Occidente, y que Kurban Said supone ser una voluntad más allá de la fatalidad geográfica. En su maravillosa novela Alí y Nino, ante la incógnita del profesor ruso en la secuela de Bakú, la pequeña multitud de niños georgianos, azeríes, armenios, judíos y musulmanes, se rehusa  a ser europea.

Algunos estudiosos piensan que la región situada al Sur de la Cordillera del Cáucaso pertenece a Asia, pero otros opinan que estas tierras han de considerarse Europa, especialmente si se tiene en cuenta su desarrollo cultural. Así que, niños, el que nuestra ciudad haya de pertenecer a la avanzada Europa o a la atrasada Asia, va a depender en parte de cómo os comportáis vosotros… Perdone profesor, pero es que preferimos quedarnos en Asia…

Esta ruptura de la fatalidad geográfica, constituye el símbolo de un universo de practicas y valores que son un misterio para el alma occidental; el nuestro es un reino de este mundo, aquél lo es de éste y de un universo de belleza y goce que acaso hayamos perdido en occidente para siempre. Si para nosotros la pertenencia a la civilización representa el acceso a satisfactores que se traducen en niveles de bienestar y modernidad, allá son otros los códigos que permiten vivir en una realidad enriquecida por el intercambio de culturas. Frente al enorme misterio del amor, el hombre aparece desnudo, armado solo por su capacidad de amar y su ingente necesidad de belleza. Alí, musulmán, hombre del desierto, describe así su encuentro con el objeto de su adoración, esto es, con la razón de su existencia:

Mi prima Aixa me saludó. Me introduje por la puerta del jardín, Aixa iba de la mano de Nino Kipiani, y Nino Kipiani era la chica más guapa del mundo. Cuando les conté mis batallas geográficas, la chica más guapa del mundo torció la nariz más bonita del mundo y dijo: “Alí Kan, mira que eres tonto. Gracias a Dios estamos en Europa. Si estuviéramos en Asia yo hace tiempo que llevaría velo y no me podrías ver… En la ciudad abrieron los cines e instalaron líneas de teléfonos, y Nino Kipiani seguía siendo la chica más guapa del mundo.

Esa capacidad de caer subyugado ante el amor y ante la belleza es la que permite a Sherezada salvar su vida y la de las otras vírgenes; además, crea el cosmos de las narraciones que luego habrían de poblar todos los imaginarios. Ahí, como en la literatura, no existen los mundos sencillos, todo es misterio y milagro inefable, aún en occidente la simpleza en la literatura es un complejo artificio que hace pasar por transparente y fácil aquello que, en realidad es opaco y complicado. Incluso el autor de Alí y Nino resulta parte de un denso misterio.

Publicada por primera vez en 1937, en Viena, por la Baronesa Elfriede Ehrenfels, pronto aparecieron indicios de que el nombre Kurban Said, ocultaba al escritor azerí Lev Nussimbaum que también solía firmar su literatura como Essad Bey, disfraces ambos, de un judío autor de novelas éxito en su tiempo y que lo mismo había huido de las guerras centroasiáticas que escapado de Azerbaiyán por miedo a la persecución soviética y hasta interpretado jazz en un Berlín rebosante de nazis furibundos. Sin embargo, en la propia Bakú, fantástica capital de Azerbaiyán, se tiene por autor de Alí y Nino, a Yusif Vazir Chamanzaminli, nacionalista azerí abatido por los soviéticos; para hacer aún más denso el velo del misterio, una contradicción aparece entre la obra de Vazir y Alí y Nino; mientras que la literatura del escritor azerí es un himno patriótico sobre la pureza y la grandeza de un pueblo, la obra de Said es un canto por el encuentro y la tolerancia, un poema sobre la sumisión de los prejuicios ante la potencia incontenible de la pasión y la belleza.

Sin embargo, la tradición, la crítica y la lupa histórica de investigadores como Tom Reiss, han descubierto que de la pluma original de Vazir solo se transmitieron el espíritu general de la obra y algunos fragmentos fundamentales y que luego, de alguna manera todavía por aclarar, aquellos textos en manos Nussimbaum –esto es Kurban Said y Essad Bey- más lo que puedo tomar de otras obras análogas del georgiano Grigol Robakidze, y aún de su propia actividad creativa, se convirtieron en el libro que hoy conocemos y atribuimos a un escritor inexistente: Kurban Said.

Un libro así, no puede explicarse sino como el depósito del alma de varios pueblos encontrados en un momento histórico dramático para todos ellos y que sus personajes son, más que arquetipos, símbolos de la cosmovisión de la compleja sociedad de ese universo próximo a la extinción de su forma pero inmortal en su espíritu.

Se trata pues de un texto nacido de la potencia vital; resulta sumamente extraño que un texto tan retocado, tan llevado y traído por tantas manos, devenga en una unidad literaria tan compacta y de una fuerza expresiva tan contundente, pero es así porque la práctica de la literatura colectiva parece ser parte de la manera en que aquellos pueblos entienden la creación artística; así nacieron el Corán y la Biblia, las Mil y Una Noches y así fue sembrada la semilla de aquella fuente de vida como Serrat llama al Mediterráneo.

La opulencia de la literatura termina por hacer añicos nuestra percepción occidental ascética de la vida, nuestra hipócrita negación del derroche y nuestra atormentada relación con los placeres. Nuestra propia percepción de lo que es o no civilizado, nuestros esfuerzos constantes, no siempre victoriosos por alcanzar la concordia y la tolerancia se enfrentan, y casi diría se estrellan, entre un abigarrado tapiz donde todos los colores son posibles y aún, en aquellos extremos que nos resultan incomprensibles y hasta injustificables; como su raro concepto del honor, la venganza familiar o la condición de la mujer.  Estudiando para poder terminar sus cursos en la escuela rusa donde ha sido matriculado, el noble Alí se pregunta por el sentido aquello que los occidentales llamamos progreso.

Un diván bajo, dos pequeños escabeles con incrustaciones de madreperla, multitud de blandos almohadones, y, en medio de todo, molestísimos y absurdos, los libros del saber occidental: química, latín, física, trigonometría… nimiedades inventadas por los bárbaros para ocultar su barbarie…

Aunque el noble Alí Kan se le olvida que el álgebra es un invento árabe y no occidental, no pasa desapercibido que los occidentales también hemos desarrollado nuestras propias vías a la felicidad, al placer y que tampoco para el Oriente próximo y para el Asia Central son desconocidas las contradicciones del placer y los martirios de la belleza. El reclamo de Alí es en contra de la intransigencia del eurocentrismo que nos hace creer que no hay mundo civilizado fuera de las fronteras de las lenguas romances y anglosajonas. Pero aún así, son ellos, los maestros de la opulencia y los amos de la literatura del derroche, los que han mordido el fruto prohibido de la ambición como la conocemos en occidente, nuestra extraña pasión por la fuerza  impersonal caracterizada por el dinero y el poderío político y militar, por lo que se preguntan amargamente:

El tío enmudeció se estaba haciendo de noche. Su nombre era como un pájaro flaco y viejo. Se incorporo y tosió con tos de anciano y dijo con fervor: “Y sin embargo, aunque nosotros hacemos todo lo que nuestro dios nos exige y los europeos no hacen nada de lo que les exige su Dios, su poder y su fuerza crecen si cesar, mientras que los nuestros disminuyen. ¿Alguien sabe porque será?”

No hay respuesta dentro del pensamiento mágico del anciano que no alcanza a comprender el revuelto instante histórico que le ha correspondido vivir y es esa incapacidad de comprender aquel otro mundo que le avasalla, lo que terminara por destruir su entorno y sus instituciones, pero no podrá aniquilar su cultura. La respuesta es, en cambio, un desbordamiento de metáforas que nos hacen sentir, aun en los momentos mas terribles, que caminamos entre nubes y que sobre nuestras cabezas se cierne un dosel tejido de flores, que frente a nuestra mirada se extiende una ciudad de la que dice Said, con la más delicada de las metáforas: En el interior de las murallas las casas eran estrechas y curvas como el sonido de los sables orientales.

Es esa la perfección a la que se aspira en la literatura, el vaciado final de las ideas para escribir la belleza de las palabras por sí mismas; opulencia definitiva por la que las voces recuperan el sentido mágico que tenían cuando nació la literatura. Porque Alí y Nino respira magia, esa torcedura inefable de la realidad cuyas causas y mecanismos se nos escapan dejándonos anonadados frente al despliegue de su hermosura que tiene su cima en el supremo misterio que es rostro de Nino:

Nino tenía la piel clara y unos grandes, brillantes, obscuros y risueños ojos caucasianos tras sus suaves y largas pestañas. Solo las georgianas tienen estos ojos llenos de dulce alegría. Nadie más. Las europeas no. Las asiáticas tampoco. Finas cejas en forma de media luna y perfil de virgen María. Me puse triste. El símil me afligía. Con la de comparaciones posibles para un hombre de oriente. Pero a estas mujeres solo se las pueda comprender en la Miriam Cristiana, símbolo de un mundo ajeno e incomprensible.

La literatura avanza más allá del lugar en el que la ciencia y la filosofía se detienen, describe lo inenarrable y a través del misterio de la belleza, habla de lo inasible y aún de lo incomprensible, desdice a Wittgenstein que supone que de aquello de lo que no se puede hablar es mejor no decir nada y permite que León Felipe haga llorar violín aún luego que Adorno adujera que después de Auschwitz no podía ya escribirse poesía.

Porque literatura es precisamente riqueza infinita en el misterio caudaloso de las palabras, construye realidades y ordena el universo sobre las sombras de sus más diminutos indicios; al conocer la tierra originaria de Nino, dice Alí, presa de un asombro contenido: llevan armas colgadas a la cintura iban envueltos en un silencia tenebroso. Quizá este silencio encierra el recuerdo de hazañas criminales, quizás no encierre nada en absoluto. De ahí pues, que sólo en una cultura así puedan generarse libros como éste, que sólo en lugares en donde la inútil belleza de la poesía sea más valorada y más celebrada que el pago de los impuestos, donde la belleza tenga valor intrínseco más allá del objeto en que se posa; conforme a la tradición oriental Alí describe lugares fabulosos en los que el milagro ha dejado su lugar a lo cotidiano como muestra de lo prodigioso:

En casi todos los pueblos del Karabaj hay cantores locales que cantan sus canciones por los palacios y cabañas. Pero hay tres pueblos donde sólo viven poetas, y como muestra de la gran consideración que Oriente tiene por la poesía, desde hace años están exentos de todos los tributos e impuestos a los señores feudales. Tas Kenda es uno de esos pueblos.

Hay también un fuerte condicionante en esta literatura  dulce y tremenda: la enormidad de los espacios y la abrumadora serenidad de su naturaleza crea una cultura lo mismo contemplativa que introspectiva, una civilización en la que la contraposición entre lo austero, casi ascético y el lujo plagado de abundancia, constituye el contrapunto de una vida arrebatada y sensible que tiene sus polos en el café y en la batalla, en el harén y en la cabalgata, en el desierto y la montaña.

A diferencia de occidente, donde el mundo es casi siempre escenario, en oriente el ámbito es siempre lenguaje pleno de significado y sólo por excepción aparece como foro o como espacio; el mundo esta en diálogo permanente con el hombre porque a diferencia de nosotros(occidentales)que aprendimos a leer el mundo, el hombre de  oriente nunca perdió la práctica de escucharlo; tal vez no sea aventurado pensar en el haiku japonés como hijo de esta misma estirpe; así, de Natsume Soseki:

 

Sobre la montaña florida

Sueltan los caballos

En el cielo otoñal.

 Sin embargo pese a las apariencias, pese a lo que nos gusta pensar como occidentales que apenas comprenden al oriente,  allá  tampoco hay alianza entre el hombre y la naturaleza, pero en aquel mundo transmediterráneo; la guerra del hombre contra la naturaleza, es la misma que se tiene con un enemigo largamente conocido, con desconfianza sí, pero también con lealtad, con respeto pero también con pasión y esa peculiar relación del sujeto con su entorno genera una literatura extremadamente rica en escenarios pero siempre al servicio de profundas pasiones:

Dadiani me miró pensativo. “Usted tiene alma de hombre del desierto”, dijo, “quizá haya una única forma verdadera de clasificar a los hombres: hombres del bosque y hombres del desierto. La seca borrachera oriental procede del desierto, donde el viento caliente y la arena caliente embriagan a los hombres donde el mundo es sencillo… el bosque esta lleno de preguntas. Solo el desierto no pregunta nada y no promete nada. Pero el fuego del alma procede del bosque. El hombre del desierto, me hago cargo, tiene un solo sentimiento y conoce una sola verdad, que lo absorbe. El hombre del bosque tiene muchas caras. Los fanáticos vienen del desierto; los creadores, del bosque.

Bien pudiera ser esta la diferencia principal entre oriente y occidente, por eso en occidente el texto puede ser sublime, pero no sagrado, mientras que en oriente aún la poesía más llana y hasta las piedras pueden ser sagradas aunque sean absolutamente simples. En el comercio de palabras e ideas, gracias a oriente en nuestro hemisferio unas cuantas palabras y unos pocos textos han llegado a este momento sacramental;pero, mientras que para la literatura asiática lo sagrado es lo vivo y actúa de manera cotidiana, entre la gente de este lado del Cáucaso y del Mediterráneo, sacralizar algo lo mata irremisiblemente, pues aunque lo vivo para nosotros puede ser adorado,sólo lo muerto e intocable puede ser sagrado.

Esta distinta noción de lo sagrado, extiende aquella clasificación general para los humanos, a los lectores y desde luego, a los autores. El lector y el autor asiático escribe como un acto de adoración a la belleza, pero no lo separa del mando ni la inmoviliza en un altar, sino que la toca, la posee y la vuelve literatura, esto es, lenguaje articulado; el lector y el autor occidental deslizan las palabras, las desentrañan y las momifican luego de haber extraído de ellas su poder y su mensaje; así, ya muertas y embalsamadas pueden tomarse objetos de culto aunque no puedan jamás retomar a su existencia previa de palabras vivas y actuantes, al menos hasta que la varita mágica del tiempo las toque y las transforme en monumentos, criptas y aún en colosales y memorables necrópolis.

Las palabras se salvan no solo por lo que dicen, sino también por lo que no pueden decir y por la belleza que ocultan. El núcleo de la literatura oriental, aquello que bien podríamos llamar su corazón, radica en su culto por la belleza y la pasión que desata, asunto frente al cual todos los demás se supeditan y así, el ojo asiático capta la belleza en la batalla y también en la desgracia, como en Said que cuenta la belleza patética y cruel del camello y compone cantos enteros al aroma de los jazmines. Nunca faltan las palabras ni sobran los adjetivos, antes bien, se levantan sobre su propia estatura y hasta los símbolos cívicos y las cualidades morales parten del puerto de la pasión y la belleza, generosa y desbordada, para conquistar el mundo:

El año de la Hégira de 637 murió en el castillo de Kabadia el sultán Aledín Kaikubad. El trono de los selyúcidas paso a Jayasedín Kaikosru. Este se casó con la hija de un príncipe georgiano, y su amor por la cristiana de Georgia era tan grande que mando que en las monedas se grabara la imagen de ella junto a la suya. Entonces llegaron los sabios y piadosos y dijeron: “el sultán no puede incumplir las leyes de Dios. Su intención es un pecado”.  El poderoso estaba lleno de rabia. Llamó a los sabios y dijo así: “No quiero incumplir las leyes sagradas que Dios me ha impuesto observar. De modo que sea así: el león de larga melena que lleva una daga en la zarpa, ese soy yo. El sol, que nace sobre mi cabeza, es la mujer de mi amor. Que sea ley. “Desde entonces el león y el sol son los símbolos de Persia. Y los sabios dicen: no hay  mujer tan bella como las de Georgia.

Fue ley y lo siguió siendo en Persia y luego en Irán, hasta que la revolución islámica destruyó los viejos símbolos e impuso una estética monástica que, por lo bajo y muy adentro de su espíritu anhelaba y envidiaba a tal grado la belleza que terminó proscribiéndola. En efecto, el león y el sol fueron para Persia – Irán, símbolo de identidad y señal de su propia contradicción y tragedia; lo fue desde la dinastía selyucida del siglo VII y lo siguió siendo hasta la dinastía Pahlaví derribada por la revolución islámica de finales de la década de 1970. Cuando el símbolo milenario fue sustituido por el emblema que representa el creciente, el nombre de Dios y el tulipán que es símbolo de la sangre derramada por los mártires; esta transformación simbólica significó un cambio de fondo en la auto imagen de oriente y su presencia en el mundo.

Durante siglos ambos polos se han atraído y han comerciado con sedas, especias, tecnología y también con sangre, ideas y palabras; la mutua atracción se vuelve una tentación constante, unas veces repelida y condenada y otras más voluptuosamente aceptada. Como si entre ambos mundos quisiéramos completar el universo, como si fuera posible salir al encuentro del otro y volver indemne, el hecho es que siempre que pensamos el mundo en términos de feliz intercambio y de dialogo abierto no sólo somos más fieles a nosotros mismos, sino que volvemos a casa, como Ulises, cargados de inmensos tesoros. Nino es el símbolo de nuestro miedo a lo desconocido y de nuestra insaciable sed de encuentro, de nuestra curiosidad infinita:

Le cogí la mano: “¿Qué es lo que quieres Nino?” “Ay”, dijo, “que tonta soy Alí Kan. Quiero que te gusten las calles anchas y los bosques verdes, quiero que entiendas más del amor, que no te apegues a los muros deshechos de una ciudad asiática. Paso un miedo constante: a que dentro de diez años te vuelvas devoto y astuto, a que pases el tiempo en tus tierras de Guilán y a que un día te levantes y me digas: “Nino, tú sólo eres un pedazo de tierra”. “Dímelo tú, ¿porqué me quieres Alí Kan?”

Porque esa misma abundancia de la literatura cuenta para la felicidad como para la desgracia y opera para nosotros como un bálsamo pero también como una maldición que nos ahuyenta sin perder su hechizo; en la medida que nuestros propios códigos culturales nos impiden conocer a cabalidad el significado de todo aquello que da sentido a la vida en Oriente, nos atrae la demencia de su agresividad y nos cautiva la pasión con la que ese mundo se vuelca sobre sí mismo, aunque le temamos.

El amor de Nino y de Alí es un amor difícil pero posible, a veces turbio pero siempre potente, un amor que florece a ratos a pesar de sus protagonistas sometidos a la inmensa prisión que representa el peso de tantas tradiciones encontradas. Ellos son la metáfora de aquel nudo de pueblos, lenguas y naciones, ellos son la encarnación de cómo la fuerza del espíritu humano, su necesidad de amor y de belleza subsiste aún en la más compleja coyuntura histórica, aún en el desencuentro más difícil que pudiéramos imaginar:

De pronto oímos unos gritos salvajes. Miramos por la ventana y vimos a un derviche harapiento que se tiraba bajo los cascos del caballo y entonces, el cónsul señaló con la mano y dijo asombrado: “¿No es ese…? No terminó la frase. Miré en la dirección de su dedo y vi en medio de esos locos a un persa con la túnica desgarrada que se golpeaba el pecho y se fustigaba la espalda con una cadena. ¡Y ese hombre eras tú, Alí Kan! Sentí vergüenza de ser tu esposa, la esposa de un fanático salvaje. Seguí todos tus movimientos, sintiendo la mirada compasiva del cónsul. Creo que después tomamos té o comimos algo, ya no me acuerdo. Me costaba trabajo mantenerme en pie, pues vi de repente el abismo que nos separa. Alí Kan, el joven Huseín ha destruido nuestra felicidad. Te veo como un salvaje entre salvajes supersticioso y nunca más te podré ver de otra manera…

Pero es la necesidad de amar, de entrega, de goce, la que habría de sobreponerse a ese impactante e incomprensible hecho que es la conmemoración de la Ashura, festividad terrible, celebrada el décimo día del mes de muharram, para conmemorar el asesinato de Huseín, sucesor de Mahoma, sayyid ish-shuhada, señor de los mártires y que se conmemora entre los devotos chiítas con una procesión de flagelantes cuyas escenas de violencia pueden resultar incomprensibles para el observador, como pueden serlo las crucifixiones reales en Filipinas durante Semana Santa.

Azerbaiyán sobrevivirá al mandato británico, a la invasión otomana y al dominio soviético; las etnias torturadas y enfrentadas seguirán habitando el mismo espacio y construyendo un mundo peculiar de expresión. Nino y Alí habrán así  vencido a la muerte en una literatura que nos arranca una lágrima en medio de la sonrisa.

Se levantó temprano, saltó por encima de mi y corrió a la habitación de al lado. Tardó mucho en lavarse, chapoteó en el agua y no me dejo entrar… Después salió si mirarme a los ojos. En la mano llevaba un cuenquito con ungüento. Me lo frotó en la espalda, con conciencia de culpa. “Tendrías que haberme pegado Alí Kan”, dijo con voz de niña buena. “No podía, me había pasado el día pegándome a mi mismo, y no me quedaban ya fuerzas”…

La magnitud del término «Utopía»

Construir una definición para la palabra utopía no parece fácil; se trata de un término arduo, no sólo por las diferentes aristas conceptuales e históricas que presenta, sino por la carga cultural que contiene, por la intensidad de su presencia en el imaginario y en la conciencia colectivos; por que todos los miembros de la sociedad, quienes la analizan y quienes no, quienes se detienen a reflexionar y quienes siguen de largo, todos, anhelamos que nuestra civilización se perpetúe, que los valores de nuestro tiempo – y nuestro propio estilo de vida incluida la estética y la lengua – se transmitan a las siguientes generaciones y que, en algún momento de la historia, la sociedad humana se parezca más y, de ser posible, sea idéntica a sus propios sueños. La auténtica dificultad para establecer linderos a la idea de la utopía, consiste en que de alguna manera se trata de poner límites a nuestra propia expectativa de la vida política, en este como en pocos temas de la agenda pública tiene tanto que ver nuestra expectativa y nuestra conciencia como seres políticos.

El primer elemento que tenemos al intentar definir, o mejor aún, construir una noción para el término utopía, es su aspecto histórico. Al decir utopía, la inteligencia se desplaza a Thomas Moore, a Erasmo, a Campanella, a Bacon y también a un momento específico, el Renacimiento al promediar el siglo XVI. Pero existen razones para no dar como suficiente el entorno histórico de aquellos ensayos políticos que en su conjunto reciben el nombre de utopías. Por una parte, no es el único momento en que se presentan escritos de ese carácter y para ir más a fondo en la cuestión, no es sólo en el renacimiento cuando dichas construcciones conceptuales tienen una influencia cierta en la vida institucional.

No es necesario insistir en la dictadura del proletariado del marxismo estalinista ni en el imperio nazi de los mil años, ejemplos hay muchos más. Comencemos por separar las ideas utopistas, las utopías, según su tiempo: un periodo que podemos llamar clásico que abarca Grecia y Roma: Hesiodo, que puso nombre al mítico principio de que todo tiempo pasado fue mejor, acuñando las denominaciones ahistóricas de edad de oro, edad de bronce y edad de hierro; Platón y su República, Tácito y su imaginada Germania, Plutarco y su resurrección de las instituciones de Licurgo – el mismo Licurgo si nos damos el lujo de incluir en nuestra lista personajes que no son susceptibles de comprobación histórica -, Tertuliano, De Spectaculis y Luciano Ireneo.

Las utopías medievales que menos frecuentes pues el pensamiento cristiano como el judío y el musulmán convivieron cercanamente con los milenarismos y asimilaron sus ideas utópicas a las ideas escatológicas que cada una de esas religiones había creado; aún así pueden localizarse buenos ejemplos: las Visiones de Hildegaard Von Binguen, las del Beato de Liébana y los viajes de Benjamín de Tudela, que volverá a presentarse a mediados del siglo XX. También resulta interesante la aparición de un fenómeno exclusivo de la edad media, la utopía como forma de vida en comunidad, la subcultura institucionalizada, ya en la heterodoxia como en la ortodoxia: así, cátaros, abilgenses, cistercienses y franciscanos, se presentan como opciones de vida tendientes a un orden social superior.

Acto seguido, las utopías renacentistas emparentadas muy cercanamente a las de la ilustración: desde luego, Moore, Erasmo, Campanella y Francis Bacon, pero también El hombre en la luna, de Francis Godwin, la Utopía de los Caníbales de Michel de Montaigne, la América ficticia de John Donne, la Nova Solyma de Samuel Gott, el sueño de la tierra como un tesoro común de Gerrard Winstanley, el viaje a las Bermudas de Andrew Marvell, el Paraíso recuperado de Thomas Traherne, la Isla de los Pinos de Henry Neville, la Historia de los Severambianos de Denis Vairasse, los australianos unisexuales en Un nuevo descubrimiento de Gabriel de Foigny, el paraíso encontrado en las Aventuras de James Dubordieu por Ambrose Evans, las normas para desalentar el adulterio en el Naufragio afortunado de Ambrose Philips, los árboles sabios en la Aventura de Niels Klim, las Aventuras de Peter Wilkins, de Robert Paltock, la propia historia pastoril que ya señalamos debida a la pluma de Johnson, los fantásticos mares del sur retratados en el Viaje alrededor del mundo de Louis Antonio conde de Bougainville, el ensayo futurista – ciertamente uno de los primeros de la literatura occidental en referirse a lo que con el tiempo se convertiría en el decepcionante mito del año 2000 -, El año 2440, de Louis Sebastien Mercier. Pero sin duda, lo que más puede llamar nuestra atención es discernir si algunos autores que no pueden ser ubicados como utopistas en toda su obra, o no de manera predominante, sí contienen en trabajos de gran aliento aspectos de utopistas influencia; se trata de trabajos como Sobre cómo no ser un cuadrángulo redondo, en Leviatán, de Thomas Hobbes; Robinson Crusoe de Daniel Defoe, el Sentido equino, en Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift; la reflexión sobre El Salvaje Feliz, en el Discurso sobre los orígenes de la desigualdad de Jean Jacques Rousseau y El Dorado en Candide, de Rousseau.

Si durante la antigüedad las utopías pretendieron el retorno a la Edad Dorada y durante la Edad Media se aproximaron a la idea de la Nueva Jerusalén y a la reproducción terrenal del orden divino; las utopías renacentistas están más emparentadas con aquellas otras de la ilustración; ambas proponen un orden social completo, en las primeras a través de la reconstrucción del orden social sobre la exaltación de la bondad natural del hombre, las segundas buscarán no en la naturaleza sino en la razón la posibilidad de una sociedad mejor. Las utopías siguientes, las del maquinismo, el empirismo y el positivismo, emprenderán rutas basadas en el concierto social, la lucha de clases y el progreso tecnológico, esto es, una nueva generación de utopistas, rebeldes contra sus antecesores.

Entre las nuevas utopías se encuentran, El paraíso de las madres solteras, en The Empire of the Nairs, de James Lawrence; el Evangelio del Industrialismo de Claude Henri de Saint-Simon; Cómo correr en un campo de algodón en Una nueva visión de la sociedad de Robert Owen; Pasiones liberadas de Charles Fourier, Destino en Viajes en Phrenologasto de John Trotter; Lotófagos de Lord Tennyson; Paraíso de árboles plásticos en Un paraíso en la búsqueda del hombre de J. A. Etzler, Los placeres de la igualdad en Viaje a Icaria de Etienne Cabet; La cura por el agua en Sueño de Reforma de Henry J. Forrest; A un convento, en Cielo – Cielo de Gerard Manley Hopkins; la más brillante utopía del siglo XIX, Erewhon, de Samuel Butler, escrita en 1872 – desde luego, Erewhon no es sino el acrónimo de Nowhere, ninguna parte -; Dioses muertos, en El periodo fijo, de Anthony Trollope; Mujeres en el poder , en La revuelta del hombre de Walter Besant; Verde Inglaterra, en Luego de Londres de Richard Jefferies; la Frustración de Smith, capítulo de La edad de cristal de W. H. Hudson; la Nueva Amazonia de Elizabeth Bugoyne Corbett; la Columna del César de Ingatius Donnelly, la menopausia utópica en Mujer libre de Elizabeth Wolstenholme – la que podemos considerar la primera utopía con contenidos de género en la historia; Mañana de Ebenezer Howard; las Anticipaciones de H. G. Wells; Limanora de John Macmillan Brown; Nacimientos Virginales y en Herland de Charlotte Perkins, y Nosotros de Yevgeny Zamyatin.

Entre los autores que, como en cada época, destacan por su profundidad y por su influencia, durante la etapa de la larga paz previa a la Primera Guerra Mundial, destacan autores de contenido fuertemente utópico y social en su obra como Charles Dickens, en especial en libros como Household Words; el crítico John Ruskin, sobre todo por ensayos como Las cosas verdaderamente preciosas en Pintores Modernos, y el Socialismo para Estetas, de Oscar Wilde en El espíritu del hombre bajo el Socialismo, El libro de la Selva de Rudyard Kipling y Juventud de Joseph Conrad; sin embargo, en ésta época comienzan a presentarse personalidades cuyo perfil, eminente en lo político y en lo económico, nos hace referirlos a cuestiones más bien prácticas de la actividad social pero que exponen también ideas tendientes a los conceptos utópicos; así por ejemplo, el célebre Discurso de Gettysburg de Abraham Lincoln, o la Crítica del programa Gotha de Karl Marx.

El periodo de incubación del fascismo, los traumas generados por ambas guerras mundiales y la depresión económica y la bancarrota moral de las posguerras, determinaron un giro importante para las utopías; en lugar de desaparecer, se modificaron tanto en el sentido sombrío de la contrautopía, sino también en el desaforado discurso ideológico fascista y en la contradictoria esperanza del desilusionado existencialismo.

En esa época destacan textos como Viviendo una época en Samoa de Margaret Mead, Sitios Etruscos de D.H. Lawrence; Horizontes perdidos, donde aparece la célebre Shangri – La de James Hilton, la antiutopía La Noche de la Swastika de Katharine Burdekin, las versiones del Cristo redivivo como El hombre que no pecó de Newman Watts y Cristo de nuevo crucificado de Nikos Kazantzakis, la presencia de elementos psicológicos y de las escuelas conductistas como Walden dos de B.F Skinner, y las asociadas por diferencia Mein Kampf de Hitler y 1984 de George Orwell, que podemos considerar las máximas antiutopías.

Esta necesidad de reconstrucción humana luego de la violencia y la desolación posterior a las grandes guerras, hizo posible que se siguieran construyendo nuevas utopías; Tocando el piano, de Kurt Vonnegut, Un mundo feliz, Las puertas de la percepción e Isla, de Aldous Huxley; El libro de Daniel de E. L. Doctorow, Ciudades invisibles de Ítalo Calvino, Solución tres de Naomi Mitchison, La mujer al borde del tiempo de Marge Piercy; Una historia del mundo en 10 ½ capítulos de Julian Barnes; Justicia mediante la Lotería de Barbara Godwin, Lo que las mujeres quieren de Bernadette Vallely; Sociedades deseables de Jim Dator, Visiones de Michio Kaku, Edén notable de Lee M. Silver, Solaris, del polaco Stanislav Lem y los cuentos futuristas de Philip Dick.

Los versos de Amos Oz, o la literatura como imaginación

Acosado por vampiros adolescentes, por magos estrafalarios, asesinos súper inteligentes , incontinentes sexuales y dragones atípicos; al lector le gustaría, de vez en cuando enfrentarse con un poco de imaginación lisa y llana, de esa que practicamos cuando vemos a una mujer sola, a la mesa de un restaurante, con una rosa en la mano; de esa que ejercitamos de  inmediato cuando vemos a un hombre con un niño pequeño de la mano esperando el colectivo a las diez de la noche, de esa imaginación simple y cotidiana de la que está hecha la mejor literatura.

Ser excesivo parece fácil, construir mundos mágicos, enormes y lejanos, parece sencillo, no lo es tanto; pero lo que es en verdad difícil, en literatura, es ser coherente. La mentira, para ser creíble, ha de ser, sobre todo coherente, de lo contrario, el lector o el que escucha, despierta del embrujo, cae desde el engaño y todo se vuelve extrañamente paradójico. A nadie – ¿debo decir a casi nadie? -, hay que convencerlo que Hogwarts, el hogar escuela de Harry Potter no existe en ningún mapa y que ciertamente tiene mucho de los viejos internados victorianos magistralmente retratados por Dickens, desde luego que eso no le disminuye ninguna calidad literaria y a mi, en lo muy personal, me hubiera gustado mucho leerlo a los 12 años y no a los 40. Sin embargo, nadie necesita convencer al lector de que la colonia Roma retratada por José Emilio Pacheco en sus Batallas en el Desierto, existe aunque ya no sea la que podemos visitar hoy en día; nadie necesita decirme que hubo una ciudad, aquí mismo donde esto escribo, que fue la Ciudad de México anterior al terremoto de 1985, que es esta y también era otra; nadie me dirá que Mariana no existe porque sí que existe repetida en cientos de mujeres en la accidentada geografía urbana de esta ciudad castigada. Amos Oz, como escritor confeso y desnudo sabe de estas diferencias, por eso, al preguntarse a sí mismo sobre el oficio de escribir, confiesa al iniciar su Versos de vida y muerte, con una frase lapidaria: “Hay respuestas astutas y hay respuestas evasivas. Respuestas sencilla y directas, no.” En literatura no hay nada sencillo, porque nada lo es en el lenguaje y nada lo es en esa transferencia mágica que lleva el pálido retrato de la imaginación, al todavía más tenue y apenas legible de las palabras.

Haga usted un experimento: acuda a un café, armado con un cuaderno (si se puede un poco viejo y ajado mejor), un lápiz, o de preferencia una pluma fuente, ponga cara de circunstancia, como decimos en México, y garabatee lo que se le ocurra en su cuaderno; de vez en cuando, levante la mirada y fíjela sobre algún punto del horizonte, no verá nada especial pero aparente que lo hace, vuelva la mirada al papel y tire unas cinco o seis líneas más, no importa qué ponga en ellas, el resultado estará en otra parte; luego de esas líneas escritas o dibujadas, suspire y tome un sorbo de café; acto seguido – si no fuma es una lástima porque le restará efecto a la escena -, de una calada fuerte al cigarrillo, profundice su cara perpleja y luego de arrojar el humo, escriba un par de líneas y cierre el cuaderno. El resultado: habrá captado la mirada directa o disimulada de todos los que le rodean y no porque piensen que es un escritor consumado y famoso que pasa de incógnito por el Starbucks de la colonia Roma, sino porque escribe y para todos, escribir es un acto mágico.

Mucho se dice que el mago nunca revela sus trucos, tal vez sea cierto. El escritor, cuando revela su truco, debe hacerlo con mayor maestría que cuando lo oculta; si ha de mostrar los andamios de su trabajo, so pena de no ser creíble, de parecer estúpido o descuidado, deberá mostrarlos con tal perfección que el lector sienta estar en presencia no de la estructura ni del cimiento, sino de la obra en su etapa terminada; ha de ser confesión, de ningún modo impudicia y menos producto del olvido de la simulación. Así, cuando Amos Oz confiesa las fuentes de su literatura, sus pulsaciones internas, lo hace exhibiendo una maestría contundente, revelando sus fuentes y engañando a su lector, una vez más, para hacerlo seguir, a quien vagamente suponemos que es él mismo, en una noche de anécdota simple, pero narrada del mejor modo literario. Oz se enfrenta al espejo para cuestionar su tarea literaria y su actitud de escritor, pero del mismo modo en que Perseo otea a la Medusa, a través del reflejo, Oz se mira a través de su personaje y nosotros nos quedamos confundidos, en esa casa de espejos, sin saber, bien a bien, a quién estamos mirando. Eso es precisamente la literatura, imaginación en estado impuro, contaminado de realidad, de deseos y de olvidos, de circunstancias y frustaciones; nunca carente de intensión, nunca falta de sentido.

«Por qué has venido aquí esta tarde, se pregunta el autor, qué hay aquí, tu sitio está ahora en casa, junto a tu mesa, o tirado de espaldas en la alfombra descifrando formas en el techo. ¿Qué demonio maligno te empuja un ay otra vez a corretear entre congregaciones de este tipo? En vez de estar aquí, podrías estar escuchando en el silencio de tu habitación la Cantata 106, la llamada Actus Tragicus, por ejemplo. O podrías haber sido ingeniero y trazar vías férreas en difíciles zonas montañosas, tal y como cuando siendo niño soñabas ser de mayor (cuando su padre era secretario de la embajada de Bogotá, el autor que por entonces tenía doce años, visitó la región montañosa por donde serpenteaba el tren endeble entre precipicios vertiginosos, y aquel viaje continúa aún en sus sueños nocturnos). Y además: ¿por qué escribes? ¿Para quién? ¿Cuál es tu mensaje, si es que lo tienes? ¿Qué función cumplen tus relatos y para quién son provechosos? ¿Cuáles son tus respuestas a las cuestiones fundamentales, o al  menos, a algunas de ellas?»

A fin de cuentas, con el tiempo y el oficio, el escritor se vuelve asimismo un personaje; su personaje; el que encarna al otro que escribe, mientras nosotros miramos cómo lo hace con la desesperación tan humana de preferir vivir a narrar lo que otros, por muy inexistentes que sean, han vivido. Nadie que lo haga de verdad, escribe por negocio o divertimento, lo hace por necesidad. El que de verdad escribe, lo hace porque necesita saldar cuentas con su propio personaje, extraer de él toda las experiencias que no podrá vivir, lo mismo habitar en Hogwarts, que volver a recorrer la Colonia Roma de los años cuarenta; lo mismo enamorándose de un vampiro inverosímil, que huyendo del Afganistán de los talibanes. A fin de cuentas, el escritor habrá de apagar la computadora, deberá en algún momento cerrar el cuaderno y echar el capuchón a la pluma; deberá ir por la mañana a comprar el periódico, o levantarse a las tres de la mañana precisas, cuando su hijo le pida un biberón más de leche; él, el demiurgo, el creador, el que puede hacer que una mujer llore de placer o un hombre se pegue un tiro de pura tristeza, deberá maldecir por la mañana porque la llanta del auto está tan baja que sea imposible utilizarlo y, sin embargo, llegado el momento, volverá a enfrentarse al monstruo de la hoja blanca, olvidará sus pequeñas miserias humanas, y sacando de la nada el mundo tratará de escribir una página; si lo logra, habrá conquistado el pan del día y habrá puesto fronteras al gris cotidiano de la existencia; si fracasa, volverá a intentarlo una y mil veces hasta que la imagen que había imaginado, se parezca, acaso un poco, a la que ha logrado poner en letras. De ahí, pues, que la excentricidad de Wilde, el arrojo de Hemingway, la dulzura de García Lorca, el savoir vivre de Alfonso Reyes o la elegancia natural de Carlos Fuentes, sean parte de su literatura y de ese personaje que se labraron a punta de pluma y de golpes de máquina de escribir. Amos Oz retrata con sutileza ese personaje mítico, de nuevo, a través de la mirada de otro:

«Por el camino intentará resarcirla, por lo que apenas ha ocurrido, de modo que le contará algunas historias entretenidas: por ejemplo, la historia de una mujer que llamó una vez a su puerta, una mujer de baja estatura, espaldas anchas, gruesas gafas y traje pantalón ceñido con rayas de cebra verdes y blancas, llevaba agarrado del brazo casi con violencia a un niño de unos nueve años que no dejaba de tirar con disimulo y de liberarse de la mano de su madre, señor, perdóneme por llamar así y molestarle, la verdad es que no nos conocemos mucho, es decir, a usted por supuesto le conoce todo el mundo pero nosotros no, vamos, Sagivi, qué te pasa, ¿no le vas a dar lo buenos días al famoso escritor? La verdad es que no queremos molestar, es solo medio minuto, soy una gran experta en dietas, hace mucho años tuve la oportunidad de hablar una vez durante unos instantes en la tienda de ultramarinos con la famosa señora Lea Goldberg, pero Sagivi aún no ha visto a un escritor vivo. Es muy importante para él ver a un escritor, por que algún día, cuando sea mayor, será un escritor o un poeta muy conocido. ¿Sagivi? ¿Vamos? Dile ahora nuestro escritor algo original y bonito. ¿No? ¿Qué te pasa? Te has preparado muy bien en casa. Hasta lo hemos repasado juntos de memoria. Entonces. ¿porqué ahora te da vergüenza del señor escritor? No hay que tener vergüenza. Los escritores son quienes mejor comprende nuestra alma. ¿No es cierto? Pero, perdone, de verdad no queremos molestar, enseguida nos vamos, tan solo permítanos dejarle este sobre y esperaremos pacientemente a que nos escriba una carta. Díganos lo que de verdad opina de las obras de Sagivi. ¿Qué es lo que debe corregir? ¿Sus ideas tal vez? ¿O su ortografía? ¿Tal vez el estilo? ¿O acaso le convendría escribir sobre temas más prácticos? ¿Y dónde podríamos publicar? Vamos, Sagivi, ¿qué te ocurre? ¡Di algo de una vez! ¡Estúpido niño! Perdone, señor, ¿podría al menos escribirnos por favor una recomendación? ¿O darnos una referencia? ¡Con una buena recomendación suya, en todas partes accederían a publicarnos!»

El escritor, aún el que no hace narrativa, vive atormentado por su imaginación. La teme y la venera como a una amante celosa; a veces, sin éxito, la repudia temiendo que al imaginar frustre sus propias profecías o, lo que resulta peor, se conviertan en realidades que en el fondo no desea. Decía Santa Teresa de Ávila, en una frase que luego recobraría Truman Capote, que “hay más lágrimas derramadas por las plegarias atendidas que por las que no han sido escuchadas”; el escritor continuamente disecciona el mundo, imagina sin quererlo ni comerlo, supone la conversación del chico que está en el teléfono público de la esquina; apuesta contra el destino, quién es el que está por llegar a la mesa de junto en el restaurante. Está inconforme con su realidad y tiene que generarle apéndices por todos lados; de todos ellos, tan sólo unos pocos, poquísimos, habrán de sobrevivir en su memoria y de entre esos, todavía menos se convertirán en literatura. Hay un mar de distancia entre la imaginación y la creatividad y todavía otro entre la creatividad y el arte. Sin embargo, si los personajes o las circunstancias, si el imaginario no está anclado de algún modo en la experiencia, entonces sonará falso o sus líneas aparecerán veladas y difuminadas, irreales; el escritor, lo demuestra Oz, debe atacar la realidad con uñas y dientes, sin piedad ni remordimiento, tan sólo para extraer ese mínimo diminuto de material literario, habrá de extraer el símbolo del rubor de la chica a la que se ha dicho un piropo; de trocar en palabras la rabieta del niño o el furor del adolescente; deberá proceder con sensibilidad, pero sobre todo con esfuerzo, para discernir entre la simple imagen y el drama que rodea al más insignificante accidente de tránsito. No podrá olvidar, nunca, que está mintiendo, que está diciendo lo que sus ojos no vieron, pero todo a partir de la enorme paradoja de construirlo sólo desde aquello que sus ojos, en efecto, presenciaron.

En algún momento de su novela, Versos de amor y muerte, Oz imagina que su personaje imagina la conquista, patética y gloriosa, de una mujer poco atractiva; ella, cuando él le sugiere acompañarla hasta la puerta de su casa, miente diciendo que no podrá invitarlo a pasar porque no hay cortinas; las cortinas están ahí, ella no sabe porqué ha mentido y, al descubrirse avergonzada, piensa y el autor convierte en literatura toda esa corriente de humanidad que se esconde en un personaje humano e imaginario al mismo tiempo:

«Y entonces le entrará un ataque de pánico mezclado con una pizca de vergüenza y bochorno: las cortinas no están en la lavandería, están en su sitio y, además, ¿a qué viene eso de las cortinas? ¿ A qué viene decirle que esta noche no se está muy bien en mi casa? Y soy tan lista que encima digo que los vecinos pueden verlo todo. ¿Qué conclusión puede sacar de eso? ¿Es que me he vuelto loca de remate? ¿Qué pensará que estoy pensando? Él no se ha ofrecido a entrar, tan solo ha sugerido acompañarme por las escaleras hasta la puerta y como mucho permanecer a mi lado mientras abro para asegurarse de que la llave no se ha perdido, no se tasca o se rompe en la cerradura. Y yo me he inventado una mentira para que no entre. Pese a que él ni se le ha ocurrido entrar. Y encima le he dicho que no hay persianas, y que los vecinos… Acaso no puede deducir que de hecho le estaba insinuando que si hubiese persianas o cortinas… Pero ¿y si de hecho si tenía intensión de dejarme entre ver sutilmente que quería que le invitase a entrar, a charlar un rato más, o tomar algo? En tal caso, ¿no es cierto que nada más entrar podrá ver que las cortinas están en su sitio? ¿qué no se han llevado a ninguna lavandería? ¿y entonces? ¿No se dará cuenta enseguida de que simplemente le he mentido sin ningún motivo? ¿Dónde podré meter la cabeza?»

Por otra parte, el escritor, para conquistar la satisfacción de leer sus propias palabras con un mínimo de decoro, con la gloria pasajera y efímera de haber logrado la frase que anhelaba, deberá enfrentar el paso del tiempo y la inamovilidad del mundo. El mundo estará ahí, como siempre, absolutamente fiel a sí mismo y, sin embargo, eternamente quieto en si mismo, su movimiento aparente no es sino el resultado de incontables repeticiones; uno se para en la esquina de Madero, justo frente al Zócalo y en diez minutos habrá visto pasar miles de personas, podrá parecerle una maravilla, lo sería menos si nos diéramos cuenta en ese instante que de todas ellas la gran mayoría están cubriendo su rutina cotidiana; nos asombra la primavera con sus colores y, desde hace miles de miles de años y hasta dentro de otros tantos, los repetirá con incesante hastío; porque lo que vemos en realidad no es el mundo, sino la interpretación que hemos logrado gracias al arte y a la literatura; lo decía Wilde, “Londres no tenía niebla hasta que Whistler la pintó”. Ese es el trabajo del escritor, dotar de vida y sentido a lo que no lo tiene por sí mismo, al mismo tiempo, otra gran paradoja, debe disecar el mundo y atraparlo entre las páginas del libro para robarles la vida y convertirlos en escenas estáticas para siempre; hasta la eternidad, hasta que quede el último ejemplar, don Quijote atacará los molinos; el escritor habrá dado vida a lo muerto y en el mismo acto, habrá matado lo vivo para hacerlo retrato:

«Pero ¿por qué escribir sobre algo que también existe sin ti? ¿para qué describir con palabras lo que no son palabras? Así mismo, ¿qué función desempeñan tus relatos, si es que desempeñan alguna? ¿a quién le resultan útiles? ¿quién necesita, si me permites la pregunta tus manidas fantasías sobre cansinos asuntos de cama con camareras frustradas, sobre recitadoras solteras que viven con su gato, sobre damas de honor de la reina de los mares de Eilat de hace veinte años? A pesar de todo ¿serás tan amable de explicarnos, resumiendo, con tus palabras, lo que el autor pretende decir en este texto? Se siente completamente avergonzado por mirar a todos desde lejos, de reojo, como si existiese solo para que él los utilice en sus relatos. Y esa vergüenza acarrea también una angustiosa pena por ser siempre un extraño, por su incapacidad para tocar y ser tocado, porque lleva toda la vida con la cabeza metida en la anticuada máquina de fotos. Como la mujer de Lot: para escribir debes mirar hacia atrás. Y así tu mirada te convierte a ti y los convierte a ellos en estatuas de sal.»

Amos Oz aparece así como el escritor que aparenta estar desnudo pero que en realidad está recatadamente vestido; lanza una cortina de humo para que podamos entrever el mecanismo de su laboratorio literario, pero sobre todo, acierta y con precisión, convirtiendo en literatura el cotidiano completo del hombre común, es decir, de cada uno de nosotros.

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